DAVID= «bienamado».
Hijo de Isaí, y segundo rey de Israel. Su vida se divide en varios períodos.
(a) Juventud.
Transcurrió en Belén de Judá. Fue el menor de 8 hermanos (1 S. 16:10, 11; 17:12-14). En la
genealogía de la tribu de Judá (1 Cr. 2:13-15) no aparecen más que siete de los hijos de
Isaí, probablemente porque uno de ellos hubiera muerto sin descendencia. La madre de
David es mencionada con ternura en los Salmos a causa de su piedad (Sal. 86:16; 116:16).
La historia de los antepasados de David es variada, instructiva, y en general bella, pero
también en ocasiones oscurecida por el pecado (Gn. 37:26, 27; 38:13-30; 43:8-10; 44:18-
34; Nm. 1:7; Jos. 2:1-21; Rt. 4:17-22). David era rubio y de hermosa apariencia (1 S. 16:12).
Como el menor de los hermanos, estaba encargado de pastorear las ovejas de su padre, y
mostró su fidelidad y valor hasta el punto de dar muerte al león o al oso que atacara al
rebaño (1 S. 16:11; 17:34-36). El joven, dotado de una capacidad notable para la música,
tocaba el arpa con gran virtuosidad; más tarde compuso cánticos. Después que Dios
hubiera rechazado al rey Saúl, envió al profeta Samuel a Belén, y le ordenó que ungiera a
David para que fuera el sucesor de Saúl. No hubo proclamación pública, por temor a
suscitar la hostilidad de Saúl. Samuel ungió a David en presencia de unos ancianos, que
parece que no fueron informados acerca del objeto de esta unción (1 S. 16:4, 5, 13), pero
Isaí y el mismo David ciertamente lo fueron. Éste fue un punto de inflexión en la vida del
joven, y «el Espíritu de Jehová vino sobre David»; pero David no menospreció su humilde
trabajo cotidiano.
(b) Al servicio de Saúl.
Abandonado por Dios, el rey Saúl estaba acosado por malos espíritus, sometido a
depresiones y a crisis de demencia; sus servidores le aconsejaron que se sirviera. De un
arpista, cuya música le calmaría su agitado ánimo. Alguien recomendó a David como
excelente músico, joven valiente, de edad militar, lleno de prudencia, aun cuando no se
había encontrado con la experiencia directa de guerra, y además gozando del favor del
Señor (1 S. 16:14-18). Saúl le ordenó que viniera; la música de David le apaciguó, su
carácter le complació, y pidió a Isaí que lo dejara en la corte, e hizo de él uno de sus
escuderos (1 S. 16:16-23; cp. 2 S. 18:15). Al ejercer esta función, David se instruyó; llegó a
conocer la guerra, a hombres eminentes, los lados bueno y malo de la vida de la corte. No
estuvo constantemente junto a Saúl. Es indudable que el rey mejoró; David iba con
frecuencia a Belén para pastorear las ovejas de su padre (1 S. 17:15). Mientras que él
estaba allí, los filisteos invadieron Judá y acamparon a unos 24 Km. Al oeste de Belén. Saúl
asumió el mando del ejército israelita y marchó a su encuentro. Los tres hermanos
mayores de David, que estaban en el ejército, se habían separado de su familia hacía unas
6 semanas. Isaí envió a David a que se informara de su suerte. El desafío de Goliat lo
emocionó profundamente. Comprendiendo que el Señor quería servirse de él, David, para
sacar el oprobio de Israel, inquirió acerca de este filisteo que desafiaba a los ejércitos de
Dios viviente. Saúl fue informado acerca de sus palabras; dándose cuenta de las
intenciones que tenía aquel joven, el rey permitió al pastor que se midiera con el gigante.
Sin armadura, que encontraba un engorro. David, aprovechando su ligereza frente a la
pesadez de movimientos del gigante, se dirigió hacia el filisteo con su honda y cinco
piedras. Estaba convencido de que su causa era justa y de que Dios le ayudaría. Entre los
antiguos, los combates singulares se acompañaban de insultos. Goliat se desplomó,
alcanzado en la frente por una piedra de la honda. Al volver después del combate a Gabaa
de Benjamín, la residencia de Saúl, o al tabernáculo de Nob, David pasó a Jerusalén y
exhibió la cabeza del gigante, sin duda para desafiar a los jebuseos, dueños de la fortaleza
(cp. Jos. 15:63; Jue. 1:8). En cuanto a la armadura de Goliat, la puso en su tienda (1 S.
