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Oficio y Laudes 12092025

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9 de diciembre

San Juan Diego Cuauhtlatoatzin

Cada 9 de diciembre, pocos días antes de celebrar la fiesta de Nuestra


Señora de Guadalupe, recordamos a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin
(1474-1548), en cuyos vestidos quedó impresa la imagen de la Madre de
Dios.

“¡Amado Juan Diego, ‘el águila que habla’! Enséñanos el camino que lleva
a la Virgen Morena del Tepeyac, para que ella nos reciba en lo íntimo de su
corazón”, exclamó con voz potente el Papa San Juan Pablo II durante la
homilía de la misa de canonización de San Juan Diego, celebrada el 31 de
julio de 2002.

Con estas palabras el Papa le pedía al vidente de Guadalupe que nos


muestre el camino del amor y piedad a nuestra madre, la Virgen María,
para que todos los fieles la amemos como este santo la amó: con corazón
inocente y puro.

Quizás por eso, hoy, como ayer, cada vez que queramos desearle el bien a
alguien -por ejemplo a un hijo- debamos decirle: “Que Dios te haga como
Juan Diego”.
Juan Diego, fruto maduro de la evangelización de América

De acuerdo con la tradición, San Juan Diego nació en 1474 en Cuautitlán,


entonces reino de Texcoco (hoy territorio mexicano), una región habitada
por etnias chichimecas. Su nombre era Cuauhtlatoatzin, que significa
“Águila que habla” o “El que habla con un águila”.

Siendo ya un hombre maduro y con una familia a cuestas, Juan Diego


empezó a conocer la religión que había llegado con los foráneos, los
españoles. Se sintió interpelado por esta gracias a las enseñanzas que
impartían los franciscanos arribados a territorio mexicano en 1524. Un
tiempo después, Juan Diego recibiría el bautismo junto a su esposa, María
Lucía. Luego se casarían cristianamente, aunque su matrimonio no duraría
mucho debido a la intempestiva muerte de María Lucía.

La Madre del cielo se apareció en el monte

El 9 de diciembre de 1531, estando Juan Diego de camino por el monte del


Tepeyac, se le apareció la Virgen María. La “Señora”, como empezaría a
llamarla, se presentó como “la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre
del verdadero Dios”, según sus propias palabras. Ella le encomendó que se
presentara ante el obispo capitalino, el franciscano Juan de Zumárraga,
para pedirle en su nombre que se construya una iglesia en aquel lugar.

Juan Diego accedió a llevar la petición de la Señora al obispo, pero este no


le creyó y se negó a cumplir el pedido. La Virgen, entonces, se le apareció
de nuevo a Juan Diego y le pidió que insistiera. Al día siguiente, el indígena
volvió a encontrarse con el prelado, quien, escéptico, lo interrogó sobre la
doctrina cristiana y le pidió pruebas del prodigio que relataba.
El milagro de las flores

El martes 12 de aquel diciembre, la Virgen se presentó nuevamente a Juan


Diego y lo consoló porque se hallaba muy triste, invitándole a subir a la
cima de la colina del Tepeyac para que recogiera flores y se las trajera.

A pesar de lo agreste del lugar y de que era invierno, San Juan Diego
accedió con diligencia al pedido de la Virgen. Cuando llegó a la cima del
monte encontró un brote de flores muy hermosas. Entonces las recogió y
las colocó, bien envueltas, en su “tilma” (nombre del manto típico con el
que se revestían los indígenas de la región). La Virgen luego le pidió que se
las llevara al obispo.

Estando frente al prelado, el santo soltó la parte delantera de su tilma para


dejar caer las flores. Sorprendentemente, al precipitarse estas dejaron
expuesta sobre el tejido una imagen femenina, de piel morena y rasgos
indígenas. Era la imagen de la “Señora”, la Virgen de Guadalupe.

Desde ese momento, aquel prodigio se convertiría en el corazón espiritual


de la Iglesia en México y en una de las más extendidas devociones marianas
del mundo. La Virgen de Guadalupe habría de cambiar el rumbo de la
Evangelización de los pueblos americanos y sellaría para siempre el vínculo
entre la cultura hispánica y la de los pueblos originarios de América.

