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Navidad

Drama. Una típica navidad, en un típico pueblo, corre el riesgo de verse alterada por el sentimiento de amargura de un joven que perdió a su madre precisamente en esa fecha tan especial.

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Navidad

Drama. Una típica navidad, en un típico pueblo, corre el riesgo de verse alterada por el sentimiento de amargura de un joven que perdió a su madre precisamente en esa fecha tan especial.

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Navidad

Faltaba poco para la medianoche.


Exactamente un año atrás su madre moría en vísperas
de celebrarse la Navidad y desde ese momento esa fecha
dejó de tener sentido en su tierno corazón.
La muerte había sorprendido a su septuagenaria madre
en su lecho, mientras dormía. Sin ella, con un padre ausen-
te y sin hermanos, su desamparo fue total. Nadie supo ex-
plicarle que era la muerte, aprendió con el tiempo que era
dejar de ver a alguien para siempre. Nadie supo explicarle
tampoco porqué había nacido con un cromosoma de más
ni por qué este trastorno provocaba un retraso en su desa-
rrollo. Tenía muchos porqué sin responder.
A la muerte de su madre, sus dieciséis años cronológi-
cos no concordaban con su edad mental. Aún sentía ganas
de aprender cosas y de jugar, como lo hacía con su madre,
pero la gente parecía no entender lo que decía a pesar de
gritarles lo que quería o de los gestos y aspavientos que
hacía. Pese a todos sus esfuerzos, todos lo trataban como
a un loco inofensivo, pero un loco a fin de cuentas. Intentó
demostrar que podía ser útil pero sólo recibió dádivas e in-

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diferencia, esto le hacía sentir rabia e impotencia. Mintie-
ron para no aceptarlo en la escuela, mintieron también
quienes no quisieron darle trabajo, quienes no quisieron
alojarlo y mintieron quienes no quisieron adoptarlo.
Decepcionado, decidió alejarse de todo y se fue a vivir
al bosque para demostrar que podía valerse por sí mismo.
Ahí, la palabra soledad tuvo una alta connotación pues con
su madre, viva, nunca había estado solo. Con inocencia y
buena voluntad, usando poco más que troncos y piedras,
se hizo una pequeña cabaña habitable que, si bien no lo
protegía totalmente de la lluvia, le permitía ver las estrellas
y le servía para protegerse de la fresca brisa.
Esta nueva forma de vivir le ayudó a mejorar su torpe
sistema locomotor asi como su mala dicción. Ante su par-
tida, la gente estuvo de acuerdo en que el bosque, con to-
dos los peligros que acarreaba, era el mejor lugar para él y
quizás la naturaleza obrara sabiamente y lo desapareciera
sin dolor. Con ese pensamiento generalizado, pronto se
convirtió en un rumor para quienes lo habían conocido.
Llegó un momento en el que decidió volver para ver si,
al haberse alejado un tiempo, era mejor recibido. Cuando
apareció, con su cabello largo y desordenado, se dio cuenta
que se le identificaba como el niño que se fue a vivir al
bosque. Nadie sabía explicarse cómo había sobrevivido y
si, quizás, ahora era más salvaje. Ignorante de los comen-
tarios que se daban, notaba que había quienes le temían y,
también, quienes no se inmutaban ante su presencia.
Nadie le ofreció nada de comer, ni siquiera un pan seco.

