No era la primera vez que Sophia estaba en aquella sala.
Era cierto que había pasado mucho tiempo desde la última vez, pero menos de lo que le habría gustado. <<Más tiempo en algunos mundos, menos en otros>> recitó en su mente una voz que sonaba dolorosamente familiar. Había tantos recuerdos enterrados en aquella oficina que podría ser fácilmente uno de los únicos lugares del mundo, de ambos mundos, en los que ella podía perder el control de sus acciones.
Pero la mujer no lo hizo.
-Estoy de acuerdo con el señor Zero –dijo el hombre del traje granate, después de un largo silencio. Entonces, exhaló y el humo pareció dirigirse volando hacia Sophia, que permanecía no muy lejos de allí, en el centro de la sala, de pie y con las manos cruzadas a su espalda -. Con todo eso de tus implicaciones personales, bla, bla, bla. Estás caminando en el filo de la navaja, querida Sophia. Si no tienes cuidado, puedes cortarte.
<<Eso ya pasó>> pensó la mujer, reprimiendo cualquier emoción que pudiera mostrarse en su rostro.
-Señor, había muchos empleados conmigo en la Unidad B37, como ya sabréis. Sería injusto culparme a mí por la serie de fallos que condujeron a la rebelión de los anthros… fallos que podrían haber sido evitados si trabajadores como Camus Beaumont hubieran seguido mis instrucciones.
El hombre del traje granate la observó durante unos instantes y, después, comenzó a reír a carcajadas.
-¡Ja, ja, ja! Debes admitir, señor Zero, que tiene un retorcido sentido del humor negro. Y bastante razón, la mayoría de las veces. ¿Fue por eso por lo que la contratamos? –El señor Zero no reaccionó -. ¿No? Qué más da.
Tomó una nueva calada de su puro y exhaló lentamente, sus ojos fijos en la mujer que tenía enfrente de él.
-Eres lista, Sophia. Muy lista. Exageradamente lista. Peligrosamente lista. Puede que te esté sobrevalorando, pero creo que serías capaz de engañar a tus compañeros para que cometieran esos fallos de los que te quejas, sin ni tan siquiera decírselo directamente. Comadreja astuta.
-Me estáis sobrevalorando en efecto, señor –respondió Sophia, sin pestañear.
-Seré yo el que decida eso. De ahora en adelante, no tomarás parte en ninguno de los proyectos que tengan lugar en las Unidades Hubert. En lugar de eso, trabajarás en nuestros laboratorios… aquí en la Tierra. ¿Está claro?
-Cristalino, señor –respondió Sophia, bajando la cabeza un poco tal y como se suponía que debía hacer. Representar el papel de la empleada sumisa era humillante, pero terriblemente fácil.
-Ahora, a otra cosa. ¿Qué pasa con ese zorro ártico nuestro tan bonito? ¿Qué vamos a hacer con él? –preguntó el hombre del traje granate, girándose hacia el señor Zero y dando otra calada de su puro -. No tengo nada en contra de esas criaturas mientras estén calladas y preferiblemente colgadas de mi chimenea. ¡Ja!
-Tengo un plan que nos ahorrará bastante tiempo –respondió el otro hombre, como una estatua -. Ni siquiera necesitaría de nuestra implicación. Pero necesitaré la cooperación de Lefebvre. Ella tiene algo que necesito.
La mujer se giró a mirarle, con un brillo de curiosidad en lo más profundo de sus ojos. Entonces, un destello de entendimiento los atravesó mientras finalmente comprendía de qué hablaba el señor Zero.
<<Será mejor que te mantengas a salvo, Lagopus Z>> se dijo a sí misma, sintiéndose al mismo tiempo maravillada y aterrada por las cosas que estaban por venir.
El león había viajado a través de lluvia y trueno, de ventisca y huracán, subido por los ríos y bajado por los valles, dispuesto a regresar a casa.
Había conocido amigos en el camino, pero también derrotado enemigos. Se había enfrentado a fantasmas, había cortado lazos y encontrado nombres. Estaba preparado para volver a su torre y reunirse con aquel al que amaba de verdad.
Nada pudo pararle cuando finalmente llegó al castillo, seis meses después de su partida. Los sirvientes le pidieron que descansara del viaje, pero no eran más que meras caras pasando a su lado. El rugido exigente de su padre, nada más que un espejo roto en la galería de los recuerdos perdidos. Había una sonrisa terrible, en algún lado; pero aquello, también, se había olvidado.
