Índice
Portada
Portadilla
Dedicatoria
1 de DICIEMBRE
Catalina
Luke
2 de DICIEMBRE
Catalina
3 de DICIEMBRE
Luke
4 de DICIEMBRE
Catalina
5 de DICIEMBRE
Luke
6 de DICIEMBRE
Luke
7 de DICIEMBRE
Catalina
8 de DICIEMBRE
Luke
9 de DICIEMBRE
Catalina
10 de DICIEMBRE
Luke
11 de DICIEMBRE
Catalina
12 de DICIEMBRE
Luke
13 de DICIEMBRE
Catalina
14 de DICIEMBRE
Luke
15 de DICIEMBRE
Catalina
16 de DICIEMBRE
Luke
Catalina
17 de DICIEMBRE
Luke
18 de DICIEMBRE
Luke
19 de DICIEMBRE
Catalina
20 de DICIEMBRE
Catalina
21 de DICIEMBRE
Luke
22 de DICIEMBRE
Catalina
Luke
23 de DICIEMBRE
Catalina
24 de DICIEMBRE
Epílogo Catalina
Nota de la autora
Agradecimientos
Créditos
UN
AMOR DE
DICIEMBRE
UNA NOVELA DE ADVIENTO
LAUREN ASHER
TRADUCCIÓN DE ANA ROBLA VICARIO
Una novela de adviento
Empieza la cuenta atrás para Navidad: cada día abre un
capítulo y descubre la historia de Catalina y Luke.
Para quienes no se podían decidir entre
el doctor Macizo y el doctor Caliente…
Preparaos para enamoraros del doctor Darling.
1 de
DICIEMBRE
Catalina
—¡Mira! ¡Ahí está Aiden! —Mi hermana, Gabriela, saluda con la mano
en dirección al mostrador de recepción.
Impresionante; con menos de cinco palabras me arruina el día, y ni
siquiera los villancicos que resuenan en los altavoces del restaurante van a
poder arreglarlo.
—¿Le has dicho que venga? —pregunto perpleja, y agarro con fuerza el
respaldo de la silla en lugar de sentarme a la mesa como estaba a punto de
hacer.
Gabriela frunce el ceño.
—Claro, te mandé un mensaje ayer para avisarte.
¡Ostras! Puse el móvil en modo «no molestar» porque mi madre no
paraba de preguntarme cómo voy con el discurso para la boda. Mientras que
yo todavía no he sido capaz de escribir ni una sola frase, el padrino de
Aiden, Luke Darling, ya le ha mandado una copia para que le dé el visto
bueno.
—¿Te parece mal que venga Aiden? —me plantea mi hermana con un
tono de voz un poco tenso.
Mi madre nos mira a la una y a la otra, y al final fija la vista en mí con
unos ojos acusadores que me piden en silencio que no monte un numerito.
—No. —Me esfuerzo por transformar mi mueca en una sonrisa—. Para
nada.
Mentira podrida, pero, por suerte, nadie protesta. Decir que las cosas han
estado un poco raras entre mi hermana y yo desde que empezó a salir con
mi ex sería quedarse corta, pero, bueno, debo decir que tampoco he hecho
mucho para arreglar la situación.
«Y por eso estás aquí, haciendo el esfuerzo de estar presente y ayudar a
Gabriela con la boda en lugar de evitando a todo el mundo hasta que
empiecen las celebraciones.»
Mi expresión parece reconfortar a mi hermana, porque se gira enseguida
hacia la entrada del restaurante y una sonrisa vuelve a iluminarle la cara.
—¡Anda, qué bien! Luke ha decidido venir al final.
Estaba tan sumida en mis pensamientos que no me he dado cuenta de que
Luke entraba en el restaurante justo detrás de Aiden.
«Mierda.»
El corazón me da un vuelco.
—¿Él también viene?
Gabriela me echa una ojeada.
—Sí, habían quedado antes, así que lo invité a él también.
—¿Por qué? —pregunto sin pensar.
Solo he hablado con Luke en cuatro ocasiones contadas, pero con eso me
basta. Ya he salido con tíos como él y siempre he acabado mal, así que
prefiero mantenerme alejada de Luke y de su alegría crónica.
Bueno, debería guardar las distancias por eso y porque es el atractivo,
inteligente y adorable mejor amigo de Aiden de cuando estudiaban
Medicina, al que no conocí hasta después de que Aiden rompiera conmigo
porque estaba ocupado haciendo un voluntariado en la Cruz Roja.
El doctor Darling es perfecto sobre el papel, justo el tipo de hombre con
el que querría juntarme mi madre… si es que yo estuviera dispuesta a salir
con alguien de Lake Wisteria, claro.
Técnicamente, Luke no es de nuestro pueblo, pero se mudó a él hace un
año por Aiden y por una vacante en el hospital, así que lo meto en el mismo
saco que al resto de los hombres de aquí.
—Cata… —Mi madre pronuncia mi diminutivo como si fuera una
maldición.
—¿Sí? —respondo fulminándola con la mirada.
Ella alza la barbilla en un claro gesto de desprecio.
—¿Puedes, por favor, comportarte durante una hora?
Ignoro la punzada de dolor en el pecho y pongo cara de aburrimiento.
—No sé, ¿eh? No es fácil lo que me pides…
Gabriela suelta un suspiro exasperado y mi madre resopla.
—No entiendo por qué le tienes tanta tirria a Luke, pero es como de la
familia de Aiden, así que ¿qué te cuesta ser maja?
Recibo las palabras como un puñetazo en el estómago, pero me aseguro
de no mostrarlo. Ni siquiera estoy segura de que mi madre sea consciente
de hasta qué punto me duelen ese tipo de comentarios, porque nunca se lo
he confesado.
—Princesa —dice Aiden en cuanto llega a nuestra mesa.
Se ha debido de cortar el pelo rubio hace poco, y va vestido con su
uniforme habitual de polo con pantalón caqui, como si acabara de salir del
club de campo. La verdad es que su color de pelo y su forma de vestir
deberían haber sido señal suficiente de que no hacíamos buena pareja, pero
pensé que a mi madre sí le gustaría.
No tardé mucho en darme cuenta de que estaba saliendo con Aiden por
los motivos equivocados, como la esperanza de apaciguar a mi madre, y él
parecía sentir lo mismo, aunque al menos él sí tuvo el valor de cortar
conmigo.
Mi futuro cuñado rodea a Gaby con los brazos y la aprieta contra el
pecho. Ella se hunde en él cuando recibe un besito en la coronilla y se gana
un «oooh» por parte de mi madre y una sonrisa tímida por la mía.
Soy la primera en admitir que son monísimos juntos, aunque el mote
cariñoso con el que llama Aiden a mi hermana aún me hace poner los ojos
en blanco de tanto en tanto.
Estoy tan distraída con los tortolitos que no soy consciente de que Luke
pasa por mi lado hasta que me roza sin querer con el brazo. Una sensación
ligera, etérea, surge en mi pecho con ese único contacto, pero enseguida la
aplasto bajo el peso de la realidad.
Puede que me guste un poquito sentir la piel de Luke. Puede que incluso
me guste un poco su olor a sándalo y al cuero de la chupa que lleva encima
de una camiseta negra con cuello henley acompañada de unos vaqueros
también oscuros. Pero no me gusta Luke como persona. Es
insoportablemente simpático, considerado hasta niveles frustrantes, y el tipo
de tío que podría servir de inspiración para un nuevo superhéroe de cómic
tanto por sus músculos como por su empeño en ayudar a los demás.
—Catalina. —Luke dice mi nombre con una sonrisa. No me sorprende,
hace lo mismo con todo el mundo.
Aunque algo en su manera de sonreírme hace que me salten todas las
alarmas, así que pongo algo de espacio entre nosotros.
—Lucas.
Su sonrisilla se agranda mientras se vuelve hacia mí.
—Es Luke.
—Vaya, y yo que pensaba que nos estábamos llamando por nuestros
nombres completos…
Suelta una risita para sí y de inmediato siento mariposas en el estómago.
—No me llamo Lucas.
—Una pena. Me gusta más que Luke.
Veo en sus ojos marrones ese brillo que siempre asoma cuando algo le
divierte. Dios, son preciosos, enmarcados por unas pestañas tan largas que
dejan a las mías en muy mal lugar.
Me obligo a romper el contacto visual, porque no puedo soportar su
atención.
Puede que todo el mundo crea que Luke Darling es tan encantador como
indica su apellido, pero yo no me lo trago. Quiero decir, algo malo debe de
tener, ¿no? Nadie puede ser tan feliz todo el tiempo, ni estar tan dispuesto a
acudir en ayuda de cualquiera, por mucho juramento hipocrático que haya
firmado.
Pero dos personas a las que queremos mucho se van a casar, así que voy
a tener que tragarme mis sospechas y hacer lo que sea por soportarle en el
futuro próximo, me guste o no.
Luke
A pesar de que he venido todo el camino a pie hasta el restaurante
convenciéndome a mí mismo de portarme bien, como el hombre de treinta y
pocos años hecho y derecho que soy, en cuanto he visto a Catalina, todo se
ha ido al traste.
Solo nos hemos visto unas cuantas veces desde que Aiden y Gaby están
juntos, y después de cada interacción me he quedado con cara de bobo
preguntándome por qué me molesto siquiera en intentar hablar con ella. Si
Aiden no me hubiera insistido, habría pasado totalmente de venir a la
comida.
Aunque compartimos piso, Aiden y yo no solemos pasar tiempo de
calidad juntos, porque somos médicos de urgencias en el nuevo y moderno
hospital Lake Aurora. Por lo general, no nos vemos más que de pasada, ya
que solemos hacer guardias de noche en días diferentes, pero hoy
librábamos los dos.
Creía que podría superar el día sin incidentes, pero es evidente que he
metido la pata hasta el fondo al llamar a Catalina por su nombre completo.
Debe de pensar que lo he hecho solo para molestarla, pero es que su nombre
me parece muy bonito.
La camarera interrumpe la conversación de la mesa para tomarnos nota.
