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— ¿Y este oso? — expresó Don Mario — ¿Quién diablos es?

La mirada desconfiada del hombre se posó sobre la cara de Raúl.

— ¡Papá, ya te había dicho! — la mano de Ramón se posó sobre el hombre — Él, es Raúl. Viene a comer con nosotros. Además, nos va a ayudar con tu salud.

Ramón volteó hacia su compañero de gimnasio, ahora ataviado con una camisa blanca y pantalón de vestir bien ceñidos, dándole un porte de ejecutivo mamado.

— Bro, este es mi 'apá, Mario.

— Buena tarde — Ramón estiró la mano, pero el padre permaneció inmóvil —. Como dijo su hijo, vengo a apoyarlo. — el fortachón no se había sentido tan nervioso desde que le tocó conseguir a sus primeros clientes.

— Con que viene a comer, ¿eh? —  la voz ronca de Don Mario llenó la sala mientras miraba a Raúl, escaneándolo de pies a cabeza. — Pues espero que hayan traído suficiente carne para todos.

Don Mario dio media vuelta, caminó hacia el comedor, movió de manera pesada una vieja silla, dejó caer su peso y, con un gruñido de cansancio, levantó el celular que había dejado sobre la mesa.

Raúl sintió la mano de Ramón tocarle el hombro. Aliviado y con una gran sonrisa en el rostro, su amigo le indicó que lo siguiera.

— ¿Ya te tomaste tu medicina hoy, 'pá?

— ¿Medicina? —  susurró Don Mario, sin despegar la mirada de la pantalla — Cierto, cierto, se me pasó.

— ¡Papá, ya sabes que te la tienes que tomar! — reclamó Ramón, decepcionado.

— Bueno, ¿qué quieres que haga si se me olvida?

— 'Pa, por favor tómatela. Quiero que estés bien.

Raúl guardaba silencio, observando el conflicto entre padre e hijo. Se cuestionó la edad de aquel señor que, a pesar de los tonos grises que desprendían de su castaña cabellera, no debía superar los cuarenta años.

— Perdón, hijo — la seriedad de Don Mario se desvaneció —. Sé que tengo que cuidarme, pero es difícil. Además, sabes que estaré bien — una cálida sonrisa se dibujó en su rostro —, siempre estoy bien.

— ¿En verdad se encuentra bien? — cuestionó Raúl.

— Si, fabuloso, ¿no me acabas de oír? — respondió con tosquedad — Estoy bien y estaré bien, muchacho.

— Lo escuché perfecto — mencionó Raúl —. Es solo que el otro día vi a su hijo un poco preocupado por usted y pues...

— Si, 'apá — interrumpió Ramón.

— Una recaída menor, fue todo — justificó Don Mario —, nada de lo que alarmarse.

— Claro — comentó Raúl, suavizando su tono de voz como había aprendido en sus cursos — ¿Puedo ser honesto con usted, Don Mario?

— Ya que.

— Vengo aquí a apoyarlo con lo que está pasando. Estudié un poco de nutrición y se lo que...

— ¿Qué sabes tú de mi enfermedad? ¿Acaso me vas a dar más medicina?

— No, señor.  Conozco lo que está pasando, es molesto cambiar los hábitos, modificar la comida. Pero la vida es de cambios — habló por experiencia — y uno tiene que aprender a sobrellevarlos, a veces no por nosotros, sino por los demás, por aquellos a quien amamos.

Don Mario, miró a su hijo, notando que su atención estaba fija en aquel consejero musculado, escuchando cada palabra con interés. Hacía tiempo que no lo veía así.

— Tiene razón, doc — afirmó Don Mario y por primera vez le dirigió una pequeña sonrisa a Raúl —. Pero uno está acostumbrado a comer bien y la comida « saludable» sabe muy mal o es muy cara. Es un lujo que no nos podemos permitir aquí.

— Bueno, 'apá, es un lujo que nos vamos a permitir, ya veremos cómo le hacemos.

