0% encontró este documento útil (0 votos)
65 vistas12 páginas

Reflexión sobre "Calixto Garmendia"

Este documento narra la historia de Calixto Garmendia, un carpintero que vivía en un pueblo andino del Perú. Las autoridades locales despojaron a Calixto de su pequeña tierra para usarla como cementerio durante una epidemia, pero nunca le pagaron la indemnización prometida. A pesar de sus múltiples intentos de reclamar justicia a través de cartas, Calixto no tuvo éxito. Esto lo llevó a la desesperación y la pobreza, ya que perdió su tierra y los ahor
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PPTX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
65 vistas12 páginas

Reflexión sobre "Calixto Garmendia"

Este documento narra la historia de Calixto Garmendia, un carpintero que vivía en un pueblo andino del Perú. Las autoridades locales despojaron a Calixto de su pequeña tierra para usarla como cementerio durante una epidemia, pero nunca le pagaron la indemnización prometida. A pesar de sus múltiples intentos de reclamar justicia a través de cartas, Calixto no tuvo éxito. Esto lo llevó a la desesperación y la pobreza, ya que perdió su tierra y los ahor
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PPTX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

BIENVENIDOS

COMUNICACIÓN


EXPERIENCIA DE APRENDIZAJE N° 04 Grado: 1°

Fecha: Del 21 al
25 de abril “SOCIALIZAMOS NUESTRA PROPUESTA DE ACCIONES Ciclo:VI

CREATIVAS ”

ACTIVIDAD N°01 COMPETENCIA PROPÓSITO EVIDENCIA

EFLEXIONAMOS SOBRE LEE DIVERSOS TIPOS IDENTIFICAR HECHOS TÓMBOLA LITERARIA


EL CONTENIDO DEL DE TEXTO EN SU PRINCIPALES Y (PUPILETRAS)
CUENTO CALIXTO LENGUA MATERNA SECUNDARIOS DEL
GARMENDIA CUENTO CALIXTO
GARMENDIA
El propósito de esta situación significativa, para estas dos semanas, es que
los estudiantes reflexionen sobre la celebración del bicentenario de la
independencia del Perú a partir de conocer una de las manifestaciones
culturales más importantes: como es la literatura, enmarcado en la temática
de nuestro autor del BICENTENARIO, CIRO ALEGRÍA BAZAN;
especialmente, en el cuento Calixto Garmendia. En tal sentido, se hace
necesario que los estudiantes de primer año de secundaria de la I.E. CÉSAR
VALLEJO MENDOZA, se inmiscuyan reflexivamente con esta temática.
Ante esta situación y teniendo en cuenta esta oportunidad, a los estudiantes
de primer año de secundaria de la I.E. CÉSAR VALLEJO MENDOZA se les
propone aprovechar esta riqueza cultural como fuente de inspiración y
reflexión, pero ¿Cómo se puede aprovechar esta ocasión?
 “La vida, como el río tiene siempre
recodos y pasos difíciles”
 “El mundo es ancho y ajeno”
¿Cómo te sentirías, si siendo
propietario de alguna propiedad,
alguien con mucho poder te
despoja de ella?
Calixto Garmendiaia
—Déjame contarte —le pidió un hombre llamado Remigio Garmendia a otro llamado Anselmo, levantando la cara—. Todos estos
días, anoche, esta mañana, aún esta tarde, he recordado mucho… hay momentos en que a uno se le agolpa la vida… Además,
debes aprender. La vida, corta o larga, no es de uno solamente.
Sus ojos diáfanos parecían fijos en el tiempo. La voz se le fraguaba hondo y tenía un rudo timbre de emoción. Blandíanse a ratos
las manos encallecidas.
—Yo nací arriba, en un pueblito de los Andes. Mi padre era carpintero y me mandó a la escuela. Hasta segundo año de primaria era
todo lo que había. Y eso que tuve suerte de nacer en el pueblo, porque los niños del campo se quedaban sin escuela. Fuera de su
carpintería, mi padre tenía un terrenito al lado del pueblo, pasando la quebrada, y lo cultivaba con la ayuda de algunos indios a los
que pagaba en plata o con obritas de carpintería: que el cabo de una lampa o de hacha, que una mesita, en fin. Desde un extremo
del corredor de mi casa, veíamos amarillear el trigo, verdear el maíz, azulear las habas en nuestra pequeña tierra. Daba gusto. Con
la comida y la carpintería, teníamos bastante, considerando nuestra pobreza. A causa de tener algo y también por su carácter, mi
padre no agachaba la cabeza ante nadie. Su banco de carpintero estaba en el corredor de la casa, dando a la calle. Pasaba el
alcalde. “Buenos días, señor”, decía mi padre, y se acabó. Pasaba el subprefecto. “Buenos días, señor”, y asunto concluido. Pasaba
el alférez de gendarmes. “Buenos días, alférez”, y nada más. Pasaba el juez y lo mismo. Así era mi padre con los mandones. Ellos
hubieran querido que les tuviera miedo o les pidiese o les debiera algo. Se acostumbran a todo eso los que mandan. Mi padre les
disgustaba. Y no acababa ahí la cosa. De repente venía gente del pueblo, ya sea indios, cholos o blancos pobres. De a diez, de a
veinte o también en poblada llegaban. “Don Calixto, encabécenos para hacer ese reclamo.” Mi padre se llamaba Calixto. Oía de lo
que se trataba, si le parecía bien aceptaba y salía a la cabeza de la gente, que daba vivas y metía harta bulla, para hacer el
reclamo. Hablaba con buena palabra. A veces hacía ganar a los reclamadores y otras perdía, pero el pueblo siempre le tenía
confianza. Abuso que se cometía, ahí estaba mi padre para reclamar al frente de los perjudicados. Las autoridades y los ricos del
pueblo, dueños de haciendas y fundos, le tenían echado el ojo para partirlo en la primera ocasión. Consideraban altanero a mi padre
y no los dejaba tranquilos. Él ni se daba cuenta y vivía como si nada le pudiera pasar. Había hecho un sillón grande, que ponía en el
corredor. Ahí solía sentarse, por las tardes, a conversar con los amigos. “Lo que necesitamos es justicia”, decía. “El día que el Perú
tenga justicia, será grande.” No dudaba de que la habría y se torcía los mostachos con satisfacción, predicando: “No debemos
consentir abusos.”