17:54). La espada del gigante fue depositada en el tabernáculo (1 S. 21:9). Después de la
victoria de David, nos sorprende ver que Saúl pregunta: «¿De quién es hijo ese joven?» (1
S. 17:55, 58). ¿Acaso no conocía a éste que tantas veces había tocado el arpa ante él? (1 S.
16:17-23). Esto se explica de dos maneras: o bien el joven David se había desarrollado y
cambiado mucho, o bien la pregunta del rey tenía que ver con la posición social y material
de su familia, de lo que no se había preocupado hasta entonces. Recordemos que Saúl
había prometido casar al vencedor con su hija, y liberar de impuestos a la casa de su padre
(1 S. 17:25; 18:18); descubrió que no tenía razón alguna para sentirse avergonzado de
asociarse con la familia del joven. La victoria conseguida sobre Goliat marca otra etapa en
la vida de David. El valor, la humildad, la piedad de David le ganaron el afecto
desinteresado y fiel de Jonatán, hijo de Saúl (1 S. 18:1). Saúl no dejó ya a David volver
periódicamente a casa de su padre, sino que le retuvo en la corte (1 S. 18:2). Los vítores
que se hicieron a David como vencedor suscitaron la envidia de Saúl, que se hizo enemigo
de David (1 S. 18:6-9) El rey comprendió que la predicción de Samuel acerca del traspaso
del reino a uno mejor que él (1 S. 17:29) se iba a cumplir en la persona de David y trató de
oponerse a ello. Intentó dar muerte a David con su lanza (1 S. 18:10-11). Habiendo fallado
en su intento le envió a dirigir expediciones militares (1 S. 18:13). Dio a otro la hija que
había prometido a David (1 S. 18:17-19). Aprovechando el amor de David hacia su hija
Mical, Saúl intentó hacerle morir a manos de los filisteos (1 S. 18:20-27). Mientras tanto,
la popularidad de David iba en continuo crecimiento (1 S. 18:29-30); el temor de Saúl fue
en aumento, y dejó de esconder sus deseos de matar a David (1 S. 19:1). Y los partidarios
de Saúl no intentaron disuadirle de esta intención (1 S. 24:10; Sal. 7, encabezamiento). Los
celos del rey, amortecidos temporalmente, se avivaron; intentó otra vez atravesar a David
con su lanza (1 S. 19:4-10), ordenando después su arresto, escapando gracias a la
estratagema de Mical (1 S. 19:11-18). Fue entonces que David escribió el Salmo 59. Huyó
después a Samuel en Ramá, donde Saúl intentó todavía apresarle (1 S. 19:18-24). David se
salvó, se reunió con Jonatán, a quien hizo sabedor que no podía volver a la corte, donde
su vida estaba amenazada (1 S. 20).
© El héroe fugitivo.
Angustiado en su confianza en Dios, y desesperado, David huyó de Saúl. Deteniéndose en
Nob, su fe decaída, mintió (1 S. 21:1-9); después se fue precipitadamente a Gat, para ponerse
bajo la protección de Aquis, enemigo de Saúl. Pero los príncipes filisteos rehusaron dar asilo a
aquel que los había humillado; ante el peligro que corría en sus manos (1 S. 21:14; Sal. 56,
encabezamiento), David se fingió loco, y Aquis lo expulsó. Recobrando la confianza en Dios
(Sal. 34) el fugitivo volvió a Judá, y habitó en la cueva de Adulam (1 S. 22:1), en tanto que ponía
a sus padres a cubierto en Moab (1 S. 22:3, 4). Una compañía de hombres, proscritos o
endeudados, descontentos, empezó a unirse a David; este grupo, de unos 400 hombres, acabó
siendo de unos 600. Entre ellos se hallaban Abiatar, sacerdote de Jehová, que había escapado
de la masacre de los sacerdotes de Nob, y había traído un efod; el profeta Gad, que
probablemente se había unido a David en Ramá (1 S. 22:5, 20; 23:6). Así David tenía apoyo
espiritual y un grupo de fieles. De Adulam pasó a Keila, ciudad que libró de manos de los
filisteos (1 S. 23:1-5). Enterándose de que Saúl quería encerrarle en Keila, huyó al desierto de
Judá (1 S. 23:14; Sal. 63). Los de Zif informaron a Saúl, que le persiguió hasta que una invasión
filistea le obligó a cesar esta persecución (1 S. 23:14-28). Cuando hubo solucionado el asunto
de los filisteos, Saúl empezó la búsqueda de David por el desierto vecino de En-gadí. Allí tuvo
que inclinarse ante la grandeza de alma de David que, habiendo tenido la posibilidad de dar
muerte al rey Saúl dentro de la cueva, le perdonó la vida (1 S. 24; Sal. 57; 142). David y su
cuadrilla de guerreros defendieron las propiedades israelitas, que estaban expuestas a
incursiones (1 S. 23:1; 25:16, 21; 27:8). Por lo general, los defensores recibían su alimento
como precio de sus servicios. Sin embargo, David nunca había pedido nada de Nabal, ni
siquiera los alimentos que hubieran sido la compensación ordinaria. Exasperado por el insulto
de Nabal, David decidió destruir a Nabal y a todos sus hombres. Pero la sabiduría y diplomacia
de la mujer de Nabal le detuvo (1 S. 25). Cuando ella enviudó, David la tomó como esposa.
