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Libro El Perfume Capítulo 1

El libro 'El Perfume' de Patrick Süskind narra la historia de Jean-Baptiste Grenouille, un hombre nacido en el siglo XVIII en un entorno de hedor extremo en Francia. Desde su nacimiento en un puesto de pescado, Grenouille muestra una extraordinaria capacidad olfativa, pero su vida se desarrolla en un contexto de miseria y desprecio. A medida que avanza la historia, se revela su ambición por dominar el mundo de los olores, lo que lo lleva a convertirse en un asesino.

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Libro El Perfume Capítulo 1

El libro 'El Perfume' de Patrick Süskind narra la historia de Jean-Baptiste Grenouille, un hombre nacido en el siglo XVIII en un entorno de hedor extremo en Francia. Desde su nacimiento en un puesto de pescado, Grenouille muestra una extraordinaria capacidad olfativa, pero su vida se desarrolla en un contexto de miseria y desprecio. A medida que avanza la historia, se revela su ambición por dominar el mundo de los olores, lo que lo lleva a convertirse en un asesino.

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EL PERFUME

HISTORIA DE UN ASESINO
(Das Parfüm, die Geschichte eines Mörders, 1985)

PATRICK SÜSKIND

Copia privada para fines


exclusivamente educacionales
Prohibida su venta

PERRERAC
PRIMERA PARTE

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1
En el siglo XVIII vivió en Francia uno de los hombres más
geniales y abominables de una época en que no escasearon los
hombres abominables y geniales. Aquí relataremos su historia.
Se llamaba Jean-Baptiste Grenouille y si su nombre, a diferencia
del de otros monstruos geniales como De Sade, Saint-Just,
Fouchè, Napoleón, etcétera, ha caído en el olvido, no se debe en
modo alguno a que Grenouille fuera a la zaga de estos hombres
célebres y tenebrosos en altanería, desprecio por sus
semejantes, inmoralidad, en una palabra, impiedad, sino a que su
genio y su única ambición se limitaban a un terreno que no deja
huellas en la historia: al efímero mundo de los olores.
En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor
apenas concebible para el hombre moderno. Las calles
apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los
huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y
excrementos de rata, las cocinas, a col podrida y grasa de
carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo
enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones
húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las
chimeneas apestaban a azufre, las curtidurías, a lejías cáusticas,
los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres
apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los
dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos,
cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a
tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas,
apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los
puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el
clérigo, el oficial de artesano, como la esposa del maestro;
apestaba la nobleza entera y, si, incluso el rey apestaba como un
animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano
como en invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había

