Los conflictos de finales de siglo y el
sistema de paces: Utrecht y Rastadt
Índice:
• El imperialismo de Luis XIV.
• Las primeras guerras (1667-1678).
• La política de las “reuniones” y el cénit de la hegemonía francesa (1680-1684).
• La Guerra de los Nueve Años (1689-1697).
• La Guerra de Sucesión española (1701-1714).
• El orden de Utrecht.
• Bibliografía.
• Los conflictos de finales de siglo:
• Guerra de la Devolución (1667-1668).
Paz de Aquisgrán (1668).
• Invasión francesa de las Provincias Unidas (1672-1678).
Paces de Nimega (1678-79).
• Política de las “Reuniones” (1680-1684).
Tregua de Ratisbona (1684).
• Guerra de los Nueve Años (1689-1697).
Paz de Ryswick (1697).
• Ascenso de los Borbones al trono español (1700).
• Guerra de Sucesión española (1701-1714).
Paces de Utrecht/Rastadt/Baden (1713-1714).
• El imperialismo de Luis XIV:
Las paces de Westfalia (1648) y los Pirineos (1659) pusieron fin a la dilatada guerra de los Treinta Años e
introdujeron de manera un tanto imprecisa, la idea del equilibrio entre naciones, concepto surgido en la Italia
del siglo XVI, que habría de convertirse con el tiempo en un principio básico de la relaciones internacionales.
Aunque a la altura de 1660 buena parte de Europa estaba necesitada de un periodo de paz, el medio siglo
que transcurrió entre 1660 hasta los Tratados de Utrecht-Rastadt (1713-1714) fue un periodo de frecuentes
conflictos, a menudo derivados de la agresiva política exterior del rey Luis XIV de Francia.
La historiografía se ha preguntado repetidamente por lo móviles que determinaron la política exterior
francesa durante el reinado de Luis XIV. Se ha aludido a la necesidad de reforzar la defensa continental de
Francia por medio de la consecución de sus fronteras naturales (elemento geográfico que actuaba como
garantía defensiva de un Estado) en el nordeste y el este del país, por ejemplo mediante la compra de
Dunkerque a Inglaterra (1662), la expansión a costa de los Países Bajos españoles o el interés anexionista
sobre el ducado de Lorena. Sin embargo, la motivación más sólida parece ser el ansia de gloria del
monarca. Convencido de la preeminencia de Francia en el orden internacional, los triunfos bélicos
constituyeron un elemento fundamental en la consolidación no sólo del prestigio personal del monarca sino
también de la autoridad real en Francia.
El poder internacional de Francia, que culminó en el reinado de Luis XIV, se asentó sobre la política de
reforzamiento del poder real emprendida en su día por Enrique IV y continuada por los cardenales Richelieu
y Mazarino. En el ámbito militar destacan los organizadores del ejército, estrechos colaboradores de Luis XIV,
Michel Le Tellier y el marqués de Louvois; Vauban, constructor de fortificaciones en las zonas
fronterizas y en las plazas ganadas al enemigo; Colbert, superintendente general de finanzas y artífice de
una poderosa marina de guerra; y diversos generales y almirante entre los que sobresalen Condé y
Turenne (para la última fase de la Guerra de los Treinta Años); Schomberg y el duque de Luxembourg
(en la Guerra de los Nueve Años); y los duques de Berwick, Vendôme y Villars, en la de Sucesión
La acción internacional de Luis XIV fue, ante todo, el resultado de la buena organización
burocrática y de la eficacia administrativa del aparato estatal. En este sentido, el predominio
militar francés no se basó tanto en las innovaciones tácticas o armamentísticas, que existieron,
como la sustitución del mosquete por el fusil por ejemplo, como en la capacidad organizativa del
Estado, que mejoró el sistema de leva y reclutamiento, introdujo cambios en la estructura de
mando y garantizó la disciplina y el abastecimiento. La acción militar se vio complementada a su
vez por una amplia red de diplomáticos e informadores, bien pagados e instruidos, capaces de
defender las pretensiones del monarca por medios “pacíficos” y conseguir lo que a menudo no
conseguían los ejércitos.