1
Sucedió que vino una epidemia de tifo, y el panteón del pueblo se llenó con los muertos del propio pueblo y los que
traían del campo. Entonces las autoridades echaron mano de nuestro terrenito para panteón. Mi padre protestó
diciendo que tomaran tierra de los ricos, cuyas haciendas llegaban hasta la propia salida del pueblo. Dieron de
pretexto que el terreno de mi padre estaba ya cercado, pusieron gendarmes y comenzó el entierro de muertos.
Quedaron a darle una indemnización de setecientos soles, que era algo en esos años, pero que autorización, que
requisitos, que papeleo, que no hay plata en este momento… Se la estaban cobrando a mi padre, para ejemplo de
reclamadores. Un día, después de discutir con el alcalde, mi viejo se puso a afilar una cuchilla y, para ir a lo seguro,
también un formón. Mi padre se contuvo como quebrándose. Yo era niño entonces y me acuerdo de todo eso como si
hubiera pasado esta tarde.
Mi padre no era hombre que renunciara a su derecho. Comenzó a escribir cartas exponiendo la injusticia. Quería
conseguir que al menos le pagaran. Un escribano le hacía las cartas y le cobraba dos soles por cada una. Mi pobre
escritura no valía para eso. El escribano ponía al final: “A ruego de Calixto Garmendia, que no sabe firmar, Fulano”. El
caso fue que mi padre despachó dos o tres cartas al diputado por la provincia. Silencio. Otras al senador por el
departamento. Silencio. Otra al mismo Presidente de la República. Silencio. Por último mandó cartas a los periódicos
de Trujillo y a los de Lima. Nada, señor. El postillón llegaba al pueblo una vez por semana, jalando una mula cargada
con la valija del correo. Pasaba por la puerta de la casa y mi padre se iba detrás y esperaba en la oficina del
despacho, hasta que clasificaban la correspondencia. A veces, yo también iba. “¿Carta para Calixto Garmendia?”,
preguntaba mi padre. El interventor, que era un viejito flaco y bonachón, tomaba las cartas que estaban en la casilla
de la G, las iba viendo y al final decía: “Nada, amigo”. Mi padre salía comentando que la próxima vez habría carta.
Con los años, afirmaba que al menos los periódicos responderían. Un estudiante me ha dicho que, por lo regular, los
periódicos creen que asuntos como esos carecen de interés general. Esto en el caso de que los mismos no estén en
favor del gobierno y sus autoridades, y callen cuanto pueda perjudicarles. Mi padre tardó en desengañarse de
reclamar lejos y estar yéndose por las alturas, varios años.
2
Un día, a la desesperada, fue a sembrar la parte del panteón que aún no tenía cadáveres, para afirmar su
propiedad. Lo tomaron preso los gendarmes, mandados por el subprefecto en persona, y estuvo dos días en la
cárcel. Los trámites estaban ultimados y el terreno era de propiedad municipal legalmente. Cuando mi padre iba a
hablar con el síndico de Gastos del Municipio, el tipo abría el cajón del escritorio y decía como si ahí debiera estar
la plata: “No hay dinero, no hay nada ahora. Cálmate, Garmendia. Con el tiempo se te pagará”. Mi padre presentó
dos recursos al juez. Le costaron diez soles cada uno. El juez los declaró sin lugar. Mi padre ya no pensaba en afilar
la cuchilla y el formón. “Es triste tener que hablar así —dijo una vez—, pero no me darían tiempo de matar a todos
los que debía.” El dinerito que mi madre había ahorrado y estaba en una ollita escondida en el terrado de la casa,
se fue en cartas y en papeleo.

