Por un extenso pasillo blanco, una figura femenina avanzaba con elegancia hacia una imponente puerta de metal. El sonido rítmico de sus tacones rojos ceniza resonaba a lo largo del pasillo, mientras su andar mostraba un toque de sensualidad. Vestida con un deslumbrante conjunto, sus labios resplandecían con un tono mate que combinaba con su vestimenta y sus zapatos. La cabellera larga de la mujer caía en cascada, destacando unas pequeñas astas.
Al llegar a la puerta, en un dispositivo de seguridad cercano, registró la huella de su dedo índice de la mano derecha. El indicador luminoso cambió a verde, permitiéndole proceder a ingresar un código específico que accionó la apertura majestuosa del acceso.
Al abrirse por completo, se encontró con un sitio oscuro. Tres pantallas colocadas en fila arrojaban una luz tenue sobre montones de cables bien organizados donde, en frente, se encontraba sentado un cuerpo masculino, con grandes cuernos ornamentales, sobresalientes de su corta cabellera, luciendo además una vestimenta informal pero elegante: pantalón de vestir, camisa arremangada y tenis blancos.
— Oh, Mersenne, hermanita. Al fin llegas. Justo estaba terminando de entrenar a Preter — mencionó Edison, se quitó tres electrodos de la cabeza, dejando marcas redondas en su frente.
Edison y Mersenne, del alto mando, eran hermanos y agrestes, unos ciervos que, con solo mirarlos, en sus ojos se notaba la astucia.
— Saludos, tía Mersenne — dio la bienvenida una voz parecida a la de un muchacho desde las bocinas — ¿Cómo estás?
— Ah, ¿ya soy tía? — sonrió la cierva levantando una ceja.
— Verás... — expresó Edison mientras se levantaba de su silla para mirar de frente a su hermana — Necesitaba una relación para simular la enseñanza a Preter, y nada mejor que la familia como fuente primaria de aprendizaje, ¿no crees?
— Estás loco, hermanito — susurró mirando fijo a Edison, con una ligera sonrisa, para luego desviar la mirada a las pantallas — ¿Qué tal te cuida mi hermano, Preter? — preguntó Mersenne a la IA siguiendo el juego — Espero pueda enseñarte mejor a como nos enseñaron a nosotros.
— Mi padre es un gran hombre, ¡Je, je! — respondió Preter desde los altavoces — De hecho, estaba proporcionándome lecciones sobre lealtad, moral, un toque de fe, y estaba a punto de darme de comer.
— ¿Comer? — cuestionó Mersenne, mirando confusa a Edison.
— ¡Un almacén de datos entero! — contestó el ciervo con una sonrisa burlona, mientras se acercaba a las pantallas para acariciarlas como si fueran un bebé —. Un tera de información limpia y preparada para mi pequeño descendiente.
— ¡Eso me ayudará a crecer grande y fuerte para convertirme en una IA útil para mi padre y para ti, tía! — añadió la voz de Preter.
— ¡Bien dicho, mijo! — exclamó Edison, mimando a su creación — Por favor, no se te olvide hacer un respaldo de seguridad de la versión actual de tu sistema — recordó el ciervo a la IA —, y después, cuando termines, disfruta tu comida sin prisas. Este proceso lleva un par de días, así que enfócate en adquirir y comprender toda la información posible.
— ¡Con todo gusto, padre! — respondió la inteligencia artificial desde los altavoces.
Edison dejó de acariciar las pantallas y se giró de nuevo hacia Mersenne.
— Vamos a comer, hermanita — pidió el ciervo —. Hay mucho de qué hablar.
El par salió de la habitación, cerrando de nuevo la imponente entrada con toda la seguridad que la protegía, luego, caminaron por el pasillo, hasta llegar al otro extremo, tras atravesar una puerta de cristal, salieron al área de operaciones. Dos vigorosos vigilantes, armados hasta los dientes, custodiaban el corredor que conducía a la habitación donde se hallaba la IA.
En el área, montón de gente iba y venía a todas partes, un monótono bullicio donde cada uno realizaba sus actividades específicas, pero notándose su pasión por hacer bien sus asignaciones. Cada área del lugar era resguardada por guardias de manera exagerada. Las instalaciones estaban construidas de forma minimalista, armoniosa, con colores neutros y suaves donde cada elemento tenía su lugar y nada se desperdiciaba.
