EL DIACONADO, FUNDAMENTO E IDENTIDAD.
UN ESTUDIO TEOLÓGICO-PASTORAL
por Pablo Blanco-Eduardo Ludwig
El Concilio Vaticano II ofrece una teología del
diaconado, al aludir a la condición diaconal de
toda la Iglesia y, más en concreto, del ministerio
ordenado.
Esta diakonía se expresa pues en clave de
servicio, y no de poder. ¿Cuál es la diferencia con
un laico, quien puede desempeñar funciones muy
parecidas? El Concilio ha afirmado que el diácono
ha sido ordenado non ad sacerdotium sed ad
ministerium, para expresar la colaboración con los
obispos, con sus presbíteros y con todo el Pueblo
de Dios. Su misión consiste en crear las
condiciones para que la comunidad local se
convierta en Iglesia y pueda así contar con el
misterio eucarístico en plenitud.
1. PRECEDENTES.
El problema era encontrar el lugar propio para el
diacono, pues recibe el grado inferior del orden
que sin embargo no es menos sacramento.
El sacramento del orden ha sido instituido por la
elección de los Doce y con toda la vida publica
del Señor, aunque se explicita principalmente en
la Ultima Cena por parte del mismo Cristo.
Después, algunos autores piensan que la Iglesia
y los Apóstoles instituyeron los distintos grados
del Episcopado, presbiterado y diaconado.
Mientras algunos textos del NT identifican
episkopoi y presbyteroi, los diáconos serán
citados mas adelante.
ÉPOCA ANTIGUA.
Diacono y ministro tendrán el mismo significado para los primeros cristianos,
pues mientras un vocablo se encuentra en griego, el otro aparece en latín. En la
primera carta a Timoteo vienen descritas las cualidades de estos ministros:
“Los diáconos sean personas dignas –recomendaba san Pablo–, no maliciosos
en el hablar, ni dados al vino ni deseosos de ganancia deshonesta alguna, de
modo que conserven el misterio de la fe con conciencia pura. Por eso, sean
primero probados y, si son considerados irreprochables, que sean admitidos en
su ministerio […]. Los diáconos han de estar casados una sola vez, deben educar
bien a sus hijos y a su propia familia. Aquellos que, en efecto, hayan servido
bien, adquirirán un grado honorifico y una gran seguridad en la fe en Jesucristo”.
En torno al ano 55, Flp 1,1 menciona a los diáconos como un orden distinto del
de los obispos.
ÉPOCA ANTIGUA.
En los textos patrísticos se advierte que la función de presidencia en la
celebración litúrgica estaba destinada a los obispos y presbíteros, mientras que
los diáconos desempeñarían su ministerio al servicio de la celebración litúrgica.
Hipólito de Roma (s. III) ofrece las oraciones de ordenación al Episcopado,
presbiterado y diaconado. En el caso de la ordenación diaconal, “se pide el
Espíritu de gracia y celo para el recto cumplimiento del ministerio”. […] “solo el
obispo puede imponerle las manos, pues el diacono se ordena no al servicio del
sacerdocio, sino del obispo, para cumplir con los encargos que este les
encomienda. No forma parte del consejo de los presbíteros, sino que administra
e indica al obispo lo que resulta necesario. Solo el obispo puede ordenar al
diacono”. “Los diáconos sirven al Pueblo de Dios en comunión con el obispo y
sus sacerdotes”, afirma san Policarpo.
LA EDAD MEDIA.
Con el tiempo, el diaconado se convirtió en una etapa para recibir el presbiterado
y, hacia el siglo IX, las funciones del diacono eran casi exclusivamente litúrgicas,
dejando de lado la predicación y el ministerio de la caridad. Tomas de Aquino
establece la proclamación del Evangelio como la actividad mas alta del diacono y
la sacramentalidad del diaconado se desprende que recibe el orden, verdadero
sacramento.
El diacono le auxilia en las funciones litúrgicas, aunque junto con el sacerdote
tiene una consagración sacramental para servir a la Eucaristía, con funciones en
parte diferentes.
En ese mismo siglo, para Durando de San Porciano, solo la ordenación sacerdotal
es sacramento, mientras las demás ordenaciones serian sacramentales de origen
eclesiástico.
EL CONCILIO DE TRENTO.
A partir del siglo XVI los candidatos al sacerdocio pasaban muy poco tiempo
como diáconos, antes de recibir enseguida el presbiterado. El concilio de Trento
insistió en la necesidad del diaconado como un orden aparte, y que incluso
propuso que tal restauración tuviera lugar en toda la Iglesia, si bien mantenía, de
igual manera, la obligación del celibato. cuando el Concilio alude a la
sacramentalidad y al carácter indeleble, no menciona de modo explicito al
diaconado. Con esto, la sacramentalidad del diaconado aparece allí reconocida,
si bien esta no se encuentra definida dogmáticamente.