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Estar rodeado de gente a la que conocía pero le era indi-
ferente le generaba emociones que no podía entender del
todo. En el bosque todo era más sencillo de hallar explica-
ción. Incomodo por el trato recibido decidió alejarse y a su
paso todos se apartaban para evitarlo. A la salida, cerca a
las últimas casas, encontró tirado un juguete de madera
que algún niño asustado debía haber dejado. Lo cogió y
apretó contra su pecho, como si fuera el preciado recuerdo
del único hogar que había conocido y ahora desaparecía.
Siguió su camino en dirección al bosque.
Meditando, en su modesta cabaña, su deseo inicial era
vivir lejos del pueblo y no saber nada de la gente con la
que había convivido. Pese a ello, no tardó en cambiar de
parecer y terminar agazapado entre los arbustos, para po-
der acercarse lo más posible, sin ser visto.
Con sus ojos inexpresivos, permanecía quieto para no
ser descubierto. Desde su posición, miraba la actividad
diaria del pueblo. Personas altas, bajas, gordas, delgadas,
personas de todo tipo se cruzaban y se saludaban entre si.
Esas mismas personas se detenían para hablar entre ellas
y él escuchaba sus conversaciones. A veces, se pregunta-
ba. ¿Por qué esas personas lo habían rechazado? ¿Por qué
no podía caminar como ellos, en esas calles? ¿Acaso todo
se debía a su forma de hablar? ¿Eso era? No lo entendía.
Miraba en silencio, apretando los músculos de la man-
díbula pero sin hacer nada, ni volver al bosque. Su mente
se esforzaba por relacionar todo lo que veía para formar
ideas que le hicieran entender lo sucedido.

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Aunque no pudo dar respuesta a sus cuestionamientos
si logró, con lentitud, aprender los hábitos del pueblo, sus
rutinas, horarios y también, a conocer sus prejuicios.
En el pueblo era una tradición que todos salieran de sus
casas poco antes de la medianoche para orar comunitaria-
mente frente al nacimiento que habían preparado con ante-
lación, encender fuegos de artificio y luego ir de casa en
casa, hasta el amanecer, para beber y comer lo que cada
hogar ofrecía a las visitas que siempre tardaban en partir.
Era en ese lapso que él planeaba llevar a cabo su audaz
idea: robar los principales regalos que hubiera en cada ho-
gar. Unos minutos serían suficientes para hacerles sentir la
misma desilusión que él sentía.
A la hora prevista, la gente abandonó sus hogares para
reunirse alrededor del pesebre y él, ingresando agachado,
entró a la primera casa. Cogió el juguete que creyó más
valioso y salió por la parte trasera, a realizar la misma ac-
ción en la casa contigua. Debía ser rápido y aprovechar
que en ese momento todos estaban concentrados en sus
oraciones. A su veloz paso podía oler los aromas de los di-
ferentes platos de comida que estaban preparados así como
los aromáticos dulces hechos para la ocasión.
Sin ser muy listo su plan se ejecutaba exactamente tal
como lo había concebido pero, en la quinta casa, su media-
na figura debió enfrentar una sitúación inesperada.
Tal como había venido procediendo, entró con sigilo a
la casa, luego eligió y recogió un juguete que metió en el
saco que llevaba. No había terminado de hacer esto cuando

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una voz fina y delgada habló a sus espaldas.
–¿Qué haces? –era un niño.
La sorpresa fue total, quedándose quieto como una esta-
tua. Las palabras crearon un silencio rígido, no estaba pre-
parado para este momento. No imaginó que alguien estu-
viera en casa. ¿De donde había salido ese niño? La boca
se le llenó de saliva, como comúnmente le ocurría, hacién-
dolo hablar con interrupciones.
–Estoy arreglando. Arreglo todo. Tu vete. Vete a dor-
mir. Vete a tu cuarto –alcanzó a balbucear, girando.
El niño estaba quieto en su sitio en un umbral que sólo
permitía verle el rostro y parte del cuerpo. Sus ojos rasga-
dos se encontraron con la mirada tranquila del niño. Luego
de unos expectantes segundos, observándose, se sintió in-
tranquilo y se mordió el labio.
–Es ...es una sorpresa. Vete. Vete ya –agregó fingiendo
que no se le había endurecido el cuerpo.
La mirada seguía firme observándolo.
–¿Tú eres el chico al que se le murió su mamá en la Na-
vidad pasada? –su voz era pausada.
–¡No! –un cosquilleó le recorrió el cuerpo, quiso men-
tir pero su sinceridad se rebeló–. Sí, sí lo soy –el recuerdo
le trajo un dolor terrible.
–¿Por qué estás acá? ¿Estás tratando de robarte los re-
galos de Navidad? –la voz era suave.
El cosquilleo se multiplicó en su cuerpo y sintió una
punzada de vergüenza que se reflejó en su rostro. Nueva-
mente la sinceridad le hizo ver que era muy evidente lo

