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Escatología: Muerte y Vida Eterna

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ESCATOLOGÍA GENERAL E INDIVIDUAL

ESCATOLOGÍA GENERAL El nombre “escatología” llama la atención al hecho de que la


historia del mundo y de la raza humana alcanzará finalmente su consumación. No es un
proceso indefinido e interminable, sino una historia verdadera que se mueve hacia un
final divinamente señalado. Según la Escritura ese fin vendrá como una potentísima
crisis, y los hechos y eventos asociados con esta crisis forman el contenido de la
escatología. Hablando en forma estricta, estos acontecimientos determinan también los
límites de la escatología. Pero debido a que otros elementos tienen que incluirse bajo el
título general. Se acostumbra hablar de la serie de eventos relacionados con el retorno
de Jesucristo y el fin del mundo como los elementos que constituyen la escatología
general, una escatología en la cual están incluidos todos los hombres. Los asuntos que
llamarán nuestra consideración en esta división son, el retorno de Cristo, la resurrección
general, el juicio final, la consumación del reino y la condición definitiva tanto de los
justos como de los injustos.
ESCATOLOGÍA INDIVIDUAL

Además de la escatología general, también tenemos la individual, una escatología que


debe tomarse en consideración. Los eventos nombrados deben constituir el todo de la
escatología en el sentido estricto de la palabra, y sin embargo no podemos hacer justicia
a esto sin demostrar cómo las generaciones que han muerto participarán en los eventos
finales. Para el individuo el fin de la existencia presente viene con la muerte, la cual lo
transfiere por completo desde esta edad presente y lo introduce en la futura. Hasta
donde tiene que ver su remoción de la edad presente con su desarrollo histórico, el
individuo queda introducido en la edad futura, la cual es la eternidad.
En la misma medida en que hay un cambio de localidad, hay
también un cambio de edad (aeon). Las cosas que se
relacionan con la condición del individuo entre su muerte y la
resurrección general, pertenecen a la escatología personal o
individual. La muerte física, la inmortalidad del alma, y la
condición intermedia demandan que las discutamos aquí. El
estudio de estos asuntos servirá para relacionar la condición
de aquellos que mueren antes de la venida del Señor
(parusía), con la consumación final
LA MUERTE FÍSICA

La idea bíblica de la muerte incluye muerte física, espiritual y eternal. La física, y