Todo el mundo sabe lo que quiere. Todo el mundo menos yo, que no le he
echado ni un mísero vistazo a la carta porque estaba ocupado contemplando
a la preciosa chica de pelo castaño y cara de pocos amigos que tengo
delante, así que pido lo primero que veo.
Catalina se ríe por la nariz, y no sé cómo lo hace para que hasta ese
ruidito sea adorable.
«¿Adorable? Más bien grosero.»
Sí, ya, tan grosero que me sorprendo reprimiendo una sonrisa y
esforzándome por no pedirle que lo repita. La gente del pueblo dice que
Catalina es fría como el hielo, pero el hielo se puede derretir, ¿no? El único
problema es que todavía no sé cómo derretirla.
—¿Algo que decir? —Me inclino hacia delante apoyado sobre los codos,
dedicándole toda mi atención.
—Nop —dice remarcando mucho la p final con los labios. Esos labios
rosas, carnosos, que siempre tiene fruncidos en mi presencia.
—¿Estás segura?
—Sip.
—¿Todas las conversaciones contigo son así de fascinantes?
—Es posible.
—¿Cuatro sílabas enteras? —Me tomo el pulso—. Madre mía, la
próxima vez avisa.
Baja la vista al menú, fingiendo leerlo a pesar de que ya ha pedido su
comida. Aiden me mete en un debate que está teniendo con Gabriela y su
madre mientras Catalina observa con un interés mudo. No habla mucho
cuando estamos en grupo, lo cual no hace sino aumentar mi curiosidad por
saber qué estará pensando.
«Lo más probable es que esté juzgándote en silencio.» No me
sorprendería, por mucho que Aiden diga que es bastante maja cuando la
conoces.
En cuanto llegan nuestros platos, entiendo por qué Catalina ha
reaccionado así cuando he pedido. De haber sabido que el rollito Aliento de
Dragón iba a hacer que escupiera fuego por la boca casi literalmente, habría
escogido algo más amable con mi paladar. Cualquier cosa tiene que ser
mejor que esto que me está abrasando las papilas gustativas.
A este paso puede que sea yo quien acabe necesitando que me vea un
médico de urgencias; no hay manera de que me termine el plato con el
estómago intacto.
Podría decir que es la peor experiencia que he tenido con el sushi en mi
vida, pero, teniendo en cuenta que Catalina no para de reírse por lo bajo al
verme tragando agua como un cosaco entre exhalaciones flamígeras, estaría
mintiendo.
Estoy tan embelesado con el fulgor de sus ojos que me pilla por sorpresa
cuando alarga el brazo por encima de la mesa para coger un trozo de sushi
de mi plato.
Antes de que pueda advertirle nada, se lo mete en la boca con una sonrisa
y se pone a masticar. Sin una mueca de dolor. Sin lágrimas en los ojos. Sin
buscar agua desesperadamente.
—No presumas tanto —suelto, arrugando la frente.
Ella finge quedarse sin aliento.
—¿Acabas de fruncir el ceño?
La fulmino con la mirada.
—Guau. La próxima vez avisa —repite mis palabras de antes, y hace el
mismo gesto exagerado de tomarse el pulso.
Le hago una peineta con la mano con la que sujeto los palillos, y me veo
recompensado por un resoplido divertido por su parte y una risa ahogada de
Aiden, que está sentado a mi lado. Gaby y la señora Martínez siguen con la
conversación, y yo intento unirme, pero Catalina vuelve a hacerse con mi
atención cuando veo que alarga el brazo de nuevo para comerse otra pieza.
—Eres una nenaza. Esto no es nada —se mofa.
—Si con nada quieres decir «comestible», entonces sí, por fin estamos de
acuerdo en algo.
Se inclina hacia delante para coger un tercer trozo, pero alejo el plato de
su alcance.
—Deja de robarme comida.
Pone los ojos en blanco.
—¿Se considera robo si tú me has cogido uno antes cuando no estaba
mirando?
«Mierda, ¿se ha dado cuenta?»
Alzo las manos.
—En mi defensa diré que estoy muerto de hambre.
Suelta un leve suspiro de resignación.
—Ten, anda. Nos los cambiamos. —No espera a que acepte antes de
intercambiar los platos.
El movimiento llama la atención del resto de los comensales, pero nadie
dice nada. Bueno, yo sí.
—¿Por qué haces eso? —se me escapa.
Sus cejas se juntan en un gesto de incomprensión.
—¿Cómo que por qué? No te gusta nada.
—Ya, bueno, pero a ti no se te conoce por ser la hermana maja,
precisamente, así que me hace sospechar. —Mantengo un tono informal,
jocoso, pero, al ver que Catalina se recuesta sobre el respaldo de su silla y
me rehúye la mirada, me siento como un completo imbécil.
Estábamos teniendo una conversación agradable, para variar, y lo he
echado todo a perder sin quererlo. Ella se encoge de hombros apática y a mí
se me desgarra el corazón.
—Tienes razón —murmura.
Si es así, ¿por qué siento que nunca me había equivocado tanto?
Me odio cuando me oigo decir:
—Lo decía de broma.
—Da igual —contesta con un tono entrecortado que confirma que no da
igual en absoluto.
—Entonces ¿por qué no me miras?
Tarda unos segundos, pero al fin levanta la cabeza y clava la vista en mí.
Sus ojos no tienen la calidez de hace un minuto, y desearía… no sé muy
bien qué, la verdad.
—¿Realmente quieres que responda a esa pregunta?
—No la habría hecho si no lo quisiera. —Esbozo una sonrisa juguetona.
Se fija en mi gesto y frunce tanto el ceño que se le arruga toda la cara.
—Me resultas…
—¿Sí? —Me inclino hacia ella y contengo la respiración mientras espero
a escuchar lo que vaya a decir.
—Repugnante. —Termina la frase haciendo una mueca de asco con la
nariz, como si la sola idea de respirar el mismo aire que yo le revolviera el
estómago.
—¿Repugnante? —repito, inyectando escepticismo en cada sílaba.
Jamás en la vida me habían descrito de un modo tan ofensivo, y desde
luego no alguien que se ha pasado los últimos veinte minutos mirándome de
reojo cuando pensaba que no me enteraba.
Y una mierda. He visto cómo me mira, y repugnante es la última palabra
que le vendría a la cabeza en esos momentos, de eso estoy seguro.
—Sí —continúa—. Eres una especie de copia barata de Capitán América,
y lo digo en el peor de los sentidos.
Me quedo atónito.
—¿Perdona?
Catalina suelta un suspiro dramático.
—Ya sé que debe de ser difícil de escuchar, con el complejo de salvador
que tienes.
Aiden, que por lo visto ha estado escuchando nuestra conversación en
lugar de atender a la historia de su futura suegra con el dentista, se ríe entre
dientes.
—Cállate —farfullo, y le doy un codazo en las costillas que le hace poner
un gesto de dolor.
Se masajea la zona dolorida.
—No subestimes tu superfuerza, Capitán América —dice él, destacando
las últimas dos palabras.
La granuja que tengo enfrente se recuesta de nuevo en su asiento con una
sonrisilla de suficiencia que hace que se me acelere el corazón. No sé muy
bien qué tipo de poder tiene sobre mí, pero su sola presencia me está
volviendo loco.
Hasta ahora, apenas hemos coincidido. Me resultaba fácil arreglármelas
para tener otros planes, ya que Catalina solo viene a Lake Wisteria un par
de veces al año, así que nunca me he planteado qué ocurriría si acabara
disfrutando de su compañía.
O, peor aún, si quisiera pasar más tiempo con ella.
2 de
DICIEMBRE
Catalina
Todo el pueblo está en modo navideño a tope para cuando mi madre, mi
hermana y yo nos dirigimos al taller de costura Thimble & Thread después
de despedirnos de Aiden y Luke. En la hora que tardamos en comer, Main
Street se ha convertido en un auténtico caos: unos cien voluntarios ayudan a
poner la decoración festiva del gran espectáculo navideño Lake Wist-mas
que tendrá lugar este fin de semana.
Una musiquilla alegre suena por los altavoces discretamente emplazados
a lo largo de la calle mientras un grupo de padres y madres preparan
chocolate caliente para que los voluntarios no se mueran de frío en el
invierno de Michigan. Los niños corren de un lado a otro de la calle
ofreciendo vasos de cartón con la esperanza de hacerse un hueco en la lista
de niños buenos de Papá Noel.
Normalmente, Lake Wisteria se sirve de los edificios con aires costeros
para atraer turistas, pero en esta época del año la arquitectura queda
escondida tras miles de luces de Navidad, montones de espumillón, adornos
de jardín gigantescos e inflables decorativos repartidos por la zona más
transitada del pueblo.
Un entusiasmo infantil me invade el cuerpo con tanta alegría festiva, pero
mi felicidad pasa a un segundo plano al ver la cantidad de gente que se gira
para mirarnos. A mí no se me dan bien las relaciones sociales, al contrario
que a mi madre y a mi hermana, así que prefiero quedarme al margen
cuando ellas se ponen a charlar con cualquiera.
Me mantengo en silencio mientras ellas se paran a hablar con distintas
personas de camino al taller de costura. La mayoría solo quieren saber si mi
madre va a volver a vender coquito, y ella les da todos los detalles antes de
pedirles con una mirada pícara que no se entere el sheriff de que papá y ella
están vendiendo alcohol sin permiso.
Esa bebida alcohólica puertorriqueña de coco es de los productos más
cotizados en Lake Wisteria durante la época navideña, y ha superado a los
cócteles de ponche de huevo durante tres años consecutivos.
Me sorprende que mi madre haya mantenido la tradición festiva de mi
abuela paterna, ya que en su familia no se estilaba, pero me alegra y
entristece a partes iguales saber que la memoria de la abuela sigue viva en
nuestro pueblo.
Para cuando llegamos a Thimble & Thread para que le arreglen el vestido
a mi hermana, yo ya no puedo con más conversaciones banales, pero me
veo arrastrada a otra con mi madre mientras damos sorbos del champán al
que nos invitan.
