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Acerbo Nimis

La encíclica 'Acerbo Nimis' de Pío X aborda la grave ignorancia religiosa que afecta a la sociedad, destacando que esta falta de conocimiento de las verdades divinas es la raíz de muchos males morales. El Papa enfatiza la responsabilidad de los pastores de almas en la instrucción del pueblo cristiano, subrayando que la enseñanza del Catecismo es fundamental para la salvación y el bienestar espiritual de los fieles. Se establece que la doctrina cristiana es esencial para guiar a las personas hacia una vida virtuosa y en conformidad con la voluntad de Dios.
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Acerbo Nimis

La encíclica 'Acerbo Nimis' de Pío X aborda la grave ignorancia religiosa que afecta a la sociedad, destacando que esta falta de conocimiento de las verdades divinas es la raíz de muchos males morales. El Papa enfatiza la responsabilidad de los pastores de almas en la instrucción del pueblo cristiano, subrayando que la enseñanza del Catecismo es fundamental para la salvación y el bienestar espiritual de los fieles. Se establece que la doctrina cristiana es esencial para guiar a las personas hacia una vida virtuosa y en conformidad con la voluntad de Dios.
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xxvi

PIO X
"ACERBO NIMIS"
(15 abril 1905)

Encíclica acerca de la enseñanza del Catecismo (1)

A los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás


Prelados Ordinarios, en paz y comunión con la Sede
Apostólica. - Pío, Papa X.

Venerables hermanos: Salud y apostólica bendición.

1. Los secretos designios de Dios nos han levantado de


nuestra pequeñez al cargo de Supremo Pastor de la grey de
Cristo en días bien críticos y amargos, pues el enemigo de
antiguo anda alrededor de este rebaño y le tiende lazos con
tan pérfida astucia, que ahora, principalmente, parece
haberse cumplido aquella profecía del Apóstol a los ancianos
de la iglesia de Éfeso: Sé que... os han de asaltar lobos
voraces que destrocen el rebaño (2). De este mal que padece
la religión no hay nadie, animado del celo de la gloria
divina, que no investigue las causas y razones, sucediendo
que, como cada cual las halla diferentes, propone diferentes
medios conforme a su personal opinión para defender y
restaurar el reinado de Dios en la tierra. No proscribimos,
venerables hermanos, los otros juicios, mas estamos con los
que piensan que esta depresi6n y debilidad de las almas de
que resultan los mayores males, provienen, principalmente, de
la ignorancia de las cosas divinas. Esta opinión concuerda
enteramente con lo que Dios mismo declaró por su profeta
Oseas: No hay conocimiento de Dios en la tierra. La
maldición, y la mentira, y el homicidio, y el robo, y el
adulterio lo han inundado todo; la sangre se añade cuya causa
a la sangre, por se cubrirá de luto la tierra y desfallecerán
todos sus moradores (3)

(1) "A. S. S.", 37 (1904-5), págs. 613-625.


(2) Hechos, XX, 29.
(3) Oseas, IV, 1 y 3.

Necesidad de instrucción

2. Cuán fundados son, por desgracia, estos lamentos hoy que


existe tan crecido número de personas en el pueblo cristiano
que ignora totalmente las cosas que se han de conocer para
conseguir la eterna salud! Al decir pueblo cristiano nos
referimos solamente a la plebe, o a las clases inferiores, a
quienes excusa con frecuencia el hecho de hallarse sometidas
a hombres tan duros que apenas les dejan tiempo de ocuparse
en si mismas, ni en las cosas que les atañen al alma, sino
que también Y, principalmente, hablamos de aquellos a quienes
no falta entendimiento ni cultura y hasta se hallan adornados
de profana erudición, a pesar de lo cual en las cosas de
religión viven de la manera más temeraria e imprudente que
puede imaginarse. ¡Difícil sería ponderar lo espeso de las
tinieblas que los envuelven Y- lo que es más triste- la
tranquilidad con que permanecen en ellas! De Dios, soberano
autor y moderador de todas las cosas, y de la sabiduría de la
fe cristiana nada se les da, de manera que verdaderamente
nada saben de la Encarnación del Verbo de Dios, ni de la
perfecta restauración del género humano consumada por Él;
nada saben de la gracia, principal auxilio para alcanzar los
eternos bienes; nada del sacrificio augusto ni de los
sacramentos, mediante los cuales conseguimos y conservamos la
gracia. En cuanto al pecado, ni conocen su malicia ni el
oprobio que trae consigo, de suerte que no ponen el menor
cuidado en evitarlo ni borrarlo, y llegan al día postrero en
disposición tal que para no dejarles sin ninguna esperanza de
salvación, el sacerdote se ve en el caso de aprovechar
aquellos últimos instantes de vida para enseñarles
sumariamente la religión, en vez de emplearlos
principalmente, según convendría, en moverles a afectos de
caridad; esto si no ocurre que el moribundo padece tan
culpable ignorancia que tenga por inútil el auxilio del
sacerdote y se resuelva tranquilamente a t r a s p a s a r
los umbrales de la eternidad sin haber satisfecho a Dios por
sus pecados. Por lo cual nuestro predecesor Benedicto XIV
escribió justamente: Afirmamos que la mayor parte de los
condenados a las penas eternas padece su perpetua desgracia
por ignorar los misterios de la fe, que necesariamente se
deben saber y creer para ser contados entre los elegidos (4)