la espiritual se discuten, como es natural, en relación con la doctrina del pecado
y la muerte eterna está considerada en forma más particular en la escatología
general. Por esa razón una discusión de la muerte en ningún sentido de la
palabra puede parecer extrañar en la escatología individual. Y sin embargo,
difícilmente puede ignorársele por completo en un intento de eslabonar las
generaciones pasadas con la consumación final. LA NATURALEZA DE LA
MUERTE FÍSICA La Biblia contiene algunas indicaciones instructivas respecto a
la naturaleza de la muerte física. Habla de ella de varias maneras. En Mat. 10:
28; Luc. 12; 4, se habla de la muerte del cuerpo, para distinguirla de la del alma
(psuche).
Aquí se considera al cuerpo como un organismo que tiene vida, y la psuche
es con toda evidencia el pneuma del hombre, el elemento espiritual que
constituye la vida natural humana. Este concepto de la muerte natural
también rige el lenguaje de Pedro en su Epístola, 3: 14-18. En otros pasajes
está descrito como la terminación de la psuche, es decir, de la vida o la
existencia animal, o como la pérdida de ésta, Mat. 2: 20; Marc. 3: 4; Luc.
6:.9; 14:,26; Juan 12: 25; 13: 37, 38; Hech. 15: 26; 20: 24 y otros pasajes y
por ultimo, también se le explica como una separación del cuerpo y del alma,
Ecl. 12: 7 (compárese Gén. 2: 7); Sgo. 2: 26, una idea que también es básica
en pasajes como Juan 19: 30; Hech. 7: 59; Fil. 1: 23.
Compárese también el uso de exodus en Luc. 9: 31; II Pedo 1: 15, 16. En vista de todo
esto puede decirse que, según la Biblia, la muerte física es la terminación de la vida
física, por medio de la separación del cuerpo y del alma. Nunca es una aniquilación,
aunque algunas sectas explican la muerte de los malvados en este concepto. Dios no
aniquila ninguna cosa en su creación. La muerte no es la cesación de la existencia, sino
una separación de las relaciones naturales de la vida. La vida y la muerte no están
opuestas una a la otra como existencia y no existencia, sino opuestas sólo como
diferentes modos de existencia. Es imposible decir con exactitud lo que es la muerte.
Hablamos de ella como la cesación de la vida física, pero luego surge la pregunta, ¿qué
es la vida? y no tenemos respuesta. No sabemos lo que es la vida en su esencia, pero la
conocemos en sus relaciones y acciones. Y la experiencia nos enseña que, donde éstas
se separan y cesan, entra la muerte.
La muerte significa un rompimiento en las relaciones naturales
de la vida. Puede decirse que el pecado es por su muerte,
debido al que representa un rompimiento en las relaciones
vitales en las que el hombre creado a la imagen de Dios,
aguarda para encontrarse con su creador. Significa la pérdida
de esa imagen, y en consecuencia perturba todas las,
relaciones de la vida. Este rompimiento se lleva también a
cabo en aquella separación del cuerpo y del alma que
llamamos muerte física.
LA RELACIÓN ENTRE PECADO Y MUERTE
Los pelagianos y los socinianos: enseñan que el hombre fue creado mortal, no
sólo en el sentido de que podía caer como presa de la muerte, sino también en
el sentido de que, en virtud de su creación estaba bajo la ley de la muerte, y en
el curso del tiempo tenía que morir. Esto significa que Adán no era sólo
susceptible de morir, sino que ya estaba sujeto a la muerte antes de la caída.
Los que abogan por este concepto fueron impulsados, principalmente, por el
deseo de evitar la prueba del pecado original derivada del sufrimiento y la
muerte de los niños. En el día actual la ciencia parece sostener esta posición
acentuando el hecho de que la muerte es la ley de la materia organizada,
puesto que lleva consigo mismo la semilla de la decadencia y la disolución.
Algunos de los Padres primitivos de la iglesia y algunos teólogos posteriores,
por ejemplo Warburton y Laidlau, toman la posición de que Adán fue creado
mortal en verdad, es decir, sujeto a la ley de la disolución, pero que la ley fue
efectiva en su caso sólo debido a que pecó.
Si él hubiera probado por si, ser obediente, habría sido exaltado al estado de inmortalidad.
Su pecado, en este sentido, trajo no un cambio en su ser esencial, sino que lo colocó bajo la
sentencia de Dios dejándolo sujeto a la ley de la muerte, y lo despojó del bien de la
inmortalidad, la cual él habría tenido sin pasar por la muerte. En este concepto la entrada real
de la muerte, de consiguiente, sigue siendo penal. Es un concepto que puede acomodarse
muy bien con la posición supralapsariana, pero que ésta no la exige. En realidad, esta teoría
busca nada más acomodar los hechos, tal como están revelados en la Palabra de Dios, con
los dictados de la ciencia, pero ni siquiera éstos la hacen imperativa. Suponiendo que la
ciencia hubiera probado definitivamente que la muerte imperó en los reinos vegetal y animal
desde antes de la entrada del pecado, no se seguiría necesariamente que también había
prevalecido en el mundo de los seres racionales y morales. Y aun cuando se estableciera
más allá de toda sombra de duda que todos los organismos físicos, incluyendo al hombre
llevan ya con ellos las semillas de la disolución, esto tampoco probaría que el hombre no
hubiera sido una excepción a la regla antes de la caída. ¿Diremos que el poder absoluto de
Dios, mediante el cual fue creado el universo, no era suficiente para hacer que el hombre
continuara en la vida infinitivamente? Además, Debemos de recordar los siguientes datos
Bíblicos:
(1) El hombre fue creado a la imagen de Dios y esto, en atención a las
condiciones perfectas en las cuales la imagen de Dios existió originalmente,
parecería excluir la posibilidad de llevar con él la semilla de la disolución y la
mortalidad.
(2) La muerte física no se presenta en la Escritura como el resultado natural
de la continuación de la condición original del hombre, motivado por su fracaso
de alcanzar la altura de la inmortalidad por la senda de la obediencia; sino como
el resultado de su muerte espiritual, Rom. 6: 23; 5: 21; 1 Cor. 15: 56; Sgo. 1: 15.
(3) Las expresiones bíblicas señalan con toda certidumbre a la muerte como algo
que fue introducido en el mundo de la humanidad por causa del pecado, y como
un positivo castigo por el pecado, Gén. 2: 17; 3: 19; Rom. 5: 12,17; 6:23; 1 Coro
15:21; Sgo. 1: 15.
( 4) La muerte no se explica como algo natural en la vida del hombre, un
mero no alcanza el ideal, sino decididamente como algo extraño y hostil a
la naturaleza humana; es una expresión de la ira divina, Sal. 90: 7, 11 un
juicio, Rom. 1: 32, una condenación, Rom. 5: 16, y una maldición, Gál.
3: 13, y llena el corazón de los hijos de los hombres con terror y temor,
precisamente porque se siente que es algo antinatural. Todo esto, sin
embargo, no significa que no haya habido una muerte, en algún sentido
de la palabra, en la baja creación aparte del pecado, sino que la entrada
del pecado trajo hasta la misma baja creación a una esclavitud de
corrupción que era extraña a la criatura, Rom. 8: 20-22. En estricta
justicia, Dios pudo haber impuesto la muerte sobre el hombre en el más
pleno sentido de la palabra inmediatamente después de su trasgresión,
Gén. 2: 17.
Pero debido a su gracia común refrenó la operación del pecado y
de la muerte, y mediante su gracia especial en Cristo Jesús
conquistó estas fuerzas hostiles, Rom. 5: 17; 1 Cor. 15: 45; II Tim. 1:
10; Heb. 2: 14; Apoc. 1: 18; 20: 14. La muerte cumple, actualmente,
su obra plena sólo en las vidas de aquellos que rehúsan ser
liberados de ella según la oferta que se nos hace en Cristo Jesús.
Aquellos que creen en Cristo están libres del poder de la muerte,
son restaurados a la comunión con Dios, y están capacitados con
una vida sin límites, Juan 3: 36; 6: 40; Rom. 5: 17-21; 8:23; I
Cor.1S:26, 51-57; Apoc. 20: 14; 21:3, 4.
LA IMPORTANCIA DE LA MUERTE DE LOS CREYENTES