LA ÉPOCA CONCILIAR.
En 1950 hubo un movimiento a favor de la ordenación diaconal que ya habían
colaborado en Caritas y en otras organizaciones asistenciales. Proponían
desempeñar funciones eclesiales en una situación en la que la Segunda Guerra
Mundial había hecho disminuir el numero de sacerdotes.
Pio XII en la Constitución apostólica Sacramentum ordinis (1947) ofreció una
importante contribución sobre la sacramentalidad del diaconado, y establecía
como materia propia de este sacramento la imposición de manos y las palabras
pronunciadas para invocar la asistencia del Espíritu.
En 1962 Karl Rahner y Herbert Vorgrimler editaron Diakonia in Christo, en la que
se recogían todas estas nuevas ideas. En Francia Yves Congar propuso que los
diáconos unieran el servicio a las mesas al servicio a la Mesa del Señor, es decir, el
servicio litúrgico al ministerio de la caridad.
2. LA DOCTRINA CONCILIAR
En 1963, la Constitución sobre la liturgia (n. 35) previó la intervención de diáconos
en los lugares en los que no había un presbítero. La Constitución dogmática sobre
la Iglesia (1964) no diferenciaba tampoco entre el diaconado permanente y como
etapa de preparación para el sacerdocio.
En LG 29, se añade que “reciben la imposición de las manos “no en orden al
sacerdocio, sino en orden al ministerio”. O sea que el diácono, aun participando
del sacerdocio ministerial, no puede consagrar ni presidir una celebración
eucarística. El Concilio encomienda al diácono, administrar el Bautismo, reservar y
distribuir la Eucaristía, asistir al Matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia
(sólo en la Iglesia latina), llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada
Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los
fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los funerales y sepultura.
3. EL DIACONADO PERMANENTE
Con estas disposiciones, el Concilio no había querido restaurar sin más una
práctica antigua –llevado por un presunto arqueologismo litúrgico–, sino sobre
todo responder a una necesidad pastoral. En LG 29 se utiliza el término
restitutio, en AG 16 restauratio, mientras OE 17 habla de instauratio: los tres
términos presentan el sentido de renovar, restablecer, instaurar.
Deja sin embargo a la discreción de las distintas Conferencias territoriales de
obispos, de acuerdo con el mismo Sumo Pontífice, decidir si se cree oportuno
establecer algunos diáconos para la atención de los fieles en un determinado
lugar. O sea el establecimiento del diaconado permanente no es para toda la
Iglesia, sino pro opportunitate, según lo establezca y lo considere oportuno la
autoridad competente.
3. EL DIACONADO PERMANENTE
Otra cuestión ampliamente debatida fue la del celibato, pues la admisión de
candidatos con cierta edad ya casados fue interpretado por algunos como una
renuncia a esta situación de mayor disponibilidad y de mas profunda
identificación con Cristo. Numerosos Padres conciliares consideraron que podría
acceder al diaconado permanente un varón maduro (superior a treinta y cinco
años), buena formación doctrinal y teológica, y adecuadas disposiciones para la
misión y el apostolado. Otros pensaban que se podría dispensar también del
celibato a otros mas jóvenes que, una vez casados, podrían ser ordenados. El
Concilio viene a recordar que a veces un excesivo énfasis en el termino “casados”
podría hacer olvidar la realidad fundamental de que son “diáconos”; por eso
quiso mantener al mismo tiempo la posibilidad de que hubiera diáconos
permanentes célibes.
4. MAGISTERIO POSCONCILIAR
PABLO VI.
Restauró la figura del diacono permanente en el motu proprio “Sacrum
diaconatus ordinem”, publicado el 18 de junio de 1967, donde establece las
normas para el restablecimiento del diaconado permanente en la Iglesia latina,
recogiendo los textos del Vaticano II y hablando también del “oficio necesario”
del diaconado.
JUAN PABLO II.
En el Código de derecho canónico promulgado por Juan Pablo II, se afirma la
sacramentalidad del diaconado en varios cánones. El c. 1008 afirma que el
sacramento del orden constituye a los ministros sagrados, imprime un carácter
indeleble y capacita para desempeñar in persona Christi las funciones de ensenar,
santificar y regir. La consagración y la misión de apacentar el Pueblo de Dios son
recibidas según el grado de cada una de las ordenes. El c. 1009 menciona al
diaconado como uno de los ordenes conferidos por la imposición de manos y la
oración conservatoria. Así el Código sostiene que los diáconos son ministros
sagrados, dotados de un carácter indeleble y, por razón de su consagración y
misión, ejercen el ministerio in persona Christi.
