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Freud Psicoanálisis

La teoría de Freud divide la vida mental en tres niveles: el inconsciente, el preconsciente y el consciente. El inconsciente contiene pulsiones e instintos de los que no somos conscientes pero que motivan nuestro comportamiento. El preconsciente contiene ideas que no son conscientes pero pueden llegar a serlo. El consciente contiene ideas de las que somos conscientes en un momento dado.

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Freud Psicoanálisis

La teoría de Freud divide la vida mental en tres niveles: el inconsciente, el preconsciente y el consciente. El inconsciente contiene pulsiones e instintos de los que no somos conscientes pero que motivan nuestro comportamiento. El preconsciente contiene ideas que no son conscientes pero pueden llegar a serlo. El consciente contiene ideas de las que somos conscientes en un momento dado.

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FREUD:

EL
PSICOANÁLISIS

Mtro. Juan Manuel Robles Seturino


PERSPECTIVA GENERAL

Obviamente, Freud tuvo la suerte de que su nombre no


quedara ligado para siempre a la cocaína. En su lugar, el
nombre de Freud se asocia con el psicoanálisis, la más
famosa de todas las teorías de la personalidad.
¿Qué hace que la teoría de Freud sea tan
interesante?
En primer lugar, las dos piedras angulares del
psicoanálisis, el sexo y la agresividad, son dos temas que
despiertan mucho interés.
En segundo lugar, la teoría fue difundida más allá de sus
orígenes en Viena por un grupo de fervientes y
entregados seguidores, muchos de los cuales idealizaron
a Freud convirtiéndolo prácticamente en un héroe
mitológico y solitario.
En tercer lugar, el magnífico dominio del lenguaje de
Freud le permitió formular sus teorías con un estilo
estimulante y cautivador.
La interpretación de Freud de la personalidad
humana se basa en las experiencias con sus
pacientes, el análisis de sus propios sueños y
sus numerosas lecturas sobre ciencias y
humanidades diversas. Estas experiencias le
proporcionaron los datos fundamentales para
el desarrollo de sus teorías.
Para él, la teoría era el resultado de la
observación y este concepto de la
personalidad sufrió constantes
actualizaciones en los últimos 50
años de su vida. Aunque era
evolucionista, Freud insistió en que el
psicoanálisis no podía estar sujeto al
eclecticismo. Si sus discípulos se
desviaban de las ideas fundamentales,
rápidamente quedaban aislados tanto
en el aspecto personal como en el
profesional.
NIVELES DE VIDA MENTAL:
PRIMERA TÓPICA
La contribución más importante de Freud a la teoría de la personalidad es su
estudio del inconsciente y su insistencia en que las personas están motivadas
ante todo por pulsiones de las cuales tienen poca o ninguna conciencia. Para
Freud, la vida mental está dividida en dos niveles, el inconsciente y el
consciente.
El inconsciente, a su vez, tiene dos niveles
diferentes, el inconsciente propiamente dicho y
el preconsciente. En la psicología freudiana los
tres niveles de la vida mental se usan para
designar tanto un proceso como una ubicación.
La existencia como ubicación específica,
obviamente, es solo hipotética y no representa
ninguna entidad real dentro del cuerpo, sin
embargo, Freud distinguió entre el inconsciente
y los procesos inconscientes .
El Inconsciente