La Biblia habla de la muerte física como de un castigo, la considera como “la paga del
pecado”. Sin embargo, puesto que los creyentes están justificados y ya no están bajo la
obligación de presentar ninguna satisfacción penal, surge la pregunta, ¿Por qué tienen
que morir? Es muy evidente que para ellos el elemento penal ha sido quitado de la
muerte. Ya no están bajo la ley, sea que se considere ésta como un requerimiento del
pacto de obras o como un poder condenador, puesto que han obtenido un completo
perdón de todos sus pecados. Cristo se convirtió en maldición por causa de ellos y de
esta manera removió el castigo del pecado. Pero si esto es así: ¿Por qué Dios estima
necesario todavía conducirlos a través de la trituradora experiencia de la muerte? ¿Por
qué no simplemente los traslada al cielo de una vez? No puede decirse que la
destrucción del cuerpo sea esencial en lo absoluto para una perfecta santificación,
puesto que esto está contradicho por los ejemplos de Enoc y de Elías.
Tampoco se satisface con decir que la muerte liberta a los creyentes de los
males y sufrimientos de la vida presente y de los impedimentos del polvo, al
liberar el espíritu del cuerpo actual, miserable y sensual Dios podría efectuar
esta liberación también mediante una transformación repentina, tal como la
que experimentarán los santos al tiempo de la parusía. Es por completo
evidente que la muerte de los creyentes debe considerarse como la
culminación de los castigos con que Dios ha determinado la santificación de
su pueblo. Aunque la muerte en sí misma sigue siendo una verdadera
calamidad natural para los hijos de Dios, es decir, algo antinatural, que ellos
conceptúan como un mal, en la economía de la gracia se le hace servir para
el adelanto espiritual de ellos y para los mejores intereses del reino de Dios.
El mero pensamiento de la muerte, los desenlaces producidos por ella, el
sentimiento de que la enfermedad y los sufrimientos abrigan a la muerte, y la
conciencia de su aproximación, tienen todos ellos un efecto muy benéfico
sobre el pueblo de Dios. Sirven para humillar el orgullo, para mortificar la
carnalidad, para denunciar la mundanalidad y para avivar el entendimiento
espiritual. En la unión mística con su Señor los creyentes son hechos
participantes de la experiencia de Cristo. Así como El entró a su gloria por el
sendero del sufrimiento y de la muerte, ellos también entran a su eterna
recompensa sólo mediante la santificación. La muerte con frecuencia es la
prueba suprema de la fortaleza de la fe que hay en ellos, y con frecuencia
produce impresionantes manifestaciones de la conciencia de victoria en la
hora precisa de lo que parece derrota, 1 Pedro 4: 12, 13.
La muerte completa la santificación de las almas de los creyentes, de tal
manera que se convierten de una vez “en los espíritus de los justos hechos
perfectos”, Heb. 12: 23; Apoc. 21: 27. La muerte no es el fin para los
creyentes, sino el principio de una vida perfecta. Entran a la muerte con la
seguridad de que su aguijón ha sido quitado, 1 Coro 15: 55, y de que para
ellos ella es la puerta del cielo. Duermen en Jesús, II Tes. 1: 7, y saben que
aun sus cuerpos finalmente serán arrebatados del poder de la muerte, para
estar para siempre con el Señor, Rom. 8:-11; 1 Tes. 4: 16,17. Jesús dijo, “el
que cree en mí aunque esté muerto vivirá”. Y Pablo tuvo la bendita conciencia
de que para él el vivir era Cristo, y morir era ganancia. De aquí que pudiera
hablar con notas jubilosas al final de su carreta: “He peleado la buena batalla,
he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la
corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo
a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Ti 4:7-8)
LA INMORTALIDAD DEL ALMA En lo precedente quedó indicado que la
muerte física es la separación del cuerpo y del alma y que señala el fin de
nuestra existencia física presente. La muerte, necesariamente, envuelve y
tiene como resultado la descomposición del cuerpo. Señala el fin de nuestra
vida presente y el término del “cuerpo natural”. Pero ahora el problema es,
¿qué pasa con el alma? ¿Trae la muerte física el fin del alma, o continúa
ésta existiendo y viviendo después de la muerte? Siempre ha sido la
convicción firme de la Iglesia de Jesucristo que el alma continuara viviendo
aún después de su separación del cuerpo. Esta doctrina de la inmortalidad
del alma demanda breve consideración en este lugar.
DIFERENTES CONNOTACIONES DEL TERMINO
“INMORTALIDAD”

