CONTRATRANSFEREN
CIA
• Se ha definido la contratransferencia como la actividad y respuestas
emocionales inconscientes del terapeuta a las transferencias del paciente.
• Conducta inducida, inconsciente, involuntaria, irracional, inapropiada y
temporalmente gratificante de las demandas transferenciales del
paciente, que da por resultado una oscilación entre gratificación y
frustración, que afecta en forma adversa la técnica terapéutica del
analista.
• Algunos autores añaden a lo anterior los sentimientos y actitudes
irracionales del terapeuta correspondientes a sus propios valores y
dinámica inconsciente.
• Las caracterizaciones anteriores contemplan, como lo hizo
Freud inicialmente con la transferencia, sólo los aspectos
perturbadores de la contratransferencia.
• Grinberg, L.; Langer, M. y Rodrigué, E. (1957) y Yalom I.
(1995), entre otros autores, consideran por el contrario que, el
total de actitudes y reacciones emocionales, conscientes e
inconscientes que experimenta el terapeuta hacia los pacientes,
si se maneja en forma adecuada, es un instrumento utilísimo
para la captación y comprensión del material expuesto.
• El sentimiento predominante que experimenta el
terapeuta le permite inferir la tensión o tensiones
comunes e individuales importantes para el grupo en un
momento dado.
• Laplanche, J. y Pontalis, J. B. (1968) distinguen tres tendencias
de los terapeutas en el manejo de la contratransferencia:
• a) Reducirla al máximo a través del análisis personal.
• b) Utilizar en forma controlada sus manifestaciones, como
parte de la atención flotante.
• c) Guía de la interpretación como resonancia de inconsciente
a inconsciente; para algunos, única comunicación
auténticamente psicoanalítica.
• O’Donnell (1977) une las tres corrientes cuando establece que
contratransferencia es la mezcla de por lo menos tres elementos:
• a) La reacción del terapeuta a la transferencia del paciente.
• b) Sus reacciones sobre la base de su relación adecuada
(transferencia cotidiana) con el paciente, que varía casi siempre
con:
• c) La ocasión (la transferencia inconsciente, inadecuada, del
terapeuta hacia el paciente como persona, hacia algunos de sus
rasgos característicos y a lasituación psicoanalítica como tal).
• La contratransferencia es más compleja y visible en el grupo que en el análisis
individual porque, en el primer caso, el terapeuta no tiene la seguridad del
anonimato de la situación individual. Los pacientes observan su conducta,
apariencia e interpretaciones.
• Registran su estado emocional (preocupaciones, inquietudes, frustraciones,
tristeza, desencanto, placer, alegría) en relación con el acontecer grupal y los
sucesos externos al consultorio.
• La observación por parte de este conjunto heterogéneo de personas hace que
las respuestas del terapeuta difieran de lo que sucede en la situación individual.
• Sus reacciones son distintas con respecto a cada miembro y también varían
hacia el mismo paciente, en distintos momentos.
• O’Donnell, refiriéndose a los elementos socioculturales que
condicionan el esquema conceptual, referencial y operativo
(ECRO) dentro y a partir del cual se desarrolla el vínculo
terapéutico, establece que la contratransferencia desborda
y precede ampliamente a la transferencia.
• Las cosas hablan antes de que lo haga el psicoanalista;
incluso si él no dice nunca nada. Lo que lo rodea habla por
él.
• Contratransferencia, al menos en parte, como actuación
consciente o psicopática del deseo social que se expresa a través
del psicoanalista y su encuadre, previo a la llegada del paciente.
• Reacción contratransferencial del terapeuta ante los estímulos y
la entidad social “paciente”, predeterminada por el rol social de
“terapeuta”, que puede confundir “seriedad profesional” con
una actitud lejana, inconmovible, autoritaria e infalible de
“dueño de la salud.
• Por ello tantos neuróticos eligen esta profesión”.
