??𝒂𝒑𝒊́𝒕𝒖𝒍𝒐 𝟏.
El muelle loto brillaba con los farolillos colgados por todas
partes, reflejándose sobre el agua como estrellas caídas. La
risa de Wei Wuxian rompía el aire como una campanilla
familiar, resonando como la carcajada de un niño pequeño.
Jin Ling estaba a su lado, fingiendo molestia de escucharlo,
pero con una sonrisa que ni siquiera se molestaba en ocultar.
Estaban todos juntos, celebrando una reunión familiar. Desde
hace un año que de reunían todos allí, una vez cada dos o
tres meses. Todo surgió después de la reconciliación de los
hermanos, los dos decidieron reunirse trimestralmente para
mantener un estrecho contacto.
A veces se arrepentía de haber propuesto esto. Jiang Cheng
los veía reír felices
desde el corredor de madera oscura. Sostenía una copa de
vino como excusa, como barrera, como si eso bastara para no
parecer fuera de lugar. Pero lo estaba, él lo sabía.
Wei Ying se reía con Lan Zhan y Jin Ling, su Jin Ling, ahora
compartía su mundo con esos dos jóvenes Lan, Sizhui y
Jingyi. Estaba rodeado de amor, protegido por dos personas
que moverían tierra y cielo con tal de cuidarle y hacerle feliz.
El niño que crió, que protegió con uñas y rabia, ya no lo
necesitaba. Y eso… eso le dolía más que todo lo demás.
Se giró, dispuesto a volver a su habitación. Tal vez a dormir,
tal vez se dedicase a mirar la luna llena brillar por la ventana
o quizás, simplemente a dejar que el vacío lo arrullara un
rato más.
Justo cuando iba a abandonar él lugar lo sintió, una mirada.
Levantó los ojos, ahí estaba Lan Xichen.
El primer Jade de Gusu, tan silencioso como el atardecer.
Apoyado contra una columna, con una copa de vino vacía en
la mano, el rostro sereno y, claramente, roto.
Lan Xichen se había roto totalmente con la muerte de Jin
Guanyao. Se le veía mal, decaído y deprimido, habitualmente
ebrio. Había terminado cayendo en las manos de la pérdida
de cordura otorgada con el alcohol. Ya no era habitual verle
con su amable y suave sonrisa, ahora solo se veía serio y
distante. Grandes ojeras habitaban bajo sus grisáceos ojos, la
mirada cansada, como si estuviera agotado de simplemente
vivir. ¿Seguiría siendo el hombre que había amado una vez?
El hombre que había sido demasiado digno para él… y que
ahora parecía igual de
perdido.
Sus ojos se encontraron por primera vez en mucho tiempo.
No había palabras. Solo esa mirada, pesada, quieta, sincera.
Xichen dio un paso en su dirección, acercándose a él. Luego
otro y ,así, hasta quedar frente a él. Jiang Cheng no se movió,
no sabía que hacer o decir. Lo único que sabía era que quería
poder mirar su rostro tan de cerca por siempre. El rostro del
Lan era precioso a su parecer, si fuera por su clasificación, se
encontraría en el top 1 del mundo de la cultivación. Poseía
una tez pálida y brillante, largas pestañas que enmarcaban
sus preciosos ojos grises. Unos labios carnosos, que le.
incitaban a depositar los suyos sobre ellos, una invitación
gentil. Sacudió la cabeza, no debía estar pensando así.
Siguió observando. La nariz, tan perfecta, con pequeñas
pecas sobre ella, casi imperceptibles. Sobre su rostro caían
dos finos mechones de pelo, castaño oscuro, dando un
aspecto más informal, pero que solo remarcaba su aspecto
cansado.
Yn ese instante, Jiang Cheng no pensó en el pasado. Ni en Jin
Guangyao. Ni en su hermana. Ni en la guerra. Ni siquiera en
Wei Ying.
Solo en Lan Xichen.
El mundo seguía girando a su alrededor. Las flores flotaban.
Las risas seguían. Pero ellos estaban solos, en un espacio
solo suyo.
—¿Te quedas esta vez? —susurró Xichen.
Jiang Cheng tragó saliva.
—Si tú también lo haces.
Fue entonces cuando se abrazaron. No como quienes buscan
pasión. Sino como quienes, finalmente, se dan permiso para
quedarse.
Y en ese abrazo, sin decirlo, se prometieron algo que nadie
más podía entender:
No quiero estar solo otra vez.
𝑪𝒂𝒑𝒊́𝒕𝒖𝒍𝒐 𝟐.
