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El Valor de Los Valores en El Periodismo

El documento aborda la crisis del periodismo en la era de la posverdad, destacando la necesidad de una formación ética sólida para los periodistas ante la proliferación de noticias falsas y la desinformación en redes sociales. Se enfatiza la importancia de la veracidad y la rendición de cuentas en el ejercicio periodístico, así como el papel fundamental de los medios en la democracia. Además, se plantea la urgencia de adaptar la educación en periodismo a los desafíos contemporáneos y a la responsabilidad social inherente a la profesión.

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El Valor de Los Valores en El Periodismo

El documento aborda la crisis del periodismo en la era de la posverdad, destacando la necesidad de una formación ética sólida para los periodistas ante la proliferación de noticias falsas y la desinformación en redes sociales. Se enfatiza la importancia de la veracidad y la rendición de cuentas en el ejercicio periodístico, así como el papel fundamental de los medios en la democracia. Además, se plantea la urgencia de adaptar la educación en periodismo a los desafíos contemporáneos y a la responsabilidad social inherente a la profesión.

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El valor de los valores en el

periodismo del siglo XXI:


la formación ética del periodista
en la era de la
posverdad
• Fue durante la campaña electoral norteamericana de 2016 y la
posterior llegada de Donald Trump a la Casa Blanca cuando la
preocupación por la creciente propensión de la clase política a
entregarse al cultivo de la posverdad se generalizó.
• The Economist, publicación nada sospechosa de veleidades
izquierdistas, publicó en septiembre de 2016 un editorial bajo el título
«El arte de la mentira», en el que se preguntaba: «los políticos
siempre han mentido. Pero ¿qué ocurre cuando se desentienden por
completo de la verdad?».
• La vía preferente de propagación de las posverdades son, obviamente, las redes
sociales. Como señala Ramonet (2011: 23) en una fórmula sintética, en muy poco
tiempo hemos pasado de los medios de masas a la masa de medios. Esta pulverización
de los medios de comunicación ha socavado el monopolio tradicional de los periodistas
como propietarios de la información y mediadores privilegiados entre la clase política y
la ciudadanía. La consecuencia inmediata de este ecosistema de la información
emergente ha sido la crisis de identidad del periodismo y de su producto canónico: la
noticia.
• Razón por la que quienes estamos involucrados en la enseñanza del periodismo
tenemos la obligación de preguntarnos: «¿a quién podemos considerar hoy
periodista?». Como afirma Julia Cagé (2016: 29): «en los tiempos de la cultura digital,
de la información en tiempo real, de los blogs y las redes sociales, se lee a veces —
equivocadamente— que hay tantos periodistas como internautas. Y se olvida que ser
periodista es un oficio».
• En Estados Unidos el 69% de los adultos estadounidenses afirma ser usuario
de Facebook y aproximadamente el 74% de esos usuarios accede a Facebook
diariamente (Pew Research Center, 2019). En España, la primera entrega del
Estudio General de Medios de 2020 coloca a la plataforma de vídeos YouTube
como el sitio web más visitado, con Facebook en la segunda posición (AIMC,
2020)…Facebook sigue siendo la red social dominante, seguida de cerca por
YouTube (GlobalWebIndex, 2020).
• Las redes sociales se han convertido en foros privilegiados para compartir
noticias y para la discusión política (Reuters Institute, 2019: 9), confirmando
una tendencia ya apuntada en los últimos años (American Press Institute,
2015) y reconfigurando, a fortiori, el papel del periodismo en la esfera pública
(Hess y Gutsche, 2019; Vázquez-Herrero et al., 2019; Masip et al., 2017).
• En este modelo de capitalismo cognitivo (Lasalle, 2019), basado en la
economía de los datos, la viralización de falsas noticias y hechos
alternativos ha alcanzado tal nivel que, alentadas por la Comisión
Europea, compañías como Google, Facebook, Mozilla, Twitter y siete
compañías europeas han suscrito el Code of Practice on
