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Desafíos y Discriminación de Adultos Mayores

El envejecimiento de la población plantea desafíos sociales y discriminación hacia los adultos mayores, quienes son frecuentemente considerados como 'objetos de cuidados' y excluidos del mercado laboral. En Argentina, la esperanza de vida ha aumentado, pero la cobertura previsional es insuficiente, especialmente para mujeres y sectores más pobres, lo que agrava la marginación. Las políticas públicas han sido insuficientes para abordar las necesidades de este grupo, y la institucionalización a menudo resulta en violaciones de derechos humanos.
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Desafíos y Discriminación de Adultos Mayores

El envejecimiento de la población plantea desafíos sociales y discriminación hacia los adultos mayores, quienes son frecuentemente considerados como 'objetos de cuidados' y excluidos del mercado laboral. En Argentina, la esperanza de vida ha aumentado, pero la cobertura previsional es insuficiente, especialmente para mujeres y sectores más pobres, lo que agrava la marginación. Las políticas públicas han sido insuficientes para abordar las necesidades de este grupo, y la institucionalización a menudo resulta en violaciones de derechos humanos.
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ADULTOS

MAYORES
Dinámicas poblacionales,
envejecimiento y discriminación
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3

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6 2
La prolongación de la vida humana, producto del
avance científico es uno de los logros del siglo XX, ella trae
aparejada, para la franja etaria de adultos mayores, el
surgimiento de nuevos desafíos y problemas sociales,
que conllevan en muchos casos situaciones de
discriminación.
Envejecer es un proceso dinámico, gradual, natural e inevitable,
en el que se dan cambios a nivel biológico, corporal,
psicológico y social, que transcurre en el tiempo y está
delimitado por éste.
No constituye una etapa rígida sino que es
una parte más del crecimiento del ser humano
como lo son la niñez, la adolescencia o la adultez.
En cada contexto histórico-social se construye
una imagen y un rol de las personas mayores,
valoradas de manera distinta.
El modo en que se elaboran los cambios biológicos,
psicológicos y sociales que trae aparejado el paso del tiempo es
producto de condicionantes socio-culturales previos.

Cuando se otorga un signo negativo a estas transformaciones


psico-sociales y corporales, se relega a las personas mayores a una
relación de subordinación y pasividad, descalificándolas como
sujetos de acción, negando su capacidad de autonomía y
participación social.
En la mayoría de los casos, se considera
a los adultos mayores como “objetos de cuidados”.
En nuestra sociedad, donde se
valora a los seres humanos por su
vinculación con la capacidad de
producir o de acumular riqueza
material, el paradigma a emular
resulta ser el de la juventud,
sana, fuerte y productiva.

En sentido inverso, se ha cargado de signos negativos a la ancianidad,


asociándola a la enfermedad, la incapacidad y la improductividad.
Sobre la base de esta valoración negativa estereotipada se han generado toda
clase de actitudes y prácticas discriminatorias, que van desde el aislamiento y
ofensas en el seno de la familia, la falta de respeto en la vía pública y el maltrato
en las instituciones hasta la ausencia de políticas públicas dirigidas a esta etapa
de la vida del ser humano
PIRÁMIDE
POBLACIONAL

2010
La población mayor de 65 años argentina ha
variado de un 7% (en 1950) a un 13,3% (en
2000).
El proceso de envejecimiento en la Ciudad de
Buenos Aires es el más acentuado de todo el
país: el porcentaje de personas
adultas mayores (17,2%) es superior al
porcentaje de jóvenes (16,9%).
A nivel nacional, la esperanza de vida al nacer
aumentó de 62,7 años en 1950-1955 (60,4
años para los varones y 65,1 para las mujeres)
a 71 años en 1985-1990 (67,6 años para los
varones y 74,6 para las mujeres). Esta
tendencia continúa acentuándose pero con
grandes diferencias según clases sociales.

ESTAS VARIACIONES EN LA DEMOGRAFÍA ¿QUE INTERROGANTES


NOS PLANTEAN A LOS/LAS/LES TRABADORES/AS SOCIALES?
Trabajo y jubilación
Durante la década del ’90, la precarización laboral y el desempleo tuvieron como resultado, en
Argentina, la expulsión de una enorme cantidad de personas mayores del mercado laboral:
muchos sin tener la edad suficiente para acogerse a la jubilación, otros no incluidos en sistemas
previsionales, al tiempo que los que accedieron al sistema jubilatorio encuentran que los ingresos
son mínimos y no alcanzan a cubrir las necesidades básicas.

