ARQUITECTURA ISLÁMICA
La arquitectura islámica es una de las manifestaciones artísticas más ricas y variadas del
mundo medieval, y se desarrolló a partir del siglo VII con la expansión del islam. No se trata
de un estilo uniforme, sino de una arquitectura muy diversa, que fue incorporando
influencias de los pueblos conquistados —como los bizantinos, los persas, los romanos o
los visigodos— y adaptándolas a los principios religiosos y culturales del islam. De este
modo, surge un arte profundamente simbólico y decorativo, en el que la geometría, la
simetría y la luz tienen un papel esencial.
Los edificios islámicos se caracterizan por su sobriedad exterior y su riqueza interior. Desde
fuera, las construcciones suelen tener muros lisos y austeros, sin apenas decoración,
porque lo importante no es la apariencia exterior sino el espacio interior, que es donde el fiel
entra en contacto con lo divino. El único elemento que destaca en el exterior es el alminar o
minarete, una torre esbelta desde la que el almuédano llama a la oración. En cambio, el
interior se cubre de una decoración exuberante y detallista que busca crear una atmósfera
de belleza espiritual. Esa decoración se realiza con materiales modestos como el yeso, la
cerámica o la madera, y se aplica sobre estructuras de ladrillo o mampostería, ya que en
general se trata de una arquitectura funcional y económica. Además, los musulmanes solían
reutilizar elementos de construcciones anteriores, como columnas o capiteles romanos y
visigodos, lo que se conoce como piezas de acarreo.
Las formas constructivas de la arquitectura islámica son variadas, pero existen algunos
rasgos comunes. Los espacios suelen organizarse a partir de líneas rectas y proporciones
geométricas precisas, que reflejan la idea de orden cósmico y perfección divina. Los
soportes más habituales son columnas y pilares delgados que sostienen arcos de diferentes
tipos. El arco más característico es el de herradura, heredado de la tradición visigoda,
aunque también aparecen el arco de medio punto, el apuntado, el lobulado —formado por
lóbulos o semicircunferencias— y el arco mixtilíneo, que combina curvas y rectas de manera
muy decorativa. Los capiteles son igualmente variados: hay capiteles corintios reutilizados,
pero también otros propios del arte islámico, como los capiteles cúbicos o los llamados
trepanados, con una superficie tallada y calada que produce efectos de luces y sombras,
muy típicos del Califato de Córdoba y de Medina Azahara. En épocas posteriores se añadirá
el capitel de mocárabes, un elemento decorativo formado por prismas colgantes que imitan
estalactitas.
En cuanto a las cubiertas, las bóvedas y cúpulas son elementos esenciales. La arquitectura
islámica desarrolló una gran variedad de cúpulas, como la gallonada, formada por
segmentos curvos, o la cúpula nervada, en la que los nervios no siempre se cruzan en el
centro, creando efectos geométricos muy originales. También se emplearon bóvedas
decoradas con mocárabes, especialmente en el arte nazarí de la Alhambra, donde alcanzan
un nivel de detalle extraordinario.
La decoración es uno de los rasgos más distintivos del arte islámico. Por la prohibición
coránica de representar figuras humanas o animales en los lugares sagrados, la
ornamentación se centra en lo geométrico, lo vegetal y la caligrafía. Los motivos
geométricos, llamados lacerías, se basan en el entrelazado de líneas que forman estrellas,
polígonos y tramas infinitas, símbolo de la perfección de Dios. Los motivos vegetales,
conocidos como atauriques o arabescos, representan hojas, tallos y flores estilizadas que
se enroscan entre sí de manera armoniosa. Finalmente, la caligrafía ocupa un lugar muy
importante, pues las palabras del Corán se convierten en decoración sagrada: se escriben
en caracteres cúficos o cursivos sobre frisos, cenefas o zócalos, combinando arte y religión.
Los materiales más usados para decorar eran el yeso tallado, los azulejos vidriados de
colores vivos, la madera labrada y el mármol. Todo ello creaba interiores llenos de color, luz
y ritmo, donde el fiel podía concentrarse en la oración y la contemplación.
Los principales edificios de la arquitectura islámica son las mezquitas, los palacios y las
fortificaciones. La mezquita es el edificio religioso más característico, y su planta se
organiza según unas partes fijas: el patio o sahn, donde hay una fuente para las abluciones;
la sala de oración o haram, con varias naves separadas por columnas; el muro de la quibla,
que indica la dirección de La Meca, y el mihrab, un nicho que marca el punto hacia el que se
orientan los fieles; junto a él se sitúa el minbar o púlpito desde el que el imán dirige la
oración. En ocasiones existe también una maxura, un espacio reservado al califa o
gobernante. Algunos ejemplos famosos son la Cúpula de la Roca en Jerusalén, la Gran
Mezquita de Damasco o la Mezquita de Córdoba, considerada una de las obras maestras
del arte islámico por su inmenso bosque de columnas y arcos bicolores.
Además de las mezquitas, la arquitectura islámica desarrolló magníficos palacios,
concebidos como auténticos microcosmos del paraíso coránico. Estos palacios, como la
Alhambra de Granada o Medina Azahara cerca de Córdoba, se organizan en torno a patios
con jardines, fuentes y estanques que simbolizan el agua del paraíso. En ellos se combinan
espacios públicos, administrativos y privados, con estancias decoradas con yeserías,
zócalos de alicatado y techumbres de madera tallada. El agua y la luz se convierten en
elementos arquitectónicos esenciales, generando un ambiente de serenidad y belleza que
refleja el ideal de armonía del mundo islámico.
La arquitectura defensiva también tuvo importancia, con alcazabas, murallas y torres. En
muchos casos, las fortificaciones se transformaban en residencias palaciegas, como ocurre
en la Aljafería de Zaragoza o en la propia Alhambra. Más allá de las construcciones
andalusíes, otras regiones del mundo islámico aportaron innovaciones: los abasíes en
Samarra, con su enorme mezquita y su minarete helicoidal; los selyúcidas en Persia, con
las mezquitas de iwan (grandes portales abovedados abiertos a un patio); o los otomanos,
que inspirados por Santa Sofía, crearon mezquitas de planta central y grandes cúpulas,
como la Mezquita Azul de Estambul.
En al-Ándalus, la evolución arquitectónica siguió las distintas etapas políticas. Durante el
emirato y el califato omeya se levantó la Mezquita de Córdoba y Medina Azahara, ejemplos
de esplendor califal. En la época de taifas y almorávides se desarrollaron nuevas formas
decorativas y arcos más complejos. Los almohades destacaron por sus alminares, como la
Giralda de Sevilla, y los nazaríes llevaron el refinamiento a su máximo nivel en la Alhambra,
donde todo el espacio se convierte en una obra de arte total gracias a la luz, el color y la
ornamentación.
En resumen, la arquitectura islámica es una síntesis perfecta entre funcionalidad,
simbolismo y belleza. No busca impresionar por la grandiosidad exterior, sino por la armonía
y la espiritualidad de sus interiores. A través de la geometría, la luz, el agua y la decoración
infinita, los musulmanes plasmaron su visión del universo y su idea del paraíso en la tierra.
Cada mezquita, cada palacio o cada cúpula de mocárabes es una manifestación de fe y de
arte, donde el espacio se convierte en un medio de comunicación con lo divino.