A los seis o siete años del despojo, mi padre se cansó hasta de cobrar. Envejeció mucho en aquellos tiempos. Lo
que más le dolía era el atropello. Alguna vez pensó en irse a Trujillo o a Lima a reclamar, pero no tenía dinero para
eso. Y cayó también en cuenta de que, viéndolo pobre y solo, sin influencias ni nada, no le harían caso. ¿De quién
y cómo valerse? El terrenito seguía de panteón, recibiendo muertos. Mi padre no quería ni verlo, pero cuando por
casualidad llegaba a mirarlo, decía: “¡Algo mío han enterrado ahí también! ¡Crea usted en la justicia!” Siempre se
había ocupado de que le hicieran justicia a los demás y, al final, no la había podido obtener ni para él mismo. Otras
veces se quejaba de carecer de instrucción y siempre despotricaba contra los tiranos, gamonales, tagarotes y
mandones.
3
Yo fui creciendo en medio de esa lucha. A mi padre no le quedó otra cosa que su modesta carpintería. Apenas
tuve fuerzas, me puse a ayudarlo en el trabajo. Era muy escaso. En ese pueblito sedentario, casas nuevas se
levantarían una cada dos años. Las puertas de las otras duraban. Mesas y sillas casi nadie usaba. Los ricos del
pueblo se enterraban en cajón, pero eran pocos y no morían con frecuencia. Los indios enterraban a sus muertos
envueltos en mantas sujetas con cordel. Igual que aquí en la costa entierran a cualquier peón de caña, sea indio
o no. La verdad era que cuando nos llegaba la noticia de un rico difunto y el encargo de un cajón, mi padre se
ponía contento. Se alegraba de tener trabajo y también de ver irse al hoyo a uno de la pandilla que lo despojó. ¿A
qué hombre, tratado así, no se le daña el corazón? Mi madre creía que no estaba bueno alegrarse debido a la
muerte de un cristiano y encomendaba el alma del finado rezando unos cuantos padrenuestros y avemarías.
Duro le dábamos al serrucho, al cepillo, a la lija y a la clavada mi padre y yo, que un cajón de muerto debe
hacerse luego. Lo hacíamos por lo común de aliso y quedaba blanco. Algunos lo querían así y otros que pintado
de color caoba o negro y encima charolado. De todos modos, el muerto se iba a podrir lo mismo bajo al tierra,
pero aun para eso hay gustos.
Una vez hubo un acontecimiento grande en mi casa y en el pueblo. Un forastero abrió una nueva tienda, que
resultó mejor que las otras cuatro que había. Mi viejo y yo trabajamos dos meses haciendo el mostrador y los
andamios para los géneros y abarrotes. Se inauguró con banda de música y la gente hablaba del progreso. En mi
casa hubo ropa nueva para todos. Mi padre me dio  para que la gastara en lo que quisiera, la mayor cantidad de
plata que había visto en mis manos: dos soles. Con el tiempo, la tienda no hizo otra cosa que mermar el negocio
de las otras cuatro, nuestra ropa envejeció y todo fue olvidado. Lo único bueno fue que yo gasté los dos soles en
una muchacha llamada Eutimia, así era el nombre, que una noche se dejó coger entre los alisos de la quebrada.
Eso me duró. En adelante no me cobró ya nada y si antes me recibió los dos soles, fue de pobre que era.
4
En la carpintería, las cosas siguieron como siempre. A veces hacíamos un baúl o una mesita o tres sillas en un mes.
Como siempre, es un decir. Mi padre trabajaba a disgusto. Antes lo había visto yo gozarse puliendo y charolando
cualquier obrita y le quedaba muy vistosa. Después ya no le importó y como que salía del paso con un poco de lija.
Hasta que al fin llegaba el encargo de otro cajón de muerto, que era plato fuerte. Cobrábamos generalmente diez
soles. Dele otra vez a alegrarse mi padre, que solía decir: “¡Se fregó otro bandido, diez soles!”; a trabajar duro él y yo;
a rezar mi madre, y a sentir alivio hasta por las virutas. Pero ahí acababa todo. ¿Eso es vida? Como muchacho que
era, me disgustaba que en esa vida estuviera mezclada tanto la muerte.
La cosa fue más triste cada vez. En las noches, a eso de las tres o cuatro de la madrugada, mi padre se echaba unas