3. Siendo esto así, venerables hermanos, ¿qué tiene de


sorprendente, pregunto, que la corrupción de las costumbres
su depravación s e a n tan y grandes y crezcan diariamente,
no digo en las naciones bárbaras, pero hasta en los mismos
pueblos que llevan el nombre de cristianos? Con razón decía
el Apóstol San Pablo escribiendo a los efesios: La
fornicación y toda especie de impureza o avaricia, ni aun e
nombre entre vosotros, como corresponde a santos, ni tampoco
palabras torpes, ni truhanerías (5). Como fundamento de este
pudor y santidad con que se moderan las pasiones puso la
ciencia de las cosas divinas: Y así, mirad, hermanos, que
andéis con gran circunspección; no como necios, sino como
prudentes... Por tanto, no seáis indiscretos, sino atentos
sobre cuál es la voluntad de Dios (6).
Sentencia justa; porque la voluntad humana apenas conserva
algún resto de a q u e 1 amor a la honestidad y la rectitud,
puesto en el hombre Por Dios, Criador suyo, amor que le
impulsaba hacia un bien, no entre sombras, sino claramente
visto. Mas depravada por la corrupción del pecado original y
olvidándose de Dios, su Hacedor, la voluntad humana se vuelve
a amar la vanidad y buscar la mentira. Extraviada y ciega
por las malas pasiones, necesita un guía que le muestre el
camino para que se restituya a la vía de la justicia que
desgraciadamente abandonó. Este guía, que no hay que buscar
fuera del hombre, y de que la misma naturaleza le ha
provisto, es la propia razón; mas si a la razón falta aquella
luz, hermana suya, que es la ciencia de las cosas divinas,
vendrá a suceder que un cielo guíe a otro ciego y ambos
caigan en el hoyo. El santo Rey David, glorificando a Dios
por esta luz de la verdad que le había infundido en la razón
humana decía: Impresa está, Señor, sobre nosotros la luz de
tu rostro. Y señalaba el efecto de esta comunicación de la
luz, añadiendo: Tú has infundido la alegría en mi corazón
(7), alegría con que dilatándose el corazón, corre por la
senda de los mandatos divinos.

(4) Instit.,XXVII, 18
(5) Efesios, V, 3 y 4''
(6) Efesios, V, 15 y 17.
(7) Salmo IV, 6, 7.

