CAPÍTULO 5
«APRENDAN DE MÍ»
Aprender de Cristo
Lo primero que los cristianos necesitamos entender es que nos
acercamos a Jesús para aprender de él. No se trata de un
simple aprendizaje teórico, sino de algo práctico como ser
manso y humilde de corazón. «Aprended de mí que soy manso y
humilde de corazón», dice la invitación. Si el nuevo cristiano
convive con Jesús, las personas que están a su lado notarán
que hay algo diferente en él.
«Si Cristo está en el corazón, aparecerá en el
hogar, en el taller, en el mercado, en la
iglesia. El poder de la verdad será percibido
porque elevará y ennoblecerá la mente y
suavizará y subyugará el corazón, llevando a
todo el ser humano a la armonía con Dios. El
que es transformado por la verdad
derramará una luz sobre el mundo»
(Reflejemos a Jesús, p, 51).
Solo existe una manera de aprender del Maestro: pasando
tiempo cada día con él a través de la oración, del estudio de su
Palabra y contando a otros lo que Jesús ha hecho en nuestra
vida. Tú hablas con Dios mediante la oración, Dios habla
contigo mediante la Biblia y tú y Dios, juntos, cuentan a otros
acerca de la maravillosa experiencia de amor y comunión que
ambos viven.
Jesús fue bien claro al decir que si no permanecemos en él
estamos condenados al fracaso. «Permaneced en mí y yo en
vosotros. Como el pámpano no puede llevar frutos por sí
mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no
permanecéis en mí. Yo soy la vid la vid, vosotros los
pámpanos; el que permanece en mí y yo en él, este lleva
mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer»
(Juan 15: 4-5).
Los buenos
frutos
Hay dos ideas claras en el texto que acabas de leer. La primera tiene que
ver con los frutos. Los Frutos del Espíritu, que son todas esas virtudes
maravillosas que te gustaría tener en tu nueva vida. ¿Por qué no aparecen en
ti por más que te esfuerzas? La respuesta de Jesús es: «El pámpano no puede
llevar frutos por sí mismo». Tú y yo somos pámpanos. Podemos intentar,
querer desesperadamente, esforzarnos; pero no lo lograremos nunca porque
el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo. «Sin mí nada podéis hacer»,
afirma el Maestro. Tu única salida es «permanecer» en Jesús, buscarlo todos
los días, orar, estudiar la Biblia y contar a otros lo que él ha hecho por ti.
Aquí está la clave de la vida cristiana victoriosa y aquí también
está la razón de por qué muchos fracasan. Si limitas tu relación
con Dios a los cultos de la iglesia, o, en la mejor de los casos, al
culto devocional de la mañana y de la noche, no conseguirás la
victoria. ¿De qué vale una hora de meditación diaria si a lo
largo del día vives solo, pierdes tu comunión con Dios y te
separas de él? No abandonaste la iglesia, es cierto. Tal vez ni
siquiera hiciste algo moralmente malo. Pero te olvidaste de Jesús.
Puedes aparentar, fingir, simular, pero eso no es vida
cristiana. «Yo soy la vid —dice Jesús—, vosotros los
pámpanos». Necesitas estar unido a él por el yugo. El
pámpano no puede llevar frutos por sí mismo.
Si Jesús es la justicia y ser justo significa permanecer en él,
entonces la única manera de continuar siendo justos es viviendo
las veinticuatro horas del día con Jesús. ¿Y cómo puede ser eso
posible? ¿Y a qué hora vas a trabajar o estudiar si tienes que
pensar en Jesús las veinticuatro horas? Necesitas aprender a vivir
con Jesús. Permitir que él participe de tus actividades diarias, de
tus sueños y pensamientos íntimos. En esa convivencia vas
aprendiendo a ser manso y humilde de corazón.
Frutos
auténticos
El fruto del Espíritu no es artificial, fabricado
con plástico o cera. Es un fruto auténtico
proveniente de una relación viva con Jesús.
Ahora eres justo, no porque dejaste de hacer
cosas malas. Al contrario, no haces cosas malas
porque eres justo y eres justo porque estás
unido a Jesús mediante su yugo.
Elena G. de White lo expresó de la siguiente manera:
«Cuando meditemos en la perfección del Modelo divino,
desearemos llegar a ser plenamente transformados y
renovados a la imagen de su pureza. Por fe en el Hijo de Dios
se lleva a cabo la transformación en el carácter, y el hijo de
la ira llega a ser el hijo de Dios. Pasa de muerte a vida; llega
a ser espiritual y discierne las cosas espirituales. La sabiduría
de Dios le ilumina la mente, y contempla cosas maravillosas
que provienen de la ley divina [...]. Al convertirse en un
hombre que obedece a Dios, tiene la mente de Cristo y la
voluntad de Dios se convierte en su voluntad» (Reflejemos a
Jesús, p. 96).
