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Los Novisimos

El documento aborda la visión cristiana de la muerte, el juicio y la vida eterna, destacando que la muerte es consecuencia del pecado, pero a través de Cristo se transforma en un paso hacia la resurrección y la vida eterna. Se enfatiza la importancia de la gracia divina y la preparación para la muerte, así como la existencia del purgatorio y el infierno como estados de retribución después de la muerte. Finalmente, se resalta que la vida eterna es la comunión perfecta con Dios y la visión beatífica en el cielo.

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Los Novisimos

El documento aborda la visión cristiana de la muerte, el juicio y la vida eterna, destacando que la muerte es consecuencia del pecado, pero a través de Cristo se transforma en un paso hacia la resurrección y la vida eterna. Se enfatiza la importancia de la gracia divina y la preparación para la muerte, así como la existencia del purgatorio y el infierno como estados de retribución después de la muerte. Finalmente, se resalta que la vida eterna es la comunión perfecta con Dios y la visión beatífica en el cielo.

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Formación Misionera

Septiembre 2024
Vida
Purgatorio Eterna

Muert El
e Juicio

Infierno
Muerte

"Frente a la muerte, el enigma de la


condición humana alcanza su cumbre" (GS 18).
En un sentido, la muerte corporal es natural, pero por la fe
sabemos que realmente es "salario del pecado" (Rm 6, 23;
cf. Gn 2, 17). Y para los que mueren en la gracia de Cristo, es una
participación en la muerte del Señor para poder participar
también en su Resurrección (cf. Rm 6, 3-9; Flp 3, 10-11).
Notas

1. La muerte es el final de la vida terrena. El recuerdo de nuestra


mortalidad sirve para hacernos pensar que no contamos más que con un
tiempo limitado para llevar a término nuestra vida:

«Acuérdate de tu Creador en tus días mozos [...], mientras no


vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios
que es quien lo dio» (Qo 12, 1).
2. La muerte es consecuencia del pecado. Intérprete auténtico de las
afirmaciones de la Sagrada Escritura (cf. Gn 2, 17; 3, 3; 3, 19; Sb 1, 13; Rm 5, 12; 6,
23) y de la Tradición, el Magisterio de la Iglesia enseña que la muerte entró en el
mundo a causa del pecado del hombre (cf. DS 1511).

Sagrada
Escritur Tradición
a Enseñan que la muerte entró en el mundo a causa
del pecado del hombre (cf. DS 1511).

Magisterio
3. La muerte fue transformada por
Cristo. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también la
muerte, propia de la condición humana. (cf. Mc 14, 33-
34; Hb 5, 7-8). La obediencia de Jesús transformó la
maldición de la muerte en bendición (cf. Rm 5,
19-21).
El sentido de la muerte
cristiana

Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. "Para mí,


la vida es Cristo y morir una ganancia" (Flp 1, 21). "Es cierta esta afirmación: si
hemos muerto con él, también viviremos con él" (2 Tm 2, 11).

Por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente


"muerto con Cristo", para vivir una vida nueva; y si morimos en
la gracia de Cristo, la muerte física consuma este "morir con
Cristo" y perfecciona así nuestra incorporación a El en su acto
redentor.
En la muerte, Dios llama al hombre hacia
sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la
muerte un deseo semejante al de san Pablo: "Deseo
partir y estar con Cristo" (Flp 1, 23); y puede
transformar su propia muerte en un acto de
obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de
Cristo (cf. Lc 23, 46)
La visión cristiana de la muerte (cf. 1 Ts 4, 13-14)
se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la
Iglesia:

«La vida de los que en ti creemos, Señor, no


termina, se transforma; y, al deshacerse
nuestra morada terrenal, adquirimos una
mansión eterna en el cielo. (Misal Romano,
Prefacio de difuntos).
La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre,
del TIEMPO DE GRACIA Y DE MISERICORDIA que Dios le
ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino
y para decidir su último destino.