Efectos de la doctrina cristiana

4. Fácilmente se descubre que es así, porque, en efecto, la


doctrina cristiana nos hace conocer a Dios y lo que llamamos
sus infinitas perfecciones, harto más hondamente que las
fuerzas naturales. ¿Y cómo esto? Mandándonos a un tiempo
mismo reverenciar a Dios por obligación de fe, que se refiere
a la razón; por deber de esperanza, que se refiere a la
voluntad, y por deber de caridad, que se refiere al corazón,
con lo cual deja al hombre enteramente sometido a Dios, su
creador y moderador. De la misma manera sólo la doctrina
cristiana pone al hombre en posesión de su eminente dignidad
natural en cuanto hijo del Padre celestial, que está en los
cielos, que le hizo a su imagen y semejanza para vivir con Él
eternamente dichoso. Pero de esta misma dignidad y del
conocimiento que de ella se ha de tener infiere Cristo que
los hombres deben amarse como hermanos y vivir en la tierra,
como conviene a los hijos de la luz no en comilonas y
borracheras, no en deshonestidades y disoluciones, no en
contiendas ni envidias (8). Mándanos, asimismo, que nos
entreguemos en manos de Dios, que es quien cuida de nosotros;
que socorramos al pobre, hagamos bien a nuestros enemigos y
prefiramos los bienes eternos del alma a los perecederos del
tiempo. Y sin tocar menudamente a todo, ¿no es, acaso, la
doctrina de Cristo la que recomienda y prescribe al hombre
soberbio aquella humildad que es manantial verdadero de su
gloria? Cualquiera que se humillara, ese será el mayor en el
reino de 1os cielos (9). En esta celestial doctrina se nos
enseña igualmente la prudencia del espíritu, que nos sirve
para guardarnos de la prudencia de la carne; la justicia, con
la cual damos a cada uno lo suyo; la fortaleza, que nos hace
capaces de sufrir Y padecerlo todo generosamente por Dios y
por la eterna bienaventuranza; en fin, la templanza, que hace
para nosotros amable la pobreza por amor de Dios, y que en
medio de nuestras humillaciones nos gloriemos en la cruz. De
manera que por la sabiduría cristiana no solamente nuestra
inteligencia' recibe la luz que nos permite alcanzar la
verdad, pero la misma voluntad queda presa de aquel amor que
nos conduce a Dios y nos une a Él mediante el ejercicio de la
virtud.

(8) Romanos, XIII, 13.


(9) San Mateo, XVIII, 4.

5 Lejos estamos de afirmar que la malicia del alma y la


corrupción de las costumbres no puedan coexistir con la
conciencia de la religión. Pluguiese a Dios que los hechos
demostrasen lo contrario. Pero entendemos que cuando al
espíritu envuelven las espesas tinieblas de la ignorancia, no
pueden darse ni la rectitud de la voluntad ni las buenas
costumbres, porque si caminando con los ojos abiertos puede
apartarse el hombre del buen camino, el que padece de ceguera
está en peligro cierto de desviarse. Añádase que en quien no
está enteramente apagada la antorcha de la fe, todavía queda
esperanza de que se enmiende y sane la corrupción de
costumbres; mas cuando la ignorancia se junta a la
depravación, ya no queda espacio para el remedio, sino
abierto el camino de la ruina.

El primer ministerio
6. Puesto que de la ignorancia de la religión procedan
tantos y tan graves dafíos, y, por otra parte, son tan
grandes la necesidad y utilidad de la doctrina religiosa, ya
que, desconociéndola, en vano sería esperar que nadie pueda
cumplir las obligaciones de cristiano; conviene saber ahora a
quién compete preservar a las almas de esta perniciosa
ignorancia e instruirlas en ciencia tan indispensable. Lo
cual, venerables hermanos, no ofrece dificultad alguna,
porque ese trascendental cometido recae en los pastores de
almas. Estos, efectivamente, se hallan obligados por
precepto del mismo Cristo a conocer y apacentar las ovejas
que les están encomendadas. Apacentar es, ante todo,
adoctrinar. Os daré Pastores según mi corazón, que os
apacentarán con
la ciencia y con la doctrina (10).
Así hablaba Jeremías, inspirado por Dios; por lo cual decía
el Apóstol San Pablo: No me envió Cristo a bautizar, sino a
predicar (11), advirtiendo así que el principal ministerio de
cuantos ejercen de alguna manera el gobierno de la Iglesia
consiste en enseñar a los fieles la ciencia sagrada.

7. Inútil nos parece aducir nuevas pruebas de la excelencia


de este ministerio y de la estimación que de él hace Dios.
Cierto es que Dios alaba grandemente ¡a piedad que nos mueve
a procurar el alivio de las humanas miserias; mas, ¿quién
negará que han de colocarse muy por encima de ello el celo y
el trabajo mediante los cuales el entendimiento recibe las
enseñanzas y consejos referentes, no a las necesidades
terrenas, sino a los bienes celestiales? Nada puede ser más
grato a Jesucristo, Salvador de las almas, que dijo de Sí
propio por el Profeta Isaías: Me ha enviado a evangelizar a
los pobres (12).

(10) Jeremías, iii, is.


