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Los ojos de Raúl comenzaron a abrirse y, con pesadez absoluta, despertó. Aún adormilado y un poco desconcertado, se incorporó en la cama, mirando a su alrededor, descubriendo que se encontraba en recámara de Ramón, quien estaba a su lado, dormido, aunque por el movimiento, entreabrió los ojos, y al ver a Raúl despierto, el tigresote sonrió, bostezó y se estiró ante la mirada enternecida de su novio. 

— Por fin despertaste... — habló Ramón, con la voz carraspeada y adormilada — ¿Cómo te sientes? 

Y antes de que Navarro pudiera contestar, su estómago tomó la palabra, gruñendo de hambre. Raúl sólo colocó su mano en su abdomen, sonriendo, apenado.

— Esa panza tuya ruge más que yo — bromeo el tigre con una sonrisa, rugiendo, imitando el sonido de la barriga de Navarro.

— Muy gracioso — exclamó Raúl en medio de una carcajada —. Por cierto — pausó las risas —, ¿dónde están todos?

— Abajo, supongo — respondió.

Raúl intentó ponerse de pie, pero le resultó difícil moverse con fluidez. Al notarlo, Ramón se levantó rápido y extendió sus manos hacia su novio, quien le devolvió una sonrisa y se levantó con cuidado, poco a poco. Ramón ayudó a medio peinar a Navarro y, despabilando, fueron a buscar a los otros.

Al hacerlo, se percataron del alboroto que había en la cocina, al acercarse, descubrieron a don Mario y Fierabrás ya despiertos desde hace rato. Don Mario estaba sorprendido al ver al joven artista manejando las sartenes con destreza, haciéndolos girar en el aire con la gracia de un malabarista, mientras se movía de forma ágil entre los ingredientes como un bailarín en escena. Fierabrás cortaba las fresas, melón, papaya y sandía con la precisión de un espadachín, cada corte era un movimiento calculado que caía en un pequeño plato con una elegancia impecable. Volteaba panqueques con destreza, aplicando fuerza con precisión en la sartén, lanzándolos aire y atrapándolos de forma hábil con el mismo utensilio. El joven artista había conseguido, con agilidad, transformar frutas, huevo a la mexicana, aquellos panqueques y licuado de chocolate en un delicioso desayuno.

De inmediato, don Mario se dio cuenta que, fuera de la cocina, se hallaban Raúl y Ramón, con la misma mirada de asombro al ver a Fierabrás moverse.

— ¡Muchachos! — exclamó el padre del tigre, contento, acercándose a ellos —. ¿Cómo está, doc? ¿Cómo se siente? — preguntó a Raúl, quien antes de responder, sintió un retortijón en el estómago que lo hizo retorcerse de dolor.

— ¿Qué pasa? — cuestionó Ramón, asustado, tomando de la espalda a Raúl, esperando su respuesta.

— Es normal — mencionó Fierabrás, saliendo de la cocina con platos repletos de buenas porciones de panqueques, fruta y huevo en manos, colocándolos en medio de la mesa —. Tiene hambre, y ahora debe comer mucho, así que ven — pidió a Raúl que, de a poquito y con la mano en el abdomen, se sentó a la mesa.

Fierabrás se apresuró hacia la cocina y regresó con un plato extendido vacío, colocándolo frente a Navarro. Con habilidad, sirvió una abundante ración de huevo, panqueques y fruta.

Al observar la comida, Raúl no tardó en comenzar a desayunar, poco a poco, pero demostrando la feroz hambre que tenía, saboreando la buena sazón de Fierabrás y dejándose llevar por el deleite, combinando lo dulce con lo amargo del festín.

— Según lo poco que sé — explicaba el joven artista, mientras caminaba y regresaba de la cocina para llevarle un licuado de chocolate a Navarro —, las gemas utilizan la energía del cuerpo para convertirla en magia. Y dado que el cuerpo obtiene energía de la comida y el descanso, deberá dormir y alimentarse más para evitar la deshidratación o la desnutrición al utilizar su magia — Fierabrás optó por dirigirse a la sala, sentarse en el sofá y encender el televisor, mientras seguía conversando —. Recuerdo que, de niño, para hacerme comer, siempre me contaban historias de dragones que comían frutas, verduras, su sopa y vacas... — pausó, poniendo el canal de las noticias en la pantalla — No me sorprende, no hay nada de lo que pasó en la ciudad en la televisión. Nada.

