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El documento explora las redes intelectuales en América Latina, destacando la propuesta de Ángel Rama sobre la importancia de las religaciones internas y externas entre los intelectuales de la región. Se argumenta que estas redes permiten rescatar figuras marginales y comprender la dimensión colectiva del quehacer intelectual, desafiando nociones tradicionales de influencia y generación. A través de ejemplos y estudios recientes, se ilustra cómo estas conexiones han facilitado el intercambio de ideas y la construcción de identidades culturales en el contexto latinoamericano.

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El documento explora las redes intelectuales en América Latina, destacando la propuesta de Ángel Rama sobre la importancia de las religaciones internas y externas entre los intelectuales de la región. Se argumenta que estas redes permiten rescatar figuras marginales y comprender la dimensión colectiva del quehacer intelectual, desafiando nociones tradicionales de influencia y generación. A través de ejemplos y estudios recientes, se ilustra cómo estas conexiones han facilitado el intercambio de ideas y la construcción de identidades culturales en el contexto latinoamericano.

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Redes intelectuales

en América Latina:
una lectura desde los márgenes

Isabel de León Olivares

En una reunión celebrada en octubre de 1983 en la Univer-


sidad de Campinas, Brasil, frente a un auditorio que incluía,
entre otros, a Antonio Candido, Roberto Schwarz, José Luis
Martínez, Beatriz Sarlo y Ana Pizarro, el crítico uruguayo
Ángel Rama daba “algunas sugerencias de trabajo” para la
escritura de una historia comparada de la literatura latino-
americana.1 En aquella ocasión, además de proponer como
“tarea fundamental” la de aproximar a las literaturas hispano-
americanas y brasileñas; incluir capítulos sobre literaturas
en lenguas indígenas y literaturas de las Antillas no hispano-
hablantes; seguir una periodización que destacara rupturas
y continuidades desde la colonia, la “emancipación” y “el
tiempo presente”, Rama sugería integrar “pequeños capituli-

1
Ángel Rama, “Algunas sugerencias de trabajo para una aventura intelectual
de integración”, en A. Candido, R. Gutierrez Girardot, J.L. Martínez, D. Mi-
liani, C. Pacheco. A. Pizarro, A. Rama, J. Leenhardt, B. Sarlo y R. Schwarz,
La literatura latinoamericana como proceso, Buenos Aires, Centro Editor
de América Latina, 1985, pp. 85-97. El título y la revisión del texto de Rama
corrió a cargo de Ana Pizarro, quien convocó y coordinó la reunión en
Campinas, Brasil.
176 Isabel de León Olivares

llos” sobre un tema hasta ese momento poco explorado: el


acercamiento y la intercomunicación que, “despaciosamente
y con enorme dificultad”, se habían dado, a lo largo de la
historia latinoamericana, entre sus sectores letrados. “Creo
que incluso podría ser conveniente pensar en capítulos so-
bre lo que yo llamaría puntos de religación externos e inter-
nos”. Así se mostraría, en su opinión, “el funcionamiento del
sistema literario”.2 Por religación externa, Rama se refería a
aquellos “momentos históricos” en los que la vinculación de
los sectores literarios latinoamericanos se había dado en po-
los como París, Nueva York y Londres. Por religación interna,
a los “puntos de encuentro” ocurridos dentro de América La-
tina, gracias a la actuación de figuras como José Vasconcelos,
Pedro Henríquez Ureña o Manuel de Oliveira Lima, “casos
asombrosos y muy importantes [que] no han llegado a ser
puestos en plenitud”.3 Estas religaciones internas, afirmaba
Rama, comenzaron, sobre todo, hacia el final del siglo xix;
por ello, su historia debía arrancar ahí.
Debido a su repentina muerte, Rama ya no participó en
la escritura de estos tres tomos de literatura latinoamericana
que coordinaría la chilena Ana Pizarro.4 Sin embargo, su
propuesta de escribir “capitulillos” sobre el tema de las reli-
gaciones sentó un interesante precedente en la región, prefi-
gurando una línea de investigación que, desde entonces, no
ha dejado de ensancharse: los estudios sobre las llamadas

2
Ibid., pp. 89-90.
3
Ibid., p. 90.
4
Los tres tomos se publicaron en Brasil con los siguientes títulos: Ana Pizarro,
coord., América Latina: palavra, literatura e cultura, Volumen I: A situação
colonial, São Paulo, Memorial de América Latina, Editora de Unicamp, 1993;
Volumen II: Emancipação do discurso, Volumen III: Vanguardia e moderni-
dade, 1995. Sobre las redes académicas que hicieron posible el diseño y la
escritura de esta colección véase Claudio Maíz, “Entrevista con Ana Pizarro:
las redes de la crítica literaria y la gestación del proyecto de una historia
de la literatura latinoamericana”, Cuadernos del CILHA (Mendoza), núm. 1
(2013), pp. 167-178.
Redes intelectuales en América Latina 177

redes intelectuales en América Latina. Hoy en día se ha vuel-


to un lugar común utilizar la noción de red intelectual para
referirse a ese complejo entramado de relaciones y lazos que
tejen los intelectuales entre sí, gracias a los encuentros cara
a cara, los viajes, la correspondencia, las conferencias y con-
gresos, las asociaciones culturales y políticas, la publicación
de libros y revistas, las polémicas, las relaciones maestro-
discípulo y otros tantos medios que posibilitan contactos y
conexiones más allá de los límites impuestos por las catego-
rías sociales, el Estado-nación o la genealogía.
Junto a conceptos como el de sociabilidad intelectual o
el de constelación, el de red apunta a destacar esa dimen-
sión que, aunque tácita en el concepto de intelectual, no
en todo momento se señala: la dimensión colectiva que ha
acompañado, desde su aparición a finales del siglo xix, a
la figura del intelectual tanto en su actuación dentro del
espacio público, como al interior de su campo de creación.
Al enfatizar la relacionalidad que subyace al mundo de los
intelectuales, una posibilidad que se abre es la de rescatar
a figuras y textos marginales de la historia intelectual lati-
noamericana, para examinar la función que cumplen y han
cumplido en la construcción de eso que Rama llamó un
“sistema literario”. Esa es la lectura que propongo en este
trabajo: leer en clave de red las trayectorias de dos figuras
“menores” de una periferia antillana, Federico García Godoy
y Horacio Blanco Fombona, quienes a través de ensayos,
cartas y revistas se religaron con lo mejor de su tiempo,
participando en la fundación y difusión de una literatura
hispanoamericana a principios del siglo xx.

ii

En el libro colectivo Estrategias del pensar, Liliana Weinberg


advertía sobre la dificultad creciente que supone leer un tex-
178 Isabel de León Olivares

to, sobre todo una manifestación de la prosa de ideas como


el ensayo, “de manera reverencial y esencialista, como uni-
dades de sentido consumadas de una vez y para siempre”,5
olvidando las condiciones materiales de su producción, cir-
culación y recepción. Todo ensayo, afirma Weinberg, es un
texto en situación, inscrito, por consiguiente, en horizontes
interpretativos, debates de ideas, tradiciones y valores, lec-
turas y conceptos, motivos y rumores, de los cuales si bien
el ensayo abreva en busca de sentido, al mismo tiempo resig-
nifica y reinterpreta en el acto de su escritura.6 Si lleváramos
esta interpretación al plano de la historia de los intelectuales,
se podría decir que la noción de red apunta en la misma di-
rección: mostrar que ya no es posible estudiar al intelectual
como ese sujeto creativo que escribe ideas en solitario, sino,
antes bien, como un individuo inscrito en circuitos de rela-
ciones y conexiones sociales que otorgan una dimensión co-
lectiva y compartida al orden de su discurso y su quehacer.
Ésta es la propuesta que cohesiona a muchos de los es-
tudios que se están escribiendo dentro de la llamada “nue-
va” historia intelectual latinoamericana. Margarita Merbilhaá
propone acotar la noción de red para referirse a aquellas
prácticas informales de sociabilidad intelectual, es decir, a
las relaciones no codificadas ni del todo organizadas que
remiten a contactos múltiples, superpuestos, muchas veces
conflictivos, que vuelven visibles las condiciones sociales en
que se producen “las ideas y las formas de escritura crítica
dentro de un colectivo de escritores”.7 Eugenia Molina, por

5
Liliana Weinberg, coord., Estrategias del pensar: ensayo y prosa de ideas en
América Latina siglo xx, México, cialc-unam, 2010, p. 28.
6
Ibid., pp. 31-32.
7
Margarita Merbilhaá, “El estudio de las formas materiales de la sociabilidad
intelectual. Algunas cuestiones metodológicas en torno a las redes entre
escritores latinoamericanos”, VIII Congreso Internacional Orbis Tertius de
Teoría y Crítica Literaria, disponible en: http://citclot.fahce.unlp.edu.ar/
viii-congreso/actas-2012/Merbilhaa-%20Margarita.pdf, consultado el 28 de
enero de 2014.
Redes intelectuales en América Latina 179

su parte, apela a una noción más amplia, a fin de incluir a


todos los grupos y las relaciones sociales al interior de los
cuales los intelectuales no solo obtienen recursos para cum-
plir sus objetivos y aspiraciones sino que, además, asimilan
comportamientos, valores, ideas y discursos.8
Para autores como Eduardo Devés, Claudio Maíz y Álva-
ro Fernández Bravo, la red intelectual funciona como una
categoría dinámica, porosa y elástica que, entre otras cosas,
podría reemplazar nociones como la de influencia y la de
generación, dos pilares que durante mucho tiempo asistie-
ron a la historiografía literaria latinoamericana. Al respecto
explica Maíz, recuperando a Devés:

A la verticalidad atribuida a la relación Norte-Sur se le puede


confrontar la horizontalidad Sur-Sur de las redes, con lo cual la
“influencia” pierde su carácter privilegiado y hasta dogmático
[…]. Generación y campo intelectual al relacionarse con las
redes se alteran, en razón de que las edades dentro de la red
no son una condición excluyente. Es decir, conviven diferentes
franjas etarias y campo intelectual [sic], asociado a las disputas
por el poder o por el capital socio-cultural, al ponerlo en con-
tacto con el funcionamiento de las redes, la colaboración —ras-
go distintito de la red intelectual— deja escaso o ningún lugar
al conflicto o a la competencia.9

A partir de esta crítica, el planteamiento de Maíz se dirige


a insertar la figura del intelectual dentro de la tríada pro-
puesta por Christophe Prochasson, a saber: identificarlo con
sus lugares de encuentro y actividad (lieux), sus medios de

8
Eugenia Molina, “Aportes para un estudio del movimiento romántico ar-
gentino desde la perspectiva metodológica de redes (1830-1852)”, Revista
Universum (Talca), núm. 12 (2000), pp. 399 y 402.
9
Claudio Maíz, “La eficacia de las redes en la transferencia de bienes simbóli-
cos: el ejemplo del modernismo hispanoamericano”, Alpha (Osorno), núm.
33 (2011), p. 33.
180 Isabel de León Olivares

expresión y comunicación (milieux) y la compleja red de


relaciones que teje a su alrededor (réseaux).10
Entendida, entonces, como un “lenguaje de los víncu-
los”,11 la idea de red intelectual está abriendo numerosas
vetas de investigación. Algunos autores, por ejemplo, la
emplean para reconstruir los itinerarios de aquellos inte-
lectuales latinoamericanos que no circunscribieron su acti-
vidad a las fronteras de un Estado-nación sino que, por el
contrario, atravesaron países y forjaron relaciones con los
escritores más diversos, haciéndose partícipes de un inter-
cambio transnacional de ideas y textos que les permitió
ganarse un lugar dentro de la competitiva y desigual “re-
pública mundial de las letras”.12 En esta línea se inscriben
trabajos como el de Alexandra Pita sobre las redes intelec-
tuales que, en la década de 1920, forjaron José Ingenieros y
un grupo de jóvenes argentinos a través de una asociación
de carácter antiimperialista y latinoamericanista como fue
la Unión Latino América y la publicación de su Boletín Re-
novación;13 o el libro de Fernanda Beigel sobre las redes
editoriales de José Carlos Mariátegui, quien a través de la
publicación de revistas y la fundación de dos editoriales
—Minerva y Amauta— logró construir un extenso circuito
de conexiones y comunicaciones con las vanguardias de
Perú, América Latina y Europa.14

10
Claudio Maíz, “Las re(d)vistas latinoamericanas y las tramas culturales: redes
de difusión en el romanticismo y el modernismo”, Cuadernos del CILHA
(Mendoza), núm. 14 (2011), pp. 76-77.
11
Ibid., p. 28.
12
Pascale Casanova, La República mundial de las Letras, Barcelona, Anagra-
ma, 2001.
13
Alexandra Pita González, La Unión Latino Americana y el Boletín “Reno-
vación”. Redes de intelectuales y revistas culturales en la década de 1920,
México, El Colegio de México-Universidad de Colima, 2009.
14
Fernanda Beigel, La epopeya de una generación y una revista. Las redes edi-
toriales de José Carlos Mariátegui en América Latina, Buenos Aires, Biblos,
2006.
Redes intelectuales en América Latina 181

Otros estudiosos enfocan el análisis en los bienes sim-


bólicos —textos, ideas, discursos, objetos, imágenes— que,
precisamente, circulan y se distribuyen gracias al funciona-
miento de las redes forjadas entre autores o entre campos
intelectuales diversos y distantes. Se pueden mencionar al
respecto, las investigaciones coordinadas por Miruna Achim
y Aimer Granados, reunidas en el libro Itinerarios e inter-
cambios en la historia intelectual de México, en las que se
hace un seguimiento de “personas, cosas, libros, textos, esti-
los, que se desplazan, circulan, son intercambiados, se cru-
zan, van y vienen entre México y el mundo”. La propuesta
de estos autores es examinar cómo la construcción de ideas
y significados culturales se puede abordar no sólo desde las
raíces sino también desde las rutas, tránsitos, movimientos
y pasajes de los bienes simbólicos.15 En este mismo tenor
se halla el sugerente trabajo de Horacio Tarcus, quien al re-
construir las redes intelectuales forjadas alrededor del bino-
mio integrado por José Carlos Mariátegui y “su principal co-
rresponsal argentino”, Samuel Glusberg, expone cómo fue
posible la circulación y la recepción de las ideas del intelec-
tual peruano en la Argentina de 1920-1930, pero, además,
cómo se dio el intenso movimiento e intercambio “de los
universitarios reformistas, de los apristas, de los comunistas,
de los escritores” y de numerosas publicaciones latinoame-
ricanas que dieron cuenta del acalorado debate de aque-
llos años entre hispanismo/americanismo, antiimperialismo/
socialismo, socialismo/comunismo, vanguardias/realismo.16
Ligadas a esto último, se pueden señalar aquellas investi-
gaciones que problematizan, precisamente, en torno al papel
que han cumplido las redes intelectuales en la construcción

15
Miruna Achim y Aimer Granados, comps., Itinerarios e intercambios en la
historia intelectual de México, México, Conaculta-uam-Cuajimalpa, 2011.
16
Horacio Tarcus, Mariátegui en la Argentina o las políticas culturales de
Samuel Glusberg, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 2001.
182 Isabel de León Olivares

de discursos de identidad regional —hispanoamericanismo,


latinoamericanismo, antiimperialismo— o en la configuración
de movimientos literarios y/o políticos de alcances continen-
tales —tales como el modernismo en la literatura o el aprismo
en el terreno político.17 El ensayo pionero de Susana Zanetti
sobre los medios de religación que permitieron forjar múl-
tiples redes en la América Latina de finales del siglo xix y
principios del siglo xx, sigue siendo ejemplar en ese sentido.
En el texto “Modernidad y religación: una perspectiva con-
tinental”, Zanetti muestra cómo gracias a los contactos, las
relaciones y las conexiones que lograron establecerse entre
escritores hispanoamericanos durante el periodo de 1880-
1916, se pudo inaugurar un momento fundacional de la lite-
ratura hispanoamericana: momento de gestación de la auto-
nomía de un discurso literario y un mercado moderno, al
interior del cual los letrados encararon, por primera vez, su
experiencia singular y nacional desde una dimensión mayor
que las contuvo y que empezó a reconocer modelos pro-
pios. Dentro de este entramado, autores como Rubén Da-
río, José Martí, Manuel Ugarte, José Enrique Rodó, Leopoldo
Lugones, José Ingenieros, José Vasconcelos, entre otros, se
convirtieron en figuras nodales de constelaciones de escri-
tores e intelectuales hispanoamericanos, “productores de un
sólido cuerpo de textos, cuya circulación e intercambio po-
sibilitaba el encuentro y la intercomunicación activa, acor-

17
Ricardo Melgar Bao, Redes e imaginario del exilio en México y América La-
tina, Buenos Aires, Ediciones Libros en Red, 2003; Martín Bergel y Ricardo
Martínez Mazzola, “América Latina como práctica. Modos de sociabilidad
intelectual de los reformistas universitarios (1918-1930)”, en Carlos Altami-
rano, dir., Historia de los intelectuales en América Latina II. Los avatares de
la “ciudad letrada” en el siglo XX, Buenos Aires, Katz, 2010, pp. 119-145;
Martín Bergel, “América Latina, pero desde abajo. Prácticas y representa-
ciones intelectuales de un ciclo histórico latinoamericanista”, Cuadernos de
Historia (Santiago de Chile), núm. 36 (2012), pp. 8-36.
Redes intelectuales en América Latina 183

taba distancias y permitía la percepción de lo común en las


diversas experiencias nacionales”.18
Y, finalmente, una cuarta línea de investigación es aquella
que está mostrando cómo en la base de la construcción de
disciplinas académicas en América Latina estuvo el funcio-
namiento de redes entre escritores de múltiples latitudes,
provenientes de diversos campos culturales e, incluso, con
distintas temporalidades. En el diálogo que, a través de re-
señas y otros medios, entablaron Pedro Henríquez Ureña,
José Carlos Mariátegui y Samuel Glusberg, Liliana Weinberg
ubica ese “cambio de rumbo en los caminos de nuestra his-
toria literaria” que llevaría a la aparición de la crítica literaria
como trabajo profesional del intelectual, “hermanada con el
nuevo abordaje de la categoría de ‘cultura’ en la interpreta-
ción de los procesos creativos”.19 Un planteamiento seme-
jante se halla en el trabajo de Jorge Myers sobre las redes
intelectuales de Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña, a
las que coloca como las “condiciones de posibilidad” que
permitieron la concepción de ese nuevo campo disciplinar
que habría de ser la historia cultural latinoamericana, la cual
tuvo en la colección Tierra Firme del Fondo de Cultura Eco-
nómica una de sus máximas manifestaciones.20
Un aspecto que merece la pena destacarse es que la ma-
yoría de estas investigaciones está haciendo de las cartas,21