La política exterior francesa estuvo sembrada de éxitos y fracasos. Su balance final presenta
claroscuros. No en vano, la hegemonía francesa en Europa fue efímera (comparada por el ejemplo
con el predominio español o británico) y no sobrevivió al monarca. El éxito en la contención del
expansionismo francés se debió, en gran medida, a la creación de sucesivas coaliciones
internacionales en cuyo desarrolló jugó un papel importante la diplomacia francoespañola. El
hecho de que en tales coaliciones figurasen enemigos tradicionales (como la Monarquía Hispánica,
Provincias Unidas, Inglaterra y el Imperio) y aunaran a soberanos católicos con protestantes, es
sintomático de la secularización y los principios “estatalistas” que comenzaban a dominar las
relaciones internacionales europeas en las décadas finales del siglo XVII.
El príncipe de Condé
(izqda.); el mariscal de
Turenne (dcha.)
• Las primeras guerras (1667-1678):
A pesar de las transformaciones que se estaban produciendo en las relaciones internacionales, en la década de
1660 estas continuaban viéndose influidas por algunos elementos tradicionales como el peso decisivo que tenían
los matrimonios de Estado y los derechos sucesorios que los soberanos adquirían en virtud de los mismos. En el
caso de Luis XIV, su unión con María Teresa de Austria, hija primogénita de Felipe IV, reforzó las aspiraciones del
monarca francés sobre determinados dominios de la Monarquía Hispánica y justificó su agresiva política exterior
contra la Casa de Austria española. De hecho, el monarca estaba convencido de que la gloria de Francia sólo podía
cimentarse a costa de la Monarquía Hispánica: “el estado de las dos coronas de Francia y España es tal hoy en día
(…) que no es posible elevar una sin abatir la otra”, escribió en sus “Memorias”. Con esta idea presente, Luis XIV
apoyó a los rebeldes portugueses contra la Monarquía Hispánica, siendo uno de los mariscales franceses,
Schomberg, quien venció a las tropas españolas en la batalla de Villaviciosa inmediatamente antes de que Madrid
reconociera la definitiva independencia portuguesa en 1668.
Paralelamente, el monarca aprovechó la muerte de Felipe IV en 1665 para atacar los Países Bajos españoles.
Amparándose en el derecho privado de Brabante, que anteponía los derechos sucesorios de los hijos nacidos del
primer matrimonio de un difunto sobre los descendientes de uniones posteriores, Luis XIV hizo que los juristas
franceses defendieran los derechos de su esposa María Teresa (hija de la primera esposa de Felipe IV) a una serie
de territorios de la herencia borgoñona de los monarcas españoles: Franco Condado, Luxemburgo, Henao y
Cambrai. Se inició así la conocida como “Guerra de Devolución” (1667-1668), durante la que el ejército francés
ocupó amplias zonas de los Países Bajos.
El riesgo que la agresión francesa supuso para la paz y para la incipiente idea de equilibrio entre potencias hizo
que Inglaterra y las Provincias Unidas constituyeran, junto con Suecia, la Triple Alianza de La Haya. La mediación de
los aliados hizo posible la firma de la Paz de Aquisgrán en 1668. En virtud de la misma, los ejércitos franceses se
vieron obligados a abandonar el Franco Condado, ocupado previamente, en tanto la Monarquía Hispánica cedía a
Francia una franja territorial de los Países Bajos que incluía doce ciudades, entre ellas Lille, Courtrai, Tournai y
Charleroi. Vauban procedió a fortificar las nuevas anexiones territoriales francesas, incrementando así la seguridad
de la frontera norte del reino.
Charles Beaubrun, María Teresa de Austria y su
hijo, el heredero de la Corona, francesa,
Luis, “el gran delfín”
Los años que median entre 1668 y 1672 estuvieron caracterizados por el incremento de la tensión entre
Francia y las Provincias Unidas. Potencia hegemónica en términos comerciales, las Provincias Unidas no sólo eran el
principal escollo, junto a Gran Bretaña, de los planes de expansión mercantil impulsados por Colbert sino también uno
de los más firmes defensores de la contención del expansionismo francés. Ambas circunstancias, llevaron a Luis XIV a
planear la invasión del país en una estrategia cuya finalidad principal era la destrucción del potencial económico
holandés. Los planes del monarca supusieron la ruptura de la tradicional alianza franco-holandesa vertebrada desde
tiempos de Enrique IV a comienzos de siglo.