La mañana llegó tibia y silenciosa sobre el Loto Dorado. Jiang
Cheng no había dormido bien. No por pesadillas, sino por
algo más inquietante: el eco del abrazo de la noche anterior.
El cuerpo de Lan Xichen había estado cálido. El contacto,
breve pero tan real, había dejado una marca invisible. Jiang
Cheng no recordaba la última vez que alguien lo había
sostenido sin juicio, sin resistencia.
Pero lo que más lo perturbaba era la forma en que ese
abrazo no lo había hecho sentir débil.
Lo había hecho sentir humano.
Aquel día, evitó los pabellones principales. Se refugió en los
terrenos traseros, donde los sauces llorones crecían junto al
agua.
Donde una vez jugó con su hermana. Donde Wei Ying lo
había retado a duelos ridículos con ramas.
Era un espacio lleno de sombras y memorias.
Pero nada tan persistente como la imagen de Lan Xichen.
Cuando se permitió recordarlo con honestidad, los
sentimientos regresaron como lluvia fina.
Había sido en la última etapa de la guerra, cuando la alianza
entre sectas estaba en su punto más frágil. Lan Xichen
siempre hablaba con calma, incluso cuando la tensión podía
partir el aire. Y de todos, él había sido el único que había
tratado a Jiang Cheng no como un arma o una amenaza, sino
como un hombre con peso
en los hombros.
Una noche, mucho antes de que Jin Guangyao cayera en
desgracia, Xichen se había sentado junto a él durante una
patrulla nocturna. No hablaron de política ni de estrategia.
Solo de música, de té, de las pequeñas cosas que uno deja de
notar cuando vive entre cadáveres.
Esa noche, Jiang Cheng lo había mirado demasiado. Y por un
momento, Xichen le había devuelto la mirada con una calidez
que casi dolía.
Pero entonces llegó la tragedia.
Jin Guangyao, con su sonrisa peligrosa y sus secretos
venenosos, destruyó todo. Y Xichen, en su lealtad
desgarradora, cayó con él. Jiang Cheng había observado todo
eso desde el margen. Sin intervenir. Sin consolar. Sin
acercarse.
¿Quién era él para ofrecerle consuelo? ¿Él, que solo sabía
gritar, mandar, matar?
Pero el abrazo de anoche había cambiado algo. Le había
dicho: *"Todavía hay algo en nosotros que no está muerto."*
Y eso lo aterraba.
---
Por la tarde, mientras intentaba distraerse en los archivos de
la secta, la voz que no esperaba escuchar volvió a aparecer
tras él.
—¿Puedo pasar?
Jiang Cheng se giró. Lan Xichen estaba en el umbral, sin su
tocado, el cabello suelto cayéndole como seda por los
hombros.
Había una sombra bajo sus ojos, pero también una decisión
nueva en su porte.
—Este lugar nunca fue mío como para darte permiso —
respondió Jiang Cheng, con un intento de humor seco.
Xichen sonrió, apenas.
—Entonces solo estoy cruzando donde no debo. No sería la
primera vez.
Ambos se quedaron en silencio.
Jiang Cheng volvió la vista al pergamino en sus manos,
aunque no estaba leyendo realmente.
—No pensé que vendrías hoy —dijo finalmente, sin mirarlo.
—Yo sí pensé en venir. Desde hace años.
Eso hizo que Jiang Cheng lo mirara.
—¿Por qué no lo hiciste?
Lan Xichen bajó la vista.
—Porque tenía miedo de que aún me odiaras. Porque aún
me odiaba yo mismo.
Una pausa. Y luego, con la voz apenas temblando:
—Por lo que pasó con A-Yao.
Jiang Cheng frunció el ceño. No con desprecio, sino con esa
tristeza cansada que uno siente al ver a otro hombre roto en
los mismos lugares.
—No voy a defenderlo —dijo en voz baja—. Pero sé lo que es
amar a alguien que no
debiste. Y perderlo de formas que no puedes contarle a
nadie.
Xichen asintió.
—Y aun así estamos aquí.
Jiang Cheng lo miró largo rato.
—¿Crees que eso signifique algo?
—Creo que podría —respondió Xichen—. Si nos damos la
oportunidad de dejar de mirar atrás todo el tiempo.
Silencio otra vez.
Pero esta vez, era más suave.
Y cuando Lan Xichen dio un paso más y se sentó frente a él,
no como líder de secta, no como un hombre caído… sino
como
alguien buscando consuelo, Jiang Cheng no se movió.
Dejó que el silencio los envolviera como una promesa aún
por escribir.
