Estoico se concentró en caminar, como pudo, avanzó hacia la entrada del centro comercial, apenas podía mantenerse en pie, y apoyarse en su pierna mala empeoraba el dolor, así que optó por recargarse, con una mano, en el muro del edificio, mientras que con la otra, se presionaba su adolorido abdomen. Un par de personas pasaron a su lado y, viendo el estado del agreste dragón de Komodo, se apartaron rápido, arrugando la nariz por el olor que despedía.
Su pie dio contra un desnivel cerca de la entrada y, sin poder evitarlo, cayó contra las puertas que se abrieron de forma automática, su cuerpo produjo un sonido seco al impactar con el suelo, pero no tuvo fuerzas para lamentarse. Se quedó tirado unos instantes, sin poder levantarse por sí mismo, así que se arrastró como pudo hacia un muro a su derecha, más gente pasó a su lado, ignorando su miseria, dejó de reptar y apoyó su espalda contra la pared dura y fría.
Miró hacia arriba, sintiendo el agudo pinchazo del sol en sus ojos, pero no los cerró, solo bajó la cabeza mientras percibía algunos olores en el ambiente, eran dulces, otros salados, o fritos, todos le hacían rugir el estómago, hacía días que no probaba bocado, el lagarto sintió sueño, y sus párpados se hicieron más pesados, a cada momento se debilitaba más.
Un niño pasó a su lado, iba de la mano de su padre, no podría tener más de seis años y, con una voz dulce, preguntó:
— ¿Me compras un helado, papi?
— Claro que sí, el que quieras.
Aquello terminó de romperlo, aunque intentó no recordar un pasado distante, Estoico dejó salir una lágrima mientras sus ojos se cerraban.
***
No me gustó mucho el centro comercial, estaba demasiado concurrido para mi gusto, caminábamos por la zona de comida, donde todas las personas hacían filas y agandallaban lugares. Aunque no puedo decir que en los pisos de arriba se estuviera mejor, había demasiados sitios a dónde mirar, demasiadas cosas que comprar y demasiada gente.
De repente, entre toda la vorágine de vanidad y consumismo, lo vi.
— Es él — reconocí, satisfecho.
— Ay no, que asco — replicó Karen.
Algo de razón tenía la secretaria, el pobre diablo se veía lamentable, la multitud pasaba de largo, evitándolo, muchos se tapaban la nariz, y vi que otros se burlaban dándole la espalda. El lagarto movía la boca, mascullando algunas palabras bajas e ininteligibles, noté que las escamas cerca de sus ojos brillaban un poco con una lágrima que se le había escapado.
— ¡Santo cielo! — exclamó Envio.
— Pobrecito, debe de estar hambriento — consideró Gluto.
— Todos le ignoran — evidenció Lusto —, creo que está llorando, hace tiempo que nadie le ha de mostrar afecto.
— Miren, tiene algo bajo su mano — detectó Soberbia.
— Es una bolsa de ostomía — reconoció el zorro —, hay que darnos prisa.
No perdí más el tiempo, me acerqué haciéndome camino entre la gente, y en un momento ya estaba de frente al miserable. Interesando, me hinqué para poder hablar con él.
— ¿Cómo terminaste así? — le pregunté, alzando una ceja.
El dragón de Komodo logró mover el rostro y abrió los ojos con lentitud, se notaba que perdían su brillo, me miró por unos segundos antes de volver a cerrarlos, agachando la cabeza con un suspiro profundo y doloroso. Viéndolo de cerca, pude notar que las escamas en su piel comenzaban a desprenderse, en algunas zonas ya no tenía, y solo había carne roja e hinchada, alguna infección lo había hecho su víctima.
— Cáncer de colon — respondió con un hilo de voz.
Sus palabras me sorprendieron; los demás se acercaron para oír mejor, aunque no supe si él los percibió, pues no volvió a levantar la cara, Karen, al olerlo, arrugó la nariz y se alejó dando arcadas.
— Si se detecta a tiempo, no es mortal — consideró Gluto.
Para nuestro asombro, vimos que el lagarto sonrió fugaz, apenas la sombra de una mueca burlona.
