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Colosences 3 16

El documento reflexiona sobre la importancia de la gratitud y la comunidad de fe al finalizar el año, instando a los lectores a reconocer y celebrar las bendiciones de Dios. Se enfatiza la necesidad de mantener un corazón sensible y comprometido, recordando que la vida cristiana se vive mejor en comunidad, donde se fortalece la fe y se apoya a los demás. Se concluye con una oración pidiendo a Dios que despierte la sensibilidad y compasión en nuestras vidas.

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Colosences 3 16

El documento reflexiona sobre la importancia de la gratitud y la comunidad de fe al finalizar el año, instando a los lectores a reconocer y celebrar las bendiciones de Dios. Se enfatiza la necesidad de mantener un corazón sensible y comprometido, recordando que la vida cristiana se vive mejor en comunidad, donde se fortalece la fe y se apoya a los demás. Se concluye con una oración pidiendo a Dios que despierte la sensibilidad y compasión en nuestras vidas.

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Texto Colosenses 3:16 “La palabra de Cristo more en

abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos


a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en
vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y
cánticos espirituales.”
REFLEXION DE FIN DE AÑO.

A medida que el año llega a su fin, recordemos ser agradecidos en todo


momento. La gratitud es una expresión de fe y confianza en Dios.

1 Tesalonicenses 5:18 RVR1960 | Dad gracias en todo, porque esta es la


voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.

En medio de las pruebas y desafíos de la vida, es fácil olvidar la abundancia


de bendiciones que Dios nos ha concedido.

Que el año que viene esté marcado por un corazón agradecido, dispuesto a
reconocer y celebrar cada bendición que Dios nos concede.

Exhorto a cada uno a renovar su compromiso con esta comunidad de fe,


participando activamente y buscando maneras de servir.

Que nuestras reuniones sean un reflejo vivo del reino de Dios aquí en la
tierra.

Oremos para que el Espíritu Santo nos guíe en unidad y amor. Así como
también al enfrentar los desafíos del presente, estemos llamados a recordar
Hebreos 10:25 y permanecer fieles trabajando juntos para la gloria de
Dios.

El escritor de Hebreos observó que muchos de sus lectores que profesaban


ser cristianos estaban abandonando su confianza en el Señor (Hebreos
10:35).

¿En qué parte de tu vida aprendiste a vivir con el dolor como si fuera
“normal”? Hoy este pasaje nos confronta justo ahí donde ya casi no
reaccionamos. Tómese unos minutos y deja que Dios te muestre si hay algo
de tu corazón que se está enfriando.

Esto sucede a diario. Y Habla de nosotros, de cómo podemos llegar a vivir


hoy: saturados de malas noticias, de violencia, de chismes, de ataques en
redes, de chistes sucios en el trabajo, de discusiones en familia… hasta
que ya casi nada nos duele.

Vivimos en tiempos de desconexión. Aunque estamos más conectados


digitalmente que nunca, algo falta. Muchas personas experimentan soledad y
aislamiento, incluso dentro de la iglesia. En tu vida espiritual: antes te pesaba
faltar a un tiempo con Dios, ahora pasan días, semanas… y solo sientes una especie
de vacío silencioso. Te acostumbraste.

¿Dónde te has vuelto frío?

 Tal vez en tu matrimonio, donde ya aceptaste vivir con distancia


emocional, como dos desconocidos educados bajo el mismo techo.
 Tal vez en tu paternidad o maternidad, donde el cansancio te hace
responder con monosílabos, con gritos automáticos o con puro celular para
entretener a tus hijos, y has dejado de ver sus ojos y su corazón.
 Tal vez en tu relación con Dios, donde antes llorabas en Su presencia y
ahora apenas haces una oración rápida de compromiso, mientras revisas
notificaciones.
 incluso en tu mirada hacia ti mismo: noticias, redes, comparaciones… y
has empezado a aceptar pensamientos que te destruyen: "no valgo", "no
sirvo", "da igual". Te estás dejando tirado en la puerta, sin levantar tu
alma.