Contemplo a Gaby con una mezcla de horror y fascinación cuando se
echa a llorar en medio de la sala donde se está probando el vestido por
penúltima vez antes del gran día, el 30 de diciembre, al verse reflejada en el
espejo.
—Es tan bonito… —Una lágrima le recorre la mejilla dejando un rastro
húmedo en su capa de maquillaje.
Suspiro de alivio. Por un momento he pensado que Gabriela estaba
empezando a dudar de la monstruosidad de vestido de tul con brillos que le
ha costeado nuestro padre, pero debería haberme imaginado que a mi
hermana le encantaría parecer una princesa sacada de una película de
Dreamland. Incluso ha ido a peinarse el pelo castaño claro con el mismo
recogido que va a llevar el día de la boda, para hacerse una idea exacta de
cómo quedará.
Mi madre, antigua competidora en concursos de belleza que lleva treinta
años yendo casi a diario a la peluquería, corre a secarle la mejilla a Gaby
dándole golpecitos con un pañuelo de papel.
—Te vas a estropear el maquillaje, mi cielo.
A pesar de que Gaby tiene veintiséis años ya, mi madre la trata como si
fuera una muñequita de porcelana en lugar de una persona con opiniones,
imperfecciones y, Dios la libre, emociones. Antes me molestaba, pero con
el tiempo he acabado sintiendo lástima por Gaby en lugar de celos. Puede
que me haya llevado un año entero de terapia, pero me he dado cuenta de
que prefiero mil veces la desaprobación de mi madre a tener toda su
atención.
En cierto modo, hasta me da un poco de pena mi madre: se pone a sí
misma un listón tan alto que debe de ser una pesadilla tratar de estar a la
altura. No siempre ha estado tan obsesionada, pero madurar conlleva tomar
distancia y comprender que los padres también son personas. Personas que
en ocasiones nos llevan por el camino de la amargura, pero que cometen
errores y tienen defectos como todo hijo de vecino. Y mi madre es de todo
menos perfecta, vaya.
Gabriela se esfuerza por evitar que las lágrimas que le anegan los ojos
sigan cayendo, pero fracasa en cuanto vuelve a mirarse en el espejo. Yo me
muerdo la parte interna de las mejillas para no reírme al ver su reacción,
con tanta fuerza que a mí también me asoman lágrimas a los ojos.
Quiero mucho a Gabriela, pero eso no significa que vaya a privarme del
placer de hacerla rabiar. Es prácticamente lo que se espera de mí, no solo
como hermana mayor, sino como persona que se ha hecho cargo de la
difícil tarea de ayudarla a descubrir que no pasa nada por cometer errores,
por arriesgarse y por vivir una vida que la haga feliz.
Pensándolo bien, puede que haya sido demasiado buena maestra,
teniendo en cuenta que se ha enamorado de un hombre con el que yo misma
estuve saliendo. Gracias a Dios, Aiden me dejó antes de que llegáramos a
acostarnos, porque, si no, dudo que Gaby se hubiera molestado siquiera en
darle la hora.
Llamar «relación» a lo que Aiden y yo tuvimos me parece exagerar, pues
solo quedamos unas cuantas veces. No era más que un tío al que conocí
cuando trabajaba en otro hospital, que acabó mudándose a Lake Wisteria
por una vacante ese mismo año, y coincidió que yo también estaba en el
pueblo ayudando a mi familia mientras mi padre se recuperaba de una
cirugía bastante complicada. No estaba segura de que fuera a acabar en
nada serio, aunque en mi fuero interno esperaba que ocurriera.
Esa necesidad tan egoísta de llenar ese hueco en el pecho que anhela
encontrar un compañero de vida hizo que acabara haciendo daño a la
persona a la que más quiero en el mundo, y sigo odiándome un poco por no
haberme enterado antes de que Gaby estaba colada por Aiden. Se ve que ya
le gustaba desde bastante antes de que yo empezara a quedar con él, pero no
tenía el valor o la suficiente seguridad en sí misma para decírmelo, y mucho
menos a él. Le daba miedo el rechazo, porque eran buenos amigos, así que
no hizo nada cuando vio que él me tiraba los tejos.
Hasta que Aiden rompió conmigo no caí en cómo le había afectado a
Gabriela nuestra relación, y desde entonces no paro de mortificarme.
—A ver cómo queda esto con el vestido —dice mi madre.
Sus botines repiquetean contra el suelo mientras se acerca a mi hermana
para ponerle la estola de piel falsa sobre los hombros. Gaby no sabía si iba a
quedar bien, pero no me imagino un mejor conjunto para una boda invernal
de ensueño.
Al principio no me convencía la idea de que la boda tuviera lugar durante
la época más ajetreada del año, pero Gaby quería casarse en la fecha de su
aniversario con Aiden. Nuestra familia de Puerto Rico ya tenía planeado
venir a vernos por las fiestas, así que supongo que todo ha salido a pedir de
boca.
—¿Qué te parece? —Gaby se gira hacia mí.
Dejando de lado nuestras diferencias de gustos respecto a la moda, está
deslumbrante, aunque lleva un maquillaje más cargado que de costumbre,
pero no es por eso por lo que se me forma un nudo en el estómago.
Al ser la hermana mayor, una parte de mí pensaba que yo me casaría
antes, pero Gaby me ha ganado esa carrera. Me alegro de que ella haya
encontrado el amor, pero la ausencia de amor en mi vida hace que me
sienta… ¿triste?, ¿sola? Un poco desesperanzada, a sabiendas de que el
motivo por el que no he encontrado a nadie soy yo misma.
En resumidas cuentas, Aiden no es el primer hombre que ha dado con
una razón para dejarme, pero sí es el único del que no he podido huir
mudándome a otra ciudad y empezando en un trabajo nuevo.
—¿Cata? —pregunta mi hermana con el entrecejo fruncido.
—Estás preciosa, pareces una princesa. —Me esfuerzo por que las
palabras salgan de mi boca sin revelar lo que siento en realidad.
—¿En serio? —Las pestañas postizas de Gabriela deben de estar
haciéndole cosquillas en las cejas con lo rápido que parpadea.
—Si basta con un solo cumplido para que te eches a llorar, no me quiero
imaginar lo que va a pasar cuando dé mi discurso —bromeo, con la
esperanza de destensar un poco el nudo en mi interior.
—Primero tienes que escribirlo —replica Gabriela con una risa llorosa.
—Calla, calla. —Me acerco a ella y hago que dé una vuelta sobre sí
misma, como cuando éramos pequeñas, para que las dos podamos
contemplarla en el espejo—. Aiden va a flipar cuando te vea con este
vestido.
—¿De verdad lo crees?
—Estoy cien por cien segura. Además, las damas de honor ya hemos
hecho apuestas sobre si llorará nada más verte, así que necesito que se
venga abajo. Puntos extra si se saca el pañuelo del bolsillo.
Gabriela hace una mueca y se vuelve hacia mí.
—Dime que no es cierto.
—Claro que sí. ¿Cómo voy a dejar pasar la oportunidad de ganar algo de
pasta? —contesto moviendo las cejas arriba y abajo.
Ella frunce el ceño.
—De haber sabido que andabas mal de dinero, te habría dejado algo.
Le doy un empujoncito con el hombro y nos echamos a reír.
Mi madre suelta un grito ahogado a mi espalda.
—¡Espera! ¡Nos olvidábamos de la tiara! —Sale corriendo por la puerta
de la tienda, y nos deja a Gabriela y a mí solas por primera vez en todo el
día.
—Que Dios nos pille confesadas si no nos probamos la tiara —digo, y le
saco una pequeña carcajada a mi hermana—. En serio, ¿cómo te las has
arreglado para no matarla mientras planeabais la boda?
—La mayor parte del tiempo no ha sido tan horrible.
—Salvo por el hecho de que os vais a casar por la iglesia a pesar de que
Aiden es ateo.
Gabriela me chista.
—Calla, que mamá no lo sabe.
—¿Aún no ha sido capaz de sumar dos más dos con todas las misas a las
que habéis ido?
—Qué va. Aiden se limita a agachar la cabeza y fingir que está rezando
todo el rato. Cuela cada domingo.
—No me digas más: se queda dormido. —Como persona con horarios
nocturnos similares, lo entiendo.
—Hombre, claro. Entre la boda, ahorrar para la casa nueva y querer
conseguir días libres para tener una luna de miel como Dios manda, está
cogiendo todas las guardias que puede.
Le paso un mechón de pelo suelto por detrás de la oreja.
—Es un buen tío —le digo.
—Lo sabes de primera mano, ¿no? —Gabriela es la única persona capaz
de hacerme reír tanto que se me salten las lágrimas. Tira de mí y me da un
abrazo—. Estoy tan contenta de que te vayas a quedar todo el mes…
—¿En serio? —pregunto, en cierto modo sorprendida por la confesión de
mi hermana. Desde que se prometió, las cosas han estado algo tensas entre
nosotras, así que esperaba que estuviera un poco menos cómoda con mi
presencia.
—Por supuesto. —Se le encienden las mejillas—. Y quién sabe, a lo
mejor te gusta tanto estar aquí que acabas quedándote más tiempo.
—La agencia ya me ha contactado para hablar del año que viene.
Elegí ser enfermera itinerante de pediatría por motivos que no tienen
nada que ver con la competitividad del campo. Además, visito un montón
de sitios desconocidos, ¿de qué me puedo quejar?
«De la soledad, por ejemplo.»
Aparto el pensamiento de mi mente.
—¿De verdad tienes que irte tan pronto después de la boda?
Su sonrisa compungida hace que sienta una punzada en el pecho, así que
respondo de la única forma que sé:
—Ya me conoces. Soy un culo inquieto.
Explorar lugares nuevos a través de mi cámara se ha convertido en mi
pasatiempo favorito y me ha ayudado a salir de mi zona de confort. He
conocido a todo tipo de gente, he aprendido a exponerme y he perdido algo
de mi paralizante timidez por el camino.
No puedo ni imaginarme cómo sería asentarme de nuevo en Lake
Wisteria. Al menos todavía no.
