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Tema 4

Las fichas de lectura y bibliográficas son herramientas clave en la investigación científica, permitiendo organizar información, hacer seguimiento de temas y facilitar la redacción de trabajos. Existen diferentes tipos de fichas, como las bibliográficas, de contenido y de trabajo de campo, cada una con su propósito específico para recopilar y estructurar información relevante. La correcta elaboración y uso de estas fichas ayuda a optimizar el proceso de investigación y a mantener un registro claro de las fuentes consultadas.
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Tema 4

Las fichas de lectura y bibliográficas son herramientas clave en la investigación científica, permitiendo organizar información, hacer seguimiento de temas y facilitar la redacción de trabajos. Existen diferentes tipos de fichas, como las bibliográficas, de contenido y de trabajo de campo, cada una con su propósito específico para recopilar y estructurar información relevante. La correcta elaboración y uso de estas fichas ayuda a optimizar el proceso de investigación y a mantener un registro claro de las fuentes consultadas.
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Tema 4.

Elaboración de fichas
1. ¿Para qué sirven las fichas?
Una ficha, en el contexto de elaboración de una investigación científica, puede referirse
tanto a fichas de lectura como a fichas bibliográficas. Las segundas las hemos tratado
brevemente al presentar los gestores bibliográficos en el tema anterior. Las fichas de
lectura, por otra parte, ofrecen una herramienta complementaria a las fichas
bibliográficas y, como tales, pueden ser introducidas en nuestros gestores de
información. Sin embargo, antes de pasar a su aplicación, debemos entender qué son las
fichas y para qué sirven en un contexto de trabajo académico.
Al igual que las fichas creadas entorno a una novela durante nuestro paso por la
educación secundaria, las fichas bibliográficas y de lectura académicas nos sirven para
recoger información de una fuente. En este caso, nuestra recogida y selección de
información se enfocará a poder referenciar la obra en cuestión y sus contenidos una vez
consultada, sin tener que recurrir a la fuente original una segunda vez.
Las fichas de lectura son documentos en los que plasmar diferentes informaciones de
interés referentes a las fuentes consultadas. En estos documentos podemos introducir
desde una ficha bibliográfica hasta reflexiones propias y citas textuales que creemos
podremos usar en la elaboración de los productos de nuestra investigación.
Dependiendo de la fase de trabajo en la que nos encontremos y de la finalidad detrás de
nuestra reunión y selección de información, las fichas servirán a varios fines
(Azofeifa, 2006; Estrella et al., 2016):
- Organización de la información. En primera instancia, la creación de una ficha
bibliográfica o de lectura nos servirá para poner por escrito las partes más
relevantes encontradas en una fuente de información. De igual forma, nos
permitirá establecer grupos temáticos entorno a los materiales elaborados o
consultados.
- Seguimiento de un tema. Una vez conformadas una serie de fichas para nuestra
consulta y divididas estas en áreas temáticas, podremos evaluar el trabajo
realizado respecto a la búsqueda de los temas que vamos a tratar en nuestra
investigación. Podremos hacer un seguimiento de un tema concreto
contrastándolo con la información conseguida en otras áreas presentes en
nuestro proyecto.
- Redacción de un trabajo. Contar con una serie de fichas bien organizadas y
divididas temáticamente nos permitirá redactar nuestros trabajos de una forma
mucho más ágil y eficiente. Al tener la información previamente separada en
temas o categorías, podremos decidir en qué orden introducirlas en nuestro texto
y contrastar puntos en común o divergencia entre varias fuentes.
El trabajo con fichas supone, en otras palabras, una reducción de la información de las
fuentes consultadas a los elementos de interés a los que querremos retornar en un futuro
(Lyutaya, 2011). Esta forma de registro de información es especialmente relevante en
proyectos de larga duración que incluyan multitud de referencias a fuentes
bibliográficas y orales, en tanto que nos permitirán dejar por escrito los elementos que
consideramos relevantes sin tener que depender de nuestra memoria que, en
muchas ocasiones, puede jugarnos malas pasadas.
