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El Credo

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AÑO DE LA

MISERICORDIA

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA


EL CREDO
LA VIDA CRISTIANA HA DE INICIAR

En el conocimiento de la fe

En la celebración de la fe

En la vida cristiana

En la oración y presencia de Dios


LA VIDA CRISTIANA
SE FUNDAMENTA EN CUATRO PILARES

Credo,

Sacramentos,

Mandamientos y

Padrenuestro (ORACION)
CREDO
PRIMERA PARTE
LA PROFESIÓN DE LA FE
Capítulo primero
El hombre es «capaz» de Dios
I. EL DESEO DE DIOS
Dios mismo, al crear al hombre a su propia imagen, inscribió en el corazón de éste el
deseo de verlo. Aunque el hombre a menudo ignore tal deseo, Dios no cesa de atraerlo
hacia sí, para que viva y encuentre en Él aquella plenitud de verdad y felicidad a la que
aspira sin descanso. En consecuencia, el hombre, por naturaleza y vocación, es un ser
esencialmente religioso, capaz de entrar en comunión con Dios. Esta íntima y vital
relación con Dios otorga al hombre su dignidad fundamental.

II LAS VIAS DE ACCESO AL CONOCIMIENTO DE DIOS


Para conocer a Dios con la sola luz de la razón, el hombre encuentra muchas
dificultades. Además no puede entrar por sí mismo en la intimidad del misterio divino.
Por ello, Dios ha querido iluminarlo con su Revelación, no sólo acerca de las verdades
que superan la comprensión humana, sino también sobre verdades religiosas y
morales, que, aun siendo de por sí accesibles a la razón, de esta manera pueden ser
conocidas por todos sin dificultad, con firme certeza y sin mezcla de error.
LAS VIAS SON EL MUNDO Y EL HOMBRE
III ¿COMO HABLAR DE DIOS?
Se puede hablar de Dios a todos y con todos, partiendo de las perfecciones del hombre y
las demás criaturas, las cuales son un reflejo, si bien limitado, de la infinita perfección de
Dios. Sin embargo, es necesario purificar continuamente nuestro lenguaje de todo lo que
tiene de fantasioso e imperfecto, sabiendo bien que nunca podrá expresar plenamente el
infinito misterio de Dios.

Capítulo segundo
Dios viene al encuentro del hombre
I La Revelación de Dios

Dios, en su bondad y sabiduría, se revela al hombre. Por medio de


acontecimientos y palabras, se revela a sí mismo y el designio de
benevolencia que él mismo ha preestablecido desde la eternidad en
Cristo en favor de los hombres. Este designio consiste en hacer
partícipes de la vida divina a todos los hombres, mediante la gracia del
Espíritu Santo, para hacer de ellos hijos adoptivos en su Hijo
Unigénito.
II LAS ETAPAS DE LA REVELACION

Desde el principio, Dios se manifiesta a Adán y Eva, nuestros primeros padres, y les invita a
una íntima comunión con Él. Después de la caída, Dios no interrumpe su revelación, y les
promete la salvación para toda su descendencia. Después del diluvio, establece con Noé una
alianza que abraza a todos los seres vivientes. Dios escogió a Abram llamándolo a abandonar
su tierra para hacer de él «el padre de una multitud de naciones» (Gn 17, 5), y prometiéndole
bendecir en él a «todas las naciones de la tierra» (Gn 12,3). Los descendientes de Abraham
serán los depositarios de las promesas divinas hechas a los patriarcas. Dios forma a Israel
como su pueblo elegido, salvándolo de la esclavitud de Egipto, establece con él la Alianza
del Sinaí, y le da su Ley por medio de Moisés. Los Profetas anuncian una radical redención
del pueblo y una salvación que abrazará a todas las naciones en una Alianza nueva y eterna.
Del pueblo de Israel, de la estirpe del rey David, nacerá el Mesías: Jesús.
III CRISTO JESUS-"MEDIADOR Y PLENITUD DE TODA LA REVELACION" (DV 2)
La plena y definitiva etapa de la Revelación de Dios es la que Él mismo llevó a cabo en su
Verbo encarnado, Jesucristo, mediador y plenitud de la Revelación. En cuanto Hijo Unigénito
de Dios hecho hombre, Él es la Palabra perfecta y definitiva del Padre. Con la venida del Hijo
y el don del Espíritu, la Revelación ya se ha cumplido plenamente, aunque la fe de la Iglesia
deberá comprender gradualmente todo su alcance a lo largo de los siglos.
«Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo
nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar» (San Juan de
Artículo 2 LA TRANSMISION DE LA REVELACION DIVINA
Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad»
(1 Tim2, 4), es decir, de Jesucristo. Es preciso, pues, que Cristo sea anunciado a todos
los hombres, según su propio mandato: «Id y haced discípulos de todos los pueblos»
(Mt 28, 19). Esto se lleva a cabo mediante la Tradición Apostólica.
I LA TRADICION APOSTOLICA

La Tradición Apostólica es la transmisión del mensaje de Cristo llevada a cabo, desde


los comienzos del cristianismo, por la predicación, el testimonio, las instituciones, el
culto y los escritos inspirados. Los Apóstoles transmitieron a sus sucesores, los obispos
y, a través de éstos, a todas las generaciones hasta el fin de los tiempos todo lo que
habían recibido de Cristo y aprendido del Espíritu Santo. La Tradición Apostólica se realiza
de dos modos: con la transmisión viva de la Palabra de Dios (también llamada simplemente
Tradición) y con la Sagrada Escritura, que es el mismo anuncio de la salvación puesto por
escrito.

II LA RELACION ENTRE LA TRADICION Y LA SAGRADA ESCRITURA

La Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas entre sí. En


efecto, ambas hacen presente y fecundo en la Iglesia el Misterio de Cristo, y surgen de la
misma fuente divina: constituyen un solo sagrado depósito de la fe, del cual la Iglesia saca
su propia certeza sobre todas las cosas reveladas.
III LA INTERPRETACION DEL DEPÓSITO DE LA FE

El depósito de la fe ha sido confiado por los Apóstoles a toda la Iglesia.