En una discusión de la doctrina de la inmortalidad debería


recordarse que el término “inmortalidad” no siempre se usa
en el mismo sentido. Hay algunas distinciones que son muy
esenciales para evitar la confusión.
EN EL SENTIDO MÁS ABSOLUTO DE LA PALABRA LA INMORTALIDAD SE
ATRIBUYE SÓLO A DIOS

Pablo habla de Dios en I Tim. 6: 15 - 16 como “el bienaventurado y sólo


poderoso Rey de Reyes y Señor de Señores, el único que tiene inmortalidad”.
Esto no significa que ninguna de sus criaturas sea inmortal en algún sentido de
la palabra. Si se entendiera en ese sentido irrestricto, esta palabra de Pablo nos
enseñaría que los ángeles no son inmortales, y esto con toda seguridad no es la
intención del Apóstol. El significado evidente de su afirmación es que Dios es el
único Ser que posee inmortalidad como una posesión original, eterna y
necesaria. Cualquiera inmortalidad que se atribuya a algunas de las criaturas de
Dios, es contingente con la voluntad divina, se confiere a ellas, y por tanto tiene
un principio. Dios, por otra parte, está necesariamente libre de todas las
limitaciones temporales.
LA INMORTALIDAD EN EL SENTIDO DE UNA EXISTENCIA
CONTINUA O INTERMINABLE TAMBIÉN SE ATRIBUYE A TODOS
LOS ESPÍRITUS, INCLUYENDO EL ALMA HUMANA

Es una de las doctrinas de la religión natural o la filosofía que,


cuando el cuerpo se disuelve, el alma no participa de su disolución,
sino que retiene su identidad como un ser individual. Esta idea de la
inmortalidad del alma está en perfecta armonía con lo que la Biblia
enseña acerca del hombre, pero la Biblia; la religión y la teología no
están primordialmente interesadas en esta inmortalidad puramente
cuantitativa e incolora, - la mera existencia continuada del alma.
UNA VEZ MÁS, EL TÉRMINO "INMORTALIDAD" SE USA EN
LENGUAJE TEOLÓGICO PARA DESIGNAR AQUEL ESTADO DEL
HOMBRE EN EL QUE QUEDA COMPLETAMENTE LIBRE DE LAS
SEMILLAS DE LA DECADENCIA Y DE LA MUERTE
En este sentido de la palabra el hombre fue inmortal antes de la
caída. Este estado claramente no excluye la posibilidad de que el
hombre se convierta en sujeto de muerte. Aunque el hombre en el
estado de rectitud no estaba sujeto a la muerte, sí estaba propenso a
ella. Era enteramente posible que por medio del pecado el hombre
quedara sujeto a la ley de la muerte; y es un hecho que el pecado
hizo del hombre su víctima.
POR ÚLTIMO, LA PALABRA "INMORTALIDAD" DESIGNA EN FORMA
ESPECIAL EN EL LENGUAJE ESCATOLÓGICO, AQUEL ESTADO DEL
HOMBRE EN QUE SE ENCUENTRA IMPENETRABLE A LA MUERTE Y DE
NINGUNA MANERA PUEDE CONVERTIRSE EN PERA SUYA

