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Raúl, por primera vez en mucho tiempo, se sintió extraño al ver a Ramón de espaldas, como si estuviera nervioso, incluso le sudaban las manos, pero no sabía explicar por qué. Él llevaba puesta, de nuevo, la playera de Ramón y la lesión de su cuello estaba casi curada gracias a la pomada que le había dado.

— Oye, antes que nada, lo siento, no estoy acostumbrado a tratar con la gente... mi vida no ha sido fácil, sé que no es tu culpa, ni la de nadie, pero... me supera a veces. Me puse tu playera, quiero devolvértela, lo haré mañana una vez que la lave. También, ya estoy mejor de mi cuello, la pomada ayudó mucho. Y... gracias, en verdad gracias. Perdón por tratarte mal. ¿Te gustaría... que entrenemos juntos? Sí, eso le diré.

Raúl repasó el dialogo en su mente una vez más y a punto de acercarse a Ramón, vio como este se sentaba en la banca y hablaba con seriedad por teléfono.

— No, tampoco lo esperaba, pero esto no es sobre mí...

Su tono era serio, pesado, cansado, incluso preocupado por lo que Raúl decidió hablar con él una vez que hubiese terminado su llamada. Aprovechando el tiempo, el hombre comenzó a hacer su rutina de pecho, banca, poleas, fondos, aperturas, flexiones y otros tantos, siempre prestando atención a la salida de los vestuarios e incluso revisando la entrada del gym por si Ramón salía, pero no lo vió. Terminó su rutina y solo él quedó en el área de aparatos, confundido, dio una ojeada en el gimnasio, vacío por completo y, con nerviosismo, volvió a entrar en los vestidores.

Ahí, sentado en la orilla de la banca, estaba Ramón. Raúl volvió a repasar las palabras en su mente, intentó poner una sonrisa y a punto de hablarle, su semblante cambió al ver a Ramón. El hombre, sentado, parecía un cachorro abandonado, inmóvil, sin saber que hacer, con el peso del mundo en su espalda. El corazón de Raúl sintió dolor al ver a aquel risueño y alegre fortachón abatido, cansado, solo. Ramón no se movía, tenía la espada curva, con los codos apoyados en los muslos, su boca estaba cerrada, pero sorbía por la nariz cada cierto tiempo.

— Será mejor no importunarlo — consideró.

Raúl, caminó a su casillero sin hacer ruido, tomó sus cosas y ya estaba por salir de los vestidores cuando, al girar hacia atrás se paralizó al ver una lágrima caer por la mejilla de Ramón.

— ¿Qué te pasa?

Ramón levantó la cara y al ver a Raúl, de pie, junto a él, tuvo que parpadear un par de veces y mirar hacia atrás para asegurarse que le hablaban a él. Raúl ignoró su reacción y, armándose de paciencia, volvió a preguntar.

— ¿Estás bien? — su voz era suave, profunda.

— Oh... si... sí — Ramón se limpió la cara con el brazo e intentó mostrarse tranquilo —. Voy... voy a entrenar antes de que se haga tarde — sin más giró el tronco y tomó la mochila que traía consigo.

— Ya casi cierran.

Ramón se detuvo, permaneció sentado y de nuevo, con tristeza, su vista se perdió en el suelo, no sabía que hacer, como resolver su problema, incluso no tenía nadie con quien hablarlo cuando, tomándolo por sorpresa, Raúl se sentó a su lado, en silencio, solo haciéndole compañía.

Otro día se hubiera alegrado, incluso hubiera celebrado el solo hecho que Raúl le dirigiera la palabra, pero hoy no tenía la energía para ello. El ambiente en los vestuarios era húmedo debido a las regaderas, olía a sudor, jabón y desodorante, en ocasiones, se escuchaba el sonido de gente entrando y saliendo del gym, el ruido de las pesas chocando o cayendo, pero en ese momento, solo era audible la respiración del par.

Ramón apenas podía ordenar su mente, cerró sus ojos para concentrarse, pero no lo logró, sacudió su cabeza para despejarse y tras abrir los ojos, giró la cara y vió que Raúl seguía ahí, a su lado, mirando al techo, respirando tranquilo, haciendo que la tela de la playera subiera y bajara con tranquilidad.

— Estás usando la playera que te di — una débil sonrisa se asomó en el rostro de Ramón.

— Está algo apretada, pero parece que somos de la misma talla — respondió sin dejar de mirar hacia arriba, tras lo cual tomó valor, apretó los puños y tras tragar saliva, continuó —. La pomada me ayudó mucho, ya estoy mejor.

— Oh... me da gusto oír eso — Ramón se esforzaba por sonreír.

— Ah, yo... yo... — Raúl se frustraba consigo, era un hombre hecho y derecho, quería hablar, había pensado en lo que diría, pero no podía — Gracias — al fin logró decir logrando atrapar toda la atención de Ramón — y... — el hombresote respiró profundo y copió la pose de su compañero, doblando la espalda y poniendo los brazos sobre sus piernas — lo siento. No debí haberte tratado mal.

Lo siguiente que sintió Raúl fue a Ramón abalanzarse sobre él, sus fuertes brazos rodearle y apretujarle en un abrazo sincero. Al principio Raúl quiso alegar, pero, tras sentir la calidez de Ramón, comprendió que lo necesitaba, que ambos lo necesitaban. Raúl sonrió de forma discreta y, cediendo, pasó su brazo por el hombro del hombre. Permanecieron así un rato, sin decir nada, sin prisa, o al menos, hasta que las bocinas del lugar informaron que ya estaban por cerrar, aun con ello, Raúl permaneció tranquilo, dándole a Ramón todo el tiempo que necesitara.