La interpretación auténtica del depósito de la fe corresponde sólo al Magisterio
vivo de la Iglesia, es decir, al Sucesor de Pedro, el Obispo de Roma, y a los
obispos en comunión con él.
Escritura, Tradición y Magisterio están tan estrechamente unidos entre sí, que
ninguno de ellos existe sin los otros. Juntos, bajo la acción del Espíritu Santo,
contribuyen eficazmente, cada uno a su modo, a la salvación de los hombres.
Artículo 3: LA SAGRADA ESCRITURA
Decimos que la Sagrada Escritura enseña la verdad porque Dios mismo es su autor:
por eso afirmamos que está inspirada y enseña sin error las verdades necesarias para
nuestra salvación. El Espíritu Santo ha inspirado, en efecto, a los autores humanos de
la Sagrada Escritura, los cuales han escrito lo que el Espíritu ha querido enseñarnos.
La fe cristiana, sin embargo, no es una «religión del libro», sino de la Palabra de Dios,
que no es «una palabra escrita y muda, sino el Verbo encarnado y vivo» (San Bernardo
de Claraval).
EL CANON DE LAS ESCRITURAS
El canon de las Escrituras es el elenco completo de todos los escritos que la Tradición
Apostólica ha hecho discernir a la Iglesia como sagrados. Tal canon comprende
cuarenta y seis escritos del Antiguo Testamento y veintisiete del Nuevo.
¿Qué unidad existe entre el Antiguo y el Nuevo Testamento?
La Escritura es una porque es única la Palabra de Dios, único el proyecto salvífico de
Dios y única la inspiración divina de ambos Testamentos. El Antiguo Testamento
prepara el Nuevo, mientras que éste da cumplimiento al Antiguo: ambos se iluminan
recíprocamente.
CAPÍTULO TERCERO
LA RESPUESTA DEL HOMBRE A DIOS

CREO
El hombre, sostenido por la gracia divina,
responde a la Revelación de Dios con la
obediencia de la fe, que consiste en fiarse
plenamente de Dios y acoger su Verdad, en
cuanto garantizada por Él, que es la Verdad
misma.
I LA OBEDIENCIA DE LA FE
Son muchos los modelos de obediencia en la fe en la Sagrada Escritura, pero destacan
dos particularmente: Abraham, que, sometido a prueba, «tuvo fe en Dios» (Rm 4, 3) y
siempre obedeció a su llamada; por esto se convirtió en «padre de todos los creyentes»
(Rm 4, 11.18). Y la Virgen María, quien ha realizado del modo más perfecto, durante
toda su vida, la obediencia en la fe: hágase en mi según tu palabra» (Lc1, 38).
II "YO SE EN QUIEN TENGO PUESTA MI FE" (2 Tim 1,12)
Creer en Dios significa para el hombre adherirse a Dios mismo, confiando plenamente
en Él y dando pleno asentimiento a todas las verdades por Él reveladas, porque Dios es
la Verdad. Significa creer en un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

III LAS CARACTERISTICAS DE LA FE

La fe, don gratuito de Dios, accesible a cuantos la piden humildemente, es la virtud


sobrenatural necesaria para salvarse.
El acto de fe es un acto humano, es decir un acto de la inteligencia del hombre, el cual,
bajo el impulso de la voluntad movida por Dios, asiente libremente a la verdad divina.
Además, la fe es cierta porque se fundamenta sobre la Palabra de Dios; «actúa por medio
de la caridad» (Ga 5,6); y está en continuo crecimiento, gracias, particularmente, a la
escucha de la Palabra de Dios y a la oración. Ella nos hace pregustar desde ahora el gozo
del cielo.
Artículo 2 CREEMOS
La fe es un acto personal en cuanto es respuesta libre del hombre a Dios que se revela. Pero,
al mismo tiempo, es un acto eclesial, que se manifiesta en la expresión «creemos», porque,
efectivamente, es la Iglesia quien cree, de tal modo que Ella, con la gracia del Espíritu Santo,
precede, engendra y alimenta la fe de cada uno: por esto la Iglesia es Madre y Maestra.
la fe de la Iglesia es una sola?
La Iglesia, aunque formada por personas diversas por razón de lengua, cultura y ritos, profesa
con voz unánime la única fe, recibida de un solo Señor y transmitida por la única Tradición
Apostólica. Profesa un solo Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo– e indica un solo camino de
salvación. Por tanto, creemos, con un solo corazón y una sola alma, todo aquello que se
contiene en la Palabra de Dios escrita o transmitida y es propuesto por la Iglesia para ser
creído como divinamente revelado.
SEGUNDA SECCION
LA PROFESION DE LA FE
CRISTIANA
LOS SIMBOLOS DE LA FE
Quien dice "Yo creo", dice "Yo me adhiero a lo que nosotros creemos". La
comunión en la fe necesita un lenguaje común de la fe, normativo para todos y
que nos una en la misma confesión de fe.

Los símbolos de la fe, también llamados «profesiones de fe» o «Credos», son fórmulas
articuladas con las que la Iglesia, desde sus orígenes, ha expresado sintéticamente la
propia fe, y la ha transmitido con un lenguaje común y normativo para todos los fieles.
Los símbolos de la fe más antiguos son los bautismales. Puesto que el Bautismo se
administra «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19), las
verdades de fe allí profesadas son articuladas según su referencia a las tres Personas de
la Santísima Trinidad.
Los símbolos de la fe más importantes son: el Símbolo de los Apóstoles, que es el
antiguo símbolo bautismal de la Iglesia de Roma, y el Símbolo niceno-
constantinopolitano, que es fruto de los dos primeros Concilios Ecuménicos de Nicea
(325) y de Constantinopla (381), y que sigue siendo aún hoy el símbolo común a todas
las grandes Iglesias de Oriente y Occidente.
CAPITULO PRIMERO

CREO EN DIOS PADRE


Artículo 1: "CREO EN DIOS, PADRE TODOPODEROSO, CREADOR DEL
CIELO Y DE LA TIERRA"
La profesión de fe comienza con la afirmación «Creo en Dios» porque es la más
importante: la fuente de todas las demás verdades sobre el hombre y sobre el mundo y
de toda la vida del que cree en Dios.
I "CREO EN UN SOLO DIOS"
Profesamos un solo Dios porque Él se ha revelado al pueblo de Israel como el Único,
cuando dice: «escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el Único Señor» (Dt 6, 4), «no
existe ningún otro» (Is 45, 22). Jesús mismo lo ha confirmado: Dios «es el único Señor»
(Mc 12, 29). Profesar que Jesús y el Espíritu Santo son también Dios y Señor no introduce
división alguna en el Dios Único.
II DIOS REVELA SU NOMBRE
Dios se revela a Moisés como el Dios vivo: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de
Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob» (Ex 3, 6). Al mismo Moisés Dios le revela
su Nombre misterioso: «Yo soy el que soy (YHWH)» (Ex 3, 14). El nombre inefable de
Dios, ya en los tiempos del Antiguo Testamento, fue sustituido por la palabra Señor. De
este modo en el Nuevo Testamento, Jesús, llamado el Señor, aparece como verdadero
Dios.
III DIOS, "EL QUE ES", ES VERDAD Y AMOR
Dios es la Verdad misma y como tal ni se engaña ni puede engañar. «Dios es luz, en Él no
hay tiniebla alguna» (1 Jn 1, 5). El Hijo eterno de Dios, sabiduría encarnada, ha sido
enviado al mundo «para dar testimonio de la Verdad» (Jn 18, 37).
IV CONSECUENCIAS DE LA FE EN EL DIOS UNICO
Creer en Dios, el Único, comporta: conocer su grandeza y majestad; vivir en acción de
gracias; confiar siempre en Él, incluso en la adversidad; reconocer la unidad y la
verdadera dignidad de todos los hombres, creados a imagen de Dios; usar rectamente de
las cosas creadas por Él.
Párrafo 2 EL PADRE

I "EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPIRITU SANTO"

El misterio central de la fe y de la vida cristiana es el misterio de la Santísima Trinidad.