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que hacía, era por eso que la gente siempre se anticipaba a
responder lo que él recién comenzaba a explicar.
–¡Sí! –respondió dejando caer la cabeza, frustrado por
no poder mentir como a él le habían mentido.
–¿Tú querías mucho a tu mamá verdad? Seguro la ex-
trañas mucho –la voz le era familiar pero, sin poder verlo
bien, era muy difícil imaginarse quien era.
–Sí –su tono bajó de intensidad. Jamás olvidaría a su
madre, no pasaba un día sin recordarla. Nunca conoció
mejor mundo que el que ella le mostraba día a día. Sin ella,
ahora el mundo era hosco y horrible.
Por unos segundos ninguno dijo nada.
–Tu madre está en el cielo y desde ahí ve de que mane-
ra te comportas. Debes ser bueno para ir a verla.
–Acá nadie me quiere –dijo un tanto abatido.
–Es que nadie te conoce como tu madre. Sin embargo,
ella sigue cuidándote sólo debes seguir siendo bueno. Tie-
nes un corazón noble y debes seguir así, el futuro de la hu-
manidad depende de las obras buenas.
Quiso contestar, pero algo le apretaba el pecho y le des-
hacía las palabras. Aquel niño desconocido y oculto, le ex-
plicó una verdad que nadie le había dicho antes.
El recuerdo de su madre era tan fuerte que al pensar que
estaba haciendo algo que no le hubiera agradado le hizo
sentir mal. La culpa lo ahogaba sintiendo que algo se que-
braba en él, como si estuviera por partirse en pedazos. Giró
para evitar mirarlo, dobló las rodillas y unas lágrimas in-
contenibles le brotaron de los ojos.

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Amor, vergüenza, sorpresa,... todas sus emociones le
eran difíciles de explicar por sus limitaciones verbales. No
podía mentir ni disimular. Era demasiado espontáneo en
sus estados de ánimo. Podía darse cuenta también de la
sinceridad como de las mentiras de los demás, era como
un don que no quería tener. No se identificaba con nadie
en el pueblo porque sentía que no lo querían. Lo veían co-
mo a un extraño. Se le oprimió el corazón y su visión se
volvió borrosa por las lágrimas contenidas.
Lloró desconsoladamente como un niño pequeño, de-
sahogando ese odio que había incubado durante todo ese
tiempo en su mente y su corazón. Se cubrió el rostro con
las manos, arrepentido de todo lo que había hecho. El cora-
zón le latía intensamente. Ahora Dios lo castigaría. Llora-
ba e hipaba tan fuerte que no escuchó cuando la habitación
se llenó de gente que entraba, ni lo que se murmuraba.
"El chico ha vuelto". "Ha traído regalo para todos". "Es
una señal de Dios". "Hemos sido malos con él". "No debe-
mos desampararlo" “Él es uno de nosotros”.
Sólo reaccionó cuando quienes lo rodeaban lo abraza-
ron y lloraron con él. Pudo percibir entonces el cariño que
la gente le prodigaba, así como su sinceridad. No podía en-
tender bien ese cambio, ni por qué nadie se daba cuenta
del origen de los regalos en su saco, pero entendió que el
amor de su madre y de Dios estaban presentes ahí.
La Noche Buena había llegado y afuera, la luna brillan-
te que iluminaba las casas con su luz, parecía querer refle-
jar el amor que reinaba y alumbraba con más intensidad.

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La imagen de un pesebre y la gente acercándose eran
los trazos coloridos de una estampa que el niño de mirada
tranquila llevaba en su mano por el camino que lo alejaba
del pueblo. A los adultos les costaba reconocer que debían
ser como niños para captar las verdades simples de la vida.
A medida se iba distanciando, sin que sus pies tocaran
el suelo, su silueta de pronto alcanzó mayores dimensiones
y se vio rodeada de un aura celestial.
La figura brillante se elevó y poco a poco se perdió co-
mo un punto luminoso en el cielo lleno de estrellas.

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