— Me dio dos veces — explicó con amargura —. La primera vez, usé todo lo que tenía para pagar el tratamiento, mi padre me apoyó vendiendo su coche y la casa. Entré en remisión por un tiempo, pensé que me había curado de esa maldita enfermedad, pero cuando mi papá murió, el cáncer regresó y, de nuevo, se llevó todo lo que tenía: mis supuestos amigos, mi trabajo mal pagado, mi esposa que se hartó de cuidarme y ahora..., ya no sé qué hacer.
Nuestro grupo era el único que escuchaba al enfermo que ya no hablaba tan bajo, cualquiera que pasara alrededor podía oír las palabras del lagarto, pero solo caminaban, indiferentes. Me percate de que varias personas subían el volumen de sus propias conversaciones para no tener que oír otros problemas ajenos y peores a los suyos.
— Se dice que una persona que no tiene dinero lo desea todo, pero alguien que no tiene salud solo desea una cosa — recordé —. ¿Cómo te llamas?
— Estoico...
— Nadie debería pasar por algo así — dijo Envio, empático.
— La adversidad pone a prueba nuestro corazón y los de quienes nos rodean — consideró Gluto.
— La perra vida es cruel e hipócrita, sin duda — retomó Lusto.
— Si ha aguantado tanto, hay que reconocer que tiene un espíritu fuerte — reconoció Fiero —. Ven con nosotros — tomando la iniciativa, Soberbia le tendió la mano.
— No pasarás hambre — aseguró Gula.
— No sentirás desprecio — prometió Lujuria.
— No te faltará nada — garantizó Envidia.
— Nos haces falta — afirmé al necesitado.
Pude ver los ojos del lagarto abrirse por completo, llenos de agradecimiento ante las cinco manos que se extendieron para él, noté como las lágrimas comenzaban a bajar por sus mejillas demacradas, no sé de dónde haya sacado las fuerzas, pero alargó su brazo para tomar los nuestros.
Detrás de nosotros, Karen se apartó, incómoda, una ventisca helada recorrió el área de comida, y lo que debía de ser una tarde fulgente y calurosa, se había tornado en un ambiente gélido y opaco, nuestra oscuridad se apoderó del momento, tras lo cual, una palpitación retumbó alrededor, desconcertando a los compradores.
Karen dio un paso atrás, tropezando con un niño que se había detenido, pero solo vi lo suficiente como para reconocer que un par de guardias la ayudaban a levantarse, cuando me volví hacia el lagarto, me encontré con un par de ojos rojos brillantes.
— ¿Ese vago la está molestando? — le preguntó uno de los guardias a mis espaldas.
— No se preocupe, nosotros nos encargaremos — aseguró el otro custodio —, siempre ahuyentamos a esas cosas indeseables.
— ¡Hey, ustedes!
Los cinco nos giramos para ver al par de vigilancia acercándose a nosotros, uno de ellos alargó el brazo para tomarme, pero, tal vez por instinto, la verdad no lo sé, me aparté, justo para ver una potente dentellada arrancar el brazo del sujeto de un bocado. El guardia tardó en procesar lo que le había ocurrido y, cuando sintió el dolor golpearle, se tiró al suelo, gritando y apretándose el muñón sangrante.
El lagarto masticó el brazo, cerrando los ojos con agrado al tragar, de verdad lo estaba disfrutando. Los cinco sonreímos con malicia mientras que el guardia restante sacaba un arma y nos apuntaba.
— Envidio sus armas.
Envio atrajo hacia sí las pistolas de ambos guardias, el que no estaba herido se quedó ahí, solo y con un semblante confundido, su compañero mutilado lloraba, gimiendo de dolor mientras buscaba alguna forma de detener el sangrado.
— Anhelo.
— Deseo.
— Mantequilla, Margarina.
— Benito — los cuatro pecados invocaron a los generales de sus legiones.
Respondiendo al llamado de sus amos, el perrito, el caballo, el simio, el ratón y el hámster, salieron de las sombras de sus maestros.
— Que nadie salga de aquí — ordené a los demonios, que, con una reverencia, se dispersaron al instante.