Los cristianos son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
II LA REVELACION DE DIOS COMO TRINIDAD
Jesucristo nos revela que Dios es «Padre», no sólo en cuanto es Creador del universo y del hombre sino, sobre todo, porque engendra
eternamente en su seno al Hijo, que es su Verbo, «resplandor de su gloria e impronta de su sustancia» (Hb 1, 3).
El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo; «procede del Padre» ( Jn 15, 26),
que es principio sin principio y origen de toda la vida trinitaria. Y procede también del Hijo (Filioque), por el don eterno que el Padre hace
al Hijo. El Espíritu Santo, enviado por el Padre y por el Hijo encarnado, guía a la Iglesia hasta el conocimiento de la «verdad plena»
(Jn 16, 13).
III LA SANTISIMA TRINIDAD EN LA DOCTRINA DE LA FE
La Iglesia expresa su fe trinitaria confesando un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y
Espíritu Santo. Las tres divinas Personas son un solo Dios porque cada una de ellas es
idéntica a la plenitud de la única e indivisible naturaleza divina. Las tres son realmente
distintas entre sí, por sus relaciones recíprocas: el Padre engendra al Hijo, el Hijo es
engendrado por el Padre, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.
IV LAS OBRAS DIVINAS Y LAS MISIONES TRINITARIAS
Inseparables en su única sustancia, las divinas Personas son también inseparables en su
obrar: la Trinidad tiene una sola y misma operación. Pero en el único obrar divino, cada
Persona se hace presente según el modo que le es propio en la Trinidad.
«Dios mío, Trinidad a quien adoro... pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada
amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí
enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu
acción creadora» (Beata Isabel de la Trinidad)
Párrafo 3 EL TODOPODEROSO
Dios se ha revelado como «el Fuerte, el Valeroso» (Sal 24, 8), aquel para quien «nada es imposible»
(Lc 1, 37). Su omnipotencia es universal, misteriosa y se manifiesta en la creación del mundo de la nada
y del hombre por amor, pero sobre todo en la Encarnación y en la Resurrección de su Hijo, en el don de
la adopción filial y en el perdón de los pecados. Por esto la Iglesia en su oración se dirige a «Dios
todopoderoso y eterno» («Omnipotens sempiterne Deus...»).
Párrafo 4 EL CREADOR
I LA CATEQUESIS SOBRE LA CREACION
Es importante afirmar que en el principio Dios creó el cielo y la tierra porque la creación es
el fundamento de todos los designios salvíficos de Dios; manifiesta su amor omnipotente y
lleno de sabiduría; es el primer paso hacia la Alianza del Dios único con su pueblo; es el
comienzo de la historia de la salvación, que culmina en Cristo; es la primera respuesta a los
interrogantes fundamentales sobre nuestro origen y nuestro fin.
II LA CREACION: OBRA DE LA SANTISIMA TRINIDAD
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e indivisible del mundo, aunque
la obra de la Creación se atribuye especialmente a Dios Padre.

III “EL MUNDO HA SIDO CREADO PARA LA GLORIA DE DIOS”

El mundo ha sido creado para gloria de Dios, el cual ha querido manifestar y comunicar su
bondad, verdad y belleza. El fin último de la Creación es que Dios, en Cristo, pueda ser
«todo en todos» (1 Co 15, 28), para gloria suya y para nuestra felicidad.
«Porque la gloria de Dios es el que el hombre viva, y la vida del hombre es la visión de
Dios» (San Ireneo de Lyon)
V EL MISTERIO DE LA CREACION
Dios ha creado el universo libremente con sabiduría y amor. El mundo no es el fruto de una
necesidad, de un destino ciego o del azar. Dios crea «de la nada» (–ex nihilo–: 2 M 7, 28) un
mundo ordenado y bueno, que Él transciende de modo infinito. Dios conserva en el ser el
mundo que ha creado y lo sostiene, dándole la capacidad de actuar y llevándolo a su
realización, por medio de su Hijo y del Espíritu Santo.
V DIOS REALIZA SU DESIGNIO: LA DIVINA PROVIDENCIA
La divina Providencia consiste en las disposiciones con las que Dios conduce a sus criaturas
a la perfección última, a la que Él mismo las ha llamado. Dios es el autor soberano de su
designio. Pero para realizarlo se sirve también de la cooperación de sus criaturas, otorgando
al mismo tiempo a éstas la dignidad de obrar por sí mismas, de ser causa unas de otras.
Párrafo 5 EL CIELO Y LA TIERRA
La Sagrada Escritura dice: «en el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1, 1). La
Iglesia, en su profesión de fe, proclama que Dios es el creador de todas las cosas visibles e
invisibles: de todos los seres espirituales y materiales, esto es, de los ángeles y del mundo
visible y, en particular, del hombre.
I LOS ANGELES
Los ángeles son criaturas puramente espirituales, incorpóreas, invisibles e inmortales; son
seres personales dotados de inteligencia y voluntad. Los ángeles, contemplando cara a cara
incesantemente a Dios, lo glorifican, lo sirven y son sus mensajeros en el cumplimiento de la
misión de salvación para todos los hombres.
II EL MUNDO VISIBLE
A través del relato de los «seis días» de la Creación, la Sagrada Escritura nos da a conocer
el valor de todo lo creado y su finalidad de alabanza a Dios y de servicio al hombre. Todas
las cosas deben su propia existencia a Dios, de quien reciben la propia bondad y perfección,
sus leyes y lugar en el universo.
El hombre es la cumbre de la Creación visible, pues ha sido creado a imagen y semejanza
de Dios.
Entre todas las criaturas existe una interdependencia y jerarquía, queridas por Dios. Al
mismo tiempo, entre las criaturas existe una unidad y solidaridad, porque todas ellas tienen
el mismo Creador, son por Él amadas y están ordenadas a su gloria. Respetar las leyes
inscritas en la creación y las relaciones que dimanan de la naturaleza de las cosas es, por lo
tanto, un principio de sabiduría y un fundamento de la moral.
La obra de la Creación culmina en la obra aún más grande de la Redención. Con ésta, de
hecho, se inicia la nueva Creación, en la cual todo hallará de nuevo su pleno sentido y
cumplimiento.
Párrafo 6 EL HOMBRE
I "A IMAGEN DE DIOS"
El hombre ha sido creado a imagen de Dios, en el sentido de que es capaz de conocer y amar
libremente a su propio Creador. Es la única criatura sobre la tierra a la que Dios ama por sí
misma, y a la que llama a compartir su vida divina, en el conocimiento y en el amor. El
hombre, en cuanto creado a imagen de Dios, tiene la dignidad de persona: no es solamente
algo, sino alguien capaz de conocerse, de darse libremente y de entrar en comunión con Dios
y las otras personas.
Dios ha creado todo para el hombre, pero el hombre ha sido creado para conocer, servir y
amar a Dios, para ofrecer en este mundo toda la Creación a Dios en acción de gracias, y
para ser elevado a la vida con Dios en el cielo. Solamente en el misterio del Verbo
encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre, predestinado a reproducir la
imagen del Hijo de Dios hecho hombre, que es la perfecta «imagen de Dios invisible»
(Col 1, 15).
Todos los hombres forman la unidad del género humano por el origen común que les viene
de Dios. Además Dios ha creado «de un solo principio, todo el linaje humano» (Hch 17,
26). Finalmente, todos tienen un único Salvador y todos están llamados a compartir la
eterna felicidad de Dios.
II “CORPORE ET ANIMA UNUS”
La persona humana es, al mismo tiempo, un ser corporal y espiritual. En el hombre el espíritu
y la materia forman una única naturaleza. Esta unidad es tan profunda que, gracias al
principio espiritual, que es el alma, el cuerpo, que es material, se hace humano y viviente, y
participa de la dignidad de la imagen de Dios.
El alma espiritual no viene de los progenitores, sino que es creada directamente por Dios, y
es inmortal. Al separarse del cuerpo en el momento de la muerte, no perece; se unirá de
nuevo al cuerpo en el momento de la resurrección final.
III “HOMBRE Y MUJER LOS CREO”
El hombre y la mujer han sido creados por Dios con igual dignidad en cuanto personas
humanas y, al mismo tiempo, con una recíproca complementariedad en cuanto varón y
mujer. Dios los ha querido el uno para el otro, para una comunión de personas. Juntos
están también llamados a transmitir la vida humana, formando en el matrimonio «una sola
carne» (Gn 2, 24), y a dominar la tierra como «administradores» de Dios.
IV EL HOMBRE EN EL PARAISO
Al crear al hombre y a la mujer, Dios les había dado una especial participación de la vida
divina, en un estado de santidad y justicia. En este proyecto de Dios, el hombre no habría
debido sufrir ni morir. Igualmente reinaba en el hombre una armonía perfecta consigo
mismo, con el Creador, entre hombre y mujer, así como entre la primera pareja humana y
toda la Creación.
Párrafo 7 LA CAIDA