JUAN PABLO II.
En el Catecismo de la Iglesia católica promulgado por el mismo pontífice (1992,
1997), se habla una vez mas de la sacramentalidad del diaconado: la ordenación
es un “acto sacramental que incorpora al orden de los obispos, de los presbíteros
y de los diáconos”, y que “confiere un don del Espíritu Santo que permite ejercer
el “poder sagrado.”
Sin embargo, el n. 875 experimentó un cambio en la editio typica de 1997, en el
que, donde antes se decía que el diacono actuaba in persona Christi capitis, ahora
se afirmaba que “los obispos y los presbíteros reciben la misión y la facultad (el
“poder sagrado”) de actuar in persona Christi Capitis, los diáconos [reciben] las
fuerzas para servir al Pueblo de Dios en la “diaconía” de la liturgia de la Palabra y
de la caridad, en comunión con el obispo y su presbiterio”.
JUAN PABLO II.
A partir de aquí surge la cuestión del significado de la sacra potestas y el sentido
de la representación cristológica: in persona Christi, ¿Capitis o Servi?
Sin embargo, hemos de recordar que el Catecismo dice: “especialmente por el
[ministerio ordenado] de los presbíteros y obispos”, por lo que no excluye a los
diáconos, sino que da una preminencia a los otros dos grados. “. ¿Sera posible
separar “capitalidad” y “servicio” en la representación de Cristo, para establecer
un principio de diferenciación especifica?.
Sin embargo, este criterio podría parecer un tanto reduccionista, pues también la
dimensión diaconal es propia de obispos y presbíteros, por la misma
participación en el Sacerdocio de Cristo.
BENEDICTO XVI .
El 26 de octubre de 2009 promulgo el motu proprio “Omnium in mentem”, por el
que se introducen dos modificaciones. La primera de las reformas se refiere a la
concepción del diaconado. De acuerdo con el Catecismo (n. 1554), mientras el
obispo y el presbítero actúan in persona Christi Capitis (n. 10), el diacono es
configurado con Cristo siervo de los siervos de todos y actúa, por lo tanto, in
persona Christi Servitoris. Posteriormente a la primera editio typica, para evitar
extender al diaconado la capacidad de actuar en nombre de Cristo Cabeza, que
solo corresponde a los obispos y presbíteros, la CDF propuso modificar este
numero añadiendo “Aquellos que han sido constituidos en el orden del
episcopado y del presbiterado reciben la misión y la facultad de actuar en la
persona de Cristo Cabeza; los diáconos, en cambio, son habilitados para servir al
pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la Palabra y de la caridad”.
4. MAGISTERIO POSCONCILIAR
La identidad del diácono queda pues como uno de los problemas teológicos y
prácticos de la actualidad. Por un lado, son parte del clero, y no simples
“diáconos laicos” equiparables a los “ministerios laicales”; por otro, deben
hacerse cargo de cuáles son sus funciones propias, y cuál es la diferencia con el
presbítero.
Según lo dispuesto en el Código de Derecho Canónico de 1983, el diácono se
diferenciaría del laico –en lo que se refiere a las funciones litúrgicas– solo en la
predicación de la homilía tras la lectura del Evangelio y en el poder dar la
Bendición eucarística, además de ser ministro ordinario de algunos sacramentos.
Por tanto, no se puede concluir que (casi) todo lo que hace un diácono lo puede
hacer un laico. Esto implicaría sin mas una visión puramente funcionalista, que
no tiene en cuenta el origen ontológico-sacramental del diaconado.
CONCLUSIONES
No se debe olvidar la institución ab antiquo de los tres ordenes y la condición
sacramental del diaconado, tal como afirma la Tradición y el Magisterio de la
Iglesia. El diácono sirve a los obispos, presbíteros y a todo el Pueblo de Dios. No
realiza determinadas funciones litúrgicas, sin embargo hace también presente
sacramentalmente a Cristo por medio de su ministerio.
La lectura de los textos postconciliares, el discernimiento de los teólogos y sobre
todo el sensus fidei deben ayudar a situar al diacono en el lugar que le
corresponde para que este pueda desarrollar el servicio que le encomienda la
Iglesia en función de su identidad.
Finalmente confiar en que las diócesis con mas experiencia en el diaconado
permanente podrían orientar a las diócesis en las cuales la institución de este
ministerio es todavía incipiente.