(11) 1 Corinto., 1, 17.
(12) San Lucas, IV, 18,

Importa mucho, venerables hermanos, insistir, para que


entiendan bien todos los sacerdotes que ninguno tiene
obligación más grande y deber más estrecho. Porque, ¿quién
negará que en el sacerdote han de unirse la ciencia y la
santidad de la vida? En los labios del sacerdote ha de estar
el depósito de la ciencia (13). Y, en efecto, la Iglesia lo
exige rigurosamente de cuantos aspiran a ingresar en el
sacerdocio. Y esto, ¿por qué? Porque el pueblo cristiano
espera recibir del sacerdote la enseñanza de la divina ley y
porque Dios le destina para propagarla. De su boca se ha de
aprender la ley, puesto que él es el ángel del Señor de los
ejércitos (14). Por lo cual, en las sagradas Ordenes, el
Obispo dice, dirigiéndose a los que van a ser hechos
sacerdotes: Que vuestra doctrina sea remedio espiritual para
el pueblo de Dios, y los cooperadores de nuestro orden sean
previsores, para que, meditando día y noche acerca de la ley,
crean lo que han leído y enseñen lo que han creído (15).
Si no hay sacerdote alguno a quien no correspondan estas
obligaciones, ¿cuáles no serán las de aquellos que por el
nombre y autoridad que ostentan y por su misma dignidad
tienen a su cargo y como por contrato la cura de almas?
Estos han de ser puestos en algún modo en el rango de los
pastores y doctores que Jesucristo dio a los fieles para que
no sean como niños fluctuantes ni se dejen llevar de aquí y
allá de todos los vientos de opiniones por la malignidad de
los hombres..., antes bien siguiendo la verdad con caridad,
en todo vayan creciendo en
Cristo, que es nuestra Cabeza (16).

(13) Malaquías, 11, 7.


(14) Malaquías, II, 7.
(15) Pontifical romano.
(16) Efesios, IV, 14 y 15.

Disposiciones de la Iglesia

8. Por lo cual, el sacrosanto Concilio de Trento, hablando


de los pastores de almas, juzgó que la primera y mayor de sus
obligaciones era la de enseñar al pueblo cristiano (17).
Dispuso, en consecuencia, que por lo menos los domingos y
fiestas solemnes dieran al pueblo instrucción religiosa, y
durante los santos tiempos de Adviento y Cuaresma
diariamente, o al menos tres veces por semana. Ni es esto
sólo: porque añade el Concilio que los párrocos están
obligados, cuando menos los domingos y días de fiesta, a
enseñar por sí o por otros, a los niños las verdades de fe y
la obediencia que deben a Dios y a sus padres; y les manda
asimismo que cuando hayan de administrar algún sacramento
instruyan en su virtud a los que van a recibirlo,
explicándolo por medio de la predicación en lengua vulgar.

9. En su constitución Etsi minime, Nuestro predecesor


Benedicto XIV resumió estas prescripciones y las determinó
claramente, diciendo: Dos obligaciones impone principalmente
el Concilio de Trento a los pastores de a1mas: una que todos
los días de fiesta hablen al pueblo acerca de las cosas
divinas; otra, que enseña los niños y los ignorantes los
elementos de la ley divina y de la fe. Justamente distingue
este sapientísimo pontífice el doble ministerio, a saber, la
Predicación, que habitualmente se llama explicación del
Evangelio, y la enseñanza de la doctrina cristiana. Acaso no
falten sacerdotes que, deseos de ahorrarse trabajo, crean que
con las homilías satisfacen la obligación de enseñar el
Catecismo. Quienquiera que reflexione descubrirá lo erróneo
de esta opinión; por que la predicación del Evangelio está
destinada a los que ya poseen los elementos de la fe y viene
a ser como el pan que debe darse a los adultos; mas, por el
contrario, la enseñanza del Catecismo es aquel alimento de
que San Pedro quería que todos estuviesen ávidos con
sencillez, como niños recién nacidos. Este oficio de
catequista consiste en elegir algunas de las verdades
relativas a la fe y las costumbres cristianas y exponerlas y
explicarlas en todos sus aspectos. Y como el fin de la
enseñanza es la perfección de la vida, el catequista ha de
comparar lo que Dios manda obrar y lo que los hombres hacen
realmente, después de lo cual, y habiendo sacado
oportunamente algún ejemplo de la Sagrada Escritura, la
historia de la Iglesia o las vidas de los Santos, ha de
aconsejar a su auditorio y como señalarle con el dedo la
norma a que debe ajustarse la vida, y terminará exhortando a
los presentes a huir de los vicios y practicar la virtud.