I DONDE ABUNDO EL PECADO, SOBREABUNDO LA GRACIA


En la historia del hombre está presente el pecado. Esta realidad se esclarece plenamente
sólo a la luz de la divina Revelación y, sobre todo, a la luz de Cristo, el Salvador de todos,
que ha hecho que la gracia sobreabunde allí donde había abundado el pecado.
II LA CAIDA DE LOS ANGELES
Con la expresión «la caída de los ángeles» se indica que Satanás y los otros demonios, de
los que hablan la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia, eran inicialmente ángeles
creados buenos por Dios, que se transformaron en malvados porque rechazaron a Dios y a
su Reino, mediante una libre e irrevocable elección, dando así origen al infierno. Los
demonios intentan asociar al hombre a su rebelión contra Dios, pero Dios afirma en Cristo
su segura victoria sobre el Maligno.
III EL PECADO ORIGINAL
El hombre, tentado por el diablo, dejó apagarse en su corazón la confianza hacia su Creador y, desobedeciéndole,
quiso «ser como Dios» (Gn 3, 5), sin Dios, y no según Dios. Así Adán y Eva perdieron inmediatamente, para sí y
para todos sus descendientes, la gracia de la santidad y de la jus ticia [Link] pecado original, en el que todos
los hombres nacen, es el estado de privación de la santidad y de la justicia originales. Es un pecado «contraído» no
«cometido» por nosotros; es una condición de nacimiento y no un acto personal. A causa de la unidad de origen de
todos los hombres, el pecado original se transmite a los descendientes de Adán con la misma naturaleza humana, «no
por imitación sino por propagación». Esta transmisión es un misterio que no podemos comprender plenamente.
Como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana, aun sin estar totalmente corrompida, se halla herida
en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al poder de la muerte, e inclinada al
pecado. Esta inclinación al mal se llama concupiscencia.
IV “NO LO ABANDONASTE AL PODER DE LA MUERTE”
Después del primer pecado, el mundo ha sido inundado de pecados, pero Dios no ha
abandonado al hombre al poder de la muerte, antes al contrario, le predijo de modo
misterioso –en el «Protoevangelio» (Gn 3, 15)– que el mal sería vencido y el hombre
levantado de la caída. Se trata del primer anuncio del Mesías Redentor. Por ello, la caída
será incluso llamada feliz culpa, porque «ha merecido tal y tan grande Redentor»
CAPITULO SEGUNDO:
CREO EN JESUCRISTO, HIJO UNICO DE
DIOS
La Buena Noticia es el anuncio de Jesucristo, «el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16), muerto y
resucitado. En tiempos del rey Herodes y del emperador César Augusto, Dios cumplió las
promesas hechas a Abraham y a su descendencia, enviando «a su Hijo, nacido de mujer,
nacido bajo la Ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la Ley, y para que recibiéramos
la filiación adoptiva» (Ga 4, 4-5).
Artículo 2 “Y EN JESUCRISTO, SU UNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR”
I JESUS
El nombre de Jesús, dado por el ángel en el momento de la Anunciación, significa «Dios
salva». Expresa, a la vez, su identidad y su misión, «porque él salvará al pueblo de sus
pecados» (Mt 1, 21).
I CRISTO
«Cristo», en griego, y «Mesías», en hebreo, significan «ungido». Jesús es el Cristo porque ha
sido consagrado por Dios, ungido por el Espíritu Santo para la misión redentora. Él es el
Mesías esperado por Israel y enviado al mundo por el Padre.
III HIJO UNICO DE DIOS
Jesús es el Hijo unigénito de Dios en un sentido único y perfecto. En el momento del
Bautismo y de la Transfiguración, la voz del Padre señala a Jesús como su «Hijo predilecto».
Al presentarse a sí mismo como el Hijo, que «conoce al Padre» (Mt 11, 27), Jesús afirma su
relación única y eterna con Dios su Padre. Él es «el Hijo unigénito de Dios» (1 Jn 4, 9
V SEÑOR
En la Biblia, el título de «Señor» designa ordinariamente al Dios soberano. Jesús se lo
atribuye a sí mismo, y revela su soberanía divina mediante su poder sobre la naturaleza,
sobre los demonios, sobre el pecado y sobre la muerte, y sobre todo con su Resurrección.
Artículo 3 "JESUCRISTO FUE CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL
ESPIRITU SANTO Y NACIO DE SANTA MARIA VIRGEN"
Párrafo 1 EL HIJO DE DIOS SE HIZO HOMBRE

