Sugata Mitra, de la LOS CHICOS DEL
Universidad de AGUJERO EN LA
Newcastle, en el PARED
Reino Unido POR SIMON HEMELRYK
En la India, un experimento con
computadoras está cambiando la vida de los
niños pobres.
Dos chicos de nueve años acercan la cara a una
pantalla parpadeante.
—¿Qué es esto? —pregunta uno de ellos—. ¿Una
televisión? —Aprieta esos botones —dice el otro, y
señala el teclado cubierto con plástico que está más
abajo. El chico oprime casi todas las teclas a la vez,
pero no pasa nada.
Otros 20 niños de la aldea, de entre 6 y 14 años, llegan corriendo
y los rodean, ansiosos por ver lo que es capaz de hacer esta
misteriosa adición a su remota comunidad. El día anterior llegaron
varios hombres de la ciudad, construyeron una casilla con
ladrillos en medio de la aldea y colocaron la pantalla en la
ventana, con el frente hacia afuera. Lo único que les dijeron a los
chicos fue que era una nueva máquina para que jugaran.
Los mirones gritan sugerencias, casi todas ellas inútiles, acerca
de lo que debe hacer el niño frente al teclado. Pero al cabo de
cinco minutos, éste se da cuenta de que si toca ciertos botones,
una flecha se mueve por la pantalla, y si hace clic en el botón
grande del centro, aparecen otras imágenes. Poco después hace
clic en un logotipo y se encuentra conectado a Internet. En
cuestión de horas, él y los demás niños se divierten con juegos y
ven los sitios web de Walt Disney, a pesar de que es la primera
vez que están frente a una computadora.
Escenas similares se han visto unas 600 veces en toda la India en la
última década. Concebidas por el profesor Sugata Mitra, de la
Universidad de Newcastle, en el Reino Unido, las casillas del proyecto
“Agujero en la Pared” han permitido a miles de chicos pobres tener
acceso a una computadora personal. Hay casetas en lugares públicos
desde el Himalaya hasta los barrios bajos de Mumbai, pero lo más
notable es que, sin ninguna intervención por parte de los adultos, los
chicos las han usado para aprender inglés y matemáticas y, en algunos
casos, para escapar de un futuro de trabajo agrícola o manual y poder
estudiar Biotecnología, Política o Física en la universidad.
La idea de las casetas surgió en 1985. “En ese tiempo
enseñaba yo programación en Nueva Delhi y había
gastado 630 dólares en mi primera computadora
personal”, recuerda Mitra, hombre afable y risueño de
57 años. “Mi hijo de cuatro años quería usarla. Le dije
que ni lo pensara, así que se
limitó a observarme. ”A los dos días yo no encontraba
un archivo, y mi hijo me sugirió que agregara dir/w/p al
comando. ¡Allí estaba! Un mes después, el niño me
superaba en todo, y mi esposa y yo pensamos que
teníamos un genio en casa. Luego hablé con mis
amigos y me di cuenta de que sus hijos también eran
unos genios de la computadora”.
En una conferencia sobre educación celebrada en
1988 en el estado indio de Goa, Mitra propuso que si
se dejara a los niños jugar con computadoras sin
ayuda, se podría identificar a los que fueran
especialmente brillantes y concentrar en ellos el gasto
gubernamental en ese rubro. “Descartaron la idea y
me tacharon de fascista –dice–, así que me olvidé del
asunto por un tiempo”.
Once años después, Mitra era director científico de
NIIT, una empresa de tecnologías de la información, y
tenía a su cargo la instalación de computadoras en
lugares públicos. Junto al edificio de la NIIT en Nueva
Delhi había un basural colindante con el barrio de
Kalkaji. Los cerdos revolvían la basura buscando
comida y los residentes lo usaban como letrina, pero
también era un campo de críquet para los chicos de la
zona. Mitra decidió instalar en ese sitio una
computadora, operada sólo con botones de cursor.