(17) Sesión V, c. 2 de Refor.; XXII, c. 8; ses. XXIV, c. 4 y


7 de Refor

Instrucción popular

10. No ignoramos, en verdad, que el oficio de enseñar la


doctrina cristiana no es grato a muchos, que lo estiman en
poco y acaso impropio para conseguir la alabanza popular; así
y todo, entendemos que semejante juicio pertenece a los que
se dejan llevar de la ligereza más que de la verdad.
Ciertamente no negamos la aprobación debida a los oradores
sagrados que, movidos del sincero deseo de la gloria divina,
se emplean en la defensa y reivindicación de la fe o en hacer
el panegírico de los Santos; pero su labor requiere otra
preliminar, la de los catequistas, pues faltando ésta no hay
fundamento, y en vano se fatigan los que edifican la casa.
Harto frecuente es que floridos discursos, recibídos con
aplauso por nutridas asambleas, sólo sirvan para halagar el
oído y no conmuevan las almas. En cambio, a la enseñanza
catequística, aunque sencilla y humilde, merece que se le
apliquen estas palabras que dijo Dios por Isaías: Al modo que
la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven allá,
sino que empapan la tierra y la penetran y la fecundan, a fin
de que dé simiente que sembrar y pan que comer, así será de
mi palabra salida de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que
obrará todo aquello que yo quiero y ejecutará felizmente
aquellas cosas a que yo la envié (18). El mismo juicio ha de
formarse de aquellos sacerdotes que, por mejor exponer las
verdades de la religión, publican eruditos volúmenes, motivo
por el cual son dignos, ciertamente, de copiosas alabanzas;
mas, sin embargo, ¡cuán corto es el número de los que
consultan las obras de esta índole y sacan de ellas el fruto
que correspondería a los deseos del autor! Pero la enseñanza
de la doctrina cristiana, si se hace como debe hacerse, nunca
es inútil para los que la escuchan.

11. Conviene repetirlo para inflamar el celo de los


ministros del Señor; ya es crecidísimo, y aumenta cada día
más, el número de los que todo lo ignoran en materia de
religión, o tienen de Dios y de la fe cristiana concepto tal,
que, en plena luz de verdad católica les permite vivir como
paganos. ¡Ay! Cuán grande es el número, no diremos de niños,
pero de adultos y hasta de ancianos encorvados por la edad,
que ignoran absolutamente los principales misterios de la fe,
y oyendo el nombre de Cristo responden: ¿Quién es... para que
yo crea en él? (19). De ahí el que tengan por lícito forjar
y mantener odios contra el prójimo, hacer contratos inicuos,
explotar negocios in 0fames, hacer préstamos usurarios y
constituirse en reos de otras prevaricaciones semejantes. De
ahí que, ignorantes de la ley de Cristo -que no sólo prohibe
toda acción torpe, sino el pensamiento voluntario Y el deseo
de ella- muchos que, sea por lo que quiera, casi se abstienen
de los placeres vergonzosos, alimentan en sus almas, que
carecen de principios religiosos, los pensamientos más
perversos, y hacen el número de sus iniquidades mayor que el
de los cabellos de su cabeza. Y ha de repetirse que estos
vicios no se hallan solamente entre la gente del campo y el
pueblo bajo de las ciudades, sino también, y acaso con más
frecuencia, entre hombres de otra categoría, incluso entre
los que se envanecen de su saber, y, apoyados en una vana
erudición, pretenden burlarse de la religión y blasfemar de
todo lo que no conocen (20).

(18) Isaías, LV, 10 y 11.


(19) San Juan, IX, 36.
(20) San Judas, 10.