I POR QUE EL VERBO SE HIZO CARNE


El Hijo de Dios se encarnó en el seno de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, por
nosotros los hombres y por nuestra salvación: es decir, para reconciliarnos a nosotros
pecadores con Dios, darnos a conocer su amor infinito, ser nuestro modelo de santidad y
hacernos «partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1, 4).
II LA ENCARNACION
La Iglesia llama «Encarnación» al misterio de la unión admirable de la naturaleza divina y la
naturaleza humana de Jesús en la única Persona divina del Verbo. Para llevar a cabo nuestra
salvación, el Hijo de Dios se ha hecho «carne» (Jn 1, 14), haciéndose verdaderamente
hombre. La fe en la Encarnación es signo distintivo de la fe cristiana.
III VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE
En la unidad de su Persona divina, Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, de
manera indivisible. Él, Hijo de Dios, «engendrado, no creado, de la misma naturaleza del
Padre», se ha hecho verdaderamente hombre, hermano nuestro, sin dejar con ello de ser
Dios, nuestro Señor.
IV COMO ES HOMBRE EL HIJO DE DIOS
El Hijo de Dios asumió un cuerpo dotado de un alma racional humana. Con su inteligencia
humana Jesús aprendió muchas cosas mediante la experiencia. Pero, también como hombre,
el Hijo de Dios tenía un conocimiento íntimo e inmediato de Dios su Padre. Penetraba
asimismo los pensamientos secretos de los hombres y conocía plenamente los designios
eternos que Él había venido a revelar.
Párrafo 2 “ CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL
ESPIRITU SANTO, NACIO DE SANTA
MARIA VIRGEN”
I CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPIRITU SANTO
Que Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo significa que la Virgen María
concibió al Hijo eterno en su seno por obra del Espíritu Santo y sin la colaboración de varón:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti» (Lc 1, 35), le dijo el ángel en la Anunciación.
I NACIDO DE LA VIRGEN MARIA
María es verdaderamente Madre de Dios porque es la madre de Jesús (Jn 2, 1; 19, 25). En efecto, aquél que fue
concebido por obra del Espíritu Santo y fue verdaderamente Hijo suyo, es el Hijo eterno de Dios Padre. Es Dios mismo.
Dios eligió gratuitamente a María desde toda la eternidad para que fuese la Madre de su Hijo; para cumplir esta misión
fue concebida inmaculada. Esto significa que, por la gracia de Dios y en previsión de los méritos de Jesucristo, María
fue preservada del pecado original desde el primer instante de su concepción.
Por la gracia de Dios, María permaneció inmune de todo pecado personal durante toda su existencia. Ella es la «llena
de gracia» (Lc 1, 28), la «toda Santa». Y cuando el ángel le anuncia que va a dar a luz «al Hijo del Altísimo» ( Lc 1, 32),
ella da libremente su consentimiento «por obediencia de la fe» (Rm 1, 5). María se ofrece totalmente a la Persona y a la
obra de Jesús, su Hijo, abrazando con toda su alma la voluntad divina de salvación.
La concepción virginal de Jesús significa que éste fue concebido en el seno de la Virgen María sólo por el poder del
Espíritu Santo, sin concurso de varón. Él es Hijo del Padre celestial según la naturaleza divina, e Hijo de María según la
naturaleza humana, pero es propiamente Hijo de Dios según las dos naturalezas, al haber en Él una sola Persona, la
divina.
María es siempre virgen en el sentido de que ella «fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen al parir, Virgen durante el
embarazo, Virgen después del parto, Virgen siempre» (San Agustín). Por tanto, cuando los Evangelios hablan de
«hermanos y hermanas de Jesús», se refieren a parientes próximos de Jesús, según una expresión empleada en la
Sagrada Escritura.
Párrafo 3 LOS MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO

I TODA LA VIDA DE CRISTO ES MISTERIO


Toda la vida de Cristo es acontecimiento de revelación: lo que es visible en la vida terrena de
Jesús conduce a su Misterio invisible, sobre todo al Misterio de su filiación divina: «quien me
ve a mí ve al Padre» (Jn 14, 9). Asimismo, aunque la salvación nos viene plenamente con la
Cruz y la Resurrección, la vida entera de Cristo es misterio de salvación, porque todo lo que
Jesús ha hecho, dicho y sufrido tenía como fin salvar al hombre caído y restablecerlo en su
vocación de hijo de Dios.
II LOS MISTERIOS DE LA INFANCIA Y DE LA VIDA OCULTA DE JESUS
Ante todo hay una larga esperanza de muchos siglos, que revivimos en la celebración
litúrgica del tiempo de Adviento. Además de la oscura espera que ha puesto en el corazón de
los paganos, Dios ha preparado la venida de su Hijo mediante la Antigua Alianza, hasta Juan
el Bautista, que es el último y el mayor de los Profetas.
En el Nacimiento de Jesús, la gloria del cielo se manifiesta en la debilidad de un niño; la circuncisión es signo de su
pertenencia al pueblo hebreo y prefiguración de nuestro Bautismo; la Epifanía es la manifestación del Rey-Mesías de
Israel a todos los pueblos; durante la presentación en el Templo, en Simeón y Ana se concentra toda la expectación de
Israel, que viene al encuentro de su Salvador; la huida a Egipto y la matanza de los inocentes anuncian que toda la vida
de Cristo estará bajo el signo de la persecución; su retorno de Egipto recuerda el Éxodo y presenta a Jesús como el
nuevo Moisés: Él es el verdadero y definitivo liberador.
III LOS MISTERIOS DE LA VIDA PÚBLICA DE JESUS
• El bautismo de Jesús: Jesús recibe de Juan el Bautismo de conversión para inaugurar su vida
pública y anticipar el «Bautismo» de su Muerte; y aunque no había en Él pecado alguno. El Padre
lo proclama su «Hijo predilecto» (Mt 3, 17), y el Espíritu viene a posarse sobre Él. El Bautismo
de Jesús es la prefiguración de nuestro bautismo.
• Las tentaciones de Jesús en el desierto recapitulan la de Adán en el paraíso y las de Israel en el
desierto. Satanás tienta a Jesús en su obediencia a la misión que el Padre le ha confiado. Cr isto,
nuevo Adán, resiste, y su victoria anuncia la de su Pasión, en la que su amor filial dará suprema
prueba de obediencia. La Iglesia se une particularmente a este Misterio en el tiempo litúrgico de
la Cuaresma.
• El reino de Dios esta cerca: Jesús invita a todos los hombres a entrar en el Reino de
Dios; aún el peor de los pecadores es llamado a convertirse y aceptar la infinita
misericordia del Padre.
• Los signos del reino de Dios: Jesús acompaña su palabra con signos y milagros para atestiguar que
el Reino está presente en Él, el Mesías. Si bien cura a algunas personas, Él no ha venido para abolir
todos los males de esta tierra, sino ante todo para liberarnos de la esclavitud del pecado.