Antes de iniciar la campaña militar, Luis XIV desarrolló una ofensiva diplomática, destinada a quebrar la Triple Alianza
de La Haya, que cristalizó en la firma de diferentes acuerdos con Inglaterra, Suecia y ciertos príncipes alemanes. El
más destacado de estos tratados fue el firmado con Carlos II de Inglaterra, el Tratado de Dover (1670), que
garantizaba la neutralidad inglesa ante la invasión de las Provincias Unidas a cambio del pago por el tesoro francés al
soberano británico de 3 millones de libras anuales. Por último, Luis XIV se aseguró también la neutralidad del
emperador con la firma de un tratado con la corte de Viena, a finales de 1671, que daba continuidad al acercamiento a
la rama imperial de la Casa de Austria iniciado en 1668 mediante la firma del primer Tratado de Reparto de la
Monarquía Hispánica entre Luis XIV y Leopoldo I.
En una rápida campaña iniciada en el verano de 1672 los ejércitos franceses, comandados por Condé y Turenne y con
Luis XIV a la cabeza, invadieron las Provincias Unidas avanzando hasta Utrecht. En medio de una creciente
inestabilidad interior, sólo la ruptura de los diques que defendían del mar buena parte de la República logró frenar la
ocupación de la totalidad de su territorio. Por otra parte, la agresión a las Provincias Unidas suscitó una serie de
reacciones en el ámbito internacional que propiciaron la formación, entre 1673 y 1674, de una segunda coalición
contra Francia: la Gran Alianza de La Haya, en la que se integraron las Provincias Unidas, la Monarquía Hispánica, el
emperador, el elector de Brandeburgo y diversos príncipes alemanes a ambas orillas del Rin.
La constitución de esta nueva coalición propició que la guerra abandonara su escenario inicial para trasladare
principalmente a los Países Bajos españoles, la zona del Rin y Cataluña. Además, se extendió también por otros
ámbitos como el mar del norte, el Canal de la Mancha, el Mediterráneo, las Antillas o la ruta de las Indias orientales.
Esta circunstancia evoca un aspecto que sería frecuente en posteriores conflictos: las contiendas europeas dejarían
de circunscribirse al viejo continente y se librarían igualmente en el ámbito colonial.
En los Países Bajos las tropas francesas conquistaron Lieja, Luxemburgo, Limburgo, Gante e Yprés, al
tiempo que devastaban el Palatinado, en la zona del Rin, y ocupaban el Franco Condado. En
Cataluña, la invasión del Rosellón se vio sucedida por un cierto retroceso de los ejércitos franceses
que, sin embargo, no evitó que estos avanzaran hasta las puertas de Gerona. Menos suerte tuvieron
las fuerzas de Luis XIV en el Mediterráneo español gracias a la acción combinada de las Marinas
holandesa y española. Las tropas de Carlos II mantuvieron sus posiciones en Nápoles y Sicilia y el
monarca fracasó en su intentó de alentar la rebelión de Mesina.
La prolongación de la guerra y la incapacidad de Francia para obtener victorias concluyentes sobre la
coalición debilitó el estado de las finanzas francesas. Desde 1675, el gobierno francés hubo de
enfrentarse a diferentes revueltas interiores. Ese mismo año, Suecia, aliada de Francia, fue derrotada
por el elector de Brandeburgo en Pomerania (al Norte de Alemania) y la opinión pública británica
comenzó a virar paulatinamente hacia posiciones claramente antifrancesas (que amenazaban la
neutralidad) y que cristalizaron en el matrimonio de la princesa María con el príncipe de Orange
(1678).
