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COMPRENSIÓN LECTORA

Relatos del ombligo


Axotla y la resistencia del axolote
JUAN BECERRA ACOSTA
Los capitalinos tenemos la misma resistencia del axolote, nos adaptamos y utilizamos el
sincretismo para mantener nuestra esencia viva al mismo tiempo que evadimos las
imposiciones que desde hace 500 años han buscado borrar la memoria que nos identifica
como mexicanos. Somos seres lacustres y oriundos del valle de México, capaces de
regenerarnos, pero, sobre todo, apostamos por la vida.
Cuando los antiguos dioses se reunieron en Teotihuacan para crear el universo decidieron
ofrecer su vida en sacrificio; para ello se arrojaron al fuego, aunque no todos estuvieron de
acuerdo. Uno de ellos, Xólotl, hermano gemelo de Quetzalcóatl, salió huyendo del lugar con
la intención de seguir vivo. Los demás dioses, enojados, no dieron crédito a la deserción de
su compañero y acudieron al viento, pues es rápido y poderoso, para ordenarle que encontrara
a la deidad disidente y la llevara de regreso al lugar del sacrificio.

Xólotl encontró en el camuflaje la manera de evitar ser hallado, tomó la forma de un


guajolote hasta que estuvo a punto de ser descubierto y la cambió entonces por la de un
maguey, para después convertirse en perro, y luego en mazorca. El viento, viejo y sabio,
estaba, en cada cambio de forma del dios que huía de ser inmolado, a un paso de dar con él,
por lo que Xólotl se percató de que si existía algún lugar en el que el viento no podría dar
con él, éste sería el agua, entonces se arrojó a uno de los lagos del Valle del Anáhuac y se
convirtió en un axolote.

En las profundidades de la zona lacustre, antes de que las chinampas estuvieran sobre su
superficie, encontró alimento suficiente y hasta de sobra; nadaba ayudado de sus cuernos que
le funcionaron de branquias. De repente salía del agua ayudado por sus patas, como un pez
que camina, a contemplar la belleza que el reflejo de los volcanes formaba sobre el lago,
hasta que ante lo majestuoso de los paisajes fue confiándose, y en un descuido el viento lo
identificó para, con un soplo, atraparlo y llevarlo de regreso a Teotihuacan.

Fue presentado ante Quetzalcóatl quien reconoció en su gemelo que, en el intento por
huir de la muerte, había dado vida a un nuevo ser único y excepcional, un anfibio con patas
que con forma de larva tenía branquias en la cabeza, también una aleta y la capacidad de
regenerarse en caso de perder alguno de sus miembros, además de que podía reproducirse en
sus estado larvario, por lo que en lugar de obligarlo a morir bajo las brasas, lo destinó a
regresar a la zona lacustre en la que el viento lo encontró, para permanecer ahí hasta el día
en el que el agua de los lagos del valle de México se seque, bajo la amenaza de que cuando
eso suceda, el axolote dejará, junto con la humanidad, de existir.

Poco fue el tiempo que tuvo que pasar para que las aguas se llenaran de axolotes, y
escasos lugares tenían tanta cantidad de ellos como el pueblo de Axotla, lugar de los ajolotes,
sitio en el que todavía, a principios del siglo XX, nada más meter el sombrero al agua y
sacarlo de ahí podía uno pescar todos los axolotes que en él cupieran. Localizado en el delta
de los ríos Churubusco y Magdalena, en este pueblo se producían flores de todo tipo, además
de árboles frutales, por lo que los españoles no tardaron en levantar haciendas –las de San
Pedro, San José y Guadalupe–, y en ellas sembraron huertos y, por supuesto, construyeron
un templo, el de San Sebastián Axotla, edificado 1582 con manos indígenas que, como el
axolote mismo, lograron, a través del camuflaje, resistir, ya que colocaron sobre, a un lado y
dentro de la iglesia del dios impuesto, a las diosas y dioses propios.

San Sebastián Mártir no siempre fue el patrono de Axotla. Cuando se construyó el templo
fue dedicado a la Virgen de Guadalupe, pero en el siglo XVIII una epidemia azotó el lugar,
por lo que un vecino –ferviente adorador de San Sebastián– hizo llegar al templo una figura
suya. Una vez que la epidemia terminó, quisieron llevarse al santo de este lugar, pero no lo
pudieron levantar, y desde aquel día San Sebastián Mártir es el patrono del lugar.

Más allá de la disputa entre santos cristianos, en Axotla cada rezo, petición de milagro o
liturgia, tienen a Huitzilopochtli, Quetzalcóatl y Coatlicue de receptores; ellos están en cada
rincón en distintas formas –esas que las manos de nuestros ancestros les dieron– mientras se
resisten a morir bajo una hoguera encendida hace 500 años que hoy, todavía, tiene brasas
encendidas.

Me gustan los estudiantes


Que vivan los estudiantes
Jardín de nuestra alegría
Son aves que no se asustan
De animal ni policía.

Y no le asustan las balas


Ni el ladrar de la jauría
Caramba y sambalacosa
¡qué viva la astronomía!

Me gustan los estudiantes


Que rugen como los vientos
Cuando le meten al oído
Sotanas y regimientos.

Pajarillos libertarios
Igual que los elementos
Caramba y sambalacosa
¡Qué viva lo experimento!
Me gustan los estudiantes
Porque levantan el pecho
Cuando le dicen harina
Sabiéndose que es afrecho.

Y no hacen el sordomudo
Cuando se presenta el hecho
Caramba y sambalacosa
El código del derecho.

Me gustan los estudiantes


Porque son la levadura
Del pan que saldrá del horno
Con toda su sabrosura.

Para la boca del pobre


Que come con amargura
Caramba y sambalacosa
¡Viva la literatura!

Me gustan los estudiantes


Que marchan sobre las ruinas
Con las banderas en alto
Va toda la estudiantina.

Son químicos y doctores,


Cirujanos y dentistas,
Caramba y sambalacosa
¡Vivan los especialistas!

Me gustan los estudiantes


Que con muy clara elocuencia
A la bolsa negra sacra
Le bajó las indulgencias.

Porque hasta cuando nos dura


Señores la penitencia
Caramba y sambalacosa
¡Qué viva toda la ciencia!

¡Qué viva toda la ciencia!


