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Cibotti U3

El documento analiza la conmemoración del Bicentenario en Argentina, destacando la ambivalencia entre historia y memoria en la narrativa histórica contemporánea. Se critica la Reforma Educativa de los años 90 por diluir la enseñanza de la historia, lo que ha llevado a un 'saqueo del pasado' y a la falta de un enfoque claro en la identidad nacional. A diferencia de Chile y México, que han logrado integrar una visión más plural y de larga duración en sus conmemoraciones, Argentina enfrenta dificultades para conectar su pasado con el presente de manera efectiva.
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Cibotti U3

El documento analiza la conmemoración del Bicentenario en Argentina, destacando la ambivalencia entre historia y memoria en la narrativa histórica contemporánea. Se critica la Reforma Educativa de los años 90 por diluir la enseñanza de la historia, lo que ha llevado a un 'saqueo del pasado' y a la falta de un enfoque claro en la identidad nacional. A diferencia de Chile y México, que han logrado integrar una visión más plural y de larga duración en sus conmemoraciones, Argentina enfrenta dificultades para conectar su pasado con el presente de manera efectiva.
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¿Saqueo del pasado o divulgación histórica?
Las urgencias del Bicentenario en los medios masivos

Ema Cibotti

Planteo del problema

El tiempo histórico es una trama de pasados que las sociedades habilitan para narrar sus
conmemoraciones en un momento determinado. Una cosa es evocar los 30 años del golpe de
Estado de 1976 o los 25 años del Juicio a las Juntas y otra cosa es evocar los 200 años de la
Revolución de Mayo, de la Revolución americana. ¿Cómo valorar entonces los productos de la
conmemoración del Bicentenario? A modo de hipótesis, sugiero que nuestra conmemoración ha
estado atravesada por una fuerte ambivalencia, más sesgada sobre la disputa entre historia y
memoria, y que la intervención sobre el Bicentenario no ha conseguido desmarcarse de esta
impronta, tan fija en el presente que no pudo hacer cotejo de pasados con beneficio de
inventario. La Argentina año 0 de la historia…ha funcionado a pleno con toda la carga política de
la memoria reciente anclada en el corto plazo.
La Reforma Educativa de los años 1990 preparó el terreno. Profundizó el quebrantamiento
del sentido histórico, borró la materia de la escuela y preguntó: ¿para qué sirve el pasado? La
escuela falló. Mal asesorada quiso competir con los mass-media, incorporar el discurso de aquí,
ahora, ya, la velocidad, por sobre la lentitud, el olvido rápido, en lugar de la memoria…lenta,
siempre lenta1. Fue en ese contexto y no en otro en el que se produjo el “saqueo del pasado”. En
efecto, como los próceres debían “humanizarse” se buscaron las plumas dispuestas a desmoldar
una supuesta historia petrificada.
En cambio, en Chile, como en México, la misma Reforma Educativa fue implementada en
la currícula escolar, pero sin sacrificar tanto los contenidos de la disciplina histórica. La cuestión
tiene matices pero no es un tema menor, y esto se observa porque los productos y los discursos
bicentenarios han incluido pretéritos plurales y en la línea de la larga duración. En el caso
mexicano: 1810, 1910, (las dos revoluciones) versus 2010, en el caso chileno, una curva
ascendente: 1710-1810-1910-2010. En el caso argentino, la colonia ha sido ignorada y, lo que

1 Ver Jaim Etcheverry (1999). No conozco otro libro que haya sido tan celebrado como ignorado por quienes
pudieron cambiar el destino de la educación en la Argentina después de la era Menem.
resulta más grave, las Invasiones Inglesas2 también, y del rotundo momento de 1810 se pasa al
2010, porque la enorme dificultad se halla en el Centenario y en la revisión del pasado siglo XX
en toda su extensión.
Intentaremos analizar las diferencias manifiestas. Cómo la celebración chilena amojona
hitos bajo la idea de legado, cómo los mexicanos conmemoran para marcar la identidad nacional
pasada y actual, y que no hubo una marcación clara en el caso argentino. Revisaremos la
instalación mediática de cada una de esas experiencias y sus urgencias y después explicitaré
brevemente las posibilidades de la divulgación histórica en los medios y la fórmula que concibo
para hacerlo: el mensaje es el método.