𝑪𝒂𝒑𝒊́𝒕𝒖𝒍𝒐 𝟑.
Esa noche, no hubo celebración en el Loto Dorado. Las
festividades habían terminado, los invitados regresaban a sus
respectivas sectas y la calma se deslizaba sobre los estanques
como un manto de niebla.
Jiang Cheng no dormía.
Paseaba por los corredores de madera con una copa en la
mano —esta vez, sí la bebía. Solo lo suficiente para aflojar los
bordes de sus pensamientos. Demasiado pronto para
olvidarse de todo. Demasiado
tarde para negar lo que sentía.
Al llegar al pabellón más retirado, notó una lámpara
encendida. Su pulso se tensó por un momento. Pensó en
volver sobre sus pasos.
Pero no lo hizo.
Llamó suavemente.
—Xichen.
—Adelante —respondió la voz, suave como siempre.
La puerta se abrió.
Lan Xichen estaba sentado junto a una mesa baja, con una
tetera humeante frente a él. Había algo casi irónico en verlo
así: sobrio, tranquilo, justo cuando Jiang
Cheng se sentía desarmado.
—Esperaba que vinieras —dijo, sin rodeos.
Jiang Cheng lo miró, ceñudo.
—¿Por qué?
Xichen lo invitó a sentarse con un gesto de cabeza.
—Porque tenemos demasiados silencios entre nosotros.
Jiang Cheng se sentó, más por instinto que por decisión.
Por un largo rato, ninguno habló. Lan Xichen sirvió té para
ambos, y Jiang Cheng lo aceptó sin rechazar la cortesía. La
bebida era suave, cálida, sin nada especial. Pero en ese
momento, fue casi como una
confesión.
—Cuando bebí por primera vez después de… todo —empezó
Xichen, con la mirada en la taza—, no fue por tristeza. Fue
por miedo. Miedo de sentir algo más. Miedo de recordar que
yo… lo permití.
Jiang Cheng no lo interrumpió.
—Permití que A-Yao me cegara. Que lo defendiera incluso
cuando todos me suplicaban que no. Y luego… permití que
me quitara todo.
—No lo permitiste —dijo Jiang Cheng, en voz baja—. Solo no
lo viste venir.
—¿Y tú sí? —preguntó, mirándolo por fin—. ¿Nunca te
equivocaste con alguien?
La pregunta no era un juicio. Era una
invitación.
Jiang Cheng apartó la vista. Sus dedos se apretaron sobre la
porcelana de la taza.
—Me equivoqué con mi hermano. Pensé que podía
controlarlo. Que si era duro, él se quedaría. Que si lo
protegía, él lo entendería. Y un día, cuando ya era tarde, me
di cuenta de que él se había ido hace mucho… y que yo fui
quien lo empujó.
La habitación se volvió más callada aún, si eso era posible.
—Pensé que no era capaz de amar a nadie —continuó Jiang
Cheng, casi sin darse cuenta de que hablaba en voz alta—.
Hasta que me di cuenta de que lo hice… contigo.
Lan Xichen no reaccionó como Jiang Cheng temía. No se
apartó. No bajó la
mirada. Solo lo observó, con esa expresión quieta y llena de
ternura triste que sólo él sabía llevar.
—Yo también lo hice —dijo, sin adornos.
Eso hizo que Jiang Cheng alzara los ojos.
Xichen sonrió, apenas.
—Y lo sigo haciendo, si te soy honesto.
El mundo se suspendió por un segundo.
Jiang Cheng sintió el pecho apretarse, no por el dolor, sino
por algo más peligroso: esperanza.
No era un amor adolescente ni una pasión urgente. Era otra
cosa. Algo que solo se construye cuando dos personas
sobreviven suficientes ruinas como para
saber que no hay promesas, pero sí decisiones.
Y esa noche, cuando Xichen tomó la jarra de vino y la vació
en una nueva copa —una que ofreció a Jiang Cheng como si
le ofreciera una vida distinta—, ninguno habló.
No hizo falta.
Compartieron el vino. Compartieron el silencio. Y cuando sus
manos se rozaron al alzar las copas, ambos permitieron que
ocurriera.
Sin miedo.
Sin culpa.
Solo con el cansancio de quien ha amado mal… y quiere, esta
vez, hacerlo bien.
𝑪𝒂𝒑𝒊́𝒕𝒖𝒍𝒐 𝟒.
El jardín de los lotos estaba en flor.
Las hojas grandes y verdes temblaban bajo el peso del agua
de lluvia, y los pétalos, aún cerrados del todo, parecían
prometer una belleza aún contenida. Era temprano, tan
temprano que solo los sirvientes madrugadores cruzaban los
corredores con pasos silenciosos. Nadie más rondaba el
estanque.