— Aunque creo que estás un poco loco, reconozco que todo aquí ha cambiado — mencionó Mersenne a su hermano, observando a cada empleado del lugar, y ojeando cada espacio mientras caminaban por el mismo.
— ¡Pero claro que ha cambiado! — exclamó Edison con gusto — Preter ha aumentado la eficiencia de las instalaciones en un promedio de 500% — señaló, satisfecho —. También redujo los costos energéticos un 300% y optimizó las tareas laborales en más del 700%.
La cierva levantó las cejas, sorprendida.
Ambos continuaron su camino en medio del ruido hasta llegar al comedor, un espacio grande, con múltiples mesas y una barra de comida dispuesta para todos, donde no solo se hallaban guisados y cosas fritas, sino también ensaladas y bebidas naturales que preparaban allí mismo.
— Tal es la competencia de todo esto, hermanita, que saben que la gente será despedida cuando informo que el «sistema operativo» se ha actualizado — continuó Edison, sonriente, mientras se acercaba junto con Mersenne a la barra, eligiendo con la mirada qué comer —. Ser despedidos y liquidados es algo que aquí aceptan con gusto.
Mersenne puso un gesto confuso que Edison notó.
— Lo que pasa es que Preter se asegura de ponerlos en contacto con una empresa que favorezca sus pretensiones económicas y laborales — explicó el ciervo —, aunque no saben que es Preter quien los ayuda — susurró, sonriente.
— ¿Qué harás si alguien se llega a enterar de la IA? — preguntó Mersenne.
— ¿Qué dirían? — cuestionó Edison de manera retórica— ¿Que una nueva inteligencia artificial ha surgido? — río de forma ligera — Cientos de empresas están sacando IA's a cada rato. De hecho, dos salieron el mes pasado — informó con gracia.
Edison tomó un plato y colocó en éste un emparedado partido a la mitad, una manzana roja y dos vasos de jugo de naranja para él y su hermana. Mersenne también agarró un plato, en donde colocó lechuga, jitomates, queso y rollos de jamón.
— ¿Cómo es que Preter aprendió tanto? — cuestionó la cierva, pensativa, mirando fijo a su hermano mientras tomaban asiento en una mesa cercana.
— Seguimos investigaciones y datos proporcionados por Fiodor y Noroeste — pausó para morder un pedazo de su emparedado —. Estaban trabajando en algo grande, aún más complejo que Preter, pero ese proyecto fue robado por un hacker — explicó Edison, con la boca llena —. De momento Preter no tiene acceso a internet, pero una vez que acabe su entrenamiento, pensamos dejarlo libre para que obtenga toda la información del mundo — mencionó luego de tomar un trago del jugo.
— No te confíes, hermano — advirtió la cierva, con gesto serio, mientras revolvía su ensalada —. No quiero que te pase lo que les ocurrió a los otros — expresó, levantando su mirada fija hacia su hermano.
Edison tomó su fruto y le dio una mordida, sonriente y confiado.
— Una vez que esté listo, le daré a Preter todos los datos recuperados de los viejos miembros del alto mando. ¿Te imaginas? — comentó Edison, visualizando el futuro —. La inteligencia de Butoli, el potencial de Cobalto, las estrategias de Fiodor, la antelación de Noroeste... — imaginaba, colocando en hilera el vaso del jugo, los dos pedazos del emparedado y su manzana, aludiendo a todo lo mencionado.
— ¿Y nosotros? — preguntó Mersenne, seria, clavándole la mirada a su hermano, dejando de lado su comida — También nos reemplazará, Edison.
— Tranquila, tranquila, tranquila — mencionó el ciervo, seguro de sí —. No puede reemplazarnos, hermanita... Bueno, No por ahora... — señaló — Preter está limitado a aprender por electrodos. Le doy acceso directo a mi mente, pero solo aprende lo que yo quiero que aprenda — recalcó —. Una vez que sea lo bastante robusto, le ordenaré buscar las gemas — aclaró, decidido —. Con su capacidad, no dudo que las localice en menos de una hora, doquiera que estén — mencionó, sonriente, para luego darle otra mordida a su comida —. La siguiente fase será darle acceso a medios de producción, así podrá crear a libertad... ¡Será grandioso! — explicó con emoción, masticando el pedazo de fruta.
Mersenne seguía sin comer, mirando seria y preocupada a su hermano.
