El Control Social como objeto
de la Criminología
1. Concepto – El Paradigma del Control
Los sociólogos definen el Control Social como una extensión del proceso desocialización, mediante el cual una
persona aprende y se conduce conforme loque se considerada “adecuado” para su sistema social Como lo anota
Joseph Fichter, para actuar “....hace presión sobre las personas para que se conformen con las pautas, papeles,
relaciones e instituciones que son considerados de alto valor en la cultura.” Su acción,-y esto es oportuno
recalcar- no se restringe al concepto estatal únicamente
“La sociedad contemporánea conoce y teme el poder dominante del Estado sobre los individuos. Sin embargo, las
exigencias de la institución política en la mayoría de las sociedades son de hecho indirectas e impersonales.
Mucho más poderosa es la influencia de otros grupos, y es un axioma que los pequeños grupos primarios ejercen
sobre el comportamiento individual mayor y más directo control que las grandes asociaciones secundarias”.
En ese sentido, el control social no tiene un solo nivel de acción, en función pluralidad- individuo. Existe un control
inverso; el jefe ejerce su influencia sobre el grupo para que se allane a los valores que fomenta o representa.
Existe también la presión de grupos sobre la totalidad de la sociedad, como es el caso de algunas minorías
políticas o los llamados “grupos de presión económica”.
La distinción básica entre los tipos de control social es la siguiente:
1) Controles Formales: Los que el sistema elabora cuidadosamente, son promulgados solemnemente y son de
carácter obligatorio para todo aquél que se encuentre de algún modo subordinado a la autoridad que establece la
norma. De tal tipo son las Leyes, decretos reglamentos, etc.
2) Controles informales : Son de tipo más sutil y se usan para imponer un comportamiento acorde con las
prescripciones del sistema social. En tal área de acción, podemos encontrar otros tipos de control:
2.1.) -Control de grupo, que es ejercido por la totalidad sobre sus integrantes para mantener su cohesión
interna. Tiene varios niveles: el familiar y educativo, el económico y político, el recreativo y religioso.
2.2.) Control Institucional, que es el que ejerce el grupo sobre la totalidad social, repitiendo comportamientos
establecidos y desarrollando en otros la progresiva aceptación a tales comportamientos
Se requiere que las reglas consideradas básicas o fundamentales, sean internalizadas por todos los miembros. Esto
se logra mediante mecanismos de carácter formal, como son las órdenes o mandatos emanados del Estado o de
la autoridad (Leyes, decretos) o mediante mecanismos indirectos o informales, como el proceso educativo, la
publicidad y la propaganda
Como podemos apreciar, el control social de carácter informal cumple un rol trascendental para
establecer los motivos o intereses que llevan al poder político a crear la imagen de la criminalidad.
La instancia familiar produce esquemas de comportamiento en el individuo;
los miembros de la familia reciben roles sociales que se espera sean cumplidos a cabalidad.
El proceso educativo en sus primeros años está generalmente construido en base a conceptos como
“obediencia” y “disciplina”, defendiendo el modelo social preeminente a través de su estructura.
Los medios de comunicación, por su parte, imponen modelos de comportamiento por medio de la
publicidad.
En tal sentido, es válida la conclusión de Villavicencio Terreros:
“Las sanciones penales son sólo un medio de control social, y probablemente, ni
siquiera el más importante.”
La moderna Criminología se preocupa, también, del control social del delito, sin duda por
su orientación cada vez más sociológica y dinámica.
Pudiera pensarse que ello significa tan solo una ampliación de su objeto, en comparación
con los centros de interés de la Criminología tradicional, volcada en torno a la persona del
delincuente.
Sin embargo, esta apertura a la teoría del control social representa todo un giro
metodológico de gran importancia al que no ha sido ajeno el «labeling approach» o teoría
del etiquetamiento y de la reacción social por la relevancia que los partidarios de estas
modernas concepciones sociológicas asignan a ciertos procesos y mecanismos del
llamado control social en la configuración de la criminalidad
En este sentido, asistimos probablemente más que a un enriquecimiento del objeto de la Criminología a
un nuevo modelo o paradigma de ésta (el paradigma de control), dotado, por cierto, de una considerable
carga ideológica.
En efecto, se debe tener en cuenta que la Criminología positivista, polarizada en torno a la persona del
infractor, no prestó apenas atención a los problemas del control social. Parte de una visión consensual y
armónica del orden social que las leyes positivas - expresión de tal consenso- se limitarían a reflejar.