Llegó otra vez a los alrededores del desierto de Zif, cuyos moradores volvieron a dar aviso a
Saúl, que de nuevo se lanzó en persecución de David. Éste volvió a demostrar su
magnanimidad al no dar muerte al rey, dormido y a su merced. Se conformó con llevarse su
lanza y su vasija de agua (1 S. 26). Cansado de huir de Saúl, David se fue del territorio de Judá y
obtuvo permiso de Aquis para ocupar Siclag. Una ciudad fronteriza, lindando con el desierto de
Neguev. Estuvo allí un año y 4 meses, protegiendo a los filisteos de las tribus del desierto, y
devastaba ciudades alejadas, incluso en la misma tierra filistea (1 S. 27). Cuando los filisteos se
reunieron en Gilboa para atacar a Saúl, sus príncipes no quisieron que David les acompañara (1
S. 28:1, 2; 29). Volviendo a Siclag, David descubrió que los amalecitas la habían saqueado e
incendiado. Los persiguió, y recobró todo el botín. Cuando supo el resultado de la batalla de
Gilboa, compuso una elegía acerca de la suerte de Saúl y de Jonatán (2 S. 1).
(c) Rey de Judá.
Después de la muerte de Saúl, la tribu de Judá, a la que pertenecía David, lo eligió como rey;
comenzó a reinar en Hebrón (2 S. 2:1-10) a la edad de 30 años (2 S. 5:4). El resto de las tribus,
dirigidas por Abner, una de las personalidades con mayor capacidad de Israel, proclamó rey a
Is-boset, hijo de Saúl. Este pasó a Mahanaim. Durante los dos años siguientes hubo guerra
abierta entre los partidarios de Is-boset y los de David. Los asesinatos de Is-boset y de Abner
fueron condenados por él. Cesó la guerra civil (2 S. 2:12-4:12) El reino de David en Hebrón
duró 7 ½ años. Sus hijos Amnón, Absalón y Adonías nacieron en Hebrón. David tenía ya varias
mujeres (2 S. 2:11; 3:1-5; 5:5)
€ Rey de Israel.
A la muerte de Is-boset, David fue elegido rey por todas las tribus (2 S. 5:1-5) y se dispuso de
inmediato a consolidar la monarquía. Diversas ciudades del territorio de Israel estaban
tomadas por guarniciones de los filisteos, y otras estaban tomadas por los cananeos. David
comenzó el asedio de Jerusalén, fortaleza de los jebuseos. Sus habitantes la consideraban
inexpugnable, pero David la tomó al asalto; hizo de ella su capital; hábiles artesanos de Tiro le
hicieron un palacio. La nueva capital se hallaba en los confines de Judá y de Israel. Su situación
debería contribuir a apagar los sentimientos de celos entre el norte y el sur. Al arrebatar la
ciudad a los cananeos, David abrió la importante ruta de comunicación entre el norte y el sur,
facilitando los intercambios, y coadyuvando a la unificación del reino. Los filisteos invadieron
dos veces el país, sufriendo dos derrotas cerca de Jerusalén (2 S. 5:17-25; 1 Cr. 14:8-17).
Después de su segunda victoria sobre los filisteos, el rey invadió su país, apoderándose de Gat.
Esta conquista seguida de breves expediciones (2 S. 21:15-22) sometió de tal manera a los
filisteos que estos enemigos hereditarios dejaron de inquietar a Israel durante siglos. Cuando
el reino quedó consolidado, David se ocupó de la cuestión espiritual. Hizo traer el Arca del
Pacto, que estaba en Quiriat-jearim, con solemnes fiestas, sacrificios y acciones de gracias (Jos.