Creía que habría encarrilado mi vida antes de volver. Esperaba encontrar
a alguien especial primero, y tengo serias dudas de que eso sea posible en
nuestro diminuto pueblo. Por no hablar de que taché de la lista de posibles
pretendientes a todos los hombres de Lake Wisteria después de todo lo que
pasó con Aiden y mi hermana.
Resulta menos problemático y arriesgado buscar en otra parte.
«¿Y cómo te está yendo eso?»
Aprieto los labios con fuerza para no soltar un gruñido de frustración.
Estar constantemente yendo de aquí para allá por trabajo hace que me
resulte difícil establecer vínculos duraderos, así que soy la única culpable
de mi lamentable situación sentimental.
—Me gusta mucho que estés en casa —dice mi hermana, trayéndome de
vuelta a la conversación.
—A mí también.
Las dos veces al año que vengo de visita se me hacen larguísimas al
llegar, pero demasiado cortas cuando me marcho.
—¿Sabes qué te digo? Que me voy a asegurar de que te lo pases tan bien
aquí que no quieras volver a irte.
—Buena suerte —digo con un nudo en la garganta.
No me importa que lo intente, pero de ninguna manera voy a quedarme
aquí después de la boda.
Por mucho que ella lo quiera.
3 de
DICIEMBRE
Luke
Estoy terminando de redactar el historial de un paciente cuando me vibra
el móvil en el bolsillo. Antes de contestar, voy al mostrador de enfermería
recién decorado con papel de regalo a rayas rojas y blancas. Por el camino
me tropiezo con un árbol en miniatura que alguien ha comprado en el súper
del pueblo, pero por suerte no se rompe ningún adorno.
—Ey —dice Aiden en cuanto cojo el teléfono.
—¿Qué pasa? —Doy la espalda al mostrador.
—Necesito que me hagas un favor.
Oigo de fondo una voz muy parecida a la de Gabriela farfullando como
una loca algo sobre familiares que no dejan de crear problemas y una tarta.
—¿Va todo bien?
—No, la verdad es que no, pero espero que se solucione. ¿Puedes
cambiarme el turno mañana? Por favor.
«Joder.» Lo último que me apetece después de una guardia de noche hoy
es repetir mañana, pero sé que Aiden lo haría por mí sin objeciones, así que
asiento y contesto:
—Claro.
—Gracias. Te debo una.
—No te preocupes. ¿Necesitas ayuda con algo? Aparte de lo evidente,
quiero decir.
Él suspira.
—No, pero gracias. Es solo que Gabriela y yo tenemos que ocuparnos de
un problemilla.
—¿Un «problemilla»? ¿Así lo llamas? —La voz de Gabriela suena ahora
más fuerte—. ¡La pastelería se ha olvidado de nuestra tarta!
—Ya veo que lo tienes todo bajo control —digo, y hago una mueca para
mí mismo.
—Deséame suerte.
—Suerte no. Lo que necesitas es paciencia y unas birras cuanto antes.
Lo de las dos guardias seguidas me está matando. El agotamiento
empeora con cada hora que pasa, así que me tomo un descanso más que
merecido y me dirijo a la máquina de café. Hay unas pocas repartidas
estratégicamente por el hospital, pero mi favorita es la de la cuarta planta, al
lado de la UCIN, la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales.
Es una zona muy tranquila, alejada de la sala de urgencias, de modo que
puedo tomarme un respiro sin preocuparme de que un enfermero venga a
buscarme o de que alguien grite un código de emergencia.
—Solo unas pocas horas más —me recuerdo mientras compruebo que no
hay ningún aviso de enfermería antes de echar un vistazo a las
notificaciones de mi móvil.
El chat grupal con mis padres apenas se usa a lo largo del año, al
contrario que el de la familia de Aiden, al que me agregaron hace unos
años, cuando me adoptaron extraoficialmente. Ese grupo está lleno de amor,
bromas internas y demasiados vídeos, cortesía de la madre de Aiden, sobre
todo tipo de temas médicos, desde la importancia de la microbiota hasta los
beneficios de reducir el azúcar en la dieta.
Mamá: Tu padre y yo queríamos comunicarte que este
año no vamos
a estar en casa por Navidad.
Menuda sorpresa. Mis padres casi nunca están en la casa en la que me
crie. Siempre están haciendo horas extra en sus respectivos bufetes de
abogados, que además se hacen la competencia, o viajando para asistir a
algún congreso o algo por el estilo; el caso es que se han pasado la mayor
parte de mi vida fuera, así que estoy acostumbrado a su ausencia.
Más veces de las que me gusta reconocer, he deseado que mis padres se
parecieran un poco más a los de Aiden. Los suyos no tenían mucho dinero,
pero lo compensaban con un amor que hacía que sus hijos quisieran volver
a casa por Navidad.
Yo: ¿A dónde vais?
Envío el mensaje sin esperar respuesta. Sean cuales sean sus planes, es
evidente que no estoy invitado.
Arrastrando los pies me dirijo al ventanal que da a Lake Aurora y doy un
sorbo a esta triste agua sucia que llaman café. Este pueblo donde ahora vivo
con Aiden se parece bastante a Lake Wisteria, aunque la plaza no tiene
tanto encanto, ya que la remodelaron en los noventa. Las casas sí se han
mantenido intactas, pero la zona comercial también la reformaron y
cambiaron años de historia por frías estructuras acristaladas sin
personalidad.
Por suerte, el proyecto de ensanche incluía el hospital en el que estamos
trabajando Aiden y yo, así que, aunque no me puedo quejar, tampoco me
callo lo que opino sobre que hayan acabado con más de un siglo de historia
de un plumazo.
Un resoplido de frustración hace que me gire para encontrarme con una
mujer vestida con ropa quirúrgica con estampados navideños que aprieta
una y otra vez el botón del café con leche. En la parte superior del uniforme
hay hombrecitos de jengibre y los pantalones son lisos, de un verde bosque
brillante. No pretendía quedarme mirándola embobado, lo juro, pero su
perfecto culo se bambolea de un lado a otro cuando se inclina para leer las
diminutas letras de la máquina.
Mis uñas se clavan en el vasito de poliestireno mientras me reprendo por
comerme con los ojos a una compañera de trabajo.
«Y ni por esas eres capaz de apartar la vista.»
Vuelve a atizarle al botón estropeado del café con leche y suelta una
maldición en español, sin percatarse de mi presencia.
—Esta máquina solo da café solo —explico por puro sentimiento de
culpa.
Su coleta barre el aire cuando se vuelve hacia mí con los ojos marrones
bien abiertos.
—Catalina —digo con la voz áspera.
Ella arruga la nariz al oír su nombre completo.
—¿Qué haces aquí, Lucas?
—Luke —la corrijo con una sonrisa, y me señalo el uniforme sanitario—.
¿No es evidente?
—Creía que hoy le tocaba a Aiden el turno de noche.
—Sí, pero le ha surgido un tema. Me parece que tenía un problema con la
tarta de la boda o algo así. —Su boca forma una O—. ¿Y tú qué haces aquí?
Miro su ropa de arriba abajo. Por lo que la conozco, la temática navideña
no casa para nada con ella, aunque debo decir que mi preferencia por la
ropa quirúrgica de colores oscuros tampoco es un reflejo de mi
personalidad. La única mención a las fiestas que hago últimamente es pedir
a todos los pacientes que se vacunen de la gripe, así que ¿quién soy yo para
hablar?
Catalina toquetea su identificación plastificada, que tiene la forma de un
muñeco de nieve.
—Estoy sustituyendo a una persona que está de baja.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Un mes. —Mi cara debe de ser un poema, porque pregunta—: ¿Qué
pasa?
—Nada, solo estoy sorprendido.
—¿Por qué?
—Creía que solo habías venido para los retoques del vestido y que te
volverías a ir a donde sea que te necesiten.
Que esté aquí un mes entero es algo inaudito. Según me contó Aiden,
Catalina ya era enfermera itinerante desde mucho antes de que empezaran a
salir, lo cual fue uno de los motivos por los que tardó tanto en darse cuenta
de que le gustaba más como amiga que como novia.
Se balancea sobre sus zapatillas.
—Con todos los gastos de las fiestas y la boda, tenía más sentido
quedarme y encontrar un trabajo aquí.
—Entiendo. —Asiento—. ¿Y cómo va lo de volver a vivir con tus
padres?
—Tan agradable como una apendicitis.
—¿Antes o después de operar?
—En la autopsia.
Se me escapa una carcajada.
—Fantástico.
—Y que lo digas. ¿Sabías que mi madre es tu mayor fan?
Reprimo una mueca. Al principio era un honor que la señora Martínez
me tuviera en consideración, pero sus muestras de cariño han terminado
siendo un agobio. Me masajeo la nuca.
—Sí, ya me lo olía.
—¿Has conocido a alguien que no lo sea?
«Sí. A ti.»
No nací en Lake Wisteria, pero llevo un año viviendo aquí y he oído
hablar de la… personalidad de Catalina. Pero da igual, no me desalienta lo
más mínimo. En todo caso, me divierte ver cómo espanta a la gente,
teniendo en cuenta quiénes son su madre y su hermana. Interrumpe mis
pensamientos con una pregunta:
—Entonces ¿a qué botón le doy?
—Al de abajo a la izquierda.
Lo intenta de nuevo, pero no funciona.
—A ver, déjame probar. —Asesto un golpe seco al lateral de la máquina
y oigo que ella se ríe entre dientes—. ¿Qué pasa? —La miro y me la
encuentro sonriendo. Una sonrisa leve, pero aun así me da un vuelco el
corazón.
—Hombres —dice, negando con la cabeza.
—Eso es una generalización sexista. Igual debería denunciarte a recursos
humanos por comportamiento inapropiado en el entorno de trabajo.
—Estoy segura de que reconocerán tu nombre cuando ponga una queja
diciendo que me has estado mirando el culo.
—Yo… Eh…
Ella ladea la cabeza.
—¿Cómo has podido verme? —pregunto casi en un siseo.
—No te he visto, pero te he sentido.
—Ya.
