En la pintoresca villa de Nevandia, donde las casas parecían pasteles cubiertos de
glaseado blanco, vivía un niño llamado Nico. Nico no era especial por su destreza en los
deportes o por coleccionar cromos brillantes; su singularidad radicaba en la quietud de su
corazón durante la época más ruidosa y colorida del año: la Navidad.
Para los habitantes de Nevandia, la Navidad era una explosión de actividades: guirnaldas
kilométricas, villancicos a todo pulmón y la frenética búsqueda del regalo más
deslumbrante. Los grandes almacenes centelleaban con luces que casi cegaban, y los
carteros, abrumados por las cartas a Papá Noel, usaban patines para moverse más rápido.
El aire olía a pino, a chocolate caliente y a la prisa de quien teme llegar tarde a la alegría.
Nico, sin embargo, prefería la paz de su pequeño jardín trasero, ahora una extensión
inmaculada de nieve virgen. Observaba cómo los copos caían en patrones silenciosos, cada
uno una diminuta obra de arte que se borraba al tocar el suelo. Mientras la villa se
preparaba para encender su gigantesco árbol de la plaza, Nico sentía una extraña punzada,
una sensación de que, en medio de tanto brillo, algo fundamental se había perdido.
La noche del 24 de diciembre llegó con una luna redonda y helada que colgaba como una
linterna de papel en el cielo de terciopelo. Desde su ventana, Nico vio el resplandor de miles
de focos que vestían la villa. Era hermoso, sí, pero su brillo era frío, una luz exterior que no
calentaba de verdad. Se deslizó fuera de su casa, envuelto en un abrigo demasiado grande
y una bufanda de lana áspera.
Caminó más allá del límite de las luces, hacia el antiguo bosque de abetos. La nieve crujía
bajo sus botas con un sonido satisfactorio, un ritmo propio. Finalmente, llegó a un claro. Allí,
en el centro de los árboles altos y silenciosos, se encontraba el árbol más humilde que
jamás había visto. No era el más grande ni el más frondoso. Un golpe de viento de semanas
atrás había quebrado su punta, dándole una forma un poco torcida. No tenía ni una sola
decoración.
Nico se acercó lentamente. Pasó su mano enguantada por la corteza rugosa. Sintió una
conexión con ese árbol solitario, despojado de la opulencia de la villa. Cerró los ojos y se
quedó quieto, respirando el aire puro y helado. Se concentró en esa punzada en su pecho,
en el sentimiento indefinido que había estado ignorando.
En lugar de ser la tristeza de la carencia, de repente entendió que era el espacio vacío para
algo nuevo, algo más verdadero.
Metió la mano en el bolsillo de su abrigo. Solo encontró un objeto: una pequeña semilla de
avellano que había guardado desde el otoño, una promesa de vida futura. La sostuvo entre
el pulgar y el índice, y un pensamiento claro le llegó: no necesitaba colgar algo en el árbol;
el árbol necesitaba algo en la tierra.
Con cuidado, se arrodilló. La nieve era profunda. Usó un palo para remover la capa
superficial y, con sus manos, excavó un pequeño hueco en la tierra congelada junto a las
raíces del abeto. Depositó la semilla. Era un gesto diminuto, casi ridículo en comparación
con los regalos envueltos en papel metálico que se intercambiaban en Nevandia. Luego,
cubrió el hoyo y alisó la nieve con la palma de su mano.
Mientras se levantaba, sintió un cambio. No era una luz que venía de fuera; era una calidez
que se expandía desde su pecho, una suave llama que se encendía. Miró el árbol torcido.
No se había transformado, pero a los ojos de Nico, ahora se veía imponente, envuelto en
una dignidad silenciosa. El árbol no necesitaba oropel ni bombillas. Su belleza radicaba en
su mera existencia, en la quietud que ofrecía.
Nico permaneció en el claro por lo que pareció una eternidad. La luna alta parecía ahora
más tierna, y el silencio del bosque se sentía como un manto protector. La semilla estaba a
salvo, su pequeña promesa de vida oculta bajo el invierno.
Cuando regresó a la villa, la mayoría de las luces se habían atenuado, y el bullicio había
cesado. Pasó junto al gran árbol de la plaza. Sus luces seguían encendidas, pero ahora se
veían como un eco lejano, no como el centro del universo.
Nico subió a su habitación. Se acurrucó bajo su edredón, y por primera vez en todo el mes,
sintió que la Navidad realmente había llegado. No con un sonido fuerte, sino con un susurro,
la tranquila alegría de haber plantado una semilla y de haber encontrado la luz verdadera, la
que nace de una acción sencilla y del silencio del corazón. Cerró los ojos, sonriendo. Sabía
que, aunque la semilla tardara en brotar, la luz que había encendido en esa noche mágica
brillaría dentro de él para siempre.