El inconsciente comprende todas las pulsiones o instintos que van más allá de nuestra
conciencia pero que, pese a ello, motivan casi todas nuestras palabras, sentimientos y actos.
Aunque puede que seamos conscientes de nuestro comportamiento manifiesto, a menudo no
somos conscientes de los procesos mentales que subyacen a este. Por ejemplo, un hombre
puede saber que se siente atraído por una mujer, pero puede que no entienda completamente
todas las causas de la atracción, algunas de las cuales podrían parecer incluso irracionales.
Dado que la mente consciente no tiene acceso al
inconsciente, ¿cómo puede una persona saber si
existe realmente? Freud sentía que su existencia
se podía demostrar solo de manera indirecta.
Para él, en el inconsciente se encuentra la
explicación del significado de los sueños, los
lapsus linguae, y cierto tipo de olvidos,
denominados represión. Los sueños son una
fuente particularmente rica de material
inconsciente. Por ejemplo, Freud creía que las
experiencias de la infancia pueden aparecer en
los sueños de los adultos aunque quien sueña no
tenga un recuerdo consciente de esas
experiencias.
Los procesos inconscientes suelen entrar
en la conciencia, pero solo cuando han
sido encubiertos o distorsionados lo
suficiente como para eludir la censura.
Freud usó la analogía de un vigilante o
censor que bloquea el paso entre el
inconsciente y el preconsciente e impide
la entrada en el consciente de los
recuerdos no deseados que generan
ansiedad. Para acceder al nivel
consciente de la mente, primero estas
imágenes inconscientes se deben
camuflar lo suficiente como para pasar al
preconsciente sin que el censor inicial las
advierta, y seguidamente deben eludir un
censor final que vigila el paso entre el
preconsciente y el consciente.
■ En el momento en que estos recuerdos entran en nuestra mente consciente, ya no los
reconocemos por lo que son en sí mismos, sino que aparecen ante nosotros como
experiencias relativamente agradables y no amenazadoras. En la mayoría de los casos,
estas imágenes contienen elementos sexuales o agresivos, porque en la infancia los
comportamientos sexuales y agresivos se suelen castigar o reprimir. Con frecuencia el
castigo y la supresión generan ansiedad, y la ansiedad, a su vez, estimula la represión, es
decir, fuerza la entrada de experiencias indeseadas y cargadas de ansiedad en el
inconsciente como defensa ante el dolor que provoca esa ansiedad.
No todos los procesos inconscientes, sin embargo,
surgen de la represión de sucesos en la infancia. Freud
pensaba que una parte de nuestro inconsciente procede
de las experiencias de nuestros antepasados que han
llegado hasta nosotros a través de cientos de
generaciones que las han reproducido. Freud denominó
estas imágenes inconscientes heredadas herencia
filogenética. La noción de herencia filogenética de Freud
es bastante similar a la idea de Carl Jung del
inconsciente colectivo, no obstante, existe una diferencia
importante entre ambos conceptos: mientras Jung
concedía un papel preponderante al inconsciente
colectivo, Freud utilizaba la noción de predisposiciones
heredadas solo como último recurso.
Es decir, cuando las explicaciones basadas en las experiencias individuales no resultaban
adecuadas, Freud recurriría a la idea de las experiencias heredadas colectivamente para
llenar los vacíos que dejaban las experiencias individuales. Más adelante veremos que
Freud utilizó el concepto de herencia filogenética para explicar muchos otros conceptos
importantes, como el complejo de Edipo y la ansiedad de castración.
Los impulsos inconscientes pueden aparecer en la conciencia, pero solo después de haber
sufrido ciertas transformaciones; así, una persona puede expresar impulsos eróticos u
hostiles, por ejemplo, provocando o bromeando con otra persona. El impulso original (sexo
o agresividad) queda, por tanto, enmascarado y oculto a la conciencia de ambas personas;
sin embargo, el inconsciente de la primera persona ha ejercido una influencia directa sobre
el inconsciente de la segunda. Ambas personas obtienen cierta satisfacción de los impulsos
sexuales o agresivos, pero ninguna de las dos es consciente de los motivos que subyacen a
la provocación las bromas. Por tanto, el inconsciente de una persona se puede comunicar
con el inconsciente de otra sin que ninguna de las dos advierta el proceso.
Obviamente, inconsciente no significa inactivo o
aletargado. Las fuerzas del inconsciente luchan
continuamente por pasar al consciente y muchas de ellas
lo consiguen, aunque podría ser que no aparecieran en su
forma original. Las ideas inconscientes pueden motivar y
motivan a las personas, por ejemplo, la hostilidad de un
hijo hacia su padre puede enmascararse en forma de
cariño ostentoso. Si se manifestara abiertamente, la
hostilidad generaría demasiada ansiedad al hijo, por
tanto, su inconsciente lo llevaría a expresarla de manera
indirecta, como una muestra extrema de amor y
adulación. Como el fingimiento debe conseguir engañar
a la otra persona, suele adoptar la forma opuesta a los
sentimientos origina- les, pero casi siempre es enfático y
ostentoso
El preconsciente

