Alberto G.
Ibáñez, El Sacro Imperio Romano
Hispánico. Una mirada a nuestro pasado común
para una nueva Hispanidad. Córdoba, Editorial
Sekotia, 2023, 456 pp.
Carlos Leáñez Aristimuño
Universidad Simón Bolívar (Venezuela)
Alberto G. Ibáñez es un verdadero especialista en lo atinente a guerra
cultural en general y leyenda negra en particular. Así lo demuestran tres
libros recientes: La conjura silenciada contra España (2016), Historia del
odio a España (2018) y La guerra cultural. Los enemigos internos de España
y Occidente (2020), así como múltiples artículos publicados en revistas
arbitradas, prensa diaria e incluso sus múltiples intervenciones en las redes
sociales a través de conferencias y entrevistas. Su más reciente libro, El Sacro
Imperio Romano Hispánico. Una mirada a nuestro pasado común para una
nueva Hispanidad (2023), objeto de esta reseña, continúa y profundiza lo
esbozado en las últimas páginas de su libro anterior, donde asoma la época
virreinal como “un caso ignorado de éxito”.
Viene la obra dividida en tres partes y doce capítulos. La primera plantea
un tránsito “DEL DESPRECIO HISPANO A LA MIRADA APRECIATIVA”
(23)1, lo cual resume la intención que recorre todo el libro. En su primer capítulo,
referido a “LA DESTRUCCIÓN DE UN LEGADO COMÚN” (25) asevera
que “la historia ya no la escriben necesariamente los vencedores de las guerras
militares, sino los que vencen la batalla cultural día tras día”. Pasa entonces a
narrar cómo, ante un SIRH que amenazaba con una hegemonía mundial, surge
la propaganda negrolegendaria, esencial también en el hilo del tiempo para
la legitimación de las independencias hispanoamericanas –a las cuales Ibáñez
califica como secesión– y que trasciende incluso la caída del SIRH, dado que los
nuevos poderes toman conciencia “de que la leyenda negra hispanófoba servía
como una excelente cortina de humo para ocultar sus propias fechorías, mucho
más terribles”. Se mantiene incólume la leyenda negra hasta hoy a través de
agentes como el Foro de Sao Paulo. Pero hay oposición y es creciente. Resaltan
aquí Ricardo García Cárcel, Carmen Iglesias, Julián Marías, Gustavo Bueno
y, a partir del siglo XXI, Luis Español, García Hernán, Iván Vélez, María José
Villaverde, Francisco Castilla y nuestro autor, que ve en Imperiofobia, de María
Elvira Roca Barea, “un antes y un después debido a su enorme éxito”.
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Todas las citas provienen del libro reseñado. Al comienzo de los párrafos que aluden a capítulos
o partes del libro se encontrará señalada su respectiva página de inicio.
Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56.
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El segundo capítulo, titulado “HISTORIOTERAPIA FRENTE A
HISPANOBOBERÍA” (65), versa sobre lo que Ibáñez denomina historioterapia,
nueva disciplina que traslada trabajos sobre autoestima personal a nivel social.
Considero que aquí se halla el aporte más útil, más liberador de este libro, razón
por la que me permito citarlo ampliamente. Parte de que resulta imperativa
“una base firme para poder saltar hacia el cielo o el futuro, y esa es un relato
sano y positivo de nuestro pasado”. Añade certeramente: “si alguien, por
motivos espurios, ha roto el relato empoderante que nos une, nuestra obligación
e interés primordial es repararlo”. Percibe “una enorme fuerza interior latente
dentro del mundo hispano, una gran bolsa de energía oculta e inaccesible que
se encuentra bloqueada por un relato negativo y falso […] se ha producido una
suerte de seppuku histórico-cultural, al aceptar la versión de la historia que más
daño nos hacía y que más alentaba la división y el debilitamiento de nuestra
conciencia colectiva […] Tomar consciencia de la leyenda negra es el paso
imprescindible para poder dar un nuevo valor a nuestra historia común […]
sin tomar consciencia de la herida ni de la oscuridad que nubla nuestro pasado
no se puede curar esta ni dejar que entre la luz”. El relato que nos lastra nos
asigna el rol de víctimas y “lo que procede es integrar y superar lo sucedido”.