• En la Transfiguración de Jesús aparece ante todo la Trinidad: «el Padre en la voz, el Hijo en el
hombre, el Espíritu en la nube luminosa» (Santo Tomás de Aquino). Al evocar, junto a Moisés y
Elías, su «partida» (Lc 9, 31), Jesús muestra que su gloria pasa a través de la cruz, y otorga un
anticipo de su resurrección y de su gloriosa venida, «que transfigurará este miserable cuerpo
nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3, 21).
Artículo 4 “JESUCRISTO PADECIO BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO, FUE
CRUCIFICADO, MUERTOY SEPULTADO”
El misterio pascual de Jesús, que comprende su Pasión, Muerte, Resurrección y
Glorificación, está en el centro de la fe cristiana, porque el designio salvador de Dios se ha
cumplido de una vez por todas con la muerte redentora de su Hijo, Jesucristo.
Párrafo 1 JESUS E ISRAEL

Algunos jefes de Israel acusaron a Jesús de actuar contra la Ley, contra el Templo de
Jerusalén y, particularmente, contra la fe en el Dios único, porque se proclamaba Hijo de
Dios. Por ello lo entregaron a Pilato para que lo condenase a muerte.
I JESUS Y LA LEY
Jesús no abolió la Ley dada por Dios a Moisés en el Sinaí, sino que la perfeccionó, dándole
su interpretación definitiva. Él es el Legislador divino que ejecuta íntegramente esta Ley.
Aún más, es el siervo fiel que, con su muerte expiatoria, ofrece el único sacrificio capaz de
redimir todas «las transgresiones cometidas por los hombres contra la Primera Alianza»
(Hb9, 15).
I JESUS Y EL TEMPLO
Jesús fue acusado de hostilidad hacia al Templo. Sin embargo, lo veneró como «la casa de
su Padre» (Jn 2, 16), y allí impartió gran parte de sus enseñanzas. Pero también predijo la
destrucción del Templo, en relación con su propia muerte, y se presentó a sí mismo como
la morada definitiva de Dios en medio de los hombres.
III JESUS Y LA FE DE ISRAEL EN EL DIOS UNICO Y SALVADOR
Jesús nunca contradijo la fe en un Dios único, ni siquiera cuando cumplía la obra divina por
excelencia, que realizaba las promesas mesiánicas y lo revelaba como igual a Dios: el
perdón de los pecados. La exigencia de Jesús de creer en Él y convertirse permite entender
la trágica incomprensión del Sanedrín, que juzgó que Jesús merecía la muerte como
blasfemo.
Párrafo 2 JESUS MURIO CRUCIFICADO
I EL PROCESO DE JESUS
La pasión y muerte de Jesús no pueden ser imputadas indistintamente al conjunto de los
judíos que vivían entonces, ni a los restantes judíos venidos después. Todo pecador, o sea
todo hombre, es realmente causa e instrumento de los sufrimientos del Redentor; y aún
más gravemente son culpables aquellos que más frecuentemente caen en pecado y se
deleitan en los vicios, sobre todo si son cristianos.
II LA MUERTE REDENTORA DE CRISTO EN EL DESIGNIO DIVINO DE
SALVACION
Al fin de reconciliar consigo a todos los hombres, destinados a la muerte a causa del
pecado, Dios tomó la amorosa iniciativa de enviar a su Hijo para que se entregara a la
muerte por los pecadores. Anunciada ya en el Antiguo Testamento, particularmente como
sacrificio del Siervo doliente, la muerte de Jesús tuvo lugar según las Escrituras.
III CRISTO SE OFRECIO A SU PADRE POR NUESTROS PECADOS
Toda la vida de Cristo es una oblación libre al Padre para dar cumplimiento a su designio de
salvación. Él da «su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45), y así reconcilia a toda la
humanidad con Dios. Su sufrimiento y su muerte manifiestan cómo su humanidad fue el
instrumento libre y perfecto del Amor divino, que quiere la salvación de todos los hombres.
En la última Cena con los Apóstoles, la víspera de su Pasión, Jesús anticipa, es decir,
significa y realiza anticipadamente la oblación libre de sí mismo: «Esto es mi Cuerpo que
será entregado por vosotros», «ésta es mi sangre que será derramada...» (Lc 22, 19-20). De
este modo, Jesús instituye, al mismo tiempo, la Eucaristía como «memorial» (1 Co 11, 25)
de su sacrificio, y a sus Apóstoles como sacerdotes de la nueva Alianza.
Párrafo 3 JESUCRISTO FUE SEPULTADO
Cristo sufrió una verdadera muerte, y verdaderamente fue sepultado. Pero la virtud divina
preservó su cuerpo de la corrupción.

Artículo 5 "JESUCRISTO DESCENDIO A LOS INFIERNOS, AL TERCER DIA


RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS"

Párrafo 1 CRISTO DESCENDIO A LOS INFIERNOS


Los «infiernos» –distintos del «infierno» de la condenación– constituían el estado de todos
aquellos, justos e injustos, que habían muerto antes de Cristo. Con el alma unida a su Persona
divina, Jesús tomó en los infiernos a los justos que aguardaban a su Redentor para poder
acceder finalmente a la visión de Dios. Después de haber vencido, mediante su propia muerte,
a la muerte y al diablo «que tenía el poder de la muerte» (Hb 2, 14), Jesús liberó a los justos,
que esperaban al Redentor, y les abrió las puertas del Cielo.
Párrafo 2 AL TERCER DIA RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS
I EL ACONTECIMIENTO HISTORICO Y TRANSCENDENTE
La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, y representa, con la
Cruz, una parte esencial del Misterio pascual.
Además del signo esencial, que es el sepulcro vacío, la Resurrección de Jesús es atestiguada por
las mujeres, las primeras que encontraron a Jesús resucitado y lo anunciaron a los Apóstoles.
Jesús después «se apareció a Cefas (Pedro) y luego a los Doce, más tarde se apareció a más de
quinientos hermanos a la vez» (1 Co 15, 5-6), y aún a otros. Los Apóstoles no pudieron inventar
la Resurrección, puesto que les parecía imposible: en efecto, Jesús les echó en cara su
incredulidad.
La Resurrección de Cristo es un acontecimiento trascendente porque, además de ser un evento
histórico, verificado y atestiguado mediante signos y testimonios, transciende y sobrepasa la
historia como misterio de la fe, en cuanto implica la entrada de la humanidad de Cristo en la
gloria de Dios. Por este motivo, Cristo resucitado no se manifestó al mundo, sino a sus
discípulos, haciendo de ellos sus testigos ante el pueblo.
II LA RESURRECCION OBRA DE LA SANTISIMA TRINIDAD
La Resurrección de Cristo es una obra trascendente de Dios. Las tres Personas divinas
actúan conjuntamente, según lo que es propio de cada una: el Padre manifiesta su poder, el
Hijo «recobra la vida, porque la ha dado libremente» (Jn 10, 17), reuniendo su alma y su
cuerpo, que el Espíritu Santo vivifica y glorifica.
III SENTIDO Y ALCANCE SALVIFICO DE LA RESURRECCION

