LA ADORACION SEGÚN
JESÚS
(JUAN 4:20-24)
Sin lugar a dudas, la lección más importante sobre la clase de adoración que agrada al
Altísimo fue pronunciada por Jesús en este pasaje. No hay otro pasaje tan breve donde
el término proskuneo se repite con tanta frecuencia. Sorprende el hecho de que esta
lección tan importante y tan concentrada se haya presentado a una sola persona en un
lugar solitario y en territorio despreciado por los judíos, es decir, en Samaria. La sorpresa
es más grande todavía cuando consideramos quién fue la persona a la cual Jesús dio
esta lección. Juan no menciona el nombre de ella, pero el hecho de entablar una
conversación con una mujer en público era mal mirado y, mucho más, siendo una mujer
de mala fama. Sin embargo, gracias al Señor este episodio fue preservado en las
Escrituras para nuestra edificación, de modo que la lección quedó grabada para todas
las generaciones sucesivas.
Probablemente, Juan y los otros discípulos hablaron con la mujer cuando regresaron de
la compra de comida en la ciudad y consiguieron los detalles de esta conversación. O,
quizá, fue Jesús mismo quien compartió su experiencia con ellos.
El que escribe entiende que la conducta de uno revela la naturaleza del Dios que él adora.
Si es así, la conducta miserable de la mujer revelaba que su dios, o su religión, dejaba
mucho que desear. No es que ella no practicaba una religión. Se identificaba con los que
adoraban en “este monte en Samaria”. Tenía una linda tradición religiosa, como decía
Juan Wesley de su vida antes de convertirse, pero también una gran sed espiritual. En el
pasaje descubrimos tres verdades esenciales en la verdadera adoración.
La verdadera adoración no depende de cierto lugar geográfico, Juan 4:20, 21. Hubo
una controversia que provenía de más de quinientos años acerca del lugar más aceptable
donde adorar a Dios. Cuando los primeros judíos regresaron del cautiverio babilónico en
537, con el permiso de Ciro, inmediatamente levantaron las murallas caídas de la ciudad
de Jerusalén y luego reconstruyeron el templo bajo la dirección de Zorobabel. Los de
Samaria querían colaborar en la reedificación del templo, pero su oferta fue rechazada
(Esdras 4:2ss.) porque los judíos los consideraban como raza mixta. ¡No querían
contaminar el templo de Jehovah!
Cuando Asiria conquistó el reino del norte en 722 a. de J.C., que incluía Samaria, muchos judíos de
ese territorio fueron llevados en cautiverio y fueron reemplazados por los asirios (2 Reyes
17:23ss.). Como es natural, hubo casamientos entre judíos y asirios produciendo una raza mixta.
Pero más importante es que los asirios trajeron sus propios dioses y agregaron a ellos la adoración
a Jehovah (2 Reyes 17:29-41), resultando en una especie de politeísmo. Con el pasar del tiempo,
los samaritanos dejaron la adoración de otros dioses y se concentraron en la de Jehovah, pero en
base a la revelación encontrada sólo en el Pentateuco. En esta manera se privaron de toda la
riqueza de los libros históricos, poéticos y proféticos. Por esta razón, su concepto de Dios estaba
limitado a una fracción de la plena revelación de Dios. P. ej. los samaritanos no aceptaban los
pasajes proféticos que señalaban la venida del Mesías y la salvación que él ofrecería al mundo.
Parece que ellos tenían la idea de un mesías que sería un buen maestro, de acuerdo a lo que la
mujer samaritana expresó: “Cuando él venga, nos declarará todas las cosas” (Juan 4:25).
Cuando los judíos rechazaron la oferta de los samaritanos de ayudar en la reconstrucción
del templo, se produjo una amarga y prolongada animosidad entre ambos. Los samaritanos
se negaron a venir a Jerusalén a adorar y construyeron su propio templo en el monte de
Gerizim c. 400 a. de J.C. Los judíos quemaron ese templo c. 128 a. de J.C. y la amargura se
ahondó todavía más. Esta rivalidad explica el por qué los judíos se negaban a atravesar
Samaria cuando viajaban de Judá a Galilea; cruzaban el Jordán y subían por la orilla oriental
del río. Esta rivalidad duró siglos y se manifestaba fuertemente durante el primer siglo; sin
embargo, Jesús no tenía problema en visitar Samaria. Este era el nombre del territorio y de
la capital. Al decir “mujer samaritana” (Juan 4:7) Juan indicaba que ella era del territorio de
Samaria, pero no de la capital. Los judíos consideraban que Jerusalén era el portón abierto
al cielo, lugar de oración eficaz, y que cuando uno se encontraba allí, estaba más cerca a
Dios que en cualquier otro lugar en el mundo. Era la santa ciudad, el centro de la fe judía, el
lugar donde Dios mandó edificar su templo y en el cual él moraba. Allí se realizaban los
sacrificios y las fiestas anuales más importantes. Allí estaba el arca del pacto y el lugar
santísimo. Todo varón de Israel tenía el deber de participar en por lo menos una de las
grandes fiestas anuales en Jerusalén. Aun los discípulos, la noche antes de la crucifixión,
con orgullo señalaban a Jesús la hermosura del templo y los edificios: “Maestro, ¡mira qué
piedras y qué edificio!” (Marcos 13:1).