En la figura 1, se presentan algunos de los elementos que incluir en una ficha de lectura:

De esta forma, contamos con diferentes tipos de información susceptibles de ser


introducidas en una ficha de lectura (Eco, 1977):
- Información bibliográfica. No es necesario introducir todos los datos de la
fuente consultada si manejamos un gestor bibliográfico de forma paralela, que
nos permita dejar constancia de los datos necesarios para referenciarla en el
futuro. Sin embargo, es interesante introducir indicadores como título, autor y
fecha.
- Reflexiones personales y preguntas. Durante nuestra consulta o análisis de una
fuente de información, pueden surgir reflexiones propias o preguntas para las
que no tengamos una respuesta concreta, que consideremos pueden enriquecer el
contenido de nuestro trabajo.
- Citas textuales y paráfrasis. Al encontrarnos con fragmentos que creemos que
podremos usar, ya sea de forma textual o parafraseada, podremos introducirlo en
nuestra ficha para su posterior uso. De esta forma, contaremos con fragmentos
preseleccionados para su uso en nuestros escritos y presentaciones, para apoyar
los argumentos necesarios o aspectos de interés sin tener que retornar a la fuente
en que se encuentran para transcribirlos.
- Referencias derivadas de la fuente consultada. Por lo que hace a fuentes de
origen bibliográfico, es recurrente encontrar referencias secundarias que puedan
interesarnos para nuestra investigación. Dejarlas plasmadas en la ficha de lectura
nos permitirá volver a la fuente donde las encontramos en caso de necesitar citar
el trabajo a través de otro autor.
En cada caso, es esencial que las diferentes informaciones introducidas en nuestra
ficha estén señaladas de forma clara, para recordar qué tipo de información se ha
recogido en cada caso. Podemos utilizar indicadores como: corchetes ([]) cuando la
información introducida sea una aportación nuestra, indicaciones de página (P.) delante
de citas textuales o paráfrasis, introducción de citas textuales entre comillas («»), etc.
Sin embargo, su inserción en el texto dependerá de nuestra preferencia y uso consistente
a través de los documentos creados.
Independientemente del sistema que usemos, es fundamental ser consistentes en el
sistema que decidamos al principio de nuestra investigación. Si una de las formas de
plasmar la información que hemos desarrollado no nos convence, podremos cambiarla
por otra en investigaciones futuras o adaptarla conscientemente, teniendo en cuenta que
dos indicadores pueden referirse a un mismo tipo de información.
Para ampliar estos aspectos, podemos referirnos al trabajo coordinado por Federico
Navarro y Graciela Aparicio en su Manual de lectura, escritura y oralidad académicas
para ingresantes en la universidad (2018), en el que desarrollan de forma extensa tanto
la utilidad de las fichas para la organización del trabajo (p. 160), como otros elementos
que tener en cuenta para el trabajo de lectura y redacción académico.
2. Tipos de ficha
Podremos hablar de diferentes tipos de fichas dependiendo del tipo de información que
contengan. Los tipos de ficha más comunes, a partir de las que podemos crear otras
formas de selección y salvado de la información, son: las fichas bibliográficas, las
fichas de lectura y las fichas de trabajo de campo. Las dos últimas podemos
considerarlas como fichas de contenido.
Las fichas bibliográficas son aquellos documentos en los que recogemos la
información básica de una fuente para poder referenciarla adecuadamente en el futuro.
En ellas deberemos incluir (Tortosa, 2014):
- Apellido y nombre del autor (o autores).
- Título y subtítulo de la obra.
- Fecha de edición (si no figura, se indica s.f., es decir, sin fecha).
- Números de página o de tomo, si se aplican.
Umberto Eco, en Cómo se hace una tesis (1977) detalla cada uno de estos elementos de
forma específica. Aunque, debido a la fecha de publicación del volumen, las propuestas
del autor se centran en la elaboración de fichas físicas más que digitales, los apuntes que
ofrece pueden ser trasladados al soporte electrónico en gran parte.