12. Si es cosa vana esperar cosecha en tierra que no se ha


sembrado, ¿cómo pueden esperarse generaciones adornadas de
buenas obras si oportunamente no han sido instruidas en la
doctrina cristiana? De donde justamente inferimos que, si la
fe languidece en nuestros días a punto de que en muchos
sujetos parece casi muerta, es que se ha cumplido
descuidadamente, o se ha omitido del todo, la obligación de
enseñar las verdades contenidas en el Catecismo. Inútil
sería decir, para hallar excusa, que la fe nos ha sido dada
gratuitamente y conferida a cada uno en el bautismo. Porque,
ciertamente, cuando hemos sido bautizados en Jesucristo,
fuimos enriquecidos con la Posesión de la fe; mas esta divina
semilla no llega a crecer... y echar grandes ramas (21) si
queda abandonada a sí misma y a su nativa virtud. Tiene el
hombre, desde que viene a este mundo, facultad de entender;
mas esta facultad necesita la excitación de la palabra
materna Para convertirse en acto, como se suele decir en las
escuelas. Esto precisamente acontece al hombre cristiano,
que, -1 renacer por el agua y el Espíritu Santo, trae como en
germen la fe; pero necesita de la enseñanza de la Iglesia
para que esta fe pueda nutrirse, desarrollarse y dar fruto.
Por lo cual escribía el AP6stol: La fe proviene del oír, y el
oír depende de la predicación de la palabra. de Cristo (22).
Y Para mostrar la necesidad de la enseñanza añadió: ¿Cómo...
oirán hablar, si no se les predica? (23).

Normas

13. Si por lo expuesto hasta aquí ya puede verse cuál la


importancia de la instrucción religiosa del pueblo, debernos
hacer cuanto nos es Posible a fin de que la enseñanza de la
sagrada doctrina, que sirviéndonos de palabras de nuestro
predecesor Benedicto XIV, es la institución más útil para la
gloria de Dios y la salud de las almas (24), se mantenga
siempre floreciente, o, donde se haya descuidado, se
restaure. Así, pues, venerables hermanos, queriendo cumplir
esta grave obligación del apostolado supremo y hacer que en
todas partes se observen en materia tan importante las mismas
prácticas; en virtud de nuestra suprema autoridad,
establecemos para todas las diócesis las siguientes
disposiciones, que habrán de ser rigurosamente observadas y
cumplidas:
14. I. Todos los párrocos, y en general cuantos sacerdotes
ejercen la cura de almas, han de instruir con arreglo al
Catecismo, durante una hora entera todos los domingos y días
de fiesta del año, sin exceptuar ninguno, a todos los niños y
niñas en lo que deben creer y obrar para alcanzar la
salvación eterna.

(21) San Marcos, IV, 32.


(22) Romanos, X, 1.7.
(23) Romanos, X, 14.
(24) Const. Etsi minime. 13.

15. II. Los mismos han de preparar a niñas y niños en


época fija del año y mediante instrucción que ha de durar
varios días, a recibir dignamente los Sacramentos de
Penitencia y Confirmación.

16. III. Además, han de preparar con especial cuidado a los


jovencitos y jovencitas para que, santamente, se acerquen por
primera vez a la Sagrada Mesa, valiéndose para este fin de
oportunas enseñanzas y exhortaciones, durante todos los días
de Cuaresma, y si fuere necesario, durante varios otros
después de la Pascua.

17. IV. En todas las parroquias se erigirá canónicamente la


asociación que vulgarmente se denomina Congregación de la
Doctrina Cristiana; con la cual, principalmente donde ocurra
ser escaso él número de sacerdotes, tendrán los párrocos
auxiliares del estado seglar para la enseñanza del Catecismo;
los cuales se ocuparán en este ministerio, así por celo de la
gloria de Dios, como por lucrar las santas indulgencias con
que los Romanos Pontífices han enriquecido esta asociación.

18. V. En las grandes poblaciones, principalmente donde haya


Facultades mayores, liceos y colegios, fúndense escuelas de
religión para instruir en las verdades de la fe y en las
prácticas de la vida cristiana a la juventud que frecuenta
las aulas públicas en que no se mencionan las cosas de
religión.

19. VI. Porque en estos tiempos de desorden la edad madura


no está menos que la infancia necesitada de instrucción
religiosa, los párrocos y cuantos sacerdotes tengan cura de
almas, además de la acostumbrada homilía sobre el Santo
Evangelio, que han de hacer todos los días de fiesta en la
misa parroquias, escojan la hora más oportuna para que
concurran los fieles -exceptuando la destinada a la doctrina
de los niños- y hagan instrucciones catequísticas a los
adultos, en forma sencilla y acomodada a sus inteligencias;
debiendo ajustarse para ello al Catecismo del Concilio de
Trento; de tal modo, que en el espacio de cuatro o cinco años
expliquen cuanto se refiere al Símbolo, los Sacramentos, el
Decálogo, la Oración y los Mandamientos de la Iglesia.