La edad se ha convertido el principal elemento de discriminación para el acceso laboral de


las personas en nuestro país. En los avisos de solicitud de personal habitualmente se indican
topes de edad que excluyen a personas mayores de 35 años. Las diferencias, cada vez más
agudas, entre ricos y pobres se proyectan con más fuerza sobre las personas de la tercera edad
carentes de recursos, excluidas por la sociedad y sin políticas públicas adecuadas por parte del
gobierno nacional y los gobiernos provinciales, agudizando los niveles de marginación y
discriminación hacia los adultos mayores de los sectores más pobres.

En las regiones más pobres, rurales y con mayor población aborigen del país, son más
frecuentes los hogares multigeneracionales, es decir, aquellos donde los ancianos viven con
hijos y nietos. En las zonas urbanas, por el contrario, predominan hogares integrados
exclusivamente por adultos mayores. Asimismo, los adultos mayores de los pueblos indígenas
figuran entre las personas con menor cobertura previsional del país.
Entre los varones adultos mayores, un alto porcentaje vive en pareja (entre un 70% y un 85%), mientras
que sólo entre un 55% y un 60% de las mujeres se declaran casadas o unidas.
Esta diferencia obedece a una combinación de mayor viudez femenina, a la mayor expectativa de
vida de las mujeres y a que los hombres tienden a unirse de nuevo tras separarse o enviudar, si bien
son menos las mujeres que en la actualidad tienen jubilaciones propias.

Asimismo, las mujeres ancianas suelen tener menor grado de escolaridad, menor experiencia
financiera y menor acceso a la asesoría legal, lo que genera una situación de mayor vulnerabilidad de
las mujeres adultas mayores y una mayor feminización de la pobreza de este sector.

Los adultos mayores de los sectores más pobres, en particular las mujeres, son las personas más
expuestas a sufrir marginación y discriminación social y económica en nuestra sociedad.
El término “jubilación”, que proviene de la palabra júbilo, implica el ser merecedor de un
reconocimiento y una recompensa por largos años de trabajo. Sin embargo, en nuestro país al igual
que muchos otros, las jubilaciones, cuando las hay, son menores que los salarios y constriñen las
condiciones de vida. Los conceptos como “clase pasiva” o “retiro” ubican a las personas fuera del
mercado laboral, fuera de la producción
Estas nociones se hacen extensivas a todas las demás facetas de la vida y se despoja a las
personas mayores de todo potencial activo y creativo en la vida sexual, afectiva y en todo otro
ámbito sea familiar, social, laboral, profesional, político, etc.

En Argentina, el porcentaje de población de zonas urbanas de más de 65 años que recibía ingresos
en concepto de jubilaciones y pensiones era de 77% en 1997. Sin embargo, la extensión de los
beneficiarios de ingresos por jubilaciones y pensiones no puede ocultar que los montos son exi-
guos y que, en general, no alcanzan a cubrir las necesidades básicas.

Aun así, los porcentajes de personas con cobertura del sistema previsional en áreas rurales y fuera
de grandes ciudades son notablemente menores. Según SIEMPRO actualmente hay alrededor de
500.000 personas de 70 y más años sin cobertura previsional en los 28 aglomerados urbanos cu-
biertos por EPH (sin incluir los aglomerados incorporados en la última onda). Las provincias con
menor cobertura previsional de los mayores de 70 años son Corrientes (34,9%), Misiones (31,6%),
Jujuy (31,3%), Ciudad de Buenos Aires (26,8%)99.
Esta situación se agrava si se amplía la edad a los 65 años. Otros relevamientos señalan que para
1999 había un total de 1.700.000 personas sin jubilación ni pensión.
La cuestión de género cobra especial relevancia a la hora de analizar el sector sin cobertura
previsional puesto que 7 de cada 10 adultos de 70 años y más son mujeres.
Ello se comprende en la medida en que las mismas ingresaron tradicionalmente al mercado
de trabajo en peores condiciones que sus pares masculinos y en tanto que el servicio
doméstico, en el que la casi totalidad son mujeres, es altamente elástico y no cuenta
prácticamente con sistema previsional
Pensiones y Programas Sociales

Estos datos configuran un panorama de grave marginación y discriminación hacia los adultos mayores
que tienen alguna cobertura previsional.

Más graves aún son aquellas situaciones en que los adultos mayores no tienen ningún tipo de
cobertura. En particular, para los casos de ex-trabajadores golondrinas, indígenas, migrantes
limítrofes, etc.