Hasta hace unos años, las fichas bibliográficas se elaboraban sobre cartulina y eran
guardadas en archivadores, una herramienta entonces esencial para mantener un registro
de la literatura y fuentes consultadas. Hoy en día, contamos con gestores bibliográficos
y formas digitalizadas de mantener nuestros registros al día, que solo requieren de
nuestro ordenador.
En Mendeley, estas fichas se corresponden a la ventana en la que introducimos los datos
de la fuente consultada, a partir de la función Añadir > Añadir entrada manualmente, o
bien arrastrando un documento a la pantalla de
la aplicación.
La lista que aparece en nuestra biblioteca, en
el módulo central del programa, es el
equivalente de las cajas de fichas en las que se
guardaban los antiguos registros. El acceso a
todos los datos que presenta la columna a la
derecha, por otra parte, es donde encontramos los datos de la ficha desglosados, como
se ve a continuación:
Las fichas de lectura o de contenido, dependiendo de cuál sea la fuente a la que estemos
haciendo referencia, puede basarse en un documento de Word que luego podrá
adjuntarse a Mendeley. Si vamos a vincular la ficha a la aplicación, no hará falta
introducir en nuestro Word la información bibliográfica, puesto que ya la tendremos
fijada en el programa. Y luego podemos adjuntar el fichero a la referencia entrada en
Mendeley, con los datos bibliográficos correspondientes.
Podemos usar las fichas de lectura o de contenido para inserir cualquier resumen, cita,
esquema o reflexión que creamos nos vaya a ser de utilidad en el futuro al revisitar el
documento creado, siempre siendo consecuentes con el sistema de organización que
escojamos.
Eco (1977) nos propone varios tipos de ficha (o contenidos para una ficha) que pueden
sernos de utilidad a la hora de elaborar un texto o producto académico:
- Fichas de lectura de libros o artículos, centrados en un texto en concreto.
- Fichas temáticas, donde podemos introducir aportaciones de varios autores
sobre un mismo tema y así detectar argumentos similares o dispares.
- Fichas por autores, en las que introducir todas las referencias de un autor en
particular.
- Fichas de citas, donde dejar reflejadas las citas que querremos utilizar en
nuestro texto.
- Fichas de trabajo, dentro de las que encontraríamos fichas de problemáticas en
las que queramos ahondar o fichas de sugerencias.
Como apunta el autor, no es necesario confeccionar todas estas fichas, pero será esencial
contar con las herramientas que nos ofrecen algunas de ellas para planificar nuestra
redacción, o la elaboración de otros productos derivados de nuestra investigación.
De acuerdo con lo propuesto anteriormente, es recomendable elaborar una ficha para
cada fuente consultada o analizada. En ellas, especificaremos con caracteres específicos
(como corchetes o comillas) a qué se refiere cada una de nuestras aportaciones. Sin
embargo, una vez elaboradas todas las fichas con los materiales que vamos a introducir
en nuestra investigación, podremos proceder a reorganizar los contenidos de las
mismas.
Por ejemplo, una vez finalizada nuestra revisión de fuentes, podremos crear fichas
temáticas en las que agrupemos todas las aportaciones de los distintos autores sobre un
tema específico que vayamos a tratar en nuestro trabajo. Esto nos permitirá desarrollar
el texto de forma más fluida, puesto que nos ofrecerá la posibilidad de elaborar un
pequeño plan de redacción entorno a las ideas recogidas.
Finalmente, es interesante hablar de las fichas de trabajo de campo como aquellos
documentos creados a partir de nuestra actividad práctica investigadora (Tortosa, 2014).
Estos documentos nos podrán servir como una forma de ahondar en los diferentes
materiales elaborados a partir de nuestras fuentes orales o primarias y para mantener un
registro del trabajo realizado.
Entre estas fichas o documentos, encontramos, por ejemplo:
- Diarios y crónicas de campo, en los que vamos a reflejar nuestra propia
experiencia en un contexto concreto dentro de un período de tiempo específico.
