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Soy Manuel

Mainé, Margarita
Soy Manuel / Margarita Mainé; dirigido por Laura Leibiker; editado por
Laura Linzuain; ilustrado por Carlos Aon. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de
Buenos Aires: Grupo Editorial Norma, 2020.
72 p.: il.; 20 × 14 cm. - (Torre roja)
ISBN 978-987-545-867-3
1. Narrativa Infantil y Juvenil Argentina. I. Leibiker, Laura, dir. II. Linzuain,
Laura, ed. III. Aon, Carlos, ilus. IV. Título.
CDD A863.9282
© Margarita Mainé, 2020
© Editorial Norma, 2020
Av. Leandro N. Alem 720, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.
Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción total o parcial
de esta obra sin permiso de la editorial.
Marcas y signos distintivos que contienen la denominación
“N”/Norma/Carvajal® bajo licencia de Grupo Carvajal (Colombia).
Primera edición: enero de 2020
Impreso en la Argentina – Printed in Argentina
Dirección editorial: Laura Leibiker Edición: Laura Linzuain Corrección:
Roxana Cortázar
Jefa de arte: Valeria Bisutti Diagramación: Natalia Fernández
Documentación gráfica: Estefanía Jiménez Fotografía: agn (Archivo
General de la Nación)
Gerente de producción: Paula García Jefe de producción: Elías Fortunato
CC: 61091634
ISBN: 978-987-545-867-3
Agradecemos la colaboración de Bianca por su caligrafía en la página 44.
Para Héctor… por
tantos años de
clases de
historia…
Por el amor, por la
risa,
por la familia que
construimos.

Procuraré
hacerme digno de
llamarme hijo de
la patria.
ManUel Belgrano
1
La ventana

Cuando abro los ojos por la mañana, tengo


que evitar hacer ruido. Papá trabaja hasta
tarde y la casa es tan pequeña que
cualquier movimiento se convierte en un
sonido que lo despierta.
Me paro en la cama con mucho cuida- do
y, apoyado en la madera que rodea la
ventana, miro. El paisaje es siempre el
mismo. A una cuadra de mi casa, quizás
un poco más, los autos pasan volando por
la autopista. A ese ruido ya estamos acos-
tumbrados, por eso papá sigue durmien-
do aun cuando se escucha el motor de los
camiones o de las motos con su sonido

7
—Si van a caminar pueden venir, pero ensordecedor. En cambio a mí me dan ga-
sin quejarse —dice papá, y por unas cua- nas de espiarlos por la ventana y pienso:
dras no nos deja subir porque quiere llevar "¿adónde irá toda esa gente tan apurada?".
el carro liviano. A Rocío también le gusta dormir hasta tar- de.
Después de dos o tres paradas, el carro Ella es mi hermana mayor… Me lleva solo un
empieza a llenarse y nos subimos y nos año pero parece más grande. Porque ella sabe
reímos de cualquier cosa con Rocío. De un leer y yo, aunque voy a la escuela, no ter-
perro que nos ladra, de un pozo que nos mino de entender ese lío de letras y sonidos.
hace saltar… Dentro de un rato, cuando papá tome los
mates de la mañana y comamos el pan que
quedó de ayer, Rocío y yo vamos a ir
caminando a la escuela. Allí, almorzamos en
un comedor casi tan ruidoso como la
autopista y después, cada uno a su grado.
Yo me siento con Laura, que vive en el
mismo barrio y ya sabe todas las letras.
La maestra llena el pizarrón de palabras.
Intento copiarlas y no me salen bien. Ella
escribe rápido, como si la tiza fuera una
moto con silenciador.
Y cuando volvemos de la escuela, mamá
ya volvió de la casa donde trabaja, y si la
tarde está linda y no tenemos deberes, nos
deja salir con papá en el carro.
10 8
cara del protagonista. Era una persona…
no sé… Tenía una cara… no sé… que me
gustaba.
2
El carro

Papá para el carro junto a esos cajones


negros en los que la gente tira cosas. Son
para la basura, pero en el centro de la ciu-
dad la gente tira de todo. Él junta los car-
tones que después vende y muchas veces
encuentra cosas que sirven.
Ayer sacó una pelota casi nueva.
—Seguro que un chico jugaba dentro de
la casa y rompió un vidrio. Por eso la —Si querés, te la leo —me dijo Rocío.
mamá le tiró la pelota —dijo Rocío, —No —respondí—. La voy a leer yo solo.
porque le gusta inventar la historia de lo Pero no era cierto. Yo miraba los dibujos
que en- contramos. y trataba de entender cuáles eran los po-
En los últimos meses salvamos a cinco deres del superhéroe a caballo. Y también
muñecas de distintos tamaños. Las traemos pensaba en cuáles eran los poderes que yo
necesitaba para aprender a leer.

