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Moral Social 1

El documento aborda la moral social cristiana, enfatizando la importancia de la caridad y la justicia social en la vida del creyente. Se destaca la figura de Jesús como modelo de amor y compromiso con los pobres, y se plantea que la construcción del Reino de Dios implica una respuesta activa ante las injusticias del mundo. La teología cristiana propone que la praxis moral debe priorizar a los más débiles, llamando a todos, creyentes y no creyentes, a participar en la edificación de la justicia social.

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Moral Social 1

El documento aborda la moral social cristiana, enfatizando la importancia de la caridad y la justicia social en la vida del creyente. Se destaca la figura de Jesús como modelo de amor y compromiso con los pobres, y se plantea que la construcción del Reino de Dios implica una respuesta activa ante las injusticias del mundo. La teología cristiana propone que la praxis moral debe priorizar a los más débiles, llamando a todos, creyentes y no creyentes, a participar en la edificación de la justicia social.

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Fundament

o de la
Moral Social
Cristiana

Lic. Roberto Sosa


“En orden a una vida
perfecta es necesario
que el hombre no solo
viva, sino que viva bien,
teniendo todo lo que le
basta para vivir. De este
modo le ayuda al hombre
la multitud civil, de la
que forma parte, y no
solo en cuanto a lo
corporal, sino también en
cuanto a lo moral”.
Tomás de Aquino.
•Abramos el Horizonte:

•1.- ¿Qué es el Pecado?

•2.- ¿Qué es el Pecado


Personal?

•3.- ¿Cuáles consideramos que


puedan ser los pecados
sociales de nuestro tiempo?
En las iglesias cristianas existe una gran diversidad de posturas a propósito del problema
de la justicia social, sin embargo se advierte que, en general, la caridad debe ser el
distintivo de todos los cristianos y el factor que permita a la humanidad constituir una
comunidad de hermanos que se extienda más allá de todas las barreras culturales.

En medio de la pluralidad propia del mundo moderno debería entenderse también que toda
persona, creyente o no, sólo puede encontrarse a sí misma en su entrega a los demás,
razón por la cual cada quien debe respetar y amar a su prójimo como a sí mismo. Esta
caridad se extiende más allá de los límites de la comunidad creyente y bajo la forma de
amor solidario supera todo individualismo que busque subordinar el bien común a los
intereses particulares.

En medio de esta universalidad, que no riñe con la pluralidad religiosa, los cristianos tienen
su principal referente moral en la práctica de Jesús de Nazaret. Por esta razón resulta
indispensable para el creyente conocer la predicación de Jesús, su praxis y la inspiración
que la animaba. Esto sólo es posible a través del estudio y la comprensión de la tradición
legada por la iglesia primitiva.
En la tradición sobre la predicación y la praxis de Jesús de Nazaret, el creyente es
conducido directamente al tema nuclear del Reino de Dios, un término ya conocido en el
pensamiento teológico judío, pero al que Jesús dio una nueva significación a partir de la
tradición profética.

Según esta tradición, «el Reino o Reinado de Dios es la presencia eficaz del amor divino
en medio de la historia humana que libera al hombre de su pecado, angustias y
opresiones». Para los profetas, la inminente afirmación histórica de la soberanía de Dios
siempre está próxima y reviste carácter reivindicativo para los oprimidos.

La inscripción de Jesús en esta corriente es corroborada por la estrecha relación que hay
entre su predicación sobre el Reino, su preocupación por la justicia y la constante
exigencia de conversión a los suyos.
A juicio de la comunidad
primitiva, la preocupación de
Jesús por la justicia era tal que
ameritó poner en su boca las
siguientes palabras del profeta
Isaías:

“El Espíritu del Señor está


sobre mí, porque me ha ungido
para anunciar a los pobres la
Buena Nueva, me ha enviado a
proclamar la liberación a los
cautivos y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los
oprimidos y proclamar un año
de gracia del Señor” (is. 61,1-2)
El testimonio de las primeras comunidades cristianas evidencia que la práctica
amorosa de Jesús no excluía a nadie y, sin embargo, daba al pobre un lugar
central. Por esta razón, se trata de una opción preferencial, «no exclusiva ni
excluyente», que guarda total armonía con el amor a todos y con la orientación
profética de favorecer de modo especial al desvalido.

En la predicación de Jesús el pobre aparece como el primer destinatario del mensaje de


salvación. Así lo evidencia el Sermón de la Montaña, que ocupa un lugar principal en el
anuncio del Reino de Dios y proporciona valiosas orientaciones para la construcción de la
justicia social.