El nivel preconsciente contiene todos los elementos que


no son conscientes pero pueden llegar a serlo, ya sea de
manera. Los contenidos del preconsciente proceden de
dos fuentes:
■ La primera de ellas es la percepción consciente. Lo
que percibimos permanece en el consciente solo
durante un periodo transitorio y pasa rápidamente al
preconsciente cuando el centro de atención se
desplaza hacia otra idea. Estas ideas que se mueven
fácilmente entre el consciente y el preconsciente
están prácticamente libres de ansiedad y, en
realidad, son mucho más similares a las imágenes
conscientes que a los impulsos inconscientes.
bastante fácil o con cierta dificultad.
■ La segunda fuente de imágenes preconscientes
es el inconsciente. Freud afirmaba que las ideas
pueden pasar sin que el vigilante censor las
advierta y entrar en el preconsciente
camufladas, algunas de estas imágenes nunca
llegan a ser conscientes porque, si las
reconociéramos como deriva- das del
inconsciente, sentiríamos aún más ansiedad y
esta activaría al censor final para que reprimiera
las imágenes, forzando su vuelta al
inconsciente. Otras imágenes del inconsciente
consiguen entrar en la conciencia, pero solo
por- que su verdadera naturaleza es hábilmente
disfrazada mediante el proceso del sueño, un
lapsus linguae, o alguno de los complicados
mecanismos de defensa.
El consciente

La conciencia, que desempeña un papel relativamente secundario en la teoría psicoanalítica,


se puede definir como los elementos mentales de los que somos conscientes en un momento
cualquiera. Es el único nivel de vida mental directamente accesible para nosotros. Las ideas
pueden llegar a la conciencia desde dos direcciones distintas:
■ La primera es el sistema perceptivo consciente, orientado hacia el mundo exterior y
que sirve como medio para la percepción de estímulos externos, lo que percibimos a
través de nuestros órganos sensoriales, si no supone una gran amenaza, entra en nuestra
conciencia.
■ La segunda fuente de elementos conscientes es el interior de la estructura mental e
incluye ideas no amenazadoras procedentes del preconsciente e imágenes del
inconsciente amenazadoras pero camufladas. Como hemos visto, estas imágenes
consiguieron entrar en el preconsciente encubiertas como elementos inofensivos y
burlando la vigilancia del censor inicial.
LOS SUSTRATOS DE LA MENTE:
SEGUNDA TÓPICA