Cierra el capítulo documentando “creencias limitantes y obsesiones fatales”,
siendo la primera “el mito del paraíso prehispánico”, cuando en realidad en
los tiempos precolombinos “las guerras internas eran moneda de cambio,
había esclavitud, existían pueblos sometidos por otros pueblos, sacrificios
humanos, canibalismo”, panorama que hacía que la colaboración de indígenas
con los recién llegados fuera masiva y totalmente determinante. El segundo
factor mencionado es “el falso ‘genocidio’ hispano”, cortina de humo sobre las
atrocidades cometidas por otras potencias y por los gobiernos criollos, de las
cuales da minuciosa cuenta. Otros son el comunismo y el indigenismo, a los que
considera “las amenazas más serias para la democracia en Hispanoamérica”.
El capítulo tercero, “ENFRENTAR NUESTRA SOMBRA COLECTIVA:
DEFENDER UN LEGADO PARA GANAR EL FUTURO” (109), escudriña
tres elementos: relato, lenguaje e imágenes. Plantea Ibáñez aquí que para acceder
a un relato “equilibrado psicológicamente” hay que pasar por una narración de
hechos ciertos, pero enfocada en lo positivo para superar “el trauma y la herida”
de siglos llenos de “mentiras, exageraciones y medias verdades”. Esto completa
acertadamente la historioterapia esbozada en el capítulo anterior. Se detiene en
“la fuerza de las palabras” que, al posarse sobre el fenómeno, lo distorsionan a
nuestro desmedro. Denuncia así cómo los conquistadores pasaron “de pioneros
y fundadores a demonios”, cómo el nuevo continente terminó rotulado como
América, “cuando ha debido ser Colombia o Pinzonia”, cómo Latinoamérica
sustituyó a Hispanoamérica. Igualmente aborda “la fuerza de las imágenes”
desde las ilustraciones de De Bry en La brevísima relación de la destrucción de
Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56.
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las Indias, pasando por el derribo de estatuas de fray Junípero, Colón, el Cid,
don Pelayo, y por el trato desigual dado a las imágenes de la quema de brujas
en otras partes de Europa –100 000 víctimas– respecto a las de la Inquisición
española –3000 víctimas–. Trae a colación finalmente cómo la filmografía
anglosajona tiene en su mira “no solo lo español, sino lo hispano en general
y lo católico en particular” y genera una “marca cultural potente” apuntalando
personajes de ficción como el Rey Arturo, Sherlock Holmes y James Bond,
mientras que los hispanos no logramos grandes producciones que pongan de
relieve a personajes reales y admirables como el Gran Capitán, Álvaro de
Bazán o Blas de Lezo. Remata indicando que hay que “hacer gran ‘cine de
aventuras’ con base histórica […] sabiendo que es el género que más éxito tiene
entre los jóvenes”.