La Resurrección de Cristo es la culminación de la Encarnación. Es una prueba de la


divinidad de Cristo, confirma cuanto hizo y enseñó y realiza todas las promesas divinas en
nuestro favor. Además, el Resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, es el principio
de nuestra justificación y de nuestra resurrección: ya desde ahora nos procura la gracia de la
adopción filial, que es real participación de su vida de Hijo unigénito; más tarde, al final de
los tiempos, Él resucitará nuestro cuerpo.
Artículo 6 “JESUCRISTO SUBIO A LOS CIELOS, Y ESTA SENTADO A LA
DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO”
Cuarenta días después de haberse mostrado a los Apóstoles bajo los rasgos de una
humanidad ordinaria, que velaban su gloria de Resucitado, Cristo subió a los cielos y se
sentó a la derecha del Padre. Desde entonces el Señor reina con su humanidad en la gloria
eterna de Hijo de Dios, intercede incesantemente ante el Padre en favor nuestro, nos envía
su Espíritu y nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al lugar que nos tiene
preparado.
Artículo 7 “DESDE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS”
VOLVERA EN GLORIA
Como Señor del cosmos y de la historia, Cabeza de su Iglesia, Cristo glorificado permanece
misteriosamente en la tierra, donde su Reino está ya presente, como germen y comienzo, en
la Iglesia. Un día volverá en gloria, pero no sabemos el momento. Por esto, vivimos
vigilantes, pidiendo: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 20).
Después del último estremecimiento cósmico de este mundo que pasa, la venida gloriosa de
Cristo acontecerá con el triunfo definitivo de Dios en la Parusía y con el Juicio final. Así se
consumará el Reino de Dios.
II PARA JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS
Cristo juzgará a los vivos y a los muertos con el poder que ha obtenido como Redentor del
mundo, venido para salvar a los hombres. Los secretos de los corazones serán desvelados,
así como la conducta de cada uno con Dios y el prójimo. Todo hombre será colmado de
vida o condenado para la eternidad, según sus obras. Así se realizará «la plenitud de
Cristo» (Ef 4, 13), en la que «Dios será todo en todos» (1 Co 15, 28).
CAPITULO TERCERO: CREO EN EL ESPIRITU SANTO
Creer en el Espíritu Santo es profesar la fe en la tercera Persona de la Santísima
Trinidad, que procede del Padre y del Hijo y «que con el Padre y el Hijo recibe una
misma adoración y gloria». El Espíritu Santo «ha sido enviado a nuestros corazones»
(Ga 4, 6), a fin de que recibamos la nueva vida de hijos de Dios.
Artículo 8 “CREO EN EL ESPIRITU SANTO”
La Iglesia, Comunión viviente en la fe de los apóstoles que ella transmite, es el lugar
de nuestro conocimiento del Espíritu Santo:
– en las Escrituras que Él ha inspirado:
– en la Tradición, de la cual los Padres de la Iglesia son testigos siempre actuales;
– en el Magisterio de la Iglesia, al que El asiste;
– en la liturgia sacramental, a través de sus palabras y sus símbolos, en donde el
Espíritu Santo nos pone en Comunión con Cristo;
– en la oración en la cual El intercede por nosotros;
– en los carismas y ministerios mediante los que se edifica la Iglesia;
– en los signos de vida apostólica y misionera;
– en el testimonio de los santos, donde El manifiesta su santidad y continúa la obra de
la salvación.
I LA MISION CONJUNTA DEL HIJO Y DEL ESPIRITU
La misión del Hijo y la del Espíritu son inseparables porque en la Trinidad indivisible, el
Hijo y el Espíritu son distintos, pero inseparables. En efecto, desde el principio hasta el fin
de los tiempos, cuando Dios envía a su Hijo, envía también su Espíritu, que nos une a
Cristo en la fe, a fin de que podamos, como hijos adoptivos, llamar a Dios «Padre» (Rm 8,
15). El Espíritu es invisible, pero lo conocemos por medio de su acción, cuando nos revela
el Verbo y cuando obra en la Iglesia.
II EL NOMBRE, LOS APELATIVOS Y LOS SIMBOLOS DEL ESPIRITU SANTO
«Espíritu Santo» es el nombre propio de la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Jesús
lo llama también Espíritu Paráclito (Consolador, Abogado) y Espíritu de Verdad. El Nuevo
Testamento lo llama Espíritu de Cristo, del Señor, de Dios, Espíritu de la gloria y de la
promesa.
III EL ESPIRITU Y LA PALABRA DE DIOS EN EL TIEMPO DE LAS PROMESAS

