18 de enero de 1951 en el distrito 6° de la ciudad de Lyon (Francia). Son las 18:54 y ya es de noche. Un furgón postal se detiene delante de la oficina de correos de la calle Duguesclin, en la esquina con la calle de Sèze, para recoger una bolsa con dinero y objetos de valor. El cartero-conductor y uno de los policías de escolta que le acompaña bajan de la furgoneta para dirigirse al interior de la oficina. En ese momento, dos individuos armados con ametralladoras se plantan ante a ellos. Ante esta situación, un segundo agente, que había permanecido en el interior de la furgoneta, dispara contra los dos supuestos atracadores. Se inicia un tiroteo que perturba la tarde noche del barrio. Se escuchan una veintena de disparos mientras empieza a sonar la sirena de alarma de la furgoneta, activada por el guardia que se encontraba en su interior.
Tras el intercambio de disparos, los individuos armados con metralletas huyen en un vehículo que los esperaba justo en la esquina, en la calle de Sèze. Otro individuo, que se encontraba en la acera de enfrente, sube con ellos en el coche que arranca rápidamente y se dirige por esa calle, hacia el este, en dirección al río Ródano. En pleno desconcierto, un primer balance muestra que varias personas están heridas de bala, entre ellos los tres ocupantes del furgón. De hecho, uno de los guardias, Guy Arnaud -el hombre que había permanecido en la furgoneta- va a morir pocos minutos después de llegar al hospital. El otro, Louis Moran, va a fallecer dieciséis días después como resultado de las heridas. Un civil también fallecerá unos días más tarde. Ocho personas más sufren heridas de diversa consideración, pero de menor gravedad. Por su parte, los hombres armados consiguen huir a pesar del dispositivo que las autoridades ponen rápidamente en marcha. La movilización policial es intensa, instalándose barreras y controles para cerrar el área metropolitana e impedir la huida de los autores del atraco; además, se registran numerosos pisos y locales en busca de pistas.
En los días siguientes, la noticia del tiroteo ocupa un espacio destacado en la prensa local. Sin embargo, las fuerzas de seguridad encargadas de caso -la Sûreté y la Policía Judicial- no consiguen encontrar ningún rastro de los atacantes. Las primeras investigaciones se centran en los ambientes criminales de la ciudad de Lyon, bien conocidos por la policía, pero no se encuentra ningún tipo de indicio. Tampoco hay noticias del coche utilizado por los asaltantes, un Citroën 15 CV. Las fuerzas de seguridad llevan cabo una “operación garajes” para encontrar el vehículo, pero ésta no da tampoco ningún resultado. La situación está en un punto muerto. Por fin, el 27 de enero, nueve días después de los hechos, se encuentra el coche utilizado por los atracadores. Aparece en el agua, en un canal del río Ródano – el canal de Jonage- cerca del puente de la Croix-Luizet, en la colindante ciudad de Villeurbanne.
Este hallazgo impulsa la investigación que rápidamente condujo hacia los presuntos culpables. Las averiguaciones se dirigen hacia un grupo de militantes anarquistas españoles, miembros del movimiento libertario en el exilio. Así, la noche del 29 de enero es detenida una primera persona. Se trata de Juan Sánchez, “el Pelao”, que comienza a ser interrogado. Las pesquisas continúan, centrándose las pistas en los anarquistas españoles de Lyon y Villeurbanne. La policía se presenta en numerosas casas de estos españoles para efectuar registros, interrogatorios y detenciones. El círculo se va cerrando, y dos días más tarde, en la noche del 31 de enero al 1 de febrero, es arrestado Francisco Baílo Mata; y unas horas más tarde Juan Catalá Balaña y Antonio Guardia Socada.
Cuatro de las personas implicadas en el asalto están detenidas, pero falta un quinto miembro del grupo: José Bailo Mata, hermano de Francisco. Para encontrarlo, la policía continua intensamente la búsqueda. Finalmente, el 5 de febrero, su cuerpo -muerto- es descubierto en una choza en un descampado del municipio de Vénissieux, en la periferia sureste de Lyon. Según la policía, José Bailo se había suicidado disparándose en la cabeza después de haber dejado una nota para explicar su acto. Los cinco españoles son veteranos militantes anarquistas. Tres de ellos -Sánchez y los hermanos Baílo- forman parte del movimiento libertario español que, desde los años veinte, era ya importante en la región lyonesa. Otros dos -Catalá y Guardia- proceden de la región de Toulouse, importante centro del exilio español en Francia.