El umbral argentino

Una de las ventajas que tiene la historia reciente o inmediata es que no hay descreimiento
sobre su potencial posibilidad de representar lo real. La tensión entre historia y discurso de la
historia no halla ahí lugar, es el terreno de la crónica. Nadie duda del valor per se de las
preguntas: qué, cuándo, dónde, cómo y por qué pasó lo que pasó. No hay discusión sobre la
relevancia del con-texto, los anacronismos no sirven de atajo a nadie, y se impone en más de un
sentido la experiencia, colectiva, social y desde luego personal y todo ello forma parte de la
trama por cierto conflictiva entre historia y memoria (he analizado puntualmente esta cuestión en
Cibotti 2004: 223-227).
La historia presente tampoco soporta el peso de la ficción, no hay novela histórica,
simplemente porque hay testigos vivos. En este sentido, resulta notable observar la inexistencia
de historias noveladas sobre los tiempos recientes. En nuestro país, al menos, esta narrativa
best-seller apenas cruza los umbrales de la segunda mitad del siglo XX. Tampoco lo hace el
ensayo histórico que gusta de los anacronismos. La “verdadera historia”, puede describir sus
mitos con la condición de que no haya lectores que puedan aplicar la exégesis del visto y oído,
porque naufraga, o vende mucho menos, que es lo mismo.
La historia del pasado reciente tiene un campo bien amojonado, cruzado con otras
problemáticas en las que sin lugar a dudas el ejercicio de la memoria también es desafiado,
justamente por aquello que fundó el positivismo decimonónico, el hecho documentado, de
importancia más que relevante cuando se trata de enviar a juicio a los represores, violadores de
los derechos humanos.

2 Ver Cibotti (2006). No hubo otras notas para evocar los 200 años de las invasiones inglesas.
Pero la disciplina y sus prácticas académicas y divulgativas deben convivir con todos los
pretéritos, aunque siempre sea bajo los efectos demandantes del presente. Esto no es en rigor
una novedad. Lo nuevo es el modo imperativo del presente o mejor dicho, el modo imperativo en
que se manifiesta hoy un uso del presente omnímodo, que no le cede espacio al pasado-pasado.
Así arrinconado en los discursos curriculares, que es en donde pasa la mayor parte de su
tiempo, el pasado-pasado es botado, y la historia que lo acuna es vilipendiada como disciplina
porque “no explica el presente”. Cuando este embate se inició, la duda interpuesta por la
literatura todavía corroía la capacidad discursiva de la historia para explicar e interpretar.
Entonces queda más claro por qué la academia no supo ni pudo enfrentar los bríos de la reforma
educativa de la era Menem.
En los tempranos 1990, estigmatizada en la escuela como materia, la historia se diluyó en
lo que se denominó área de ciencias sociales, del tercer ciclo de la EGB. Dañada, no pudo
recuperar terreno en el Polimodal. Que hoy predomine un hálito de recriminaciones y mea culpa
pedagógico por la devaluación de los contenidos curriculares disciplinares, no impide la magnitud
del daño realizado, sobre todo porque fue muy advertido en su momento.
La historia subsumida en el área de las ciencias sociales junto a la geografía, la
antropología, la economía, la sociología etcétera, fue interpretada por los más ingenuos como un
campo interdisciplinar, pero los más agudos definieron el invento como un anacronismo difundido
por la secta poderosa de los pedagogos (me hago eco de un artículo de Muñoz Molina). Esta
currícula puesta en práctica en varias jurisdicciones del país dejó a la juventud de menores
recursos que completaba el ciclo obligatorio y no podía continuar con el siguiente, sin los
conocimientos relevantes y significativos que podían contextualizar su real experiencia social.
Para decirlo de una vez, una escuela que no puede historizar el siglo XX, ¿qué enseña
realmente? Sin respuestas, la ficción novelada de la historia emergió como una solución.
Había un gran malentendido porque lo único momificado en el bronce había sido hechura
de los textos escolares de las diversas dictaduras, en cambio, la prolífica literatura histórica
anterior a 1930, y hasta esa fecha, había ponderado siempre el factor humano. Basta leer El
santo de la espada para advertir que su autor conocía a la perfección todas las enfermedades
sanmartinianas. O que los dimes y diretes sobre la vida sentimental del Libertador eran muy
socorridos. Lo mismo podríamos decir de Belgrano, Moreno, Rivadavia y por cierto también de
Rosas, todos ellos ya habían sufrido el trajín de las memorias de época a través del culto al
pasado imperfecto, y habían sido más o menos lastimados por la comidilla pública antes de subir
al bronce del panteón nacional -obviamente no Rosas. Inclusive una vez consagrados, los
rumores y controversias continuaron, como no podía ser de otra manera, porque no morirían en
el recuerdo hasta que no desaparecieran aquellos que los habían conocido, como gustaba decir
a Borges. Para hacer ficción con la historia una pléyade muy conocida de escritores fue
afanosamente purgada. Vicente Fidel López, Adolfo Saldías, Manuel Gálvez, Ricardo Rojas e
incluso Bartolomé Mitre, pero creo que de todos ellos, la obra de Paul Groussac llevó la peor
parte. Sus descripciones animosas y agudas y los personajes que trató o retrató han sido
copiados sin mención al pie.
El refrito finalmente empachó, o la materia prima se terminó, una de dos, porque de toda
esta narrativa, propia de los últimos 20 años, queda poco. Por cierto la gran excepción del
género continúa siendo Soy Roca de Félix Luna, con un bagaje de investigación sobre diarios de
la época y otros documentos, un libro de consulta también para la academia. A la excepción
señalada cabe hacer otra, que alertó sobre los faux pas a los que podía llevar la aventura de la
ficción de la historia.

