REGULACIÓN
EMOCIONAL
Dinamismos de la persona:
Físico
Psíquico
Espiritual
Facultades del hombre:
Entendimiento: tiene como objeto la verdad
Voluntad: tiene como objeto el bien
Libertad
Afectividad: modo en que somos afectados
interiormente por todas las circunstancias que se
producen a nuestro alrededor.
El hombre es un ser social por naturaleza, nace y crece en
una familia, se desarrolla en una sociedad, es feliz en
comunidad.
De aquí, la importancia de ser conscientes de que nuestro
comportamiento no solo afecta a la persona particular, sino a
los demás.
La mayoría de nuestras emociones, sentimientos y afectos
se establecen en la etapa de niñez y adolescencia y muchas
veces desconocemos porque reaccionamos de una manera u
otra (ira, temor, timidez, alegría, miedo, etc.) y creemos que
simplemente somos así o peor aun que hemos nacido así,
pero la verdad es que muchas de las cosas, acontecimientos
y vivencias personales han marcado nuestro comportamiento
y mejor aun nuestras emociones y afectos.
Las emociones afectan nuestro proceso cognitivo (aprendizaje),
ejem: estudiar para un examen, y volitivo (decisiones), toda
emoción es una agitación interior que se produce como
consecuencia de percepciones sensoriales, recuerdos,
pensamientos y juicios que van a producir una vivencia, unas
manifestaciones fisiológicas, un tipo de conducta y unas
experiencias cognitivas.
Bloqueos:
Perceptuales: no ver con claridad el problema
Cognitivos: falta de imaginación
Afectivos: inseguridades internas, temor a lo desconocido.
Emocionales: falta de curiosidad, falta de deseo, de motivación.
Culturales: imposición de normas.
Es necesario identificar porque nuestras emociones varían y se
alteran en relación con otros o porque todos no reaccionamos de
una misma manera frente a un mismo acontecimiento. Ejemplo: el
miedo, la timidez, la tristeza. Las emociones son buenas lo malo
es dejar que ellas gobiernen nuestro actuar. No regularlas, ni
educarlas.
Con lo anterior podemos comprender porque muchas veces
vemos lo bueno como malo y lo malo como bueno. Ejem: los vicios
como contrarios a la salud, el pecado como contrario a la virtud.
Las emociones desordenadas afectan nuestras relaciones y
nuestra vida. Por tanto, debemos distinguir las emociones
ordenadas de las que no, y eso se ve por la permanencia en el
bien y en la verdad. Debemos aprender a expresar nuestras
emociones de una forma apropiada.
Porque la vida de cualquier hombre, lo quiera o no, trae
siempre golpes. Vemos que hay egoísmo, maldad, mentiras,
desagradecimiento. Observamos con asombro el misterio del
dolor y de la muerte. Constatamos defectos y limitaciones en
los demás, y lo constatamos igualmente cada día en nosotros
mismos.
Toda esa dolorosa experiencia es algo que, si lo sabemos
asumir, puede ir haciendo crecer nuestra madurez interior. La
clave es saber aprovechar esos golpes, saber sacar todo el
oculto valor que encierra aquello que nos contraría, lograr que
nos mejore aquello que a otros les desalienta y les hunde.
¿Y por qué lo que a unos les hunde a otros les madura y les hace
crecerse? Depende de cómo se reciban esos reveses. Si no se medita
sobre ellos, o se medita pero sin acierto, sin saber abordarlo bien, se
pierden excelentes ocasiones para madurar, o incluso se produce el
efecto contrario. La falta de conocimiento propio, la irreflexión, el
victimismo, la rebeldía inútil, hacen que esos golpes duelan más, que
nos llenen de malas experiencias y de muy pocas enseñanzas.
La experiencia de la vida sirve de bien poco si no se sabe aprovechar.
El simple transcurso de los años no siempre aporta, por sí solo,
madurez a una persona. Es cierto que la madurez se va formando de
modo casi imperceptible en una persona, pero la madurez es algo que
se alcanza siempre gracias a un proceso de educación —y de
autoeducación—, que debe saber abordarse.
REGULACION EMOCIONAL Y CLAVES PARA UNA ADECUADA
RELACION CON LOS DEMAS Y UN CORRECTO LIDERAZGO.
Para establecer una relación positiva con los demás, y poder así decirse
las cosas de forma fluida y sin acritud, es preciso cultivar toda una serie de
capacidades destinadas a combatir la negatividad y a establecer una
relación no defensiva con los demás.
El principal obstáculo es que probablemente en nuestro interior tenemos
grabadas unas respuestas emocionales negativas que no es fácil cambiar
de la noche a la mañana. Por eso hemos de poner esfuerzo en
familiarizarnos con respuestas emocionales más positivas, de modo que,
con el tiempo, las vayamos evocando de forma más natural y espontánea,
en la medida que las incorporemos más a nuestro repertorio emocional.
Algunos ejemplos de esas capacidades emocionales pueden ser los
siguientes:
Tranquilizarse a uno mismo, pues al enfadamos perdemos bastante de nuestra
capacidad de escuchar, pensar y hablar con claridad, y la excitación del enfado
tiende a generar un enfado mayor si uno no se da un tiempo muerto hasta lograr
tranquilizarse.
Desintoxicarse de pensamientos negativos hipercríticos, que suelen ser los
principales desencadenantes de conflictos. Cuando logramos darnos cuenta de
que nos embargan pensamientos de ese tipo, y nos decidimos a hacerles frente,
el problema suele estar ya casi resuelto.
Escuchar y hablar de modo que nuestras palabras no despierten la defensividad
del interlocutor, es decir, que no las perciba como críticas u hostiles. De modo
análogo, hemos de esforzarnos en escuchar a los demás sin interpretar como un
ataque lo que quizá es una simple queja o una observación bienintencionada.
Detectar temas, momentos o situaciones de hipersensibilidad. Si observamos una
actitud de defensividad en una determinada persona, será una manifestación clara
de que el tema que se está tratando reviste importancia para ella (y que por tanto
conviene andarse con especial tacto), o que en ese momento está alterada por
algo, o que hay alguna razón por la que nuestra relación con esa persona se ha
dañado, en poco o en mucho. Por ejemplo, si observamos que le ha contrariado
que interrumpamos una explicación suya, podemos terciar, sin acritud, diciendo:
"perdona, que te he interrumpido; di lo que ibas a decir".
Centrarse en los temas, sin enredarse en detalles nimios o en cuestiones
colaterales que entorpecen el diálogo.
No derivar hacia el ataque personal. Siempre es mejor, por ejemplo,
decir un "me ha molestado que llegues tarde y no me hayas avisado",
que soltar un "eres un desconsiderado y un egoísta".
Disculparnos cuando advirtamos que nos hemos equivocado, y asumir
con sencillez la responsabilidad que nos corresponda por nuestros
errores.
Procurar reflejar el estado emocional del interlocutor. Si, por ejemplo,
alguien nos expresa una queja o una preocupación que le cuesta
manifestar, hemos de procurar reflejar que nos hacemos cargo de lo que
siente en ese momento.
Ser generosos en el reconocimiento de los méritos de los demás, y no
escamotear, cuando sea oportuno, los elogios razonables que destaquen
y alaben explícitamente las cualidades del otro.