— Ya te dije, ten cuidado — expresó la cierva —. O si no, terminarás como...
— Como los otros, ya lo sé — interrumpió Edison para quitarle las palabras —. Créeme, hermanita. ¡Estaré bien! — expresó, firme, a punto de morderle a su emparedado —. Ahora come, se te enfriará tu ensalada.
Mersenne lo miró, sonriendo por el comentario.
— Eres un tonto — mencionó, comenzando a degustar su comida.
Ambos mantuvieron un minuto de silencio, disfrutando los alimentos, y su compañía.
— ¿Y tú cómo estás? — cuestionó el ciervo a su hermana, mirándola fijo —. A mí la que me preocupa eres tú, eh — confesó, para luego girar el rostro y hablar sobre su hombro —. Espero que la estés cuidando bien, Pierrot.
Emergiendo de una pared que enlaza a la cocina, un hombre robusto, imponente, con un abrigo en mano, se acercó a ellos, dando una reverencia al presentarse, desconcertando a los guardias de seguridad que no lo vieron entrar, alertándolos, tomando sus armas y a punto de sacarlas hasta que notaron, por la candidez de los hermanos, que era alguien de confianza.
El hombre tenía puesta una pelicular máscara blanca de luchador, con algunos detalles negros en los ojos, romboides bien delineados. La parte de la boca estaba descubierta, dejando a la vista un mentón ancho, perfilado, con una fina barba oscura.
— La madame está más que segura conmigo, señor — respondió Pierrot a Edison, con un tono suave, pero a la vez dominante —. Mientras yo esté con ella, nada le pasará, se lo aseguro — afirmó —. Es usted quien me preocupa. Debería pedir a alguien más de la familia que le cuide — aconsejó al ciervo.
— Preter es quien me cuida — aseguró Edison, después de darle un sorbo al jugo —. Ya tiene acceso a todas las cámaras de seguridad dentro del complejo y puede reconocer cualquier comportamiento extraño con una antelación de miedo — agregó, mordiendo la manzana.
— Como digas... — exclamó Mersenne — Evangeline me avisó que tendremos junta el siguiente mes — informó a su hermano —, así que hay que demostrar buenos avances — culminó para luego mirar a Pierrot y asentir con un gesto de estar lista.
Mersenne se levantó de la mesa, mientras Pierrot se acercó a ella para ayudarle a colocarse su abrigo. Edison la miraba, apenas terminándose una mitad del emparedado.
— ¿Ya te vas? — preguntó Edison a su hermana — No te terminaste tu ensalada.
— Siempre hay trabajo que hacer, hermano — aseguró la cierva —. Me dio gusto saludarte.
Mersenne, seria y elegante, dio la media vuelta y, junto con Pierrot, salieron del lugar, dejando a Edison levantando los hombros, y comiendo.
Al llegar al estacionamiento, Pierrot ofreció su brazo a Mersenne, acomodándose en el asiento trasero de una deslumbrante limusina. Después, Pierrot, subiéndose, tomó el volante y arrancó para ponerlo en marcha.
En el camino, Mersenne miraba por la ventana, pensativa. El enmascarado miró de reojo a la cierva.
— El señor Edison se veía muy contento — comentó Pierrot, sin perder la vista en el camino.
— Preter le emociona mucho — respondió Mersenne, manteniendo su mirada en la urbanidad —. Quizá algún día esa IA nos quite el trabajo.
— Nada puede reemplazarla, madame — replicó el hombre a la cierva.
— Eres un adulador, Francesco — mencionó, volteando a ver a Pierrot con una leve sonrisa —, pero quizá eso pase. Por lo pronto, debemos seguir controlando la información — sugirió —. Eso mantendrá durmiente a la sociedad — se detuvo, para luego regresar su mirada en el exterior —. Prende la radio, quiero oír cómo va nuestro trabajo — solicitó.
— En seguida, madame — contestó Pierrot, encendiendo el reproductor.
La señal de la emisora se escuchaba difusa, hasta que se logró estabilizar y por fin ser audible.
— En otras noticias, ha surgido un plan de desarrollo social orientado a la defensa de los derechos de las personas bestia, conocidas como agrestes — informó el locutor —. En algunas naciones, ya se están implementando las reglamentaciones necesarias para garantizar la igualdad de derechos, acceso a la atención médica y a la educación — agregó —. Sin embargo, en otros territorios, como en el continente europeo y asiático, se observa un fenómeno de segregación social — aclaró —. Cabe señalar que, a pesar de estas tendencias, en varios países la situación permanece inalterada, sin evidenciar cambios significativos de ninguna índole — continuó.
