— ¡Papá! ¡Papá!
— ¿Qué pasa, chamaco? — don Mario apagó la estufa y se apresuró hacia la sala al escuchar los gritos alarmados de Ramón — ¿Por qué tanto escándalo? — el señor palideció al ver a su hijo ayudando a unos débiles Mauricio y Raúl a recostarse en el sillón.
Don Mario observó que ambos mostraban severos golpes en sus cuerpos, estaban sangrando y, preocupado, giró para ver la puerta de la casa, abierta en su totalidad.
— ¿Alguien los siguió? — preguntó el padre de Ramón, aproximándose a la entrada y asomándose a la calle, ojeando alrededor, para luego cerrar la puerta con todo y seguro.
— No, nadie — aseguró Mauricio con fragilidad.
El señor se acercó a los muchachos, revisando sus heridas. Sangre poco abundante seguía saliendo de entre sus narices hinchadas, había varios moretones en sus cuerpos, sus ropas se notaban desgastadas y sucias por la tierra, reflejando la dura pelea que habían enfrentado.
— ¿Pero qué les pasó? — preguntó el tigre preocupándose más conforme más los veía.
— ¡Rápido, mijo! ¡Tráeme vendas, alcohol, algodón, la pomada pa' las heridas y agua! — pidió don Mario, tenso, pero centrado.
Ramón, asimilando la situación, asintió y corrió hacia el baño, dejándolos solos, cosa que don Mario aprovechó.
— ¿Qué fue lo que sucedió? — cuestionó el señor, susurrando con seriedad a ambos heridos —. ¡Un ladrón común no podría enfrentar a un hombre musculoso y a un oso agreste!
— Un... enmascarado intentó quitarme la gema... — mencionó, agitado y adolorido, pausando por un dolor en su espalda — El mismo que vi en el museo — agregó con dificultad, impresionando al padre de Ramón.
— Él es Pierrot — reveló el oso, esforzándose al hablar —. Es el guardaespaldas... — pausó, considerando sus palabras — El matón de Mersenne, y... mi jefe en la empresa donde trabajo — agregó, sorprendiendo más a don Mario —. Es increíble que pudiéramos escapar, pero — gimió por una pulsación en las costillas —, sólo es cuestión de tiempo para que nos encuentren.
— ¿Cuestión de tiempo? — preguntó el señor, desconcertado.
— Robamos su radar — mencionó Raúl, gimiendo, mientras el oso sacaba de su bolsillo el dispositivo, mostrándosela al padre del tigre —. Rastrearon la gema.
Don Mario quedó perplejo ante tal extraña tecnología, pero antes de tomarla entre sus manos, llegó Ramón con todo lo que su papá le había pedido. Mauricio, de inmediato, volvió a guardar el radar.
— ¡Aquí están, 'apá! — expresó el tigre, preocupado.
El señor, rápido, ayudó a Raúl y a Mauricio a quitarse las playeras, dejando ver sus cuerpos hinchados, con moretones azules y cardenales rojos más grandes que los que ya estaban visibles.
— ¡Ayúdame con tu novio! — pidió el padre a su hijo, comenzando a curarlos.
Don Mario y Ramón tomaron el alcohol y empaparon los algodones, aplicándolos sobre las heridas de los muchachos, desinfectándolas y limpiándoles la sangre, el padre a Mauricio y Ramón a Raúl. Con cada contacto, ambos gruñeron de dolor al sentir el alcohol penetrando en sus lesiones, sobre todo por la intensidad del señor y el tigre al curarlos.
— ¡Perdonen, pero vienen demasiado golpeados! — exclamó don Mario, continuando con su labor.
Raúl y Mauricio gemían de malestar, pero al sentir la pomada que les untaron padre e hijo, cada uno gritó con profundo ardor mientras la sala se llenaba de un olor entre menta y bamitol.
— ¡¿Qué es esa madre?! — exclamó Raúl rugiendo de la incomodidad.
— Esta pomada siempre me la ponía mi 'apá en mis heridas cuando estaba chiquito — respondió Ramón, untando con sus grandes manos en la espalda de Navarro —. Es muy buena, van a estar bien.
Para terminar, Ramón y don Mario tomaron las vendas y se las colocaron a los heridos en sus respectivas lesiones. A Raúl en el torso, cubriendo su espalda por completo, y a Mauricio en ambos brazos. Poco a poco, comenzaron a sentir relajación en el cuerpo y menos dolor. Al terminar, ambos se recargaron con suavidad en el respaldo del sillón, con la cabeza hacia arriba, suspirando, sobrepasados por lo vivido.