• También Käes, R. (1994) toma en consideración contratransferencias previas al
inicio del grupo terapéutico, cuando afirma que es inherente a la experiencia
grupal, que el psicoanalista se atribuya el origen del grupo (en algún momento
del proceso), aunque no lo haya fundado.
• Fundar, des-fundar o refundar un grupo, puede ser uno de los deseos que
coloca al analista en su dispositivo terapéutico.
• No desea solamente conducirlo, enseñarle, cuidarlo, sino tener en sus manos la
vida del grupo.
• Lo específico de la contratransferencia en el grupo es la transferencia de
nuestros grupos internos en el espacio psíquico del otro: coterapeuta, grupo y
pacientes.
• Slavson, S. R. (1953), Grotjahan, M. (1979) y Bach, G. R.
(1979) exponen una serie de conductas y actitudes del
terapeuta que bloquean y vician el proceso terapéutico:
existencia de puntos ciegos con respecto a conflictos
neuróticos y narcisistas; falta de control de impulsos y
rigidez caracterológica; prejuicios; preocupaciones ajenas
al grupo (problemas personales o atención concentrada en
investigaciones teóricas y/o clínicas); carencia de empatía
• Cuando la necesidad de éxito y prestigio del terapeuta proviene de
una autoestima tambaleante, debido a la existencia de
sentimientos de inferioridad inconscientes (derivados de
insatisfacción con respecto al aspecto físico, posición socio-
económica, inteligencia, potencia sexual), se vuelve dependiente
de sus logros o fracasos terapéuticos.
• Se siente incapaz cuando sus pacientes no mejoran; se resisten al
tratamiento, o presentan actings; y se libra de su ansiedad y se
gratifica cuando los miembros del grupo colaboran con la terapia y
reconocen sus progresos.
• Si una terapia eficaz lleva a divorciarse a un paciente
antes sometido al maltrato de su cónyuge, o abandona un
ejercicio profesional lucrativo por una actividad artística o
deportiva menos bien remuneradas, el prestigio del
terapeuta cae por los suelos ante el cónyuge abandonado
o la familia que impuso al paciente el rol de “niño
prodigio”, del que obtuvo gratificaciones narcisistas y
económicas abundantes
• Si el terapeuta depende de sus pacientes para mostrarse
exitoso en el afuera, interpretará como neuróticas sus
fantasías creativas y los impulsará hacia la adquisición de
logros acordes con las exigencias del medio ambiente, no
con los deseos, valores y capacidades de sus pacientes
• La necesidad del terapeuta de ser querido por los
pacientes puede surgir de conflictos entre dependencia y
hostilidad. Demanda amor porque no se siente digno de
ser amado.
• Vive las resistencias, agresiones y decepciones de que lo
hacen objeto sus pacientes como confirmación de su
maldad o desobediencia a los mandatos de un superyó
sádico, primitivo.
• Contratransferencialmente intentará apaciguar, seducir o manipular las
tensiones grupales e individuales en forma tal, que logra suprimir la
hostilidad del grupo o la desvía hacia el miembro por quien se siente menos
querido.
• En el primer caso, la terapia se desliza en el seno de la ilusión grupal, coro
de ángeles que adora al padre bondadoso, que los libra de los peligros de la
ira.
• En el segundo caso, el grupo descarga sobre un chivo expiatorio la rabia
que corresponde al terapeuta, mecanismo que, si bien disminuye la culpa y
fantasías omnipotentes sobre el poder de la agresión, no modifica la imago
paterna idealizada y en el fondo persecutoria, introyectada en el superyó.
• Si el terapeuta no ha resuelto su rivalidad edípica o su narcisismo
patológico, se sentirá herido e inseguro cuando no pueda ser el actor
principal del grupo.
• Será incapaz de generar una cultura grupal que permita a los
pacientes observar sus respectivas actitudes, conductas, afectos e
interacciones para entenderlas y extraer conclusiones útiles que
inician o amplían el cambio terapéutico.