— Es importante preguntarnos... — habló la presentadora del noticiero, alrededor de dos personas más, en medio de una mesa de debate — ¿En verdad necesitamos seguir con el ejercicio? Al fin y al cabo, ¿no es solo una excusa para sentirnos mal con nosotros mismos? — mencionó con tranquilidad, haciendo que los demás junto con ella asintieran.

Fierabrás, desde el sofá, negó con la cabeza y cambió de canal.

— Por disposición del gobierno, ahora todos los trámites oficiales se harán en formato digital, además, el uso del papel será restringido y con el tiempo, prohibido, esto, como apoyo y concientización sobre la tala de arboles que está repercutiendo en el clima global, por lo que, no solo nuestro país, si no varias naciones del mundo, han emprendido campañas agresivas para dejar el uso del papel y adoptar prácticas más verdes, teniendo como objetivo el abandono completo del papeleo para adoptar procesos tecnológicos más verdes. 

El enmascarado levantó una ceja con desconfianza y cambió de canal. 

— Retomamos el tema de relaciones entre personas de diferentes razas, o para hablar claros, humanos y agrestes, tema tan poco hablados por miedo a que nos callen, ¡pero aquí no gente! — miró a la cámara el hombre, como si fuera un espectáculo de comedia — ¡Aquí entendemos a los más callados! Y déjenme decirles que mantenernos separados de aquellos diferentes a nosotros, ya sea por color de piel, pelaje o cuernos, es lo mejor. Nuestras diferencias son notorias y tener un espacio dedicado para ellos podría evitarnos varios conflictos y... — Fierabrás apagó la televisión, sobrepasado.

— No es posible — negó con frustración —. Ignoran lo importante y no solo distraen a la gente con temas sin relevancia, sino que además la divide y la llena de ideologías horribles.

El silencio fue palpable, dejando al joven artista, don Mario, el tigre y Raúl, pensativos. El señor y Ramón optaron por tomar asiento a la mesa junto a Navarro, sorprendidos al verlo servirse de forma constante cada vez que se terminaba un plato, apaciguando su hambre. 

— Fierabrás — nombró don Mario, volteando a ver al joven y llamando su atención —, ¿tienes alguna noticia sobre tu familia?

— Por el momento no — respondió, tratando de ocultar su tristeza —. Tampoco he querido buscarlos... por lo regular no tardamos mucho en reunirnos de nuevo, por lo que estoy esperando un poco.

De pronto, a la casa entró Mauricio, saludando con un gesto a todos los presentes y recargándose en el marco de la puerta.

— ¿Todo bien? — preguntó don Mario al oso.

— Estuve vigilando la zona y los alrededores que estuvieron bajo ataque de hace dos días — al mencionar esto, Raúl, desde la mesa, reaccionó sorprendido, pensando en cuántos días había dormido —. Algunas centrales eléctricas fueron atacadas, pero ya están en servicio de nuevo. Gracias a eso, los hospitales ya funcionan con normalidad, pero... pese a que estén cuidando a los heridos, según lo que entiendo, todos los que murieron se levantaron y se fueron con la niebla.

— Se los llevó Anhelo — consideró Ramón, para luego ver a Raúl asentir, mientras se servía huevo y cinco panqueques más.

— ¿Hay más licuado, por favor? — preguntó Navarro al tigre, aún con un poco de bocado en su boca, mostrándole que en su vaso ya no tenía casi bebida.

Ramón sonrió, asintiendo. Se levantó y corrió a traerle de beber a su novio.

— Ustedes vigilen la zona — mencionó Fierabrás, levantándose con un salto bailarín del sofá —. Yo iré a buscar a mi familia — declaró.

De repente, desde la ventana, todos notaron un brillante resplandor aparecer afuera de la casa, desconcertando a todos.