Los teóricos de la Criminología «positivista» no cuestionan las definiciones legales ni el cuadro normativo
al que éstas responden, porque admiten que encarnan los intereses generales. Tampoco someten a
crítica el concreto funcionamiento del sistema, el proceso de aplicación de tales definiciones normativas a
la realidad.
Piensan, antes bien, que las leyes sólo plantean un problema de interpretación reservado al Juez, de
subsunción del caso concreto al presupuesto fáctico de la norma; pero el dogma de igualdad ante la ley
priva de carácter conflictivo y problemático a dicho proceso de aplicación de los mandatos legales
El denunciante, la policía, el proceso penal, etc., se conciben como meras correas de transmisión que
aplican fielmente, con objetividad, la voluntad de la Ley, de acuerdo con los intereses generales a que
ésta sirve. La población reclusa, en consecuencia, ofrece una muestra fiable y representativa de la
población criminal (real), ya que los agentes del control social (policía, proceso, etc.) se rigen por el
criterio objetivo del merecimiento (el hecho cometido) y se limitan a «detectar» al infractor cualquiera
que sea éste.
Para el «labeling approach», por el contrario, el comportamiento del control social ocupa un lugar
destacado Porque la criminalidad, según sus teóricos, no tiene naturaleza «ontológica» sino
«definitorial», y lo decisivo es cómo operan determinados mecanismos sociales que atribuyen el
estatus criminal: la calificación jurídico penal de la conducta realizada o los merecimientos objetivos
del autor pasan a un segundo plano.
Más importante que la interpretación de las leyes es analizar el proceso de concreción de
las mismas a la realidad social; proceso tenso, conflictivo y problemático.
El control social, por ello, no se limita a detectar la criminalidad y a identificar al infractor, sino que crea
o configura la criminalidad: realiza una función «constitutiva». De suerte que ni la ley es expresión de
los intereses generales, ni el proceso de aplicación de ésta a la realidad hace bueno el dogma de la
igualdad de los ciudadanos
Los agentes del control social formal no son meras correas de transmisión de la voluntad general, sino
filtros al servicio de una sociedad desigual que, a través de los mismos, perpetúa sus estructuras de
dominación y potencia las injusticias que la caracterizan. En consecuencia, la población penitenciaria,
subproducto final del funcionamiento discriminatorio del sistema legal, no puede estimarse
representativa de la población criminal real –ni cualitativa ni cuantitativamente- como tampoco lo son
las estadísticas oficiales.
2. El control social y sus instancias
Toda sociedad o grupo social necesita de una disciplina que asegure la coherencia interna de sus
miembros, por lo que se ve obligada a desplegar una rica gama de mecanismos que aseguren la
conformidad de éstos con sus normas y pautas de conductas.
Por control social se entiende el conjunto de instituciones, estrategias y sanciones sociales que
pretenden promover y garantizar dicho sometimiento del individuo a los modelos y normas comunitarias.
Para obtener la conformidad o adaptación del individuo a sus postulados normativos (disciplina social) se
sirve la comunidad de dos clases de instancias o portadores del control social: instancias formales e
instancias informales
Agentes informales del control social son: la familia, la escuela, la profesión, la opinión pública, etc.
Agentes Formales son: la policía, la justicia, la administración penitenciaria.
3.-Evolución y tendencias del control social penal
Partiendo de una noción estricta de «control social», de la distinción entre control social «formal» e
«informal», y de la historicidad, fungibilidad y relativa intercambiabilidad de las diversas estrategias y
métodos de actuación. de sus instancias cabe señalar algunas tendencias claras en la evolución del
control social, al menos ciertas fases o momentos de la misma, como viene a ser :
1) Cabría hablar, ante todo, de un proceso histórico de racionalización del control social formal,
especialmente del 'penal', que es su modalidad más agresiva.
Dicha dinámica conduce no a la utópica desaparición del mismo, sino a la evaluación empírica y
realista de sus efectos, de su impacto, con el objeto de asumir la necesidad de su intervención, pero
circunscribiendo ésta a los conflictos más graves que la reclamen, tanto por razones de prevención
general como estrictamente garantistas La idea de la subsidiariedad, o el postulado de la
intervención mínima del Derecho Penal. expresan fielmente esta tendencia.