La gente comenzó a correr despavorida, la histeria colectiva me parecía algo fascinante de ver, y si tienes la oportunidad de causarla tú..., bueno, que gran oportunidad, ¿no?
Fiero y Lusto ayudaron a Estoico a ponerse de pie, era enorme, incluso le sacaba una cabeza de altura al gorila.
— ¿Cómo te sientes, Avideco? — pregunté a nuestro antiguo nuevo colega.
— ¿Quieres algo de comer? — ofreció Gluto, animado.
— ¿Qué tal si comenzamos con la ropa? — propuso Lusto, mirando de arriba abajo el atuendo, casi harapiento del lagarto.
— Caballeros, la salud es primero — nos recordó Envio.
— Que inicie recuperando su orgullo — declaró Fiero, aunque no tengo idea de qué quería decir con eso.
— Si tuviera fuerza los abrazaría a todos — se sinceró Avideco, emotivo.
— Comer te hará bien, eso me ayuda mucho a mí — aseguró Gluto que, sacando su cuchara, hizo fluir su aura oscura, envolviendo el cubierto y aumentando su tamaño, agrandándolo lo suficiente como para alcanzar al guardia herido y acercarlo al lagarto, el pobre hombre estaba petrificado de miedo, lo que hizo todo bastante más fácil — comienza con esto, pronto te prepararé un menú como es debido.
Fiero levantó al custodio con el brazo libre, el humano comenzó a gritar, pero de poco le sirvió, pues Avideco dio un gran mordisco que le arrancó un pedazo entre el cuello y el hombro, el guardia se retorció y profirió alaridos horribles que hicieron que Karen apartase la vista y se cubriera los oídos, nosotros solo nos reímos mientras observábamos que la víctima dejaba de moverse. La bolsa de ostomía cayó de repente, vi que Gluto y Fiero encontraban más difícil sostener a Avideco con cada bocado que daba, hasta que, de un momento a otro, el lagarto se zafó de su agarre, el león y el gorila se miraron extrañados al ver que sostenían los harapos que cubrían una piel dañada.
— ¡¿Pero qué...?! — exclamó Fiero, sorprendido.
— ¡Wow! — expresó Lusto.
Desde el suelo, un desnudo y renovado Avideco se incorporó, había mudado de piel, ya no tenía los trozos en carne viva hinchados por la infección, la estoma había desaparecido por completo, en su lugar, un imponente y enorme cuerpo de brillantes escamas esmeralda, comenzaba a erguirse, desde su lustro cabello rojizo hasta la punta de su imponente cola, el pecado se mostraba en toda su gloria, ¿ya mencioné que estaba en bolas?
— ¡Disparen! — la orden de los guardias detrás de nosotros nos tomó por sorpresa, pues estábamos muy concentrados en el cambio de nuestro amigo.
Como un relámpago, Avideco se puso delante de nosotros, nunca vi nada tan grande moverse tan rápido, todas las balas dieron de lleno en su cuerpo, sacudiéndolo con cada impacto. Con satisfacción, vi la cara de terror de los guardias cuando sus proyectiles tintineaban al caer al suelo, nuestro enorme colega no tenía ni un solo rasguño en su renovada piel, no voy a mentir, también a nosotros nos dejó boquiabiertos.
— ¡Miren, compañeros, tengo la atención de todos! — se burló el lagarto al ver la expresión de incredulidad de sus agresores —. Ahora ya nadie me ignora, hasta me dieron regalos — tomó un puñado de balas, algunas incluso estaban abolladas o astilladas —, pero estos, no son de mi interés.
Avideco tomó una de las municiones y, como si se tratase de un juego de canicas, utilizó el pulgar como impulso, y tiró, atravesando a dos custodios y a una civil que se ocultaba detrás de ellos, los demás compradores que se escondían tras los guardias entraron en pánico, dispersándose, varios de los custodios hicieron lo mismo, mientras que los más honorables recargaron sus armas.
— Quédense detrás de mí — nos pidió el dragón de Komodo.
— Mi poderoso señor, no es necesario que se moleste en una tarea tan mundana.
La sombra del lagarto se deformó, dando paso a una figura en extremo delgada, amorfa, de ropas desgastadas y con un saco vacío a cuestas.