Estaba seguro de que los chicos la destrozarían, pero
eso le daría información para hacer más resistentes
las otras.
Entonces recordó su ponencia de 1988, y pensó que
aquello podría ser más que un proyecto de ingeniería.
Ninguno de los niños sabía demasiado inglés y todos
tenían una educación deficiente, pero si uno o dos de
los más brillantes al menos pudieran abrir algunos
documentos, eso lo ayudaría a demostrar su teoría.
Pidió a su personal que instalaran la computadora en
un pequeño hueco en la pared de la NIIT, a casi un
metro del suelo y con un capuchón de metal para que
sólo los niños tuvieran acceso a ella. Al día siguiente,
un colega lo estaba esperando en su oficina.
—¡Hay varios chicos afuera y están navegando! —le
dijo. —¿Les enseñaste a hacerlo? —preguntó Mitra.
—Nadie se acercó a ellos.
Mitra vigiló a los chicos desde otra computadora y los vio jugar
juegos en Internet sin ayuda. Dos semanas después, encendió su
máquina y encontró un documento que decía “Yo amo a la India”
en letras multicolores. Un chico de ocho años llamado Rajinder le
mostró cómo lo había creado con ayuda de una paleta de
caracteres que Mitra ni siquiera sabía que existía.
Pronto, los padres de los niños empezaron a pedirles
que les buscaran trabajo en Internet, y las madres
querían saber su horóscopo. Mitra instaló más
“Agujeros en la Pared” en Shivpuri, ciudad del centro
de la India, y en la aldea de Mandantusi, en el noreste
del país, donde los chicos no hablaban nada de inglés.
“Nuestros hijos ni siquiera saben arar un campo”,
dijeron los adultos de la aldea. “¿Cómo van a usar esa
máquina en inglés?
“Volví a los tres meses, y lo primero que los niños me
preguntaron fue: ‘¿Podemos tener un procesador más
rápido y un mouse mejor?’”, cuenta Mitra. Los chicos
habían aprendido un vocabulario de unas 200
palabras inglesas, entre ellas exit (salir), stop (detener)
y save (guardar).
“Volví a los tres meses, y lo primero que los niños me
preguntaron fue: ‘¿Podemos tener un procesador más
rápido y un mouse mejor?’”, cuenta Mitra. Los chicos
habían aprendido un vocabulario de unas 200
palabras inglesas, entre ellas exit (salir), stop (detener)
y save (guardar).
“Aunque en lo individual los niños entendían muy
poco, un grupo de 20, por medio del razonamiento y la
discusión, pudo descifrar lo suficiente para empezar.
Tecleaban las pocas palabras que creían conocer,
como ‘rit’ en lugar de rat (rata), y el buscador de
Internet respondía: ‘¿Quiso decir rata?’ Así, por tanteo,
la computadora les estaba enseñando inglés”.
Mitra publicó un artículo que llamó la atención del Banco Mundial.
Este acababa de crear el Fondo de Desarrollo del Milenio, y
subvencionó a Mitra con 1,7 millón de dólares para que repitiera
su experimento en otros 23 poblados de la India. En lugares
como Stok Kangri, a unos 6.000 metros de altura en el Himalaya,
y en una isla del Ganges, los niños aprendieron a usar las
máquinas en cuestión de horas. Además, en diversos sitios web
adquirieron conocimientos sobre toda clase de temas, desde
deportes hasta electrónica.
En Kuppam, una aldea del sur del país, Mitra puso información
sobre biotecnología en la computadora y les pidió a los niños que
la miraran. Regresó dos meses después. “Aparte del hecho de
que la duplicación incorrecta de las moléculas de ADN causa
enfermedades genéticas, no entendimos nada”, le confesó una
niña. “Les había hecho una prueba antes y sacaron cero puntos”,
cuenta Mitra. “A mi regreso los evalué otra vez y obtuvieron una
calificación del 30 por ciento. Le pedí a una chica de 20 años, a
quien todos los chicos admiraban, que les dijera que quería saber
más sobre el tema. Me ausenté otros tres meses, y cuando volví,
el resultado fue del 75 por ciento”.