Me cruzo de brazos, y noto que me echa un vistazo y se sonroja
ligeramente. Carraspea y devuelve la atención a la máquina.
—Solo señalaba que tu primer instinto ha sido golpear la máquina, así
que no le estás haciendo ningún favor a tu género.
«Vaya.»
La pantalla del menú de la máquina parpadea antes de mostrar de nuevo
el mensaje para pagar, y Catalina suelta una maldición.
—Se ha tragado mi dinero.
—No es la primera vez que pasa.
Lo he vivido en mis carnes varias veces, es un problema que tienen que
resolver los de mantenimiento. Antes de que Catalina tenga la oportunidad
de acercar su tarjeta a la máquina, saco la mía.
—¿Qué haces?
Me agarra del brazo, y el contacto de sus dedos contra mi bíceps hace
que me recorra una oleada de calor por la piel. La máquina lee el chip de mi
tarjeta y emite un pitido de confirmación.
—¡No! —Me clava las uñas.
—¿Tengo que añadir «toqueteos inapropiados» a la denuncia?
Me suelta enseguida y me dirige una mirada asesina.
Guardo la tarjeta en la cartera mientras la máquina vuelve a la vida con
un zumbido.
—Tranquila, es solo un café, no una cena y una peli.
—Gracias —susurra con un suspiro cuando el vaso de poliestireno
empieza a llenarse.
—Es lo menos que podía hacer después de lo que dije el otro día en la
comida.
Y así, en un abrir y cerrar de ojos, su lenguaje corporal cambia. Es algo
sutil, pero evidente para cualquiera que preste un poco de atención.
Catalina fija la vista en el vaso de café a medio llenar, supongo que en un
intento por conseguir que la máquina se dé prisa, pero, por desgracia,
siempre se toma su tiempo. Incluso rodea el vaso con la mano como si
pretendiera salir pitando en cuanto caiga la última gota.
Por algún motivo, no me apetece que la conversación se acabe. Ahora
que lo pienso, puede que esta sea la vez que más tiempo hemos pasado
hablando sin que ella encuentre alguna excusa para huir; igual por eso no
quiero que se vaya.
—Tu hermana debe de estar contentísima de que estés aquí —digo para
romper el insoportable silencio. No me gusta el silencio, me recuerda a
todos los días que he pasado en soledad, deseando la compañía de alguien,
ya que mis padres estaban demasiado ocupados para brindarme la suya.
—Mmm —contesta, poniéndomelo difícil.
Lo que ella no sabe es que soy hijo único y de pequeño tuve tres amigos
imaginarios, así que se me da de lujo mantener conversaciones unilaterales.
—Me sorprende verte vestida con algo que no sea de color negro —
bromeo.
Ella se vuelve hacia mí, esta vez con el ceño fruncido. Echa un vistazo
altanero a mi atuendo, aunque se detiene en mis brazos unos milisegundos
de más.
Vale, es evidente que como persona no le gusto un pelo, pero lo de mi
cuerpo es otra historia.
Catalina me mira a los ojos.
—No estás para hablar, vas vestido como si fueras la parca.
—En urgencias se ven demasiados fluidos corporales para llevar algo que
no sea negro o azul oscuro.
Hace una mueca, y parece como si las comisuras de su boca quisieran
curvarse hacia arriba, pero reprime el gesto apretando los labios.
Sacarle ese tipo de reacciones tan inusuales en ella hace que quiera
repetirlo, pero, antes de que pueda aprovechar la oportunidad, me sorprende
hablando.
—No te voy a mentir, pareces el tipo de tío que iría con la bata blanca a
todas partes.
—Me ofende que digas eso.
—Me alegro —responde con sequedad, y es una locura cómo esta chica
hace que me den ganas de reírme sin intentarlo siquiera.
—Para tu información, prefiero mantener los gastos de tintorería lo más
bajos posible.
—¿Es esta una forma casual de decirme que estás sin blanca?
—Me gusta más hablar de «moderación económica». —Mi comentario le
saca una carcajada adorable, y abro mucho los ojos—. ¿Acabas de…?
—No.
—Guau. No tenía ni idea de que tu programación cerebral te permitiera
emitir ese sonido. ¿Es un fallo de funcionamiento? ¿Quieres que llame a
mantenimiento para pedir ayuda?
Ella intenta fulminarme con la mirada, pero no lo consigue, porque sus
ojos centellean divertidos.
—¿Siempre eres así de…?
—¿Encantador?
—Insoportable. En serio, son las tres de la mañana, ¿no puedes no ser así
ahora mismo?
—¿Las tres? La noche sigue siendo joven, entonces.
—Habla por ti. —Y justo en ese momento bosteza. Madre mía, hasta la
forma en que se le contorsiona toda la cara me resulta adorable.
Mierda. ¿En serio pienso que la exnovia de mi mejor amigo es adorable?
No suena bien, la verdad, aunque él está a punto de casarse con su hermana,
así que tampoco puede juzgarme. Incluso puede que le alivie un poco, ya
que he escuchado por encima unas cuantas conversaciones que ha tenido
con Gabriela sobre Catalina y su preocupación por ella. Eso sí, dudo que la
mujer que tengo delante esté de acuerdo.
La máquina zumba de nuevo, y ella saca el vasito de poliestireno y cierra
los ojos mientras da un sorbo de café. Todo su rostro se arruga en una
expresión de desagrado.
—Está asqueroso, ¿verdad? —comento.
—Dios. Es horrible. —Tose.
—Te acabarás acostumbrando con el tiempo.
—Ah, no. Eso no va a pasar.
Se queda mirando el vasito como si estuviera envenenado. Sinceramente,
a juzgar por el regusto que deja, podría estarlo. Tiro mi vaso vacío a la
basura.
—Pues, créeme, esta es la mejor máquina de todo el hospital.
—¿En serio?
—Sí. Las he probado todas varias veces.
—¿No has pensado en poner una reclamación oficial?
—Lo he hecho, pero nadie ha movido un dedo, así que espera sentada. —
Catalina abre la boca para hablar, pero mi móvil vibra antes de que tenga la
oportunidad—. Tengo que irme —digo con reticencia al mirar el mensaje.
—Nos vemos por aquí. —Alza el vasito de café—. Y gracias por el peor
café que he tomado nunca.
—Te debo uno mejor.
Se gira en dirección a la UCIN, no sin antes esbozar una sonrisa tímida.
Esta noche no solo he hecho reír, sino también sonreír, a Catalina
Martínez dos veces, y me muero por hacerlo de nuevo.
4 de
DICIEMBRE
Catalina
He conseguido evitar con éxito a mi madre y su insistencia en que escriba
de una vez el discurso de la boda durante los últimos dos días. Por suerte,
para cuando salgo de la cama ella ya se ha acostado, aduciendo que le duele
la cabeza después de haber pasado el día entero ayudando a mi hermana a
encontrar quien pueda prepararle una tarta de boda con tan poca antelación.
Mientras me como las sobras que me ha guardado mi padre, miro si
tengo mensajes nuevos. No soy la persona más extrovertida del mundo,
pero en la universidad hice migas con algunas otras enfermeras que se
niegan a dejar que me olvide de ellas. Monica, Nancy y Winny han creado
un chat grupal en el que nos ponemos al día, nos mandamos cotilleos de
famosos y compartimos ofertas de empleo.
El año pasado tuve la suerte de que mi agencia me consiguiera trabajo en
el mismo hospital que Monica, así que me fui a California y estuve dos
meses trabajando y haciendo planes con ella. Me gasté bastante dinero en el
alquiler de una casita preciosa cerca de la playa, pero fue uno de los
mejores sitios en los que he estado nunca.
El grupo «Familia del trabajo», creado y bautizado por Monica cuando
todavía estábamos de prácticas, está vivito y coleando esta noche, después
de que mencionara que mi agencia me ha encontrado trabajo en Los
Ángeles tras la boda de mi hermana.
Nancy: ¿Qué te costaba pedir trabajo
cerca de mí?
Monica: No estaría mal si te mudaras
a un lugar más… atractivo.
Nancy: ¿Qué tiene de malo Arkansas?
Monica: Que no es California.
Winny: Yo he oído que Colorado
es la nueva California.
Monica: ¿Según quién? ¿La gente que
se ha tenido que mudar de Los Ángeles porque era
demasiado caro?
Nancy: Cuidado, Monica, que se te ve
un poco el privilegio.
Monica: ¿Qué privilegio? Ven a ver el estudio en el
que vivo y luego me hablas de privilegio.
Nancy: Por cierto, Catalina, por si sirve para
convencerte, yo vivo en una mansión.
Monica: Claro, porque estás
en ARKANSAS.
Contengo una carcajada mientras respondo.
Yo: Ojalá pudiera veros a todas pronto, pero me
quedo en Lake Wisteria todo el mes.
Monica: ¿QUÉ?
Nancy: ¿Desde cuándo?
Winny: ¿Tenías pensado contárnoslo?
Yo: Acepté el trabajo hace dos semanas. Me
parecía buena idea quedarme para ayudar a mi
hermana con la boda.
Nancy: Eres una buena hermana.
Yo: El listón no está muy alto.
Nancy: Con que no vayas a su boda
de resaca, ya serás mucho mejor que yo.
Winny: Y no te acuestes con el padrino.
Nancy: ¡Ay, me había olvidado eso! Debí de eliminar
el recuerdo traumático de mi cerebro. Gracias por
recordármelo.
Siento una tirantez molesta en el pecho cuando pienso en quién es el
padrino en la boda. Ya bastante tengo con haber salido con el novio, aunque
nunca llegáramos a acostarnos, como para que encima me interese el
padrino. Malísima idea.
Tener un lío de una noche con Luke para sacarlo de mi cerebro
conllevaría más problemas que soluciones, y solo pensar en lo incómodo
que sería todo después es motivo más que suficiente para mantenerme
alejada. Sucumbir a esta atracción pasajera solo complicaría aún más las
cosas entre Gabriela, Aiden y yo, así que prefiero agachar la cabeza y
aguantar todo el mes sin cometer errores ni crear dramas innecesarios.