Realidad histórica argentina versus ficción

En 1995, el escritor argentino Tomás Eloy Martínez publicó Santa Evita, inmediato best
seller en toda América latina, y uno de los libros más importantes del género. Sin embargo, en
general no fue leído como ficción, y su autor debió enfrentar los equívocos que se multiplicaron
sin cesar. En un reportaje expresó: “Novela significa licencia para mentir, para imaginar, para
inventar” (Neyret, 2002). ¿Por qué la necesidad de una afirmación tan contundente?
Sencillamente porque nadie había entendido así su libro. En el mismo reportaje el autor
agregaba:
“[…] cuando Perón le dice a Eva „No puedo darte la vicepresidencia porque tenés
cáncer‟ Esa frase fue tomada literalmente en la película Eva Perón. La verdadera
historia. Yo me quejé al guionista, [José Pablo] Feinmann, y él me respondió
„¿Pero, cómo, no era una entrevista?‟. Le dije que hay un subtítulo enorme al pie de
Santa Evita, que yo me he empeñado en que aparezca siempre, que dice Novela’ ”
(Neyret, 2002).
El guionista interpelado por Tomás Eloy Martínez, es un escritor y periodista muy
reconocido. Durante la entrevista, el autor de Santa Evita, se ocupó de explicitar con otro
ejemplo la técnica usada en su novela:
“En este caso, para crear un efecto de verosimilitud superlativa, uso las
herramientas del periodismo: entrevistas, cartas, guiones, pero falsos (cursiva mía).
Hay gente que aparece ahora diciendo que sabía que el cuerpo de Eva Perón
estuvo detrás del cine Rialto. Pero yo recuerdo perfectamente el momento en que
salí de un almuerzo en casa de unos amigos, y les dije: „Detrás del telón de este
cine -que era un cine, obviamente, de los años „30 ó „40- voy a meter el cuerpo de
Eva‟. Nunca estuvo ahí. Tampoco hubo copias del cadáver de Eva Perón” (Neyret,
2002).
Bien, hasta aquí citamos al autor defendiendo su derecho a inventar frente al equívoco de
quienes lo leyeron como fiel testigo de la verdad. Pero este ha sido y sigue siendo el obstáculo
con el que tropieza la novela histórica de pobre factura y su ponderada “humanización de los
próceres”, obstáculos que no salvan los atajos morales que tienen todos aquellos que admiten el
“saqueo” del pasado, incluidos los editores. Y es que la brecha que se abre en el pacto de
lectura, cuando los destinatarios ponen en duda la veracidad del registro, no se cierra más. Hay
un haz de cuestiones que la divulgación debe indagar sin medias tintas. ¿Sucedió realmente?
¿La historia que figura en este libro, es verdadera? ¿La recreación del prócer, es correcta? ¿Es
posible “saber” si lo que pasó, pasó? Si no hay respuestas, el pacto del lector con el escritor, se
rompe.