Durante casi dos décadas, el único modelo para la mente de Freud fue el topográfico que
acabamos de trazar y su único esquema de las luchas psíquicas era el conflicto entre fuerzas
conscientes e inconscientes. Durante la década de 1920, Freud presentó un modelo
funcional que dividía la mente en tres partes o sustratos. Esta división no sustituyó al
modelo topográfico, sino que sirvió a Freud para explicar las imágenes mentales según sus
funciones o propósitos.
Para Freud, la parte más primitiva de la
mente era das Es, el ello (it, en inglés), que
en inglés se traduce como id; una segunda
parte era das Ich, el yo (I, en inglés),
traducido como ego, y una tercera era das
Uber-Ich, o el superyó (over-I, en inglés),
que se conoce también como superego.
Obviamente, estos sustratos no tienen
existencia material, son meras
construcciones hipotéticas. Los sustratos
interaccionan con los tres niveles de vida
mental de tal modo que el yo atraviesa
transversalmente a los distintos niveles
topográficos y presenta componentes
conscientes, preconscientes e
inconscientes; el superyó es tanto
preconsciente como in- consciente; y el
ello es íntegramente inconsciente.
El ello
En el centro de la personalidad se encuentra la parte denominada ello, término derivado del
pronombre personal correspondiente, que representa la parte de la personalidad
íntegramente inconsciente y no reconocida. El ello no tiene contacto con la realidad pero
lucha continuamente para disminuir la tensión satisfaciendo deseos primarios. Dado que su
única función es buscar el placer, decimos que el ello está al servicio del principio del
placer.
Un niño recién nacido es la personificación de un ello no limitado por las restricciones del
yo ni del superyó. El niño busca la satisfacción de sus necesidades sin tener en cuenta lo
que es posible (es decir, las exigencias del yo) o lo que resulta adecuado (es decir, las
limitaciones del superyó). En su lugar, chupa esté presente o no el pezón y experimenta
placer en cualquier situación. Aunque el niño recibe el alimento que necesita para vivir sólo
cuando chupa el pezón de su madre, sigue chupando porque su ello no está en contacto con
la realidad. El niño no puede darse cuenta de que chuparse el dedo no le proporciona
alimento para vivir. Dado que el ello no tiene contacto directo con la realidad, no es alterado
por el paso del tiempo o por las experiencias de la persona. Los impulsos del deseo en la
infancia permanecen invariables en el ello durante décadas
Además de ser irrealista y buscar el placer, el ello es ilógico y puede, por tanto, considerar
simultáneamente ideas que son incompatibles. Por ejemplo, una mujer puede mostrar amor
consciente por su madre mientras que inconscientemente desea aniquilarla. Estos deseos
opuestos son posibles porque el ello no conoce la moral, es decir, no puede hacer juicios de
valor o distinguir entre el bien y el mal. Sin embargo, no puede decirse que el ello sea
inmoral, sino simplemente amoral. Toda la energía del ello se emplea en un propósito:
buscar el placer sin tener en cuenta lo que es adecuado o justo.

En resumen, el ello es primitivo, caótico, inaccesible a la conciencia, indiscutible, amoral,