Yo: Ya me he liado con el novio,
paso del padrino.
Un poco más tarde esa misma noche, de vuelta en casa después de haber
estado ayudando a mi hermana con la disposición de las mesas para el
banquete, intento ponerme con el discurso. Solo he escrito una frase cuando
aparece en mi móvil un mensaje nuevo de un número desconocido.
Número desconocido: Ey.
Estoy a punto de marcar el mensaje como spam cuando me llega otro con
la foto de un vaso de poliestireno que reconozco demasiado bien del
hospital.
Número desconocido: Si me muero
esta noche, cuéntale al mundo que
he odiado cada sorbo de esta bazofia.
Mis labios se curvan cuando me dispongo a guardar el contacto de Luke
con el nombre equivocado solo por disfrute personal.
Me paso los cinco minutos siguientes pensando si contestarle o no antes
de recordarme que sería de mala educación ignorar al mejor amigo de mi
futuro cuñado.
Yo: Si de veras te mueres, casi casi
me siento mal por ser la última
persona a la que has escrito.
Lucas: Cualquiera se lo tomaría
como un halago.
Yo: ¿Cuál es el antónimo de «halago»?
Lucas: ¿A mí qué me cuentas? Soy médico, no un
diccionario con patas.
Odio que sea gracioso. Sería mucho más sencillo ignorarlo si no
estuviera intentando activamente no solo hablar conmigo, sino además
hacerme reír. Recupero la compostura y estoy a punto de cerrar el chat
cuando aparece otro mensaje.
Lucas: Estoy a esto de comprar
una cafetera para la sala de descanso
de la primera planta.
Y añade un emoji de dos dedos muy juntos, con un ínfimo espacio de
separación entre ellos. Como no soy capaz de controlarme, acabo
contestando.
Yo: Con la cantidad de noches que pasas ahí, te lo
recomiendo mucho.
Lucas: ¿Órdenes de la enfermera?
Me sorprendo esbozando una sonrisilla.
Yo: Tú eres el médico, así que tú mandas.
Lucas: Me gusta mandar en la cama,
pero en la vida real no demasiado.
Y ahora, por supuesto, me estoy imaginando a Luke en un contexto
totalmente distinto, encima de mí, dejando un reguero de besos por mi
cuello antes de…
El móvil me vibra en la mano y la fantasía se desvanece.
Lucas: Ese mensaje ha sido un poco inapropiado.
Yo: Mucho.
Hablar con él vale, pero ¿coquetear? Eso solo puede acabar mal, por
decirlo suave.
Lucas: El caso es que no lo sé todo.
De hecho, entre tú y yo, muchas veces busco los
síntomas y las dosis correctas
en internet.
Yo: Ahora entiendo por qué no
llevas bata blanca.
Contesta con tres signos de interrogación.
Yo: Porque eres un impostor.
Lucas: ¿Crees que si le voy con eso
al Gobierno me perdonarán mi deuda
del préstamo de la universidad?
Yo: Me suena que esas deudas las hereda la familia
cuando te mueres, así que no.
Lucas: En ese caso, salud.
Y manda el emoji de la taza de café seguido del de la calavera con las
tibias cruzadas.
Hablar con Luke se ha vuelto algo… fácil. Tiene un encanto natural que
hace que no quiera que se acabe la conversación, lo cual ya de por sí es un
milagro, porque siempre estoy buscando excusas para librarme de ellas.
En lugar de dejar que la conversación muera con su último mensaje, me
paso unos minutos buscando la cafetera que Winny se autorregaló por
Navidad el año pasado y le mando el enlace. Es una de esas de cápsulas que
puedes pedir por internet o comprar en el centro comercial.
Lucas: Pregunta seria. Si invierto mi dinero en uno de
estos trastos tan caros, ¿vendrás a verme a la sala de
descanso de la primera planta?
Yo: ¿A ti? No. ¿A la cafetera? Por supuesto.
Tres puntitos aparecen y desaparecen dos veces antes de que me llegue su
siguiente mensaje.
Lucas: ¿Cuál es tu sabor favorito?
Yo: Avellana.
Lucas: Tus deseos son órdenes para mí.
Luke me escribe varias veces, pero procuro responderle con no más de
quince caracteres. Me resulta sencillo erigir un muro entre ambos, sobre
todo cuando recuerdo cómo una sola conversación me tuvo sonriendo como
una tonta y riéndome sola de una forma que no me había pasado con ningún
hombre desde hacía mucho tiempo.
Mantener las distancias es lo mejor. Mi relación con Gaby ya es bastante
delicada, así que lo último que necesito es añadir complejidad a la situación
familiar teniendo algo con la única persona a la que no voy a poder evitar.
El destino parece estar de mi lado, porque no me topo con Luke en el
trabajo durante unos cuantos días. Después de tomarme un café
especialmente aguado de la máquina, estuve a punto de escribirle para
preguntarle cómo iba el tema de su cafetera, pero borré el mensaje antes de
reunir el valor para enviarlo.
Debería evitar socializar durante el tiempo que pase en Lake Wisteria. No
planeo quedarme más allá del 1 de enero, de modo que lo mejor será
abstenerme de complicar las cosas mostrando interés por el mejor amigo de
mi futuro cuñado. Ese título convierte automáticamente un lío de una noche
en un problemón de por vida, sobre todo en los momentos en los que a
Gaby y a Aiden les apetezca que nos juntemos todos.
Aun así, por mucho que me repita todo esto, me acuerdo de Luke cada
vez que paso por la horrible máquina de café, y el deseo de hablar con él
cobra más fuerza.
Pensar en Luke en cualquier sentido hace que me sienta… confundida.
Después de haber estado dos años teniéndole manía, no sé qué pensar de
esta repentina fascinación por él, y me sorprendo pensando en él en varias
ocasiones.
Así que, cuando mi hermana me invita a ir con Aiden y ella al Lake Wist-
mas el fin de semana, acepto al instante para salir de casa y distraerme un
poco. Pero, en mi desesperación, no me planteé cómo sería pasar tanto
tiempo con ellos.
Antes de que yo empezara a salir con Aiden, Gaby y yo estábamos más
unidas que nunca, pero ahora la tensión entre nosotras me inquieta por
momentos. Espero que este mes sirva para dejar atrás la incomodidad,
aunque no creo que vaya a ser fácil.
Me gusta mucho mi pueblo, pero siempre he procurado buscar trabajo lo
más lejos posible, sobre todo en Navidad. El negocio clandestino de mi
madre de su famoso coquito casero hace que a mi padre y a ella les resulte
imposible venir a verme.
Antes de su noviazgo con Aiden, Gabriela se turnaba cada año para pasar
las fiestas conmigo y con la familia, pero, por suerte para ella, este año
vamos a estar todos juntos cada segundo de las fiestas, empezando por la de
hoy en la plaza del pueblo.
—¡Cuánto me alegro de que estés aquí! —Gabriela da una palmada con
las manos enfundadas en sendas manoplas, como siempre hacía cuando
éramos pequeñas.
—¿En serio?
—Claro que en serio. —Se ríe por la nariz—. ¿Tan difícil de creer es? —
Me quedo callada—. A ver, ¿qué te pasa? —me insiste con un codacito.
—Nada —respondo demasiado deprisa.
—Es por lo de… —Señala con la cabeza en dirección a Aiden.
—No —contesto, enfatizando la palabra.
—Ah, bien —conviene, y noto que se le relajan los hombros.
—Es solo es que me siento mal.
—¿Por qué?
—Por lo raras que están las cosas entre nosotras.
La expresión de sus ojos se suaviza.
—Ya, es todo un poco…
—¿Incómodo?
—Sí, justo. —El aire cálido de su risita forma vaho.
—Lo odio.
—Y yo. —Me rodea con un brazo—. ¿Y qué podemos hacer para
arreglarlo?
—No lo sé. —No es como que no nos hayamos esforzado hasta ahora,
pero, por mucho que lo intentemos, sigue habiendo algo de tensión e
incomodidad.
«¿Es por Gaby y Aiden o más bien tiene que ver contigo?»
Siento una opresión en el pecho que me dificulta respirar. Todo este
tiempo pensaba que el problema venía por la relación de Gaby y Aiden,
pero igual no es sino la inseguridad que me produce la idea de no encontrar
al amor de mi vida. No me incomoda que estén juntos, sino la soledad que
me invade cuando paso tiempo con una pareja que me recuerda lo que no
tengo.
«¿Cómo vas a encontrar el amor si estás siempre a la defensiva?»
—¿Podemos quedar en que jamás dejaremos que un hombre se
interponga entre nosotras? —pregunta mi hermana, sacándome de mi
espiral autodestructiva.
Sacudo la cabeza para despejarme.
—Por supuesto. De hecho, es posible que yo corte por lo sano y renuncie
a los hombres para siempre.
Gaby me da un empujoncito con la cadera.
—No hace falta llegar a esos extremos.
—No sé. Tampoco tienen nada de especial.
—Voy a hacer como que no he oído eso —dice Aiden, y le pasa un brazo
por los hombros a mi hermana.
—Bien —contesto, y pongo los ojos en blanco mientras mi hermana
suelta una risita.
Dios, son tan adorables que me dan ganas de vomitar. Por suerte, las
luces a nuestro alrededor se apagan y todo el mundo se queda quieto,
expectante, mientras el alcalde comienza la cuenta atrás.
—Cinco… —corea la multitud—. Cuatro… Tres… Dos… Uno.
Por todas partes se oye «oooh» y «aaah» cuando se enciende el árbol, de
doce metros de altura.
Mi hermana se queda mirándolo como una niña que abre los regalos de
Navidad, e incluso yo me sorprendo embelesada un instante con las
lucecitas de colores. A pesar del viento frío, una calidez se me extiende por
el cuerpo al recordar las Navidades que hemos estado aquí los cuatro, con
Gabriela cogiéndome de la mano, y mamá y papá abrazados.
Gabriela interrumpe el momento con una palmada de emoción y se gira
para mirarnos a Aiden y a mí.
—¿Qué queréis hacer primero? ¿Una vuelta en trineo por el pueblo?