• Interpretará sólo como proyecciones resistenciales los intentos de los
pacientes de acercarse a las motivaciones inconscientes de sus
compañeros.
• Sentirá como amenaza al grupo la patología de los miembros que lo
atacan, cuestionan o critican.
• Su ansiedad ante estas situaciones produce seudointerpretaciones
punitivas, superyoicas por su forma y/o contenido que culpabilizan al
supuesto transgresor.
• A éste no le queda mas remedio que someterse o huir de la terapia.
Sus compañeros temerán ser tratados algún día de la misma manera,
lo que despierta su hostilidad, suspicacia y angustia ante la realidad
de una autoridad tan irracional e inadecuada, como vivieron la que
ejercían sus padres en la infancia.
• La interacción y los cambios que pueden darse en estas
circunstancias van encaminados a satisfacer y aplacar al
terapeuta, pero no hay desarrollo de espontaneidad e iniciativa
ni resolución de la dependencia.
• El terapeuta narcisista establece metas definidas en grupos
cuyo encuadre no es de tiempo limitado y objetivos focalizados.
Introduce problemas para que el grupo los discuta. Se esfuerza
por formular interpretaciones tan “brillantes y completas” que
deja a los miembros sin nada que aportar al grupo.
• El atractivo sexual de algunas pacientes puede hacer perder la neutralidad al
terapeuta varón, lo que origina rivalidad fraterna y sentimientos negativos por
parte de otros pacientes hacia la “hija preferida” y hacia la figura paterna
“parcial”.
• El clima puede tornarse hostil, bloquear la catarsis e impedir el cambio y mejoría
de los pacientes. La reacción frente a impulsos excesivamente positivos que el
terapeuta experimenta hacia una paciente, puede llevarlo a reaccionar en forma
defensiva con apartamiento, brusquedad, indiferencia, castigo, sarcasmo.
• Los daños que la actuación de los deseos sexuales del terapeuta producen en los
pacientes afectados de manera directa y en el grupo, sólo pueden repararse, en
forma parcial, derivando a todos los miembros a otros terapeuta y retomando el
propio análisis.
• El material de los pacientes puede despertar en el
terapeuta fantasías hostiles o perversas hacia sus objetos
internos, proyéctelos o no en los pacientes. Como en el
caso anterior, el terapeuta pierde su atención flotante y
objetividad, ya que sus respuestas (exploración,
confrontación, interpretación) no se relacionan con la
realidad psíquica de los pacientes, sino con la propia
Manejo técnico de la
Contratransferencia
• El manejo de la contratransferencia se facilita si el
terapeuta contempla los sentimientos, pensamientos y
fantasías que le despierta el material de sus pacientes
como posibles resonancias del significado latente de la
comunicación.
• Vista como un elemento útil, la contratransferencia se
convierte en objeto de investigación, no en interferencia
de la labor terapéutica que debe alejarse rápidamente.
• Ante una primera sesión grupal, en la que se intercambian sonrisas
tensas, miradas inquisitivas y material referente al maltrato del que
han sido objeto los pacientes, sus familiares o conocidos, por parte
de figuras de autoridad del pasado (padres, maestros, ex terapeutas),
o del presente (jefes, cónyuges, delincuentes), es indiferente si el
terapeuta piensa: “están dolidos y temerosos, ¿podré ayudarlos?”;
“viven lo desconocido como peligroso”, o se siente tan angustiado
que, como el grupo, tampoco sabe qué hacer.
• Lo importante es que en todos los casos, está en contacto con el
contenido afectivo de la sesión: angustia, temor, desconfianza.
• El siguiente paso es analizar lo que piensa y siente: ¿es mi angustia la que me
hace querer intervenir para, desde este momento, afirmar frente al grupo mi
capacidad profesional, experiencia, confiabilidad, en suma, mi cualidad de objeto
bueno neutralizador de la persecución interna que manifiestan?
