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Ministerio y Sacramentos del Clero

El documento describe los diferentes ministerios en la Iglesia, incluyendo los obispos, sacerdotes y diáconos. Los obispos reciben la plenitud del sacramento del orden y gobiernan sus propias iglesias particulares. Los sacerdotes ayudan a los obispos y celebran la eucaristía. Los diáconos asisten en la liturgia y sirven a través de obras de caridad. Solo los varones bautizados pueden recibir las órdenes sagradas.
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Ministerio y Sacramentos del Clero

El documento describe los diferentes ministerios en la Iglesia, incluyendo los obispos, sacerdotes y diáconos. Los obispos reciben la plenitud del sacramento del orden y gobiernan sus propias iglesias particulares. Los sacerdotes ayudan a los obispos y celebran la eucaristía. Los diáconos asisten en la liturgia y sirven a través de obras de caridad. Solo los varones bautizados pueden recibir las órdenes sagradas.
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EL SACERDOCIO

El ministerio de los Obispos

Entre los ministerios que existen en la lglesia, ocupa el


primer lugar el de los Obispos, que, a través de una sucesión
que se remonta hasta el principio, son los transmisores de la
doctrina de los apóstoles. Estos, mediante la imposición de
las manos, comunicaron a sus colaboradores el don
espiritual que se ha transmitido hasta nosotros en la
consagración de los obispos.
El obispo recibe la plenitud del sacramento del Orden y
con él la potestad de santificar, enseñar y gobernar;
recibe la gracia del Espíritu Santo y queda marcado con
el carácter sagrado. Queda constituido miembro del
«colegio episcopal en virtud de la consagración episcopal
y por su comunión con la Cabeza y con los miembros del
«colegio». Para que sea legítima la ordenación de un
obispo se requiere hoy una intervención especial del
Papa, que es la cabeza de este colegio y el vínculo
supremo de comunión de todas las Iglesias particulares
en la única Iglesia de Cristo.
Aunque cada obispo tiene encomendada una Iglesia
particular, por su unión con la Cabeza y los demás
miembros del colegio, siente sobre sí la solicitud por
todas las Iglesias y comparte con los demás la
responsabilidad de toda la Iglesia de Cristo. (1555-
61).
El ministerio de los sacerdotes

Los obispos, mediante la ordenación sacerdotal, confían a los


sacerdotes, su propia fun-ción, en grado subordinado. Aunque
no tienen la plenitud del sacramento del Orden y dependen de
los obispos en el ejercicio de sus poderes, son consagrados
verdaderos sacer-dotes, a imagen de Cristo, para anunciar el
evangelio a los fieles, para dirigirlos y para celebrar el culto
divino. También los sacerdotes reciben su misión con amplitud
universal, que les prepara para anunciar el evangelio hasta los
confines de la tierra.
Los sacerdotes ejercen su función, sobre todo, en la celebración
eucarística. En ella, actuando en la persona de Cristo, unen la
ofrenda de los fieles al sacrificio de Cristo, Cabe-za. Actualizan
y aplican en la Misa el único sacrificio de la Nueva Alianza: el
de Cristo, que se ofrece en la cruz, de una vez para siempre,
como hostia inmaculada. De ahí saca toda su fuerza el
ministerio sacerdotal. La Eucaristía es «la razón de ser» del
sacerdote.
Todos los sacerdotes forman, con su obispo, un único
presbiterio, dedicado a diversas ta-reas, en las que representan
al obispo en medio de su pueblo Por eso en la ordenación le
prometen obediencia filial y reciben de él el beso de paz, porque
les considera sus colabo-radores, sus hijos, hermanos, amigos.
Por lo mismo, todos los sacerdotes están unidos entre sí por la
íntima fraternidad del sacramento que han recibido y que les
consagra para una misma misión: representar a Cristo y actuar
en su nombre. (1562-68)
El ministerio de los Diáconos

También los diáconos han recibido el sacramento del Orden en grado inferior. Su
misión es «realizar un servicio, no ejercer el sacerdocio». Les corresponde, entre
otras cosas, asistir al obispo y a los sacerdotes en la Eucaristía y en la distribución
de la comunión, asistir a la celebración del Matrimonio y bendecirlo, proclamar
el evangelio y predicar, presidir las exequias y entregarse a los diversos servicios
de la caridad.
Todos los sacerdotes han recibido el orden del
diaconado previamente a su ordenación
Pero hay también diáconos, llamados «permanentes»,
porque se ordenan para permane cer como tales y
servir así a la Iglesia. Pueden incluso ser hombres
casados. (1569-71).
La celebración del sacramento.

El rito esencial es la imposición de las manos del obispo sobre


la cabeza del ordenando y la oración consecratoria. Como ritos
complementarios, además de la unción con Santo Crisma para
el obispo y el presbítero, se hace entrega al ordenando de
algunos distintivos: al obispo se le entrega el libro de los
evangelios, la mitra, el anillo y el báculo. Al sacerdote, la patena
y el cáliz. Al diácono, el libro de los evangelios. (1572-74).
Quién lo administra

El mismo Cristo, que eligió a los apóstoles y les confirió su


misión y autoridad sobre el rebaño de la Iglesia, sigue
protegiéndolo por medio de los pastores que continúan su obra
y siguen actuando por medio de los obispos. Sólo los obispos, en
cuanto sucesores de los apóstoles, pueden transmitir este «don
espiritual», confiriendo válidamente los tres
grados del sacramento del Orden. (1575-6).
Quién puede recibir el sacramento del Orden

Sólo el varón bautizado recibe válidamente la sagrada


ordenación. Así lo hizo Jesús. Así los apóstoles, sin
interrupción, hasta nuestros días. La Iglesia se reconoce
vinculada por esta decisión del Señor. Esta es la razón por
la que las mujeres no reciben la ordenación.
En la Iglesia latina, exceptuando los diáconos permanentes, que
pueden ser personas casadas, los ministros ordenados se eligen
ordinariamente entre personas que viven célibes y están
dispuestos a guardar el celibato «por el reino de los cielos». Así
se consagran totalmente al Señor y a « sus cosas» y se entregan
enteramente a Dios y a los hombres. Aceptando el celibato con
corazón alegre, son un signo de la vida nueva y anuncian de
modo radiante el reino de Dios. (1577-80).
Efectos del sacramento

El que recibe el sacramento del orden se configura con Cristo, mediante una gracia
especial del Espíritu Santo, a fin de servir de instrumento de Cristo en favor de su
Iglesia.
Recibe la capacidad de actuar en nombre de Cristo, Cabeza de la Iglesia, en su
triple función de sacerdote, profeta y rey.
Esta participación es concedida de una vez para siempre. El ordenado recibe un
carácter espiritual indeleble, que, por lo mismo, no puede ser reiterado ni ser
conferido para un tiempo determinado. Ha sido «sellado» para toda la vida.
Aunque, por diversos motivos, un sacerdote fuera liberado de sus funciones y
obligaciones, permanecería siempre «Sa-cerdote». El carácter le ha sido impreso
para siempre.
Al mismo tiempo el ordenado recibe en el sacramento una gracia
especial que le configura con Cristo, Sacerdote, Maestro y Pastor, y le
impulsa y fortalece para desempeñar su misión, para anunciar el
evangelio, para ser modelo de la grey, para dar la vida por sus ovejas,
para identificarse con Cristo, de quien ha sido constituido ministro.
Decía el santo Cura de Ars: «El sacerdote continúa la obra de
redención en la tierra... si comprendiéramos bien quién es el
sacerdote, moriríamos no de pavor, sino de amor... El sacerdote es el
amor del Corazón de Jesús.

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