Estas exigencias hechas por Jesús son las mismas que se han formulado en otros tiempos y
culturas con referencia a la justicia social. No obstante, la radicalidad de la respuesta pedida
al creyente constituye un nuevo horizonte desde el cual urge la construcción del Reino.
La invitación de Dios es actuante, pues
interviene históricamente en favor de la justicia
a la vez que la proclama. Así sucede en el
Sermón del Monte, pues la concreción
económica de la justicia social es proclamada
por Jesús con la seguridad que da la providencia
presente en él mismo.

El Sermón de la Montaña, y en general toda la


predicación sobre el Reino de Dios, es hecha por
Jesús y por la primera comunidad en un contexto
cultural concreto, pero el amor proclamado por
Jesús desborda toda barrera espacio-temporal.
«La moral evangélica no es un código inmutable
y sus traducciones concretas exigen una tarea
continua de discernimiento, a la luz de la razón
histórica y del horizonte del Reino de Dios.»

Jesús no señala un qué hacer particular sino


muestra cómo se debe hacer lo que pide la
moral humana a toda persona de buena
voluntad.
Al lado del Sermón del Monte, también
resulta útil fijarse en los dos momentos
de la respuesta que Jesús da al joven rico
que quiere seguirle: «Ya sabes los
mandamientos: No mates, no cometas
adulterio, no robes, no levantes falso
testimonio, no seas injusto, honra a tu
padre y a tu madre»... «Una cosa te
falta: anda, cuanto tienes véndelo y
dáselo a los pobres.»

Este episodio ilustra como Jesús no


añade nada a la moral establecida por
los hombres de su tiempo. Los
mandamientos son suficiente, pero el
creyente tiene una perspectiva diferente.
El creyente debe cumplir con los
mandamientos del amor de Dios con la
especial radicalidad y solicitud que viene
de sentirse amado con anterioridad.
Para la comunidad creyente, el Reino de Dios es este ámbito de libertad en que se
puede realizar toda persona y todo pueblo. «El seguimiento de Jesús no termina en la
relación con su persona, sino que, en última instancia es acoger y servir a la causa del
Padre en el mundo (el Reino de Dios).

El Sermón del Monte, por ejemplo, que no habla de qué debe hacer el hombre, sino de
«cómo es Dios y su actuación cuando interviene en la historia », nos indica que su Reino
está instaurado en la tierra y germinará a pesar de la injusticia presente en el mundo.

Frente a la moral humana general, lo peculiar de la moral cristiana no se encuentra en el


orden normativo, sino en el teológico. El carácter singular de la moral cristiana no
consiste en determinar qué normas se han de seguir, sino en mostrar por qué y cómo se
han de seguir: como respuesta de sentirse amado personalmente por Dios y con la
misma radicalidad que respondió Jesús.
Pero la reivindicación futura del orden
justo y la destrucción del pecado
también era un discurso propio de la
tradición apocalíptica, que tuvo gran
influencia en los tiempos de Jesús.
Desde esta perspectiva, la angustia y
la opresión del pueblo eran
indicadores del momento propicio en
que Yahveh había de entrar en la
historia como Dios liberador.

La esperanza religiosa se expresa en


términos del Reino de Dios en
momentos de especial sufrimiento y
desgracia colectiva. Es la afirmación
de Dios como promesa y utopía
comunitaria de liberación y justicia.
La esperanza en el Reino de Dios
parte de una singular conciencia de
opresión y de injusticia, pretende
expresamente denunciar poderes
históricos concretos, y vincula
inseparablemente la fe en la fidelidad
de Dios con su intervención justiciera
y liberadora.
Así, la urgencia de la salvación que trae el Reino se hace más relevante en situaciones
históricas de opresión e injusticia tales como las que rodearon la vida y la predicación de
Jesús.

Como los profetas, Jesús anunciaba el Reinado de Dios en una situación en que los males
azotaban al pueblo, pues la dominación romana, el desprestigio de las autoridades judías,
su descuido por los más débiles, la precaria economía judía y el factor helenizante como
amenaza de la cultura semita, eran factores que favorecían la esperanza en el Dios
reivindicador de la dignidad y la vida del pueblo.