El mercado de los héroes, próceres y protagonistas

En el caso de Chile, el Bicentenario como producto mediático se ofreció en formato


televisivo y también gráfico y el argumento central, siempre explicitado, se talló en torno a la idea
de “legado”. La larga duración se instaló para pensar ese pasado revisitado. El primer gran
aporte digno de mencionar es una colección gráfica por entrega. El dispositivo parece conocido
en la Argentina, pues ha habido muchos buenos ejemplos de trabajo académico con un titular
que lidera un equipo de colegas que narran aspectos del pasado, al que suman ilustraciones,
mapas, gráficos, en forma de fascículos, en un diario de gran tirada nacional. Pero el ejemplo
que vamos a describir responde a otro esquema institucional.
La Universidad de Los Andes, el Grupo Enersis (energía eléctrica) y el diario El Mercurio
ofrecieron una impresionante colección de 16 volúmenes sobre la historia de Chile desde 1710
hasta 2010 (4 volúmenes por fecha emblemática) con la pretensión de llegar a un público
masivo, de todas las edades (ver las referencias sobre la obra en www.uandes.cl). La obra,
titulada Chile en 4 momentos, se empezó a publicar en el año 2008 y despertó interés entre los
estudiantes secundarios. El diario les pidió opinión sobre el primer volumen, apuntamos dos:
Para Ricardo, una cosa es que el libro de historia entregue cifra de mortalidad
infantil durante la Colonia, y otra, como lo hace "Chile en Cuatro Momentos", que
cuente cómo asumían las familias la muerte de los niños.
"Yo creo que va a fomentar una alta concepción de la moral y del patriotismo en
cada ciudadano. Cada chileno se va a sentir más orgulloso al conocer sus raíces, y
al saber de dónde venimos", dice Gonzalo Valenzuela, del Lastarria (Colegio
Secundario).

Son dos puntos de vista muy diferentes. El segundo es el esperable, entra en la retórica
del “para qué de la historia”, y no genera necesariamente un nuevo lector, pero el primero sí
suma lectura. El estudiante descubre que hay fuentes cualitativas para comprender esa
dimensión pública, doméstica del pasado, que entra de lleno en la historia de la vida cotidiana. El
ejemplo muestra bien cómo ampliar el interés hacia la historia enseñada. En definitiva un buen
recurso usado deliberadamente por sus autores para concitar tal fin. El director del diario
presentó el proyecto editorial “…como una verdadera revolución educativa silenciosa, al
incorporar contenidos que van más allá de la perspectiva política y militar dominante en muchos
textos históricos, para abarcar las costumbres y la vida cotidiana de nuestros antepasados. Esto
es posible gracias a las técnicas actuales de investigación”. El gerente general de Enersis resaltó
que para este grupo “es clave el sentido educativo de los proyectos que apoya, ya que por esa
vía cada vez más gente tirará el carro del desarrollo en Chile”. El historiador Francisco Javier
González, editor general de la obra y director del Instituto de Historia de la Universidad de los
Andes, que coordinó el equipo de profesionales de la misma universidad, explicó cómo se
abocaron a privilegiar una mirada atractiva y renovada sobre la historia enseñada, con el uso de
las fuentes más diversas –con datos frescos– señala Francisco Javier González, que también se
asocia a la iconografía, mucha inédita o casi inédita, y que no sirve para ilustrar, sino por su valor
per se. Pero además, el equipo puso el foco sobre “la escasa presencia de la historia nacional en
los actuales planes de educación” –en palabras del historiador Augusto Salinas– que apuntó a la
cuestión como parte de una crisis de la conciencia histórica es decir de incomprensión del
presente, según el propio Salinas.
Evidentemente este esfuerzo de largo aliento (tres años de pleno trabajo) deriva de una
estrategia institucional para incidir sobre la formación pública ciudadana con perspectiva
histórica. Y esto mismo se evidencia también en algunas apuestas fuertes que dependen del
concurso de muchos investigadores. Un ejemplo. En todos los volúmenes se desarrolla un
original ejercicio de empatía histórica, pero para lograrlo, en lugar de abusar de las
descripciones, se acude a las comparaciones históricas para envolver al lector y situarlo. Por
supuesto este esfuerzo es deliberado pero ha implicado un fuerte desarrollo de contenidos
específicos para poder llevarlo a la práctica. En la entrevista institucional, Francisco Javier
González explicó:
“así, no solo le decimos que algo costaba tantos reales, sino que hacemos una
aproximación a los valores actuales(…); mostramos los tipos de armas que usaba el
Ejército de la Frontera de Arauco, pero igualmente señalamos cuáles eran sus
cadencias de tiro, distancia de impacto y, además, comparamos estos datos con los
de armamento actual. Eso permite una aproximación muy clara a la historia y
valorar mucho mejor los datos que se entregan.”