— Cualquier comida puede ser saludable y deliciosa — declaró Raúl con seguridad —. Si me lo permite, puedo cocinar algo sano con cualquier cosa que tenga, así verá que la comida no debe ser cara para que sea sana y de su agrado.

— ¡A cabrón! — expresó Don Mario — ¿sabes cocinar? Yo pensé que solo comías carne, con tremendo cuerpo que traes — el comentario hizo sonreír a Raúl.

— ¿Puedes hacerlo, bro? — reconoció Ramón, su amigo asintió — ¿Cómo te ayudo?

— Puedo hacerlo yo sin problema, ¿puedo pasar a tu cocina?

— Claro, pásale, pero déjame ayudarte. No soy muy bueno, pero algo podré hacer.

— Va que va, veamos que tienes.

Ramón caminó hacia la cocina, abrió el refrigerador, mostrando su interior.

— Tenemos huevo, algunas salsas que le gustan a mí 'apá, leche, pan, algunas verduras en el cajón de abajo, carne molida, una pechuga de pollo. También hay algunas pastas y frascos con especias en la alacena.

Raúl se acercó al refrigerador, tomó la pechuga de pollo y la dejó sobre la cubierta. Abrió el cajón de verduras, agarró jitomates, cebollas, chiles serranos, cilantro, un par de limones y los colocó junto al pollo.

— ¿Tienes tortillas?

— Abajo — señaló una tortillera de un color café dentro del refrigerador —. Son de la mañana.

— Perfecto. Ayúdame limpiando esas verduras.

— Claro — dijo Ramón acercándose — déjame voy por la cubeta.

— ¿Cubeta? Puedes hacerlo en el fregadero.

— Lo que pasa es que tiene una pequeña fuga y a veces gotea — comentó Ramón un poco apenado —. Llamamos al plomero, pero no nunca llega.

Raúl dejó lo que estaba haciendo y miró la falla.

— ¿Tienes herramienta? ¿Un perico?

— Claro, déjame le preguntó a mi papá.

En dos minutos, Ramón regresó con una caja metálica de color rojo. Raúl se inclinó debajo del fregadero. Retiró un par de productos de limpieza que se encontraban en su interior y se recostó.

— Abre.

— ¿Estás seguro? Te puedes mojar.

— Solo hazlo rápido, no la dejes abierta mucho tiempo.

— Si tú lo dices...

Martín abrió el grifo y por abajo un pequeño chorro salpicó al improvisado plomero.

— ¡Ya vi, ciérrala! — pidió Raúl enroscando sus manos alrededor de la fuga — ¿podrías pasarme el perico? — la herramienta toco sus manos y tras un par de ajustes y giros, el hombre salió de abajo — Intenta ahora.

Sorprendido por tan veloz solución, Ramón abrió la llave y, para su sorpresa, observó que ya no había fuga alguna.

— ¿Todo bien, muchachos? — Don Mario apareció en la cocina, con una ceja levantada.

— Sí, 'apá, Raúl ya arregló la fuga.

— ¿En verdad? — el padre se asomó y reconoció la reparación — Oh, vaya... gracias. Es una caja de sorpresas, doc.

— Jeje, para nada. Perdone la demora, vaya a sentarse y en un momento todo estará listo.

— Puedo ayudar — Raúl notó que la actitud de Don Mario había cambiado.

— Usted tranquilo, yo me encargo, Ramón me ayuda — aseguró.     

— Ve a sentarte, 'apá — pidió Ramón.

Tras la pausa, continuaron preparando la comida. Raúl colocó una olla al fuego y en ella hirvió agua agregándole un poco de perejil, mientras, indicó a Ramón que troceara, en pequeños cubos, los jitomates, un trozo de cebolla y unos pequeños chiles verdes.

El hombresote colocó la pechuga en el agua para que se cociera dejando que la cocina se inundara de un suave olor a perejil con pollo. Una vez lista, la sacó con cuidado y le pidió a Ramón que se encargara de desmenuzarla en un traste.