20. VII. Todas estas cosas, venerables hermanos, mandamos y


establecemos en virtud de nuestra autoridad apostólica.
Ahora, obligación vuestra es procurar, cada cual en su propia
diócesis, que estas prescripciones se cumplan enteramente y
sin tardanza. Velad, pues, y, con la autoridad que os es
peculiar, procurad que nuestros mandatos no caigan en olvido,
o - lo que sería igual- se cumplan con negligencia y
flojedad. Para evitar esa falta habéis de emplear las
recomendaciones más asiduas y apremiantes a los párrocos, a
fin de que no expliquen el Catecismo sin preparación, sino
preparándose antes con esmero; de modo que no hablen el
lenguaje de la sabiduría humana, sino que con sencillez de
corazón y sinceridad delante de Dios (25) sigan el ejemplo de
Cristo, que aunque expusiese cosas que estuvieron ocultas
desde la creación del mundo (26), sin embargo, las decía
todas al pueblo por medio de parábolas o ejemplos, y sin
parábolas no les predicaba (27). Sabemos también que lo
mismo hicieron los Apóstoles, enseñados por Jesucristo, y de
ellos decía San Gregorio Magno: Pusieron todo cuidado en
predicar a los pueblos ignorantes cosas, sencillas y
accesibles, y no cosas altas y arduas (28). Y en las cosas
de religión, una gran parte de los hombres de nuestra edad ha
de tenerse por ignorante.

El trabajo de la enseñanza

21. Pero no quisiéramos que alguien, en razón de esta misma


sencillez que conviene observar, imaginase que la enseñanza
catequística no requiere trabajo ni meditación; por el
contrario, son de mayor necesidad que en cualquiera otra. Es
más fácil hallar un orador que hable con abundancia y
brillantez, que un catequista cuyas explicaciones merezcan en
todo alabanza. Por tanto, todos han de tener en cuenta que,
por grande que sea la facilidad de conceptos y de expresión
de que se hallen naturalmente dotados, ninguno hablará de la
doctrina cristiana con provecho espiritual de los adultos ni
de los niños, si antes no se ha preparado con estudio y seria
meditación. Se engañan los que, fiándose de la inexperiencia
y torpeza intelectual del pueblo, creen que pueden proceder
negligentemente en esta materia. Es todo lo contrario;
cuanto mayor sea la incultura del auditorio, mayor celo y
cuidado se requieren para lograr que las verdades más
sublimes, tan elevadas sobre el entendimiento de la
generalidad de los hombres, penetren en la inteligencia de
los ignorantes; los cuales, no menos que los sabios necesitan
conocerlas para alcanzar la eterna bienaventuranza.

22. Séanos permitido, venerables hermanos, deciros al


terminar esta carta lo que dijo Moisés: El que sea del Señor,
júntese conmigo (29). Os rogamos y suplicamos que observéis
cuán grandes son los estragos que produce en las almas la
sola ignorancia de las cosas divinas. Tal vez muchas otras
obras útiles y dignas de alabanza se hallen establecidas por
vosotros en vuestras diócesis para bien de vuestros
respectivos rebaños; pero, con preferencia a todas ellas, y
con todo el empeño, todo el celo y toda la constancia que os
sean posibles, habéis de cuidar esmeradamente de que el
conocimiento de la doctrina cristiana llegue a penetrar en la
mente y en el corazón de todos. Comunique cada cual al
prójimo -repetimos con el Apóstol San Pedro- la gracia según
la recibió, como buenos dispensadores de los dones de Dios,
los cuales son de muchas maneras (30)
Que, mediante la intercesión de la Inmaculada y
Bienaventurada Virgen, vuestro celo y piadosa industria se
exciten con la bendición apostólica, que amorosamente os
concedemos a vosotros, a vuestro clero y al pueblo que os
está confiado, y sea testimonio de Nuestro afecto y prenda de
los divinos dones.

Dado en Roma, en San Pedro, el 15 de abril del año 1905,


segundo de Nuestro Pontificado. Pío Papa X.

(25) II. Corint., I, 12.


(26) San Mateo, XII, 34.
(27) Ibídem, 34.
(28) Moral., 1, XVII, c. 26.
(29) Éxodo, XXXII, 26.
(30) 1. San Pedro, IV, 10

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