CONTINUIDAD DE LOS PARQUES JULIO CORTÁZAR
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a
abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el
dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el
mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba
hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo
hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda
acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria
retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó
casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo
rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto
respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba
el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los
héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue
testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora
llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella
la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias
de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se
entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las
páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta
esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo,
dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido
olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo
minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano
acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los
esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte.
Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez,
parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la
alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría
a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en
sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una
escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda.
La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un
sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
La mentira de la cultura como prioridad
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03d2d86d9c79?filename=la-mentira-de-la-cultura-como-prioridad

Canción sin gansos


https://www.youtube.com/watch?v=RjYYeSNJYTA
AMORES LUIS MATES DIEZ
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Richard Lewontin: Antirreduccionismo y Ciencia para la


Gente

El recientemente fallecido genetista y evolucionista, Richard Lewontin,


tuvo una trayectoria notable. Se involucró en los más importantes
debates —tanto en los científicos, como en los éticos, sociales y
políticos— de la genética y la biología evolutiva del siglo xx y de lo que va
del xxi. Por esta razón, revisar su trayectoria como científico es repasar
también estos debates, frente a los cuales Lewontin mantuvo una
postura antirreduccionista. Aquí abordaremos sólo algunos de ellos, los
que consideramos que retratan con mayor nitidez su postura de
científico y humanista.

Lewontin frente al reduccionismo: Los árboles no dejan ver el bosque.


Cuando hablamos de reduccionismo nos referimos a un tipo de
explicación con la cual se aspira a dar cuenta de las propiedades del
todo solamente a través de sus partes. Por ejemplo: pretender comprender
una célula a través de las moléculas que la constituyen o un organismo a
partir de los tejidos que lo conforman, o bien una comunidad sólo a partir
de sus individuos.
A la fecha, en la biología se debate sobre la pertinencia de las
explicaciones reduccionistas: mientras que, por un lado, se sostiene que
un proceso puede entenderse con mayor profundidad si se reduce a su
nivel de organización más simple (reduccionismo); por otra parte, hay
quienes consideran que el todo no puede reducirse a sus partes. Quienes
sostienen esta última postura antirreduccionista no se oponen al estudio
detallado y profundo de las partes, pero insisten en la importancia de
siempre volver a la visión de conjunto.

Esta era la postura de Lewontin, la cual se hace patente en sus críticas al


determinismo genético (dg) o a lo que llamó, de la mano de Stephen Jay
Gould, el programa adaptacionista (pa). Veamos brevemente en qué
consisten.

En el primer caso, Lewontin cuestiona seriamente la insistencia de


explicar todos los rasgos biológicos y comportamentales del ser humano
con base en los genes. En el caso del pa, la reducción consiste en
pretender explicar el todo a partir de un único mecanismo evolutivo; es
decir, la adaptación a partir de la selección natural (sn) como la causa
principal o única de las formas, funciones y comportamientos de todo lo
vivo. Lewontin y Gould reconocen el papel irrenunciable de la sn en la
producción de adaptación y en el proceso evolutivo en general, pero les
parece importante atender otros mecanismos evolutivos y considerar
que el origen de funciones, formas y comportamientos puede no ser
siempre adaptativo.

Lewontin abordó otros debates también, por ejemplo: si los genes son la
unidad sobre la que actúa la sn o si el comportamiento humano puede
ser explicado evolutivamente, además de su intervención decisiva en la
discusión sobre la existencia de razas en los humanos.

Las polémicas en las que participó, como ya decíamos al principio, no se


limitaron a la biología y a la relación de ésta con la sociedad, sino que se
extendieron a toda la ciencia como actividad dentro de una sociedad
concreta: a la ética de la ciencia, a su política y a sus relaciones con el
poder político y militar.

Ciencia para la Gente


Ciencia para la Gente es el título de la revista en la que, en 1971, Lewontin
explicó las razones por las cuales había renunciado a la Academia
Nacional de Ciencias (nas, por sus siglas en inglés).
En 1970, después de haber sido miembro de la nas por 2 años, Lewontin
solicitó que no se establecieran contratos en los que la investigación
fuera secreta. Se refería específicamente a la investigación militar
confidencial que se llevaba a cabo con el aval de la Academia. Su petición
fue rechazada. Al año siguiente, en 1971, de acuerdo a un reporte de la
nas, firmado por Barbara Cullins, Lewontin modificó su petición: esta vez
pedía que toda la investigación clasificada se rechazara si sus resultados
finales no estaban disponibles para los miembros de la Academia que
requirieran consultarla. Su petición fue rechazada por segunda vez y
entonces presentó su renuncia definitiva.

La ciencia que ganó la guerra


Al hablar de la Segunda Guerra Mundial, es un lugar común afirmar que
«la ciencia ganó la guerra», lo cual ilustra el fuerte vínculo que se ha
establecido entre la ciencia y lo militar; vínculo que, en realidad, se
estrechó desde la Primera Guerra Mundial, cuando las universidades
estadounidenses ajustaron sus programas de investigación en química
hacia la producción de armas químicas. En 1971, este vínculo continuaba
siendo capital para los conflictos bélicos en los que participaba Estados
Unidos en el contexto de la Guerra Fría, descollando entre ellos la Guerra
de Vietnam.

Así, Lewontin cuestionaba que hubiera un mecanismo legal y legítimo


mediante el cual la comunidad científica avalaba, sin plena consciencia
de ello, una investigación científica que estaba sirviendo para someter y
destruir países y población civil. Exigía que, por lo menos, al permitir
conocer los resultados finales de las investigaciones, hubiera un
mecanismo que abriera la posibilidad de discutir las implicaciones éticas
y sociales de la investigación científica que se estaba llevando y que se
llevaría a cabo. En 1972, la nas aplicó un mecanismo parecido al que
proponía Lewontin en su segunda petición. Sería interesante saber si
desde entonces algún miembro activo de la academia ha solicitado
conocer los resultados de las investigaciones secretas que la nas avala.

