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Diez días habían transcurrido, y el estado de Ramón no tenía cambios, seguía postrado en una cama de hospital, convirtiendo el pasar del tiempo en una agonía para don Mario, que se encargaba de cuidar a su hijo por las mañanas, recibiendo el apoyo de Raúl durante las noches. Algunos conocidos los ayudaban con visitas rápidas, pero ellos dos eran los que soportaban los turnos pesados.

En la habitación de Ramón, su padre, estaba sentado en una silla incómoda, mirando fijo a su hijo, sumergido en sus pensamientos. 

Su inmersión se vio interrumpida por la repentina llegada de Raúl, agotado, sudoroso y con ojeras pronunciadas.

— Gracias por venir, doc — expresó don Mario, levantándose de su silla y extendiendo su mano hacia el fortachón, notando sus ojos cansados y su apariencia desalineada —. Mire nada más.

— ¿Qué pasa? — preguntó Raúl, correspondiendo el saludo.

— ¿Hace cuánto no duerme bien? — cuestionó el padre de Ramón, preocupado —. Déjeme adivinar, desde hace diez días, ¿no? — se adelantó.

Raúl no pronunció ninguna palabra, solo mantuvo su mirada fija en los ojos de don Mario, que negaba con la cabeza.

— Debe dormir bien, doc — sugirió el señor —. Usted más que nadie sabe que el descanso es importante — reflexionó —. Mire, no se preocupe, si gusta yo me quedo también en las noches con mi muchacho. Tantos desvelos y preocupaciones harán que su cuerpo lo resienta. 

— No, don Mario — respondió Raúl, seguro —. Usted también está cansado. Pasamos horas y horas en esa silla esperando alguna respuesta, ya sea del doctor o de Ramón, y no es cómodo para ambos. Ni siquiera comemos bien — mencionó, haciendo pensar al señor —. Gracias por preocuparse por mí, pero también me preocupo por usted — pausó —. ¿No ha pensado en contratar a alguna enfermera?

Don Mario suspiró y se dejó caer de nuevo en la silla.

— Es un dineral — expresó —. Las enfermeras cobran alrededor de quinientos pesos al día — informó —. Y sí, tengo dinero, pero con solo veinte días de cuidado, serían hasta diez mil — concluyó, decaído. 

— Yo lo puedo ayudar, don Mario — propuso el fortachón, sin dejar de mirar al señor —. Yo puedo pagar para que no se le haga tan pesado. Así ambos podríamos intentar descansar un día o una noche.

— Pues de hecho ya le pagué a una enfermera para que mañana venga a cuidar a Ramoncito — mencionó, para luego mirar a los ojos a Raúl —, y pa' que usted descanse.

— Pero, don Ma...

— Pero nada, doc — interrumpió el señor —. Bastantes molestias le he causado. Mírese, no ha descansado bien, y le apuesto a que no ha ido al gimnasio.

Raúl evadió la mirada, para luego voltear a ver a Ramón, acostado en la camilla.

— No tengo fuerzas para ir — expresó, acercándose lento a su amigo.

Un momento de silencio los envolvió, mientras el fortachón, pensativo, observaba de pies a cabeza el cuerpo de Ramón.

— Además, también necesito a mi gymbro para motivarme. ¿Verdad, mi estimado? — le habló a su amigo, anhelando, dentro de sí, que lo escuchara —. Me has dejado bien abandonado, compa. Ya levántate para irnos al gimnasio, darlo todo, entrenar hasta sudar como nunca, quedar bien envarados... — pausó, oprimiendo los dientes — Por favor, ya despierta, compa. 

Don Mario notó un matiz de tristeza en la voz de Raúl.

— No sabe cómo le pido lo mismo cada que estoy a solas con él — expresó el padre, apretando la mandíbula.

Don Mario frunció el ceño, inhalando profundo, algo pasó por su mente y divagó entre sus pensamientos. Raúl seguía observando el cuerpo inconsciente de su amigo.

— Por cierto, don Mario, se debe mover el cuerpo de Ramón de vez en cuando para que no le salgan ulceras, sus músculos se atrofien o tenga problemas circulatorios — informó al meditativo padre, que parecía que no le prestaba atención —.  De hecho, es algo que hago un par de veces durante la noche. 

De pronto, don Mario despejó sus pensamientos, tomó fuerzas y se levantó hacia la puerta, desconcertando a Raúl. Asomándose al pasillo, se aseguró de que no hubiera ningún médico, enfermera o paciente cerca. Luego, se acercó al fortachón, discreto, lo giró y le sostuvo la mirada, haciendo que Navarro se extrañara.

— Hace años — comenzó a hablar don Mario en voz baja —, cuando trabajaba con... Un grupo militar, escuché rumores sobre gemas poderosas, capaces de hacer cosas increíbles. Algunas daban fuerza, otras habilidades únicas, pero había unas cuantas que tenían el poder de curar a la gente. 

