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IrmaElia ElHombreEnBuscaDeSentido FaseIII

La tercera fase de 'El hombre en busca de sentido' de Viktor Frankl se centra en la experiencia emocional de los prisioneros tras su liberación, revelando que la libertad física no garantiza una liberación interior inmediata. Frankl describe la despersonalización y el desencanto que sienten al regresar a un mundo que ya no reconocen, así como la necesidad de encontrar un nuevo sentido a sus vidas. Este proceso de reconstrucción emocional es lento y complejo, pero esencial para la sanación y la recuperación del sentido de la vida.
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IrmaElia ElHombreEnBuscaDeSentido FaseIII

La tercera fase de 'El hombre en busca de sentido' de Viktor Frankl se centra en la experiencia emocional de los prisioneros tras su liberación, revelando que la libertad física no garantiza una liberación interior inmediata. Frankl describe la despersonalización y el desencanto que sienten al regresar a un mundo que ya no reconocen, así como la necesidad de encontrar un nuevo sentido a sus vidas. Este proceso de reconstrucción emocional es lento y complejo, pero esencial para la sanación y la recuperación del sentido de la vida.
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Sociedad Mexicana de Filosofía y

Psicología Aplicada

ALUMNA: CALIXTO VAQUERO IRMA ELIA

PROFESOR: LIC. DAVID GUEVARA

FECHA ELABORACIÓN: 28 NOVIEMBRE 2025

TRABAJO: RESEÑA “EL HOMBRE EN BUSCA DE


SENTIDO” (FASE III)

EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO FASE III


(VIKTOR FRANKL)

La tercera parte de El hombre en busca de sentido es quizá la más


sorprendente, porque ya no se enfoca en el sufrimiento dentro del
campo de concentración, sino en lo que pasa justo después de la
liberación. Es una etapa que uno podría pensar que está llena de alegría,
celebración y alivio… pero Frankl la describe de una manera muy
diferente. Esta fase es extraña, emocionalmente confusa y
profundamente humana. Aquí es donde él explica cómo, aunque la
libertad llega por fin, la mente no puede cambiar de un día para otro. La
liberación física no significa automáticamente liberación interior.

Frankl empieza contando cómo fue ese primer momento cuando los
prisioneros se dieron cuenta de que eran libres. Y algo sorprendente es
que no hubo gritos de felicidad ni saltos de emoción. Más bien hubo una
sensación como de vacío. Estaban “libres”, sí, pero era una libertad que
se sentía irreal, casi ajena. La puerta del campo estaba abierta, podían
caminar… pero no sabían hacia dónde ni para qué. Es como cuando
sales de un lugar oscuro y la luz te encandila; necesitas un rato para
acostumbrarte.

Una de las cosas que más marca esta fase es lo que Frankl llama
“despersonalización”. Él explica que, después de tanto tiempo viviendo
bajo órdenes, humillaciones y miedo, la mente queda como
desconectada. Los prisioneros caminaban por los campos abiertos y
veían árboles, flores, animales… pero no sentían nada. No es que no
quisieran sentir; simplemente, las emociones no respondían. Frankl
recuerda que podía ver un paisaje hermoso frente a él y aun así sentirse
completamente vacío por dentro. Lo menciona con mucha honestidad,
como si fuera algo que ni él entendía del todo.

Otra parte fuerte es cuando habla de cómo los prisioneros liberados


tenían que reaprender a sentir. Cosas tan simples como reír, comer con
calma, confiar en alguien, incluso hablar de temas normales, se volvían
difíciles. Habían pasado tanto tiempo sobreviviendo, en modo
automático, que regresar al “mundo real” requería una reconstrucción
interna. Muchos se encontraban con que ya no sabían cómo
comportarse sin miedo.

Frankl también cuenta cómo, una vez libres, algunos prisioneros sentían
una especie de deseo de desahogar todo el enojo acumulado. No porque
fueran violentos por naturaleza, sino porque traían dentro la marca
profunda de los abusos sufridos.

Él confiesa que hubo momentos en que sintió ganas de gritar, de


reclamar, de tener algún tipo de justicia emocional. Pero también dice
que entendió que eso no sanaba nada. Que la verdadera libertad estaba
en no convertirse en lo mismo que los había lastimado.

Y sin embargo, esta fase no es solo sobre confusión y heridas. También


tiene momentos muy luminosos. Frankl describe la primera vez que
realmente pudo sentir algo después de la liberación. Fue cuando
caminaba por el campo, vio un paisaje abierto y por fin, después de días
sin sentir nada, se arrodilló y lloró. No por tristeza, sino por una especie
de desbordamiento emocional. Ahí entendió que la libertad empezaba a
tocarlo de verdad. Ese momento marca un antes y un después.

Uno de los temas más fuertes de esta fase es el “desencanto”. Frankl


explica que muchos prisioneros liberados volvían a sus hogares o
ciudades esperando recuperar algo de su vida anterior… Y descubrían
que nada era igual. Personas queridas ya no estaban. Sus trabajos se
habían perdido. Sus casas habían sido ocupadas o destruidas. Y lo más
doloroso: algunos descubrían que las personas que los sostenían en su
mente (y que fueron su razón para sobrevivir), ya habían muerto. Frankl
vivió algo así al regresar y enterarse del destino de su esposa. Ese
momento es devastador, y él lo narra sin dramatizar, pero con un dolor
que se siente.

También habla de cómo la gente fuera del campo no siempre entendía


por lo que los prisioneros habían pasado. Algunos esperaban que
“simplemente siguieran adelante”, como si recuperarse fuera tan fácil
como abrir una puerta. Pero Frankl explica que el sufrimiento vivido era
tan profundo que requería tiempo, paciencia y, sobre todo, sentido.

Aquí es donde vuelve a aparecer la idea principal del libro: el sentido.


Frankl dice que, una vez libre, tuvo que encontrar un nuevo significado
para lo que había vivido. No para justificarlo —porque nada justifica lo
que pasó—, sino para evitar quedar atrapado en el vacío o la amargura.
Esta reflexión es de las más importantes de esta fase, porque muestra
que el sentido no solo se busca en el sufrimiento mismo, sino también
después, cuando uno intenta recomponer su vida.

Frankl cuenta cómo poco a poco fue reconstruyéndose. Volvió a trabajar,


retomó su profesión, escribió este libro y, con el tiempo, descubrió que
su misión estaba en compartir lo aprendido. La libertad exterior vino
primero, pero la libertad interior tardó más. Y eso es lo que él quiere
transmitir: que la verdadera liberación no es solo física, sino espiritual y
emocional.

Esta tercera fase es menos conocida, pero es esencial para entender el


mensaje completo del libro. Aquí vemos lo que ocurre después del
horror, cómo la mente intenta adaptarse, cómo el corazón intenta sanar
y cómo el ser humano tiene que reconstruirse desde dentro. Es una fase
silenciosa, sin tanta acción como la vida dentro del campo, pero igual de
intensa. Frankl la describe con mucha honestidad: no como un final feliz,
sino como un proceso lento, confuso y muy personal.

En resumen, la tercera fase de El hombre en busca de sentido muestra


que la liberación no significa automáticamente felicidad. Al contrario:
muestra cómo las personas, después de sobrevivir a tanto dolor, deben
aprender a vivir otra vez. Frankl deja claro que recuperar la emoción, la
esperanza y el sentido no es inmediato, pero sí posible. Esta parte del
libro es un recordatorio de que la sanación llega, pero llega a su ritmo, y
que lo más importante no es lo que uno ha perdido, sino lo que todavía
es capaz de construir desde lo que queda.

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