El templo en sí tenía un propósito bueno y la adoración allí podría agradar a Dios. Debemos recordar
que Dios mismo mandó construir el primer templo, el de Salomón, y dio las instrucciones detalladas para
su construcción. Sin embargo, los judíos habían pervertido los propósitos originales, realizando
comercios en él y considerándolo como la absoluta garantía de la presencia y protección de Dios, sin
importar la fidelidad y santidad de su pueblo. Dios no permitiría que nadie tocase su santo templo, ni a
los que entraban allí a adorar, pensaban ellos. No se percataron de que Dios ya se había retirado del
templo y pronto los romanos lo destruirían.
Una de las acusaciones lanzadas contra Jesús por los líderes religiosos es que él había dicho: “destruid
este templo, y en tres días lo levantaré” (Juan 2:19). Sabemos que él se refería al templo de su propio
cuerpo, o sea la crucifixión y resurrección, pero los líderes lo tomaron como referencia al mismo templo,
lugar altamente sagrado. Pero, acerca del templo Jesús profetizó su completa destrucción, la cual tuvo
lugar en 70 d. de J.C.
Jesús, en su conversación con la samaritana, terminó el tema de la rivalidad entre los dos lugares de
adoración profetizando que “la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre”
(21). Con esta afirmación estaba diciendo en efecto que la adoración que agradaba a Dios no se limitaba
a Jerusalén ni a Gerizim, ni a cualquier otro lugar. Estos lugares sagrados desaparecieron, pero la
adoración que agrada a Dios sigue en pie porque no depende de cierto lugar, ni edificio. Es una lección
que la iglesia del siglo XXI haría bien en atender. Entonces aprendemos de Jesús que el lugar de
adoración es de relativa importancia, la actitud y condición espiritual de los adoradores es de absoluta
importancia.
La verdadera adoración se dirige al Dios identificado con el pueblo judío, Juan 4:22. Más
importante que la controversia sobre el lugar donde se adora es la identificación clara del Dios a quien se
debe adorar. Jesús lo identifica, negando que sea el Dios de los samaritanos y afirmando que es el Dios
de los judíos, porque la salvación procede de los judíos. Es obvio que Jesús quería decir que la salvación
procede del Dios a quien los judíos conocían y adoraban. ¿En qué consistía la diferencia entre la religión
de los samaritanos y los judíos? Como hemos explicado arriba, los samaritanos tenían un concepto
parcial de Dios que no incluía las profecías del Mesías, el mismo Hijo de Dios, quien traería salvación.
Jesús les acusa de una adoración vana: “vosotros adoráis lo que no sabéis”. Los atenienses, a
semejanza de los samaritanos, adoraban “AL DIOS NO CONOCIDO” (Hechos 17:23). La adoración que
agrada a Dios requiere un conocimiento personal del Dios verdadero revelado por medio de Jesús, nacido
del pueblo judío y registrado en todas las Escrituras.
La verdadera adoración se realiza conforme a la naturaleza de Dios, Juan 4:23, 24. Para poder
agradar a Dios en la adoración es imprescindible conocerle tal como él es, si no uno estaría
adorando “lo que no sabe”. La adoración se concentra en la persona de Dios, su naturaleza y sus
obras, las cuales están reveladas únicamente en las Escrituras. Esta es la tercera etapa del
argumento de Jesús ante la mujer samaritana: primero, descartaba la importancia de adorar en un
lugar determinado; segundo, afirma que el único Dios verdadero se identifica con el pueblo judío y
concretamente en la persona de Jesucristo, un judío, el Mesías prometido en los libros proféticos;
tercero, señala la naturaleza básica del Dios verdadero.