Raúl escuchaba al señor, confundido, pero interesado.

— Al principio pensaba que eran solo historias para mantenernos entretenidos durante las noches solitarias en el campo... — agregó, para luego voltear a ver a su hijo en la camilla — Es ahora, viendo lo que le pasa a mijo, que empiezo a preguntarme si hay algo de verdad en esos relatos — se sinceró, ilusionado, preocupado, mirando a su retoño —. Si Ramoncito sigue durmiendo de forma indefinida, su cuerpo sufrirá mucho — pensó, acercándose a los pies de Ramón, acariciándolos con dulzura.

Luego, Don Mario volvió a girar hacia Raúl, mirándolo, serio.

— Me enteré que una de esas gemas se exhibirá en un museo en la ciudad vecina, por eso recordé esas viejas historias y me puse a investigar — pausó, caminando hacia la silla y volviéndose a sentar, mientras el fortachón fruncía el ceño, pensativo —. La verdad nunca pensé que uno de mis planes pa' despertar a mijo fuera esta clase de charlatanería, pero... — pausó, oprimiendo los dientes — Al verlo así, y limitarme a estar sentado, esperando a que despierte... He considerado la posibilidad.

Al concluir, el señor soltó un gran suspiro que dejó a Raúl meditativo, sintiendo la frustración del padre de Ramón. Navarro consideró que, si su amigo pasaba mucho tiempo inmóvil, su cuerpo podría sufrir daños severos, eso sin considerar las lesiones cerebrales que podría tener a largo plazo.

— Yo tampoco creo en esas cosas, don Mario — mencionó Raúl, sincero, viendo como el padre bajaba la mirada al suelo —. Pero vale la pena intentarlo — afirmó, haciendo que el señor levantara la cara, con una ligera ilusión —. ¿El museo nos la querrá prestar? — Don Mario negó con la cabeza — Y supongo que llevar a Ramón tampoco es una opción — supuso Navarro.

— Pensé en robarla — declaró el padre del hombresote, con seguridad abrumadora —. Ya no tengo tanta agilidad como antes, pero creo que maña no me falta.

— ¿Qué? ¿Usted? No, no — refutó Raúl, apresurado.

— Este viejo lobo tiene más secretos de los que usted o mijo conocen.

— ¡Y no lo dudo, señor! Pero tampoco es una opción.

— ¿Me está diciendo viejo? ¿Cree que no soy capaz?

— No es eso, pero si le llega a pasar algo... Raúl perdería a su padre.

— A lo mucho me encerrarían — aclaró el señor, imaginando lo que podría pasar.

— Sí, usted adentro y nosotros acá afuera. Solo yo cuidando de Ramón — expresó el fortachón, tratando de pensar con la cabeza fría, provocando unos segundos de silencio, paseando de un lado a otro por toda la habitación — ¿Dónde se exhibirá esa cosa? ¿En qué museo?

— Está en Ciudad Serdán — respondió don Mario —. Es el próximo fin de semana.

— Eso está a tres horas en camión, dos en directo — pausó, para sacar su celular y ver la fecha —. Y faltan cinco días.

Raúl se le notaba más pensativo, don Mario solo lo observaba, extrañado.

— Yo puedo hacerlo — declaró Navarro con firmeza.

— ¿Usted? ¿Y qué va a saber de robar museos? Es solo un fisioterapeuta.

— Quizá no sé nada sobre eso, pero puede enseñarme — mencionó Raúl con seguridad —. Le tengo mucho respeto y confianza, don, pero sabe que yo soy más rápido y robusto. Si algo pasa, puedo defenderme. Y, en caso de lo peor, creo que usted tendría más posibilidades de sacarme desde fuera que desde dentro de prisión.

Don Mario resopló, echando la cabeza hacia atrás, en la silla; el hombre tenía razón.

— Le propongo esto — expresó Navarro —, paguemos una enfermera y usted me enseña lo que considere necesario. Hacemos un plan y lo ejecutamos. Y, si la gema no funciona...

— La vendemos y contratamos a alguien que nos ayude con Ramón — interrumpió don Mario, dejando a Raúl perplejo.

— Yo iba a decir que la devolviéramos, pero esa opción suena mejor — afirmó el fortachón con la cabeza.

— ¿Está seguro, doc? Le advierto que soy un maestro exigente — advirtió don Mario —, así que lo haremos a mi modo y ni una palabra a Ramón.

— Soy un aprendiz diestro, lo haré a su modo y Ramón no se enterará de nada — aseguró, extendiéndole la mano al padre —¿Trato hecho?

— Trato hecho — confirmó, sujetándole con firmeza.