Estas circunstancias favorecieron el inicio de conversaciones diplomáticas que culminaron en la
firma de las Paces de Nimega (1678-1679). Los acuerdos resultantes supusieron un gran triunfo
para las Provincias Unidas, que logró que los franceses evacuaran la totalidad de su territorio y
abolieran los aranceles proteccionistas que gravaban la introducción de productos holandeses en
Francia desde 1667. La otra gran potencia vencedora fue Francia, que incrementó su territorio a
costa de la Monarquía Hispánica, que perdió el Franco Condado y catorce plazas fuertes fronterizas
de los Países Bajos en Artois, Flandes y Henao. Además, Francia también incorporó otras regiones
colindantes con Alemania como Philipsburg y mantuvo la ocupación del ducado de Lorena.
Luis XIV cruzando el Rin durante la guerra contra las Provincias
Unidas (izqda.); Luis XIV presenciando el sitio de Besançon,
capital del Franco Condado (dcha.).
Claude-Guy Halle, La humillación del Dux de Génova ante Luis XIV en
• La política de las “Reuniones” y el cénit de la hegemonía francesa (1680-1684):
Los años que transcurren entre 1680 y 1684 marcaron el punto culminante de la hegemonía francesa en Europa. Hasta
finales de la década de 1680, la política exterior del monarca se benefició de una coyuntura económica favorable en
términos generales. A partir de entonces se inició, sin embargo, la segunda y última fase del reinado, caracterizada por las
periódicas crisis de subsistencia, el incremento de la presión fiscal derivada del constante esfuerzo bélico y el creciente
malestar de la población. Así mismo, como podremos apreciar a continuación, las campañas militares de Luis XIV ya no se
vieron coronadas por los éxitos de los primeros años del reinado.
El interés en reforzar las fronteras francesas llevó al monarca a aplicar, desde 1679, un ambicioso plan de ocupación
territorial amparado en el prestigió francés, el temor que despertaban sus ejércitos y las imprecisiones de la paz de
Nimega, que concedía a Francia una serie de territorios con sus “dependencias”. La llamada política de las “reuniones”
estuvo inspirada por el marqués de Louvois y Colbert de Croissy, hermano del gran Colbert. Consistía en reivindicar,
mediante argumentos jurídicos, territorios que en algún momento hubieran formado parte, o dependido, de alguna
circunscripción francesa. La localización en los archivos de documentación que avalaran la vinculación de algún enclave
con territorio francés desencadenaba un procedimiento que llevaba a la ocupación del mismo por las tropas francesas sin
previa declaración de guerra. El objetivo de Luis XIV era ampliar las fronteras francesas a expensas de la orilla izquierda del
Rin a costa de las posesiones españolas y los territorios alemanes.
Por dicho método, las tropas de Luis XIV ocuparon nuevamente diversas zonas de los Países Bajos, Luxemburgo, una serie
de plazas fuertes vinculadas a los obispados de Metz, Toul y Verdún, Sarre y Deux-Ponts. No obstante, la anexión más
simbólica fue la de la ciudad libre de Estrasburgo, enclave estratégico que daba acceso a Alemania. La política de las
“reuniones” culminó con la ocupación de la fortaleza de Casale (1681), en el Norte de Italia, plaza fuerte desde la que
Francia podía amenazar el Milanesado español.
La nueva muestra del expansionismo francés entrañó propició la creación de una nueva alianza defensiva integrada por
Provincias Unidas, el emperador y la Monarquía Hispánica (1682). Al año siguiente, sin embargo, sólo Madrid declaró
la guerra a Francia. El emperador, se hallaba inmerso en el nuevo sitio de Viena por los turcos y las Provincias Unidas
aspiraban a recuperarse económicamente después de Nimega. En consecuencia, el conflicto, durante cuyo desarrollo
Francia ocupó Luxemburgo, quedó zanjado mediante firma de la Tregua de Ratisbona (1684), que reconocía
provisionalmente las anexiones francesas llevadas a cabo mediante la política de las “reuniones”.
• La Guerra de los Nueve Años (1688-1697):
La definitiva contención del agresivo expansionismo francés se vio favorecida por una serie de acontecimientos
desde mediados de la década de 1680 que determinaron el definitivo “giro antifrancés” de las principales
potencias europeas. Tales acontecimientos fueron:
-El fracaso del asedio otomano de Viena (1683), que permitió al emperador Leopoldo I volver a
intervenir de manera más activa en el “sitio de Viena”.