ilógico, desorganizado y está lleno de energía que procede de impulsos básicos y se libera
con la satisfacción del principio del placer.
El yo
El yo es la única parte de la mente en contacto
con la realidad; surge del ello durante la
infancia y se convierte en la única fuente de
comunicación de la persona con el mundo
exterior. Está gobernado por el principio de
la realidad, con el que intenta sustituir al
principio de placer del ello. Como único
sustrato de la mente en contacto con el mundo
exterior, el yo se convierte en la parte de la
personalidad encargada de la toma de
decisiones o parte ejecutiva. No obstante,
dado que es en parte consciente, en parte
preconsciente y en parte inconsciente, el yo
puede tomar decisiones en cada uno de estos
tres niveles.
Por ejemplo, el yo de una mujer puede impulsarla de manera consciente a escoger ropa muy
elegante porque se siente cómoda cuando va bien vestida, al mismo tiempo, puede que sea
solo vagamente consciente (es decir, de manera preconsciente) de sus experiencias
anteriores en las que recibió gratificaciones por llevar ropa elegante. Además, puede verse
impulsada por elementos inconscientes a ser excesivamente pulcra y ordenada, debido a sus
experiencias de la primera infancia durante el aprendizaje de control de esfínteres. Por
tanto, su decisión de llevar ropa elegante puede tener componentes de los tres niveles de
vida mental.
Al realizar sus funciones cognitivas e intelectuales, el yo debe tener en cuenta las exigencias
incompatibles y, al mismo tiempo, irrealistas del ello y del superyó. Además de estos dos
tiranos, el yo debe servir a un tercer amo: el mundo exterior; por tanto, el yo debe intentar
conciliar las demandas desmedidas e irracionales del ello y del superyó con las exigencias
realistas del mundo exterior y, al verse rodeado por tres frentes de fuerzas divergentes y
hostiles, el yo reacciona previsiblemente con ansiedad, por lo que utiliza la re- presión y
otros mecanismos de defensa para protegerse de esta ansiedad.
El yo no tiene fuerza por sí mismo: toda la energía la toma prestada del ello. Pese a su
dependencia del ello, el yo a veces está próximo a conseguir el control total, por ejemplo,
cuando una persona alcanza la madurez psicológica.
El superyó
En la psicología freudiana, el superyó representa los
aspectos morales e ideales de la personalidad y está
guiado por los principios morales e idealistas en
contraste con el principio de placer del ello y el
principio realista del yo. El superyó surge del yo y,
como él, no tiene energía propia. Sin embargo, existe
una diferencia importante entre el superyó y el yo: el
primero no está en contacto con el mundo exterior y,
por tanto, sus exigencias de perfección son irrealistas.
El superyó tiene dos subsistemas, la conciencia y el yo ideal.
La conciencia procede de las experiencias de castigos derivados de comportamientos
indebidos y nos indica lo que no deberíamos hacer, mientras que el yo ideal surge de
experiencias de recompensa derivadas de comportamientos correctos y nos indica lo que
deberíamos hacer.
Un superyó bien desarrollado controla los impulsos sexuales y agresivos mediante un
proceso de represión. El superyó no puede producir represiones por sí mismo, pero puede
ordenar al yo que lo haga. Así, el superyó vigila de cerca al yo, juzgando sus actos e
intenciones; cuando el yo actúa, o incluso cuando intenta actuar, en contra de los principios
morales del superyó, aparece la culpa. Cuando el yo no es capaz de cumplir las exigencias
de perfección del superyó, surgen los sentimientos de inferioridad. La culpa, por tanto,
procede de la conciencia, mientras que los sentimientos de inferioridad proceden del yo
ideal.
■ El superyó no se preocupa por la felicidad del yo y lucha de manera ciega e irrealista
por alcanzar la perfección; irrealista en el sentido de que no tiene en cuenta las
dificultades o imposibilidades a las que se enfrenta el yo para ejecutar sus órdenes.
Obviamente, no todas sus exigencias son imposibles de cumplir, como no todas las
exigencias de los padres y otras figuras de autoridad lo son. El superyó, no obstante, es
similar al ello en cuanto a que es totalmente indiferente a la posibilidad o imposibilidad
de llevar a la práctica sus exigencias.
Freud señaló que las divisiones entre los diferentes estratos de
la mente no están definidas claramente. El desarrollo de los
tres estratos puede variar mucho en función de la persona. En
algunas, el superyó no se desarrolla después de la infancia; en
otras, el superyó puede llegar a dominar la personalidad a base
de sentimientos de culpa e inferioridad. En ocasiones, el yo y
el superyó se van turnan- do en el control de la personalidad,
lo que provoca cambios de humor acusados y ciclos alternos
de autoconfianza y autodesprecio. En un individuo
equilibrado, el ello y el superyó están integrados en un yo
estable y operan en armonía y sin conflictos.
Dinámicas de la personalidad
■ Los niveles de vida mental y los sustratos de la mente se refieren a la estructura o
composición de la personalidad, pero las personalidades también tienen actividad y, por
ello, Freud postuló la existencia de una dinámica o principio motivador para explicar las
fuerzas impulsoras que subyacen a los actos de los individuos. Para Freud, los motivos
que mueven a las personas son la búsqueda del placer y la reducción de las tensiones y
la ansiedad, motivación que procede de la energía psíquica y física que surge de sus
pulsiones básicas.
Las pulsiones