El hombre en virtud de su creación no era inmortal en este sentido


superlativo de la palabra, aunque, fue creado a la imagen de Dios. Esta
inmortalidad habría resultado si Adán, hubiera cumplido con la condición del
pacto de obras, pero ahora sólo puede producirse mediante la obra de la
redención, tal como fue perfeccionada en la consumación.
EL TESTIMONIO DE LA REVELACIÓN GENERAL ACERCA DE LA INMORTALIDAD
DEL ALMA
La pregunta de Job, “si un hombre muere, ¿volverá a vivir?” (Job 14: 14) es de interés
permanente. Y con ella vuelve de nuevo, constantemente, la pregunta respecto a que si
todavía viven los muertos. La respuesta a esta pregunta en la práctica siempre ha sido
de carácter afirmativo. Aunque los evolucionistas no puedan admitir aquella fe en la
inmortalidad del alma como una capacidad original del hombre, tampoco pueden negar
que esta fe es por completo universal, y se encuentra aun en las formas más bajas de
religión. Bajo la influencia del materialismo muchos se han inclinado a dudar y aun a
negar la vida futura del hombre. Sin embargo, esta actitud negativa no es dominante. En
un simposium reciente sobre “la inmortalidad”, en que se tuvieron en cuenta los
conceptos de casi un centenar de hombres representativos, las opiniones estuvieron
prácticamente unánimes en favor de una vida futura. Los argumentos históricos y
filosóficos respecto a la inmortalidad del alma no son conclusivos en absoluto: pero, en
verdad, son testimonios importantes a favor de la existencia continuada, personal y
consciente del hombre. Son los siguientes:
EL ARGUMENTO HISTÓRICO

El consensus gentium es precisamente tan fuerte en relación con la


inmortalidad del alma, como lo es con referencia a la existencia de
Dios. Siempre ha habido eruditos incrédulos que niegan la
continuada existencia del hombre; pero, en general, puede decirse
que la creencia en la inmortalidad del alma se encuentra entre todas
las razas y las naciones, sin importar el grado de civilización que
tengan. Y parecería que una noción tan común puede solamente
considerarse como un instinto natural o como algo envuelto en la
íntima constitución de la naturaleza humana.
EL ARGUMENTO METAFÍSICO

Este argumento se basa sobre la simplicidad del alma humana, y se


infiere de su indisolubilidad. En la muerte la materia se disuelve en
sus partes. Pero el alma como entidad espiritual no se compone de
varias partes, y por tanto es incapaz de división o disolución. En
consecuencia, la descomposición del cuerpo no trae consigo la
destrucción del alma. Aun cuando el primero perezca, la segunda
permanece intacta. Este argumento es muy antiguo y ya fue utilizado
por Platón.
EL ARGUMENTO TELEOLÓGICO