“Pero la hora viene, y ahora es” apunta al comienzo de un nuevo tipo de culto a Dios que Jesús
mismo estaba inaugurando. No puede referirse simplemente a un principio que siempre fue
verdadero. La adoración futura no se basaría ni en el sistema samaritano ni en el judío; tampoco
estaría atada a algún lugar sagrado en particular (Leon Morris).
“Los verdaderos adoradores adorarán... en espíritu y en verdad” es una expresión que abarca varios
elementos importantes. Primero, al decir “verdaderos adoradores” Jesús reconoce que hay adoradores
que no son verdaderos, es decir, los que no adoran “en espíritu y en verdad”. Entonces, es crucial
determinar lo que significa “en espíritu y en verdad”. Algunos entienden que en espíritu significa en y por
medio del Espíritu Santo. Es cierto que el Espíritu nos ayuda en la oración y adoración (cf. Romanos
8:26), pero lo más probable es que aquí Jesús se refiere al espíritu humano. Para agradar a Dios es
necesario adorar no solamente en las cosas externas --en el lugar correcto y con objetos materiales,
aun ofrendas, sino en espíritu, en su interior. “En espíritu” incluye absoluta sinceridad y atención
concentrada, reconociendo que Dios lee nuestros pensamientos y actitudes como “libro abierto”. El
reconoce y rechaza toda pretensión, toda hipocresía, toda falsedad. La adoración que Dios acepta nace
en el recinto más íntimo del ser y surge de adentro como una fuente espontánea e incontenible.
“En verdad” es el segundo factor esencial en la adoración que agrada a Dios. Esta expresión se refiere a
la verdad acerca de la naturaleza y obras de Dios. El que es sincero, pero adora el sol o la luna, no agrada
a Dios porque no adora en verdad, o de acuerdo con la verdad. Jesús dijo: “Yo soy la verdad”. No es que
él dijo la verdad, o enseñaba la verdad, lo cual es cierto, pero significa mucho más. El es esencialmente la
verdad, la realidad última reside en él, siendo divino y la perfecta revelación de Dios Padre. La adoración
que agrada a Dios requiere una comprensión creciente de su naturaleza. Por supuesto, no requiere la
misma comprensión de un nuevo creyente como de uno de largos años en la fe. El que escribe ama
mucho más ahora a su esposa y puede satisfacer sus expectativas más de lo que era posible hace 45
años durante el noviazgo. Su conocimiento de ella ha ido creciendo a través de los años por vivir en íntima
comunión con ella. Así es con nuestra adoración y servicio a nuestro Padre celestial. Como en el
matrimonio, tal conocimiento requiere comunión íntima cada día, requiere atención y la determinación de
agradarle. Conocemos a Dios principalmente por la lectura bíblica, oración, y el andar en su voluntad.
Cuando Jesús dice “es necesario” (Juan 4:24) emplea un verbo griego que lleva la idea de un deber
moral y urgente. Está hablando de algo que es absolutamente necesario, como lo es el nacer de
nuevo (cf. Juan 3:7). Si realmente deseamos agradar a Dios en la adoración es absolutamente
necesario adorarlo en espíritu y en verdad.
“El Padre busca a tales adoradores que le adoren” es una revelación sorprendente. No busca cualquier
clase de adoradores, sino “tales”, es decir, los que le adoran en espíritu y en verdad. Dios no espera
pasivamente a que nosotros lleguemos a él, sino que activamente sale en busca de personas que le
adoren. El es un Dios de amor, un Dios que busca lo mejor para los seres humanos, y por lo tanto un Dios
que busca activamente a los hombres (Leon Morris). Siendo un Dios de amor desinteresado, como lo es,
esa búsqueda no tiene el fin de satisfacer su orgullo, sino que tiene en mente lo que es mejor para los
hombres. La verdadera adoración abre las puertas del cielo para enriquecer y bendecir espiritualmente a
“tales adoradores”.
“Dios es espíritu” es la afirmación categórica de la naturaleza divina. Por lo tanto, es un grave error el
procurar crear, o imaginar, una figura física de Dios. Toda figura imaginada por los hombres restaría gloria
de Dios y limitaría o pervertiría el mismo concepto de Dios. Por esto Dios prohíbe tan terminantemente la
formación de imágenes para representarlo. Ya que Dios es por naturaleza espíritu, no debemos pensar en
él en términos materiales, o limitado a lugares o cosas. La adoración que le traemos, por lo tanto, debe ser
de naturaleza espiritual y gobernada por la verdad revelada en Jesús y en las Escrituras. La entrega de
nuestra vida y bienes llega a ser la manifestación exterior de la adoración que expresamos interiormente.