15:9; 2 Cr. 13:1-14; 15:1-3). Después organizó el culto de una manera grandiosa (1 Cr. 17:1-27;
22:7-10). La gracia divina colmó a David de bendiciones. Con el fin de afirmar la seguridad de la
nación y de preservarla de idolatrías, así como de vengar los insultos de los que la
amenazaban, David guerreó contra pueblos vecinos, sometiendo a los moabitas, a los arameos
de Soba y de Damas, a los amonitas, a los edomitas y los amalecitas (2 S. 8:1-18; 10:1-19;
12:26-31). El reino llegó de esta manera a los límites prometidos a Abraham mucho tiempo
antes (Gn. 15:18). Fue durante la guerra contra los amonitas que David cometió su gran
pecado, con el asunto de Urías heteo. Dios lo juzgó por medio del profeta Natán, que declaró
que la espada no se apartaría jamás de la casa del rey (2 S. 11:1-12:23). David se humilló
verdaderamente, y se arrepintió. Dios lo castigó de manera directa, y también indirecta, ya que
David cosechó lo que su ejemplo había sembrado en su familia. El hijo que había tenido de la
mujer de Urías murió (2 S. 12:19). La violación de la ley moral, la lujuria, y la sed de venganza,
se manifestaron dentro de su propio hogar (2 S. 13). La ambición desencadenada, con rebelión
contra el padre, triunfó durante un cierto tiempo en el mismo seno de su familia, y fue causa
de una guerra civil (2 S. 14:19). El espíritu de descontento y de celos entre las tribus, que
Absalón había avivado, reapareció después de la supresión de su revuelta en otra rebelión, la
de Seba (2 S. 20). David hizo justicia a los gabaonitas, de manera solemne, según las ideas de la
época, vengando la sangre que Saúl había derramado a pesar del juramento de Josué (2 S. 21).
David cayó en el pecado de orgullo y ordenó el censo del pueblo. El castigo de ello fue una
peste (2 S. 24; 1 Cr. 21). A propósito de esto se dice en un pasaje que Dios excitó a David a que
actuara de esta manera (2 S. 24:1), y por otra parte que este acto fue instigado por Satán (1 Cr.
21:1). Las dos declaraciones son evidentemente complementarias: Dios permitió que Satán
tentara a David, por cuanto su estado espiritual y el del pueblo demandaban un castigo,
dándose con ello motivo para él. El rey reunió los materiales para la construcción del templo, y
hacia el fin de su reinado aseguró que Salomón sería su sucesor (1 R. 1). Le encargó que
castigara a aquellos que, bajo el reinado de David, habían escapado a la justicia (1 R. 2:1-11).
David murió a los 71 años; había reinado 40 años (o, más exactamente, 40 ½, 7 ½ de ellos en
Hebrón, y 33 en Jerusalén (2 S. 2:11; 5:4, 5; 1 Cr. 29:27). Sobre todo, se le llama a David «el
dulce cantor de Israel» (2 S. 23:1). La tradición hebrea atribuye a este rey la composición de 73
salmos. (Ver SALMOS [LIBRO DE LOS]).
(f) Resumen.
En general, su fidelidad al Señor fue de tal calibre que se le llama «el varón según el corazón
de Jehová» (1 S. 13:14). En las mismas Escrituras se declara que él hizo siempre lo recto a los
ojos del Señor, «salvo en lo tocante a Urías heteo» (1 R. 15:5). Habiendo servido los designios
de Dios en su generación, durmió (Hch. 13:36). Fue inmensa su influencia en el seno de la
humanidad. Fue él, más que Saúl, quien instauró la monarquía en Israel. Su influencia
espiritual se perpetúa por sus salmos, que la cristiandad entera atesora siglo tras siglo.
David es un tipo notable del Señor Jesucristo: cuando era perseguido por Saúl, prefiguraba a
Cristo en Su rechazamiento; cuando en el trono, fue un tipo de Cristo como varón de guerra,
destruyendo a Sus enemigos como paso previo a Su reinado de paz durante el Milenio,
tipificado por Salomón. David fue el receptor del Pacto Davídico, por el que el Señor le dio la
promesa incondicional de darle una descendencia eterna, y un trono estable eternamente.