¿Por qué soy
malo?
Jesús es la justicia y a su lado no hay lugar para la injusticia
(2 Cor. 6: 14). Por lo tanto, si quieres ser justo, todo lo que
necesitas hacer es buscar a Jesús, la justicia hecha persona, ir
a él, permanecer unido a su yugo, aprendiendo de él en todo
momento. El ser humano es justo solo cuando está unido a
Jesús. Si esto es verdad, ¿quién es, entonces, el injusto o
pecador? La lógica nos dice que es aquella que se encuentra
separada de Jesús. Permíteme contarte la historia de Juan.
Juan aprendió a través del amor
Un día Jesús llegó a la vida de un hombre con una personalidad
deformada. Su carácter explosivo y su temperamento iracundo le
habían ganado el apodo de «el hijo del trueno», su nombre era
Juan. Estaba cansado de luchar con las tendencias de su corazón
natural. Prometía mejorar, decidía cambiar, luchaba para no ser
como era, pero sus esfuerzos eran inútiles. La fiera pecaminosa
estaba agazapada dentro de él y al menor descuido se abalanzaba
sobre él y lo dominaba.
Estoy seguro de que hubo momentos en los que
Juan pensó que nunca llegaría al ideal que Dios
tiene para sus hijos. Sin embargo, un día conoció
a Jesús, fue a él y permaneció a su lado. ¿El
resultado? Mira lo que dice Elena G. de White:
«Juan [...] no poseía por naturaleza esa belleza de
carácter. No solo hacía valer sus derechos y
ambicionaba honores, sino que era impetuoso y se
resentía cuando había sido injuriado. Sin embargo,
cuando le fue revelado el carácter divino de Cristo,
vio su propia deficiencia y este conocimiento le hizo
ser más humilde. La fortaleza y la paciencia, el poder
y la ternura, la majestad y la mansedumbre que vio
en la vida diaria del Hijo de Dios, lo llenaban de
admiración y amor.
Cada vez más su corazón fue sintiéndose atraído hacia Jesús,
hasta que en su amor por su Maestro perdió de vista su propio
yo. Su rencor y su ambición fueron cediendo al poder
transformador de Cristo. La influencia regeneradora del
Espíritu Santo renovó su corazón. El poder del amor de Cristo
transformó su carácter. Este es el seguro resultado de la
comunión con Cristo. Cuando él mora en el corazón, toda
nuestra naturaleza se transforma. El Espíritu de Cristo y su
amor conmueven el corazón, subyugan el alma y elevan los
pensamientos y anhelos a Dios y al cielo» (El camino a Cristo,
pp. 108-109, la cursiva es nuestra).
Quiero enfatizar la expresión «este es el resultado de la
comunión con Cristo». ¿De qué habla la cita? De la
victoria sobre el pecado. La única solución para tus
luchas es Jesús. Él es la justicia. Lejos de él no hay
forma de ser justo. Separados de Jesús, hasta las cosas
buenas que hacemos son pecaminosas.
«Es cierto que puede darse una conducta externa
correcta sin el poder trasformador de Cristo. El
deseo de poder influir sobre los demás, así como el
afán de notoriedad, pueden motivar a un estilo de
vida ordenado. El amor propio puede impulsarnos a
evitar las apariencias de mal. Un corazón egoísta
puede realizar actos de generosidad» (El camino a
Cristo, p. 87).
El dolor,
fuente de
enseñanza
El consejo divino no tenía complicaciones: «Deja de
andar por tus caminos y regresa a mí. Anda en mis
caminos y encontrarás el descanso para tu alma
cansada» (ver Jeremías 6: 16). Simple. Bastaba andar en
el sendero divino y la vida sería feliz, sin dolor, ni
lágrimas.
Pero por más simple que pareciera, Israel insistía en ir
por sus propias sendas. Se comprometió con la idolatría
de los pueblos que lo rodeaban, dejó de lado a Dios. En
muchas ocasiones el Señor lo llamó de vuelta, lo invitó a
sus brazos, lo buscó como a una manada perdida, pero
el pueblo simplemente dijo: «¡No!».
En la vida existen opciones. Una de ellas es aceptar la
invitación divina e ir a Jesús. La otra es buscar a Dios
cuando todo se arruina. En ambas Dios te oye, te salva
del dolor y te hace por ti lo que tú no puedes hacer por
ti mismo pero, ¿en qué situación piensas que es mejor
buscarlo?
G R A C I A S
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