Mitra se percató de que, para los niños, la discusión en grupo,
poder aprender por sí mismos y el deseo de impresionar a otros
chicos o a sus mayores era un poderoso aliciente para seguir
estudiando sin ayuda.
Para 2007, Mitra ya era profesor de Tecnología de la Educación
en la Universidad de Newcastle y había extendido su experimento
a una escuela de la vecina ciudad de Gateshead. En menos de
una hora, trabajando en grupos de cuatro alumnos y usando sólo
Internet, una clase de chicos de 10 años respondió correctamente
seis preguntas de secundaria. Varias semanas después, Mitra
examinó a los niños sin permitirles el acceso a la Red, y otra vez
obtuvieron una buena puntuación.
“Los maestros me preguntan si esta es una verdadera
educación –señala Mitra–, pero si los niños aprenden,
dan las respuestas correctas y las recuerdan, ¿acaso
eso no es real?”
Swapnal Kadam, de 20 años, es una prueba de que
las casetas de Mitra pueden tener efectos duraderos.
En 2002 se instaló una en su escuela, en la remota
aldea india de Shirgaon, y la chica se obsesionó con
los artículos sobre el espacio exterior. La computadora
le sirvió para aprender. Con el tiempo decidió ser
astronauta, y hoy estudia Ingeniería Aeronáutica.
En una época en que se suele criticar a las computadoras por
aislarnos socialmente, Mitra piensa que ideas como la del Agujero
en la Pared podrían acercarnos más. “Me gustaría ver un puesto
de aprendizaje en cada bar”, dice. “Todas las casillas están en
lugares públicos; sólo una ha sido destruida y ninguna se ha
usado para ver pornografía. Si los padres pusieran una
computadora en el cuarto de juegos de su casa, seguramente sus
hijos les dirían con mayor frecuencia: ‘¡Vengan a ver lo que
encontré!’”
En la India, Mitra ha sido testigo de que los Agujeros en la Pared
derriban el rígido sistema de castas; de que los niños de clase
media rodean al hijo del herrero para que les enseñe, y de que
las chicas hábiles adquieren una preeminencia entre los varones
de la que rara vez disfrutan en la sociedad en general. La
habilidad para manejar una computadora también será vital para
que los ciudadanos pobres de la India funcionen en un mundo
donde todo se hace cada vez más con estas máquinas.
Gracias a los Agujeros en la Pared, Mitra ha recibido muchos
premios y, aunque ahora aquellos son administrados
principalmente por la NIIT, aún les dedica mucho tiempo. Además,
nunca ha ganado dinero con ellos. “Soy un científico y eso
desvirtuaría mis resultados”, dice Mitra, quien espera llevar su
proyecto a Afganistán y a China. “Ni siquiera me siento orgulloso
de esto. El trabajo no ha terminado, y el orgullo es el principio del
fin”.
Le guste o no, hace poco Mitra se vio expuesto a la luz de los
reflectores con el éxito de la película Slumdog Millionaire. “Ah, sí”,
dice riendo. “Volví de una conferencia y encontré un mensaje de
la NIIT en mi contestador automático. Resulta que Vikas Swarup
[autor de la novela Q&A, en la cual se basa el filme] había
declarado en una nota periodística que mi trabajo fue su
inspiración. Conseguí la dirección electrónica del escritor y se lo
agradecí. En menos de una hora me respondió, y me dijo que era
un honor para él que lo hubiera contactado.
”Me encantó la película, pero le dije que mi
sueño no es ver que un chico pobre se haga
millonario, sino que gane un Premio Nobel. Tal
vez ésa podría ser la segunda parte”.