Nos podrán servir para elaborar esquemas, definir ideas derivadas de nuestra
actividad, etcétera.
- Observaciones relativas a eventos o sucesos, donde podremos reflejar los
elementos captados a través de diferentes actividades participantes,
independientemente de su trabajo individual o conjunto.
- Transcripciones o fragmentos transcritos de entrevistas, en las que
plasmaremos los fragmentos más significativos de la experiencia, memoria u
opinión de una persona participante en nuestra investigación.
- Análisis y comentarios de partituras, grabaciones o audiovisuales, que
pueden servirnos para elaborar pensamientos sobre pasajes específicos o entorno
a la totalidad de una pieza.
La forma de señalizar las diferentes aportaciones que hacemos a nuestros documentos,
en este caso, deberá seguir el mismo rigor que el aplicado a las fichas de lectura o
referidos a otros contenidos de fuentes. Por ello, deberemos ser consistentes en la
utilización de señalizaciones dentro de los documentos creados para elaborar nuestra
investigación, sean los mencionados u otros que consideremos de utilidad para el caso
específico que estemos abordando.
3. Extracción de la información
Una vez entendidos los conceptos que pueden ser plasmados dentro de una ficha de
lectura o de contenido, deberemos preocuparnos de qué información seleccionar y qué
pasajes y elementos importantes podemos extraer que complementen nuestra
actividad lectora o de campo.
La finalidad de las fichas de contenido es la de establecer una selección de los
fragmentos pertinentes relacionados con el tema de nuestra investigación o queramos
utilizar posteriormente en los productos de nuestro trabajo.
Es decir, las fichas de contenido nos ofrecen la posibilidad de filtrar el contenido de las
fuentes consultadas y analizadas para enmarcarlas en nuestra área de interés específico,
de cara a la facilitación de su uso futuro (Azofeifa, 2006).
Para llevar a cabo esta tarea, contamos con varias herramientas, tanto digitales como
analógicas, con las que ya estamos familiarizados, como los subrayados, las anotaciones
a los márgenes o el uso de etiquetas.
En formato analógico o físico, podemos subrayar o incluir señalizaciones a lápiz en
un texto para que su localización posterior sea más fácil. Por ejemplo, podemos trazar
una raya al lado del fragmento de interés y apuntar las palabras clave que nos vayan a
recordar su utilidad para nuestro trabajo.
Igualmente, podemos hacer uso de post-its u otro tipo de etiquetas que nos permitan
retornar a un punto específico. Incluso podemos añadir sistemas de colores a través de
estos indicadores, para la señalización de información perteneciente a temas diferentes,
trabajando la clasificación de contenidos mientras leemos.
Estos mismos elementos pueden ser trasladados al entorno digital, por ejemplo, al leer
un artículo o libro en este formato. Existen varios programas, como Adobe Reader, que
nos permiten incluir señalizaciones de varios tipos sobre el texto de forma análoga a las
que realizaríamos sobre un formato impreso.
A partir de este trabajo, veremos de forma clara qué secciones queremos trasladar a
nuestra ficha de contenido e incluir en la misma (resúmenes, fragmentos copiados,
comentarios u opiniones, ilustraciones o gráficas interesantes). El archivo editado podrá
adjuntarse a la referencia del gestor bibliográfico junto con la ficha que hayamos
creado, para tener todos los documentos relacionados en un solo foco.
Para aproximarnos a fuentes bibliográficas o que contengan textos extensos, podemos
aproximarnos a la lectura de formas diferentes que dependerán, en primera instancia, del
tipo de información que busquemos (Estrella et al., 2016):
- Lectura selectiva. Se refiere a la búsqueda de datos concretos de una forma
rápida, pasando la vista por el texto para detectar aquello que nos interesa.
Dentro de esta forma de lectura, contamos con algunas estrategias para detectar
pasajes o materiales de interés para nuestro estudio.