11 13
a casa, las bañamos, las peinamos, y a veces
mamá nos arregla la ropa y cuando están
listas las acomodamos en una repisa. Tam-
bién encontramos varios autos de juguete,
y con unas maderas que papá amontona en
el fondo del patio armé mi propia
autopista. Hace unos días, papá llenó el
3 carro de li- bros y revistas. Que alguien
La torre tirara libros nos pareció raro. A Rocío se le
ocurrió que seguramente era una persona
Papá hace siempre el mismo recorrido con tan viejita
el carro. Camina rápido a la ida y des- que ya no podía ver las letras.
pacio a la vuelta. Lo mejor es la parada en Ella se agarró dos libros con dibujos
la torre. Después de atravesar el cen- porque ya sabe leer. Y yo, entre las revis-
tro, donde los cajones negros están más tas, encontré una que me gustó; aunque le
llenos de cosas, paramos un rato. Papá se faltaba la tapa, adentro tenía caballos.
junta a conversar con mujeres y hombres Ya en la cama, mi hermana leía muy
que también llegan con sus carros reple- concentrada mientras yo miraba las pági-
tos de cartones. Rocío y yo jugamos en las nas de la revista.
escaleras. Subimos y bajamos y ella —¿De qué se trata? —me preguntó.
siempre me gana las carreras porque tie- —De un superhéroe —respondí.
ne las piernas más largas. —¿Vuela? —dijo.
—Esto es un barco —me dijo ayer a la —No, anda a caballo —le expliqué.
tarde, y jugamos a que éramos marineros Los dibujos ni siquiera tenían color.
Igual había algo que me gustaba y era la
14 12
y ella era la capitana que me ordenaba lo la casa es tan pequeña y las paredes son
que tenía que hacer. de madera, la escuché. Y también la escu-
—Yo también quiero ser el capitán —le chó Rocío, que me tiró con la almohada
pedí, pero estaba mala y no me dejaba de- para empezar la batalla y hacerme reír.
cidir nada. Porque hay días en que mi her- —Basta de líos —dijo mamá.
mana es buena conmigo y otros que no me Rocío y yo volvimos a la lectura.
quiere ni ver. Yo trataba de mirar las letras de la revis-
En la entrada de la torre, sobre la calle, ta, pero los ojos se me escapaban hacia los
hay una bandera enorme que los días de dibujos. El superhéroe llevaba una bande-
viento parece que va a salir volando. ra y en la otra página estaba parado en la
—Vamos que se hace tarde —dijo papá, puerta de una casa que parecía una escue-
y se terminó el juego. Subimos al carro y, la porque estaba rodeado de niños.
como me pasa muchas veces, me quedé ¿Cuándo iban a decirme algo las letras?
dormido sobre los cartones. ¿Qué había que hacer para aprender a
Después de comer volví a hojear mi re- leer? ¿Por qué muchos de mis compañe-
vista, solo por imitar a Rocío, que leía en ros ya sabían y yo no?
la cama de al lado. ¿Era magia? ¿Solo tenía que esperar y
—¿Qué hace el superhéroe? —me pre- una mañana me iba a despertar leyendo?
guntó cerrando el libro. Volví preocupado de la escuela hasta
—Va-a-ca-ba-llo-y-to-dos-lo-si-guen —le que llegó la hora de salir en el carro.
dije despacio, simulando leer. Creo que se —¡Vamos de paseo! ¡Vamos de paseo!
dio cuenta de que yo estaba inventando y —cantamos con Rocío.
no dijo nada. Era una de sus noches —Es trabajo, no paseo —nos respondió
buenas. papá como siempre y se le escapó una
sonrisa.
15 17
5 4
El prócer La escuela
— Hoy vamos a hablar de nuestro pró- Me costaba concentrarme en la tarea
cer —dijo la maestra y yo escuché después de almorzar. La maestra era muy
“postre”.
amable pero los chicos eran ruidosos y yo
—¿De qué postre? —pregunté y algunos
no podía hacer otra cosa que mirarlos.
chicos se rieron.
—Estás muy distraído —me dijo ella
—“Prócer”… no “postre” —dijo ella y
cuan- do miró mi cuaderno y descubrió
ano- tó la palabra en el cartel de las
que no había copiado bien las letras del
palabras nuevas. Allí dejaba registradas
pizarrón.
todas las palabras que ella usaba y
Intentaba hacerlo, pero al rato me daba
nosotros no co- nocíamos.
cuenta de que me había equivocado y ya no
P-R-Ó-C-E-R
me importaban la prolijidad ni el
La copié con cuidado porque de solo mi-
cuaderno.
rarla me parecía complicada. La P con la O
ya sabía que sonaba PO, pero con la R en
—Ya estamos en junio, y todavía no lee
el medio no tenía idea.
ni una palabra —le había dicho mamá a
papá en voz baja antes de dormirse. Como
18 16
—¿Saben quién es nuestro prócer? —dijo
ella y se dio cuenta de que si no sabíamos
lo que era un prócer menos íbamos a sa-
ber su nombre.
Entonces le pidió a Laura, que ya sabe 6
leer bien, que buscara en el diccionario la Tiempos remotos
palabra y después completó:

Cuando la maestra pegó una lámina de


Belgrano en el pizarrón casi me caigo de la
silla. Resulta que Manuel Belgrano era muy
parecido al superhéroe que andaba a
caballo en mi revista, ese que tenía cara de
bueno y me gustaba tanto. En la imagen
del pizarrón solo se lo veía a él con una
¿Ilustre? Me aclaró poco esta explica- ban- dera detrás. Estaba muy serio y con el
ción. La maestra insiste en usar el diccio- pelo corto y oscuro, peinado sobre la frente.
nario, pero a mí me parece que a veces no —¿Andaba a caballo? —le pregunté a la
da respuestas sino más preguntas. maestra y ella sonrió.
—Nuestro prócer es Manuel Belgrano —Claro —dijo—, en esos tiempos no ha-
—dijo escribiendo ese nombre y apellido bía autos y las personas andaban a caballo
en el pizarrón. o en carros, porque no existían los autos.

19 21
Laura me tocó con el codo. Yo no dejé de
copiar. El corazón me latió un poco más
fuerte.
Después la maestra dijo que todos lo re-
cordaban porque era el creador de la
bande- ra, pero que Manuel (la maestra lo
llamaba así, igual que como me llama a mí)
había hecho muchas otras cosas y que
íbamos a aprender detalles sobre su vida.
Desde ese día me gustó más ir a la es-
cuela. Cada tarde, la maestra nos contaba
una historia de Manuel. Me gustaba tener
Pensé que ahora sí existían y nosotros el mismo nombre que él y empecé a en-
seguíamos yendo en carro, pero no me tender lo que era un prócer.
animé a decirlo.
—¿Y en moto? —preguntó un
compañero.
—No, ni autos ni motos ni camiones…
—explicó la maestra.
—¿Entonces no había autopistas? —pre-
gunté tratando de imaginar cómo sería el
paisaje desde mi ventana sin ese pavi-
mento lleno de vehículos que llenaban el
aire de ruido y humo.
22 20
—No —repitió la maestra—. Mejor, antes
de hablar de la vida de Manuel, vamos a
recor- dar cómo eran aquellos tiempos
remotos.
¡Qué ganas de usar palabras difíciles! ¿Re-
motos? ¿Qué quería decir “remotos”? ¿Ten-
dría algo que ver con el control remoto?
Por suerte esta vez la maestra no pensó
en el diccionario y nos pasó una película
que mostraba cómo era el mundo cuando
Belgrano vivía. Se llamaba “documental”
y contaba algunas cosas:
“La ciudad era de casas bajas, las pare-
des blancas, los techos de tejas. Las venta-
nas tenían rejas de hierro. Las mujeres de
la clase alta usaban vestidos largos, pei-
netones y abanicos…”.
—¿Eran todas altas? —interrumpió Fer-
nando, que es preguntón.
La maestra explicó entonces que no to-
das las personas vivían de la misma ma-
nera. Parece que los españoles y los que
tenían dinero eran la “clase alta” y tenían
muchos privilegios y un montón de gente
a su servicio.
23 25
“Las calles eran de tierra y cuando llovía
mucho resultaba difícil andar por el barro.
Para lavar la ropa, iban al río. Los
comercian- tes tenían sus locales frente a la
plaza o ven- dían sus productos en las
pulperías. Había vendedores ambulantes”.
Lo de los vendedores ambulantes ya lo
sabía porque en la última fiesta de la es-
cuela tuve que disfrazarme de vendedor
de velas. Y no compraban velas para cuan-
do se cortaba la luz como hacía mamá,
sino porque no había electricidad. Y si no
había electricidad no había televisión ni
teléfono ni computadoras, nada.
—Qué aburrido vivir así —dijo Laura.
Yo me acordé de que cuando se corta la
luz en casa, con Rocío jugamos a las som-
bras y nos reímos un montón.
—El mundo era distinto —dijo la maes-
tra—, pero les aseguro que nadie se abu-
rría en la época colonial.
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