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En la radio, las noticias se sintonizaban como cada tarde en su horario habitual. Durante los últimos meses, habían transmitido información importante sobre los agrestes, y este día no era la excepción.

— En noticias nacionales, diversos estados están avanzando en legislaciones para garantizar la seguridad y derechos de las personas agrestes — informaba el periodista —. ¿La razón? Ellos enfrentan crecientes niveles de rechazo y discriminación — añadió —. En una iniciativa del gobierno, se implementó un seguro médico y laboral, exclusivo para los agrestes, proporcionándolo de manera gratuita para aquellos sin cobertura — explicó —. Esto ha generado apoyo y reconocimiento por parte de este grupo, pero también ha suscitado el rechazo de otras comunidades, personas humanas en su mayor parte, argumentando que ellos también requieren acceso a medicamentos, atención médica, psicológica, así como oportunidades laborales y vivienda digna. La noticia ha creado un debate entre la gente que está a favor de la ayuda del gobierno, y las que están en contra, demostrando su respectiva opinión en redes sociales, o marchas en plenas avenidas para exponer su posición.

El reportero, agreste, suspiró sin evitarlo.

— En otras noticias, un congresista neoyorquino alertó sobre el aumento de tasas de migración, atribuyéndolo a la fortaleza y habilidad de algunos migrantes agrestes. Esto ha generado un incremento en la población agreste en la ciudad y, por si no fuera poco, los llamados «polleros» o «coyotes», algunos ahora también agrestes, han logrado evadir retenes y vigilancia, con sus habilidades naturales recién adquiridas, cruzando sin dificultades o encontrando nuevos caminos por los que cruzar.

El noticiario se filtraba dentro del auricular derecho inalámbrico que llevaba puesto Mersenne, mientras caminaba con Pierrot por los pasillos de la televisora, dirigiéndose hacia su oficina.

— Todo transcurre de forma favorable, madame — reconoció Pierrot, seguro.

— No del todo — mencionó la cierva, quitándose el audífono y guardándolo en su cajita con su par —. La revelación prematura del caos migrante de Nueva York no debió aparecer aún — agregó, con preocupación —. La incompetente de Karen no está haciendo bien su trabajo.

Ambos llegaron a la puerta grande de su oficina, Mersenne la abrió y se adentró junto a su guardaespaldas.

— ¿Qué trabajo incompetente es ese, señorita? — inquirió el perro Rentería, de pie en medio del despacho, con los brazos cruzados, sombrero en las manos y gabardina, clavándole la mirada a la cierva luego de escuchar parte de su conversación.

Mersenne se sorprendió, siendo protegida por Pierrot de inmediato, colocándose delante de ella, firme, provocando que el agente levantara sus manos vacías.

— Tranquilos, sólo estoy de paso siguiendo un caso por petición de un comandante de policía — explicó Rentería, con seriedad mientras bajaba los brazos —. Así que dígame, señorita Mersenne... ¿Qué tal su última visita al museo? ¿Disfrutó de la experiencia o acaso su... Guardaespaldas y usted tuvieron algún inconveniente?

Pierrot ni siquiera se inmutó ante la presencia o indagación del sabueso, mientras Mersenne estaba sonriendo de forma discreta.

— Un gusto — mencionó la cierva, colocándose frente a Pierrot, agradeciendo con un gesto su protección, para luego mirar cara a cara a Rentería, con firmeza, pero a la vez demostrando sensualidad —. ¿Gusta una taza de té, señor...?

— Rentería — se presentó el agente —. Maximiliano Rentería.

— Por supuesto, señor Rentería — afirmó Mersenne, sonriendo y mostrando el atractivo tono rojo en sus labios, resaltando sus hermosos dientes —. Francesco, dos tazas por favor — solicitó a Pierrot, quien de inmediato asintió y se dirigió a servir las bebidas.

— Qué máscara tan peculiar — reconoció el sabueso —. ¿Pelea en la lucha libre acaso?

— Es una tradición de familia — se limitó a responder Pierrot.

— Disculpe mis modales tardíos, pero no esperaba la visita de un exagente agreste — mencionó con delicadeza la cierva —. Tome asiento, por favor — invitó al agente, que accedió sentándose en el sillón de piel, mientras Mersenne se colocó a su lado, cruzando de forma atractiva su pierna.

Rentería la observó, quisquilloso, para luego concentrarse y devolver su mirada a los ojos de la cierva.

— Y dígame, ¿cuánto tiempo lleva fuera de esta clase de casos? — cuestionó Mersenne, deduciendo — ¿Tres? ¿Cinco años? Supongo que usted bueno en su oficio considerando que lo llamaron pese a su tiempo fuera de servicio — planteó con curiosidad, observando fijo al agente —. Espero que su despido no haya sido deshonroso.

El detective se esforzó por no demostrar sorpresa, limitándose a mostrar una amplia sonrisa.  

— Deduce muy bien, señorita — confirmó Rentería, complacido.

— Y usted es demasiado perspicaz, agente.

— No lo suficiente — aseguró el sabueso —. No sé por qué, pero me asombra qué, por más que he buscado, no hay ninguna noticia, post o rumor siquiera de lo que ocurrió en el museo.