Juan Sánchez, “el Pelao”, había nacido en Lorca (Murcia) en 1914 y vivía en Villeurbanne con su familia desde los años veinte. Politizado en el mundillo de anarquistas españoles de la ciudad, al inicio de la guerra de España no dudó en marcharse con algunos de sus amigos españoles a luchar contra los golpistas. Tras el final del conflicto y la derrota, como tantos otros españoles, fue encarcelado en campos de concentración franceses y enviado a Djelfa (Argelia), de donde escapó para regresar a Londres en 1943. Se alistó en el ejército y más tarde regresó a Francia. En 1951 contaba 37 años. Los hermanos Francisco y José Baílo Mata habían nacido en Leciñena (Aragón) en 1917 y 1923, respectivamente. El primero, durante la guerra civil, se integró en la Columna Durruti, y terminado el conflicto se marchó a Francia. Allí pasó por los campos y formó parte de un Grupo de Trabajo Obligatorio en los Altos Alpes. Detenido, fue deportado a Mathausen, de donde saldrá vivo pero traumatizado de por vida. José también se exilió en Francia al final de la guerra; con 13 años cruzó la frontera y fue enviado al campo de Saint-Cyprien. Acogido por una pareja de franceses, trabajó en una granja y se comprometió como enlace de la Resistencia contra el nazismo. En enero de 1951, tienen 33 y 27 años. Juan Catalá Balaña, nacido en 1913, tenía también una larga experiencia militante. Tras la guerra de España -también había estado en la Columna Durruti- trabajó intensamente en el tránsito de la frontera de los Pirineos y en la lucha clandestina contra el franquismo y el nazismo. Colaboró, entre otros, con el grupo Ponzán y parece ser que tenía importantes contactos con los servicios de inteligencia británicos y franceses. Tenía 37 años en el momento del atraco de Lyon. La trayectoria de Antonio Guarda Socada, menos conocida, es similar a la de Juan Catalá; en 1951 tiene 34 años. Ninguno de ellos tenía un trabajo fijo y estable.
En los días posteriores al atraco de la calle Duguesclin son detenidos e interrogados numerosos anarquistas españoles y también algunos franceses. Todos los testimonios coinciden en la dureza y la violencia de esos interrogatorios, e incluso un militante duro y aguerrido como el guerrillero Quicó Sabaté destacará más tarde las terribles torturas sufridas en los calabozos de la policía lyonesa. Familiares, amigos y compañeros de los detenidos fueron arrestados e interrogados; y también cargos relevantes del movimiento libertario español en el exilio, como José Peirats, entonces secretario general de la CNT[i] española. El episodio de la calle Duguesclin situa al exilio libertario español en Francia al borde del abismo, pues una parte de las autoridades francesas plantean la posibilidad de prohibir las organizaciones anarquistas españolas en el país. Hasta entonces, estas organizaciones habían sido toleradas por los distintos gobiernos del país, a condición de que no interfirieran en la situación política interna de Francia. Pero los repetidos robos y, sobre todo, las muertes provocadas por la acción de Lyon ponen al movimiento libertario en una situación más que difícil.
Las autoridades francesas montan rápidamente un amplio dossier que recopila los robos cometidos -supuestamente- por los anarquistas españoles en los años anteriores; equiparando así la actividad de estos exiliados a la delincuencia. El miedo se apodera de los militantes libertarios en el exilio, lo que explica la reacción de la CNT y del MLE[ii], que se desvinculan rápidamente de sus cinco compañeros implicados en el atraco y se distancian de esta acción, presentándola como una iniciativa de individuos ajenos a la organización. A todos ellos se les acusa de ser un peligro para el movimiento -lo que pervivió además en la memoria del mismo- y, por ejemplo, no dudan en aceptar y repetir la versión policial que explicaba el suicidio de José Baílo. Esto resulta un tanto sorprendente, pues otros militantes y organizaciones -como por ejemplo el periódico comunista La Voix du Peuple– plantean en ese momento la posibilidad de que José Baílo “hubiera sido suicidado”. Del mismo modo, la familia Bailo siempre ha tenido dudas sobre su muerte, dudas que se vieron reforzadas por el hecho de que nunca pudieron recuperar el cuerpo de José para darle sepultura. Sin embargo, si oficialmente el movimiento libertario marca sus distancias con los anarquistas implicados, hay que recordar que una parte de la red local de activistas y simpatizantes anarquistas se muestra activa en la ayuda y la protección a sus compañeros perseguidos.