Con la autorización del obispo, el templo consagrado a la Virgen de


Guadalupe se empezó a construir en el Tepeyac, y San Juan Diego sería el
primer custodio del santuario. El santo, por su parte, construyó una
humilde casita para vivir al costado de la iglesia. San Juan Diego limpiaba la
capilla y acogía a los peregrinos que visitaban el lugar. Allí permaneció
hasta el final de sus días, dedicado al servicio de la “Señora del Cielo”. El
santo murió en 1548.

San Juan Pablo II beatificó a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin en 1990 y lo


canonizó en el año 2002.
Una síntesis cultural forjada al calor de los cuidados de la Madre

Incontables bendiciones enriquecen la historia de la Virgen de Guadalupe.


En esa historia, San Juan Diego ocupa un lugar primordial, cargado de
simbolismo: fue un hombre de raza indígena, muy sencillo y de corazón
puro, un laico como cualquier otro, pero de una devoción inmensa a la
Madre de Dios.

Esta es una historia que invita a contemplar a la Madre y renovar el


esfuerzo evangelizador en América y en el resto del mundo. Con la
cooperación de San Juan Diego, María le regaló a todos sus hijos una
prueba fehaciente de que Ella está siempre cerca del corazón de todos los
pueblos del mundo.

¡María de Guadalupe, ruega por nosotros!


OFICIO DE LECTURA
INVITATORIO

V. Señor abre mis labios


R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Antífona: Al Rey que viene, al Señor que se acerca, venid,


adorémosle.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,


demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,


soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,


bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años


aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.


Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de
los siglos. Amén.

Antífona: Al Rey que viene, al Señor que se acerca, venid,


adorémosle.

Himno: DE LUZ NUEVA SE VISTE LA TIERRA

De luz nueva se viste la tierra,


porque el Sol que del cielo ha venido,
en la entraña feliz de la Virgen,
de su carne se ha revestido.
El amor hizo nuevas las cosas,
el Espíritu ha descendido
y la sombra del que todo puede
en la Virgen su luz ha encendido.

Ya la tierra reclama su fruto


y de bodas se anuncia alegría;
el Señor que en los cielos habita
se hizo carne en la Virgen María.

Gloria a Dios, el Señor poderoso,


a su Hijo y Espíritu Santo,
que amoroso nos ha bendecido
y a su reino nos ha destinado. Amén.

SALMODIA

Antífona 1: Encomienda tu camino al Señor, y él actuará.

Salmo 36 I - LA VERDADERA Y LA FALSA FELICIDAD

No te exasperes por los malvados,


no envidies a los que obran el mal:
se secarán pronto, como la hierba,
como el césped verde se agostarán.
Confía en el Señor y haz el bien,
habita tu tierra y practica la lealtad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón.

Encomienda tu camino al Señor,


confía en él, y él actuará:
hará brillar tu justicia como el amanecer;
tu derecho, como el mediodía.

Descansa en el Señor y espera en él,


no te exasperes por el hombre que triunfa
empleando la intriga:

cohíbe la ira, reprime el coraje,


no te exasperes, no sea que obres mal;
porque los que obran mal son excluidos,
pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra.

Aguarda un momento: desapareció el malvado,


fíjate en su sitio: ya no está;
en cambio, los sufridos poseen la tierra
y disfrutan de paz abundante.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.


Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de
los siglos. Amén.
Antífona: Encomienda tu camino al Señor, y él actuará.

Antífona 2: Apártate del mal y haz el bien; al honrado lo


sostiene el Señor.

Salmo 36 II

El malvado intriga contra el justo,


rechina sus dientes contra él;
pero el Señor se ríe de él,
porque ve que le llega su hora.

Los malvados desenvainan la espada,


asestan el arco,
para abatir a pobres y humildes,
para asesinar a los honrados;
pero su espada les atravesará el corazón,
sus arcos se romperán.

Mejor es ser honrado con poco


que ser malvado en la opulencia;
pues al malvado se le romperán los brazos,
pero al honrado lo sostiene el Señor.

El Señor vela por los días de los buenos,


y su herencia durará siempre;
no se agostarán en tiempo de sequía,
en tiempo de hambre se saciarán;
pero los malvados perecerán,
los enemigos del Señor
se marchitarán como la belleza de un prado,
en humo se disiparán.

El malvado pide prestado y no devuelve,


el justo se compadece y perdona.
Los que el Señor bendice poseen la tierra,
los que él maldice son excluidos.

El Señor asegura los pasos del hombre,


se complace en sus caminos;
si tropieza, no caerá,
porque el Señor lo tiene de la mano.