Al cuestionar el porqué y el para quién de la ciencia, Lewontin apelaba al


sentido de responsabilidad social de los científicos. Al publicar su
posicionamiento en Ciencia para la Gente, convocaba implícitamente a los
ciudadanos a tomar su responsabilidad social, a involucrarse en la
actividad científica, sin necesidad de volverse expertos, pero sí de
conocer los contenidos y objetivos de las agendas científicas para poder
incidir en la determinación de las prioridades de investigación hecha con
recursos públicos.
Este debate sigue vigente y es muy necesario que la política científica se
democratice. Que las decisiones sobre las prioridades de investigación se
tomen teniendo en cuenta las necesidades de la sociedad en su
conjunto, a la vez que se impulse investigación en áreas y temas que,
aunque no puedan traducirse en una aplicación práctica inmediata,
vayan profundizando nuestro conocimiento del mundo en el que
vivimos. Esto implica, por un lado, que las decisiones no se tomen
unilateralmente por gobiernos ni tampoco por corporaciones privadas y,
por el otro, la revisión de las relaciones ciencia-industria, ciencia-ejército,
ciencia-sociedad. Además, como proponía Lewontin, que se dé un
verdadero diálogo en la comunidad científica.

El biólogo dialéctico
En su obituario sobre Lewontin, el historiador Michael R. Dietrich cuenta
que cuando le preguntó, en una entrevista que le realizó en 1997, de qué
modo debía escribir sobre su vida, éste dijo que escribiera acerca de sus
estudiantes, los posdoctorantes y visitantes a su laboratorio, pues ellos
eran su mayor fuente de orgullo como científico. La anécdota es
conmovedora, ya que refleja la estrecha relación y el compromiso que
establecía con cada uno de sus estudiantes, y muestra que Lewontin se
concebía formando parte de una comunidad que pensaba en el trabajo
científico como resultado del esfuerzo colectivo. Incluso se veía a sí
mismo evolucionando gracias a las interacciones que había sostenido
con otros seres humanos, así como él transformó, en mayor o menor
medida, a quienes interactuaron con él. Hasta siempre, biólogo
dialéctico, científico de la gente, siempre abierto a escuchar.

Hotel almagro
Cuando me vine a vivir a Buenos Aires alquilé una pieza en el Hotel Almagro, en
Rivadavia y Castro Barros. Estaba terminando de escribir los relatos de mi primer libro y
Jorge Álvarez me ofreció un contrato para publicarlo y me dio trabajo en la editorial. Le
preparé una antología de la prosa norteamericana que iba de Poe a Purdy y con lo que me
pagó y con lo que yo ganaba en la Universidad me alcanzó para instalarme y vivir en
Buenos Aires. En ese tiempo trabajaba en la cátedra de Introducción a la Historia en la
Facultad de Humanidades y viajaba todas las semanas a La Plata. Había alquilado una pieza
en una pensión cerca de la terminal de ómnibus y me quedaba tres días por semana en La
Plata dictando clases. Tenía la vida dividida, vivía dos vidas en dos ciudades como si
fueran dos personas diferentes, con otros amigos y otras circulaciones en cada lugar.

Lo que era igual, sin embargo, era la vida en la pieza de hotel. Los pasillos vacíos, los
cuartos transitorios, el clima anónimo de esos lugares donde se está siempre de paso. Vivir
en un hotel es el mejor modo de no caer en la ilusión de “tener” una vida personal, de no
tener quiero decir nada personal para contar, salvo los rastros que dejan los otros. La
pensión en La Plata era una casona interminable convertida en una especie de hotel berreta
manejado por un estudiante crónico que vivía de subalquilar cuartos. La dueña de la casa
estaba internada y el tipo le giraba todos los meses un poco de plata a una casilla de correo
en el hospicio de Las Mercedes.

La pieza que yo alquilaba era cómoda, con un balcón que se abría sobre la calle y un techo
altísimo. También la pieza del Hotel Almagro tenía un techo altísimo y un ventanal que
daba sobre los fondos de la Federación de Box. Las dos piezas tenían un ropero muy
parecido, con dos puertas y estantes forrados con papel de diario. Una tarde, en La Plata,
encontré en un rincón del ropero las cartas de una mujer. Siempre se encuentran rastros de
los que han estado antes cuando se vive en una pieza de hotel. Las cartas estaban
disimuladas en un hueco como si alguien hubiera escondido un paquete con drogas.
Estaban escritas con letra nerviosa y no se entendía casi nada; como siempre sucede cuando
se lee la carta de un desconocido, las alusiones y sobreentendidos son tantos que se
descifran las palabras pero no el sentido o la emoción de lo que está pasando. La mujer se
llamaba Angelita y no estaba dispuesta a que la llevaran a vivir a Trenque-Lauquen. Se
había escapado de la casa y parecía desesperada y me dio la sensación de que se estaba
despidiendo. En la última página, con otra letra, alguien había escrito un número de
teléfono. Cuando llamé me atendieron en la guardia del hospital de City Bell. Nadie
conocía a ninguna Angelita.

Por supuesto me olvidé del asunto pero un tiempo después, en Buenos Aires, tendido en la
cama de la pieza del hotel se me ocurrió levantarme a inspeccionar el ropero. Sobre un
costado, en un hueco, había dos cartas: eran la respuesta de un hombre a las cartas de la
mujer de La Plata.

Explicaciones no tengo. La única explicación posible es pensar que yo estaba metido en un


mundo escindido y que había otros dos que también estaban metidos en un mundo
escindido y pasaban de un lado a otro igual que yo y, por esas extrañas combinaciones que
produce el azar, las cartas habían coincidido conmigo. No es raro encontrarse con un
desconocido dos veces en dos ciudades, parece más raro encontrar en dos lugares distintos,
dos cartas de dos personas que están conectadas y que uno no conoce.

La casa de la pensión en La Plata todavía está, y todavía sigue ahí el estudiante crónico, que
ahora es un viejo tranquilo que sigue subalquilando las piezas a estudiantes y a viajantes de
comercio, que pasan por La Plata siguiendo la ruta del sur de la provincia de Buenos Aires.
También el Hotel Almagro sigue igual y cuando voy por Rivadavia hacia la Facultad de
Filosofía y Letras de la calle Puan paso siempre por la puerta y me acuerdo de aquel
tiempo. Enfrente está la confitería Las Violetas. Por supuesto hay que tener un bar tranquilo
y bien iluminado cerca si uno vive en una pieza de hotel.

Inteligencia artificial para descubrir al coronavirus


El sector de la telemedicina está viviendo un boom. La irrupción de la Covid-19, la
saturación del sistema sanitario y el confinamiento de la población han disparado el
uso de aplicaciones de medicina.