— Diógenes, ¿quieres encargarte de esto? — consultó Avideco.
— Sería todo un honor para mí, señor.
— ¡Fuego! — gritó un guardia, escandalizado.
El demonio raquítico se abalanzó al frente cuando sonaron los disparos y, sorprendiendo a todos con su apariencia, nos dejó mudos cuando abrió la boca del saco, engullendo todas y cada una de las balas, la bolsa no sufrió ni un rasguño, ni siquiera se llenó un poco.
— Ahora esto es de mi amo — declaró el general, causando que todos los guardias y civiles restantes escaparan de la escena.
Estoico observó a la multitud dispersarse, hasta que se fijó en Karen, ella estaba sentada en el suelo, a unos metros de nosotros, se abrazaba las piernas y tenía la barbilla enterrada en sus brazos, la pobrecilla miraba hacia la nada, el lagarto se volvió hacia el grupo, cuestionándonos con la mirada, he de aceptar que era una imagen peculiar.
— La secretaria — respondimos a coro, haciendo que ella saliera de su trance.
— No la conozco, señorita, pero permítame presentarme — Estoico dio un paso, pero, tomándolo de una mano, Lusto le sonrió y le hizo girar.
El león le vistió con un buen par de zapatos oxford, un pantalón, camisa y saco de sastre, Avideco se tomó un segundo para admirarse, y cuando estuvo listo, se veía pulcro y elegante.
— Ahora si puedes presentarte, después te ayudo a quitarte la ropa, si quieres — le sugirió Lusto, guiñándole un ojo, y pasando una mano juguetona sobre el ancho brazo del enorme lagarto.
— Como decía — retomó Estoico, un tanto sonrojado —. Mi nombre es Avideco, pecado de la avaricia, una de las siete grandes calamidades y, por lo que veo — el lagarto giró y vio a sus compañeros —, estamos muy cerca de estar completos, espero esté preparada para nuestra reunión, estoy seguro de que será un evento digno de recordar — expresó con una educación y cortesía tan elevadas que Karen se sintió cohibida.
— Hey, compa, vamos de compras — sugirió Lusto, animado, rodeando al lagarto con su brazo.
— General Diógenes, asista a los demás generales, y cuide que nadie nos interrumpa — ordenó Avideco.
— Con gusto daré mi vida en ello, mi poderoso señor — acató el demonio del saco.
Karen caminó detrás de nosotros, no tenía expresión alguna, y se limitó a seguirnos en nuestro paseo por el centro comercial.
La primera parada fue el cajero automático, no podía creer que ninguno de nosotros tuviera un mísero peso. Avaricia golpeó la terminal con su cola, destruyéndola y exponiendo el efectivo, después, vimos meter todo el dinero a su cartera, la cual no se llenó ni un poco.
Después, volvimos a la sección de comida, en donde ningún buffet fue suficiente para nosotros, y mucho menos para Gluto.
Envidia nos arrastró a todos hasta las tiendas de electrónica, donde obtuvimos nuevos celulares para todos. Ya quería cambiar mi modelo. Lo divertido fue ver a Fiero y Lusto explicarle a Avideco como usar su smartphone.
Con Lujuria y Soberbia pasamos a las tiendas de ropa, en donde el par se las ingenió para conseguir «atuendos» para todos. Aunque tangas, no es algo que vaya acorde a mi recipiente, pero el trio del león, el gorila y el komodo, se mostraban más que animados a posar y tomarse fotos.
Algo que me sorprendió, fue que los dependientes de las tiendas nos atendieron, claro, estaban paralizados de miedo, pero mayor era su miedo a quedarse sin trabajo y perder su mísero salario. Sin embargo, me quedé boquiabierto, al ver la cortesía con la que Avideco los trataba.
— Disculpe nuestra alegría, hace tiempo mis compañeros y yo no nos veíamos. Espero que nuestra breve visita, en su turno de trabajo, no le cause mayores complicaciones. Estamos buscando...
Era todo un caballero, hablaba con educación y pagó cada uno de los objetos que nos llevamos hasta usó con cupones, no tengo idea de donde los sacó, incluso lo vi dejar propinas; un sujeto curioso, sin duda.
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