Marcos 1: 40-
«Vino a él un leproso que, de rodillas, le
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dijo: -Si quieres, puedes limpiarme.
Jesús, teniendo misericordia de él,
extendió la mano, lo tocó y le dijo: -
Quiero, sé limpio. Tan pronto terminó de
hablar, la lepra desapareció del hombre,
Lectura Bíblica:
y quedó limpio».
TODOS LO CONSIDERAN UN MUERTO EN
VIDA, PERO ÉL TODAVÍA
NO HA CERRADO EL HORIZONTE DE SU
ESPERANZA, A PESAR DE
QUE «NINGUNA OTRA ENFERMEDAD
REDUCE A UN SER HUMANO
POR TANTOS AÑOS A UNA RUINA TAN
REPULSIVA»
La lepra despertaba terror. Según el tipo de lepra, se ulceran las
manos y los pies, se pierden dedos, pies, manos. Es una muerte
progresiva del cuerpo. El leproso se convierte en un ser repulsivo
para los demás y para él mismo.
Cuando se acerca alguien, los gritos de ¡Inmundo!, ¡Inmundo!,
rompen el silencio. A veces, desde los carros les arrojan algún óbolo,
un mendrugo de pan, o las sobras que no han querido los perros. Se
precipitan sobre el polvo y, si consiguen algo, levantan los brazos al
cielo bendiciendo la dádiva. Si algún leproso se acerca a jinetes o
carros, los alejan con el látigo, golpeando sus espaldas, sus manos.
“Cada acto del ministerio de
Cristo tenía un propósito de
largo alcance. Abarcaba más de
lo que el acto mismo revelaba.
Así fue en el caso del leproso.
Mientras Jesús ministraba
a todos los que venían a él,
anhelaba bendecir a los que no
venían.”
Ellen G. White, El Deseado de
todas las gentes, p. 230.
Al tormento de ver que la vida se va cayendo a pedazos, se une el
sufrimiento moral de preguntarnos:
¿Qué falta estaré pagando?
¿Qué he hecho yo para merecer esto?
¿Cómo es posible que el Cielo me haya enviado algo así?
Al rechazo social y afectivo se une la marginación espiritual al
creerse también maldito de Dios.
El leproso no vacila. En la mirada del
Maestro hay un imán que lo atrae. Avanza a
su vez hacia Jesús y de rodillas gritando, le
dice: «¡Si quieres, puedes limpiarme!»
(Marcos 1: 40).
• Estrechando contra su pecho su
certificado de pureza, corre hacia
su casa, a abrazar a su mujer, sus
hijos, sus padres, sus hermanos. A
retomar su vida donde las
injusticias del mundo le obligaron
a dejarla. Por fin vuelve a ser él
mismo. Tocado por la gracia,
entiende que ya es otro, más libre
que nunca, porque Dios lo quiere
libre como las avecillas que
revolotean en los sembrados.