El capítulo 4, “EL VERDADERO SUCESOR DEL IMPERIO ROMANO
FUE EL HISPÁNICO” (153), inicia la segunda parte del libro, titulada “UN
CASO DE ÉXITO COMPARTIDO: EL SACRO IMPERIO ROMANO
HISPÁNICO” (151). Empieza señalando que el que se tenga al Imperio
romano como “cuasiperfecto” es debido a que el mundo protestante, más que el
católico, “se apropió de su legado”. Roma fue violenta, esclavista, misógina…
pero “nos legaron una civilización”. Y, certero, agrega: “los modelos deben
juzgarse por sus resultados netos, no brutos”. Su falso heredero es el Sacro
Imperio Romano Germánico (SIRG), ya que no fue un imperio –dada la tensión
entre el sentimiento feudal y las monarquías nacionales, amén de carecer de
fronteras consolidadas–, no fue sacro –rompió varias veces con la Iglesia a
pesar de ser el papa quien coronaba al emperador y la mayoría de la población
era protestante– y no fue romano –no se hablaba latín–. Sí fue “uno de los
primeros y más extraordinarios y rentables productos del marketing político y
cultural” del norte de Europa. El norte capitalizó a Roma, pero el SIRH es su
“heredero natural ocultado”. Más aún: es “el imperio romano plus ultra”, ya
que: “difundió el derecho romano y la filosofía griega, pero fortalecidas con
las aportaciones de la escuela de Salamanca; extendió la religión romana, pero
reforzada por la doctrina social de la Iglesia (creada por teólogos españoles);
transmitió los avances tecnológicos, las técnicas de navegación y las
matemáticas, pero mejoradas con las aportaciones de los árabes; llevó el latín,
solo que modernizado en la forma de la lengua española que subsiste hasta
hoy”. A pesar de lo anterior, la reacción de los pueblos indígenas americanos,
que en los momentos de batalla secesionista fueron mayoritariamente leales a
la Corona, ha terminado por ser hostil a la herencia hispana, contrariamente al
orgullo con que asumen la herencia romana los hispanos, francos o germanos.
¿Cómo es esto posible y a quién aprovecha?, se interroga Ibáñez. Continúa
el capítulo con una sección referida al “Imperio anglosajón”, el cual, desde
los tiempos de Isabel I de Inglaterra, habría buscado derrotar y sustituir al
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SIRH. Hoy puede ser considerado un solo país configurado por los “Five Eyes”
(Canadá, Reino Unido, [Link]., Australia y Nueva Zelanda), construidos sobre
la base de la segregación y el exterminio de sus nativos originarios. Destaca
el miedo de los EE. UU. a “descubrir que sus verdaderos héroes no fueron
los personajes de ficción que pueblan las películas de Far West […] sino
grandes expedicionarios hispanos, con mayores créditos y dificultades” y el
desconocimiento de que, sin la intervención del SIRH en la guerra, la propia
independencia estadounidense no habría ocurrido sino mucho más tarde. Y
apunta que la verdadera fecha fundacional de los EE. UU. es el 2 de febrero de
1848, cuando se suscribe el Tratado de Guadalupe-Hidalgo y el país completa
el tamaño y la entidad actuales. “Unos crearon un nuevo imperio, los otros
acabaron con el que ya tenían”.
El capítulo 5, “BUEN GOBIERNO Y LEYES EJEMPLARES”, se pasea
en su primera sección por “los (grandes) fundadores y gobernadores del SIRH”,
pasando revista a los trastámara-austrias, “de semejantes o superiores méritos a
los que presumen de haber fundado otros países” y a los borbones, para quienes
reclama justicia: no son la causa de los principales problemas de España.
Describe luego el Estado de derecho hispano y el pacto del rey con el pueblo –“la
fidelidad debía operarse no solo de abajo arriba, sino de arriba abajo”–; apunta
el surgimiento de la independencia de las Cortes, la objetividad de la noción
de bien común, el avance que implicó el Derecho Indiano, las limitaciones al
poder regio. Pasa finalmente a abordar “el buen gobierno hispano” mediante la
descripción de sus instituciones. Los reyes “diseñaron un aparato burocrático
estable y moderno, digno de tal nombre, que tendría dos patas principales: los
consejos (por áreas geográficas y por materias) y los secretarios. El Consejo Real
y más tarde el Consejo de Estado […] serán los vertebradores y fundamento de
la Administración llamada ‘polisinoidal’”. El todo estaba sometido al control
de las audiencias reales –tribunales– prestigiosas y bastante independientes,
y a los “visitadores”, al Consejo de Indias, a tal punto que Humboldt puso de
relieve que los funcionarios de la Nueva España no podían ser acusados de
corrupción y que el sistema era capaz de someter a juicio a sus figuras cimeras:
Colón y Cortés, por ejemplo. Concluye el capítulo resaltando la ejemplaridad
y lo avanzado del marco normativo indiano. Citando a Henche, indica que las
Leyes de Burgos son la “primera declaración de derechos humanos y primer
código jurídico universal” y apunta la lista de derechos que sorprende todavía
hoy: prohibición de trabajar tras el cuarto mes de embarazo, prohibición del
trabajo de menores de catorce años, derecho a una vivienda digna, derecho
al descanso de cuarenta días por cada cinco meses de trabajo, el matrimonio
mestizo.