— Ya voy a cerrar — advirtió la recepcionista fuera de los vestidores.

Ramón respiró profundo, grabando la fragancia que Raúl emitía tras entrenar y, comprendiendo que debían irse, se separó.

— Será mejor que nos vayamos — Ramón tomó sus cosas y por primera vez, se sintió contento al ver a Raúl, esperándolo para retirarse juntos.

Apenas pusieron un pie fuera, la cortina del gym se cerró, dejando al par en medio de la noche, con un cielo despejado y estrellado sobre sus cabezas, una brisa de aire fresco les acarició y de golpe, el par sintió el cansancio acumulado del día.

— Que bella luna.

Raúl observó a Ramón mirando al cielo, aún se notaba algo cabizbajo.

— ¿Quieres hablar? No pareces el mismo de siempre.

Ramón tomó aire y soltó un suspiro pesado.

— Ayer fui despedido — explicó contemplando el firmamento.

Raúl alzó las cejas, tras la pandemia, la economía se había visto afectada con severidad, ocasionando que muchos negocios cerraran.

— La empresa decidió que ya no era rentable la sucursal donde trabajaba, incluso mi jefe perdió su puesto — en el cielo las estrellas titilaban con suavidad.

— Lamento oír eso. Cualquiera estaría triste por algo así.

— No... no es eso... es... — Ramón tomó aire — es mi padre. Me llamaron del hospital, lo ingresaron de emergencia. Oh, no te espantes, está bien, ya lo dieron de alta. Lo internaron porque se mareó en la calle y tuvo un dolor fuerte en el pecho, justo hablé con él por teléfono hace rato, él está en su casa.

— ¿Pero, está bien?

— Es más terco que una mula — reconoció molesto —, apenas se sintió mejor, pidió ir a casa. Hablé con el doctor, tiene la presión alta, él ya lo sabía, pero se olvida de tomar medicamentos y cada vez que intento que vaya a ver a un nutriólogo, se pone grosero diciendo que no quiere oír a charlatanes flacos ni obesos — Ramón suspiró con tristeza —. Come sal a más no poder y si le digo que deje de hacerlo le echa aún más — explicaba frustrado —. Por si fuera poco, como ya no tengo trabajo, no tenemos seguro y su medicamento es caro. Si solo comiera bien, su vida cambiaría — Ramón sonrió con angustia — Me supera.

Raúl escuchaba en silencio.

— Perdona, estoy hablando de más.

El viento sopló y poco a poco el ambiente comenzaba a enfriarse, sería una noche fría.

— Yo podría hablar con él, estudié nutrición como materia complementaria en la universidad, soy trunco, pero logre aprender un par de cosas. Si tu quisieras...

Raúl no terminó de hablar cuando sintió que Ramón le tomaba la mano y la colocaba entre las suyas mientras le apretaba con fuerza.

— Por favor, por favor, te estaría muy agradecido. No tengo mucho dinero, pero puedo pagarte sin problema.

El gesto tomó por sorpresa a Raúl, las manos de Ramón eran ásperas, callosas, pero al mismo tiempo, eran cálidas, sin embargo, lo que más llamó su atención, fue la mirada sincera y llena de gratitud del hombresote.

— No te preocupes, no voy a cobrarte.

— Oh, no, puedo pagarte, en verdad. Tengo un poco ahorrado.

— Tranquilo — negó con la cabeza —, está bien — le aseguró.

— En ese caso, déjame invitarte a comer mañana, así podrás hablar con él y podré compensarte. Por favor.

De nuevo, Ramón puso sus ojos de cachorro e incluso Raúl creyó escuchar un tenue gemido tierno.

— Ok.

Sin esperarlo, Raúl vio como Ramón sonreía y soltándole, retrajo los brazos y celebró sacudiendo los puños delante de su pecho.

— Gracias, gracias, muchas gracias. Te daré mi número y por ahí te mandaré la ubicación — Ramón sacó emocionado su celular y Raúl pudo ver de nuevo al risueño y confiado fortachón —. Cierto, nunca me presenté. Disculpa, soy Ramón Martín Alvarado, mido un metro setenta y cinco, acabo de cumplir treinta y un años, me gusta el color azul, la música, la comida, los videojuegos y hacer pesas.

La confianza y seguridad de la declaración, acompañada por la mano extendida de Ramón Martín, desconcertó tanto a Raúl que no pudo más que soltar un par de risas antes de estrecharle de regreso.

— Soy Raúl Navarro, mido uno setenta y seis, treinta y dos años, me agrada el azul, la música, la comida, los videojuegos y las pesas — repitió con sinceridad.

— ¡Wow! ¿En verdad? — Ramón Martín se llevó ambas manos a la cabeza, asombrado por completo — tenemos mucho en común — reconoció mientras se señalaba a él y a Raúl con los dedos —. Ojalá podamos ser mejores amigos, bro.

El tono inocente y la expresión esperanzadora con la que Martín pronunció aquella frase, transmitieron una calidez agradable en el corazón de Raúl, una que no había sentido en mucho, mucho tiempo..