■ Freud usó la palabra alemana Trieb para referirse a una pulsión o un estímulo dentro de
la persona. Las pulsiones funcionan como una fuerza motivadora constante y, como
estímulos internos que son, se diferencian de los estímulos externos en que no es posible
evitarlos huyendo de ellos.
■ Según Freud, las pulsiones se pueden clasificar en dos grupos: el sexo o eros y la
agresividad o tánatos, ambas se originan en el ello, pero están bajo el control del yo.
Cada pulsión tiene su propia forma de energía psíquica: Freud empleó la palabra libido
para referirse a la pulsión sexual, pero no asignó un nombre concreto a la energía pro-
cedente de las pulsiones agresivas.
Todas las pulsiones básicas se caracterizan por un ímpetu, una fuente, un objetivo y un
objeto. El ímpetu de una pulsión es la cantidad de fuerza que ejerce; su fuente es la parte
del cuerpo que se encuentra en estado de excitación o tensión; el objetivo es la búsqueda de
placer mediante la eliminación de esa excitación o la reducción de la tensión, y su objeto es
la persona o cosa que sirve de medio para la satis- facción de los objetivos
El sexo
La meta de la pulsión sexual es el placer, pero este no está limitado a la satisfacción genital.
Freud afirmaba que todo el cuerpo está investido de libido, además de los genitales, la boca
y el ano tienen una capacidad especial para producir placer sexual y se llaman zonas
erógenas. El objetivo primordial de la pulsión sexual (la reducción de la tensión sexual) no
se puede alterar, pero el camino para alcanzar ese objetivo puede variar. Puede adoptar una
forma activa o pasiva o puede ser inhibido de manera temporal o permanente.
Dado que el camino es flexible y que el placer sexual proviene de órganos distintos de los
genitales, es difícil reconocer la naturaleza sexual de gran parte del comportamiento
impulsado por el eros; para Freud, sin embargo, toda actividad que proporcione placer se
puede atribuir a la pulsión sexual.
La plasticidad del objeto o la persona sexual puede en- mascarar aún más al eros, así el
objeto erótico se puede transformar o desplazar fácilmente y la libido se puede retirar de
una persona para adoptar un estado de libre tensión o se puede trasladar a otra persona, que
puede ser el propio yo.
Por ejemplo, un niño al que se obliga prematuramente a renunciar al pecho de la madre
como objeto sexual puede sustituir el pulgar como objeto de placer oral.
El sexo puede adoptar varias formas, entre ellas el narcisismo, el amor, el sadismo y el
masoquismo. Las dos últimas tienen también la pulsión agresiva como componente
importante.
■ Los niños son fundamentalmente egocéntricos y su libido se transmite casi en exclusiva
a su propio yo. Este estado, que es universal, se conoce como narcisismo primario. A
medida que el yo se desarrolla, los niños suelen renunciar a gran parte de su narcisismo
primario, tras lo cual surge un mayor interés por los demás. En palabras de Freud, la
libido narcisista se transforma entonces en objeto de libido. Duran- te la pubertad, no
obstante, los adolescentes suelen reorientar su libido hacia el yo y se preocupan por su
aspecto físico y otros aspectos de sí mismos. Este narcisismo secundario no es
universal, pero casi todo el mundo posee una cantidad moderada de amor propio
Una segunda forma de manifestación del eros es el amor, que surge cuando las personas
dirigen su libido a un objeto o persona distinto de ellas mismas. El primer objeto de interés
sexual de los niños es la persona que cuida de ellos, que suele ser la madre. Durante la
infancia todos los niños sienten amor sexual por su madre; sin embargo, el amor sexual
manifiesto por los miembros de la propia familia se suele reprimir, lo que genera un
segundo tipo de amor. Freud llamó a este segundo tipo amor inhibido, porque el objetivo
original de reducir la tensión sexual es inhibido o reprimido; así, el amor que las personas
sienten por sus hermanos menores o por sus padres suele ser inhibido.
Obviamente, amor y narcisismo están estrechamente relacionados. El narcisismo implica
amor por uno mismo, mientras que el amor suele ir acompañado de tendencias narcisistas,
como cuando una persona ama a alguien que sirve de modelo de lo que le gustaría ser.
Otras dos pulsiones que también están relacionadas entre sí son el sadismo y el
masoquismo. El sadismo es la necesidad de satisfacer el placer sexual infligiendo daño o
humillación a otra persona. Llevado al extremo, se considera una perversión sexual, pero
con moderación el sadismo es una necesidad común y está presente en cierta medida en
todas las relaciones sexuales. Se distorsiona cuando el objetivo sexual del placer erótico
pasa a un segundo plano, al ser desbancado por la meta destructiva.
El masoquismo, como el sadismo, es una necesidad común pero se convierte en una
perversión cuando el eros que- da supeditado a la pulsión destructiva. Los masoquistas
encuentran placer sexual en el dolor y la humillación infligidos por ellos mismos o por otros
y, como pueden hacerse daño a sí mismos, no dependen de otra persona para la satisfacción
de sus necesidades masoquistas.

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