Se llega al capítulo seis: “LA ILUSTRACIÓN HISPANA OLVIDADA:
EL CANCELADO SIGLO XVI” (233) . Resulta aquí central la escuela de
Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56.
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Salamanca. Ella constituyó la primera globalización filosófica e intelectual,
pero el mundo lo ignora –ignora el siglo XVI– y pasa directamente al XVII
entronizando a Descartes y a Newton, con lo cual la historia del pensamiento
moderno queda incompleta. Salamanca está en la base del “liberalismo, los
derechos humanos, la idea del pueblo soberano, el derecho internacional, el
derecho natural, la noción de guerra justa, la ciencia económica”, la cartografía,
la astronomía y de ello da evidencias abundantes el autor a lo largo de este
capítulo, que remata indicando que “revisó y superó la filosofía griega y
el derecho romano sentando los fundamentos y las bases teóricas de la
Modernidad”.
No solo la espada y la cruz llegaron a América, también el compás.
Tal tesis plantea el capítulo 7, titulado “CIENCIA, TECNOLOGÍA E
INFRAESTRUCTURAS” (267). Al calor de la conexión entre los dos
hemisferios se desarrolló intensamente la astronomía, la náutica, la historia
natural, la metalurgia y surgió “una red de comunicaciones regulada técnica y
científicamente”. Sus autores han sido borrados. También que se realiza en el
seno del SIRH “la mayor inversión de infraestructuras de la historia”. Ciudades
–241 luego de 80 años de la llegada de Colón–, obras hidráulicas, hospitales,
universidades, puertos, astilleros, vías de comunicación terrestre. Esas obras
garantizaron el éxito del imperio abriendo vías de creación de riqueza.
La Hispanoamérica de comienzos del siglo XIX era una de las regiones
más prósperas del mundo, se nos indica en el capítulo 8, titulado “UNA
ECONOMÍA PRÓSPERA, SOLIDARIA Y GLOBAL” (291). La carga fiscal
era moderada y existía una solidaridad interna entre virreinatos que implicaba
aportes de los más ricos a los menos favorecidos. Además, “la mayor parte
de los recursos en América revertían en beneficio del propio continente”. La
metrópoli se relacionaba con cada espacio económico y “el comercio interno y
las transferencias de capital entre virreinatos cada vez fue mayor”, a tal punto
que, a principios del XIX, cabe hablar de “un espacio económico unido, con
mercado interno, políticas de solidaridad interterritorial, una moneda única (el
real de a ocho), idioma y religión comunes y libertad de comercio con Asia”.
¡El SIRH cae en su etapa de mayor prosperidad! Y, con las nuevas repúblicas,
se abre una decadencia aguda al implantarse un sistema que desquiciaba todo
lo previo y lo sustituía por esquemas inadaptados al servicio de poderes ajenos.
El SIRH se caracteriza por la mezcla en todos los ámbitos, plantea el
capítulo 9, titulado “MESTIZAJE, LENGUA Y CULTURA” (319). Da lugar
a un pueblo mestizo, algo inconcebible en otros imperios europeos, cuyas
élites se mantenían separadas totalmente de los locales, que eran relegados o
exterminados. Acaba además con la relación de cada raza con un continente
específico. Percibe el autor en la esencia de la América virreinal “un equilibrio
entre lo económico y social, haciendo compatibles un sano individualismo
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con una colectividad solidaria, la combinación entre alegría y seriedad,
entre imaginación y responsabilidad, entre espontaneidad y esfuerzo, entre
innovación y tradición”, amén de un papel relevante de las mujeres. Destaca
el peso de la cultura en poesía, pintura, escultura, música y pasa revista a la
implantación –esencialmente voluntaria y por necesidad– de la lengua española
como lengua vehicular que convivía con las locales y que tiene hoy un enorme
valor económico, cultural y geopolítico de primer orden.