Fui joven, ya soy viejo:


nunca he visto a un justo abandonado,
ni a su linaje mendigando el pan.
A diario se compadece y da prestado;
bendita será su descendencia.

Apártate del mal y haz el bien,


y siempre tendrás una casa;
porque el Señor ama la justicia
y no abandona a sus fieles.
Los inicuos son exterminados,
la estirpe de los malvados se extinguirá;
pero los justos poseen la tierra,
la habitarán por siempre jamás.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.


Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de
los siglos. Amén.

Antífona: Apártate del mal y haz el bien; al honrado lo


sostiene el Señor.

Antífona 3: Confía en el Señor y sigue su camino.

Salmo 36 III

La boca del justo expone la sabiduría,


su lengua explica el derecho;
porque lleva en el corazón la ley de su Dios,
y sus pasos no vacilan.

El malvado espía al justo


e intenta darle muerte;
pero el Señor no lo entrega en sus manos,
no deja que lo condenen en el juicio.
Confía en el Señor, sigue su camino;
él te levantará a poseer la tierra,
y verás la expulsión de los malvados.

Vi a un malvado que se jactaba,


que prosperaba como un cedro frondoso;
volví a pasar, y ya no estaba;
lo busqué, y no lo encontré.

Observa al honrado, fíjate en el bueno:


su porvenir es la paz;
los impíos serán totalmente aniquilados,
el porvenir de los malvados quedará truncado.

El Señor es quien salva a los justos,


él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra,
los libra de los malvados y los salva,
porque se acogen a él.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.


Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de
los siglos. Amén.

Antífona: Confía en el Señor y sigue su camino.


V. Una voz clama en el desierto: Preparad el camino del
Señor.
R. Enderezad las sendas para nuestro Dios.

PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Isaías 24, 19—25, 5

EL DÍA DEL SEÑOR. HIMNO DE ACCIÓN DE GRACIAS

En aquel día, se tabaleará y se bamboleará la tierra,


temblará y se agrietará, se moverá y removerá; vacilará y
oscilará como un borracho, cabeceará como una choza.
Tanto le pesará su pecado, que se desplomará y no se
levantará más.

Aquel día, juzgará el Señor a los ejércitos del cielo en el


cielo, y a los reyes de la tierra en la tierra. Se van
agrupando, presos en la mazmorra, y quedan encerrados;
pasados muchos días comparecerán a juicio. La luna llena
se sonrojará, el sol ardiente se avergonzará, cuando reine
el Señor de los ejércitos en el monte Sión y en Jerusalén,
lleno de gloria ante su senado.

Señor, tú eres mi Dios, te alabaré y te daré gracias porque


has realizado maravillas, antiguos designios firmes y
seguros. Convertiste la ciudad en escombros, la plaza
fuerte en ruinas, el castillo enemigo no será ya jamás
rescontruido.
Por eso te glorifica un pueblo fuerte. Y la capital de los
tiranos te temerá porque has sido baluarte para el pobre,
fortaleza para el desvalido en su angustia, parapeto contra
el aguacero, sombra contra el calor. Porque el ánimo de los
tiranos es como lluvia en invierno, como canícula en la
tierra seca. Mas tú mitigas la canícula con sombra de
nubes, tú humillas el canto de los tiranos.

RESPONSORIO Cf. Is 25, 1-4

R. Señor, tú eres mi Dios, te alabaré y te daré


gracias * porque has realizado maravillas.
V. Has sido baluarte para el pobre, fortaleza para el
desvalido en su angustia.
R. Porque has realizado maravillas.

SEGUNDA LECTURA
De la Constitución dogmática Lumen géntium, sobre la
Iglesia, del Concilio Vaticano segundo (Núm. 48)

SOBRE LA ÍNDOLE ESCATOLÓGICA DE LA IGLESIA


PEREGRINANTE

La Iglesia, a la que todos hemos sido llamados en Cristo


Jesús y en la cual, por la gracia de Dios, adquirimos la
santidad, no será llevada a su plena perfección sino cuando
llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas.
Entonces, junto con el género humano, también será
perfectamente renovado el universo entero, que está
íntimamente unido con el hombre y por él alcanza su fin.

Porque Cristo, levantado en alto sobre la tierra, atrajo


hacia sí a todos los hombres; habiendo resucitado de entre
los muertos, envió a su Espíritu vivificador sobre sus
discípulos y por él constituyó a su cuerpo, que es la Iglesia,
como sacramento universal de salvación. Ahora, sentado a
la derecha del Padre, actúa sin cesar en el mundo para
conducir a los hombres a su Iglesia. Por ella los une más
estrechamente a sí y, alimentándolos con su propio cuerpo
y sangre, los hace partícipes de su vida gloriosa.

