RESUMEN En la genealogía de las formas populares de la cultura argentina, esto es, desde el origen de la gauchesca, el relato ha sido un dispositivo que muestra la experiencia individual como un arte secreto. Lo que importa es el mágico privilegio de vencer la muerte en el círculo perfecto en el que alguien cuenta/canta y otro escucha. En su “Historia del tango” (obviamente el título es un artificio) Borges lee en los tangos primeros, las historias y las procedencias de una manera de ser definida por el honor y la valentía: “Tal vez la misión del tango sea ésa: dar a los argentinos la certidumbre de haber sido valientes, de haber cumplido ya con las exigencias del valor y del honor”. Se trata, entonces, de un relato propio que se coloca en la cultura argentina como "género menor". Es por eso que el tango (como la gauchesca) compone una política de la lengua. Para Deleuze y Guattari todo género menor tiene tres características excluyentes: en primer lugar, se trata de una literatura que produce una minoría dentro de una lengua mayor con un fuerte componente de desterritorialización (leemos ahí el reducto de la diferencia como dispositivo de lo propio, de lo entrañable); en segundo lugar, establece la articulación individual en lo inmediato político (esta articulación que la gauchesca origina y el tango reafirma); y, finalmente, se caracteriza en el dispositivo colectivo de enunciación (como señaláramos más arriba, en el pacto del relato se enuncia la experiencia colectiva). La forma de ese relato nos permite reconocer tres poéticas diferentes que sustentan nuestra tesis del tango como género menor en el sentido político en que Deleuze y Guattari describen el término. Nos referimos a las poéticas de Celedonio Flores, Enrique Santos Discépolo y Homero Manzi que analizaremos en este trabajo.