Disinformation (Comisión Europea, 2018) para afrontar la difusión en
Internet de falsas noticias, asumiendo el compromiso de evaluar
anualmente el funcionamiento de dicho código.
• Sea como fuere, la cuestión decisiva es si esa gran conversación global
puede reemplazar al periodismo profesional y su enseñanza en la
universidad o si se trata en buena medida de una ceremonia
autocomplaciente de ratificación de las propias convicciones, cuando
no, una suerte de parloteo de la tribu.
• Definitivamente, la combinación de falta de normas profesionales y la
acción de los algoritmos virales contribuyen a la baja calidad de las
noticias y a la rápida difusión de noticias falsas (Bradshaw y Howard,
2018). Con razón Morozov (2018) nos advierte contra la simpleza de
creer que un mayor volumen de contenidos circulando por las redes
significa mayor democracia.
• Al cabo, subsisten las preguntas: en esta era de la posverdad, ¿quién
se ocupa de los hechos? ¿Quién se encarga de contárselos a la
ciudadanía de forma fiable? Esta parece ser una inquietud
globalmente compartida.
• De acuerdo con el Digital News Report 2019 (Reuters Institute, 2019:
9-10), en Brasil el 85% de la población dice estar preocupada por lo
que es real y falso en Internet; en el Reino Unido, el 70%, y en Estados
Unidos, el 67%. En España, la confianza en los medios es del 43%,
mientras que se fían de las noticias de las redes el 25% de los
encuestados (Reuters Institute, 2019: 108).
• Si, como aseguran Kovach y Rosenstiel (2003), el primer compromiso
del periodista es con la verdad, este mandato nos sitúa ante la
necesidad de que los futuros informadores adquieran durante sus
años de formación la preparación necesaria para encarar ese desafío.
• Durante buena parte del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX los
comportamientos impropios fueron casi norma general en una prensa que se
blindaba de las críticas haciendo profesión de fe del liberalismo más radical: la
prensa era un negocio privado y el Estado no tenía derecho de injerencia en los
negocios entre particulares. No obstante, con el tiempo terminó por imponerse
la necesidad de que periódicos y periodistas aceptaran ciertas restricciones que
pusieran a la sociedad a salvo de injurias, difamaciones, intromisiones en la
intimidad o difusión de contenidos denigratorios o inapropiados.
• Animada por esta concepción del periodismo que buscaba aunar libertad
informativa y responsabilidad cívica, la American Society of Newspaper Editors
(ASNE) adoptó en 1923 su Canon of Journalism, uno de los primeros códigos
deontológicos del periodismo.
• En paralelo, impulsores de las primeras escuelas de periodismo, como
Joseph Pulitzer, acabaron por entender que el ejercicio responsable
de dicha profesión requería tanto una preparación «técnica» solvente
como unos mínimos principios deontológicos. En mayo de 1904, en
un artículo que escribió para la North American Review, resumía su
credo con estas palabras:
• “Una prensa apta, desinteresada, generosa, con inteligencia formada para
conocer el bien y con el coraje para hacerlo, puede preservar la virtud pública sin
la cual un gobierno popular es una farsa y una burla. Una prensa cínica,
mercenaria y demagógica acabará dando forma a un pueblo tan vulgar como ella
misma”
• la consciencia de las consecuencias de un ejercicio irresponsable del
derecho a informar se fue abriendo paso poco a poco hasta su
plasmación en la conocida como doctrina de la responsabilidad social.
• La expresión canónica de esta doctrina apareció en el informe Una
prensa libre y responsable, que recogía las conclusiones de la llamada
Comisión Hutchins sobre la Libertad de Prensa, constituida en la
Universidad de Chicago en 1947. Ese texto fundacional advertía de la
enorme responsabilidad del periodismo en una sociedad libre y del
peligro de una prensa sometida a los intereses particulares o a la
razón de Estado.
• Como bien se pone de manifiesto en el Código Europeo de Deontología del
Periodismo, aprobado por el Consejo de Europa en 1993, «las empresas periodísticas
se deben considerar como empresas socioeconómicas especiales, cuyos objetivos
empresariales deben quedar limitados por las condiciones que deben hacer posible la