Por tanto, la restauración prometida que esperamos ya


comenzó en Cristo, recibe un nuevo impulso con la venida
del Espíritu Santo y continúa por medio de él en la Iglesia;
en ella por la fe somos instruidos también acerca del
sentido de nuestra vida temporal, en tanto que con la
esperanza de los bienes futuros llevamos a cabo la obra
que el Padre nos ha confiado en el mundo y trabajamos
por nuestra salvación.

Ha llegado hasta nosotros la plenitud de los tiempos; la


renovación del mundo está irrevocablemente decretada y
empieza a realizarse en cierto modo en el siglo presente,
pues la Iglesia, ya en la tierra, posee una verdadera
santidad, aunque imperfecta.
Y mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que
tenga su morada la justicia, la Iglesia peregrinante, en sus
sacramentos e instituciones, que pertenecen a este
tiempo, lleva consigo la imagen de este mundo que pasa, y
ella misma vive entre las creaturas que hasta el presente
gimen y sufren dolores de parto, anhelando la
manifestación de los hijos de Dios.

RESPONSORIO Flp 3, 20b-21; Tt 2, 12-13

R. Esperamos que venga como salvador Cristo Jesús, el


Señor. * Él transfigurará nuestro cuerpo de humilde
condición en un cuerpo glorioso, semejante al suyo.
V. Vivamos con sensatez, justicia y religiosidad en esta
vida, aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la
gloria del gran Dios.
R. Él transfigurará nuestro cuerpo de humilde condición en
un cuerpo glorioso, semejante al suyo.

ORACIÓN.

OREMOS,
Dios nuestro, que has proclamado tu salvación a todos los
confines de la tierra, concédenos esperar con alegría las
fiestas del nacimiento del Salvador, Jesucristo, tu Hijo. Él,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es
Dios, por los siglos de los siglos.
Amén
CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.
LAUDES
INVITATORIO

V. Dios mío, ven en mi auxilio


R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al
Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de
los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: VEN, SEÑOR, NO TARDES

Ven, Señor, no tardes,


Ven, que te esperamos;
Ven, Señor, no tardes,
ven pronto, Señor.

El mundo muere de frío,


el alma perdió el calor,
los hombres no son hermanos
porque han matado al Amor.

Envuelto en noche sombría,


gime el mundo de pavor;
va en busca de una esperanza,
buscando tu fe, Señor.
Al mundo le falta vida
y le falta corazón;
le falta cielo en la tierra,
si no lo riega tu amor.

Rompa el cielo su silencio,


baje el rocío a la flor,
ven, Señor, no tardes tanto,
ven, Señor. Amén.

SALMODIA

Antífona 1: Envíame, Señor, tu luz y tu verdad.

Salmo 42 - DESEO DEL TEMPLO

Hazme justicia, ¡oh Dios!, defiende mi causa


contra gente sin piedad,
sálvame del hombre traidor y malvado.

Tú eres mi Dios y protector,


¿por qué me rechazas?
¿Por qué voy andando sombrío,
hostigado por mi enemigo?

Envía tu luz y tu verdad:


que ellas me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo,
hasta tu morada.
Que yo me acerque al altar de Dios,
al Dios de mi alegría;
que te dé gracias al son de la cítara,
Señor, Dios mío.

¿Por qué te acongojas, alma mía,


por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.


Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de
los siglos. Amén.

Antífona: Envíame, Señor, tu luz y tu verdad.

Antífona 2: Protégenos, Señor, todos los días de nuestra


vida.

Cántico: ANGUSTIA DE UN MORIBUNDO Y ALEGRÍA DE LA


CURACIÓN Is 38, 10-14. 17-20

Yo pensé: «En medio de mis días


tengo que marchar hacia las puertas del abismo;
me privan del resto de mis años.»
Yo pensé: «Ya no veré más al Señor
en la tierra de los vivos,
ya no miraré a los hombres
entre los habitantes del mundo.

Levantan y enrollan mi vida


como una tienda de pastores.
Como un tejedor devanaba yo mi vida,
y me cortan la trama.»

Día y noche me estás acabando,


sollozo hasta el amanecer.
Me quiebras los huesos como un león,
día y noche me estás acabando.