Versa el capítulo 10 sobre temas de “MORAL Y RELIGIÓN” (345).
Se inicia sosteniendo que solo el SIRH puede ser considerado sacro: nunca
puso la divinidad a su servicio, sino lo contrario. Nunca, además, se consideró
“pueblo elegido” por ella. Pasa luego a comparar la moral hispana con la
anglosajona, viendo en la segunda cinco factores: “el comercio como religión
real, la doble moral, el pragmatismo, la astucia y el lema ‘nothing personal,
just business’” y en la primera “la primacía del idealismo, el honor, la dignidad
de todo ser humano, la justicia y el respeto a la palabra dada…”. Y anota que
la famosa picardía hispana se restringe a las relaciones particulares, “pero no
alcanza a la geoestrategia política, cultural o económica ni a cómo interpretar
el funcionamiento del mundo y de las relaciones internacionales”. En otro
apartado de ese capítulo, aclara que la expulsión de los judíos y moriscos no
ocurre por racismo, “sino por la necesidad de garantizar la cohesión religiosa
de un país con una frágil estructura y en proceso de consolidación, tras una
prolongada invasión”. Por lo demás, podían elegir quedarse convirtiéndose al
cristianismo, lo cual ocurrió mayoritariamente en el caso de los judíos. Con
respecto a la Inquisición, apunta que mientras existió (1480-1834) ocasionó
un máximo de tres mil personas ejecutadas –82 en América–, mientras que
otra serie de eventos europeos –represión de las brujas, por ejemplo– llegan
a ocasionar muchísimas más víctimas y sin la más mínima garantía procesal.
Asombra comparar los ejecutados por la Inquisición en América con los 82
000 ejecutados en 1487 como sacrificio en una semana por el emperador azteca
Ahítzotl. La nueva religión “acabó con la presencia de sacrificios humanos, la
antropofagia y el canibalismo y sobrevive hasta el día de hoy, donde la mayoría
de los hispanos se identifican como católicos”. Reprocha finalmente el autor a
la Iglesia su tibia actitud ante España a la cual debe, cual documenta, “su propia
supervivencia”, vistos las Navas de Tolosa, Lepanto, Salamanca, Trento y la
expansión americana.
La tercera –y última– parte del libro se titula “LA COMUNIDAD
HISPÁNICA: UN VIAJE A LA MEMORIA DEL FUTURO (LO QUE
PUEDE VOLVER A UNIRNOS)” (381) y se inicia con el capítulo 11:
“CORTÉS VERSUS BOLÍVAR: ¿QUIÉN ES MEJOR REFERENTE PARA EL
FUTURO DE LA HISPANIDAD?” (383). Plantea aquí el autor una “mutación
mítica”: más vale identificarse con una figura como la de Hernán Cortés que
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hacerlo con la de Simón Bolívar. Sin embargo, la identificación se da con el
venezolano, a pesar de que su saldo no es otro que “dos siglos de gobiernos
inestables, caudillajes, guerras civiles, decadencia económica y pobreza” y el
del extremeño “tres siglos de gobierno estable con paz interna y una expansión
que llegó a Alaska y Asia haciendo de Nueva España el polo comercial más
importante del mundo”; la identificación se da con Bolívar a pesar de que él
mismo, en 1830, año de su muerte, escribe: “nunca he visto con buenos ojos
las insurrecciones; y últimamente he deplorado hasta la que hemos hecho
contra los españoles”. Remata el autor refiriéndose a Cortés como encarnación
de virtudes muy necesarias hoy: “Valor y astucia, impulso emprendedor y
generosidad, inteligencia y lealtad: tres combinaciones que hemos olvidado en
el mundo hispano y que serían una base firme para un nuevo resurgir”.