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atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente
no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora,
ninguna manifestación de vida incipiente o en decadencia que no
fuera acompañada de algún hedor.
Y, como es natural, el hedor alcanzaba sus máximas
proporciones en París, porque París era la mayor ciudad de
Francia. Y dentro de París había un lugar donde el hedor se
convertía en infernal, entre la Rue aux Fers y la Rue de la
Ferronnerie, o sea, el Cimetiére des Innocents.
Durante ochocientos años se había llevado allí a los muertos del
Hotel-Dieu y de las parroquias vecinas, durante ochocientos
años, carretas con docenas de cadáveres habían vaciado su
carga día tras día en largas fosas y durante ochocientos años se
habían ido acumulando los huesos en osarios y sepulturas. Hasta
que llegó un día, en vísperas de la Revolución Francesa, cuando
algunas fosas rebosantes de cadáveres se hundieron y el olor
pútrido del atestado cementerio incitó a los habitantes no sólo a
protestar, sino a organizar verdaderos tumultos, en que fue por fin
cerrado y abandonado después de amontonar los millones de
esqueletos y calaveras en las catacumbas de Montmartre. Una
vez hecho esto, en el lugar del antiguo cementerio se erigió un
mercado de víveres.
Fue aquí, en el lugar más maloliente de todo el reino, donde nació
el 17 de julio de 1738 Jean-Baptiste Grenouille. Era uno de los
días más calurosos del año. El calor se abatía como plomo
derretido sobre el cementerio y se extendía hacia las calles
adyacentes como un vaho putrefacto que olía a una mezcla de
melones podridos y cuerno quemado. Cuando se iniciaron los
dolores del parto, la madre de Grenouille se encontraba en un
puesto de pescado de la Rue aux Fers escamando albures que
había destripado previamente. Los pescados, seguramente
sacados del Sena aquella misma mañana, apestaban ya hasta el
punto de superar el hedor de los cadáveres. Sin embargo, la
madre de Grenouille no percibía el olor a pescado podrido o a
cadáver porque su sentido del olfato estaba totalmente embotado
y además le dolía todo el cuerpo y el dolor disminuía su
sensibilidad a cualquier percepción sensorial externa. Sólo quería
que los dolores cesaran, acabar lo más rápidamente posible con
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el repugnante parto. Era el quinto. Todos los había tenido en el
puesto de pescado y las cinco criaturas habían nacido muertas o
medio muertas, porque su carne sanguinolenta se distinguía
apenas de las tripas de pescado que cubrían el suelo y no
sobrevivían mucho rato entre ellas y por la noche todo era
recogido con una pala y llevado en carreta al cementerio o al río.
Lo mismo ocurriría hoy y la madre de Grenouille, que aún era una
mujer joven, de unos veinticinco años, muy bonita y que todavía
conservaba casi todos los dientes y algo de cabello en la cabeza
y, aparte de la gota y la sífilis y una tisis incipiente, no padecía
ninguna enfermedad grave y aún esperaba vivir mucho tiempo,
quizá cinco o diez años más y tal vez incluso casarse y tener hijos
de verdad como la esposa respetable de un artesano viudo, por
ejemplo... la madre de Grenouille deseaba que todo pasara
cuanto antes. Y cuando empezaron los dolores de parto, se
acurrucó bajo el mostrador y parió allí, como hiciera ya cinco
veces, y cortó con el cuchillo el cordón umbilical del recién
nacido. En aquel momento, sin embargo, a causa del calor y el
hedor que ella no percibía como tales, sino como algo
insoportable y enervante –como un campo de lirios o un reducido
aposento demasiado lleno de narcisos–, cayó desvanecida
debajo de la mesa y fue rodando hasta el centro del arroyo,
donde quedó inmóvil, con el cuchillo en la mano.
Gritos, carreras, la multitud se agolpa a su alrededor, avisan a la
policía. La mujer sigue en el suelo con el cuchillo en la mano;
poco a poco, recobra el conocimiento.
–¿Qué le ha sucedido?
–Nada.
–¿Qué hace con el cuchillo?
–Nada.
–¿De dónde procede la sangre de sus refajos?
–De los pescados.
Se levanta, tira el cuchillo y se aleja para lavarse.
Entonces, de modo inesperado, la criatura que yace bajo la mesa
empieza a gritar. Todos se vuelven, descubren al recién nacido
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entre un enjambre de moscas, tripas y cabezas de pescado y lo
levantan. Las autoridades lo entregan a una nodriza de oficio y
apresan a la madre. Y como ésta confiesa sin ambages que lo
habría dejado morir, como por otra parte ya hiciera con otros
cuatro, la procesan, la condenan por infanticidio múltiple y dos
semanas más tarde la decapitan en la Place de Gréve.

En aquellos momentos el niño ya había cambiado tres veces de


nodriza. Ninguna quería conservarlo más de dos días. Según
decían, era demasiado voraz, mamaba por dos, robando así la
leche a otros lactantes y el sustento a las nodrizas, ya que
alimentar a un lactante único no era rentable. El oficial de policía
competente, un tal La Fosse, se cansó pronto del asunto y
decidió enviar al niño a la central de expósitos y huérfanos de la
lejana Rue Saint-Antoine, desde donde el transporte era
efectuado por mozos mediante canastas de rafia en las que por
motivos racionales hacinaban hasta cuatro lactantes, y como la
tasa de mortalidad en el camino era extraordinariamente elevada,
por lo que se ordenó a los mozos que sólo se llevaran a los
lactantes bautizados y entre éstos, únicamente a aquéllos
provistos del correspondiente permiso de transporte que debía
estampillarse en Ruán, y como el niño Grenouille no estaba
bautizado ni poseía tampoco un nombre que pudiera escribirse en
la autorización, y como, por añadidura, no era competencia de la
policía poner en las puertas de la inclusa a una criatura anónima
sin el cumplimiento de las debidas formalidades... por una serie
de dificultades de índole burocrático y administrativo que parecían
concurrir en el caso de aquel niño determinado y porque, por otra
parte, el tiempo apremiaba, el oficial de policía La Fosse se
retractó de su decisión inicial y ordenó entregar al niño a una
institución religiosa, previa exigencia de un recibo, para que allí lo
bautizaran y decidieran sobre su destino ulterior.
Se deshicieron de él en el convento de Saint-Merri de la Rue
Saint–Martin, donde recibió en el bautismo el nombre de Jean-
Baptiste. Y como el prior estaba aquellos días de muy buen
humor y sus fondos para beneficencia aún no se habían agotado,
en vez de enviar al niño a Ruán, decidió criarlo a expensas del
convento y con este fin lo hizo entregar a una nodriza llamada
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Jeanne Bussie, que vivía en la Rue Saint–Denis y a la cual se
acordó pagar tres francos semanales por sus cuidados.

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