Continuando, agarró el jitomate picado, los chiles y la cebolla, y lo revolvió utilizando un tazón, haciendo saltar en el aire los pequeños cuadritos de las verduras, incorporando todo. Dejó el traste sobre la cubierta de la cocina, tomó un cuchillo y, tras lavarlo y desinfectarlo, procedió a rebanar un manojo de cilantro en trocitos, dejándolo caer en la mezcla de verduras, después, cortó un limón, exprimiéndolo sobre la mezcla, utilizando una pequeña cuchara para revolverlo todo y probó un poco.

— ¿Qué te parece? — preguntó Raúl, rompiendo la concentración de su amigo que se encontraba desmenuzando el pollo, dándole la cuchara.

Martín probó, sus papilas notaron la suavidad del jitomate y lograron distinguir el sabor que otorgaba el picante junto con el limón, dejándole un sabor fresco de cilantro al final.

— ¡'ta muy rico, bro!

— Suave, en cuanto termines, pela el pepino, lo metes a la licuadora con agua y le exprimes este limón, por favor — pidió Raúl.

Sin interrupciones, el cocinero tomó un pimentón rojo dulce y pimienta negra en polvo. Regresó al refrigerador, agarró un queso manchego con una imagen de una granja en la envoltura. Pidió dos sartenes, indicándole a su compañero fortachón que calentará en uno las tortillas mientras él terminaba el platillo.

Con el sartén caliente sobre el fuego, Raúl derramó un chorrito de aceite y vació el pollo, esparciendo el olor en el ambiente. Bajó la flama a lo mínimo, cortó el queso y lo colocó arriba del pollo. Usando una pala de madera, comenzó a mezclar. El aroma llenó la cocina y siguió su camino hacia el comedor, haciendo salivar a Don Mario, cada vez más hambriento.

Ramón metió el pepino con agua a la licuadora y en poco tiempo, tuvo la mezcla lista.

— Ponla en una jarra— señaló Raúl — y después le agregas un poco de azúcar y hielo.

Tras realizar lo pedido y comprobar el nivel de dulzura, Ramón dejó la jarra en la mesa del comedor y se enfocó en las tortillas, moviéndose veloz, prendió otra de las hornillas y utilizó un tenedor para voltearlas.

— Ammm, ¿no tienes pinzas de metal? — cuestionó Raúl levantando una ceja.

— Pues, sí, tenemos — Ramón hurgó en un cajón y, chocando las puntas un par de veces, sacó unas pinzas de aluminio.

— Intenta con esas, es más fácil — aseguró mientras regresaba a lo suyo.

Con el queso bien derretido, Raúl le agregó las especias, pintando de rojo un poco el pollo con el pimentón, logrando un aroma dulzón. Por último, colocó un poco de pimienta sobre la comida, mezclando para que todo tuviera uniformidad. Con todo listo, pidió tres platos a su compañero y sirvió el guiso en ellos.

Entre los dos, colocaron la mesa, para agrado de Don Mario que esperaba hambriento la comida. Tras servir el agua en los vasos, Don Mario agradeció a su invitado y probó el platillo.

— Está muy bueno — asintió el hombre alzando las cejas, apreciando el sazón —, nada mal, doc.

Ramón acarició la espalda de su amigo y, le instó a comer, así, el sonido de los cubiertos no se detuvo hasta que los platos quedaron vacíos.

— Híjole, hace mucho que no comía algo tan delicioso preparado en mi propia cocina. Muchas gracias, doc — expresó Don Mario —. Con comida así, no creo que sea tan difícil el cambio.

Ante las palabras de su padre, Ramón se alegró, despreocupándose un poco.

— Ahora — continúo Don Mario —, solo hace falta que no se me olvide la medicina.

— También lo puedo apoyar con ello.

Estirando su mano, Raúl le pidió el celular a Don Mario, preguntándole por los horarios de sus medicinas y con un par de toques, programó las alarmas.

— Ya quedó — señaló Raúl.