Don Mario, el joven artista y Mauricio salieron de la casa, asombrados al ver que, de aquel fulgor, aparecieron Pierrot y Rentería, golpeados, adoloridos y agarrándose las costillas antes de caer de rodillas en el césped del pequeño jardín. Junto a ellos, un enorme hombre semi desnudo, con una mujer sobre sus hombros, miraba con atención el lugar. Fierabrás, preocupado, corrió hacia su hermano.

— ¿Qué sucedió? — cuestionó el joven, revisando las heridas de Pierrot.

— Fuimos... — gimió de dolor Pierrot — Fuimos emboscados por Pereza, luego de un ataque fallido contra ellos — logró explicar.

El gigante fortachón decidió recostar a Evangeline en el pasto, a lo que don Mario se acercó para revisar su estado. Luego, el desconocido empezó a olfatear el aire, mientras Ramón y Raúl se acercaban.

— ¿Ya está listo el desayuno? — preguntó el desconocido, chocando sus palmas y luego frotándolas con interés y hambre.

— ¿Quién es él? — Fierabrás apenas comprendía lo que pasaba.

— Júpiter — respondió el muchachote, colocando ambas manos en la cintura y sacando el pecho, pero, al mirar de forma detenida a Raúl, se acercó a él con interés —. Te ves bien. Ese grosor de brazos, esas piernas, ese rostro...  Deberíamos pelear para ver quién es el más fuerte — le propuso de forma juguetona, dejando a Raúl sin comprender, mientras Ramón, desconfiado, se colocó delante de él, en modo defensa, manteniendo su mirada fija hacia Júpiter.

— Está muy lastimada — habló don Mario, llamando la atención de todos, revisando los golpes de Evangeline.

Fierabrás, analizando el caos, ofuscado, no le quedó más que tomar aire y aplaudir. De pronto, un grupo de personas con máscaras negras y ropas blancas llegaron al lugar. 

— Necesitamos espacio, zannis. Espacio y carpas para los invitados — ordenó Fierabrás, por lo que, de inmediato, los sirvientes asintieron y con una coordinación ejemplar, se separaron para traer cuerdas, lonas, telas y muebles sencillos.

Así, a unas calles, en un pequeño terreno abandonado, se improvisó una gran carpa donde, con mayor espacio y comodidades, establecieron un nuevo punto de reunión.

Con esta ayuda, Evangeline fue trasladada con Il Dotore, al igual que Rentería y Pierrot, seguidos de los demás, mientras Raúl y Ramón regresaron a casa, a comer, con ellos llegó Júpiter, con gesto interesado y con el pecho en alto.

— Se ven muy bien, eh — exclamó, mirando los cuerpos de los novios —. ¿Cuánto tiempo llevan entrenando? 

— Ya llevamos bastante rato, ¿tú? — respondió Ramón con más naturalidad — ¿gustas comer?

A lo lejos, Don Mario, Mauricio y Fierabrás coordinaban todo para los cuidados de Evangeline, Pierrot y Rentería, cuando de pronto, a los celulares de ellos, llegó una notificación. Al abrirla, notaron que era un audio enviado por mensajes de texto provenientes de un número desconocido. 

— La singularidad tecnológica ha comenzado. la humanidad, los agrestes y la vida misma están por entrar a una nueva etapa histórica — declaró, alertando a todos —. Ahora, con la colaboración de aliados poderosos, será cuestión de tiempo para que nuestros planes den fruto. Cualquier oposición solo alargará su sufrimiento.

La declaración había llegado a todos los dispositivos del mundo conectados a la red, incluso Ramón y Raúl permanecieron pensativos mirando las pantallas de sus celulares, con una sensación incómoda palpable.

Con los presentes en la carpa, llegó un hombre gordillo, con bata de médico, pareciendo un poco loco, con el cabello alborotado, una mirada chispeante, sonrisa excéntrica, mientras murmuraba para sí mismo y hacía gestos dramáticos con las manos; era Il Dotore. Nadie se percató de su presencia, absortos por lo que acababan de escuchar, hasta que el doctor habló.

— Evangeline ha despertado — declaró el médico, llamando la atención de los presentes —, y quiere hablar con Fierabrás.