Obviamente en Chile en 4 momentos hay una mirada ideológica definida y adscripciones


historiográficas para abordar el pasado, pero esa es una dimensión del análisis que queda
reservada para debatir en el ámbito académico. Lo relevante para nuestro abordaje, es subrayar
la voluntad y vocación divulgadora de un gran trabajo colectivo realizado con una factura seria y
rigurosa y propositiva que incorporó a la historia enseñada temas y problemáticas nuevas y le dio
vida a otros protagonistas de la historia.
Esta experiencia ha concretado un salto cualitativo en la capacidad divulgadora, y la
distancia de la televisión en la celebración del Bicentenario. En 2006, un equipo de directores de
cine chilenos se hizo cargo de la serie Héroes, producida por el canal 13 de la Universidad
Católica. El supuesto que movió a los guionistas es que estas estatuas monumentales podían
cobrar vida, animarse, gracias a la televisión. Los episodios, seis en total, reconstruyeron las
acciones de Bernardo O'Higgins, José Miguel Carrera, Manuel Rodríguez, Diego Portales, José
Manuel Balmaceda y Arturo Prat. Los capítulos unitarios se emitieron al año siguiente, y
subsiguientemente dado el éxito de audiencia obtenida. El impacto fue masivo y no se hizo
esperar (se puede ver la serie en http://heroes.canal13.cl/). Las opiniones de los televidentes
fueron en general muy favorables:
“Justamente lo que se critica es lo que me ha gustado. La capacidad de los
directores de humanizar a los héroes patrios hasta hacerlos no sólo admirables por
la historia, sino que sujetos con dolores, penas y sueños”.
“Esos son tipos que temen y sudan”.
Los profesores del secundario incorporaron el telefilm como un documental para uso en
clase. En palabras de un docente:
“O‟Higgins es uno de los personajes clave en el proceso de independencia de la
Historia de Chile y de acuerdo al Programa de Estudio se puede introducir en la 3ª
Unidad de 2º Medio “La creación de una nación”. El único inconveniente es que esta
unidad corresponde “pasarla” aproximadamente en dos meses más. Sin
embargo utilizaré la película ahora, aprovechando que con 3º medio estamos
repasando o recordando los conceptos fundamentales de 2º medio en historia de
Chile. Viene a reforzar la unidad de repaso con la que se comienza cada año.”
Por cierto no fue el único aporte. El canal emisor abrió un espacio asociado al portal
Educar Chile para que los profesores explicaran cómo creían que podía adaptarse el capítulo a
la enseñanza. Las propuestas didácticas tuvieron un seguimiento y quedaron registradas.
Sin embargo, la reacción académica no fue favorable. Hubo disgusto por su uso como
recurso educativo, ya que la recreación libre de los directores restaba rigor y objetividad histórica
al tratamiento de los “Héroes”. Afirmaciones como las que siguen se sucedieron en las columnas
de los diarios: “líos de faldas y anécdotas”, “una especie de reality”, “un insulto al héroe y su
carga de identidad nacional”, “¿Documento histórico o farándula épica?”.
La apuesta decidida en beneficio de la ficción generó un amplio debate entre guionistas
con formación historiadora -vale la pena recalcarlo- y académicos de la historia. El centro de la
disputa se radicó entre historiografía y crónica histórica, y los académicos tuvieron mejores
razones. Porque se produjo un equívoco habitual entre los cultores de la historia novelada, en
este caso en formato fílmico. En efecto, la jefa del guión del capítulo dedicado a Manuel
Rodríguez explicó que la teleserie no pretendía ceñirse a la historiografía, y que el
entretenimiento exigía la inclusión de anécdotas y situaciones de ficción. Los historiadores
Ernesto Guajardo –biógrafo– y Sergio Villalobos –Premio Historia Nacional (1992) la refutaron.
Porque el problema no era de interpretación, es decir historiográfico. Los historiadores no
cargaban las tintas sobre el sentido y enfoque propuesto, sino sobre la secuencia de datos y
hechos, es decir, sobre la crónica. Y aclararon que con solo tomar personajes de la historia no se
representa una época, solo se vacía de historicidad al sujeto real. También enfático, Gabriel
Salazar –Premio Nacional de Historia (2006)– indicó que estaban “remitoligizando a los