- Lectura de escaneo. Se aplica cuando estamos buscando datos específicos, por
lo que no hace falta comprender el significado del texto completo. Para usar esta
estrategia, debemos tener claro qué estamos buscando y ralentizar nuestra
lectura solo al encontrarnos con la palabra a datos que estábamos intentado
localizar.
- Lectura superficial. Se aplica cuando pretendemos hacer una aproximación a
las ideas principales de un texto. Incluye la lectura de títulos y apartados, las
primeras frases de los párrafos o aquellas palabras resaltadas en el texto que nos
puedan dar pistas del contenido.
- Lectura de estudio. Referida a la lectura necesaria para entender y comprender
un contenido textual en su totalidad, que requiere una revisión más completa y
analítica. A diferencia de la categoría anterior, a través de esta lectura focalizada
detectaremos los párrafos fundamentales y podremos servirnos de la
información asimilada para crear esquemas o mapas de ideas que nos sirvan a la
elaboración del material recogido de forma posterior.
La lectura selectiva y sus formas de aproximarse al texto nos servirán para detectar las
fuentes a las que deberemos prestar mayor atención, mientras que la lectura de estudio
nos permitirá profundizar en los materiales seleccionados para ahondar en sus
contenidos.
Será, en esta segunda ocasión, cuando podremos seleccionar de forma precisa citas o
partes del texto sobre las que querremos volver una vez nos propongamos elaborar un
escrito o producto derivado de nuestra investigación (Tortosa, 2014). Será, igualmente,
una herramienta que nos facilitará la elaboración de un estado de la cuestión o marco
teórico sobre el que fundamentar nuestro trabajo.
Para ahondar en las formas de trabajo sobre fuentes bibliográficas, en el apartado «A
fondo» se añade un artículo breve en inglés de Tatiana Lyutaya (2011) sobre la utilidad
de la lectura extensiva (extensive reading) para el aprendizaje. Este texto puede ser de
utilidad tanto para desarrollar estrategias más precisas entorno al trabajo de uno o varios
temas, como para empezar a trabajar la lectura de literatura anglosajona juntamente con
la española.

4. Organización de la información
Durante nuestro trabajo investigador acabaremos produciendo una gran cantidad de f
ichas de contenido y documentos en referencia a las múltiples tareas que vayamos
desarrollando. Con el trabajo de meses (e incluso años para algunos trabajos científicos)
creamos y modificamos gran cantidad de fichas de lectura (de artículos, de libros, de
tesis, de manuales…) y de trabajo de campo (correspondientes a diferentes actividades y
ocasiones), que serán necesarias para mantener un registro de todos los datos relevantes
que vamos encontrando.
Teniendo en cuenta la acumulación de documentos que supone nuestro trabajo, es
esencial establecer un orden inicial no solo dentro de los documentos (con el uso de
indicadores) sino también en torno a los mismos (Navarro y Aparicio, 2018), ya sea
sobre nuestro escritorio o dentro de nuestro ordenador.
Mantener los documentos producidos en un orden lógico y que funcione para nosotros
será clave para poder trabajar cómodamente y de forma efectiva, en lugar de hacerlo
frenados por la necesidad de rebuscar y aclarar autores o títulos.
Una forma de hacernos el trabajo futuro más fácil a nosotros mismos es trabajar de
forma consciente en el presente. Para ello, disponemos de técnicas que empiezan en la
consistencia de etiquetación de los documentos que vamos produciendo y registrando.
En primer lugar, debemos crear un sistema de clasificación en carpetas como el
propuesto en temas anteriores, que nos permita discernir los materiales que vamos
creando para su distribución entorno a la estructura de nuestro trabajo. De esta forma,
podemos crear carpetas por capítulos, temas o grupos de carácter general (por ejemplo,
dedicando una carpeta a fichas de lectura que sirva de referencia para el posterior
refinamiento de los contenidos en otras subcarpetas).
Al crear documentos para ser inseridos en estas carpetas, hemos de tener en cuenta
cómo los etiquetamos, para que su localización sea lo más fácil y rápida posible de
cara a la confección de textos u otros productos de investigación.