prestación de un derecho fundamental» (artículo 11).
• Por esta razón, los medios de comunicación no pueden entenderse como una empresa
más, y los lectores, oyentes y telespectadores no son meros consumidores de
entretenimiento, sino ciudadanos que tienen el derecho a estar cabalmente
informados. Ese derecho a recibir información veraz obliga a los medios de
comunicación a comportarse de modo que se hagan merecedores de la condición de
«espina dorsal de la esfera pública política» que Habermas (2009) les atribuye, pues la
democracia se deteriora «sin los impulsos procedentes de una prensa que tenga la
capacidad de formar opiniones, de informar con fiabilidad y de comentar con
escrupulosidad» (Habermas, 2009: 134).
• En línea con este planeamiento se sitúa el llamamiento de la UNESCO
para que se acometa un programa de alfabetización de la ciudadanía
que la dote de una conciencia crítica:
• [La educación en medios] capacita a la gente para la comprensión de
la comunicación mediática utilizada en la sociedad, y ayuda a
entender la forma en que los medios operan, así como a adquirir las
habilidades en el uso de los medios para comunicarse con los demás
[…] La educación en medios es una parte del derecho de todo
ciudadano, en cualquier país del mundo, a la libertad de expresión y a
la información, y es un instrumento para la construcción y
mantenimiento de la democracia. (UNESCO, 1999: 274)
• el Plan modelo de estudios de periodismo de la UNESCO propone como objetivos
de la materia el análisis crítico de cuestiones éticas tales como la verificación de
los datos, la corroboración de las fuentes, los conflictos de intereses, la
manipulación de las informaciones, las especulación y los rumores (UNESCO, 2007:
28). La consecución de esos objetivos proporcionaría a los futuros periodistas las
competencias necesarias para:
• Una comprensión de la ética periodística, lo cual incluye los derechos y las
responsabilidades del periodista. […] No obstante, las consideraciones éticas
debieran fundamentarse en la filosofía moral del propio periodista y en la
comprensión de los derechos y las responsabilidades del periodista derivados de
su sensibilización respecto a la función del periodismo en una democracia y la
necesidad de ser precisos, justos y no tendenciosos al informar y escribir.
(UNESCO, 2004: 41)
• El propósito perseguido sería acercarlos a una visión de la ética de la
comunicación que abandonara por insuficiente el enfoque puramente
deontologicista —que reserva la competencia sobre los problemas de la ética
del periodismo exclusivamente a los profesionales— para acercarse a una visión
que destacara la intervención de la ciudadanía y enfatizara la necesidad de
rendición de cuentas de los medios y los profesionales ante la opinión pública.
• Si concordamos con el supuesto de la ética discursiva de Habermas (2008) de
que solo son válidas aquellas normas de acción con las que podrían estar de
acuerdo todos los posibles afectados, la ética de los medios de comunicación
de masa tiene que dejar de ser asunto exclusivo de los periodistas y de las
empresas para abrirse a la ciudadanía y a los distintos colectivos que la integran
en tanto que afectados por la conducta de los medios.
• El nuevo capitalismo cognitivo en el que un puñado de empresas se enriquecen
vendiendo datos e historias —reales o falsas—, cedidas gratuitamente por los
usuarios (Lasalle, 2019: 96) nos avisa del peligro de debilitamiento de la
democracia ante el que los nuevos periodistas no pueden permanecer ajenos.
• ¿Cómo enfrentar, pues, desde el ámbito del periodismo profesional la amenaza
que la era de la posverdad representa para la democracia?
• Se entiende así la reiterada preocupación de Walter Lippmann por la formación
académica de los periodistas para que la labor de informar no sea una ocupación
de individuos sin preparación adecuada, que se gobiernan de acuerdo con sus
propios principios. La sociedad —arguye Lippmann— debe recapacitar incluso si
no merece la pena financiar las escuelas de periodismo y «convertir sus diplomas
en un requisito necesario para la práctica del periodismo» (Lippmann, 2011: 64).
• Las otras dos tareas a que nos emplaza la enseñanza del periodismo son poner en valor los