-La hostilidad de Luis XIV hacia los protestantes franceses, que cristalizó en la revocación en 1685 del
“Edicto de Nantes” de 1598 que garantizaba diferentes libertades a los hugonotes. La intolerancia religiosa del
rey provocó la indignación generalizada de los países protestantes, encabezada por las Provincias Unidas,
lugar de acogida de los hugonotes obligados a exiliarse, Suecia y Brandeburgo, estos dos últimos
proclives a la órbita diplomática francesa hasta la fecha.
-La Revolución Gloriosa en Inglaterra en 1688 expulsó del trono al católico Jacobo II, que fue sustituido
por María II y Guillermo III de Orange, estatúder de las Provincias Unidas. La presencia en el trono inglés de
uno de sus mayores enemigos enrareció definitivamente las relaciones anglo-francesas y abrió un frente
común Londres-La Haya contra la política exterior del monarca.
Los tres hechos mencionados determinaron que, por primera vez, pudiera constituirse un frente sólido contra Luis
XIV del que formarían parte las principales potencias europeas: Provincias Unidas, Inglaterra, la Monarquía
Hispánica y un Imperio que estaba ya recuperándose de las pérdidas, económicas y humanas, sufridas durante la
Guerra de los Treinta Años.
El nuevo enfrentamiento contra la Francia de Luis XIV fue propiciado por dos acontecimientos: por un lado, la
negativa del Papa a designar como arzobispo-elector de Colonia al candidato defendido por la corte francesa; por
el otro, la intervención de Luis XIV en la sucesión del Palatinado en defensa de los derechos sucesorios de su
cuñada. Tras publicar un manifiesto público en el que defendía sus pretensiones en ambos casos, los ejércitos
franceses ocuparon Aviñón (ciudad papal), buena parte del arzobispado de Colonia y el Palatinado, lo que provocó
indignación en el Imperio y favoreció la forja de una nueva coalición internacional.
Esta nueva coalición tomó como precedente la Liga de Augsburgo constituida en 1686 entre el emperador,
una serie de príncipes alemanes (los electores de Baviera, Sajonia y el Palatinado), la Monarquía Hispánica y
Suecia, a la que se unirían en 1689 Brandeburgo, Inglaterra, las Provincias Unidas y Saboya, en el Norte de
Italia. Dado el elevado número de sus miembros, la coalición sería conocida como Gran Alianza.
La guerra, llamada indistintamente “Guerra de los Nueve Años”, de la “Liga de Augsburgo” o de la “Gran
Alianza”, fue una prolongada lucha de desgaste que se libró en varios escenarios: el Palatinado, los Países
Bajos españoles, el Norte de Italia, Cataluña, Irlanda, el continente americano y la India. En el curso del
conflicto, Francia resultó victoriosa en varios frentes, pero padeció serias dificultades financieras, económicas y
humanas, generándose un descontento entre la población francesa que culminó en las hambrunas de los años
1693-1694.
A la altura de 1696, la defección del duque de Saboya del bando aliado (con la consiguiente amenaza que esto
suponía al Milanesado español), la crisis financiera en Inglaterra, los problemas económicos de Francia, la
capitulación de Barcelona ante las tropas francesas y las expectativas abiertas por la sucesión española
favorecieron el inicio de conversaciones diplomáticas entre los principales contendientes. Estas cristalizaron en
la Paz de Ryswick (1697) que constituyó un importante retroceso en las ambiciones expansionistas francesas.