— 'Pérenme aquí — mencionó don Mario yendo a la cocina.
El señor regresó con dos tazas de atole que preparó Ramón y dos bolsas con cubos de hielo que entregó a ambos muchachos.
— Pónganse esto en la cara, bajará la inflamación — recomendó, para después entregarles las respectivas tasas de atole —. Y tómense esto, les caerá bien en sus panzas.
Raúl y Mauricio las tomaron, sintiéndose relajados. Primero le dieron un sorbo a su bebida y luego mantuvieron la bolsa de hielos en sus rostros.
— ¿Ya me pueden decir qué les pasó? — preguntó Ramón, inquieto.
— Mijo, no presiones — pidió don Mario, para luego mirar a los heridos —. ¿Y la gema?
Raúl hurgó con su mano en el bolsillo de su pantalón sacando la piedra que, para sorpresa de todos, ya no estaba opaca, estaba brillante, como un diamante. Y antes de que alguien pudiera decir algo, Mauricio tomó la palabra.
— ¿Por qué tienes la gema? — cuestionó el oso a Raúl, serio — ¿Cómo es que todos ustedes saben sobre ella?
— ¿Qué con esa piedra? ¿Qué tiene que ver con que los hayan golpeado? — preguntó Ramón molesto.
Don Mario, Raúl y Mauricio permanecieron callados ante la pregunta del tigre. Raúl, para desviar el tema, comenzó a quejarse de un supuesto dolor en la cara.
— ¡Póngase esa bolsa de hielo en la nariz, pues! — ordenó don Mario con un grito, siguiéndole el juego a Navarro, para luego mirar a Mauricio —. Y tú, ¿qué tan peligroso es ese tal Pierrot?
— ¿Pierrot? — cuestionó el tigre, confundido, pero de nuevo siendo ignorado.
— Él es mi jefe directo — confesó el oso, con los hielos en un ojo —. Siempre termina todos sus trabajos con una lealtad obsesiva y letal.
— Y... ¿Hay más gente con él? — inquirió el señor.
— La neta, no lo sé con exactitud — respondió Mauricio —, pero no dudo que, si Pierrot llega a fallar, venga gente más peligrosa.
— No entiendo nada, pero si tanto es el problema esa pinchi piedra, ¿por qué no la devuelven y ya? — expresó Ramón, dudoso, desesperado.
— Quizá... quizá yo pueda intentarlo — respondió el oso.
— ¡No! ¡Lo intentamos antes! ¿Y qué pasó? ¡Pierrot aún así quería acabar con nosotros! — objetó Navarro —. ¡Si le ordenaron que no deje testigos, nos matará a todos! — advirtió, alertando a don Mario.
La declaración permitió que el silencio llenara la sala, seguido de miradas incómodas y angustia.
— Si ese es el caso, lo mejor será mejor conservar la gema y escapar antes de que nos encuentren — propuso el padre del tigre, pensativo, meditando sus opciones —. Podemos ir a la casa que tenemos en el campo — propuso dirigiendo su mirada a Ramón —. Así podremos hablar con calma y alejarnos de toda posible amenaza.
Ramón aprobó con la cabeza, seguro, mientras que Raúl y Mauricio, aún con el hielo en la cara, se miraron entre sí, pensativos.
Horas después, en medio de una oscura habitación, los ojos de Pierrot se abrieron lento, su mirada estaba borrosa, pero poco a poco se adaptó a penumbra, iluminada por una luz tenue de un foco mal colgado del techo. Francesco descubrió el lugar con extrañeza. Sintió el cuerpo pesado, adolorido, causando que se quejara con cada movimiento que hacía. Su desconcierto aumentó al darse cuenta que estaba vendado del cuerpo, sobre una cómoda cama y, para su desgracia, ya no tenía su máscara cubriendo su cara.
De pronto, alguien entró a la recámara, mostrando solo su silueta en medio de una oscuridad en el fondo del lugar. La persona poco a poco se aproximó, generando ruido con sus zapatos al caminar. Pierrot estaba expectante, incapaz a moverse por el intenso dolor que tenía en la espalda. El extraño se acercó hasta mostrar su rostro y un gesto de asombro cruzó por la cara de Francesco.
— ¿Cómo te sientes? — preguntó el detective Rentería.
No comments yet. Be the first!