— ¿Y qué ocurrió en el museo? — preguntó la cierva, estratégica, mientras Pierrot se acercó a entregarles su respectiva taza de té.

— Robaron una gema, una imitación — explicó Rentería —. Algo así como... — pausó, observando una joya en el vestido de la dama — Como la piedra amarilla que tiene en su broche — comentó, dando un gran sorbo a su té, poniendo al final un gesto de asco — Umm ¿Qué es esto?

— Anís y clavo, monsieur — explicó Pierrot, serio.

El sabueso observó detenido el té, tenía un olor y sabor fuerte, pero Mersenne lo bebía con gusto.

— Bueno, si es una imitación estoy segura que no es una noticia relevante, agente — aseguró la cierva, sorbiendo —. Además, no comprendo por qué su asombro, si en su oficio lo primero que se hace es asegurar y ocultar la información — continuó la cierva, manteniendo al agente atento.

— Es cierto que no es necesario involucrar a gente cuando no es necesario — blandió el detective —. Pero la información que se presenta, debe ser relevante, importante.  

— ¿Relevante para quién? ¿Qué se considera importante? Para mí no es necesario que la sociedad se entere de la historia de un padre que opta por quitarse la vida para evitar que su familia contraiga sus deudas e infelicidad — ejemplificó —. Tampoco deber ser testigo de la tragedia de una madre que falleció al dar a luz porque el gobierno le denegó el aborto en un caso de un bebé con muerte cerebral — mencionó —. Sobre todo, no se debe hablar sobre la escasez de empleo y vivienda, consecuencia de una mala planificación gubernamental que lleva a los jóvenes a perder el deseo de buscar relaciones o formar familias.

La cierva dio un trago a su té mientras Rentería la miraba serio.

— No, lo que la sociedad necesita son historias que alegre su corazón, como rescates de animalitos maltratados, de quinceañeras con vestidos donados, de abuelitas beneficiándose de despensas y sillas de ruedas, de pequeños delitos resueltos que destacan la eficacia del sistema judicial, así como políticos dedicados a la rehabilitación de espacios públicos.

— A eso le llamo manipulación de información — alegó Rentería, dando otro sorbo a su bebida amarga, sintiendo raro al notar que su lengua se le dormía.

— No es nada de eso, agente — refutó Mersenne —, no malinterprete las acciones. La gente necesita distraerse, ser felices. ¿Por qué cree que hay tantos programas de concursos, de baile, de deportes? — se justificó —. Necesitan proyectarse para sentirse bien, seguros y protegidos. ¡Es necesario que alguien resguarde a esa gente de la realidad, la depresión y la desdicha!

— ¿Y ese alguien es usted, señorita? — cuestionó el agente, sintiéndose extraño — ¿O será acaso esa tal Karen que mencionó hace rato?

— ¿La urraca? — se burló Pierrot, de pie, a un lado de Mersenne.

— Urrieta — corrigió la cierva, tras lo cual, con otro trago, terminó su té y regresó su mirada al agente —. ¿Sabe, agente? Se está adentrando en terrenos escabrosos y difíciles. No sé cuánto le estén pagando, pero le aseguro que el dinero no sirve para nada a los muertos.

— ¿Es una amenaza? — preguntó el agente, un poco mareado.

Mersenne, con total elegancia, se levantó, el sabueso hizo lo mismo, pero tuvo que sujetarse del sillón para no caerse.

— Es un consejo, nada más — aseguró la cierva —. Si se lo pregunta, no, no tengo la gema — aseguró —. Y si me permite la observación, lo veo muy cansado. Debería descansar un poco.

Mersenne se dirigió a la puerta, Rentería intentó detenerla, pero, con la vista desenfocada, cayó de rodillas al suelo, apenas sosteniéndose con sus brazos, toda la oficina le daba vueltas.

— Le recomiendo que agende una cita la próxima vez, o no seremos tan atentos con usted, Maximiliano Rentería — aclaró la cierva saliendo de la oficina con una sensualidad inquietante.

— El té de madame tiene un sabor intenso, es más adecuado para aquellos con un paladar más refinado — se burló Pierrot, poniéndose al lado del sabueso.

Rentería intentó levantarse, pero su cuerpo no le obedecía, sus parpados se volvieron pesados y, sin poder luchar más, se desplomó contra el suelo.

Tras un largo rato, los ojos de Rentería se abrieron de forma lenta, vislumbrando el lugar en donde se encontraba. Al enfocar su vista, se dio cuenta que se hallaba en un callejón, tirado en el suelo, cual borracho, al lado de un contenedor de basura, sin ninguna noción del tiempo más allá de la obscuridad de la noche.

Mareado, se levantó poco a poco, sacudiendo su ropa.

— Odio los gajes del oficio — refunfuñó, incorporándose —, al menos me dejaron los zapatos — celebró mientras caminaba al exterior del callejón, sosteniéndose de las paredes para continuar con su investigación — Al menos sé que este par de raros no tienen la gema — pensó —. Pero... ¿para qué la querían?