Parece que los seres humanos están capacitados con un numeró infinito de
posibilidades, que nunca se desarrollan por completo en esta vida. Parece como
si la mayor parte de los hombres solo comenzaran precisamente a cumplir
algunas de las grandes cosas a las que aspiran. Hay ideales que no llegan a su
realización, apetitos y deseos que no se satisfacen en esta vida, anhelos y
aspiraciones incumplidos. Ahora bien, se arguye que Dios no habría conferido a
los hombres semejantes habilidades y talentos, solo para que quedaran
fracasados en su cumplimiento; no habría llenado sus corazones con tales
deseos y aspiraciones, solo para serlos sentirse frustrados. Debió Dios haber
provisto una existencia futura en la que la vida humana alcance un
contentamiento.
EL ARGUMENTO MORAL
La conciencia humana testifica la existencia de un gobernador moral del
universo que hará justicia. Sin embargo, las demandas de la justicia no se
alcanzan en esta vida presente. Hay una desigual y aparentemente injusta
distribución del bien y del mal. Los malvados prosperan a menudo,
acrecientan sus riquezas y tienen una participación abundante en los goces
de la vida, en tanto que los piadosos con frecuencia viven en pobreza, se
encuentran con reveses penosos y humillantes, y sufren muchas aflicciones.
De aquí que debe haber un estado futuro de existencia, en el cual la justicia
reine suprema, y en el que queden compensadas las desigualdades de' la
vida presente.
EL TESTIMONIO DE LA REVELACIÓN ESPECIAL, RESPECTO A LA
INMORTALIDAD DEL ALMA
Las pruebas históricas y filosóficas de la supervivencia del alma no son
demostrativas en absoluto, y por tanto, no obligan a la creencia. Para mayor
seguridad, en este asunto es necesario dirigir el ojo de la fe hacia la Escritura.
Aquí, también, debemos descansar sobre la voz de autoridad. La posición que
ahora toma la Escritura con respecto a este asunto nos parecerá al principio
un tanto dudosa. Habla de Dios como el único que tiene inmortalidad (I Tim. 6:
15), y nunca afirma esto acerca del hombre. No hay una mención explícita de
la inmortalidad del alma, y mucho menos algún intento de probarla de alguna
manera formal. De aquí que los ruselistas, conocidos originalmente como
partidarios del amanecer milenario, y en la actualidad como “testigos de
Jehová”, con frecuencia desafían a los teólogos a señalarles un solo pasaje en
el que la Biblia enseña que el alma del hombre es inmortal.
Pero aunque la Biblia no afirme explícitamente que el alma del
hombre sea inmortal, y no procure probarlo de alguna manera
forma, así como tampoco procura presentar prueba formal de la
existencia de Dios, esto no significa que la Biblia niegue, o
contradiga, o aun ignore la inmortalidad del alma. Claramente
reconoce en muchos pasajes que el hombre continúa su existencia
consciente después de la muerte. De hecho la Biblia trata la verdad
de la inmortalidad del hombre de manera muy semejante como lo
hace con la existencia de Dios, es decir, la considera como un
postulado indiscutible.
LA DOCTRINA DE LA INMORTALIDAD EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
Se conoce bien y se reconoce, por lo general, el hecho de que la revelación
de Dios en la Escritura es progresiva, y que, gradualmente, aumenta en
claridad; siendo razonable que la doctrina de la inmortalidad en el sentido de
una bienaventurada vida eterna, pudo revelarse únicamente en todas sus
consecuencias después de la resurrección de Jesucristo, quien “trajo la vida
y la inmortalidad a la luz”, II Tim. 1: 10. Pero aunque todo esto es cierto, no
puede negarse que el Antiguo Testamento implica de varias maneras la
continuada y consciente existencia del hombre, sea en el sentido de una
mera inmortalidad o sobre vivencia del alma, o en el sentido de una vida
futura y bienaventurada. Esto está implicado:
EN SU DOCTRINA DE DIOS Y DEL HOMBRE
La mera raíz de la esperanza de Israel acerca de la inmortalidad estaba fundada en su
creencia en Dios como Creador y redentor de Israel, su Dios del pacto, quien nunca
habría de fallarle. Para ellos era el Dios viviente, eterno y fiel, en cuya compañía
encontraban gozo, vida, paz y satisfacción perfectos. ¿Podrían haber suspirado en pos
de El como lo hicieron, se habrían entregado a El por completo en la vida y en la
muerte, y habrían cantado de El como su porción eterna, si hubieran sentido que todo lo
que les ofrecía no era sino un breve palmo de tiempo? ¿Cómo podrían haber derivado
verdadero consuelo de la prometida redención de Dios, si hubieran considerado a la
muerte como el fin de su existencia? Además, el Antiguo Testamento representa al
hombre como creado a la imagen de Dios, creado para la vida y no para la muerte. A
distinción del bruto, el hombre posee una vida que trasciende al tiempo y que ya
contiene dentro de sí misma una prenda de inmortalidad. El hombre fue hecho para
tener comunión con Dios, es un poco menor que los ángeles y Dios ha sembrado la
eternidad en su corazón, Ecl. 3: 11.
EN SU DOCTRINA DEL SHEOL
Se nos enseña en el Antiguo Testamento que el alma desciende al sheol. La
discusión de esta doctrina pertenece al capítulo siguiente. Pero cualquiera
que sea la interpretación adecuada del sheol del Antiguo Testamento, y
cualquiera que sea la condición que se diga de aquellos que han descendido
a él, éste se representa, ciertamente, como un estado de mayor o menor
existencia consciente, aunque no sea de bienaventuranza. El hombre entre
al estado de perfecta bienaventuranza sólo cuando queda librado del sheol.
En esta liberación llegamos al verdadero corazón de la esperanza del
Antiguo Testamento acerca de una bienaventurada inmortalidad. Esto se
enseña con claridad en varios pasajes, por ejemplo, Sal. 16:10, 49:14, 15.
EN SUS FRECUENTES ADVERTENCIAS EN CONTRA DE LA
CONSULTA A LOS MUERTOS O “A LOS ESPÍRITUS FAMILIARES”