En Barcelona, la plataforma Mediktor recoge los síntomas del paciente a partir de un


cuestionario de preguntas y, con un algoritmo basado en inteligencia artificial,
realiza un diagnóstico de la enfermedad, pronostica el nivel de urgencia y la
especialidad médica a la cual el paciente se debe dirigir. La plataforma lleva activa
desde el 2011, analiza todo tipo de enfermedades y, desde hace aproximadamente
un mes, también el virus de la Covid-19. Esta decisión ha disparado su actividad:
“Hemos multiplicado por diez las visitas a la plataforma. Solíamos realizar unas
50.000 evaluaciones al mes y ahora estamos en medio millón. Queremos ayudar a
mitigar el impacto del coronavirus en la ciudadanía y en los hospitales. Ocho de
cada diez diagnósticos salen negativos”, comenta el ingeniero Cristian Pascual,
cofundador de la start-up junto al doctor Oscar García-Esquirol.

Mediktor asegura que su sistema acierta en el 91% de los casos y que, a diferencia
de otras plataformas, está probado clínicamente. La plataforma es gratuita para
usuarios particulares. La empresa se nutre de la comercialización del servicio a
grandes compañías aseguradoras en España (Mapfre, DKV, Axa), Portugal, Grecia,
Italia y Alemania. Además, el año pasado cerró un acuerdo con el sistema sanitario
de Yale New Haven Health, en Estados Unidos.

Con este modelo de negocio, Mediktor facturó alrededor de 850.000 euros en el


2019. El 60% correspondió a exportaciones. Pascual comenta que todavía es
pronto para hacer una estimación del cierre del ejercicio 2020 dadas las
circunstancias excepcionales por las que está pasando.

Además, la compañía ha abierto una ronda de financiación para levantar alrededor


de 10 millones de euros. Pascual comenta que ya tiene más o menos la mitad
comprometidos y que espera cerrar la operación durante los próximos meses.
Desde su fundación en el 2011, la empresa ha levantado alrededor de 5 millones de
euros. Entre sus inversores destacan el fondo Alta Life Sciences, Castel Capital,
Naos y varios pequeños inversores particulares.

Actualmente, los cuatro socios que dirigen la compañía son Cristian Pascual,
consejero delegado; Oscar García-Esquirol, director médico; Roger Forcada,
director tecnológico, y Josep Carbó, director de desarrollo de negocio. La empresa
emplea a 21 personas en su sede de Barcelona y a tres personas más en la filial de
Nueva York, abierta en el 2018 con el objetivo de impulsar el mercado
norteamericano.

Noche oscura del alma

En una noche oscura,


con ansias en amores inflamada
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.

A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía
a donde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.

¡Oh noche, que guiaste!


¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada
amada en el Amado transformada!

En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.

El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería,
y todos mis sentidos suspendía.

Quedé y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

Caminar la ciudad no es un lujo


Mueren las palmas pero plantaron un ahuehuete. Se construyen inmensos
conjuntos inmobiliarios sin contar con vías de acceso ni infraestructura hidráulica
suficientes, se multiplican las cadenas de tiendas que acaban con el pequeño
comercio local, se subsidia la gasolina sin mejorar el transporte público, se toleran
altos niveles de contaminación y ruido sin preocuparse por sus nefastos efectos en
la salud. Se derriban árboles frondosos y se siembran “organismos arbóreos” cuyo
crecimiento nadie garantiza. Eso sí, se promueve la bicicleta y se invita a la
ciudadanía a hacer ejercicio. No importa si 65% del año la contaminación del aire
daña nuestra salud. Tampoco importa si las banquetas parecen campos minados
y no se ha concretado la supuesta intención inclusiva que implicaría construir
rampas para sillas de ruedas o el paso de personas con problemas de movilidad.
Abandonada por autoridades que despilfarran recursos y, desde hace sexenios,
maquillan los mismos problemas con acciones desconectadas y propaganda
engañosa, la Ciudad de México es una urbe hostil.

Las ciudades son entes vivos, espacios habitados por diversidad de personas que
en ellas hacen su vida en condiciones contrastantes, para muchas precarias.
Nuestra capital, un monstruo por su tamaño, su desigualdad y sus problemas de
infraestructura (vivienda, agua, salud, transporte), enfrenta hoy el reto de la
inseguridad creciente, que las autoridades de cualquier color niegan o buscan
esconder. Los medios y la opinión pública han señalado muchas de estas
deficiencias sin que gobiernos locales o central nos den una respuesta integral
constructiva. Así persiste la especulación inmobiliaria, acompañada de despojo y
daños ambientales; crece la presencia del crimen organizado en diversas
delegaciones ante autoridades negligentes; se ignoran los efectos nefastos de la
quema de combustóleo en la salud de la metrópoli; continúa la degradación del
metro, sin elevadores, sin escaleras eléctricas funcionales, con pasillos saturados
de puestos, retrasos e inundaciones, a costa de la seguridad y tiempo de 4.6
millones de personas al día; se tolera la contaminación y desorden de autobuses y
micros que “echan carreras” entre sí y someten a millones más a viajar hacinados.

El deterioro más evidenciado de aire, agua, seguridad, transporte y salud, ha


opacado otras degradaciones del espacio público que también inciden en la
calidad de vida y en las posibilidades de sociabilidad en nuestra capital. El exceso
de ruido, documentado entre otras por Jimena de Gortari, quien ha advertido sobre
los daños de esta contaminación a la salud física y mental de todos, es una de las
características de una macro-urbe descuidada por la propia ciudadanía y por
quienes deberían favorecer una convivencia respetuosa. Antros, fiestas privadas,
tiendas con bocinas externas, patrullas… impiden el descanso nocturno, la
concentración en la escuela y el trabajo, la simple necesidad del silencio.

Los problemas del transporte público y privado también han opacado los
obstáculos que enfrentan quienes caminan de su casa a la escuela, el trabajo o el
mercado, o cruzan calles y avenidas. Ser peatón en la Ciudad de México es un
peligro. Los conductores de vehículos se creen dueños únicos de las calles, los
cruces están mal regulados, el reglamento de tránsito es un papel mojado. Si hay
que ser osado para atravesar ante un río de autos, también hay que cuidarse en
las aceras mismas. Rotas, desniveladas, minadas de tubos a medio cortar,
escalones inesperados, o tomadas por puestos callejeros que limitan el paso, las
banquetas son evidencia cotidiana del descuido de la ciudad.