Mersenne entrecerró los ojos, meditativa.
— Podrán inventar miles de programas que «beneficien a la sociedad», pero, aun así, la población humana no podrá sobrellevarlo por mucho tiempo — mencionó la cierva, mientras el reportero seguía hablando —. El ser humano es, por naturaleza, segregacionista, buscando la conveniencia de los más privilegiados y exprimiendo todos los recursos hasta dejarlos secos — añadió —. Aunque también es cierto que ahora algunas grandes e influyentes personas son agrestes — pausó —. De ellos también dependerá si la raza agreste encuentra un lugar en la sociedad y si ésta es capaz de aceptarla.
Mersenne volvió a guardar silencio para escuchar lo que decían en la radio, mientras Pierrot la observaba desde el retrovisor, analítico.
— En cuanto a noticias locales, un pequeño de tan solo 10 años de edad, tras ser abusado de forma constante por sus compañeros de clase, decidió sacar las garras, atacando el cuello de cada uno e hiriéndolos de gravedad — informó el periodista desde los altavoces —. El agreste sigue en juicio, mientras que los padres de los abusadores piden justicia y que se enjaule al pequeño — agregó —. El abogado alega que el niño actuó en defensa propia, aunque lo mejor será que abandone su escuela.
Mersenne soltó una ligera risa sarcástica ante la noticia.
— Y como siempre uno debe alejarse, esconderse y nunca volver — reflexionó la cierva.
— Nos acaba de llegar la noticia de que, en Estados Unidos, un joven de la secundaria North Union, en Ohio, cansado de sus compañeros agrestes, llevó un rifle a su escuela y disparó contra ellos, llegando también a herir a algunos profesores que intentaron defender a las víctimas — dio a conocer el locutor, haciendo que Mersenne levantara las cejas, sorprendida —. Cuando las autoridades lo rodearon, también con armas en mano, el joven disparó en contra de un oficial, haciendo que los demás respondieran al fuego y acabaran con su vida — continuó —. Gracias a este crimen de odio racial/especista, el estado en un fallo histórico, ha concedido que, en caso de volver a suscitarse este delito, se le dará pena de muerte a la persona que lo cometa — indicó —. Mientras tanto, las más de treinta familias afectadas por el crimen de la secundaria North Union, marchan por las avenidas de Ohio conmemorando a sus hijos, sobrinos, nietos, amigos, y demás personas cercanas fallecidas, exigiendo justicia contra los crímenes de odio que sufren día a día la comunidad agreste.
Pierrot, con la mirada fija en el retrovisor, observó que dos camionetas los venían siguiendo en el camino. De pronto, el enmascarado apagó la radio, desconcertando a Mersenne.
— Madame... — mencionó Pierrot, alertando a la cierva, que giró para ver qué ocurría detrás de ellos.
— ¡Agh! Ya sé — exclamó Mersenne al ver las camionetas, para luego sacar su celular y ver la hora —, creo que ya no llegaremos a la cita de las cinco. Llamaré para cancelar.
— No se preocupe, madame — pidió Pierrot —. Yo me encargo.
La limusina se detuvo en una zona boscosa de una carretera y, de inmediato, las camionetas los rodearon, una adelante, y la otra detrás. De ellas, bajaron diez personas con pasamontañas negras, cinco de cada una, todos apuntando con armas de grueso calibre a la limusina.
— ¡Entrégate, Mersenne! — gritó uno de los maleantes.
Al ver que no había respuesta, el hombre al mando alzó las manos en señal de disparar, haciendo que los demás cargaran los cartuchos de sus armas y, a punto de detonarlas, la puerta del conductor se abrió. Pierrot salió de la limusina, imponente e inmutable, sorprendiendo a todos por su postura, físico y la máscara que llevaba puesta.
— Disculpen, caballeros — llamó la atención Pierrot a los maleantes, con voz suave —, tenemos una cita, y es muy importante. ¿Harían favor de retirarse?
— ¡¿Quién eres tú?! — gritó el superior del clan al ver al enmascarado — ¡Danos a Mersenne y quizá salgas vivo de esto, idiota! — vociferó.