Cierra el libro el capítulo 12, titulado “UNA COMUNIDAD HISPÁNICA
PARA HACER FRENTE AL DOMINIO CHINO Y ANGLO” (411). Indica
nuestro autor que “el mundo hispánico no se liberó con las llamadas guerras de
independencia, sino que entró en la verdadera fase de colonización económica,
social, política y cultural con Gobiernos títere de Inglaterra/EE. UU./URSS/
China”. Para un resurgimiento de nuestra comunidad propone un dodecálogo
en el que, entre otros puntos, plantea: “Reempoderarse de la propia historia, sin
esperar ni comprar acríticamente lo que viene de fuera […] Superar complejos
[…] Asumir la responsabilidad propia y abandonar el estado de víctima y los
chivos expiatorios […] Evitar planteamientos ya fracasados (comunismo) o
recetas pensadas para una realidad que ya no existe (indigenismo) […] Redirigir
una mirada apreciativa al pasado común […] Reivindicar lo que todavía nos
une […] Plantear instrumentos que nos hagan más fuertes […] Fomentar la
creación de partidos, instituciones, empresas y medios de comunicación
panhispanistas”, el todo defendiendo un liberalismo humanista hispano frente
al dominio chino y anglo con miras a desembocar en una Comunidad Hispánica
con fortaleza suficiente para determinar su propio rumbo.
Al cerrar las páginas del libro estimamos que el autor ha demostrado su
tesis principal: el Sacro Imperio Romano Germánico no fue sacro, vistas sus
mayorías protestantes y sus conflictos con la Iglesia católica, que coronaba a los
Emperadores; no fue romano, ya que no se hablaba latín ni lengua derivada de
él; no fue ni siquiera propiamente un imperio, dadas las tensiones entre lo feudal
y las monarquías nacionales, además de la ausencia de fronteras consolidadas.
Fue, sí, una “marca de prestigio” de la cual se apropió indebidamente el norte
de Europa. Ibáñez, con justicia, consciente del poder que implica el nombrar,
rescata esta marca: pertenece más bien al sur del continente, más concretamente
a España, que sí mantiene una continuidad católica y la traslada a América,
que sí forja claramente un imperio, que sí habla una lengua heredera del latín.
Y no solo eso: pone al día lo anterior y lo potencia gracias a la escuela de
Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56.
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Salamanca, la doctrina social de la Iglesia y avances tecnológicos en todos los
campos. Podemos pues, con toda propiedad, hablar de Sacro Imperio Romano
Hispánico (SIRH) para aludir a los siglos en los que la hispanidad estaba
unida en todos los planos y prescindir, por no ajustarse a la realidad, de la de
Sacro Imperio Romano Germánico. No es poca cosa. Estimamos también que
logra el objetivo planteado como subtítulo de la obra: Una mirada a nuestro
pasado común para una nueva Hispanidad. En efecto, partiendo de que el
mundo hispano está minado por el autoodio y la autodenigración, propone,
para reparar el profundo daño, la historioterapia y el tomar conciencia de la
fuerza del relato, las palabras y las imágenes en la guerra cultural. A partir
de las claves que en este sentido proporciona, logra reinterpretar el pasado de
forma veraz y positiva, es decir, pertinente, ya que desbloquea una conciencia
lesionada por una saturación de representaciones inhabilitantes. A partir de allí,
ciertamente es posible la mirada forjadora de una nueva hispanidad.
Ibáñez argumenta –en clara y fluida prosa– con lógica, precisión y pasión.
Apoya sus dichos en un impresionante aparato de citas, notas a pie de página,
abundante bibliografía. Y logra con todo lo anterior un libro estimulante de
planteamientos sólidos y útiles. Una obra capaz de restablecer coordenadas
colectivas e individuales de orgullo y pertenencia. Un escrito lleno de claves
para un reacomodo del tablero mundial en el que los hispanos recuperaríamos
la relevancia necesaria para asegurar nuestra continuidad.
Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56.
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