Es decir, personas que podían invocar los espíritus de los muertos y


traer mensajes de ellos para quienes los consultaban, Lev. 19:31,
20:27; Deut. 18:11; Isa 8:19; 29:4. La Escritura no dice que sea
imposible consultar a los muertos, sino más bien parece presuponer
la posibilidad, aunque la condena en la práctica.
EN SU ENSEÑANZA RESPECTO A LA RESURRECCIÓN DE LOS
MUERTOS

Esta doctrina no se enseña explícitamente en los primeros Libros del


Antiguo Testamento. Cristo señaló, sin embargo, que se enseña por
implicación en la afirmación, “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de
Isaac y el Dios de Jacob”, Mat. 22: 32, compárese Ex. 3: 6, y reprende
a los judíos por no entender las Escrituras en cuanto a este punto.
Además, la doctrina de la resurrección se enseña en forma explícita
en pasajes como Job 19: 23-27; Sal. 16: 9-11; 17: 15; 49: 15; 73:24;
Isa. 26:19; Dan. 12:2.
EN CIERTOS PASAJES IMPRESIONANTES DEL ANTIGUO
TESTAMENTO QUE HABLAN DEL GOZO DEL CREYENTE EN LA
COMUNIÓN CON DIOS DESPUÉS DE LA MUERTE.

En lo esencial estos pasajes son idénticos con los que hemos


mencionado en el párrafo anterior, es decir, Job. 19: 25-27; Sal. 16:
9-11; 17: 15; 73: 23, 24, 26. Respiran la confiada esperanza de
encontrar delicias en la presencia de Jehová.
LA DOCTRINA DE LA INMORTALIDAD EN EL NUEVO
TESTAMENTO

En el Nuevo Testamento, después de que Cristo trajo a la


luz la vida y la inmortalidad, las pruebas se multiplican de
manera natural. Los pasajes que contienen estas alusiones
pueden nuevamente dividirse en varias clases, según se
refieren:
A LA SOBRE VIVENCIA DEL ALMA

Se enseña con claridad una continuada existencia de justos tanto


como de injustos. Que las almas de los creyentes sobreviven,
aparece en pasajes como Mat. 10: 28; Luc. 23: 43; Jn. 11: 25 y
siguientes; 14: 3; lI Cor, 5: 1. Otros varios pasajes hacen por
completo evidencia que lo mismo puede decirse de las almas de los
malvados, Mat. 11: 21-24; 12: 41; Rom. 2: 5-11; II Cor. 5: 10.
A LA RESURRECCIÓN MEDIANTE LA CUAL EL CUERPO SE HACE
PARTICIPE TAMBIÉN DE LA EXISTENCIA FUTURA

Para los creyentes la resurrección significa la redención del cuerpo y la


entrada a la vida perfecta en comunión con Dios, la plena bienaventuranza
de la inmortalidad. Esta resurrección se enseña en Luc. 20:35,36; Jn. 5:25-
29; I Cor. 15; I Tes. 4:16; Fl. 3:21, y otros pasajes. Para el malvado la
resurrección significara también una renovada y continuada existencia del
cuerpo, pero esto difícilmente pude llamarse vida. La escritura la llama
muerte eterna. La resurrección de los malvados se menciona en Juan 5:29;
Hech. 24:15; Apoc. 20:12 – 15.
A LA VIDA BIENAVENTURADA DE LOS CREYENTES EN
COMUNIÓN CON DIOS

Hay pasajes numerosos en el Nuevo Testamento que acentúan el


hecho de que la inmortalidad de los creyentes no es una mera
existencia interminable, sino una bienaventurada vida de éxtasis en
comunión con Dios y con Jesucristo, la plena función de la vida
implantada en el alma mientras esta todavía sobre la tierra. Esto se
enseña con énfasis en pasajes como Mat. 13:43; 25:34; Rom. 2:7,
10; I Cor. 15:49; Fil. 3:21; II Tim. 4:8; Apoc. 21:4; 22:3,4.
OBJECIONES A LA DOCTRINA DE LA INMORTALIDAD
PERSONAL Y LOS SUSTITUTOS MODERNOS PARA ELLA