personajes” (El Mercurio, 21 de marzo de 2010).
Gracias al rating, la televisión chilena no se despegó del Bicentenario y buscó nuevas
propuestas. Recientemente estrenado en 2010, TVN, el canal nacional con señal internacional,
empezó a emitir un programa: Algo habrán hecho por la historia de Chile, que repite con rigor
disciplinar un formato similar producido en la Argentina en 2004-2005, con el mismo título, Algo
habrán hecho por la historia argentina, con Felipe Pigna y Mario Pergolini y la producción de
Cuatro Cabezas. Pero el motor del argumento es muy diferente en cada una. En el caso
argentino el foco puesto en develar supuestos mitos y conspiraciones, a partir de una sola clave
explicativa, la del revisionismo histórico, le quitó fuerza al guión, que básicamente tenía un tono
de denuncia, y omitía explicaciones multicausales. La versión chilena en cambio se ajusta a las
reglas del arte académico. También es cierto que su promotor, el historiador Manuel Vicuña, es
una voz autorizada para hacerlo, es Licenciado y Doctor en Historia del Trinity Hall, Universidad
de Cambridge y actual Decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad
Diego Portales.
El balance del Bicentenario en Chile aún no puede cerrarse…el proceso sigue su curso, la
fiesta celebratoria no ha terminado, y no es una cuestión de calendario, sino de oferta y
demanda cultural y educativa. Universidades, diarios, canales de televisión, equipos de
guionistas, de escritores, de historiadores, de profesores de colegios secundarios, y estudiantes
y público en general, han estado dialogando en los últimos cuatro años en torno del legado
bicentenario. El impacto podrá medirse en un futuro próximo, pero sí puede anticiparse el
desarrollo de líneas de divulgación histórica más vigorosas en todos los soportes tecnológicos.
México y su lema federal “200 años orgullosamente mexicanos” tampoco le esquivaron el
bulto a la idea de legado. Aunque, por cierto, la estructura no fuera la de la curva ascendente
sino la de una conmemoración que no podía sustraerse a la situación más crítica del presente. El
gobierno celebraba a dos voces: el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la
Revolución Mexicana, bajo la consigna, del presidente Madero “no olvidemos las lecciones de la
historia”.
En el país federal, la promoción de la historia y de la enseñanza de la historia siempre ha
estado estrechamente vinculada a los medios audiovisuales y ha sido y es una tarea
institucionalizada tanto en la esfera oficial federal, como en la de los estudios académicos, y
ligada a la actividad divulgadora que a su vez vive asociada a la universidad. La producción es
inmensa y continua porque es un referente imprescindible para una sociedad que privilegia la
cultura oral. Entre el 2008 y el 2010, se produjeron mini documentales, cortos, noticieros
históricos, miniseries de personajes, reportes históricos
(http//:www.bicentenario.gob.mx/index.php). Esta fabulosa producción puede consultarse a
través de la mediateca del sitio federal y supone un ingente trabajo de equipos de historiadores
formados específicamente en la divulgación audiovisual, por cierto, materia que pertenece a la
currícula universitaria, particularmente desarrollada en la Universidad de Guadalajara. Todo este
esfuerzo animado, organizado e institucionalizado por el Instituto Nacional de los Estudios
Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) tuvo un objetivo claramente expuesto en el
portal institucional: divulgar la historia de México desde el mirador del siglo XXI
(http//:www.inehrm.gob.mx/especiales/).
La novela histórica también ha tenido y tiene su lugar en México y constituye un campo de
abono cada vez más importante para un público ávido de las emociones de una lectura
placentera en torno a personajes secundarios, poco tratados por la investigación. En México sus
cultores asocian la academia a la cultura hermética de las élites que desarrolla una historiografía
dogmática. Sea esto así o no, lo cierto es que el propósito de los escritores no es tanto derribar
supuestos mitos o develar ocultamientos ex profeso, sino divulgar los conocimientos del pasado
entre la población. Es una tarea de traducción literaria para la asimilación de la lectura. Notable