Por lo que hace a la etiquetación de las fichas de lectura y para que estas se
correspondan con cada una de las referencias registradas en nuestro gestor bibliográfico
(u otro sistema de elección), deberemos ser claros en el nombre que asignamos al
documento en cuestión (Tortosa, 2014; Estrella et al., 2016).
Por ejemplo, podemos utilizar la fórmula «Apellido del autor - Título» para poder
encontrar en todo momento la referencia a la que hace alusión un documento.
De esta forma, las fichas contenidas en una carpeta se podrán disponer de forma
alfabética, lo que nos permitirá encontrar cualquier autor enseguida y, por tanto,
referirnos al documento que queremos recuperar de forma rápida.
Si tenemos archivos como las fichas de trabajo de campo, que pertenecen a un sistema
similar de clasificación pero que no pueden ser etiquetadas de esta forma, contamos con
varias posibilidades:
Si los documentos se corresponden a una serie de eventos, observaciones o diarios
de campo, será útil la fórmula de fecha inversa (año-mes-día), de tal forma que al
ordenar los documentos estos aparezcan ordenados. Un ejemplo de esta clasificación
sería «20200425», para referirnos a un evento o trabajo realizado el día 25 de abril de
2020.
Si tenemos alguna variable en esta clasificación que va más allá de la fecha o que
queremos recordar de entrada, como el lugar donde se desarrolla un evento, podemos
optar por opciones como:
- Si prima la fecha frente a la localización: 20200425_Barcelona,
20200427_Tarragona, 20200427_Valls.
- Si prima la localización frente a la fecha: Barcelona_202004,
Tarragona_20200427, Valls_20200427.
Por supuesto, este formato puede ser adaptado a nuestro trabajo específico y
dependerá principalmente del orden en que queramos que nos aparezcan los
documentos creados, contenidos en una carpeta.
Otros documentos que pueden resultar complicados a la hora de ser etiquetados son l a s
entrevistas o grabaciones de personas individuales. Si para nuestra investigación
realizamos múltiples grabaciones deberemos crear una tabla en un documento Excel o
Word donde introducir los datos más relevantes de las mismas. Por ejemplo, si nuestra
investigación cuenta con multitud de fuentes orales y recurrimos al formato de
entrevista para la recolección de información, en la tabla que creemos deberemos
incluir: nombre de la persona, fecha, lugar, duración de la entrevista y palabras clave,
entre otros parámetros.
Las grabaciones de campo, realizadas con finalidad investigadora, no entran en forma
de referencia bibliográfica en nuestro gestor, puesto que son fuentes primarias que no
permanecen ancladas en una localización específica que nos permita revisitarlas después
del evento. Por ello, los archivos creados a partir de grabaciones, al igual que los
documentos derivados en que sean transcritas o analizadas, deberán mostrar un
paralelismo con la tabla – que vamos a adjuntar como anexo de nuestro trabajo.
Dos formas de etiquetar estos archivos para que se correspondan con la tabla y podamos
volver rápidamente a su localización son:
- Fecha_Apellidos. Por ejemplo: 20200425_PerezRio.
- Apellidos_Tema. Por ejemplo: PerezRio_Violin o PerezRio_MuseoPrado.
Igual que en el caso anterior, la etiquetación de cada documento dependerá de
nuestra preferencia en el orden de aparición. En cualquier caso, es necesario que los
nombres dados a los archivos sigan un sistema consistente, que pueda servirnos, a ser
posible, también de cara a proyectos futuros.
5. Sistemas de clasificación
Una vez creadas las fichas y colocadas estas en las carpetas correspondientes de forma
ordenada y clara para su rastreo, podremos dar un paso más allá en la creación de
sistemas de clasificación de la información en subcarpetas o grupos temáticos, que nos
sirvan para redactar de forma organizada (Eco, 1977).