cuantas piedras bastante grandes a los bolsillos, se sacaba los zapatos para no hacer bulla y caminaba medio
agazapado hacia la casa del alcalde. Tiraba las piedras, rápidamente, a diferentes partes del techo, rompiendo las
tejas. Luego volvía a la carrera y, ya dentro de la casa, a oscuras, pues no encendía luz para evitar sospechas, se reía.
Su risa parecía a ratos el graznido de un animal. A ratos era tan humana, tan desastrosamente humana, que me daba
más pena todavía. Se calmaba unos cuantos días con eso. Por otra parte, en la casa del alcalde solían vigilar. Como
había hecho incontables chanchadas, no sabía a quién echarle la culpa de las piedras. Cuando mi padre deducía que
se había cansado de vigilar, volvía a romper tejas. Llegó a ser un experto en la materia. Luego rompió tejas de la casa
del juez, del subprefecto, del alférez de gendarmes, del Síndico de Gastos. Calculadamente, rompió las de las casas
de otros notables, para que si querían deducir, se confundieran. Los ocho gendarmes del pueblo salieron en ronda
muchas noches en grupos y solos, y nunca pudieron atrapar a mi padre. Se había vuelto un artista de la rotura de
tejas. De mañana salía a pasear por el pueblo para darse el gusto de ver que los sirvientes de las casas que atacaba,
subían con tejas nuevas a reemplazar las rotas. Si llovía era mejor para mi padre. Entonces atacaba la casa de quien
odiaba más, el alcalde, para que el agua le dañara o, al caerles, los molestara a él y su familia. Llegó a decir que les
metía el agua a los dormitorios, de lo bien que calculaba las pedradas. Era poco probable que pudiese calcular tan
exactamente en la oscuridad, pero él pensaba que lo hacía, por darse el gusto de pensarlo.
5
El alcalde murió de un momento a otro. Unos decían que de un atracón de carne de chancho y otros que de las cóleras
que le daban sus enemigos. Mi padre fue llamado para que le hiciera el cajón y me llevó a tomar las medidas con un
cordel. El cadáver era grande y gordo. Había que verle la cara a mi padre contemplando al muerto. Él parecía la
muerte. Cobró cincuenta soles adelantados, uno sobre otro. Como le reclamaron del precio, dijo que el cajón tenía que
ser muy grande, pues el cadáver también lo era y además gordo, lo cual demostraba que el alcalde comió bien.
Hicimos el cajón a la diabla. A la hora del entierro, mi padre contemplaba desde el corredor cuando metían el cajón al
hoyo, y decía: “Come la tierra que me quitaste, condenado; come, come”. Y reía con esa su risa horrible. En adelante,
dio preferencia en la rotura de tejas a la casa del juez y decía que esperaba verlo entrar al hoyo también, lo mismo que
a los otros mandones. Su vida era odiar y pensar en la muerte. Mi madre se consolaba rezando. Yo, tomando a Eutimia
en el alisar de la quebrada. Pero me dolía muy hondo que hubieran derrumbado así a mi padre. Antes de que lo
despojaran, su vida era amar a su mujer y su hijo, servir a sus amigos y defender a quien lo necesitara. Quería a su
patria. A fuerza de injusticia y desamparo, lo habían derrumbado.
Mi madre le dio esperanza con el nuevo alcalde. Fue como si mi padre sanara de pronto. Eso duró dos días. El nuevo
alcalde le dijo también que no había plata para pagarle. Además, que abusó cobrando cincuenta soles por un cajón de
muerto y que era un agitador del pueblo. Esto ya no tenía ni apariencia de verdad. Hacía años que las gentes,
sabiendo a mi padre en desgracia con las autoridades, no iban por la casa para que les defendiera. Con este motivo ni
se asomaban. Mi padre le gritó al nuevo alcalde, se puso furioso y lo metieron quince días en la cárcel, por desacato.
Cuando salió, le aconsejaron que fuera con mi madre a darle satisfacciones al alcalde, que le lloraran ambos y le
suplicaran el pago. Mi padre se puso a clamar: “¡Eso nunca! ¿Por qué quieren humillarme? ¡La justicia no es limosna!
¡Pido justicia!” Al poco tiempo, mi padre murió.

También podría gustarte