Madre
Mazzarello y su
devoción a María
Auxiliadora
Tomado de “Alma conducida por
el Espíritu Santo” (Sor Lina
Dalcerri)
Las alturas
vertiginosas de la
Virgen Madre que le
presentaba la fe, no
le impidieron sentirla
cercana, llamarla
“Madre”, gozar de
ser su hija.
Contemplarla en ese
aspecto de “pobreza”
que canta el
Magnificat,
considerada en la
sencilla y sobria
realidad de la
narración evangélica
que nos la presenta
totalmente
disponible a Dios, en
su Ecce ancilla
Domini”…
… en la caridad que la
mueve a servir a su
prima Isabel, en la
divina y al mismo
tiempo femenina
previsión de las bodas
de Caná, en la
humildad y el silencio
de una vida corriente
y ordinaria en
Nazaret…
… en la interioridad
con que custodiaba y
meditaba la Palabra
de Dios, en el
silencioso
desprendimiento de
su Jesús cuando llegó
la hora de la vida
pública, en su
participación en la
obra redentora de su
Hijo.
María Dominga abrazó
así el misterio de
María, en su totalidad:
Inmaculada, Dolorosa,
Auxiliadora.
La Hija de la
Inmaculada, la devota
de los dolores de la
Virgen Corredentora,
preparó a la hija de
María Auxiliadora.
Santa María Mazzarello,
piedra angular del
“Monumento viviente”,
comprendió todo el
sentido de esta vocación y
lo hizo vida: Amar a María
Auxiliadora, propagar su
devoción, ser como Ella,
auxiliadora de las jóvenes
en la Iglesia, configurarse
con ella para ser su
verdadera Hija.
Su devoción a María
Auxiliadora no tenía
límites. Era la
inspiradora y
fundadora de la
Congregación. La
amaba y le pedía que
fuera la verdadera
Madre de las hijas y la
Superiora General del
Instituto.
Le rogaba
incesantemente que la
protegiera y la
apartara del peligro
de ofender a Dios y
que ninguna de sus
hijas cayera en
pecado, antes por el
contrario, vivieran
siempre, como Ella,
pobres, humildes y
puras. (Don Cagliero)
María Auxiliadora ocupa el
primer lugar en la casa de
Mornese, la Casa Madre del
nuevo Instituto. “cuando Don
Bosco nombró a sor María
Mazzarello superiora del
naciente Instituto dijo que, de
momento, tuviese el título de
Vicaria, porque la verdadera
Superiora era la Virgen”.
Ella tomó a la letra las palabras
del Santo y así se consideró
toda la vida.
“La Virgen era para
ella la verdadera
Superiora del
Instituto y a sus
pies depositaba
todas las noches las
llaves de la casa”.
(Madre Enriqueta
Sorbone)
Cuando Don Bosco abría
una nueva casa para
extender el campo de
acción de las hermanas, la
Madre, al nombrar a la
directora, la animaba
diciéndole: “Confía en la
Santísima Virgen y
recuerda que la superiora
es Ella”.
Y el gesto de poner
todas las noches las
llaves de la casa a los
pies de la Virgen, no
era mero formalismo.
Vivía y enseñaba a vivir en filial
y amorosa dependencia de
María.
En 1874, durante la novena de
la Inmaculadas, dijo a las
hermanas: “ La verdadera
Superiora de la casa, por deseo
de Don Bosco, es la Virgen.
Todas, por lo tanto, debemos
vivir bajo su dependencia,
mostrarnos hijas afectuosas y
dóciles y hacer todo lo posible
por imitarla y representarla en
su pureza y humildad de
corazón”.
El pensamiento que
más repetía era este:
“Nos hemos
consagrado a Dios,
somos hijas de la
Virgen; procuremos
crecer en la perfección
sin dejarnos arrastrar
por las cosas del
mundo”.
Atestigua una
hermana: “Nos
animaba a ser
sencillas, a trabajar, a
rezar, a comportarnos
en todo como si
estuviésemos delante
de la Santísima
Virgen”.
Cuando llegaba alguna
fiesta de la Virgen
proponía sobre todo
“la imitación de las
tres virtudes
predilectas de María,
esto es la humildad, la
caridad y la pureza e
inculcaba la fuga del
pecado, que ofende a
Jesús y a María.
María Auxiliadora es su fuerza
y su escudo en las horas
oscuras de la dificultad y de la
lucha. Cuando en Nizza surgió
la tempestad contra el
Instituto, la Madre consolaba a
las hijas diciéndoles: “Teniendo
a nuestros Superiores que nos
guían y a nuestra buena Madre
María Auxiliadora que nos
protege, aun cuando viniera un
ejército entero contra nosotras
no tendríamos que temer”.
Su ilimitada confianza en
María hizo que saliera
ilesa también en la última
batalla. Escribe su
biógrafo: “Parece como si
su Dios consintiera aún
una última y terrible
tentación a aquella alma
entregada a Él sin
reservas desde los
primeros años…
…Ella que había
consolado tantos
corazones y animado
a tantas almas, temió
por su salvación. Ese
temor le hizo sufrir un
tormento indecible.
Daba compasión ver la
angustia que reflejaba
su rostro…
… Luchó con fuerza contra
un enemigo visible.
Después, mirando
fijamente el cuadro de la
Virgen: “Pero, ¿A qué
tanto miedo?, se dijo,
¿qué es esto? ¿Quién
confió en la Virgen sin ser
escuchado?
¡Ánimo, sor María!
… ¿No eres hija de la
Virgen? ¿Quién confió
en María y quedó
confundido? ¡Ánimo!
¡Ánimo! Mañana
empieza la novena de
María Auxiliadora.
Canta las glorias de tu
Madre”.
…Y reuniendo la pocas
fuerzas que le
quedaban entonó el
canto “ Quien ama a
María contento
estará”.
Así concluyó su
carrera en este
mundo, con el nombre
de María en los labios.
La vida mariana de María
Dominga Mazzarello, cuyo
epílogo fue el canto, la
introducía en el definitivo
encuentro nupcial con el
Cordero Inmaculado,
realizándose en pleno los
encuentros Eucarísticos
que habían sido la
realidad significativa y la
segura garantía.