2) Pero el citado proceso de racionalización del Derecho Penal afecta no sólo a los presupuestos de la
intervención de éste, sino a su propio contenido, porque no se trata exclusivamente de delimitar y restringir al
máximo las condiciones y requisitos del «ius puniendi» sino de controlar su ejercicio: el contenido, extensión y
formas concretas de la reacción penal. Decisivo es no sólo cuándo (bajo qué presupuestos) puede intervenir el
Derecho Penal sino cómo ha de hacerlo entonces.
En consecuencia, el retroceso parcial y controlado del Derecho Penal, de una parte, no significa renuncia alguna
al marco de garantías que aquel simboliza; de otra, afecta a su contenido, extensión y condiciones de ejercicio
3') Por último, en conflictos específicos y de escasa relevancia social (domésticos o protagonizados por
infractores jóvenes y menores) se observa una clara tendencia a sustituir la intervención del sistema legal
y sus instancias oficiales por otros mecanismos informales, no
institucionalizados, que operen con mayor agilidad y carezcan de
efectos estigmatizantes; o a mitigar, al menos, el rigor desproporcionado
de éstos con fórmulas de enjuiciamiento flexibles en el seno del propio
sistema legal.
Ahora bien, la sustitución del control social formal tiene sólo un alcance muy limitado, de hecho es parcial y
fragmentaria, puesto que hoy por hoy no disponemos de alternativas globales válidas que puedan asumir
institucionalmente las funciones del Derecho Penal. Pugnaría con la experiencia criminológica -y con el
realismo político criminal- sugerir o esperar la intervención de mecanismos informales, no institucionalizados,
en toda suerte de conflictos, de modo automático e indiscriminado.
El control social 'formal' tiene, desde luego, aspectos negativos, pero asegura, al menos, una respuesta
racional, igualitaria, previsible y controlable, lo que no sucede siempre con los controles informales o no
institucionalizados. Y sobre todo: el control social formal es fiel a una filosofía 'garantista' irrenunciable.
Sustituir el viejo Derecho Penal por otros controles sociales supuestamente menos represivos y
estigmatizadores renunciando al marco de garantías que aquel preserva no significaría progreso alguno. Sería
tanto como «ahuyentar al diablo con Belcebú» (Expresión de HASSEMER, W., Fundamentos del Derecho
Penal, cit., pág. 400)
COHEN, St., Visiones de control social, cit., pág. 35, quien señala que los cambios «se suceden en una
dirección diametralmente opuesta a las justificaciones que se alegan para realizarlos». También BERGALLI, R., subraya, como
paradójico, propugnar una intervención mínima del Derecho Penal, cuando
la realidad legislativa demuestra la existencia de una poderosa «inflación» punitiva (Control social punitivo,
cit., pág. 5).
El diagnóstico de COHEN, que se reproduce en la tabla anexa, es significativo al respecto
Cabe observar, por otra parte, que, aún cuando ciertas tendencias parezcan aún tímidas y poco firmes, (así, la
irrupción de nuevas modalidades trilaterales del control social informal, de mecanismos y sistemas
desinstitucionalizados, desformalizados, desjudicializados, etc.), no cabe duda que poco a poco se abre paso un
nuevo lenguaje sobre el delito y el castigo, orientado a la Psicología, el Trabajo Social y la Sociología.
El problema, sin duda, es complejo. La experiencia diaria demuestra que si se crean nuevas plazas e inauguran
modernos centros, se ocupan inexorablemente
éstos y los antiguos594. Quizás los «procesos de atrición» en nuestro país han sido y son tan acusados (es decir,
tal es el progresivo distanciamiento de los valores oficiales de la criminalidad que arrojan las sucesivas instancias
del sistema legal respecto de los
valores reales) que el descenso de los índices de delincuencia no justifica, sin más, la correlativa disminución de
la intensidad del control social en la misma proporción. En todo caso, la creciente y progresiva expansión del
Derecho Penal en nuestra sociedad postindustrial, sociedad de la información y de los mas media que demanda
más y más seguridad y la creciente intensidad del control sociedad, no siempre racional ni justificada, tiene
mucho que ver con los presupuestos ideológicos y demandas de la sociedad postindustrial, sociedad que
sobrevalora la seguridad y cuyos requerimientos represivos azuzan los más media potenciando el miedo al delito.