Desde el punto de vista territorial, Ryswick restableció el orden surgido de la Paz de Nimega en 1678,
por lo que Francia se vio obligada a devolver todas las anexiones hechas desde entonces (a
excepción de Estrasburgo), junto a todas las conquistas efectuadas durante la última guerra . Por su
parte, las Provincias Unidas obtuvieron condiciones favorables de comercio con Francia y el derecho a
establecer guarniciones militares en una serie de ciudades en la frontera de los Países Bajos españoles (que
garantizaban su defensa frente a Francia), en una zona conocida como “la Barrera”. En conjunto, la paz
resultó también favorable para la Monarquía Hispánica, que recuperó Luxemburgo y los territorios
y plazas conquistados después de Nimega. Se ha dicho que Luis XIV actuó con tal generosidad ante la
corte de Madrid con el fin de ganarse la aprobación de la opinión pública española ante la inminente
desaparición de Carlos II. Con independencia de este hecho, lo cierto es que la “Guerra de los Nueve Años” y la
Jacob van Schuppen, Príncipe Geoffrey Kneller, John
Eugenio de Saboya (ca. 1718) Churchill, duque de
Marlborough (1706)
Duque de Berwick (izqda.); Duque de Noailles, por Féron (ca. 1834)
Filippo Palotta, Plaza de Armas del Alcázar de Madrid (1704).
Franz van Stampart, Carlos (III),
Miguel Jacinto Meléndez, Felipe V (ca. pretendiente austracista a la corona
1708) española
• La Guerra de Sucesión española (1701-1714):
A la muerte de Carlos II, la mayor parte de las potencias europeas, a excepción del emperador, reconocieron como
heredero a Felipe V de Borbón, nieto del rey de Francia. Sin embargo, a lo largo de 1701 Luis XIV adoptó una
serie de decisiones que propiciaron una nueva oleada de hostilidad internacional contra la Casa de
Borbón que se focalizaría en lo sucesivo no sólo ya sobre Francia sino también sobre la Monarquía Hispánica. La
primera de tales decisiones fue la confirmación de los derechos sucesorios de Felipe V sobre la corona
francesa, lo que abría la posibilidad a una hipotética futura unión de las monarquías francesa y española que
contravenía explícitamente las disposiciones del testamento de Carlos II. En segundo lugar, Luis XIV envió
tropas a los Países Bajos españoles, expulsando a las guarniciones neerlandesas establecidas allí en
virtud de lo dispuesto en la Paz de Ryswick. Por último, envió a la Marina francesa a ocupar puntos
estratégicos del comercio español en Indias y logró la concesión a Francia del monopolio para introducir
esclavos negros en la América española (asiento de negros). Las acciones de Luis XIV fueron percibidas,
con razón, como una amenaza para la seguridad y los intereses mercantiles de las Provincias Unidas e Inglaterra,
que decidieron entonces apoyar los derechos al trono español del archiduque Carlos de Austria. A tal fin,
constituyeron en septiembre de 1701 la Gran Alianza de La Haya, de la que formaron parte en un primer
momento Austria, Inglaterra, las Provincias Unidas y Prusia. Esta maniobra diplomática sería respondida a
su vez por Luis XIV reconociendo como rey de Inglaterra a Jacobo III, hijo del exiliado Jacobo II,
fallecido en 1701, lo que provocó una ola de patriotismo y belicismo en el gobierno británico. En 1702, las
potencias de la Gran Alianza declararon la guerra a los Borbones.
El conflicto por la sucesión española afectó a buena parte de Europa y dividió el continente en dos
bloques antagónicos. De una parte, los aliados, que contaron con la adhesión de la mayor parte de príncipes
alemanes, Dinamarca y, a partir de 1703, de Saboya y Portugal. De otra, Francia y la Monarquía Hispánica,
apoyadas únicamente por los electores de Baviera y Colonia. El 12 de septiembre de 1703, en Viena, los
aliados proclamaron al archiduque Carlos rey de España con el nombre de “Carlos III”. La Guerra de
Sucesión fue el resultado de la última coalición internacional frente al expansionismo de Luis XIV, pero
constituyó así mismo una guerra civil para España. Mientras que la guerra en el continente fue favorable en
La guerra se desarrolló en los Países Bajos, el Rin y el Norte de Italia, así como en España desde 1705 principalmente. En una
primera fase, el conflicto resultó favorable al bando borbónico, que pudo defender eficazmente el Milanesado del ataque de las
fuerzas imperiales. Sin embargo, la reacción de los aliados cristalizó en la derrota infringida a los franceses en Blenheim (1705),
que obligó a las tropas borbónicas a abandonar la orilla derecha del Rin. En los años siguientes, las victorias aliadas de Ramillies
(1706), el asedio de Turín (1706) y Oudenarde (1708) obligaron a los Borbones a abandonar la práctica totalidad de los
Países Bajos, el Milanesado, Nápoles y Cerdeña entre 1706 y 1708.