Nadie… excepto ellos.
Lan Xichen y Jiang Cheng se sentaban en el banco de piedra,
a la sombra de los sauces. No hablaban. A veces, la cercanía
se construye con miradas más que con
palabras.
Era la cuarta vez esa semana que compartían ese rincón.
Primero había sido el té. Luego, el silencio. Después, la
música: Lan Xichen llevó una flauta una tarde y tocó una
melodía suave. Jiang Cheng no dijo nada, pero cerró los ojos.
Permaneció ahí mucho después de que la canción terminara.
Y ahora… estaban allí simplemente porque sí.
---
Esa tarde, mientras Jiang Cheng inspeccionaba los
entrenamientos de la secta, Lan Wangji apareció.
Como siempre, era un mar de expresión
neutra y dignidad inquebrantable. Pero cuando sus ojos se
posaron en Jiang Cheng y luego en Lan Xichen, al otro lado
del patio, algo sutil pasó por su rostro. No juicio. No molestia.
Solo reconocimiento.
Wei Wuxian, que estaba detrás de él, lo notó también. Y por
primera vez en años, no dijo nada que hiriera. Solo se acercó
a su hermano adoptivo, le palmeó el hombro y murmuró:
—Mereces lo que sea que te haga dejar de fruncir tanto el
ceño, Jiang Cheng.
Jiang Cheng quiso responder con una amenaza. Un insulto.
Una burla.
Pero su rostro se suavizó. Solo por un segundo.
---
Fue esa noche, cuando ya todos dormían, que Jiang Cheng
salió del pabellón y lo encontró esperándolo junto al
estanque.
Lan Xichen. De pie. Sin palabras.
Se acercaron como si fueran dos mitades convocadas por el
mismo imán.
Y entonces, bajo la luna blanca y callada, Jiang Cheng habló:
—¿Hace cuánto supiste?
—¿Qué cosa? —preguntó Xichen, con la voz baja, sin romper
el aire.
—Que esto era real.
Xichen tardó en responder. Luego, dio un paso más cerca.
—La noche en que te abrazaste a mí y no temblaste.
Jiang Cheng bajó la mirada. Su voz fue apenas un susurro.
—Yo temblaba por dentro.
—Y aun así te quedaste —dijo Xichen—. Eso fue suficiente.
El silencio volvió.
Pero esta vez, fue hermoso.
Entonces, sin más preludio, Jiang Cheng levantó una mano y
la apoyó en el rostro de Lan Xichen. Fue un gesto torpe, casi
inseguro. No era propio de él ser suave. No lo había
aprendido.
Pero Xichen no se apartó. Cerró los ojos.
Y Jiang Cheng, con una mezcla de miedo y necesidad, lo
besó.
No como un guerrero. No como un líder.
Como un hombre.
El beso no fue largo, ni urgente. Fue… profundo. Verdadero.
Lleno de palabras no dichas.
Cuando se separaron, sus frentes quedaron juntas.
Y entonces, Xichen susurró:
—Te he amado en silencio tanto tiempo… que ahora que
estás aquí, tengo miedo de respirar muy fuerte y que
desaparezcas.
Jiang Cheng le sostuvo el rostro entre las manos.
—No me iré. No esta vez. No contigo.
Xichen lo miró.
—¿Por qué?
Y Jiang Cheng respondió, por fin, con el corazón abierto:
—Porque tú también estás roto. Porque yo también. Pero
contigo… quiero reconstruirme.
Xichen sonrió. Una sonrisa real. Vulnerable. Hermosa.
Volvieron a besarse. Más largo esta vez. Más seguro.
Y cuando por fin se miraron, bajo el cielo lleno de estrellas,
con las linternas apagadas y el viento jugando con las hojas
del estanque, supieron que era real.
Sus ojos brillaban.
No con lágrimas.
Con esperanza.
Y en la voz suave de Lan Xichen, como una bendición, llegó la
frase que selló su nueva historia
**“He amado en silencio, con rabia y con miedo. He amado
como quien no sabe hacerlo, con los puños cerrados y el
orgullo por escudo. Pero contigo… contigo quiero aprender a
amar sin defensa.
Quiero despertarme y saber que no estoy solo. Que mis
ruinas tienen techo y tus silencios, un eco en mí.
No me importa cuántas veces me caí antes de llegar aquí,
porque si esto es el final… o el comienzo, quiero que sea
contigo.
Así que si me sostienes, yo no me soltaré.