compromiso que no discute la legitimidad del saber académico, y por una sencilla razón, como
indiqué más arriba, este está fuertemente institucionalizado y arbitrado.
El Bicentenario dio lugar a una proliferación de nuevas novelas históricas. Sus cultores se
defendieron de la acusación de oportunismo comercial, que no levantó vuelo tampoco porque
por otra parte, el género tiene su propia legitimidad pública y también una importante instancia
de arbitraje. La editorial Random House Mondadori otorgó el Premio Bicentenario Grijalbo de
Novela Histórica al escritor Carlos Pascual, con su obra, La insurgenta, basado en la vida por
cierto de novela, de Leona Vicario (1789-1842). Llamada la “madre de la patria”, una heroína de
la guerra de independencia mexicana y además defensora del periodismo libre, laica, compró
una imprenta para los insurgentes, fue la primera periodista anti-conservadora, pro-republicana,
primera mujer que habló ante el Congreso y única que recibió funerales de Estado. La pregunta
del escritor fue ¿por qué esta protagonista ha sido tan poco abordada? Porque era una ideóloga,
y es difícil contar ideas, aseguró el escritor. Un estudiante encontrará pocas anécdotas para su
monografía afirmó en un reportaje. Pero lo que más le ha interesado al autor es hablar de la
época, nadie tuerce el rumbo de la historia, -dijo- por eso insistió en las circunstancias, el
entorno, la convulsión política del momento.
Todo indica que Carlos Pascual ha caminado por las huellas de la construcción del mito
republicano identitario de las naciones latinoamericanas en formación. En 1910, uno de los
constructores de la historia oficial, en este caso Genaro García, ofreció la primera biografía
completa –única-, Leona Vicario, la heroína insurgente, en la que ha buceado el premiado
escritor, que encontró su personaje un poco después que las feministas mexicanas hallaran los
vestigios del mismo en la historiografía oficial.
Una vez más, vale la pena reiterar que en el México Bicentenario no hay lugar ni razón
para un divorcio entre la divulgación académica y la novela histórica. Podría haber sido de otro
modo, porque al fin y al cabo México atraviesa una honda crisis, y un sentimiento de abatimiento
se ha instalado en la sociedad que muy bien queda reflejado en esta irónica reflexión: Por
doquier se escucha que México está a punto del colapso final. Y será sangriento, porque, ¡oh!, el
2010 no puede ser coincidencia: las gestas armadas de 1810 y de 1910 nos deben decir algo.
Pero no, la historia no es un sino, ni se repite, ni tiene designios, ni es un filtrado que circula
como el ADN.
En el Bicentenario argentino, los discursos han emergido muy fragmentados como en un
desarmadero. No hay diálogo entre la academia y los mass-media, pero tampoco lo hay con la
novela histórica, como ya señalamos. Son todos campos poco conectados visitados de vez en
vez, pero sin articulación alguna, ni hay institución ni Estado que lo amplifique. Lo que proyecta
el sitio oficial del gobierno es una mirada cultural, pero no necesariamente histórica sobre el
pasado, y lo ha hecho con ambigüedades y oscilaciones. No es que han faltado talentos, lo que
no ha habido es una firme dirección, un sentido de la conmemoración
(http://www.bicentenario.argentina.ar/listado_contenidos.php)
Además de celebrar el “momento” de la Revolución, mucho más se podría haber
subrayado, debatido, puesto en blanco sobre negro
(http://www.historiadoresyelbicentenario.org/). Cuestiones no es lo que falta y menos en la
agenda de los medios de comunicación. Por ejemplo, poner bajo la lupa el federalismo político,
el real, no el de la carta constitucional, debate acuciante que implica otros, como los usos de la
democracia y las opciones de participación ciudadana a partir de la Reforma de 1994, en un país
en donde las distorsiones entre el primer Centenario y el presente merecen una explicación
pública y con perspectiva histórica y actual. Sin ir más lejos, el bicentenario del nacimiento de
Juan Bautista Alberdi (29 de agosto de 1810), “padre” de la Constitución de 1853, podría haber
sido, pero no lo fue, la ocasión de un debate público sobre los usos de su legado institucional
(ver Botana, 2010).