En España, los ingleses se apoderaron de peñón de Gibraltar (1704) y de la isla de Menorca (1708), que se convirtió en una
de sus bases de acción en el Mediterráneo. Además, la alianza portuguesa y la sublevación austracista de los territorios
de la Corona de Aragón (1705-1706), pusieron en graves dificultades al gobierno de Felipe V (obligado a abandonar la
capital, Madrid, en dos ocasiones en 1706 y 1710). El único hecho favorable al bando borbónico fue la victoria del duque de
Berwick en Almansa (1707), que permitió a Felipe V reconquistar buena parte del reino de Valencia.
En 1708-1709, la situación de las tropas de Luis XIV llegó al límite tras la rendición de Tournai y Mons. El duro invierno de 1709,
que generó una hambruna casi generalizada en Francia, al que siguió la derrota de Malplaquet en septiembre de ese mismo año,
conllevaron la invasión del norte de Francia por las fuerzas aliadas y el inicio de conversaciones entre Luis XIV y los aliados en
Gertruydenberg (1710) con vistas a alcanzar la paz. Sólo la exigencia de las potencias marítimas de que el monarca francés
declarara la guerra a su nieto, Felipe V, impulsó a Luis XIV a continuar la lucha.
Para entonces, se estaban produciendo también ciertos cambios entre los aliados. En 1710 los tories llegaron al
poder en Inglaterra, conformándose un gobierno inclinado a la negociación de la paz. Un año después, la muerte del
emperador José I convirtió al archiduque Carlos en emperador Carlos VI. En consecuencia, la solución austriaca a la cuestión
sucesoria española dejó de ser percibida como la única garantía para el mantenimiento del equilibrio entre
potencias y pasó a ser vista como una amenaza (no en vano, suponía la reconstitución del Imperio de Carlos V).
Esta circunstancia, sumada al agotamiento de los contendientes tras más de una década de guerra, aceleró el inicio de las
conversaciones de paz, favorecidas además por la consolidación de la posición de Felipe V en España tras las victorias de
Brihuega y Villaviciosa (1710), que le permitieron reconquistar el reino de Aragón. La guerra concluiría en septiembre
de 1714, tras la toma de Barcelona por el duque de Berwick. Un año después, la conquista de Mallorca puso fin a la resistencia
austracista en la Península.
Frans van Stampart, Emperador José I, fallecido sin descendencia masculina en 1711;
Anónimo, Isabel Cristina de Brunswick, esposa de Carlos “III”/VI, gobernadora de los
dominios austracistas en la Península Ibérica tras la partida de su esposo al Sacro
• El orden de Utrecht:
La derrota del bando borbónico en la guerra europea supuso la desmembración de la Monarquía Hispánica
en la forma en que esta había sido legada por Carlos II a Felipe V. El principal objetivo por el que el último Austria
había nombrado heredero de sus dominios a un nieto de Luis XIV quedaba así incumplido. En adelante, la
Monarquía Hispánica quedaría reducida básicamente a su territorio actual, si bien conservó su inmenso imperio
ultramarino. Las papes concluidas entre los diversos países, en Utrecht (1713) y Rastadt (1714) supusieron la
reorganización de Europa a partir del reparto de los dominios de la Monarquía Hispánica . Pero
también marcaron la definitiva contención del imperialismo de Luis XIV y el final de la hegemonía
francesa. Si en Westfalia (1648) había aparecido la noción de equilibrio entre potencias, Ustrecht-Rastadt
consagró esta idea como el principio rector de las relaciones internacionales. Su base era la idea de la balanza
de poderes en el continente, con Austria y Francia como grandes potencias terrestres (alrededor de las cuales
giraban otras potencias emergentes como Prusia, Saboya y Hannover), e Inglaterra, gran potencia marítima,
como garante de la perpetuidad del orden surgido en Utrecht.