18
Susana Zanetti, “Modernidad y religación: una perspectiva continental (1880-
1916)”, en Ana Pizarro, coord., op. cit., vol. II, pp. 489-534.
19
Liliana Weinberg, “Crítica literaria y trabajo intelectual”, en Selnich Vivas
Hurtado, coord., Utopías móviles. Nuevos caminos para la Historia Intelec-
tual en América Latina, Bogotá, Diente de León-Universidad de Antoquia,
2014, pp. 90-117.
20
Jorge Myers, “Gênese ‘ateneísta’ da história cultural latino-americana”, Tem-
po Social. Revista de Sociologia da usp (São Paulo), vol. 17, núm. 1 (2005),
pp. 9-54.
21
Claudio Maíz, Constelaciones unamunianas. Enlaces entre España y América
(1898-1920), Salamanca, Ediciones de la Universidad de Salamanca, 2009.
184 Isabel de León Olivares

las memorias,22 los ensayos,23 las empresas editoriales24 pero,


sobre todo, las revistas, las fuentes privilegiadas para la re-
construcción histórica de las redes intelectuales. Viejas fuen-
tes leídas desde nuevas perspectivas que, entre otras cosas,
resaltan la importancia de atender ya no sólo al contenido
y la forma de los textos sino también a su materialidad.
Como señala Roger Chartier, “no existe texto fuera del so-
porte que lo da a leer (o a escuchar) [...]. Los autores no
escriben libros: no, escriben textos que otros transforman
en objetos impresos”.25 Es en el momento de considerar esta
materialidad de los textos, que muchos de ellos funcionan
como nodos de redes, capaces de revelar los encuentros,
intercambios, conexiones y relaciones entre las figuras del
mundo intelectual que hicieron posible su existencia. En
especial, las revistas culturales que proliferaron en América
Latina hacia finales del siglo xix y a lo largo del xx están
siendo fuente y objeto de numerosas reflexiones al respec-
to.26 Dichas publicaciones periódicas son releídas como es-

22
Eugenia Molina, art. cit.
23
Liliana Weinberg, Situación del ensayo, México, ccydel-unam, 2006; Bea-
triz Colombi, “Alfonso Reyes y las ‘Notas sobre la inteligencia americana’:
una lectura en red”, Cuadernos del cilha (Mendoza), núm. 14 (2011), pp.
109-123; Florencia Bonfiglio, “El ensayo que se repite o el Caribe como lu-
gar-común (Antonio Benítez Rojo, Édouard Glissant, Kamau Brathwaite)”,
Anclajes (La Pampa), vol. XVIII, núm. 2 (2014), pp. 19-31.
24
Fabio Esposito, “Los editores españoles en la Argentina: redes comerciales,
políticas y culturales entre España y la Argentina (1892-1938)”, en Carlos
Altamirano, dir., op. cit., pp. 515-536; Alejandro Paredes, “Redes de coauto-
ría entre Europa y América Latina en la editorial Tierra Nueva (década de
1970)”, en Claudio Maíz y Álvaro Fernández Bravo, eds., op. cit., pp. 191-
234; Liliana Weinberg, “Cuadernos Americanos: la política editorial como
política cultural”, en Carlos Altamirano, dir., op. cit., pp. 235-258.
25
Roger Chartier, El mundo como representación. Estudios de historia cultu-
ral, España, Gedisa, 2005, p. 55.
26
Ximena Espeche, “Lo rioplatense en cuestión: el semanario Marcha y la in-
tegración (1955-1959)”, Cuadernos del cilha (Mendoza), núm. 14 (2011), pp.
153-172; Fernanda Beigel, “Las revistas culturales como documentos de la
historia latinoamericana”, Utopía y praxis latinoamericana (Venezuela), año
8, núm. 20 (2003), pp. 105-115; Susana Zanetti, “Redes múltiples en ‘El Cojo
Redes intelectuales en América Latina 185

pacios textuales de sociabilidad intelectual: lugares que al


posibilitar el encuentro de editores, publicistas, escritores,
críticos, traductores y otros agentes culturales, se trasmu-
taron en puntos de reunión virtual, donde los miembros
de un movimiento o una red podían darse cita “sin aten-
der [a] las edades, lugares, posiciones sociales, y a veces
ni jerarquías”.27 Para autoras como Alexandra Pita, Regina
Crespo, Susana Zanetti, las revistas constituyen “documentos
de cultura” que permiten visualizar tanto los nombres de
aquellos que participaban en una determinada red, como la
dinámica de sus vinculaciones: las ideas, los discursos y las
preocupaciones compartidas; las aspiraciones y los proyec-
tos comunes; “el mapa de lecturas” que suministraba tópicos
discursivos; sus lugares de enunciación y enlace; las posicio-
nes y/o tensiones que guardaban tanto al interior como al
exterior de los campos intelectuales a los que pertenecían o
pretendían pertenecer.
Pese a la existencia de este consenso en torno al uso de
las mismas fuentes, las estrategias metodológicas para re-
gistrar y desde ahí analizar las redes son diversas. Eduardo
Devés, por ejemplo, propone una metodología que consiste

Ilustrado’”, en Claudio Maíz y Álvaro Fernández Bravo, eds., op. cit., pp. 47-
76; Regina Crespo, coord., Revistas en América Latina: proyectos literarios,
políticos y culturales, México, cialc-Eón Editores, 2010; Alexandra Pita, “Las
revistas culturales como fuente de estudio de redes intelectuales”, dispo-
nible en: http://www.cialc.unam.mx/Revistas_literarias_y_culturales/PDF/
Articulos/Las_revistas_culturales_como_fuente_de_estudio_de_redes_inte-
lectuales.pdf, consultado el 30 de enero de 2014; Aimer Granados, coord.,
Las revistas en la historia intelectual de América Latina: redes, política, so-
ciedad y cultura, México, uam-Unidad Cuajimalpa, 2012; Francy Moreno
H., La invención de una cultura literaria: Sur y Orígenes. Dos revistas lati-
noamericanas del siglo xx, México, unam, 2014; Hanno Ehrlicher y Nanette
Ribler-Pipka, eds., Almacenes de un tiempo en fuga: revistas culturales en
la modernidad hispánica, disponible en: https://www.revistas-culturales.
de/es/buchseite/hanno-ehrlicher-nanette-ri%C3%9Fler-pipka-eds-almace-
nes-de-un-tiempo-en-fuga-revistas, consultado el 4 de enero de 2016.
27
Claudio Maíz, “Las re(d)vistas latinoamericanas”, art. cit., p. 89.
186 Isabel de León Olivares

en “formular una hipótesis respecto de las personas que es-


tarían envueltas y ubicarlas en una línea horizontal y en otra
vertical, estableciendo un cuadriculado”.28 En el eje de las X
deben anotarse los autores que serán objeto de la investiga-
ción, mientras que en el eje de las Y los nombres de los inte-
lectuales latinoamericanos con los que construyeron redes.
Al interior de cada casilla se efectúa el registro del lugar, la
fecha pero, sobre todo, los medios que posibilitaron la reli-
gación: encuentros cara a cara; correspondencia; congresos,
agrupaciones; prologación, comentario o presentación de
libros; publicación en los mismos medios; participación en
las mismas campañas o iniciativas; diálogos o polémicas;
citaciones recíprocas.29
Una segunda metodología es la que emplea programas
computacionales para el análisis de redes sociales (ars). Ex-
plica Alfredo Paredes que ésta tiene dos puntos de partida:
el método egocéntrico y el sociocéntrico. El primero consis-
te en recuperar desde el punto de vista analítico a una red
social en función de uno de sus participantes, a quien se pri-
vilegia sobre el resto de los miembros de la red. El segundo
parte del conocimiento de una población total, a partir de
la cual se indaga la existencia de redes. Una vez elegido el
punto de partida, el vaciado de la información se efectúa
haciendo uso de softwares específicos para el ars —Unicet,
Pajek, Egonet, Visone—. Estos generan los llamados “grafos”
que no son otra cosa que las redes sociales hechas imáge-
nes, apreciando sus niveles de integración y las jerarquías
entre sus miembros según trayectorias individuales o des-
empeños profesionales.30

28
Eduardo Devés, Redes intelectuales en América Latina. Hacia la constitu-
ción de una comunidad intelectual, Chile, Universidad de Santiago de Chi-
le, 2007, p. 32.
29
Ibid., pp. 32-33.
30
Alejandro Paredes, art. cit.
Redes intelectuales en América Latina 187

Existe una tercera metodología que, aun cuando no la he


hallado aplicada al caso latinoamericano, merece la pena
mencionarse porque, precisamente, sugiere la posibilidad
de poner en el centro de la atención a figuras marginales de
la historia intelectual latinoamericana. Se trata del método
generacional propuesto por el sociólogo estadounidense
Randall Collins en su libro Sociología de las filosofías. Una
teoría global del cambio intelectual.31 Su planteamiento está
construido sobre la base de dos premisas centrales. La pri-
mera señala que es la estructura reticular de las relaciones
entre los intelectuales, es decir, las redes que se forjan entre
ellos, lo que constituye la influencia social inmediata sobre
la construcción de las ideas. Los condicionamientos de clase
social, los factores políticos y los económicos actúan como
telón de fondo más que ocupar el primer plano de la causa-
lidad social, y sus efectos vienen mediados por el funciona-
miento de las redes. La segunda señala que es la dinámica
histórica de las redes en las que se forjan las identidades
sociales la que nos puede arrojar luz sobre la cuestión de la
autoridad intelectual, es decir, ayudar a responder por qué
sólo unos pocos intelectuales se vuelven figuras relevantes
en la historia de las ideas. De acuerdo con Collins, dicha
“grandeza intelectual” descansa no en la creatividad o ge-
nialidad del individuo, sino en las redes que supo forjar con
sus contemporáneos y, sobre todo, en su influencia sobre
las generaciones siguientes.32 De ahí entonces que su méto-
do consista en trazar redes considerando dos dimensiones:
una horizontal, en que quedarían registradas las redes for-
jadas por un intelectual con sus contemporáneos —colegas,
aliados y rivales—, y una vertical, que serviría para registrar
sus redes con las generaciones precedentes y consecuentes.