Subió a su torre y entró a su habitación, donde encontró a una tigresa y a un pequeño husky, terriblemente aburridos, que le recibieron con abrazos y preguntas.
Pero él los ignoró y, con calma, les pidió que salieran de la habitación.
Quería estar solo con el zorro ártico al que amaba.
Cuando la puerta se cerró al otro lado de la habitación, Ike ya estaba sentado en su cama, con la cabeza de Zèon descansando suavemente sobre su regazo.
Estaba vivo. Increíblemente delgado y débil, pero seguía vivo a pesar de todo. El león no sabía cómo podía ser posible, pero aún respiraba incluso aunque había pasado más de medio año desde que le había dejado allí. Aún luchaba por su vida. Ike acarició su cara, maravillado por la determinación de vivir del zorro, y contuvo las lágrimas que amenazaban con escapar de sus ojos.
-Ha sido tan duro –dijo, con un nudo en la garganta -. Y ha pasado tanto tiempo. Pero estoy aquí, al fin. Y no pienso volver a dejarte solo nunca…
Se inclinó sobre el zorro ártico, sosteniéndole entre sus brazos, y acercándolo a su pecho. Con cariño, lamió su mejilla y colocó su hocico en su hombro. Cerró los ojos, sintiéndose inmensamente feliz.
Nada en el mundo podría haber parado aquel momento.
-Te amo, Aer –susurró en su oído.
Nada sucedió, al menos durante los primeros segundos. Ike esperó, su cuerpo pegado al del zorro ártico, capaz de sentir casi los débiles latidos de su corazón, de imitar el ritmo de su respiración.
Esperó, con los ojos cerrados, esperando que no fuera demasiado tarde.
Entonces, de repente, el cuerpo del zorro ártico tembló y se arqueó en sus brazos. El movimiento inesperado sorprendió al león al principio, pero tan pronto como comprendió que había funcionado, una inmensa oleada de alivio le recorrió de pies a cabeza, despejando toda la tensión que había llevado en sus hombros durante más tiempo del que estaba dispuesto a admitir. Le besó y le lamió, abrazándole con fuerza, mientras repetía su nombre una y otra vez, seguro de que jamás lo olvidaría. El zorro permaneció ahí, demasiado débil para moverse, aferrándose al cuerpo de Ike como si aquel fuera su único vínculo con el mundo de los vivos. El león le amaba más de lo que nunca le había amado.
Pero no le miró a los ojos. Si lo hubiera hecho, habría descubierto la verdad detrás de aquellos ojos llenos de dolor, la realidad más allá de su despertar.
El zorro estaba simple y totalmente aterrorizado.
-La historia de "Colmillo Ígneo" continuará en "Huella Sangrienta", próximamente.-
Okey despues de tanto tiempo al fin vemos el magnifico final de este libro!, que nombre tan simple ¿no? pero a la vez tan significativo de ahora en adelante. Parece que Sofia le arrebato mas que su conciencia si no tambien un buen tajo de su memoria...
Me siento muy curioso de saber como sera de ahora en adelante la dinamica familiar de Ali, su padre moribundo, su hermana asecina "cambiada" que siempre tiene motivos obscuros, sin mencionar los temas politicos que giran en torno al poder (estilo juego de tronos de seguro).
El factor humano aunque no se vio mucho en este libro sin duda no fue totalmente desplazado al hacerlo recordar con esos pequeños cortos que incluistes, dandonos a entender que el verdadero problema se viene ahora para nuestros amigos peludos.
Me pregunto si Aer recordara que solo uso los sentimientos del leon o creara un sentimiento real por el a partir de ahora... seria triste dejar potencial relacion de lado cuando es en si la que ah movido estos ultimos dos libros.
Espero saber mucho mas de ti en el futuro y de tu trabajo, esperare fielmente
Me gustaría responder a algunas de las cuestiones que planteas, pero no podría hacerlo sin desvelarte nada de la historia, así que simplemente puedo decirte que me parece muy interesante todo lo que dices =P Espero verte también en la continuación de la historia, donde seguramente muchas de estas preguntas quedarán aclaradas ^^