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Pregunta 1

Las herejías trinitarias del monarquianismo y subordinacionismo desafían la comprensión ortodoxa de la Trinidad. El monarquianismo niega la distinción de las Personas divinas, mientras que el subordinacionismo establece una jerarquía que considera al Hijo y al Espíritu Santo como inferiores al Padre. Ambas posturas fueron rechazadas por la Iglesia primitiva, que defendió la igualdad y consustancialidad de las tres Personas en una sola esencia divina.

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Pregunta 1

Las herejías trinitarias del monarquianismo y subordinacionismo desafían la comprensión ortodoxa de la Trinidad. El monarquianismo niega la distinción de las Personas divinas, mientras que el subordinacionismo establece una jerarquía que considera al Hijo y al Espíritu Santo como inferiores al Padre. Ambas posturas fueron rechazadas por la Iglesia primitiva, que defendió la igualdad y consustancialidad de las tres Personas en una sola esencia divina.

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1.

Explicar las herejías trinitarias del monarquianismo y del


subordinacionismo.

Las herejías del monarquianismo y el subordinacionismo representan dos de


los desafíos teológicos más tempranos que intentaron estructurar la relación
entre la unidad estricta de Dios (monoteísmo) y la coexistencia de las
personas divinas (Padre, Hijo y Espíritu Santo). Ya que, mientras el
monarquianismo negaba la distinción de las Personas, reduciendo la Trinidad
a un solo sujeto con tres máscaras o modos temporales, el
subordinacionismo reconocía la distinción, pero minaba la igualdad y
consustancialidad (igualdad en naturaleza) del Hijo y del Espíritu con el
Padre. La doctrina ortodoxa, afirmada particularmente en el Concilio de
Nicea, defendió la igualdad de las tres Personas en una sola esencia divina,
refutando así los extremos de ambos errores, de esta manera ambas
posturas fueron rechazadas por la Iglesia primitiva, que defendió la igualdad
esencial y la consustancialidad de la Trinidad.

El Monarquianismo

El monarquianismo surgió con el objetivo de preservar la unicidad absoluta


de Dios, a lo que se denominó la "monarquía divina," hasta el punto de
negar cualquier distinción real de personas dentro de la Deidad. Esta
posición reduce a Dios a una sola persona o modo de manifestación. Se
desarrollaron dos vertientes principales bajo este error teológico:

1. Monarquianismo Dinámico (o Adopcionismo): Esta perspectiva


negaba la divinidad eterna de Cristo. Sostenía que Jesús era
esencialmente un hombre al que se le confirió poder divino (dynamis).
Según esta creencia, Jesús fue "adoptado" como Hijo de Dios,
generalmente en el momento de su bautismo. Por lo tanto, el
monarquianismo dinamista es considerado más una herejía cristológica,
ya que rechaza la divinidad plena del Hijo.

2. Monarquianismo Modalista (o Sabelianismo): Esta variante


afirmaba que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son hipóstasis
(personas) distintas, sino solamente "modos" o roles sucesivos que
utiliza la única Persona divina para manifestarse. Dios actuaría como
Padre en la creación y el Antiguo Testamento, como Hijo en la
Encarnación y la redención, y como Espíritu Santo en la santificación.
Una consecuencia directa de esta visión fue el Patripasianismo, que
implicaba que, al no ser el Hijo una persona distinta del Padre, fue el
mismo Dios Padre quien sufrió y murió en la cruz. En esencia, el
monarquianismo afirma que "Dios es uno, no tres personas".

El Subordinacionismo

A diferencia del monarquianismo, el subordinacionismo sí reconocía una


distinción entre el Padre y el Hijo. Sin embargo, su error fundamental residía
en que establecía una jerarquía ontológica al considerar que el Hijo y el
Espíritu Santo no poseían la misma esencia, poder o eternidad que el Padre,
sino que eran inferiores o dependientes de Él.

La idea central de esta herejía era colocar al Padre como el Dios supremo,
mientras que el Hijo era divino, pero creado o inferior, y el Espíritu Santo
aún más subordinado. El ejemplo más significativo y extremo de esta
tendencia fue el Arrianismo. Arrio enseñaba que el Hijo (el Logos) no era
coeterno con el Padre y, crucialmente, no era de la misma sustancia
(homoousios), sino que representaba la primera y más perfecta criatura,
creada por el Padre.

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