A la hora de enfrentarnos a un documento de texto en el que queramos plasmar nuestras
ideas, alimentándolas de todas aquellas fuentes de las que nos hemos servido durante
nuestra investigación, nos encontraremos con un alto volumen de texto y archivos que
necesitarán ser trabajados por segunda vez (Tortosa, 2014; Vélez Cuartas et al., 2017).
Para la clasificación de los distintos apuntes, citas y elementos recolectados dentro del
formato escrito (o audiovisual, dependiendo del producto que estemos elaborando) será
ineludible hacer una revisión de todo aquello que hemos formulado hasta el momento.
Es aquí cuando la clasificación previa en carpetas y la adecuada etiquetación de los
documentos nos servirá para comenzar nuestro trabajo cómodamente.
En este punto de nuestra investigación, nuestro índice provisional habrá ido tomando
una forma más concreta y contará con la mayor parte de los elementos que serán
mantenidos en el mismo. Por ello, los siguientes pasos se encuentran conectados al
índice de forma cercana.
Al enfrentarnos a la redacción de un Trabajo de Fin de Máster o a otra investigación de
envergadura, podremos empezar creando diferentes documentos de texto que se
correspondan con cada uno de los capítulos o subcapítulos planteados en el índice.
Estos documentos de esquematización no nos servirán para empezar a redactar, sino
para introducir la información que vayamos seleccionando desde nuestras fichas de
contenido – que, por otra parte, ya habremos filtrado al pasar la información que
consideramos relevante de los documentos originales a las fichas de lectura.
Podemos titular estos archivos con el nombre del capítulo o subcapítulo que les
corresponde en nuestro índice, para tener localizado el contenido de cada una de las
partes. Por ejemplo, podremos usar fórmulas como «2.1. Esquema» o «2.1. Ideas».
En estos archivos introduciremos:
- Las ideas específicas que vamos a tocar en la sección en forma de guiones.
- El apellido del autor o los autores que traten cada idea, al lado del guion
correspondiente – en continuidad de las fichas de contenido a las que hacen
alusión.
- Las referencias completas que queramos usar y/o que expliquen ese punto en
detalle, junto con el nombre del autor a que pertenecen o se refieren.
Si vemos que los guiones o ideas creadas son muchas, tenemos la opción de servirnos
de herramientas como los subrayados de colores o las fuentes de colores para
diferenciar cada grupo conceptual. Es decir, podremos subrayar la idea formulada en un
guion y las citas correspondientes (inseridas en el documento) usando el mismo color.
De esta forma, podremos crear grupos específicos sobre los que vamos a hablar
diferenciadamente en nuestro texto redactado.
A pesar de la complicación aparente de este proceso, estamos siguiendo continuamente
un desarrollo centrado en buscar lo específico en cada apartado. Nuestras divisiones en
carpetas y posteriores divisiones en documentos dedicados a cada capítulo no son sino
una forma de asegurarnos que la información que introducimos en el documento de
texto definitivo cumple con requisitos científicos como (Lyutaya, 2011):
- La relación de la información introducida en el texto con lo trabajado durante
la recolección y análisis de fuentes.
- La elusión de repeticiones respecto a los argumentos propuestos por dos
autores diferentes de forma similar.
- La concisión en nuestra exposición de la información.
- La creación de un discurso ordenado y fácil de seguir para el lector, que
incluya las referencias necesarias.
Llegados a este punto, podremos proceder a crear un documento en el que comenzar a
redactar las ideas detalladamente organizadas en nuestro documento de
esquematización. Con este documento, todo lo que deberemos hacer es seguir las pautas
que nosotros mismos hemos ido marcando. Igualmente, al habernos asegurado que
todos los documentos son localizables y comparten etiquetas para relacionarlas con sus
fuentes, no tendremos problemas para volver sobre nuestros pasos siempre que sea
necesario.
De esta forma, cada una de las fases seguidas, que desembocan en la creación del texto
final, nos habrá conducido a una propuesta bien trabajada y organizada, que pueda
servir para avanzar en el conocimiento de un área de estudio.

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