¿Chocolate caliente junto a la hoguera? ¿Dulces navideños?
—Lo que más te apetezca. —Aiden atrae a mi hermana con un brazo
para protegerla del viento que viene del lago mientras yo intento calentarme
las manos con el aliento para sentir algo aparte de los primeros signos de
congelación.
«No vas a estar sola siempre —me digo—. Solo por ahora.»
—¿Vamos a patinar sobre hielo? —propone Gabriela con un brillo en los
ojos.
Recuerdo que la última vez acabé con un esguince en el tobillo y hago
una mueca.
—Eh… Yo creo que paso, pero id vosotros si queréis.
—De hecho, se me acaba de ocurrir la idea perfecta. —Mi hermana
sonríe pícara.
Decido confiar en ella y en que todo salga bien.
—Te sigo.
5 de
DICIEMBRE
Luke
Aiden y yo tenemos una rivalidad sana desde nuestro primer año en la
carrera de Medicina. Sin él y su insoportable costumbre de apostar por todo,
no estoy seguro de que hubiera superado la purga masiva que tiene lugar a
mediados del primer semestre, cuando la gente se percata de que igual es
mejor no tomarse tan a pecho su supuesto sueño de ser médico.
Desde entonces, Aiden y yo hemos mantenido la rivalidad viva de
distintas maneras: carreras de trineo, peleas de bolas de nieve, hockey sobre
hielo al aire libre, patinaje sobre hielo… La lista es interminable, e incluye
nada más y nada menos que el concurso de casitas de jengibre que tiene
lugar hoy. Cuando me lo propuso hace semanas, le dije que ahí estaría,
preparado para darle una paliza.
No se me ocurrió preguntarle si vendría Catalina, en parte porque no me
importaría que viniera. Tal vez eso le habría hecho sospechar que algo ha
cambiado, sobre todo porque antes solía hacer lo contrario. Pero, si se ha
dado cuenta, no ha hecho preguntas.
Cuando llego a la carpa en la que huele a galletas de jengibre y glaseado
recién hecho, Aiden, Gabriela y Catalina me miran como si me hubiera
vuelto loco.
—¿En serio has traído un nivel? —dice Aiden boquiabierto, mirando la
herramienta que llevo en la mano izquierda.
—No tienes derecho a juzgarme.
Aiden es el primero que se excede para ganar apuestas contra mí. Una
vez asistió a clases particulares de canto para superarme en el concurso de
karaoke de un evento benéfico, así que no está para hablar.
Catalina, vestida con un jersey verde jade que le destaca la piel dorada y
los ojos marrones, tiene la vista clavada en la bolsa hermética que llevo en
la otra mano.
—¿Eso son depresores linguales?
—Sí, y si me denuncias a recursos humanos por chorizar material, lo
negaré hasta la tumba.
Las comisuras de sus labios apretados se curvan poco a poco. Es una
locura, estoy empezando a obsesionarme con la idea de conseguir sacarle
una sonrisa, aunque solo sea unos segundos.
Ella alza las cejas.
—¿Y las bolitas de algodón?
—Para decorar, nada más.
—Ya, claro.
Aparta la vista como para ocultar el destello divertido que asoma a sus
ojos. Me siento tentado de tirar del lacito de terciopelo rojo que le sujeta el
pelo por detrás de la cabeza para recuperar su atención, pero no quiero
mostrar un comportamiento tan pueril.
Gabriela echa un vistazo a Aiden y le dice:
—No hay forma de que ganes.
Él tira de ella hacia sí.
—Ten un poco de fe en tu prometido.
—Es que necesitas un milagro —masculla Catalina entre dientes, y me
sube el ego sin saberlo.
—No sé ni si deberíamos intentarlo —le dice Gabriela a su hermana.
—Probablemente no —responde encogiéndose de hombros.
—¿Qué te parece si dejamos que los chicos se entretengan con su
concurso y nosotras nos vamos a ver…?
—No os vayáis —la interrumpe Aiden—. Podemos hacerlo interesante y
dividirnos en dos equipos.
«Espera. ¿Qué?» Ni una sola vez en todos los años que llevamos siendo
amigos había hecho Aiden nada parecido, y no sé bien cómo tomármelo.
¿Equipos? Este tío me puso a caer de un burro por usar tobillera en un
partido de baloncesto uno contra uno, ¿y ahora quiere pedir refuerzos? Me
mira y pregunta:
—¿Qué me dices?
—Me parece una idea genial. —Para meterme en un buen lío, claro,
porque sé perfectamente quién va a ser mi compañera de equipo.
Aiden y yo hemos estado tan liados en el hospital los últimos días que no
he tenido ocasión de hablarle de mi reciente interés por su exnovia. Aunque
dudo que me ponga pegas, no dejo de sentirme un poco culpable por ligar
con Catalina. Como todavía no ha llegado la cafetera nueva, he tenido que
sufrir el horroroso café de la máquina de la tercera planta en vez de
arriesgarme a tener un encontronazo con ella en la UCIN.
—¿Queréis formar equipos? —pregunta Catalina atónita, con los labios
fruncidos, y por un segundo pienso que será ella quien nos salve a todos.
«Siéntete libre de decir que no. Yo no me voy a quejar.»
Aiden sonríe.
—Tu hermana y yo contra Luke el Nivelador y tú.
Catalina reprime una carcajada, pero Gabriela no se corta y se ríe a
mandíbula batiente.
—¿Qué me dices? —Aiden rodea la cintura de Gabriela con los brazos y
le da un beso en la mejilla—. ¿Te apetece ayudarme a ponerlos en su sitio?
—Nada me gustaría más que eso —contesta ella con una sonrisa.
Esperaba que Catalina se opusiera, pero me sorprende diciendo:
—Lo único que vas a poner en su sitio es esa sonrisita prepotente cuando
ganemos.
Maldita sea. La expresión de su rostro debería infundirme terror, no
ponerme cachondo, pero la sonrisa ladina que esboza me supera.
«Se llama subidón de dopamina, y tú precisamente deberías saber que
pueden llegar a ser adictivos.»
Catalina levanta la cabeza para mirarme.
—Más nos vale no perder contra ellos.
—Por favor. No he estado tres horas viendo tutoriales sobre cómo hacer
casitas de jengibre para nada.
—¿En serio has hecho eso? —El asombro en su voz hace que me llene de
orgullo.
—¿Impresionada?
—Horrorizada, más bien. ¿No tienes nada mejor que hacer en tu tiempo
libre?
—No, la verdad. Era eso o empezar un LEGO nuevo, y Aiden me ha dicho
que no hay espacio para ninguno más hasta que él se mude.
—¿Un LEGO?
—¿Sí? —contesto con cierta aprensión.
—Hum.
—¿Tienes algo en contra? —Finjo no darme cuenta de cómo Aiden y
Gabriela susurran entre ellos mientras hablo.
—Nop —responde con las mejillas sonrosadas.
Gabriela sonríe.
—A mi hermana le gustan muchísimo los LEGO.
Catalina abre los ojos como platos.
—¿Es eso cierto? —Me vuelvo hacia ella, que se tensa a mi lado.
—Me encantaban. En pasado.
—¿Qué ha cambiado?
—He madurado.
«Zasca», articula Aiden con los labios antes de ocultar una sonrisa con el
puño.
«Imbécil.»
—Es una pena que la adultez haya destrozado tu capacidad de pasártelo
bien.
Catalina se sonroja.
—Soy capaz de pasármelo bien.
—Si no lo veo, no lo creo.
Entrecierra los ojos y separa los labios para hablar, pero se ve
interrumpida por una voz que anuncia:
—Último aviso: coged vuestras galletas de jengibre antes de que se
acaben.
Y con eso se esfuma la oportunidad de indagar más sobre Catalina y su
amor por los LEGO.
—Me niego a dejar que se rían de mí por usar esto. —Catalina alarga el
brazo hacia mí sujetando el nivel en la mano.
Se lo cojo y compruebo el ángulo del tejado.
—Aquí no hay lugar para el orgullo.
—Créeme, me ha quedado claro en el momento en que te he visto
recurrir al móvil para repasar tus notas.
—No me he tirado horas recopilando trucos y consejos para nada. —Y
mis motivos se desmoronan casi tan deprisa como la pared de la casita.
Ella me mira exasperada. Echo un vistazo rápido en dirección a Aiden y
Gabriela: su casita de jengibre no solo se mantiene en pie, sino que se ve
mucho mejor construida que la nuestra.
«Genial. Si Aiden gana, va a pasarse siglos restregándomelo por la cara.»
—Mierda —farfullo cuando las dos galletas que forman el tejado se
deslizan y se caen.
—«Será divertido», decían. «Pasaremos un buen rato», decían —
murmura Catalina para sí a mi lado.
Justo en ese momento, Aiden y Gabriela se echan a reír cuando se
derrumban las paredes de su casita.
—Ups —dice él antes de besar los dedos cubiertos de glaseado de
Gabriela.
Solo ahora me doy cuenta de que a Aiden en ningún momento le ha
importado un pimiento el concurso. Lo único que quería era pasárselo bien
con su futura esposa, mientras que yo he estado machacando a Catalina con
instrucciones los últimos veinte minutos.
«Porque esto no tenía nada que ver con ninguna apuesta, ¿verdad?»
Cierro los ojos con fuerza.
Mis padres eran de los que convertían todo en una competición entre el
listón cada vez más alto al que querían que llegara y yo. Sus expectativas no
hicieron más que empeorar con los años: tenía que ser el mejor en todo.
Tenía que ser el estudiante de matrícula y hacer más amigos que nadie.
Tenía que encontrar el equilibrio perfecto entre una agenda a rebosar de
planes sociales, las actividades extracurriculares y una carga académica
abrumadora, porque lo único que importaba era tener oportunidades de
entrar en las mejores universidades. Después, una vez que conseguí una
beca completa para la universidad que ellos querían, como esperaban que
ocurriera, todo giraba en torno a la carrera de Medicina y cómo formarme
para ser uno de los mejores candidatos para obtener trabajo.