Martín sintió como una pesada carga abandonaba su cuerpo, ahora ya no tendría que preocuparse por su padre, solo por encontrar chamba, sin evitarlo, miró a aquel hombre diestro, capaz, habilidoso y lo admiró en silencio.  

— Mira nomás, aparte de macho, tecnológico y cocinero. No me sorprende que Ramoncito no deje de hablar de ti.

— ¡'Apá! — contestó Ramón apenado.

— ¿Qué, mijo? Es la verdad. Con esas cualidades, seguro no hay mujer que se le resista.

Pese a las palabras, Raúl se mantuvo cabizbajo.

— Naa, nada que ver.

Quizá fue su panza llena o la gratitud de Don Mario, lo que hizo que Raúl respirara hondo y abriera su corazón.

— Hace años yo le hubiera dicho que sí, pero ahora ya no — empezó a narrar —. Tuve todo lo que un «hombre» podría desear. Era futbolista, muy bueno por cierto, el terror del mediocampo, al menos así me decían mis compañeros. Las personas seguían mis órdenes, como un general — Don Mario bajo los brazos, entrelazando sus manos e inclinándose hacia delante —. Llegaron muchos equipos a ofrecerme trabajo. Contratos me sobraban, y las cantidades eran absurdas. Aparecieron muchos «amigos», me sacaban de los entrenamientos, nos íbamos de fiesta a emborracharnos. Tuve muchas mujeres, una por noche. Muchas de ellas me juraron amor eterno — sonrió con burla —. Todo pintaba bien, era ser el sueño de cualquiera, ¿verdad? —por inercia hizo una pausa, sintió su pecho oprimido, pero se obligó a seguir — Una tarde tendría que haberme estado preparando para el siguiente partido, pero me ganaron las ganas de chupar, era un adolescente, pensaba que estaba por arriba de todos y que no me podía pasar nada. Fui un idiota.

Ramón se percató de que, aunque Raúl miraba al frente, sus ojos no enfocaban, sino que miraban al pasado.

— Ese día nos emborrachamos en grupo — continúo —, no sabría decir qué tomé, pero fue demasiado. Salimos, subimos a un coche a pesar de nuestro estado, creo era un deportivo nuevo que tenía uno de ellos. Solo recuerdo estar de copiloto, ver hacia arriba y observar las farolas de la ciudad iluminando nuestro camino y desapareciendo al instante aquella noche. Volteé a ver al piloto, tenía las manos levantadas, me pareció gracioso en su momento. Nos reímos y después su rostro cambio mientras un par de faros aparecieron de la nada. Logró volantear, desviándonos lo suficiente para no chocar con ese carro, pero la velocidad fue demasiada para controlarla. Dimos unas vueltas en el aire y caímos rápido. No es como en las películas, no hay cámara lenta, solo un segundo en el aire y al otro...

Ramón notó la pesada carga en la habitación. Tomó el vaso de su amigo, lo llenó y se lo acercó, provocando un leve contacto con su mano que lo regresó de su viaje al pasado. Compartieron una leve sonrisa. Dando un sorbo al agua, Raúl continuó.