Otras formas de seguridad social para las personas que no están incluidas en el régimen previsional
son las pensiones a los mayores de 70 años otorgadas por el Programa Nacional de Pensiones no
Contributivas, que
funciona bajo la órbita administrativa de la Secretaría de Desarrollo Social del Ministerio de Desarrollo
Social. Para ser acreedoras de una pensión, las personas no deben tener ningún otro ingreso, ni
familiares que los sostengan. Si bien estas pensiones han crecido sensiblemente en los últimos años,
aumentando en un 43%, hemos recibido numerosas denuncias respecto al frecuente manejo clientelar
de este beneficio por parte de fun-
cionarios y dirigentes políticos, a la vez que su cobertura aún no cubre el total de las necesidades.
Durante los años ’80, surgieron programas alimentarios como políticas sociales,
siendo el Programa Alimentario Nacional (PAN) el primer antecedente. Sin embargo,
estos programas no incluyeron a los adultos mayores y sus necesidades particulares
como beneficiarios directos. Sólo en los ‘90 comenzaron a ser incluidos en el
diseño de programas especiales, dato que confirma la poca visibilización de los
adultos mayores en las políticas públicas.

En 1993, se lanza el programa de Apoyo Solidario a los Mayores (ASOMA), cuya


prestación básica consiste en “bolsones o cajas de alimentos”,focalizado en la
población carenciada. Asimismo, se comienza a prestar apoyo a comedores a los que
asisten personas mayores.
La característica de este programa está dada por su importante articulación con
instituciones intermedias de la sociedad civil que actúan como enlace: en este caso,
centros de jubilados (2.634 centros). Aun así, los planes alimentarios y subsidios
especiales del Ministerio de Desarrollo Social no alcanzan a cubrir a todos los
adultos mayores que los necesitan.
Institucionalización y geriátricos
Desde el punto de vista de la sociedad, la valoración negativa de los adultos mayores lleva a la
exclusión afectiva dentro del seno hogareño, considerándolos como una “carga”. Esta situación se
agudiza con la crisis y las dificultades económicas que atraviesan muchas familias, aun cuando en
muchos hogares las jubilaciones o las pensiones de los mayores son un porcentaje importante
del ingreso familiar.

En un número creciente de casos los ancianos son excluidos de las casas e “internados” en
instituciones geriátricas. La institucionalización de los ancianos –tanto privada como pública– presenta
una serie de problemas, algunos de los cuales pueden ser considerados en el ámbito de la vio-
lación de derechos humanos. La calidad de la atención en estas instituciones varía sensiblemente
según el costo de las mismas y la responsabilidad profesional de quienes las operan.
La violación de derechos humanos reside en la falta de controles efectivos sobre el
funcionamiento de los geriátricos en todo el territorio nacional, no sólo en lo que respecta a
infraestructura y personal sino también en lo referido al tipo de atención brindada y la concepción
con que se orienta el trabajo con los ancianos. Muchos geriátricos sólo se dedican a “mantener” al
anciano sin proporcionarle afecto o actividades de entretenimiento o aprendizaje: “Se los mata en
vida. (...) Así el viejo se transforma en un marginado social, una suerte de chico de la calle” .
Según la apreciación de uno de nuestros técnicos entrevistados, “la tercera edad es un gran
mercado cautivo de medicamentos sedantes, un negocio más”
Educación

Desde las políticas públicas y desde las


instituciones que “cuidan” ancianos, se
desconoce que el adulto mayor tiene
todavía capacidad de aprender.

No existe una política educativa para la


tercera edad y por supuesto tampoco está
estimulado privadamente. Casi no existen
instituciones u ONGs que trabajen con
ancianos, con la excepción de algunas
iglesias.
Aun cuando muchos de los Centros de Jubilados han probado ser espacios importantes de
articipación y recreación, reciben muy poco o insuficiente apoyo oficial.
Considerando a la ancianidad una edad “inútil” y descartándolos, “tampoco se aprovecha la
capacidad educativa de los mayores. No está ni siquiera explorada, salvo casos aislados, la
posibilidad de utilizar a adultos mayores para educar a los niños y los jóvenes”
Algunas experiencias interesantes, en lugar de ser tomadas en cuenta para ser replicadas en otros
lugares del país, son coartadas y discontinuadas por la incomprensión de las instituciones
Edad y paradigmas
estéticos

En la medida que el paradigma


social y estético corporal es la
juventud, toda marca corporal
producto del paso del tiempo es
valorada negativamente.
El mercado es, en nuestro país,
particularmente eficiente a la hora
de explotar estos estereotipos,
promoviendo toda índole de cirugía
estética y productos milagrosos
para alcanzar “la eterna juventud”,
sin la cual las personas están
condenadas a ser relegadas.
Este tipo de discriminación es
parti-
cularmente agudo en los ámbitos
de la industria televisiva.-

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