Porque te elijo.
Te elijo incluso cuando tiemblo.
Te elijo incluso si duele.
Te elijo… porque contigo, hasta el miedo se parece a la
paz.”**
**“No supe lo que era estar perdido… hasta que te vi y supe
que podía encontrarme en tus ojos.
Tu dolor, tan parecido al mío, no me asustó. Lo reconocí.
Como si nuestras grietas se buscaran.
He vivido entre silencios, entre la culpa y la ausencia,
creyendo que el amor era un lujo
que no me merecía.
Y luego llegaste tú.
Firme. Furioso. Vivo.
Me mostraste que el amor no siempre llega envuelto en
dulzura… a veces llega como un relámpago que parte el alma
solo para dejar entrar la luz.
Y en esa luz, estabas tú.
Si tú me eliges, Jiang Wanyin… si tú me sostienes,
entonces juro:
Jamás dejaré que caigas.
Porque contigo, incluso la tristeza tiene un lugar donde
descansar.
Y si tú eres hogar,
entonces ya no tengo miedo de quedarme.”**
𝑪𝒂𝒑𝒊́𝒕𝒖𝒍𝒐 𝟓.
El sol caía suave sobre los jardines del Loto Dorado.
Era primavera otra vez, pero esta vez las flores parecían más
vivas. Más presentes. Como si supieran que algo nuevo había
comenzado entre esas paredes.
Jiang Cheng caminaba por el sendero de piedra, las mangas
arremangadas, el cabello suelto. Una risa infantil estalló
frente a él y sus labios, antes tan reacios al gesto, se curvaron
en una sonrisa franca.
—¡¡Padreeeeee!! —gritó una voz alegre, mientras un niño de
túnica lavanda y cabello amarrado en una coleta corta corría
por el campo con un dragón de papel.
Jiang Jinghua.
Pequeño. Firme. Curioso. Su nombre
significaba *flor de esencia pura*, y había sido elegido entre
ambos —Xichen y él— una noche donde la luna parecía aún
más llena de lo normal.
—¡Cuidado con el estanque! —gritó Jiang Cheng, aunque ya
sabía que alguien lo vigilaría.
Como si respondiera a su pensamiento, Lan Xichen apareció
desde el pabellón contiguo, sosteniendo una pequeña flauta
en la mano y un pañuelo para el sudor del niño. Su andar era
sereno, pero sus ojos seguían a Jinghua con la dedicación de
un padre que aún no se cansa de mirar.
Cuando sus ojos se encontraron, Jiang Cheng supo —como
tantas veces desde aquella primera noche— que lo volvería a
elegir.
—¡Es rápido! —dijo Xichen, acercándose a su lado—. Tiene
tu fuerza… y tu terquedad.
—Y tu calma. —Jiang Cheng lo miró de reojo—. Aunque solo
cuando duerme.
Ambos rieron. No como dos líderes de sectas. No como
antiguos guerreros.
Rieron como esposos. Como padres. Como quienes han
aprendido que el amor no siempre llega de forma sencilla,
pero cuando lo hace… todo cambia.
Lan Xichen entrelazó su mano con la de Jiang Cheng, sin
preocuparse por quién los viera. Ya no necesitaban ocultarlo.
Wei Wuxian lo había celebrado entre bromas escandalosas,
Jin Ling lo había aceptado en silencio (y con más cariño del
que quiso admitir), y Lan Wangji solo les había ofrecido un
asentimiento solemne que
significaba aprobación absoluta.
Jinghua tropezó y cayó entre las flores de loto.
Jiang Cheng dio un paso instintivo, pero el niño se levantó
solo, riendo, cubierto de pétalos.
—¡Estoy bien! ¡Las flores me atraparon!
Xichen rió bajo, y sus dedos se apretaron levemente en los
de Jiang Cheng.
—¿Te lo imaginabas? —preguntó.
Jiang Cheng negó con la cabeza, mirando a su hijo.
—Ni en mis sueños más improbables.
Y entonces volvió la frase que Lan Xichen
había dicho aquella noche bajo las estrellas. La frase que
había sellado sus destinos.
Pero ahora fue Jiang Cheng quien la repitió en voz baja,
mientras el sol dorado bañaba a los tres:
**—A veces solo necesitas a alguien que está igual de roto, o
simplemente alguien que te sostenga. La esperanza está en
todas partes, el amor dentro de ella. Ama y serás amado.
Viva la vida con el amor que te mereces.**
Y así, entre lotos en flor, risas infantiles y dos manos unidas,
comenzó su nueva eternidad.