31
Randall Collins, Sociología de las filosofías. Una teoría global del cambio
intelectual, Barcelona, Editorial Hacer, 2005.
32
Ibid., p. 61.
188 Isabel de León Olivares

Aquí, el programa sociológico consiste en investigar cómo las


ideas que formulan los individuos vienen determinadas por
su emplazamiento en la red, tanto verticalmente, en términos
de sus predecesores, como horizontalmente, en términos de
sus aliados y sus rivales […]. Al escribir la historia de una red,
se está escribiendo también una explicación sociológica de la
construcción de las ideas.33

Siguiendo esta propuesta de Collins se vuelve pertinente


estudiar el papel que cumplen figuras menores y/o “perifé-
ricas” en la configuración de una historia intelectual trans-
nacional. En otras palabras, parece volverse relevante el re-
cuperar a aquellos escritores que, sin haber sido los grandes
productores de ideas, son por sus itinerarios capaces de
revelarnos “la parte rutinaria del mundo intelectual”, las li-
gas inferiores y subinferiores de las redes sobre las cuales
—como sostiene Collins— se encumbran las figuras con-
sagradas por la historia y la crítica. Ese el caso de Federi-
co García Godoy (1857-1924) y Horacio Blanco Fombona
(1889-1948), dos escritores pertenecientes al Caribe de prin-
cipios del siglo xx, esa subregión cuya paradójica insulari-
dad, reconocía Antonio Benítez Rojo, nunca ha impelido al
aislamiento sino todo lo contrario: al viaje, a la exploración,
a la búsqueda de rutas.34 O, como afirma Ottmar Ette, a la
relacionalidad y la dinámica que han hecho del espacio anti-
llano un mundo en movimiento, caracterizado por múltiples
procesos de superposiciones, entrecruzamientos y relacio-
nes recíprocas entre países, macrorregiones y continentes, y
cuyo estudio, por consiguiente, obliga a enfatizar las relacio-
nes y conexiones intra, inter y transregionales que vinculan
espacios, normas y formas de vida.35
33
Ibid., p. XXV.
34
Antonio Benítez Rojo, La isla que se repite, Barcelona, Editorial Casiopea,
1998, p. 41.
35
Ottmar Ette ha expuesto estos planteamientos en diversos trabajos. Véase
Ottmar Ette, Werner Mackenbach, Gesine Müller, Alexandra Ortiz Wallner,
Redes intelectuales en América Latina 189

Si no se analizaran en clave de red, quizá, ni Federico


García Godoy ni Horacio Blanco Fombona figurarían en una
historia general de la literatura o de las ideas en América
Latina. Vistos, sin embargo, en función de sus redes inte-
lectuales, uno se percata que su marginalidad y periferia
fueron relativas, ya que en su tiempo fungieron como voces
reconocidas y autorizadas de un campo intelectual domini-
cano en pleno proceso de formación. Gracias a los enlaces
que establecieron con los escritores latinoamericanos más
importantes del primer cuarto del siglo xx, participaron en
la construcción de ese momento fundacional de la literatura
hispanoamericana a la que se refiere Susana Zanetti. En ese
sentido, la lectura de sus redes permite ilustrar los alcances
de procesos que implicaron a toda la región: desde el surgi-
miento del intelectual latinoamericano hasta la profesionali-
zación de sus algunas de sus funciones —como la de crítico
literario o la de editorialista, por ejemplo—; desde la cons-
trucción de discursos de identidad regional, en diálogo con
los cuales se imaginaron las identidades nacionales, hasta
la circulación y transferencia de bienes simbólicos entre un
Caribe hispano y una Hispanoamérica continental, en cuyas
intersecciones se situaron ambos autores como destacados
importadores culturales.36 Detengámonos en esto último.

eds., Trans(it)Areas Convivencias en Centroamérica y el Caribe. Un simpo-


sio transareal, Berlín, Tranvía, 2011; Ottmar Ette, ed., El Caribe como pa-
radigma: convivencias y coincidencias históricas, culturales y estéticas. Un
simposio transareal, Berlín, Tranvía, 2012; Ottmar Ette, “De islas, fronteras y
vectores. Ensayo sobre el mundo insular fractal del Caribe”, Iberoamericana
(Berlín), vol. IV, núm. 16 (2004), pp. 129-143.
36
Esta noción de importador la retomo de Gustavo Sorá, Traducir el Brasil.
Una antropología de la circulación internacional de ideas, Buenos Aires,
Libros del Zorzal, 2003, pp. 36-37. De acuerdo con Sorá, el término “impor-
tador” sirve para destacar el sentido material y económico que conlleva
toda transferencia de textos o de conocimientos sobre textos, “en los cua-
les los actores comprometen una parte de su identidad social, asociando
su nombre a los objetos importados, presentándose, por lo tanto, como
garantes de su interés”.
190 Isabel de León Olivares

iii

Comencemos con el caso de Federico García Godoy, uno de


los tantos inmigrantes cubanos que con motivo de la guerra
de los Diez Años en Cuba buscaron refugio en otras islas del
Caribe. Desde su llegada a República Dominicana, en 1868,
fijó su residencia en las provincias norteñas de este país:
Puerto Plata, Santiago de los Caballeros, La Vega. Esta ubi-
cación geográfica le otorgó una peculiaridad a su quehacer
intelectual: García Godoy lejos de ser un residente perma-
nente de la ciudad letrada de Santo Domingo, fue un autor
que arribó al mundo de las letras y desarrolló la mayor par-
te de su obra desde los bordes de una periferia antillana. Fue
desde ahí, desde la fijeza de esa residencia provincial, que
García Godoy entró en contacto con los escritores latinoame-
ricanos más importantes de su tiempo: José Martí, José En-
rique Rodó, Rufino Blanco Fombona, Francisco García Cal-
derón, Manuel Ugarte, Pedro Henríquez Ureña, Martín Luis
Guzmán, Alfonso Reyes, Antonio Caso, entre muchos otros.
Pese al cosmopolitismo de su obra y al elitismo de su
quehacer, García Godoy fue un escritor que, a diferencia
de muchos de sus contemporáneos, no hizo del viaje un
elemento distintivo de su formación intelectual. De hecho,
se trató de un autor que sólo ocasionalmente salió de la
República Dominicana y, sin embargo, llegó a ser uno de
escritores antillanos más conocidos y reconocidos en el ex-
tranjero. ¿Cómo lo logró? Gracias a un intenso movimiento
de bienes simbólicos que lo puso en diálogo y conexión
con sus pares latinoamericanos. En efecto, García Godoy
tejió sus redes casi artesanalmente: mediante un prolífico in-
tercambio epistolar que conllevaba en todo momento un
intercambio de libros y revistas, y culminaba en los ensayos
de crítica literaria que escribía en torno a la obra de sus in-
terlocutores. De esta manera, anclado en su isla en el Caribe,
tan sólo trocando cartas y libros, García Godoy propagó su
Redes intelectuales en América Latina 191

obra en el extranjero, fungió como un activo difusor de la li-


teratura hispanoamericana en el Caribe y se encaminó hacia
una incipiente profesionalización de su quehacer como crí-
tico literario en una modalidad que, paradójicamente, nunca
concibió en términos nacionales sino hispano-americanos.
Dos autores fueron fundamentales en la historia religa-
dora de García Godoy. El primero de ellos fue José Enrique
Rodó, cuyo exitoso Ariel (1900) tuvo su primera edición fuera
del Uruguay en Santo Domingo en 1901, al cuidado de En-
rique Deschamps en la Revista Literaria.37 Aunque nunca se
conocieron personalmente, Rodó y García Godoy mantuvie-
ron una cordial amistad a través de una correspondencia que
iniciaron en 1901 y prolongaron hasta 1915.38 García Godoy
formó parte del “circuito arielista”39 que Rodó supo cons-
truir alrededor de sus obras e ideas y que tuvo en la carta
no sólo un medio privilegiado de comunicación, enlace y
sociabilidad intelectual sino, además, fue el vehículo para
el ejercicio de una práctica de antigua data: la circulación
internacional de libros a través de envíos realizados por
los propios autores. Como explican Martín Bergel y Ricar-
do Martínez Mazzola, “en tiempos en que los circuitos de
distribución editorial distaban mucho de estar aceitados, el
reconocimiento obtenido por un autor dependía en grado
no menor del esfuerzo que empeñase en dar a conocer sus
propias obras”.40
37
Diógenes Céspedes, “El efecto Rodó. Nacionalismo idealista vs. Nacionalis-
mo práctico. Los intelectuales antes de y bajo Trujillo”, en Los orígenes de la
ideología trujillista, Santo Domingo, Biblioteca Nacional Pedro Henríquez
Ureña, 2002, p. 149.
38
Véanse algunas cartas de ambos autores en Julio Jaime Julia, Rodó y Santo
Domingo (recopilación), Santo Domingo, Amigos del Hogar, 1971, pp. 21-
32; Revista Dominicana de Cultura (Ciudad Trujillo), vol. 1, núm. 2 (1955),
pp. 260-314.
39
Eduardo Devés, El pensamiento latinoamericano en el siglo XX, Tomo I.
Del Ariel de Rodó a la CEPAL (1900-1950), Buenos Aires-Santiago de Chile,
Biblios-Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2000, pp. 34-39.
40
Martín Bergel y Ricardo Martínez Mazzola, op. cit., pp. 123-124.
192 Isabel de León Olivares