• La respuesta puede ser que se desea asumir el papel de “buena madre” porque
así se triunfa, desde la rivalidad edípica, sobre la “mala madre” de la infancia.
• O qué se pretende negar, al intervenir para calmar la angustia del grupo, la
hostilidad que provocan sus críticas implícitas u otros conflictos neuróticos o
narcisistas que surgen en el terapeuta ante el material de los pacientes.
• Este análisis ubica la respuesta contra transferencial en su justo lugar y el
terapeuta queda libre para interpretar o seguir observando.
• Si el terapeuta puede transformar sus pensamientos y
sentimientos contra transferenciales en interpretaciones,
devuelve elaboradas, digeridas, las emociones del grupo.
• En el caso de la primera sesión, puede ser adecuado decir
algo similar a: “pareciera que se preguntan, tras tantas
malas experiencias, cómo les irá con sus compañeros y
conmigo” o bien: “parece que todos tenemos miedo”.
• El terapeuta puede no estar seguro de percibir bien lo que
sucede en el grupo, de que su contratransferencia
responda a la transferencia de los pacientes, o no hallar la
forma de elaborar sentimientos y pensamientos en una
interpretación.
• En estas circunstancias, es pertinente explorar con el
grupo si las reacciones del terapeuta responden a la
transferencia preguntando, por ejemplo, si será cierta la
impresión que se percibe de temor o desconfianza, en los
miembros.
• La exploración no sólo es un camino mas seguro para
interpretaciones subsecuentes, sino que establece una
pauta de participación de los pacientes. El terapeuta
requiere de su cooperación, no lo sabe todo, pero está en
contacto con el acontecer grupal y dispuesto a rectificar
sus falsas percepciones, sin ser ingenuo, ya que la
confirmación o negativa a su comunicación no son indicios
infalibles de la verdad de lo que se le responde.
• El material subsiguiente a su exploración o interpretación
es lo que la confirma o refuta.
• La respuesta del grupo reasegura al terapeuta de la
objetividad de sus percepciones o lo refiere a revisar sus
distorsiones.
• Lo importante es no desoír la contratransferencia, no
luchar contra ella como perturbación de la labor
terapéutica. Porque la lucha aleja la atención del
acontecer grupal, con lo que se pierden muchos elementos
de la interacción y comunicación de los miembros.
• El consenso grupal es una herramienta útil en el manejo
de la contratransferencia.
• A diferencia del análisis individual, en el que el terapeuta
está solo frente a su contratransferencia, en el grupo
terapéutico puede apelar a los demás pacientes para
contestarse sobre si la sensación de ira que lo invade se
debe a un deseo infantil contrariado y ajeno al vínculo
terapéutico, o corresponde al material emergente,
dependiendo de que los demás pacientes reaccionen como
él o en forma diferente.
• Sin necesidad de realizar ninguna intervención, puede
percatarse de que los miembros del grupo comparten su
ira y concluir así, que ésta es una emergencia
contratransferencial, aunque cabalgue sobre sus propios
conflictos.
• En resumen, la técnica del manejo de la
contratransferencia implica identificar el sentimiento o
fantasía que despierta la personalidad, conducta o
material de los pacientes.
• Analizar si la respuesta emocional o mental corresponde
al estímulo real que proporcionan los miembros del grupo
y sólo interpretar si se está razonablemente seguro de
haber establecido el deslinde necesario entre la respuesta
que generan nuestros objetos internos, de la que
producen los pacientes.
• Cuando la contratransferencia impide comprender las
ansiedades individuales y grupales se produce un clima
antiterapéutico.
• Además, los pacientes no interactúan, no mejoran en sus
dificultades neuróticas, el porcentaje de abandono de la
terapia es alto y el terapeuta se “decepciona” de los
pacientes y del método.
• En estas circunstancias la única solución posible es la
búsqueda de supervisión y/o análisis o reanálisis personal