Esta profecía se cumple en Cristo Jesús, su descendiente según la carne (Mt. 1:1). El Señor
Jesús recibe con frecuencia el nombre de Hijo de David, y con todo Él es Señor de David; sobre
este hecho hizo una pregunta a los judíos (Lc. 20:41-44). También recibe el nombre de «raíz y
linaje de David» (Ap. 22:16). Siendo Dios, así como hombre, bien puede ser ambas cosas. Tiene
también la llave de David (Ap. 3:7; cp. Is. 22:22-24). Tiene en Sus manos todo el destino de la
Iglesia, del futuro reino sobre la tierra, y en general de las naciones. En Él se cumplirá en su
plenitud el pacto dado por Dios a David (2 S. 7:8-17), confirmado a través de Jeremías (Jer.
23:5-8; 33:14-21) y presentado como esperanza todavía futura para la nación de Israel al
finalizar el recogimiento, de entre los gentiles, de un pueblo para Su nombre (Hch. 15:16).
Benaía= «Jehová ha construido.»
(a) Levita, hijo de Joiada, de Cabseel de Judá (2 S. 23:20). Su padre era sacerdote (1 Cr. 27:5); si
Joiada estaba al servicio del altar, fue probablemente el principal de los sacerdotes que se
unieron al ejército para poner a David sobre el trono (1 Cr. 12:27). Benaía era valiente.
Descendió a una cisterna para dar muerte a un león. Abatió a dos héroes moabitas. Armado
tan sólo de un cayado, se midió con un gigante egipcio y, arrebatándole su lanza, le dio muerte
con ella (2 S. 23:20, 21; 1 Cr. 11:22, 23). Mandaba a los cereteos y a los peleteos, la guardia
personal del rey David (2 S. 8:18). Mandaba también al tercer ejército durante el tercer mes (1
Cr. 27:5, 6). Benaía y la guardia permanecieron fieles a David durante la rebelión de Absalón
(cp. 2 S. 15:18; 20:23) y de Adonías (1 R. 1:10). David le ordenó que escoltara a Salomón, con la
guardia, hasta Gihón, para que fuera ungido rey (1 R. 1:32-38); como jefe de la guardia, dio
muerte a Adonías (1 R. 2:25), a Joab (1 R. 2:29-34), y a Simei (1 R. 2:46). A la muerte de estos
conspiradores, Benaía fue ascendido a general en jefe de los ejércitos de Salomón (1 R. 2:35).
(b) Uno de los valientes de David, piratonita (2 S. 23:30; 1 Cr. 11:31; 27:14).
(c) Príncipe de la familia de Simeón (1 Cr. 4:36).
(d) Levita y guarda de las puertas (1 Cr. 15:18, 20; 16:5).
(e) Sacerdote que tocaba la trompeta delante del arca (1 Cr. 15:24; 16:6).
(f) Padre de Joiada, uno de los consejeros de David (1 Cr. 27:34).
(g) Levita descendiente de Asaf (2 Cr. 20:14).
(h) Levita supervisor de las ofrendas del templo (2 Cr. 31:13).
(i) Padre de Pelatías, príncipe de Judá (Ez. 11:1, 3).
(j) Es también el nombre de cuatro hombres que se casaron con mujeres extranjeras (Esd.
10:25, 30, 35, 43).
ISAAC= «risa».
El hijo de Abraham y Sara nacido probablemente en Beerseba (Gn. 21:14, 31) cuando su padre
tenía 100 años y su madre algo más de 90 (Gn. 17:17; 21:5).
Cuando Dios dio la promesa de que Sara tendría un hijo, Abraham, incapaz de creerlo, se puso
a reír (Gn. 17:17-19). Más tarde, al oír la misma promesa dada por un extraño que se había
detenido en sus reales, Sara se rió también de incredulidad (Gn. 18:9-15). Después del
nacimiento del niño, reconoció gozosa que Dios le había dado motivos para reír, tanto a ella
como a sus amigas, pero con risa de alegría (Gn. 21:6). Como recuerdo de estos
acontecimientos, Abraham lo llamó Isaac, «él ríe» (Gn. 21:3).
Fue circuncidado al octavo día (Gn. 21:4).
Isaac, el hijo de la promesa y heredero legítimo, gozaba de mayores privilegios que Ismael,
hijo de Abraham y de la esclava (Gn. 17:19-21; 21:12; 25:5, 6).