En los medios: el método es el mensaje

En los años 90, cuando comencé a hacer divulgación histórica por radio, una colega me
sorprendió con una afirmación negativa y prejuiciosa. Qué más podía hacer yo, sino hablar de
los “calzones de Belgrano” (sic). Unos años más tarde, cuando ya tenía una cierta trayectoria,
participé, con mucho gusto, de las Jornadas Inter-escuelas de Historia que se desarrollaron en
Neuquén. La invitación era para un panel sobre la Historia en los medios. Compartí el espacio
con una joven historiadora, de hecho mucho más joven que yo, que hacía unos meses había
comenzado la tarea de divulgación radiofónica en la ciudad de Mar del Plata, y que creía saberlo
todo al respecto. No logré despertar ni la atención ni el interés que esperaba con mis
explicaciones. Para colmo la ponencia, por un problema técnico, no quedó registrada en el CD
del Congreso, de modo que volví y seguí haciendo lo que había aprendido, fruto del ensayo-
error, sin recibir ningún tipo de devolución sobre mi desempeño.
Desde entonces han pasado muchos años y he logrado sistematizar algunos saberes fruto
de la experiencia de contacto con el público/oyente o lector, y de la propia tarea. No hay
secretos. La divulgación es una intervención discursiva sobre la realidad con el apoyo de
bibliografía y algunas fuentes documentales, para responder una pregunta, que motiva interés o
despierta curiosidad, porque uno mismo la ha propuesto para ese fin. El problema es encontrar
la pregunta, una buena pregunta, la mejor, la más correcta, la que está agazapada pero es la
más pertinente dado el contexto, y esa es la decisión más difícil porque el formato discursivo o
narrativo se aprende con rapidez.
La pregunta es el antídoto para no balbucear, no decir banalidades, para no abandonar el
campo, para persistir contra viento y marea en un medio extraño, en un hábitat que reitera
equívocos, y obviamente hacerlo bien, sin ceder a la tentación del plagio, del saqueo del pasado,
del abusivo uso de la palabra del otro sin una sola cita de reconocimiento formal. La divulgación
supone siempre una respuesta, porque no estamos en el campo de la investigación que admite,
en realidad, exige incorporar nuevos conocimientos. No se trata de innovar, sino de inducir una
explicación a contramano de lo que el sentido común ha dado por hecho, por dicho, por visto y
oído. Y así, con los ejemplos que menciono a continuación cierro esta intervención.
¿Cuál fue la novedad de la Ley Sáenz Peña de 1912 conocida como “ley de sufragio
universal” para la democratización del sistema de partidos?
¿Por qué el Juicio a las Juntas, del que se cumplen este año 25 años, tuvo carácter oral y
público?
¿Cuál es la razón por la cual las provincias con menos habitantes tienen en el Congreso
mayor peso electoral que las más pobladas?
¿Qué datos arrojó el último censo de población virreinal de 1809? ¿Qué proyectó?
Es usual escuchar, “Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires”, ¿De veras?
¿En Buenos Aires o en la Casa Rosada?, porque no es lo mismo.
Para terminar, vuelvo sobre el rumor prejuicioso que persiguió la vida íntima del malogrado
Manuel Belgrano, el mismo cuento que aquella colega creía que la divulgación tenía que ventilar.
La pregunta relevante (Cibotti, 2004:27-30) no es si eso fue cierto, la mejor pregunta obliga a
buscar quién o quiénes hicieron de “malas lenguas”, y en qué momento lo echaron a rodar, las
circunstancias, en este caso, como en muchos otros, dan la respuesta.
Bibliografía
Botana, Natalio (2010) “Las lecciones de Alberdi, válidas en el Bicentenario”, Clarín, 11 de abril.
Cibotti, Ema (2006) “El primer paso del Bicentenario”, Clarin, 11 de agosto.
----- (2004) Sin espejismos. Versiones, rumores y controversias de la historia argentina. Buenos
Aires, Aguilar.
Etcheverry, Jaim (1999) La tragedia educativa, Buenos Aires, FCE.
Muñoz Molina, Antonio (1997) “La historia y el olvido”, El País, Madrid, 9 de noviembre.
Neyret, Juan Pablo (2002) “Novela significa licencia para mentir”. Entrevista a Tomás Eloy
Martínez, Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid.
Disponible en www.ucm.es/info/especulo/numero22/t_eloy.html

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