Estoy piando como una golondrina,


gimo como una paloma.
Mis ojos mirando al cielo se consumen:
¡Señor, que me oprimen, sal fiador por mí!

Me has curado, me has hecho revivir,


la amargura se me volvió paz
cuando detuviste mi alma ante la tumba vacía
y volviste la espalda a todos mis pecados.

El abismo no te da gracias,
ni la muerte te alaba,
ni esperan en tu fidelidad
los que bajan a la fosa.
Los vivos, los vivos son quienes te alaban:
como yo ahora.
El Padre enseña a sus hijos tu fidelidad.

Sálvame, Señor, y tocaremos nuestras arpas


todos nuestros días en la casa del Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.


Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de
los siglos. Amén.

Antífona: Protégenos, Señor, todos los días de nuestra


vida.

Antífona 3: ¡Oh Dios!, tu mereces un himno en Sión.

Salmo 64 - SOLEMNE ACCIÓN DE GRACIAS.

¡Oh Dios!, tú mereces un himno en Sión,


y a ti se te cumplen los votos,
porque tú escuchas las súplicas.

A ti acude todo mortal


a causa de sus culpas;
nuestros delitos nos abruman,
pero tú los perdonas.
Dichoso el que tú eliges y acercas
para que viva en tus atrios:
que nos saciemos de los bienes de tu casa,
de los dones sagrados de tu templo.

Con portentos de justicia nos respondes,


Dios, salvador nuestro;
tú, esperanza del confín de la tierra
y del océano remoto;

Tú que afianzas los montes con tu fuerza,


ceñido de poder;
tú que reprimes el estruendo del mar,
el estruendo de las olas
y el tumulto de los pueblos.

Los habitantes del extremo del orbe


se sobrecogen ante tus signos,
y a las puertas de la aurora y del ocaso
las llenas de júbilo.

Tú cuidas de la tierra, la riegas


y la enriqueces sin medida;
la acequia de Dios va llena de agua,
preparas los trigales;
riegas los surcos, igualas los terrones,
tu llovizna los deja mullidos,
bendices sus brotes;
coronas el año con tus bienes,
las rodadas de tu carro rezuman abundancia;

rezuman los pastos del páramo,


y las colinas se orlan de alegría;
las praderas se cubren de rebaños,
y los valles se visten de mieses,
que aclaman y cantan.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.


Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de
los siglos. Amén.

Antífona: ¡Oh Dios!, tu mereces un himno en Sión.

LECTURA BREVE Gn 49, 10

No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de


entre sus rodillas, hasta que venga el que ha de venir,
aquel a quien le está reservado, a quien rendirán
homenaje las naciones.
RESPONSORIO BREVE

V. Sobre ti, Jerusalén, amanecerá el Señor.


R. Sobre ti, Jerusalén, amanecerá el Señor.

V. Su gloria aparecerá sobre ti.


R. Amanecerá el Señor.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.


R. Sobre ti, Jerusalén, amanecerá el Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Antífona: «Alégrate y goza, hija de Sión, porque voy a venir


y habitaré en medio de ti», dice el Señor.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR Lc 1,


68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,


porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:
Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros
padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,


arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,


porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,


nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.


Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de
los siglos. Amén.
Antífona: «Alégrate y goza, hija de Sión, porque voy a venir
y habitaré en medio de ti», dice el Señor.

PRECES

Oremos, hermanos, a Cristo el Señor, luz que alumbra a


todo hombre, y digámosle con gozo:

Ven, Señor Jesús.

Que la luz de tu presencia disipe, Señor, nuestras tinieblas


y nos haga dignos de recibir tus dones.

Sálvanos, Señor Dios nuestro,


y durante todo el día daremos gracias a tu santo nombre.

Enciende nuestros corazones en tu amor, para que


deseemos ardientemente tu venida
y anhelemos vivir íntimamente unidos a ti.

Tú que quisiste experimentar nuestras dolencias,


socorre a los enfermos y a los que morirán en el día de hoy.

Se pueden añadir algunas intenciones libres


Recitemos las palabras de Jesús, pidiendo al Padre que
venga su reino:

Padre nuestro...

ORACION

Dios nuestro, que has proclamado tu salvación a todos los


confines de la tierra, concédenos esperar con alegría las
fiestas del nacimiento del Salvador, Jesucristo, tu Hijo. Él,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es
Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve


a la vida eterna.
R. Amén.

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