Caminar, por necesidad o placer, no es un lujo ni una actividad despreciable. Ir a


pie favorece al medio ambiente y la salud. Pasear permite conocer y apreciar la
ciudad, con-vivir con personas distintas, conocer la realidad cotidiana de millones.
Si las autoridades locales en verdad pretenden mejorar nuestra vida, bien podrían
salir de su burbuja y, anónimas, aventurarse a pie, oír, respirar, mirar nuestras
calles. Ojalá no se tropiecen ni sufran otros percances.

Muerte del cabo Cheo López


Perdóneme, don Pedro… Claro que esta no es manera de presentarme… Pero, le
diré… ¿Cómo podría explicarle?… Ha muerto Eusebio López… Ya sé que usted no lo
conoce y muy pocos lo conocían… ¿Quién se va a fijar en un hombre que vive entre
tablas viejas? Por eso no fui a traer los ladrillos… Éramos amigos, ¿me entiende?

Yo estaba pasando en el camión y me crucé con Pancho Torres. Él me gritó: “¡Ha


muerto Cheo López!”. Entonces enderezo para la casa de Cheo y ahí me encuentro
con la mujer, llorando como es natural; el hijito de dos años junto a la madre, y a
Cheo López tendido entre cuatro velas… Comenzaba a oler a muerto Cheo López, y
eso me hizo recordar más, eso me hizo pensar más en Cheo López. Entonces me fui
a comprar dos botellas de ron, para ayudar con algo, y también porque necesitaba
beber.

¡Ese olor! Usted comprende, don Pedro… Lo olíamos allá en el Pacífico…, el olor de
los muertos, los boricuas, los japoneses… Los muertos son lo mismo… Solo que
como nosotros, allá, íbamos avanzando…, a nuestros heridos y muertos los
recogían, y encontrábamos muertos japoneses de días, pudriéndose… Ahora Cheo
López comenzaba a oler así… Con los ojos fijos miraba Cheo López. No sé por qué
no se los habían cerrado bien… Miraba con una raya de brillo, muerta… Se veía que
en su frente ya no había pensamiento. Así miraban allá en el Pacífico… Todos lo
mismo…

Y yo me he puesto a beber el ron, durante un buen rato, y han llegado tres o cuatro
al velorio… Entonces su mujer ha contado… Que Cheo estaba tranquilo, sentado,
como si nada le pasara, y de repente algo se le ha roto adentro, aquí en la cabeza…
Y se ha caído… Eso fue un derrame en el cerebro, dijeron… Yo no he querido saber
más, y me puse a beber duro. Yo estaba pensando, recordando. Porque es cosa de
pensar… La muerte se ríe.

Luego vine a buscar a mi mujer para llevarla al velorio y creí que debía pasar a
explicarle a usted, don Pedro… Yo no volví con los ladrillos por eso. Mañana será.

Ahora que si usted quiere ir al velorio, entrada por salida aunque sea… Usted era
capitán, ¿no es eso?, y no se acuerda de Cheo López… Pero si usted viene a hacerle
nada más que un saludo, yo le diré: “Es un capitán”…
¿Quién se va a acordar de Cheo López? No recibió ninguna medalla, aunque
merecía… Nunca fue herido, que de ser así le habrían dado algo que ponerse en el
pecho… Pero qué importa eso… ¡Salvarse! Le digo que la muerte se ríe…

Yo fui herido tres veces, pero no de cuidado. Las balas pasaban zumbando, pasaban
aullando, tronaban como truenos, y nunca tocaron a Cheo López… Una vez, me
acuerdo, él iba adelante, con bayoneta calada y ramas en el casco… Siempre iba
adelante el cabo Cheo López… Cuando viene una ráfaga de ametralladora, el casco
le sonó como una campana y se cayó… Todos nos tendimos y corría la sangre entre
nosotros… No sabíamos quién estaba vivo y quizá muerto… Al rato, el cabo Cheo
López comenzó a arrastrarse, tiró una granada y el nido de ametralladoras voló allá
lejos… Entonces hizo una señal con el brazo y seguimos avanzando… Los que
pudimos, claro. Muchos se quedaron allí en el suelo… Algunos se quejaban… Otros
estaban ya callados…

Habíamos peleado día y medio y comenzamos a encontrar muertos viejos… ¡El olor,
ese olor del muerto!… Igual que ahora ha comenzado a oler Cheo López.

Allá en el Pacífico, yo me decía: “Quién sabe, de valiente que es, la muerte lo


respeta.” Es un decir de soldados. Pero ahora, viendo la forma en que cayó, como
alcanzado por una bala que estaba suspendida en el aire, o en sus venas, o en sus
sesos, creo que la muerte nos acompaña siempre. Está a nuestro lado y cuando
pensamos que va a llegar, se ríe…Y ella dice: “Espera”. Por eso el aguacero de balas
lo respetó. Parecía que no iba a morir nunca Cheo López.

Pero ya está entre cuatro velas, muerto… Es como si lo oliera desde aquí… ¿No será
que yo tengo en la cabeza el olor de la muerte? ¿No huele así el mundo?…

Vamos, don Pedro, acompáñeme al velorio… Cheo era pobre y no hay casi gente…
Vamos, capitán… Hágale siquiera un saludo…