Sin embargo, el anuncio de Jesús no se agota en el señalamiento de las injusticias y la


proclamación de la inminente intervención justa de Dios, sino abarca también la seguridad
del establecimiento escatológico del Reinado de Dios como acontecimiento definitivo para
el pueblo que ha de mantenerse en la fidelidad a Yahveh.
El anuncio del Reino de Dios por parte de Jesús no es sólo un llamado a la conversión,
como la predicación de Juan el Bautista, sino la evidencia de la presencia salvífica de
Dios mismo. Esta es la novedad que imprime Jesús en la presentación profética del
Reino.

La historia de Israel había sido interpretada por el pueblo como la historia de su


liberación, manifestada en la orientación y asistencia durante el éxodo, en el
establecimiento de la alianza y en la experiencia reivindicadora de la justicia
proclamada por los profetas. Por su parte, la comunidad cristiana que nacía en
Palestina y que se extendía hacia culturas no judías, vio en Jesús la plenitud de esa
revelación histórica y salvífica de Dios.

La interpretación que hicieron las primeras comunidades cristianas de la relación que


media entre la vida de Jesús como profeta, su mensaje, los signos de salvación que
operó, su destino trágico y la reivindicación de su persona y de su mensaje en la
resurrección, es una relación que hoy debe enmarcar también la comprensión del
problema de la justicia social.
Las exigencias morales hechas por Jesús no se basan en la posibilidad de un
acontecimiento futuro, sino en la seguridad que da saber que el Reino de Dios ya se ha
hecho presente con su dinámica de amor, de la cual nadie puede escapar. «El Reinado
de Dios no se basa en el cumplimiento de la Ley, sino que es la cercanía gratuita y
misericordiosa de Dios.»

El compromiso de todas las personas con la justicia es vista por el creyente como la
dimensión histórica del Reino, en cuya construcción debe participar si quiere asumir el
proyecto misericordioso del Dios que lo invita, pero debe tenerse en cuenta que toda
persona de buena voluntad está llamada a asumir tal proyecto.

La historia hoy sigue interpelando al creyente, quien corrobora que «Dios se da a


conocer no directamente en sí mismo, sino a través de una situación… Dios ‘es’ se
traduce por Dios ‘reina, actúa’... Que Dios ‘es’ significa que crea solidaridad, comunidad
entre los hombres».
Las profundas implicaciones morales que tiene esta acción histórica de Dios no sólo
atañen a la comunidad creyente, sino a toda la comunidad humana en la que se reúnen
creyentes y no creyentes. La dinámica del Reino de Dios, operada por Él mismo, introduce
a todo ser humano en una esfera de acción que involucra su vida en el plan de salvación,
objetivado en el establecimiento de la justicia social.

A quien hace la experiencia del amor y la misericordia de Dios, esta misma experiencia lo
convierte en un multiplicador de ese amor vivido filialmente. Reconocer en el otro a un
hermano es posible para el creyente, por haber descubierto que Dios es Padre. Sin
embargo, la experiencia del creyente coincide con la del no creyente en lo que se refiere al
compromiso universal por la justicia.

Se trata de un llamado histórico, que hoy se extiende a todas las personas mediante la
interpelación urgente que viene de las situaciones de angustia por las que atraviesa la
humanidad. La guerra, el hambre, la pobreza, la destrucción de la naturaleza, la violencia y
la deuda de los países pobres conforman un llamado frente al cual nadie puede
permanecer indiferente
Este panorama no puede dejar de interpelar a cada una de las personas, más allá de su
cultura, lengua y religión, pues pone en evidencia la imperiosa necesidad que tiene el
mundo de que todos, creyentes y no creyentes, se involucren en la edificación de aquello
que los cristianos denominan Reino de Dios.

La verificación de la injusticia en el mundo hace del establecimiento de la justicia social una


tarea que se impone como necesidad histórica a la que debe atenderse con toda urgencia.

La teología cristiana muestra que «la praxis moral es la praxis del reinado de Dios»; por esta
razón propone a la humanidad, como primer criterio para la construcción de la solidaridad, la
prioridad por los más débiles. En este sentido, la iglesia hoy en día es «portadora de un
mensaje de salvación que resuena con toda su novedad precisamente en las situaciones de
miseria y pobreza de la vida del hombre».
La urgencia con que los más desvalidos claman por la
justicia social, interpela hoy a toda la humanidad, pero de
modo especial a quienes han optado por la vida cristiana,
«cuyo criterio definitivo será el amor preferencial por el
pobre», esto es, la opción por las víctimas y los
empobrecidos.

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