La cuestión de fondo es la del eterno debate dentro del anarquismo entre legalidad e ilegalismo. Un debate que volvió a estar de actualidad entre los libertarios españoles en el exilio, entre los que apoyaban la “expropiación” como medio de financiación de las organizaciones anarquistas y de la lucha antifranquista, y los que rechazaban este tipo de prácticas, que podían llevar a la prohibición de las actividades del movimiento libertario español en Francia. Es evidente que los límites entre ilegalismo y resistencia antifranquista eran difusos. Los activistas que se dedicaban a las “expropiaciones”[iii] justificaban sus acciones para proporcionar recursos financieros a las organizaciones anarquistas españolas en el exilio y para contribuir a la lucha contra la dictadura en España, que suponía unos gastos considerables. La mayor parte del dinero iba a parar a las arcas de la organización para propaganda, compra de armas y otros gastos corrientes; y ellos se quedaban con otra parte de aquellos recursos para sus gastos personales mínimos, pues ninguno de ellos acumulaba dinero ni vivía con lujos de ningún tipo.
Esta práctica de las “expropiaciones” no era compartida por una parte de la militancia, pero para entenderla hay que tener en cuenta las difíciles condiciones económicas del movimiento libertario en el exilio y las precarias condiciones en las que vivían la gran mayoría de sus miembros y militantes. La elección de recurrir o no a esta fuente de intresos no resultaba sencilla para un exilio anarquista que luchaba por persistir entre la necesidad y la escasez de medios. El incierto contexto económico y social de la Francia de posguerra tampoco ayudaba a recuperar una cierta estabilidad material. Desde un punto de vista personal, para algunos de los militantes que habían participado en las guerras española y mundial, volver a una vida “normal” era muy complicado, si no imposible. Este parece haber sido más el caso de algunos jóvenes -de unos veinte años en el momento de la Guerra Civil española- que habían vivido esas dos guerras y pasado unos diez años de sus vidas en una situación límite, sin leyes ni normas claras, con las armas en la mano para defender sus ideas, a sus compañeros de lucha y a sus familias. Es en esta dinámica turbulenta donde debemos situar la actuación de los militantes implicados en el atraco de Lyon. Su acción en la ilegalidad para ayudar a la organización se había convertido igualmente en su medio de vida. El juicio a los implicados en el atraco y la muerte de dos policías tiene lugar cuatro años más tarde, en febrero de 1955. Reconocidos culpables, Juan Sánchez fue condenado a pena de muerte -que luego sería conmutada, Francisco Baílo y Antonio Guarda a cadena perpetua y Juan Catalá a veinte años de reclusión.
Los años 40 y 50 fueron la edad de oro de los anarquistas españoles en el área metropolitana de Lyon y Villeurbanne. El local que tenían en Villeurbanne -la “barraca” en la avenida Zola- era el centro de actividad del movimiento libertario y el principal lugar de encuentro y socialización. En aquella época, las actividades que organizaban allí o en otros lugares eran muy variadas: reuniones, conferencias, festivales, representaciones de teatro, excursiones, etc. Después de la guerra mundial, la comunidad libertaria española fue muy activa. La ciudad de Villeurbanne concentraba la mayor parte de esta población obrera y militante, pero la presencia de exiliados anarquistas era también considerable en Lyon y en los municipios periféricos de Vénissieux, Oullins, Saint-Priest y Givors. En otras localidades y departamentos de la región, la presencia de libertarios españoles igualmente es importante. Saint-Étienne, Grenoble, Roanne y Villefranche-sur-Saône, entre otros lugares, acogen también a militantes organizados en el Movimiento Libertario Español. Sin embargo, a partir de los años sesenta se produce el inicio del declive progresivo del exilio anarquista. El descenso del número de militantes, la falta de renovación generacional, las crisis y divisiones internas del movimiento libertario en el exilio y la ausencia de cambios políticos de fondo en España explican, entre otras cosas, esta nueva situación.
Tras salir de la cárcel, Juan Sánchez “el Pelao”, se instaló a Suecia, aunque mantuvo el contacto con los anarquistas de Lyon. Francisco Baílo, Juan Catalá y Antonio Socada se quedaron en Francia, rehaciendo sus vidas en Perpignan y Toulouse.
Óscar Freán Hernández (Université Lyon 2)
[i] Confederación Nacional del Trabajo, sindicato anarcosindicalista.
[ii] Movimiento Libertario en el Exilio, organización que agrupa a las organizaciones anarquistas españolas: la CNT, la FAI (Federación Anarquista Ibérica) y las Juventudes Libertarias.
[iii] Término anarquista para referirse a los atracos y robos.
OpenEdition vous propose de citer ce billet de la manière suivante :
Óscar Freán Hernández (15 mars 2024). 1951: el atraco de Lyon. Los anarquistas españoles al borde del abismo. Espagnols en Auvergne-Rhône-Alpes. Consulté le 21 juillet 2026 à l’adresse https://doi.org/10.58079/14gqx