FIN
Especialistas en todo
Hace unos días, recibí la visita del bloguero Pat, cuya página web figura al parecer
entre las más consultadas de España. Había leído en la prensa que escribo mis
paparruchas con un bolígrafo de un euro. ¿Es cierto, preguntó, o se trata de una
invención del periodista? Desdichadamente, le dije, es la pura verdad. Su rostro
expresó al punto una mezcla de asombro y de conmiseración: ¿cómo se las arregla
usted para enviar sus manuscritos a los editores y al diario?Le expliqué que recurría
a la preciosa ayuda de dos o tres amigos internautas, y si no tenía a nadie a mano,
dictaba el texto de mi colaboración por teléfono, me lo devolvían del periódico por
fax y corregía de nuevo por teléfono las posibles erratas. ¡Se ha quedado usted
colgado en el pasado siglo!, me reprochó Pat. No, en el XIX, rectifiqué: en el XX mis
colegas de oficio tecleaban en su Remington o su Olivetti.¡Es usted una reliquia del
pasado, un verdadero carcamal! Me temo que sí, admití, soy alérgico a las nuevas
tecnologías. ¿No le interesa Internet? ¡Está fuera de mi pobre capacidad de escriba!
¿Cuánto tiempo le lleva componer un artículo de dos folios? Unas cuatro o cinco
horas según el tema y mi grado de concentración; luego, al día siguiente corrijo el
texto y lo paso a limpio. ¡Qué pérdida de tiempo, señor novelista; yo redacto mi
ciberdiario en cuestión de minutos! Pat me mira con creciente desprecio e
incredulidad. ¡No sabe usted lo que se pierde! ¡Tener toda la información del mundo
con rastrear en el buscador! Lo lamento, la naturaleza ha sido muy cruel conmigo
en lo que respecta a las cosas prácticas. Y ¿cómo se las arregla para componer sus
artículos sobre Irán o Chechenia? Procuro hablar de lo poco que sé y no de lo
mucho que no sé; por fortuna dispongo de un pequeño archivo de recortes de
prensa sobre los temas que me interesan.¿No sabe usted que Internet es el mejor
archivo del mundo? ¡Gracias a él puedo escribir sobre cualquier tema político,
cultural, económico, etcétera, sin temor a meter la pata! No tuve más remedio que
inclinar la cabeza: sí, mi temática es muy restringida. ¡Usted se veda la posibilidad
de extenderla a todos los temas de actualidad!; ¿podría escribir, por ejemplo, un
artículo sobre Tíbet o el conflicto fronterizo entre Eritrea y Etiopía? Yo se lo redacto
en menos de 20 minutos, y me baso en datos completos. ¡Me he convertido en un
especialista en todo porque Internet me lo permite! Pat rebosaba de orgullo y
examinaba con desdén los bolígrafos, cintas correctoras, páginas con tachaduras,
lapiceras, gomas, sacapuntas: toda la antigualla acumulada en la mesa del
prehistórico amanuense que soy.¿Puedo sacar una foto de su escritorio con mi
celular? Preparo una página sobre los que llamo anticuarios, destinado a los
internautas de mi ciberdiario. Me resigné a su compasión. Soy una especie en vías
de extinción, ¿verdad?, le dije. ¡Sí, exactamente! Pat sonreía y me dio una palmada
cariñosa antes de despedirse. Me quedé sentado junto a la mesa de trabajo,
cubierta de artículos de escritorio caídos en desuso. Copyright Clarín y Juan
Goytisolo, 2009.
El recado – Elena Poniatowska
Vine Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu
puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes
intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera
y los niños al pasar le arrancan las ramas más accesibles… En la tierra, sembradas
alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como
espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú
también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos… Todo tu jardín es
sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza.

Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu
espalda. El sol da también contra el vidrio de tus ventanas y poco a poco se debilita
porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve
aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me
habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa
cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones… Pienso en ti muy despacio,
com si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de
que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida
de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro;
que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente.

Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en
alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna
de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o
Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo
por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de tí que te
espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi
no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera
pasan más niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: “No me
sacudas la mano porque voy a tirar la leche…” Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja
rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te
espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque
la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con
el amor.

Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco
vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la
recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho.
A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí… Sabes, desde mi
infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Sé que
todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas
en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa
que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos,
lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas
vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y
crudeza. Todos estamos –oh mi amor– tan llenos de retratos interiores, tan llenos de
paisajes no vividos.

Ha caído la noche y ya y casi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada.


Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los
huecos, pon: “Te quiero…” No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé.
Me has dado un tal respeto de ti mismo… Quizá ahora que me vaya, sólo pase a
pedirle a la vecina que te dé el recado: que te diga que vine.

Arrecife Veracruzano: una oportunidad para


reivindicar los daños causados al mar mexicano
La historia en 1 minuto. Video: Mongabay Latam.
Los océanos están en crisis. La ciencia asegura que el 66 % de ellos han sido
alterados de manera significativa producto de las actividades humanas y
que la velocidad con la que se deterioran los ecosistemas no tiene
precedentes en la historia de la humanidad. Para detener la destrucción,
una de las metas que los países deben cumplir este año es proteger el 10 %
de sus mares.

A nueve meses de que termine el 2020, México solo tiene el 50 % de su


meta cumplida. El biólogo marino Octavio Aburto, quien coordina una
coalición de instituciones académicas que apoya los esfuerzos
gubernamentales para que México cumpla sus metas en los acuerdos
internacionales, señala que “en general vamos mal”. Sin embargo, advierte
que el país tiene entre manos la posibilidad de reivindicar, en parte,
decisiones pasadas que han sido poco acertadas para el bienestar de los
ecosistemas marinos.

Aburto se refiere al litigio que actualmente está siendo revisado en segunda


instancia por la justicia mexicana, por la ampliación del puerto de Veracruz
a costa del Parque Nacional Sistema Arrecifal Veracruzano ubicado en el
Golfo de México. Este último fue modificado en su área para que el puerto
pudiera construirse y de él fueron removidas y reubicadas 48 000 familias
coralinas.

“Si este gobierno quiere hacer las cosas diferentes, como dice, debiera
partir por abrir los libros de ese caso”, indica el especialista.

Las razones de la polémica

El año pasado, una gran escollera fue construida como parte de la


ampliación del puerto de Veracruz para que busques más grandes puedan
arribar y para que la capacidad de recepción de carga sea mayor. Toda esa
construcción, que promete hacer del Puerto de Veracruz uno de los tres
más grandes de Latinoamérica, se ha realizado en medio de una ola de
críticas que pone sobre la mesa las graves irregularidades en el proceso de
evaluación ambiental.
Las principales acusaciones son tres. La primera de ellas es que en 2012 el
Parque Nacional Sistema Arrecifal Veracruzano fue modificado en su área.
Ximena Ramos, directora regional de la oficina del Golfo de México del
Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA), asegura que “la Comisión
Nacional de Áreas Protegidas (CONANP) dio como justificación que esas
áreas que se iban a sacar no se habían conservado, que ya no prestaban
los mismos servicios ambientales y que se tenían que excluir”. Y, un año
más tarde, la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales
(Semarnat) autorizó la ampliación del puerto de Veracruz justamente en la
zona que fue eliminada del área protegida.