La primera misiva de la que se tiene registro es la que Rodó


redactó en 1901 para agradecerle a García Godoy el envío
de su “interesante obra Impresiones” y remitirle “un ejemplar
de la obra que últimamente he publicado”. En esta carta
Rodó realizó uno de los primeros reconocimientos de Gar-
cía Godoy como crítico literario:

Me felicito de veras de haber conocido, mediante la lectura de


su libro, un espíritu tan felizmente dotado como el suyo. Veo
en sus excelentes críticas, verdaderas condiciones de criterio,
de cultura y buen gusto, de todo punto dignos de estimación
y de aplauso.
La circunstancia de ser tan pocos los que en América consa-
gran su actividad intelectual al ejercicio de la crítica, hace que
el conocimiento de una nueva obra americana pertinente a esa
manifestación literaria me impresione siempre gratamente. En
este caso, tal impresión está realzada por el mérito intrínseco
del libro.41

A partir de ese momento, las correspondencias entre am-


bos autores no cesaron: García Godoy recibió de Rodó car-
tas acompañadas de libros como Motivos de Proteo (1909)
y El mirador de Próspero (1913), y a cambio envío hasta
Uruguay sus Impresiones (1899), Perfiles y relieves (1907),
Rufinito (1907), La hora que pasa (1910), La patria y el héroe
(1911), Alma dominicana (1911) y otros textos sueltos en
los que se dedicó al análisis del pensamiento y la literatura
de su “siempre distinguido amigo” uruguayo.
Un hecho que merece la pena destacarse es que García Go-
doy, junto con los hermanos Henríquez Ureña, Pedro y Max,
fueron de los más activos difusores del arielismo en América
Latina, y lo fueron en un doble sentido, como críticos litera-
rios y como editores. El ejemplo está en el libro Ariel. Hacia

41
“Carta de José Enrique Rodó a Federico García Godoy, Montevideo, Abril 15
de 1901”, en Julio Jaime Julia, op. cit, p. 23.
Redes intelectuales en América Latina 193

1911 esta obra contaba con 9 ediciones: cuatro publicadas


en Montevideo, dos en México y tres más en Santo Domin-
go, La Habana y Valencia, respectivamente.42 Como ya se
señalaba, la primera edición fuera del Uruguay fue la domi-
nicana de 1901. En 1904, al trasladarse a Cuba, Max y Pedro
Henríquez Ureña fundaron en Santiago la revista Cuba Lite-
raria. Ariel salió como suplemento de la revista entre enero
y abril de 1905, alcanzando así su cuarta edición. En su pri-
mera estadía en México, Pedro Henríquez Ureña consiguió
que el general porfirista Bernardo Reyes, padre de Alfonso
Reyes, publicara una edición de lujo de Ariel, que apare-
ció en mayo de 1908. De acuerdo con el propio Henríquez
Ureña, esta edición inició el culto del Ariel en México, lo
que se confirmó cuando Porfirio Parra, en su calidad de
director de la Escuela Nacional Preparatoria de México, cos-
teó otra edición del libro para distribuirla entre profesores
y alumnos.43 A esta segunda edición mexicana le siguió,
finalmente, la española realizada por la editorial Semper.
Si Max y Pedro Henríquez Ureña promovieron las edicio-
nes cubana y mexicanas del Ariel, junto con García Godoy
cultivaron la crítica literaria en torno a las obras principales
de Rodó. Así lo llegó a expresar este último:

Acaso sea yo el intelectual dominicano que más y con mayor


elogio haya hablado del insigne autor de Ariel. Desde mi par-
ticular punto de vista crítico he juzgado o comentado con me-
recida alabanza todas sus obras. En la actualidad circulan o de-
ben circular por el mundo de las letras hispanoamericanas dos
estudios míos de bastante extensión referentes a él: uno que
figura en mi libro Americanismo literario, que acaba de editar
en Madrid la Biblioteca Andrés Bello, y otro que debe haberse

42
Susana Zanetti, op. cit., p. 19.
43
Alfonso García Morales, “Un capítulo del ‘Arielismo’: Rodó en México”, en
La crítica literaria española frente a la literatura latinoamericana, México,
unam, 1993, p. 97.
194 Isabel de León Olivares

ya publicado en Montevideo, escrito por especial encargo de la


Asociación de Estudiantes de Santo Domingo.44

García Godoy redactó reseñas críticas sobre Ariel, Motivos


de Proteo, Liberalismo y jacobinismo y El mirador de Próspe-
ro; y en su libro Americanismo literario le dedicó un esbozo
biobliográfico a Rodó, junto a las figuras de José Martí, Rufi-
no Blanco Fombona y Francisco García Calderón. No resulta
extraño que Carlos Real de Azúa, en una breve tipología
que propone sobre los “arielistas”, ubique a García Godoy
dentro del grupo de los “innegables”, es decir, entre aquellos
que en todo momento siguieron los preceptos del “Maestro”,
como ocurrió también con el cubano Jesús Castellanos, el
colombiano Carlos Arturo Torres, el peruano Francisco Gar-
cía Calderón y los venezolanos César Zumeta, Pedro Emilio
Coll y Pedro César Dominici.45
Pedro Henríquez Ureña fue el segundo interlocutor im-
portante en la trayectoria de García Godoy. En su joven com-
patriota tuvo al corresponsal ideal. En primer lugar, Pedro
Henríquez Ureña fue un amigo a distancia con el que pudo
dialogar ampliamente sobre el tema de la literatura hispa-
noamericana de su tiempo, los problemas de la nación do-
minicana, las impresiones de sus lecturas mutuas, el tema
del positivismo, las virtudes y los yerros de los escritores del
momento, entre otros asuntos. En segundo lugar, fungió
como su enlace con el campo intelectual mexicano de los
tiempos porfiristas y revolucionarios, hacia donde García Go-
doy envió obras y revistas culturales de República Domini-
cana y, en correspondencia, estableció comunicación con
Antonio Caso, Justo Sierra, Luis G. Urbina, Carlos Pereyra,

44
Federico García Godoy, “El renanismo de Rodó”, Cuba Contemporánea (La
Habana), tomo XIX, año VII, núm. 74 (febrero de 1919), pp. 108-109.
45
Carlos Real de Azúa, “Prólogo a Ariel”, en José Enrique Rodó, Ariel. Motivos
de Proteo, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1993, p. XXIV.
Redes intelectuales en América Latina 195

Alfonso Reyes, José Vasconcelos. Resultado de estas comu-


nicaciones epistolares fue la “importación” que hizo García
Godoy de libros como Puestas de sol (1910) de Luis G. Ur-
bina, Horas de estudio (1910) y La enseñanza de la litera-
tura (1913) de Pedro Henríquez Ureña, Cuestiones estéticas
(1911) de Alfonso Reyes, las Conferencias del Ateneo de la
Juventud de 1910, entre otros. En tercer lugar, Henríquez
Ureña posibilitó que García Godoy divulgara algunos de
sus escritos en Europa, tal como ocurrió cuando lo puso en
contacto con Francisco García Calderón, quien, residente en
París, publicó en su Revista de América el artículo titulado
“Actualidad política de República Dominicana” y en 1916
“un estudio sintético” sobre La literatura dominicana que
apareció en el número 91 de la prestigiada Revue Hispani-
que, dirigida por el francés Foulché Delbosc.
Una carta de García Godoy a Henríquez Ureña, fechada
el 10 de diciembre de 1909, sirve para mirar hacia el interior
de estas relaciones intelectuales que, en todo momento, fun-
gieron como circuitos de intercambio editorial:

Mi muy distinguido compatriota:


Recibí oportunamente su carta del 5 de octubre, y con algún
retardo los cuatro números de la Revista Moderna en que hay
dos trabajos de [Antonio] Caso y dos de U[ste]d.
Excelentes me parecen las apreciaciones de Caso sobre Nietzs-
che y Max Stirner. Se ve que conoce con bastante profundidad
la obra de esos dos extraños y geniales pensadores. Creía a Caso
mucho más viejo. Es un expositor fácil y agradable, a quien, con
bastante frecuencia, a manera de proyecciones luminosas, se es-
capan conceptos de alto sentido crítico. Lamento que no me
enviase las tres conferencias sobre el positivismo a que U[ste]d
se refiere en su oportuna y vigorosa impugnación […]. ¿Por qué
Caso no publica en un volumen todas sus hermosas conferen-
cias filosóficas? Salúdelo de mi parte y dígame su dirección.
Quiero enviarle La hora que pasa cuya impresión terminará a
fines de Enero próximo. En ese libro hay un estudio filosófico
196 Isabel de León Olivares

que dedico a U[ste]d. Mi juicio sobre Motivos de Proteo [de


Rodó] debe haber salido ya en El Cojo Ilustrado…46

La carta en García Godoy funcionó como espacio de en-


cuentro y diálogo con sus contemporáneos. Lugar para el
intercambio de ideas pero, también, para el intercambio de
obras, cuya lectura, en el caso de este autor dominicano-cu-
bano, siempre dio paso a la crítica literaria y, con ello, a la
constitución de un nuevo espacio de sociabilidad intelec-
tual: el ensayo. En efecto, a mi modo de ver, los ensayos
de crítica literaria escritos por García Godoy operan como
una especie de prolongación de las ideas y los encuentros
previamente efectuados en sus intercambios epistolares. Si
la carta constituye el punto de partida del encuentro intelec-
tual que se reactualiza durante la lectura de las obras inter-
cambiadas, el ensayo es en García Godoy la consumación
de ese encuentro: su (re)hacerse en el lenguaje por medio de
la reflexión, la crítica, la intertextualidad, la paráfrasis, el
comentario.
Liliana Weinberg en su libro Situación del ensayo pro-
pone una lectura de este género como prosa no ficcional
siempre orientada, siempre inscrita en un mundo valorado
sobre el que se despliega un juicio, una interpretación. El
ensayo funciona como un estilo del pensar sobre el mundo
que se hace estilo del decir y viceversa, capaz de ofrecernos
una doble perspectiva: por una parte remitirnos al mundo
que se está mirando e interpretando y, por otra, a la mirada
del autor intérprete. Esta relación dialógica que el ensayo
guarda con el mundo hace de este género una ventana para
mirar y reconstruir esa comunidad de sentido —tradiciones,
prácticas, instituciones, ideas, convenciones literarias, tex-
tos— en la que se inserta y se produce el ensayo, y a la cual

46
“Carta de Federico García Godoy a Pedro Henríquez Ureña. La Vega, Diciem-
bre 10 de 1909”, Revista Dominicana de Cultura (Ciudad Trujillo), vol. 1,
núm. 2 (1955), pp. 286-287.
Redes intelectuales en América Latina 197

éste contribuye a representar, recrear, conjeturar y restaurar


simbólicamente. El ensayo siempre es un diálogo con el mun-
do, con el aquí y el ahora de su autor; un género oscilando
permanentemente entre la soledad y la sociabilidad, inserto
en redes simbólicas de debate y formaciones culturales, tra-
diciones y discusiones que se albergan en un campo intelec-
tual o en esfera pública determinada.47
En sus ensayos de crítica literaria, García Godoy “restauró
simbólicamente” sus redes intelectuales y las dejó fijas en la
escritura. Un breve ejemplo: Páginas efímeras (movimiento
intelectual hispano-americano), texto colocado a mitad de
camino entre otras dos obras fundamentales del mismo au-
tor, La hora que pasa (1910) y Americanismo literario (1918).
Estos libros conformaron una trilogía en la que García Go-
doy desplegó su vocación de crítico literario. En el caso par-
ticular de Páginas efímeras se trata de una recopilación de
breves ensayos redactados en torno a la obra de catorce
escritores hispanoamericanos. La mayoría de esos ensayos
fueron publicados originalmente en revistas culturales de
República Dominicana —La Cuna de América y Ateneo—.
La primera edición de Páginas efímeras apareció en Santo
Domingo en 1912 y en 1915 el libro fue reeditado en Madrid
por la Editorial América de Rufino Blanco Fombona, bajo el
título La literatura americana de nuestros días.
En todos los textos que integran esta obra, la lectura hecha
por García Godoy de los libros y artículos que le han llegado
del exterior gracias al correo se convierte en el detonante de
la reflexión. De ahí que una y otra vez cada ensayo comien-
ce de la misma manera: “He recorrido con viva delectación
este libro interesante, de fácil y amena lectura, muy valioso
y apreciado obsequio del gran poeta y escritor”; “Hace ya
varios días […] que tengo en mi mesa de estudio este pre-
cioso tomo de ritmos que de México, la ciudad legendaria

47
Liliana Weinberg, op. cit., capítulo III.
198 Isabel de León Olivares

y gloriosa, me envía uno de los más eximios cultivadores


de la lírica hispanoamericana”.48 A partir de Roger Char-
tier, se puede decir que estamos ante textos en los que “se
anula el corte clásico entre escritura y lectura dado que aquí
la escritura es en sí misma lectura de otra escritura”.49
En Páginas efímeras los autores hispanoamericanos con
los que García Godoy se reencuentra son Rubén Darío, Luis
G. Urbina, Manuel Ugarte, Francisco García Calderón, José
de la Riva Agüero, Antonio Caso, Alfonso Reyes, José Vas-
concelos, Benjamín Vicuña Subercaseaux, Rufino Blanco
Fombona, y algunos dominicanos como Fabio Fiallo, Fran-
cisco Moscoso Puello, Tulio Manuel Cestero y Pedro Henrí-
quez Ureña. A todos estos escritores García Godoy los exalta
como ciudadanos de “una gran Nación, poderosa, inmensa”,
la de Hispano-América, que desde México hasta “la extremi-
dad patagónica” constituía “un gran todo sólidamente cohe-
sionado por indestructibles afinidades étnicas, históricas y
sociales”. De igual manera, a todos ellos los reivindica como
precursores de un pujante, aunque todavía incipiente, “mo-
vimiento de ideas de renovación” que debía dar al traste con
el “quietismo enervante, el estacionamiento vegetativo en
que yacen algunos de estos pueblos hispano-americanos”,
para consumar, en su lugar,

un ideal de confraternidad hispano-americana cimentada en una


efectiva unidad de ideas, de aspiraciones y de leyes, tal como
fue, hace noventa años, el sueño glorioso, el magnificente an-
helo de aquel taumaturgo de la victoria, de aquel titán creador
de naciones que se llamó Bolívar, quien, por encima de las pre-
ocupaciones e ignorancias de su época, vislumbró con la pro-
fética intuición de su gigante espíritu, que sólo por medio de

48
Federico García Godoy, “Páginas efímeras”, en Obras escogidas II. Miscelá-
nea, Santo Domingo, Fundación Corripio, 2004, pp. 307-451.
49
Roger Chartier, El mundo como representación. Estudios de historia cultu-
ral, Barcelona, Gedisa, 2005, p. 39.
Redes intelectuales en América Latina 199

una unión cada vez más íntima podrían las flamantes repúbli-
cas hispano-americanas asentar sobre bases sólidas su precaria
independencia y practicar fructuosa y conscientemente las ins-
tituciones de la democracia moderna.50

Al interior de este movimiento renovador, García Godoy se


sitúa en calidad de lector pero, sobre todo, de crítico litera-
rio. Desde sus primeros libros este autor se esforzó en prac-
ticar el tipo de crítica literaria que hacia finales del siglo xix
se conoció como “crítica impresionista”, cuyos principales
exponentes, explicaba el español Francisco De Icaza en una
conferencia de 1894, fueron escritores franceses como “Re-
nan, Taine, Bourget, France, Lemaître, etc”.51 Ernest Renan,
de hecho, fue uno de los pensadores predilectos de García
Godoy y, sin duda, una de sus fuentes de inspiración para
proponer una crítica literaria entendida como “impresionis-
mo eminentemente personal”, que sólo “pretende reflejar
serenamente las ideas surgidas y las emociones experimen-
tadas al recorrer las páginas de un libro sin prejuicios ofus-
cadores o estériles apasionamientos”.52 Se trata, pues, de un
“juicio crítico” “individualista con exceso” que al estar des-
pojado enteramente “de sus viejas ínfulas dogmáticas” no
esconde su carácter provisional, contingente, mas no falaz.
Su veracidad, al estilo de Montaigne, descansa en la buena
fe de su autor, en el hecho, afirma García Godoy, de “expre-
sar con sinceridad la emoción que han despertado en mi ser
los pasajes espirituales de vibrante fuerza sugestiva esparci-
dos bellamente en las publicaciones que han originado los
presentes trabajos”.53 Es esta sinceridad del juicio la que, de
acuerdo con nuestro autor, da lugar a la verdad, una verdad

