0% encontró este documento útil (0 votos)
141 vistas9 páginas

Sonetos de Francisco de Quevedo

Este documento contiene varios sonetos del poeta español Francisco de Quevedo en los que explora temas como la fugacidad del tiempo, la decadencia de Roma y la belleza que se desvanece con la edad. Los sonetos utilizan imágenes poéticas y un lenguaje figurado para reflexionar sobre la mortalidad y la caducidad de todo lo terrenal.

Cargado por

Deyna Guerrero
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PPTX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
141 vistas9 páginas

Sonetos de Francisco de Quevedo

Este documento contiene varios sonetos del poeta español Francisco de Quevedo en los que explora temas como la fugacidad del tiempo, la decadencia de Roma y la belleza que se desvanece con la edad. Los sonetos utilizan imágenes poéticas y un lenguaje figurado para reflexionar sobre la mortalidad y la caducidad de todo lo terrenal.

Cargado por

Deyna Guerrero
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PPTX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Francisco de Quevedo: Sonetos

"¡Ah de la vida!"... ¿Nadie me responde?


¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las Horas mi locura las esconde.

¡Que sin poder saber cómo ni a dónde


la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue; mañana no ha llegado;


hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.

En el hoy y mañana y ayer, junto


pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salime al campo: vi que el sol bebía


los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa: vi que amancillada


de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,


y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!, 
y en Roma misma a Roma no la hallas: 
cadáver son las que ostentó murallas, 
y tumba de sí propio el Aventino. 

Yace, donde reinaba el Palatino; 


y limadas del tiempo las medallas, 
más se muestran destrozo a las batallas 
de las edades, que blasón latino. 

Sólo el Tíber quedó, cuya corriente, 


si ciudad la regó, ya sepoltura 
la llora con funesto son doliente. 

¡Oh Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura 


huyó lo que era firme, y solamente 
lo fugitivo permanece y dura.
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,


dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,


venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido:

su cuerpo dejará no su cuidado;


serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
¡Ay Floralba! Soñé que te... ¿Dirélo?
Sí, pues que sueño fue, que te gozaba;
¿Y quién sino un amante que soñaba,
Juntara tanto infierno a tanto cielo?
Mis llamas con tu nieve y con tu hielo,
Cual suele opuestas flechas de su aljaba,
Mezclaba Amor, y honesto las mezclaba,
Como mi adoración en su desvelo.
Y dije: «Quiera Amor, quiera mi suerte,
Que nunca duerma yo, si estoy despierto,
Y que si duermo, que jamás despierte».
Mas desperté del dulce desconcierto,
Y vi que estuve vivo con la muerte,
Y vi que con la vida estaba muerto.
Venganza de la edad en hermosura
presumida
Cuando tuvo, Floralba, tu hermosura,         
cuantos ojos te vieron, en cadena,         
con presunción, de honestidad ajena,         
los despreció, soberbia, tu locura.         

Persuadiote el espejo conjetura


de eternidades en la edad serena,         
y que a su plata el oro en tu melena         
nunca del tiempo trocaría la usura.         

Ves que la que antes era, sepultada         


yaces en la que vives; y, quejosa,
tarde te acusa vanidad burlada.         

Mueres doncella, y no de virtuosa,         


sino de presumida y despreciada:         
esto eres vieja, esotro fuiste hermosa.
Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado,


érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.

Érase un espolón de una galera,


érase una pirámide de Egipto,
las doce Tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,


muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.
¿Qué captas, noturnal, en tus canciones,
Góngora bobo, con crepusculallas,
si cuando anhelas más garcivolallas,
las reptilizas más y subterpones?
Microcósmote Dios de inquiridiones,
y quieres te investiguen por medallas
como priscos, estigmas o antiguallas,
por desitinerar vates tirones.
Tu forasteridad es tan eximia,
que te ha de detractar el que te rumia,
pues ructas viscerable cacoquimia,
farmacofolorando como numia,
si estomacabundancia das tan nimia,
metamorfoseando el arcadumia.         
Al oro de tu frente unos claveles 
veo matizar, cruentos, con heridas; 
ellos mueren de amor, y a nuestras vidas 
sus amenazas les avisan fieles. 

Rúbricas son piadosas, y crueles, 


joyas facinorosas, y advertidas, 
pues publicando muertes florecidas, 
ensangrientan al sol rizos doseles. 

Mas con tus labios quedan vergonzosos 


(que no compiten flores a rubíes) 
y pálidos después, de temerosos. 

Y cuando con relámpagos te ríes 


de púrpura, cobardes, si ambiciosos, 
marchitan sus blasones carmesíes.

También podría gustarte