Dios sometió a Abraham a prueba respecto a Isaac, ordenándole que lo ofreciera en
holocausto (Gn. 22:6). Según Josefo, Isaac tenía entonces 25 años. Isaac no se resistió, por
respeto a su padre y a Dios. El ángel del Señor intervino, impidiendo el sacrificio en el
momento en que iba a ser llevado a cabo, y Abraham halló allí un carnero, que ofreció en lugar
del joven. Son varias las lecciones que se desprenden de este hecho. En primer lugar, Dios no
consintió la consumación de un sacrificio humano. Los cananeos y otras naciones idolátricas
los llevaban a cabo, pero Dios manifiesta su horror ante tales prácticas, y las condena
severamente (cfr. Lv. 18:21; 20:2; Dt. 12:31). Pero hay también otras dos lecciones que se
pueden ver en este pasaje. En primer lugar, la prueba de la fe de Abraham. Dios había
prometido a Abraham una numerosa posteridad que le vendría por Isaac; por otra parte, su
hijo debía ser ofrecido en holocausto. La sencilla conclusión de Abraham fue que su hijo
resucitaría (cfr. He. 11:17-19). Pero, lo más importante, es que Isaac es un tipo de la Cruz. El
hijo único, amado, tanto tiempo prometido y esperado, es ofrecido en Moria (cerca del
Calvario, Gn. 22:2; 2 Cr. 3:1). Él, consciente libremente de su muerte, lleva la madera del
suplicio, se dirige hacia el suplicio con su padre, que extiende la mano él mismo para darle
muerte (Is. 53:4, 6, 10). Isaac, salvado por la ofrenda cruenta de un sustituto (el carnero), es
devuelto a Abraham por una resurrección «en sentido figurado» (He. 11:19). Jesucristo
cumplió totalmente este tipo, muriendo verdaderamente como nuestro sustituto, sufriendo el
castigo de Dios, siendo restituido al Padre mediante una verdadera resurrección.
Isaac habitaba en el Neguev (Gn. 24:62), y era amante de la soledad. Sufrió hondamente la
muerte de su madre (Gn. 24:63, 67). Se casó a los 40 años, pero no fue hasta los 60 que tuvo
hijos de su mujer Rebeca (Gn. 25:20, 26). El relato de la expedición del mayordomo de
Abraham, comisionado por éste para que consiguiera una esposa para Isaac (Gn. 24), es una de
las más bellas páginas de las Escrituras. Constituye un tipo del Padre enviando al Espíritu Santo
a buscar Esposa (la Iglesia) para el Hijo (cfr. L. S. Chafer: Teología Sistemática, «Eclesiología»,
tomo II, PP. 143-146). Además, arroja mucha luz sobre las costumbres de aquellos tiempos, y
está lleno de colorido y vivacidad.
La debilidad de Isaac hacia Esaú, sabiendo que Jacob había sido elegido por Dios para heredar
la bendición (Gn. 25:21-26), le acarreó una gran tristeza: verse privado durante muchos años
de la presencia de su hijo Jacob, y conocer el odio tomado por Esaú hacia su hermano.
Por orden de Dios, Isaac no descendió a Egipto en una época de hambre (Gn. 26:1). Tuvo
conflictos con los filisteos, que moraban en Gerar (Gn. 26:6-30) en su búsqueda de pozos para
sus ganados. Después del retorno de Jacob, ya reconciliado con Esaú, pudo ver a su hijo y su
descendencia, cuando habitaba en Arba (Hebrón). Allí murió a los 180 años de edad, siendo
sepultado por sus hijos (Gn. 35:27-29).
El NT alude a Isaac, el hijo de la promesa (Gá. 4:22, 23), declarando que él manifestó su fe
durante su vida de nómada, morando en su tienda, y bendiciendo a Jacob y a Esaú «respecto a
cosas venideras» (He. 11:9, 20).
Las cartas de Nuzu, descubiertas en un lugar cercano a la moderna Kirkuk entre 1925 y 1941,
no solamente ilustran la vida y las costumbres de los patriarcas, sino que dan ejemplos
semejantes al nacimiento de Ismael (Gn. 16:1-6). El código matrimonial de Nuzu estipulaba
que una mujer estéril debía dar a su marido una esclava como concubina. Si esta esclava tenía
un hijo, éste no podía ser despedido. Esto explica la mala disposición de Abraham a despedir a
Ismael cuando Sara se lo pidió. Esta demanda era contraria a la costumbre; y Abraham no
cedió más que ante la intervención de Dios, con su promesa formal igualmente dada a Ismael
(Gn. 21:9-13). (Véase NUZU.)