El ritmo frenético de la vida moderna, sumado a las distracciones constantes,


hace que descuidemos una de las dimensiones más importantes de nuestra fe:
nuestra vida en comunidad.

Así luce el corazón humano cuando Dios no es el centro: se normaliza el abuso,


la violencia, la indiferencia ante el sufrimiento.

Pero el Dios de la Biblia no es indiferente. Dios no se acostumbra al dolor. Él


ve, Él escucha, Él se duele. Jesús lloró ante la tumba de Lázaro. Jesús se conmovió
ante la multitud. Jesús se acercó a los que todos ignoraban.

Donde nosotros pasamos de largo, Dios se detiene. Donde nosotros decimos


"ya es normal", Dios dice: "No, esto no es mi diseño".

En este contexto, hebreos 10:25 ofrece una advertencia y un recordatorio: no


dejemos de congregarnos, como algunos tienen por costumbre. Pero más allá de
una simple instrucción, este versículo nos da una visión profunda del propósito
de la iglesia y de nuestro papel en ella.

Hebreos 10:25 no es simplemente un mandato de asistir a la iglesia; es una


invitación a vivir la vida cristiana de la manera en que fue diseñada. Necesitamos
la comunidad cristiana porque ahí somos moldeados y fortalecidos.

Necesitamos el aliento mutuo porque nos ayuda a recordar las promesas de


Dios en momentos de duda. Y necesitamos vivir con una urgencia que nos
empuje a ser intencionales en nuestra fe, sabiendo que Cristo volverá.

Este versículo nos desafía a no caminar solos, sino a abrazar la vida en


comunidad, donde el evangelio se vive y se comparte, día tras día, en la
espera de la gloriosa venida de nuestro Señor.
Oremos: Oración para un corazón que vuelve a sentir
Señor Jesús, hoy me acerco a ti sin máscaras. Reconozco que hay partes
de mi corazón que se han enfriado, lugares de mi vida donde ya casi no
reacciono.

Me he acostumbrado al dolor, al pecado, a la indiferencia… y he seguido


como si nada, ocupado, cansado, distraído. No quiero vivir así. No quiero
ser como ese hombre de Jueces 19:28, que siguió su camino sin detenerse,
sin llorar, sin preguntar, sin orar.

Hoy te pido: detén mi paso. Muéstrame con claridad dónde me estoy


endureciendo: en mi casa, en mi matrimonio, con mis hijos, en mi trabajo, en mis
relaciones, en mi relación contigo, incluso en cómo me hablo a mí mismo. Espíritu
Santo, toca lo que está “tirado en la puerta” de mi vida y que yo he ignorado.

Despierta mi sensibilidad. Dame un corazón que vuelva a dolerse por lo que a ti


te duele, que no normalice el mal, ni en mi conducta, ni en mi entorno, ni en mis
pensamientos. Te entrego mis rutinas, mis prisas, mis excusas y mis “ya así
soy”. Te entrego el cansancio que me ha llevado a reaccionar con frialdad,
con indiferencia, con silencios que hieren.

Dame valentía para pedir perdón donde he herido, humildad para reconocer
que necesito ayuda y honestidad para dejar de tapar lo que está roto

Toma mis manos, mis palabras y mis decisiones de hoy. Guíame paso a paso
para caminar distinto: con más compasión, más verdad y más coherencia. Que mi
fe no sea solo teoría, sino algo que se nota en cómo trato a los que amo, en cómo
enfrento las injusticias, en cómo me miro a mí mismo. Jesús, rompe en mí toda
costumbre al dolor que no viene de ti.

Haz nuevo mi corazón. Enséñame a reaccionar otra vez: a llorar cuando haga
falta, a pedir perdón cuando me equivoque, a abrazar cuando otros estén tirados
en la puerta, a detenerme donde antes solo pasaba de largo. Me pongo en tus
manos hoy. Guíame, corrígeme con amor, levántame cuando caiga y recuérdame,
día a día, que tú no te acostumbras a mi dolor ni al dolor de nadie. Gracias porque,

aun cuando yo me enfrío, tú sigues buscándome. En tu nombre, Jesús. Amén.

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