50
Federico García Godoy, “Páginas efímeras”, en op. cit., p. 320.
51
Francisco A. De Icaza, Examen de críticos, Madrid, Sucesores de Rivade-
neyra, 1894.
52
Federico García Godoy, “La hora que pasa”, en op. cit., p. 169.
53
Idem.
200 Isabel de León Olivares

que pese a ser relativa como “la vida misma”, “la ciencia
misma”, “la contemplación misma”, “basta y sobra […] para
mediante una acción constante dar sólidos cimientos a fina-
lidades progresivas de bien y de belleza”.54
Fue en el ejercicio de estos “juicios” literarios que García
Godoy acabó por restaurar y reforzar las relaciones intelec-
tuales que estableció con sus colegas hispanoamericanos a
través de las cartas y las lecturas, haciéndose partícipe de
las discusiones, aspiraciones, tradiciones, debates y polémi-
cas que circularon al interior de las redes intelectuales. De-
bates y polémicas como la cuestión en torno a la originali-
dad y la imitación de la literatura hispanoamericana respecto
de sus modelos europeos; la utopía de la unidad continental
bajo la idea del hispanoamericanismo y el hispanismo; el
compromiso social del escritor; la crítica a “la torre de mar-
fil” de los modernistas; o la posición de la cultura hispano-
americana ante el avance económico, político y cultural de
los Estados Unidos. Frente a este último acontecimiento que
marcaría a toda una generación de intelectuales latinoameri-
canos que repensaría el tema de nuestras identidades nacio-
nales y regionales, García Godoy concluía de esta manera
al comentar el libro El porvenir de la América Latina (1910)
de Manuel Ugarte:

Lo que se impone […] es trabajar con habilidad y tenacidad en


la posible constitución de ese bloque de resistencia […]. Para
arribar a esa suprema unidad de espíritu, a la cristalización de
la conciencia colectiva hispano-americana, al todo orgánico, ca-
paz de avizorar sin temores, consciente de su propia solidez, al
amenazante avance yanki, urge ante todo preparar los elemen-
tos capaces de determinar […] el común y satisfactorio estado
de alma que debe ser la base granítica de la gran Confedera-
ción hispano-americana que soñó Bolívar […]. Hasta ahora sólo
estamos, puede decirse, en los comienzos de esa evolución

54
Federico García Godoy, “Páginas efímeras”, en op. cit., pp. 312-313.
Redes intelectuales en América Latina 201

salvadora. Y pésele a los prácticos del montón, hay que reco-


nocer […] que, hasta el día, más han hecho por dar vida al mag-
nífico ideal de la confraternidad americana los poetas con sus
vibrantes ritmos y los prosadores con sus cláusulas fulgurantes,
que nuestros más empingorotados estadistas […]. Si ese ideal
de unidad hispano-american[a] comienza a tomar consistencia,
débese, en primer término, a las relaciones literarias que una
élite intelectual procura hacer cada día más íntimas y frecuentes
entre los pueblos americanos de habla española.55

iv

Pasemos ahora al caso de Horacio Blanco Fombona. Este


escritor, al igual que García Godoy, llegó a República Domi-
nicana por motivos políticos; en su caso huyendo del largo
régimen de Juan Vicente Gómez en Venezuela (1908-1935).
Su férrea oposición al gomecismo provocó que Blanco Fom-
bona desarrollara toda su práctica intelectual fuera de su
país natal, en sucesivos exilios que lo llevaron a República
Dominicana, México, Cuba y España. Podemos decir que
Horacio Blanco Fombona se inscribió dentro de la larga tra-
dición de exilio del intelectual caribeño a la que se refiere
Arcadio Díaz Quiñones.56 Una tradición que funcionó, en el
caso de Blanco Fombona, como el detonante de su itinera-
rio intelectual y, al mismo tiempo, como aquello que le po-
sibilitó u obligó a tejer redes con los más diversos escritores
latinoamericanos del primer tercio del siglo xx.
Si la carta y el ensayo fueron en García Godoy los me-
dios privilegiados de su religación intelectual, en Blanco
Fombona fueron el viaje y las revistas culturales los que
cumplieron dicha función. En efecto, Blanco Fombona se

55
Ibid., pp. 345-346.
56
Arcadio Díaz Quiñones, Sobre los principios. Los intelectuales caribeños y la
tradición, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 2006.
202 Isabel de León Olivares

destacó por ser director y redactor de revistas culturales, en


las que defendió los idearios del hispanoamericanismo y el
antiimperialismo. Las revistas que llegó a fundar y redactar
si las leemos como espacios de sociabilidad intelectual, son
capaces de revelarnos los encuentros y las relaciones que
Horacio Blanco Fombona sostuvo con sus pares y el activo
intercambio de novedades editoriales latinoamericanas del
que llegó a ser pieza importante dentro del Circuncaribe.
Se sabe que hacia 1915 Horacio Blanco Fombona radica-
ba en República Dominicana. Al interior del campo cultural
de este país, ganó prestigio y reconocimiento gracias a su
trabajo como director y redactor de la Revista Literaria Ilus-
trada Letras. Esta publicación semanal, impresa en los ta-
lleres de García Hermanos, apareció en la ciudad de Santo
Domingo en febrero de 1917, en plena época de la primera
intervención militar de los Estados Unidos. En Letras Horacio
Blanco Fombona publicó, principalmente, poemas, novelas
cortas, cuentos y ensayos de autores hispanoamericanos. Un
grupo que tuvo especial cabida dentro de la revista fue ese
heterogéneo contingente de escritores latinoamericanos que
convergió en Francia y España hacia 1900, conformando
lo que Manuel Ugarte denominó “la generación viajera”, y
cuyos rasgos, de acuerdo con Beatriz Colombi, fueron la
expatriación voluntaria por razones políticas o por incom-
patibilidad de distinto orden con el medio de origen, la fi-
delidad hacia los precursores americanistas, la búsqueda de
una literatura nueva y propia, la necesidad de profesionali-
zación, la defensa de un programa continental, la conciencia
antiimperialista y la intervención pública en los sucesos de
la época.57 El núcleo de este grupo estuvo integrado por
Rubén Darío, Amado Nervo, Enrique Gómez Carrillo, José

57
Beatriz Colombi, “Camino a la Meca: escritores hispanoamericanos en Pa-
rís (1900-1920)”, en Carlos Altamirano, dir., Historia de los intelectuales en
América Latina I. La ciudad letrada, de la conquista al modernismo, Bue-
nos Aires, Katz, 2008, p. 547.
Redes intelectuales en América Latina 203

Santos Chocano, José María Vargas Vila, Francisco Contreras,


Alcides Arguedas, Alejandro Sux, Francisco y Ventura García
Calderón, Joaquín Edwards Bello y Manuel Ugarte.58
La revista Letras, que no admitía “colaboraciones espontá-
neas” sino sólo artículos preparados a solicitud expresa de su
director-redactor, publicó decenas de textos de estos auto-
res radicados en Europa. El interés y el vínculo de Horacio
Blanco Fombona por este grupo no fue casual: a él perte-
neció su famoso hermano Rufino Blanco Fombona, quien
llegó a Francia en 1910 y se instaló en España en 1914,
sosteniendo una estrecha amistad con Rubén Darío. Todo
parece indicar que fue por conducto de Rufino que Horacio
Blanco Fombona pudo recibir estas colaboraciones literarias
provenientes de Europa y, no sólo eso, también las noveda-
des editoriales de estos y otros autores hispanoamericanos
publicados en España.
Y es que desde 1915, Rufino Blanco Fombona fundó en
Madrid la Editorial América, una de las primeras casas fun-
dadas por latinoamericanos para disputar el mercado del
“libro americano” en español a editoriales francesas como
Paul Ollendorff o Garnier. Al menos así lo expuso Rufi-
no Blanco Fombona en un ciclo de conferencias organizado
por la Cámara Oficial del Libro de Barcelona:

Olvidaré, mientras hablo, que mi profesión es la de escribir li-


bros propios: pensaré solo que también me ocupo en publicar
los ajenos. Editor de libros, os hablaré como editor; es decir,
como industrial […].
El libro, en cuanto negocio, es un producto comerciable
como cualquier otro producto […]. El libro español va a Améri-
ca porque en América, en la América de lengua castellana, tiene
su mercado más extenso […].
España vende libros a América […] por valor de ocho a diez
millones de pesetas al año.

58
Ibid., pp. 547-548.
204 Isabel de León Olivares

Esta cifra sería mucho mayor si España centralizase todo el


comercio de libros españoles […] con la América Latina; y si
Francia, Estados Unidos, Alemania […] no le estuvieran dispu-
tando el terreno […].
Nadie en España supo ver que se podía explotar con prove-
cho al autor en América […] por lo menos en América. Se creía y
se cree, se decía y se dice, que allí no existe nada que valga.
Y yo respondo que el editor español, por lo general, carece de
sentido de adivinación; y a veces, de sentido común […].
Yo mismo, que os hablo en este momento, y que estoy lejos
de imaginarme un águila, pero que tengo dos ojos en la cara
[…] advertí, apenas llegué a España en 1914, que en España ha-
bía un filón por explotar con el libro de América, y me convertí
en editor. He publicado, solo de libros americanos, cientos de
volúmenes de 1915 a la fecha; y he podido comprobar que el
libro americano se vende tan bien como el de otra nacionalidad
y, en muchos casos, mejor.59

De acuerdo con Yolanda Segnini, la Editorial América,


que existió hasta 1933, publicó más de cuatrocientos libros
en español divididos en nueve colecciones: Biblioteca An-
drés Bello, Biblioteca Ayacucho, Biblioteca de Ciencias Po-
líticas y Sociales, Biblioteca de la Juventud Hispanoameri-
cana, Biblioteca de Autores Varios, Biblioteca Americana de
Historia Colonial, Biblioteca de Autores Célebres, Bibliote-
ca Porvenir, La novela para todos.60 La revista Letras fungió
como un espacio de difusión dentro del Caribe de las no-
vedades bibliográficas de esta casa editorial. (Ninguna otra
editorial tuvo tal cobertura dentro de la publicación). Así se
refirió a ella en el núm. 7 de la revista aparecido el 18 de
marzo de 1917:

59
Rufino Blanco Fombona, “El libro español en América”, en Antología, Bar-
celona, Linkgua Digital, 2016, pp. 57-72.
60
Yolanda Segnini, La Editorial-América de Rufino Blanco Fombona. Madrid
1915-1933, Madrid, Libris, 2000.
Redes intelectuales en América Latina 205

Editorial América
Rufino Blanco Fombona es Director en Madrid de la Edito-
rial-América. Esta casa editora ha inaugurado a la fecha cinco
bibliotecas: Biblioteca Andrés Bello (literatura), Biblioteca Aya-
cucho (historia); Biblioteca de ciencias políticas y sociales; Bi-
blioteca de la Juventud hispanoamericana; y Biblioteca de obras
varias. Tienen estas bibliotecas el objeto de hacer conocer en
las partes del mundo donde se habla español, la vida espiritual
de la América nuestra en sus diversas manifestaciones. Nuestros
países hispanoamericanos se conocen intelectualmente a través
de Europa. Las ediciones que salen a la luz en cada uno de
ellos nunca traspasan las fronteras políticas y si las traspasan
es un número tan reducido de libros que no puede tomarse
en cuenta. Así, pues, que además de hacer conocer en España
todo lo que valemos sirven al propio tiempo estas bibliotecas
para hacer más efectivo el acercamiento de los países de origen
ibero. En otro lugar de esta revista reproducimos el prólogo de
Humboldt en América obra del erudito diplomático mejicano
[sic] don Carlos Pereyra. Letras ha recibido diversos libros de esa
misma casa editora e irá dando cuenta de ellos a sus lectores.61

Y, efectivamente, así lo hizo. Ya fuese a través de la trans-


cripción de fragmentos de los libros, la publicación de re-
señas críticas o de la simple enumeración de los títulos en
la sección de “Notas editoriales”, la Revista Letras cumplió la
función de dar a conocer entre sus lectores los textos de
la Editorial América. Estamos ante una historia de religación
en la que libros y autores hispanoamericanos circularon por
el Caribe gracias a la labor de dos hermanos venezolanos
que hicieron de la edición de libros y revistas una práctica en
vías de profesionalización y autonomización frente a otros
poderes y otros saberes. Lo interesante es que así como en
República Dominicana se dieron a conocer las novedades de
la Editorial América, recíprocamente, autores dominicanos,

61
“Notas bibliográficas”, Revista Letras (Santo Domingo), núm. 7, año I (18 de
marzo de 1917), s.p.
206 Isabel de León Olivares

y en general caribeños, fueron publicados por esta casa edi-


tora en Madrid. Así ocurrió con los libros Literatura ameri-
cana de nuestros días (páginas efímeras) y Americanismo
literario. José Martí-José Enrique Rodó-F. García Calderón-R.
Blanco-Fombona (c. 1917) de Federico García Godoy, que
pasaron a formar parte de la Biblioteca Andrés Bello. Otro
tanto sucedió con algunas de las obras de quien fuera, de
acuerdo con Miguel Mena, uno de los primeros escritores
dominicanos consagrados en el exterior: Tulio Manuel Ces-
tero, cuyo libro Hombres y Piedras. Al margen del Baedeker
apareció con un prólogo de Rubén Darío.62
Letras sirvió, además, para que Horacio Blanco Fombona
construyera lazos duraderos con los miembros del campo
intelectual dominicano de aquel momento. La revista, en sus
tres años de existencia (1917-1920), funcionó como espacio
de “escucha y encuentro” en el que se dieron cita escritores
consagrados de las letras dominicanas junto a jóvenes au-
tores en pleno ascenso. En particular, la revista se vinculó
con los intelectuales dominicanos que, a finales de 1919,
iniciaron la resistencia cívica, pacífica y nacionalista contra
los ocupantes “yanquis” instalados en República Dominica-
na desde 1916. Esta resistencia estuvo encabezada por Amé-
rico Lugo, Fabio Fiallo, Félix E. Mejía, Francisco y Federico
Henríquez y Carvajal, Max Henríquez Ureña y Tulio Manuel
Cestero. Horacio Blanco Fombona colaboró con el movi-
miento al hacer de Letras, a partir de 1920, un espacio de
denuncia de las “atrocidades cometidas por los invasores” y
al participar activamente en las organizaciones nacionalistas
que se fundaron para tal efecto —vgr. el Congreso de la
Prensa. Este involucramiento, no obstante, le costó bastante
caro. Por haber publicado el 7 de noviembre de 1920 en el
núm. 177 de Letras la fotografía de un campesino llamado
Cayo Báez, víctima de torturas del régimen de ocupación,

62
Yolanda Segnini, op. cit., pp. 133, 134 y 140.
Redes intelectuales en América Latina 207

Blanco Fombona, en su carácter de director, fue condenado


al arresto, la clausura de su revista, una multa en metálico y
la expulsión del país.
Horacio Blanco Fombona pasó una breve temporada en
Cuba, pero fue en México donde se refugió por ocho años
(1920-1928). Aquí inició una nueva historia de religación que
se caracterizó por la red que tejió con José Vasconcelos, por
esos años director de la Universidad Nacional y Secretario de
Instrucción Pública. Al amparo vasconcelista, Blanco Fom-
bona participó, en calidad de profesor, en la fundación de
la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional,
impartiendo las primeras cátedras de “Historia de la América
Española” en nuestro país y materias optativas como aquella
que llevaba por nombre “Los personajes representativos de
la América Latina y su significación para el porvenir”. Sobre
esta faceta docente de Blanco Fombona, José Vasconcelos
en sus memorias refirió lo siguiente:

Con objeto de forzar la reforma educativa y preparar el terre-


no para la aprobación de los gastos elevados que demandaba
nuestro programa, había aprovechado toda ocasión de hablar
al público por declaraciones en los diarios y por discursos […].
Cada fiesta pública era ocasión de renovadas excitativas para
que el pueblo entero se interesase en la labor de la Universidad
y colaborase en ella. Y llegó la fiesta de la Raza […].
En la ocasión fueron los estudiantes los organizadores de la
conmemoración. Les cedí, al efecto, el anfiteatro de la Prepa-
ratoria y prometí presidirlos. El escudo que había adoptado la
Universidad era ya un compromiso. Además, en la Universidad
manteníamos albergada, en secreto, una bandera dominicana
rescatada cuando la ocupación de la isla por las tropas de Nor-
teamérica. [Manuel María] Morillo, el patriota dominicano que la
había traído a México, estaba ya incorporado a la Universidad,
en el ramo de acción latinoamericana. Un hermano de Blanco
Fombona, el novelista, escapado también de Santo Domingo
después de resistir la ocupación yanqui, estaba asimismo, con
208 Isabel de León Olivares

nosotros dando la clase recién fundada de historia de la Améri-


ca española. Con ira habíamos inaugurado esa cátedra, hacien-
do notar que existía un curso de ese género en cada univer-
sidad yanqui. En cambio, nosotros nunca habíamos otorgado
el honor de cátedra especial a la lucha común y la existencia
paralela de veinte nacionalidades hermanas por la lengua, la
religión, la raza y la cultura. Se hallaba, pues, lanzado el hispa-
noamericanismo y el 12 de octubre era nuestro día.63

A partir de este momento, Horacio Blanco Fombona se


convirtió en un ferviente defensor del hispanoamericanismo
y del antiimperialismo, que lo llevó a vincularse con or-
ganizaciones como la Liga Antiimperialista de las Américas
fundada en México en 1924 y a publicar en 1927, bajo el
sello de Ediciones Churubusco, su obra Crímenes del impe-
rialismo yanqui, una compilación de artículos aparecidos
en la prensa mexicana sobre “el mayor enemigo de nuestras
sociedades”: “el imperialismo estadounidense”.64
Aunque en México Blanco Fombona ya no apareció como
director de ninguna otra publicación, siguió siendo un asi-
duo colaborador y redactor de artículos sobre la historia y
la situación de América Latina que aparecieron en revistas
y periódicos de la capital, como El Globo, Excélsior, El Maes-
tro, entre otras. Uno de los temas que continuó abordando
fue el de la importancia de crear empresas editoriales de
alcances continentales en nuestros países.65 “Hay que cam-
biar de técnica comercial y orientar las publicaciones en un
sentido noble e intensamente americanista”,66 proponía Ho-

63
José Vasconcelos, La creación de la Secretaría de Educación Pública, Méxi-
co, inehrm, 2011, pp. 87-88.
64
Horacio Blanco Fombona, Crímenes del imperialismo norteamericano, Mé-
xico, Ediciones Churubusco, 1927.
65
Víctor Díaz Arciniega, Querella por la cultura “revolucionaria” (1925), Mé-
xico, fce, 2010.
66
Citado por Claude Fell, José Vasconcelos. Los años del águila (1920-1925),
México, unam, 1989, p. 481.
Redes intelectuales en América Latina 209

racio Blanco Fombona, a partir del ejemplo de su hermano


Rufino, como una opción para combatir la debilidad de los
circuitos editoriales en nuestra región y resolver el problema
del libro y sus lectores en Hispanoamérica.

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