LA PRINCIPAL OBJECIÓN
La creencia en la inmortalidad del alma, sufrió, durante un tiempo, una
declinación, bajo la influencia de la filosofía materialista. El principal
argumento en contra de ella se forjó en el taller de la filosofía psicológica, y
se expresa en forma parecida a la siguiente: “La mente, o el alma no tiene
existencia substancial independiente, sino que es sólo un producto o función
de la actividad cerebral. El cerebro del hombre es la causa que produce los
fenómenos mentales, precisamente como el hígado es la causa que produce
la bilis. La función no puede persistir cuando el órgano decae. Cuando el
cerebro cesa de operar, la corriente de la vida mental se detiene”.
SUSTITUTOS PARA LA DOCTRINA DE LA INMORTALIDAD PERSONAL

El deseo de la inmortalidad está implantado tan profundamente en el alma


humana que aun aquellos que aceptan los dictados de la ciencia
materialista, procuran alguna clase de sustituto para la desechada noción
de la inmortalidad personal del alma. Su esperanza respecto al futuro toma
una de las formas siguientes:
LA INMORTALIDAD DE LA RAZA

Existen aquellos que se consuelan con la idea de que el individuo continuará


viviendo sobre la tierra en su posteridad, en sus hijos y nietos, por
generaciones sin fin. Lo individual procura compensación para su falta de
esperanza y de una inmortalidad personal, en la noción de que como
individuo presta su parte a la vida de la raza y que continuará viviendo en
ella. Pero la idea de que un hombre vive en su progenie, cualquiera que sea
la migaja de verdad que contenga, difícilmente puede servir como un
sustituto para la doctrina de la inmortalidad personal. Ciertamente, no hace
justicia a los datos bíblicos, y no satisface los profundos anhelos del corazón
humano.
LA INMORTALIDAD DE LA CONMEMORACIÓN

Según el positivismo esta es la única inmortalidad que debemos desear y procurar. Cada
uno debiera anhelar realizar algo que haga perdurar su nombre, algo que lo introduzca
en los anales de la historia. Si lo hace, continuará viviendo en el corazón y la mente de
una posteridad agradecida. También esto fracasa en alcanzar la inmortalidad personal
de la que la Escritura nos da esperanza. Además, resulta una inmortalidad en la cual
sólo unos pocos participarán. Los nombres de la mayor parte de los hombres no se
recuerdan en las páginas de la historia, y muchos de los que así se recuerdan pronto se
olvidan y en una gran medida puede decirse que la participación de los mejores y de los
peores resulta semejante.
LA INMORTALIDAD DE LA INFLUENCIA

Está estrechamente relacionada con la que precede. Si un hombre deja su


huella en la vida, y ejecuta algo que será de valor duradero, su influencia
continuará mucho después de que él se haya ido. Jesús y Pablo, Agustín y
Tomás de Aquino, Lutero y Calvino, - todos ellos tienen mucha vida en la
influencia que todavía ejercen hasta el presente. Aunque esto es
perfectamente cierto, esta inmortalidad de influencia no es sino un pobre
sustituto para la inmortalidad personal. Todas las objeciones que se levantan
en contra de la inmortalidad de la conmemoración también Se aplican a esta
inmortalidad de influencia.
LA RECUPERACIÓN DE LA FE EN LA INMORTALIDAD

En la actualidad la interpretación materialista del universo está abriendo


camino a una interpretación más espiritual; y el resultado es que está
ganando aceptación una fe en la inmortalidad personal. El Dr. William
James, aunque suscribió a la fórmula, “El pensamiento es la función del
cerebro”, niega que esto nos obligue lógicamente a renunciar a la doctrina
de la inmortalidad. Sostiene que esta conclusión de los hombres de ciencia
se basa en la equivocada noción de que la función de que habla la fórmula
es necesariamente una función productiva y señala que también puede ser
una función permisiva o transmisiva.
El cerebro puede nada más transmitir, y en la transmisión pasarán el color y el
pensamiento, precisamente así como un cristal coloreado, un prisma, o unos
lentes refractarios pueden transmitir la luz y al mismo tiempo determinar su color
y dirección. La luz existe independientemente del cristal o de los lentes; así el
pensamiento existe independiente del cerebro. James llega a la conclusión de
que uno puede, en estricta lógica, creer en la inmortalidad. Algunos
evolucionistas fundan ahora la doctrina de la inmortalidad condicional sobre la
lucha por la existencia. Y tales hombres de ciencia como William James, Sir
Oliver Lodge, y James H. Hyslop, le conceden gran importancia a las famosas
comunicaciones con los muertos. Sobre la base de los fenómenos físicos, el
primero se inclinó a creer en la inmortalidad, en tanto que los otros dos la
aceptaron como un hecho establecido.

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