Nota

Cuando ha tenido fin "el único curso de nuestra vida


terrena" (LG 48), ya no volveremos a otras vidas
terrenas. "Está establecido que los hombres mueran
una sola vez" (Hb 9, 27). No hay "reencarnación"
después de la muerte.
La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte
("De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor": Letanías de los santos), a pedir a la
Madre de Dios que interceda por nosotros "en la hora de nuestra muerte" (Avemaría), y a
confiarnos a san José, patrono de la buena muerte.
RECAPITULANDO

1. Por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la resurrección Dios


devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado reuniéndolo con
nuestra alma. Así como Cristo ha resucitado y vive para siempre, todos nosotros
resucitaremos en el último día.

2. Como consecuencia del pecado original, el hombre debe sufrir "la muerte
corporal, de la que el hombre se habría liberado, si no hubiera pecado" (GS 18).

3. Cristo por su muerte venció a la muerte, abriendo así a todos los hombres la
posibilidad de la salvación.
EL JUICIO

La muerte pone fin a la vida del hombre como


tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la
gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-
10).
El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del
encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura
reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de
cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe.

Veámoslo
La parábola del La palabra de
pobre Lázaro Cristo en la Cruz
(cf. Lc 16, 22) al buen ladrón
(cf. Lc 23, 43),

Así como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Co 5,8; Flp 1,
23; Hb 9, 27; 12, 23) hablan de un último destino del alma (cf. Mt 16,
26) que puede ser diferente para unos y para otros.
Tres Notas

1. Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su


retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a
Cristo, bien a través de una purificación (cf. Concilio de Lyon II: DS 856;
Concilio de Florencia: DS 1304; Concilio de Trento: DS 1820).

2. bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del


cielo (cf. Concilio de Lyon II: DS 857; Juan XXII: DS 991; Benedicto XII: DS 1000-
1001; Concilio de Florencia: DS 1305
3. bien para condenarse inmediatamente para siempre (cf.
Concilio de Lyon II: DS 858; Benedicto XII: DS 1002; Concilio de Florencia: DS
1306).

«A la tarde te examinarán en el amor»


(San Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 57).
VIDA ETERNA

Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados,


viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven
"tal cual es" (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4)
«Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición general de Dios, las almas de
todos los santos [...] y de todos los demás fieles muertos después de recibir el Bautismo de Cristo
en los que no había nada que purificar cuando murieron [...]; o en caso de que tuvieran o tengan
algo que purificar, una vez que estén purificadas después de la muerte [...] aun antes de la
reasunción de sus cuerpos y del juicio final, después de la Ascensión al cielo del Salvador,
Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el Reino de los cielos y paraíso
celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles. Y después de la muerte y pasión de
nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con una visión intuitiva y cara a cara, sin
mediación de ninguna criatura» (Benedicto XII: Const. Benedictus Deus: DS 1000; cf.
LG 49).
Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella,
con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo" . El
cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más
profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.
“Vivir en el cielo es "estar con Cristo" (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los
elegidos viven "en Él", aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera
identidad, su propio nombre (cf. Ap 2, 17):

«Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí


está la vida, allí está el reino»
(San Ambrosio, Expositio evangelii secundum Lucam 10,121).
Por su muerte y su Resurrección
Jesucristo nos ha "abierto" el cielo.
La vida de los bienaventurados consiste en
la plena posesión de los frutos de la
redención realizada por Cristo, quien asocia
a su glorificación celestial a aquellos que
han creído en Él y que han permanecido
fieles a su voluntad. El cielo es la
comunidad bienaventurada de
todos los que están perfectamente
incorporados a Él.
A causa de su transcendencia, Dios no puede ser visto
tal cual es más que cuando Él mismo abre su Misterio
a la contemplación inmediata del hombre y le da la
capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria
celestial es llamada por la Iglesia "la visión beatífica.
En la gloria del cielo, los bienaventurados
continúan cumpliendo con alegría la voluntad de
Dios con relación a los demás hombres y a la
creación entera. Ya reinan con Cristo; con Él "ellos
reinarán por los siglos de los siglos" (Ap 22, 5; cf. Mt 25, 21.23).
La purificación final o
purgatorio

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios,


pero imperfectamente purificados, aunque están
seguros de su eterna salvación, sufren después de su
muerte una purificación, a fin de obtener la santidad
necesaria para entrar en la alegría del cielo.
La Iglesia llama PURGATORIO a esta purificación final de los
elegidos que es completamente distinta del castigo de los
condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio
sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580).
La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por
ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador.
«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes
del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma
Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado
una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será
perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta
frase podemos entender que algunas faltas pueden ser
perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San
Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3).
Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la
que ya habla la Escritura: "Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio
expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado" (2
M 12, 46).

Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de


los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el
sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar
a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las
indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos.
«Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración.
Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio
de su padre (cf. Jb 1, 5), ¿por qué habríamos de dudar de que
nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? [...]
No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer
nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo, In epistulam I ad
Corinthios homilia 41, 5).
INFIERNO

Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos


con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente
contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos:
"Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a
su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene
vida eterna permanente en él" (1 Jn 3, 14-15).
Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él
si omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres
y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46).
Morir en pecado mortal sin estar
arrepentido ni acoger el amor
misericordioso de Dios, significa
permanecer separados de Él para
siempre por nuestra propia y libre
elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la
comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se
designa con la palabra "infierno".
“Jesús habla con frecuencia de la "gehenna" y del "fuego que nunca se
apaga" (cf. Mt 5,22.29; 13,42.50; Mc 9,43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida
rehúsan creer y convertirse , y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo
(cf. Mt 10, 28). Jesús anuncia en términos graves que "enviará a sus ángeles [...] que
recogerán a todos los autores de iniquidad, y los arrojarán al horno ardiendo" (Mt 13, 41-
42), y que pronunciará la condenación:" ¡Alejaos de mí malditos al fuego eterno!" (Mt 25,
41).
La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su
eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a
los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el
fuego eterno" (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; Credo del Pueblo de Dios, 12).

La pena principal del infierno consiste en la separación eterna


de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y
la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.
Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son
un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en
relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante
a la conversión.

"Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso


el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por
ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a
la Vida!; y pocos son los que la encuentran" (Mt 7, 13-14)
«Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el
consejo del Señor, estar continuamente en vela. Para que así,
terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra mereceremos entrar con
Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos manden ir, como siervos
malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde "habrá llanto y
rechinar de dientes"» (LG 48).
Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS
397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversión
voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el
final. En la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los
fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que "quiere que
nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión" (2 P 3, 9).
«Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de
toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de
la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos
(Plegaria eucarística I o Canon Romano, 88: Misal Romano)
Conclusiones

1. Al morir cada hombre recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio


particular por Cristo, juez de vivos y de muertos.

2. Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de


Cristo [...] constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida
totalmente el día de la Resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos" (
Credo del Pueblo de Dios, 28).
3. Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados,
aunque están seguros de su salvación eterna, sufren una purificación después de su
muerte, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios.

4. Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles de la "triste y


lamentable realidad de la muerte eterna" (DCG 69), llamada también "infierno".

5. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien


solamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las cuales ha sido creado y a
las cuales aspira.
6. La Iglesia ruega para que nadie se pierda: "Jamás permitas [...] Señor, que me separe de
ti" (Oración antes de la Comunión, 132: Misal Romano). Si bien es verdad que nadie puede
salvarse a sí mismo, también es cierto que "Dios quiere que todos los hombres se salven"
(1 Tm 2, 4) y que para Él "todo es posible" (Mt 19, 26).

7. La misma santa Iglesia romana cree y firmemente confiesa que [...] todos los hombres
comparecerán con sus cuerpos en el día del juicio ante el tribunal de Cristo, para dar
cuenta de sus propias acciones (DS 859; cf. DS 1549).
8. Al fin de los tiempos, el Reino de Dios llegará a su plenitud. Entonces, los
justos reinarán con Cristo para siempre, glorificados en cuerpo y alma, y el
mismo universo material será transformado. Dios será entonces "todo en todos"
(1 Co 15, 28), en la vida eterna.
Referencia Bibliográfica

Catecismo de la Iglesia Católica


Gracias

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