— Perdone, pero ese vocabulario no será tolerado frente a madame Mersenne — replicó Pierrot, de forma estoica.
— ¡Muérete entonces, imbécil! — amenazó el criminal.
El matón levantó su rifle ak-47 y disparó de lleno contra el traje del enmascarado. El impacto golpeó de lleno el pecho de Pierrot, obligándolo a dar un paso hacia atrás ante la vista burlona de todos los hombres armados, cuando, confundidos, vieron cómo el enmascarado se enderezó y, con cuidado, quitó la bala de su atuendo inmaculado.
— Ahm... ¿Jefe? — tartamudeo uno de los maleantes, sin comprender —. Creo que está vivo
Pierrot se enderezó, asustando con su postura a los demás y, de su traje, sacó una flauta metálica de color plata, de reflejos relucientes, emanando un encanto misterioso. No era una flauta convencional.
— Esa cosa detuvo la bala — explicó el líder criminal a sus compinches — ¡Disparen de nuevo!
Sin esperarlo, una melodía cubrió el lugar y todos observaron cómo, Pierrot, con suavidad y dominio absoluto, tocaba la flauta como si nada importara.
— ¡Mátenlo! ¡Ya! — ordenó el criminal a cargo.
Todos levantaron sus armas, hasta que, aterrados, notaron que sus cuerpos dejaron de obedecerles. De pronto, un matón tomó de la pierna a su jefe y lo jaló, haciendo que cayera de espaldas al suelo.
— ¡¿Qué estás haciendo, imbécil?! — gritó el hombre, horrorizado, queriendo mover las manos sin éxito.
— ¡No-no lo sé, jefe! ¡No-no puedo moverme! ¡No-no sé qué pa-pasa con mi cuerpo! — tartamudeo el otro matón, que colocó el rifle en la boca de su jefe y comenzó a atragantarlo con el arma, empujando poco a poco con su mano como si de un clavo con un martillo se tratara, haciendo que el cañón llegara hasta la mitad de su garganta.
El jefe, lastimado en su totalidad y, sin poder mover las manos y defenderse, solo hacia ruidos con su boca, asfixiándose. Todos miraban el acto con horror. El subordinado estaba aterrado al ver lo que su cuerpo lo obligaba a hacer, su mano poco a poco subió hasta llegar al gatillo del rifle y, de pronto, disparó contra su jefe, destrozándole la garganta y salpicándose de sangre en su rostro y sus ropas. El matón gritó horrorizado por lo que acababa de hacer, secundado por sus compañeros que también comenzaron a mover sus armas de manera obligada. La melodía de Pierrot seguía musicalizando el momento.
Otro de los criminales tomó su propio rifle y lo levantó hasta tenerlo en su cara. Aterrado, llorando y orinándose en los pantalones, su mano se deslizó por el detonador y disparó, despedazando cada parte de su cráneo, haciendo que su cuerpo cayera de rodillas e impactara contra el suelo, creando un charco de sangre.
Todos miraban aterrados su destino, mientras la melodiosa canción era un infierno para sus oídos.
Un matón, obligado, caminó lento hacia otro de sus compañeros, quien también lo miraba aterrado, aunque al ver que soltó el arma al suelo, le dio un poco de tranquilidad, sin esperar que su compañero lo tomara del cabello y lo llevara contra un árbol. Los gritos de ambos no se hicieron esperar, hasta que el criminal estrelló el rostro de su aliado en el tronco, poco a poco, haciéndolo sangrar, destrozándole la nariz, matándolo de inmediato.
Los demás, llorando y gritando, solo se disparaban entre sí o se suicidaban con sus propias armas, siendo observados por Pierrot quien, al final, al ver a todos muertos, terminó la hermosa melodía.
Satisfecho, ojeó cada cadáver y guardó la flauta de nuevo en su saco, para después volver a la limusina, acomodándose el traje y tomando con firmeza el volante.
— Disculpe el retraso, madame — expresó Pierrot a una seria Mersenne.
— No te preocupes — mencionó la cierva, mirando la hora en su celular —. Tardaste un poco, pero si nos damos prisa, llegaremos a tiempo a la cita.
— De inmediato.
Pierrot arrancó la limusina, sorteando por el camino un par de cuerpos de los matones para después seguir con su viaje.
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06 - Mientras yo esté con ella
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Capítulo 6 de La balada de los pecadores: Fabula Drakone
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