Otro de los reclamos sostiene que el gobierno autorizó la ampliación del


puerto aún cuando no se habían realizado todos los estudios científicos
necesarios para evaluar el impacto ambiental de la obra. “No tenían todos
los estudios batimétricos. Hay arrecifes que eran muy evidentes que
estaban a cierta profundidad y no estaban medidos”, asegura Camilo
Thompson, abogado de la Asociación Interamericana para la defensa del
ambiente (AIDA) en México. Prueba de ello es que la Universidad
Veracruzana, con apoyo de CEMDA, inició en 2016 un proyecto de
exploración en las costas veracruzanas para ubicar arrecifes que no se
encontraran reconocidos oficialmente. Los investigadores encontraron
siete arrecifes en la zona de influencia de la obra, más otros tres que se
encuentran colindantes a la zona de anclaje propuesta para el nuevo
puerto.

Por último, defensores ambientales, científicos y pobladores alegan que los


estudios de impacto ambiental fueron presentados de forma fragmentada,
lo que impidió que el proyecto fuera evaluado de manera integral.

A pesar de la polémica, el nuevo puerto comenzó a construirse y el año


pasado inauguró su primera fase. Para lograrlo, 48 000 comunidades
coralinas fueron removidas del fondo marino y reubicadas fuera del área
protegida. Según la Semarnat, los corales trasplantados tienen una “tasa de
supervivencia comprobada del 95 %, haciendo de este el rescate más
grande y exitoso del que se tenga registro a nivel mundial”. Aburto, sin
embargo, pone en duda esa optimista evaluación y asegura que “la
remoción de corales tiene tasas de mortalidad muy altas y que sobrevivan
es muy difícil”.
Mongabay Latam se puso en contacto con la Semarnat para recoger su
versión, sin embargo, hasta la publicación de esta nota el organismo
público no entregó respuesta alguna a nuestras preguntas.

A fines de 2016, algunos pobladores del puerto de Veracruz presentaron


una demanda de amparo alegando que la autorización de la obra los afecta
en su interés legítimo, es decir, que atenta contra los beneficios que
históricamente han obtenido de los arrecifes.

CEMDA y AIDA decidieron acompañar a los demandantes en su denuncia,


pero en diciembre pasado el juzgado de Veracruz resolvió que no se
reunían todos los requisitos para asegurar el interés legítimo de los
habitantes de Veracruz.

Los demandantes no se dieron por vencidos y solicitaron al tribunal


colegiado que revisara la sentencia. En dicho tribunal —que cuenta con tres
jueces al contrario del juzgado donde solo hay uno— “actualmente lo que
está en análisis es si la resolución que señala que no hay interés legítimo
por parte de los pobladores es justa o no”, explica Thompson.

Además, el abogado señaló que también se está evaluando si el caso es


derivado a la Suprema Corte de la Nación. “Lo que seguiría luego podría ser
una instancia ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, pero
tenemos fe en que se resuelva en instancias nacionales”, asegura.

El objetivo de toda esta batalla judicial, asegura el abogado, no es solo que


se confirme el interés legítimo de los demandantes, sino que se evalúe
correctamente el proyecto, que se compense el daño ya hecho y que se
refuercen las medidas de mitigación. “Con la ampliación del puerto hay un
incremento del riesgo por derrames de hidrocarburos, encallamientos y
dispersión de sedimentos que afectan los corales, por lo que las medidas
de mitigación deben ser mucho más amplias y rigurosas”, señala
Thompson.

La importancia del arrecife


El Parque Nacional Sistema Arrecifal Veracruzano es hogar de diversas
especies de corales como el cuerno de alce (Acropora palmata) y cuerno de
ciervo (Acropora cervicornis), ambas en Peligro Crítico de extinción, según la
Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

El parque también es una reserva de la biósfera declarada por la Unesco,


sitio Ramsar de humedales y sitio de importancia para varias especies de
tortugas marinas como la verde (Chelonia mydas), la lora (Lepidochelys
kempii), la caguama (Caretta caretta), la carey (Eretmochelys imbricata) y la
laúd (Dermochelys coriacea), todas ellas en peligro de extinción.

Arrecife Veracruzano. Foto: Octavio Aburto

Los arrecifes coralinos desde siempre han proveído de importantes


servicios ambientales a los seres humanos. Actúan como barrera de
contención ante tormentas y huracanes. Son el hábitat de una gran
diversidad de especies que son explotadas comercialmente y que son la
base alimentaria de muchas comunidades costeras. De hecho, los arrecifes
tienen 1/4, es decir, el 25 % de toda la biodiversidad marina”, asegura
Aburto. Además, estos ecosistemas también son importantes captadores
de CO2.

El arrecife de Veracruz, que era uno de los principales atractivos de México,


“ahora está para llorar”, dice Aburto. No solo la sedimentación provocada
por la construcción del puerto, sino también la contaminación proveniente
de otras actividades humanas han han afectado a este ecosistema.

El problema, agrega el científico, es que la suspensión de partículas afecta


incluso a corales que ni siquiera están en el área inmediata del proyecto.

La razón de este impacto se debe a que los corales que forman las barreras
coralinas tienen una simbiosis con las algas que necesitan luz para existir.
Es por eso, dice Aburto, que los corales viven en aguas claras donde hay
muy pocas partículas en suspensión. Dicha simbiosis consiste en que el
CO2 que expelen los corales es utilizado por las algas para hacer su
fotosíntesis y estas, al hacerlo, alimentan a los corales.

Los arrecifes tienen el 25 % de la biodiversidad marina. Foto: Octavio Aburto


“Lo que estos puertos están haciendo es cambiar la dinámica y la
oceanografía de los océanos”, dice el científico y agrega que “todo el
sedimento que es generado cada vez que dragan los canales para que los
barcos de gran calado puedan entrar, es arrastrado por las corrientes
afectando incluso a corales que están mucho más alejados de la costa”.

Con la degradación de los corales, asegura el experto, “se pierde en salud,


porque hay gente que se enferma por todo el ‘cochinero’ (en alusión a la
contaminación). Se pierde en pesca, en turismo y en protección ante
fenómenos naturales”. En definitiva, “todos pierden y solamente un grupo
es el beneficiado”, dice.