Con el término «Profetas» se entiende a cuantos fueron inspirados por el Espíritu Santo
para hablar en nombre de Dios. La obra reveladora del Espíritu en las profecías del
Antiguo Testamento halla su cumplimiento en la revelación plena del misterio de Cristo en
el Nuevo Testamento.
IV EL ESPIRITU DE CRISTO EN LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS
El Espíritu colma con sus dones a Juan el Bautista, el último profeta del Antiguo
Testamento, quien, bajo la acción del Espíritu, es enviado para que «prepare al Señor un
pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17) y anunciar la venida de Cristo, Hijo de Dios: aquel sobre
el que ha visto descender y permanecer el Espíritu, «aquel que bautiza en el Espíritu» (Jn 1,
33).
El Espíritu Santo culmina en María las expectativas y la preparación del Antiguo
Testamento para la venida de Cristo. De manera única la llena de gracia y hace fecunda su
virginidad, para dar a luz al Hijo de Dios encarnado. Hace de Ella la Madre del «Cristo
total», es decir, de Jesús Cabeza y de la Iglesia su cuerpo. María está presente entre los
Doce el día de Pentecostés, cuando el Espíritu inaugura los «últimos tiempos» con la
manifestación de la Iglesia.
Desde el primer instante de la Encarnación, el Hijo de Dios, por la unción del Espíritu
Santo, es consagrado Mesías en su humanidad. Jesucristo revela al Espíritu con su
enseñanza, cumpliendo la promesa hecha a los Padres, y lo comunica a la Iglesia naciente,
exhalando su aliento sobre los Apóstoles después de su Resurrección.
V EL ESPIRITU Y LA IGLESIA EN LOS ULTIMOS TIEMPOS
En Pentecostés, cincuenta días después de su Resurrección, Jesucristo glorificado infunde su
Espíritu en abundancia y lo manifiesta como Persona divina, de modo que la Trinidad Santa
queda plenamente revelada. La misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la
Iglesia, enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria.
El Espíritu Santo edifica, anima y santifica a la Iglesia; como Espíritu de Amor, devuelve a
los bautizados la semejanza divina, perdida a causa del pecado, y los hace vivir en Cristo la
vida misma de la Trinidad Santa. Los envía a dar testimonio de la Verdad de Cristo y los
organiza en sus respectivas funciones, para que todos den «el fruto del Espíritu» (Ga 5, 22).
Por medio de los sacramentos, Cristo comunica su Espíritu a los miembros de su Cuerpo, y
la gracia de Dios, que da frutos de vida nueva, según el Espíritu. El Espíritu Santo,
finalmente, es el Maestro de la oración.
Articulo 9 “CREO EN LA SANTA IGLESIA CATOLICA”
Párrafo 1 LA IGLESIA EN EL DESIGNIO DE DIOS
I LOS NOMBRES Y LAS IMAGENES DE LA IGLESIA
Con el término «Iglesia» se designa al pueblo que Dios convoca y reúne desde todos los
confines de la tierra, para constituir la asamblea de todos aquellos que, por la fe y el
Bautismo, han sido hechos hijos de Dios, miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo.
Los símbolos de la Iglesia:
En la Sagrada Escritura encontramos muchas imágenes que ponen de relieve aspectos
complementarios del misterio de la Iglesia. El Antiguo Testamento prefiere imágenes
ligadas al Pueblo de Dios; el Nuevo Testamento aquellas vinculadas a Cristo como Cabeza
de este pueblo, que es su Cuerpo, y las imágenes sacadas de la vida pastoril (redil, grey,
ovejas), agrícola (campo, olivo, viña), de la construcción (morada, piedra, templo) y
familiar (esposa, madre, familia).
II ORIGEN, FUNDACION Y MISION DE LA IGLESIA
La Iglesia tiene su origen y realización en el designio eterno de Dios. Fue preparada en la
Antigua Alianza con la elección de Israel, signo de la reunión futura de todas las naciones.
Fundada por las palabras y las acciones de Jesucristo, fue realizada, sobre todo, mediante su
muerte redentora y su Resurrección. Más tarde, se manifestó como misterio de salvación
mediante la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés. Al final de los tiempos, alcanzará su
consumación como asamblea celestial de todos los redimidos.
La misión de la Iglesia es la de anunciar e instaurar entre todos los pueblos el Reino de Dios
inaugurado por Jesucristo. La Iglesia es el germen e inicio sobre la tierra de este Reino de
salvación
III EL MISTERIO DE LA IGLESIA
La Iglesia es Misterio en cuanto que en su realidad visible se hace presente y operante una
realidad espiritual y divina, que se percibe solamente con los ojos de la fe.
La Iglesia es sacramento universal de salvación en cuanto es signo e instrumento de la
reconciliación y la comunión de toda la humanidad con Dios, así como de la unidad de todo
el género humano.
Párrafo 2 LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS, CUERPO DE CRISTO,
TEMPLO DEL ESPIRITU SANTO
LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS
La Iglesia es el Pueblo de Dios porque Él quiso santificar y salvar a los hombres no
aisladamente, sino constituyéndolos en un solo pueblo, reunido en la unidad del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo.
Características del Pueblo de Dios
Este pueblo, del que se llega a ser miembro mediante la fe en Cristo y el Bautismo, tiene por
origen a Dios Padre, por cabeza a Jesucristo, por condición la dignidad y la libertad de los
hijos de Dios, por ley el mandamiento nuevo del amor, por misión la de ser sal de la tierra y
luz del mundo, por destino el Reino de Dios, ya iniciado en la Tierra.
Un pueblo Sacerdotal, Profético y Real
El Pueblo de Dios participa del oficio sacerdotal de Cristo en cuanto los bautizados son
consagrados por el Espíritu Santo para ofrecer sacrificios espirituales; participa de su oficio
profético cuando, con el sentido sobrenatural de la fe, se adhiere indefectiblemente a ella, la
profundiza y la testimonia; participa de su función regia con el servicio, imitando a
Jesucristo, quien siendo rey del universo, se hizo siervo de todos, sobre todo de los pobres y
los que sufren.
I LA IGLESIA, CUERPO DE CRISTO
La Iglesia es cuerpo de Cristo porque, por medio del Espíritu, Cristo muerto y resucitado une
consigo íntimamente a sus fieles. De este modo los creyentes en Cristo, en cuanto
íntimamente unidos a Él, sobre todo en la Eucaristía, se unen entre sí en la caridad, formando
un solo cuerpo, la Iglesia. Dicha unidad se realiza en la diversidad de miembros y funciones.
Cristo «es la Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 18). La Iglesia vive de Él, en Él y
por Él. Cristo y la Iglesia forman el «Cristo total» (San Agustín); «la Cabeza y los miembros,
como si fueran una sola persona mística» (Santo Tomás de Aquino).
Llamamos a la Iglesia esposa de Cristo porque el mismo Señor se definió a sí mismo como
«el esposo» (Mc 2, 19), que ama a la Iglesia uniéndola a sí con una Alianza eterna. Cristo se
ha entregado por ella para purificarla con su sangre, «santificarla» (Ef 5, 26) y hacerla Madre
fecunda de todos los hijos de Dios. Mientras el término «cuerpo» manifiesta la unidad de la
«cabeza» con los miembros, el término «esposa» acentúa la distinción de ambos en la
relación personal.
III LA IGLESIA, TEMPLO DEL ESPIRITU SANTO
La Iglesia es llamada templo del Espíritu Santo porque el Espíritu vive en el cuerpo que es la
Iglesia: en su Cabeza y en sus miembros; Él además edifica la Iglesia en la caridad con la
Palabra de Dios, los sacramentos, las virtudes y los carismas.
Párrafo 3 LA IGLESIA ES UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA

I LA IGLESIA ES UNA
La Iglesia es una porque tiene como origen y modelo la unidad de un solo Dios en la
Trinidad de las Personas; como fundador y cabeza a Jesucristo, que restablece la unidad de
todos los pueblos en un solo cuerpo; como alma al Espíritu Santo que une a todos los fieles
en la comunión en Cristo. La Iglesia tiene una sola fe, una sola vida sacramental, una única
sucesión apostólica, una común esperanza y la misma caridad.
La única Iglesia de Cristo, como sociedad constituida y organizada en el mundo, subsiste
(subsistit in) en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en
comunión con él. Sólo por medio de ella se puede obtener la plenitud de los medios de
salvación, puesto que el Señor ha confiado todos los bienes de la Nueva Alianza únicamente
al colegio apostólico, cuya cabeza es Pedro.
II LA IGLESIA ES SANTA
La Iglesia es santa porque Dios santísimo es su autor; Cristo se ha entregado a sí mismo por
ella, para santificarla y hacerla santificante; el Espíritu Santo la vivifica con la caridad. En la
Iglesia se encuentra la plenitud de los medios de salvación. La santidad es la vocación de
cada uno de sus miembros y el fin de toda su actividad. Cuenta en su seno con la Virgen
María e innumerables santos, como modelos e intercesores. La santidad de la Iglesia es la
fuente de la santificación de sus hijos, los cuales, aquí en la tierra, se reconocen todos
pecadores, siempre necesitados de conversión y de purificación.
II LA IGLESIA ES CATOLICA
La Iglesia es católica, es decir universal, en cuanto en ella Cristo está presente: «Allí donde
está Cristo Jesús, está la Iglesia Católica» (San Ignacio de Antioquía). La Iglesia anuncia la
totalidad y la integridad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de
salvación; es enviada en misión a todos los pueblos, pertenecientes a cualquier tiempo o
cultura.
V LA IGLESIA ES APOSTÓLICA
La Iglesia es apostólica por su origen, ya que fue construida «sobre el fundamento de los
Apóstoles» (Ef 2, 20); por su enseñanza, que es la misma de los Apóstoles; por su estructura,
en cuanto es instruida, santificada y gobernada, hasta la vuelta de Cristo, por los Apóstoles,
gracias a sus sucesores, los obispos, en comunión con el sucesor de Pedro.

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