principios deontológicos básicos y enfatizar la necesidad de avanzar en una política de
rendición de cuentas ante la opinión pública.
• Compromiso ético profesional y sometimiento al escrutinio público son señas de identidad
que deben marcar nítidamente la frontera entre el periodismo profesional y los
comunicadores de toda laya que se pretenden periodistas.
• La primera obligación del periodista es la verdad y la esencia del oficio es la disciplina de la
verificación (Kovach y Rosenstiel, 2012: 18). «El periodismo consiste en investigar,
verificar, situar en un contexto, jerarquizar, dar forma, comentar y publicar una
información de calidad» (Cagé, 2016: 29).
• Sin esa cultura de la verificación no hay manera de garantizar a los ciudadanos la
trazabilidad de las informaciones, con lo que el periodismo deja de ser el primer borrador
de la historia para convertirse en un cuento contado por un idiota o un perverso, puro
ruido y furia.
• La ocultación o la suplantación de las fuentes originales, la manipulación de los
contenidos, la alteración de contexto, las falsas conexiones y la creación de
contenidos deliberadamente engañosos son algunas de las herramientas con que
la política de la posverdad está desafiando a las sociedades abiertas.
• La democracia exige un acuerdo mínimo sobre los hechos verificados y
compartidos para, a partir de ellos, abrir el más amplio espacio de disenso sobre
las valoraciones que nos merecen (Bassets, 2013: 214, y Pariser, 2017: 18).
• Pero si las personas no tienen acceso a información fiable, el debate ciudadano se
adultera irremediablemente. El célebre periodista Walter Lippman lo expresó de
forma rotunda: «El problema fundamental de la democracia [es] el cuidado de las
fuentes de información. Sin defensa frente a la propaganda […] la materia viva de
la decisión popular queda expuesta a todos los prejuicios» (Lippmann, 2011: 52).
• La tercera de las tareas es impulsar es el desarrollo de una cultura de la rendición
de cuentas (accountability) ante los ciudadanos como una obligación ética
elemental, aprovechando plenamente los nuevos canales de comunicación entre
los medios de difusión y el público que Internet posibilita (Eberwein y
Porlezza,2014; Mauri-Ríos y Ramón-Vega, 2015 y Suárez-Villegas et al., 2017).
• En el periodismo, la ejemplaridad pública (Gomá, 2009) nos interpela como
periodistas...Termino citando a Weber: reivindicar la fibra moral del periodismo es
un deber de justicia para con aquellos profesionales que honran su vocación,
pues «lo asombroso no es que haya muchos periodistas humanamente
descarriados o despreciables, sino que, pese a todo, se encuentre entre ellos un
número mucho mayor de lo que la gente cree de individuos valiosos y realmente
auténticos» (Weber, 2012: 120).
• Cruz-Álvarez, Jesús; Suárez-Villegas, Juan-Carlos (2017). “Pautas
deontológicas para el periodismo digital”. El profesional de la
información, v. 26, n. 2, pp. 249-254.

• RODRÍGUEZ BORGES, R. F. (2020). «El valor de los valores en el


periodismo del siglo XXI: La formación ética del periodista en la era de
la posverdad». Anàlisi: Quaderns de Comunicació i Cultura, 62, 7-17.
DOI: <https://doi.org/10.5565/rev/analisi.3277>
• ¿Cómo afecta al sistema democrático que el debate público, la comunicación, el
intercambio de información, tenga lugar en espacios tecnológicos de propiedad
privada?
• Ciertamente, una de las preguntas principales es si el periodismo o los medios de
comunicación deben seguir este modelo de la segmentación o personalización que
utilizan las plataformas de redes sociales con fines netamente comerciales. Esto tiene
importantes consecuencias para el ejercicio de la profesión, pues las plataformas de
redes sociales son las que determinan como se debe ejercer el periodismo, sin tomar
en consideración sus responsabilidades y funciones, solo tienen el objetivo de
monetizar de acuerdo a su modelo de negocios.
• Las redes sociales al personalizar la información intentan agradar al usuario, sin
embargo, el periodismo debe dar la información que deben conocer y que sea de
interés social no siempre ajustada a los deseos de los usuarios (Bucher, 2018).

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