Por todas esas razones, los abogados de AIDA y CEMDA insisten en que los
habitantes de Veracruz sí tienen un interés legítimo sobre los arrecifes.
Thompson agrega que, de hecho, “el sistema de justicia mexicano ya ha
resuelto en otras ocasiones que sí existe interés público colectivo respecto
a los ecosistemas y que son importantes por las funciones ecológicas que
brindan”.

El arrecife Veracruzano alberga especies de corales en peligro crítico de extinción. Foto: Octavio
Aburto.

En este 2020, declarado por el Programa de las Naciones Unidas para el


Medio Ambiente como el “Superaño” para la biodiversidad, el Planeta debe
tomar medidas drásticas para enfrentar el reto de detener la destrucción
de los ecosistemas que amenaza nuestras propia supervivencia.

Pero ante ese panorama, “nos estamos quedando cortos en México”, opina
Aburto. Sin embargo, advierte que aún es posible recuperar el arrecife
veracruzano y que aunque “los gobiernos se justifiquen diciendo que ya se
hizo el cambio y el destrozo, existen ejemplos, como el Parque Nacional
Cabo Pulmo, que demuestran que si protegemos, y protegemos como debe
de ser, el océano se recupera”.

Número equivocado

Los cinco años de Carlitos se estremecen bajo las cobijas; sus desesperados
manoteos tejen telarañas de angustia con los hilos del llanto… Pero el furioso timbre
del teléfono lo despierta.
Asustado, volteaba a todas direcciones, asimilando el mundo más allá de la
pesadilla. Luego, al dirigirse a contestar, se tambalea a cada paso, porque su
cuerpecillo, enfundado en pijama con motivos de Star Wars, carga el plomo del
sueño fundido por la adrenalina.
—Bueno —dice Carlitos entre un tímido sollozo, tomando el auricular con las
dos manos—, ¿mamá?
—No, niño. Pero justamente la busco a ella. ¿Me la pasas? —responde una
voz ronca de hombre.
—No, no está… —al comprender que aquella es información peligrosa, añade,
sorbiendo el alma del llanto—: Pero no tarda en llegar —aunque sabe bien que su
madre regresará hasta la mañana, pues todos los sábados cubre jornada nocturna
en el hospital.
—¿Y por qué lloras? ¿Te doy miedo?
—Soñé que me mataban…, señor… —responde entre atropellados balbuceos,
mientras apoya el auricular en su hombro para liberar una mano y enredar los dedos
en el cordón.
—Los sueños nos juegan malos ratos, hijo. A todos nos pasa.
—Sí, pero llegaban dos hombres y…, y…, y me daban de balazos… —Carlitos
desata un espeso llanto cuajado de sentimiento.
—Un mal sueño, sólo fue eso —la poderosa voz se dulcifica, como si el
aguardiente se convirtiera en chocolate.
Carlitos sorbe las raíces del llanto, pero no consigue arrancarlas.
—No te preocupes. Yo he soñado cosas aún peores y nunca pasan —el
hombre esboza una sonrisa torcida que Carlitos siente como una caricia en la
oreja—. ¿Está tú papá?
—No tengo papá…
—Tu mamá se llama Maricela, ¿verdad? —frunce su ya cuarteado entrecejo.
—No, señor… Así no se llama…
Extrañado, el hombre carraspea.
—¡Joder…! Sabes, mi celular está fallando. Ayer marqué para pedir unas tortas
y me contestaron de Japón o de un lugar parecido…
—¡Ah! —exclama Carlitos, porque nunca había escuchado la palabra “celular”.
—Bueno, niño, tengo que colgar —la voz del hombre delata urgencia, pero no
quiere ser grosero—… ¿Sabes?, mi mamá también me dejaba solo…
—¿Los hombres malos van a regresar…? —pregunta con labios temblorosos.
—Luego de quedarme muchas veces sólo, aprendí a ser fuerte, y las
pesadillas se fueron. ¿Tú serás fuerte?
—Seré fuerte, señor —los nerviosos dedos de Carlitos giran el disco marcador
del teléfono, reconociendo algunos de los números que le han enseñado en el jardín
de niños.
—Duérmete, ya es muy noche. Y no le abras a extraños. Tampoco platiques
con ellos…
—Sí, sí…
El hombre termina la llamada, contrariado. Nunca había sido paciente con los
niños, pero aquél le recordó que a esa edad las pesadillas son terribles cuando
mamá está trabajando y papá no existe. Para su fortuna, el tono del celular lo
espabila justo a tiempo, antes de que los ojos se le ahoguen en lágrimas.
—¡Sal por la ventana!
—Te estaba llamando, Maricela, pero me equivoque de… —el hombre está
aturdido.
—¡Sal por la ventana! No hay tiempo: te encontraron… —la mujer lo interrumpe
con la urgencia de un avión en picada.
—Lo del decomiso no fue mi culpa… —el vértigo de su corazón le ensanchan
las venas de las sienes.
—¡Sal por la ventana! Ellos no lo van a entender… ¡Por qué no contestaste
antes…! —la mujer aprieta y agita el celular, como si lo exprimiera para hacer jugo.
—¡Cómo chingados iba a saber que…! —lo interrumpe la puerta de su
apartamento que de súbito se abre tras un golpe que rompe la cerradura.
—¿Carlos?, contéstame, ¡Carlos…!
Pero no puede contestarle; dos hombres le firman la muerte con ráfagas de
metralleta.

Guerra y terrorismo internacional. Un análisis del lenguaje


político*

RESUMEN

En este ensayo acerca de la violencia política, Ferrajoli reflexiona sobre el significado


real de términos como guerra y terrorismo, y descubre las irracionales implicaciones
que conlleva una deliberada y desacertada respuesta bélica, en vez de otra racional,
proveniente del derecho penal, ante un hecho delictivo cometido por un grupo
terrorista y no por los inocentes habitantes de naciones enteras. El autor pone en tela
de juicio guerras ilegítimas como las promovidas por la administración de Estados
Unidos contra Afganistán e Irak, ante los atentados funestos del 11 de septiembre del
2001, y propone la refundación del pacto de convivencia entre las naciones, pues de
no ser así, la opción que queda para el futuro es la guerra permanente.

https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-
46542009000100001
fuerte granizada provoca afectaciones en ciudad de México (DW)

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