Las paces incluían acuerdos de orden político, territorial y comercial. Entre los primeros (orden
político) destacaba el reconocimiento de Felipe de Borbón como rey de España, que aceptaron todos los
firmantes a excepción del emperador, quien seguiría autotitulándose Carlos III de España y no firmaría la paz con
el rey Borbón hasta 1725. Previamente, Felipe V hubo de renunciar a sus derechos sucesorios a la
corona francesa. Por su parte, Luis XIV, que apenas salió perjudicado por los acuerdos, se vio obligado a
interrumpir su apoyo a los Estuardo, pretendientes católicos al trono inglés. Dos soberanos europeos fueron
reconocidos como reyes: el elector de Brandeburgo, que en 1701 obtuvo del emperador el título de rey de
Prusia y el duque de Saboya, que recibió de España el reino de Sicilia. Además, se creó un nuevo electorado
en Alemania: Hannover, vinculado a Inglaterra por el Acta de Establecimiento de 1701, que reconocía a sus
soberanos como herederos de la reina Ana de Inglaterra, fallecida sin sucesión en 1714.
Las cláusulas territoriales afectaron en su gran mayoría a los dominios europeos dependientes hasta la fecha
de la Monarquía Hispánica. Casi todos ellos pasaron a Austria, que recibió los Países Bajos, Luxemburgo, el
ducado de Milán, los presidios de Toscana, el reino de Nápoles y el de Cerdeña (que cambiaría en 1720 por
Sicilia). Al duque de Saboya pasaron también algunos territorios que pertenecían a la Lombardía española.
Francia, a pesar de su derrota, logró mantener las principales adquisiciones conseguidas en tiempos
de Luis XIV en los Países Bajos: Ypres, Tournai, etc. Además, se vio obligada a demoler las fortificaciones de
Dunkerque, frente a la costa inglesa, y hubo de ceder a Inglaterra una serie de posesiones coloniales, como
Acadia y Terranova, en el Norte de América, importantes por sus reservas pesqueras, la bahía de Hudson o
la isla de San Cristóbal en las Antillas. A cambio, incorporó definitivamente el principado de Orange, en el
interior del reino francés, que había ocupado en varias ocasiones con anterioridad. Por su parte, las Provincias
Unidas recibieron el derecho de situar guarniciones, de carácter eminentemente defensivo en una
zona de los Países bajos fronteriza con Francia, la llamada “Barrera” (que incluía plazas como Gante,
Namur, Charleroi, Mons…), que salvaguardaban las Provincias Unidas de una futura agresión francesa a través de
los Países Bajos. Por su parte, Prusia pasó a dominar el Güeldres español y el principado de Neuchâtel,
en Suiza.
Las compensaciones otorgadas a Inglaterra se redujeron a Gibraltar y Menorca. Sin embargo, el interés
prioritario de este país estaba en los ámbitos marítimo y mercantil. De hecho, las llamadas cláusulas
comerciales le abrieron importantes expectativas en las Indias españolas. Aparte del título de “nación
privilegiada” en el comercio colonial hispano, que antes poseía Francia, recibió el derecho de asiento y el
navío de permiso. El primero le permitía, en principio durante un periodo de treinta años, monopolizar el
comercio de negros con escala en Río de la Plata. Por el segundo, tenía derecho a enviar, una vez al año, un
navío de 500 toneladas a las Indias españolas. Ambas concesiones constituyeron la primera quiebra legal del
monopolio hispano sobre el comercio con sus Indias. En lo sucesivo, con unas Provincias Unidas en declive
tras décadas de guerras, Inglaterra consolidó su posición como gran potencia mercantil, apoyada
además en las no menos importantes ventajas comerciales que ya obtuviera de Portugal y su imperio ultramarino
con la firma del Tratado de Methuen en 1703.
Europa tras la Paz de Utrecht (1714)
• Bibliografía:
ALBAREDA, J., La Guerra de Sucesión de España (1700-1714), Barcelona, Crítica, 2012.
ALBAREDA, J.; ALCOBERRO, A. (eds.), El declive de la Monarquía y el Imperio Español: los Tratados
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