— Desperté unas horas después, ya en el hospital. Estaba aterrado, no sabía que había pasado. Me comentaron que todos estaban bien. Por un momento sentí alivio, si todos estaban bien, entonces al siguiente día podríamos ir de fiesta. Luego, mi madre se acercó a mí, angustiada. Mi realidad era otra, me dijo que mi pierna estaba rota, el hueso, el músculo y la rótula. El coche había caído de mi lado y se me habían incrustado algunas partes del mismo. Mi carrera se acabó. Contacté a las mujeres que me habían jurado amor eterno, y así como vinieron, desaparecieron cuando ya no me podía permitir pagarles nada. Lo peor fueron mis «amigos», después del accidente, me visitaron una vez, les conté de mi situación y noté el cambio en su rostro, me abandonaron, les escribí, pero nunca contestaron, los fui a ver y me ignoraron. Me recuperé del daño físico con ayuda de mi familia, de la traición, nunca me pude recuperar. Frustración, miedo, ansiedad, depresión, todas y cada una de ellas estuvieron presentes, pero la vida sigue — el hombre respiró hondo —. Me metí a la universidad. Estudié fisioterapia, tal vez con el fin de ayudarme. Por primera vez en mi vida me tuve que esforzar, dar el máximo de mí para hacer algo, tuve problemas, no estaba acostumbrado a estudiar y aunque me quedara despierto hasta la madrugada para aprender, apenas pasaba mis materias con seis, siete máximo. Fue en ese tiempo que decidí depender de mí mismo, no confiar en nadie y alejarme de las personas, no tuve amigos, no quería amigos — su voz estaba cargada de resentimiento, cosa que notaron el padre y el hijo —. En su lugar, aproveché el tiempo para ir al gimnasio, comer bien y poco a poco, recuperé mi fuerza. Al final, dejé la escuela por dinero, mis padres quisieron ayudarme de nuevo, pero, yo ya estaba viejo para ser mantenido, no. Me mudé solo, me puse a trabajar como masajista con todo lo que había aprendido y, poco a poco, fui haciéndome de clientes. Y heme aquí, solo y fracasado — declaró riéndose de sí.

— ¿Estás ciego? — Don Mario escuchó suficiente — Mírate al espejo, cabrón. Eres fuerte, inteligente y con experiencia en la vida. Además, aprendiste a salir del hoyo. Cualquiera cae, pero muy pocos se levantan. Levanta la cara — Don Mario, con toda su fuerza, levantó la mano y dio una sonora palmada a la espalda baja de Raúl, obligándolo a arquearse — endereza la espalda y sigue adelante, cabrón. Machos como tú hay muy pocos. Puede que no estés en el lugar que quieres estar, pero no vas por mal camino, te lo aseguro.

Raúl, tragando un gran nudo en la garganta, agradeció las palabras de aquel hombre que lo miraba de forma paternal y que, consiente de su gesto, ahora le acariciaba la espalda con suavidad.

De repente, el ruido de una alarma del celular de Don Mario irrumpió en la habitación.

— ¡'Pá, tu medicina! — expresó Ramón.

— ¿Ya son las seis? Maldito aparato, ahora si no tengo excusa.

— Sin pretexto, papá. Mientras tú te la tomas, yo me preparó para ir al gimnasio.

— Bueno – comentó Raúl levantándose—, fue grato pasar un rato con ustedes, pero debo irme para ir a casa por mi ropa e ir al gimnasio también.

— Yo te presto — propuso, Ramón. — Creo que somos de la misma talla, bro. Dame un segundo y te traeré algo cómodo.

Antes de que pudiera contestar, Ramón corrió a su habitación.

— Es un buen muchacho, de buen corazón — confesó Don Mario —. Hace rato que no lo veía tan animado. Se puso triste con lo de su despido, pero desde que me dijo que venías, lo noté mejor. Te aprecia mucho.

Raúl miró al suelo, confuso, incluso un poco avergonzado.

— Él me contó que no era de tu agrado — continuó —, pero sé que también lo salvaste en el gimnasio para que no le cayera una pesa encima.

— No quería que se lastimara como yo.

La respuesta hizo a Don Mario sonreír con satisfacción.

— Gracias. No cualquiera lo hubiera hecho. Ramón ha pasado por momentos difíciles, pero aún así sigue sonriendo. Ojalá yo fuera tan fuerte como él.

Al poco tiempo, Ramón salió de su cuarto con una mochila abultada.

— Todo listo, bro. Ya nos vamos, 'apá. Te quiero mucho.   

Don Mario tomó a su hijo por el cuello, dándole un beso en la frente, después tomó a Raúl del hombro y mirándolo a los ojos, le extendió su mano, agradeciéndole su apoyo.

— Vayan con cuidado, doc. Aquí tiene su casa cuando guste — después miró a su hijo, con picardía —. Hasta que tienes buen gusto, mijo.

— ¡Papá! — alegó sonrojado, cerrando la puerta tras de sí, confundiendo a Raúl.