OBSERVATORIO DE POLITICA INTERNACIONAL FRONTERA, Lunes 19 de Enero
EL PAPA EN CUBA (II)
CASTRO Y LA RELIGION
por Enrique Neira Fernández, politólogo ULA
y Jefe de la Cátedra de Teología “Juan Pablo IIº”
Estamos en vísperas de presenciar el encuentro histórico entre Juan Pablo IIº y Fidel
Castro, en esa Isla que ha sido el escenario de 39 años de un fuerte régimen comunista y
ateo. Es útil ponderar las posiciones doctrinales que están en juego, en ese complicado
tablero de ajedrez donde se van a mover durante 5 días fichas blancas y negras,
Cristianismo y Marxismo.
Las confesiones de fe de un ateo, podrían también titularse las 379 páginas que
recogen las conversaciones que sostuvo Frei Betto (fraile dominico brasileño) con Fidel
durante 4 largas entrevistas personales, tenidas en La Habana en mayo del 85. Fueron en
total 23 horas de conversaciones, publicadas ese mismo año por la Oficina de Publicaciones
del Consejo de Estado cubano, bajo el título Fidel y la Religión, con prólogo de Armando
Hart. Por su carácter espontáneo y fresco, por la forma descomplicada como entrevistador y
entrevistado se pasean por los más diversos tópicos, que van desde los años de niñez y
escolaridad de Fidel hasta las jornadas revolucionarias y el largo proceso de consolidación
del régimen, estas páginas resultan agradables y fuente de información de primera mano. Y
son páginas que resultan ahora de gran interés para medir hasta qué punto Juan Pablo IIº
encuentra en Fidel Castro un interlocutor válido a propósito de la cuestión religiosa.
• De entrada, hay que reconocer el respeto y aprecio que Fidel tiene para con Juan
Pablo IIº. Hace apenas una semana a un grupo de corresponsales extranjeros, Castro afirmó
que tenía esperanzas en el viaje del Papa. “El Papa es muy inteligente, muy capaz y
convencido de sus ideas. Es una persona que aprecio y respeto”. Ya en 1985, en sus
conversaciones con Frei Betto, Fidel veía en Juan Pablo IIº un líder mundial de
excepcionales condiciones, de mucha independencia política y de un gran valor puesto que
era capaz de enfrentar la hegemonía de Estados Unidos con una visita a Cuba. Esta visita la
consideraba Castro útil, tanto para la Iglesia y lo que ella representa como para su país, si se
hiciera en momento oportuno (páginas 314, 318).
• Castro reconoce que sus profesores jesuítas influyeron en ciertos aspectos de su
formación, en su disciplina, en su sentido de la justicia; pero que no pudieron inculcarle una
fe religiosa, debido a los métodos entonces utilizados. “Si alguien me pregunta: ¿cuándo
tuvo usted una creencia?, digo: bueno, realmente nunca la tuve” (p. 156).
• Que el régimen de Castro haya actuado fuertemente contra las instituciones católicas
en Cuba no hay duda alguna. Las estadísticas no mienten. Según el Anuario Pontificio de la
Santa Sede, en 1945 había en la Isla 518 sacerdotes (entre religiosos y diocesanos) y 1772
religiosas. Su número fue disminuyendo progresivamente, de modo que ya en 1980 no
quedaban sino 213 sacerdotes y 220 religiosas en total, sin colegios ni escuelas ni medios
de comunicación. En sus conversaciones con Frei Betto, Castro asume simplistamente que
la mayoría de la militancia católica se ubicaba en Cuba en una clase rica, la cual apoyaba la
contrarrevolución (p. 245), y así justifica que. en consecuencia, su régimen hubiera tenido
que actuar fuertemente contra la Iglesia. No se percata Castro o lo olvida intencionalmente,
que la suerte de la Iglesia estaba ligada a la suerte del pueblo cubano, como las masivas
jornadas populares y religiosas de estos próximos días lo van a poner de bulto.
• Castro reconoce que en el PCC (Partido Comunista Cubano) no se admitía la
presencia de cristianos (p.226–227) y que ciertamente existió una discriminación sutil contra
ellos: “Si me preguntan si existe cierta forma de discriminación sutil con los cristianos, te digo
que sí, honestamente tengo que decirte que sí y que no es una cosa superada todavía entre
nosotros” (p. 249). Pero como buen político, Castro olfatea que en 1985 soplan nuevos
vientos en la Iglesia (con una corriente de Teología de la Liberación que propugnaba por una
mayor apertura ideológica hacia la izquierda y una praxis revolucionaria, de la que Frei Betto
era buen exponente) y prevé que la izquierda marxista está llegando a un punto en el que va
a necesitar aliados, aunque éstos provengan de las confesiones religiosas. Fue un error
cerrar a los cristianos su posible militancia en el Partido (p. 248). “En mi opinión, la religión,
desde el punto de vista político, por sí misma, no es un opio o un remedio milagroso…
Pienso incluso que se puede ser marxista sin dejar de ser cristiano y trabajar unidos para
transformar el mundo… aunque se parta, en el caso de los cristianos, de una concepción
religiosa” (p. 333).
• El tratamiento que hace Castro del tema de Jesús de Nazareth es superficial y vacío.
Para él, Jesús, dada su opción incondicional por los pobres, fue apenas “la idea de un
símbolo, de una figura extraordinaria” (p. 322). El contenido del Evangelio, tal como lo
percibe Castro, resulta demasiado romántico e intrascendente. Pasa superficialmente por
encima (p. 323–327).
• Frei Betto le hace una pregunta puntual sobre dos conceptos marxistas que hacen
dificultad a los cristianos, como son el odio de clases y la lucha violenta de clases. Castro
elude la cuestión subrayando sólo el hecho de una lucha planteada entre explotados y
explotadores. Pero calla que su marxismo–leninismo puso en práctica por muchos años, por
todo el continente, el uso sistemático de la violencia armada como metodología para el logro
de los fines revolucionarios. Algo que está en los antípodas del magisterio de Pablo VI y de
Juan Pablo IIº que insistentemente repiten: “la violencia ni es evangélica ni es cristiana”.
• Resulta en sus labios de un cinismo gigantesco la negación tajante que hace Castro a
Frei Betto de que “la Revolución haya cometido un asesinato, de que la Revoluciòn haya
torturado a un hombre, de que la Revolución haya desaparecido a un hombre, eso no, no
encontrarán una sola prueba en 26 años [1985]…Hemos sido muy radicales, pero sin
excesos” (p. 222). Todo un mentís a este exceso verbal es el millón de exiliados en Florida, y
muy hábilmente Juan Pablo IIº (como sólo él sabe hacerlo) catequizará a Castro sobre la
necesidad de aplicar plenamente en la Isla los derechos humanos y renegar de los crímenes
cometidos en nombre de la Revolución, si quiere todavía salvarla in extremis.
Próxima entrega: Dos colosos frente a frente
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