Me he pasado toda la vida compitiendo con los demás y, aunque me ha
servido para llegar a donde estoy ahora, es el momento de abandonar ese
comportamiento.
Es evidente que a Aiden no le importa lo más mínimo, ¿por qué debería
importarme a mí?
Una de las paredes de galleta de jengibre se cae cuando Catalina intenta
pegar una gominola en la ventana y hace una mueca.
—Lo siento. —Se apresura a coger la manga pastelera con glaseado—.
Lo arreglo ahora mismo.
—No pasa nada. —Le agarro la muñeca para detenerla. Se le pone la piel
de gallina cuando la toco, y me sorprendo acariciando con el pulgar la curva
de su muñeca antes de soltarla con reticencia.
Se me queda mirando con los ojos muy abiertos.
—¿Te has tirado diez minutos creando una estructura de soporte en el
interior de la casita con depresores linguales pero esto no te molesta? —
Señala la pila de escombros de galleta.
Mi ángel de la guarda debe de ser humorista, porque las dos últimas
paredes que quedaban en pie se desmoronan al instante.
—Es solo una casita de jengibre —digo encogiéndome de hombros.
—¿Y qué hay del orgullo?
—Por lo visto lo estaba confundiendo con la masculinidad frágil.
Ella se lleva una mano a la boca para sofocar una risa, y desearía que no
nos hubiera privado de ese sonido.
—¿Significa eso que te rindes? —pregunta Aiden con una ceja levantada.
Cojo el trozo de galleta de jengibre que pretendíamos usar a modo de
puerta y le doy un mordisco.
—Y tanto.
Catalina se desploma sobre la mesa.
—Gracias a Dios. Estaba más estresada que montando un LEGO de cinco
mil piezas.
—Entiendo que no has probado a construir el Puesto de Mando
Galáctico, ¿verdad? —pregunto con una sonrisa.
—¿Yo sola? Ni de broma. Me llevaría años acabarlo sin ayuda.
Ese es justo el motivo por el que no me he molestado en comprarlo yo
tampoco. Aunque quizá…
«Antes tienes que hablar con Aiden.»
Mañana a primera hora tendré una conversación con él sobre Catalina,
porque ya no puedo seguir fingiendo que no me gusta pasar tiempo con ella.
Puede que no lleve a nada más que a una bonita amistad, pero me vale con
eso.
«Entonces ¿por qué sientes este pinchacito en el pecho de repente?»
Porque puedo ser amigo de Catalina, pero eso no impide que me atraiga.
«Igual si te haces su amigo se te acaba pasando.»
Pues igual sí. Pero igual no. Una cosa sí que tengo clara: cuando llegue el
1 de enero, se va a marchar, así que solo dispongo de tres semanas para
descubrirlo.
Y creo que sé cómo empezar. Solo espero que acceda.
6 de
DICIEMBRE
Luke
Me voy a la cama pensando en Catalina y en los setecientos dólares que
han desaparecido de mi cuenta bancaria, y me despierto con un nuevo
propósito.
Salgo de la habitación y me encuentro a Aiden vestido con el uniforme y
haciendo tortitas a las cuatro de la tarde.
—Menos mal que tu boda es por la tarde.
Su respuesta se ve interrumpida por un bostezo.
—Ni de coña vamos a levantarnos antes del mediodía. Por los poderes
que me otorga ser el novio, lo prohíbo.
Me siento en la encimera de la cocina y me paso una mano por el pelo
revuelto. Nuestro apartamento es algo viejo, pero está limpio y tenemos
incluso algunos marcos colgados de las paredes gracias a Gaby, aunque no
nos hemos molestado en cambiar las fotos genéricas que venían con ellos.
Si no fuera por la insistencia de Gaby en que nos compráramos un
pequeño árbol de Navidad y su ayuda para elegir unos adornos básicos,
nuestra decoración navideña se habría reducido a una manta con copos de
nieve que tenemos en el sofá todo el año y un par de calcetines a juego que
compramos Aiden y yo en las ofertas posvacacionales cuando estábamos en
la universidad. Eran los únicos que había con nuestras iniciales,
probablemente porque tienen un estampado a cuadros feísimo. Los
guardamos como recuerdo, aunque Gaby se queja cada año cuando los
colgamos.
Aiden me sirve la primera tortita de la tanda. Creo que debería parecerse
a un muñeco de nieve, según la extraña forma que le veo, pero no hago
preguntas. Puede que sea demasiado fina y que esté algo quemada en los
bordes, aunque tengo demasiada hambre para que me importe, así que le
doy un mordisco enorme.
—Gracias —digo después de beber algo de agua.
—De nada.
—Eres el mejor compañero de piso del mundo.
—Hablando de lo cual… —«Oh, no»—. ¿Has encontrado ya a alguien?
—pregunta mientras echa masa en la sartén formando algo más parecido a
un triángulo obtuso que a un árbol de Navidad.
—Nop.
—Creo que es la primera vez que te veo procrastinar con algo.
—No consultes los síntomas en internet. Según doctor Google, es
probable que me esté muriendo.
Él se ríe por lo bajo.
—No puedes seguir posponiéndolo eternamente.
—No, pero puedo posponerlo por ahora.
En cuanto se case, Aiden se va a mudar con Gaby, y a mí me tocará, o
bien encontrar un compañero que pague la parte de Aiden, o bien aceptar
que voy a vivir solo. He retrasado la hora de encargarme de ello por trabajo
y porque no estoy seguro de lo que quiero. Buscar compañero de piso va a
ser un coñazo, pero vivir solo me recuerda demasiado a la soledad de mi
infancia, así que me está dando parálisis por análisis.
—Sabíamos que este momento llegaría —dice él con un suspiro.
—Ya, bueno, yo esperaba que fuéramos compañeros de piso para
siempre, pero a ti va y se te ocurre enamorarte, todo un cliché.
—Algún día tú estarás en una posición similar —afirma con una sonrisa
bobalicona.
—Tal vez. —Procuro que la esperanza no tiña mi voz.
—Porque quieres casarte, ¿no?
—Sí, pero a ser posible con alguien que quiera hacerlo por lo civil y sin
avisar a nadie. Las facturas de tu boda me dan urticaria.
—No son para tanto.
—Dice el hombre que va a soltarle ocho mil dólares a un cámara.
—Gaby dice que merecerá la pena cuando se lo enseñemos a nuestros
hijos en el futuro.
—Eso te lo dice para que te sientas mejor.
Me lanza una mirada asesina no muy lograda que me hace sonreír. Por
suerte, Aiden tiene un trabajo muy bien remunerado, y Gaby cobra bastante
bien como contable, porque, si no, me preocuparía el dinero que se están
dejando en la celebración.
—Pues… —empieza a decir mientras le da la vuelta a la tortita—. Quería
preguntarte una cosa.
—¿El qué?
—¿Notaste algo raro en Catalina ayer?
Me pongo tenso de inmediato, pero procuro relajar los músculos.
—¿A qué te refieres?
—Es solo que… Puede que esté viendo cosas donde no las hay.
El corazón, que hace unos segundos parecía habérseme parado, empieza
a latirme con fuerza dentro del pecho.
—Suéltalo.
—Me pareció notar algo entre vosotros.
«Mierda.» Estrujo con fuerza el tenedor que tengo en la mano, pero
aflojo el agarre antes de que Aiden se dé cuenta.
—¿Como qué? —pregunto con voz áspera.
—No te rías por lo que voy a decir.
Me quedo mirándolo sin pestañear.
—Como… ¿chispas? —Se frota la mejilla con barba de dos días.
Aprieto los labios con fuerza para no hacer ningún comentario al
respecto, a lo que él responde fulminándome con la mirada.
—Lo digo en serio. Se la veía… cómoda. Contigo, me refiero.
La sola idea hace que una calidez me recorra el cuerpo y alimente mi
confianza respecto al tema de Catalina.
—Creo que empiezo a caerle bien —comento como si tal cosa.
—Y que lo digas. El otro día te preocupaba que fuera a clavarte un palillo
y ahora estáis juntos en un evento navideño sin problema alguno.
—Ya me han dicho más de una vez que soy irresistible.
Me observa con expresión seria.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Él no habla de inmediato, así que me impaciento y añado:
—Si quieres preguntarme algo, hazlo antes de matarme de la intriga.
Por fuera se me ve tranquilo, sereno y divertido, pero por dentro tengo un
torbellino emocional.
—No sé bien cómo preguntarlo, así que voy a soltarlo directamente.
—Vale…
—¿Te mola?
Me quedo mirándolo sin parpadear, y él me imita pero rompe el contacto
visual primero.
—Joder. No sabía si igual estaba imaginándome cosas, así que Gaby me
insistió en que te lo preguntara.
—¿Todo esto es idea de Gaby?
—¡Sí! No paraba de decir que las cosas entre vosotros habían cambiado.
—Bueno, si con eso se refiere a que su hermana ya no se pasa toda la
conversación deseando que se acabe para salir corriendo, entonces diría que
sí. Sin duda vamos a mejor en ese aspecto. —Aiden ladea la cabeza, como
analizándome en silencio—. Como no dejes de mirarme como si fuera un
cadáver que quieres diseccionar, cojo la tortita y me voy a otro lado a
comérmela en paz.
El pecho se le desinfla con un suspiro.
—Lo siento.
Soy yo el que debería pedir perdón, dado que es a mí a quien le gusta su
exnovia. Intento tragarme el nudo que se me forma en la garganta.
—Ahora me toca a mí hacerte una pregunta.
—Dime.
—Pongamos, hablando hipotéticamente, por supuesto, que en algún
momento me interesara tu ex…
Da un manotazo a la encimera y me señala con un dedo acusador.
—¡Lo sabía!
No tengo claro si está cabreado o no.
—Es todo hipotéticamente —insisto.
Sus labios se curvan hacia arriba.
«Pues no. No está cabreado.»
El olor a quemado me inunda la nariz y Aiden va corriendo a los fogones.
Maldiciendo entre dientes, tira la tortita churruscada a la basura antes de
echar más masa en la sartén.
—Entonces ¿no estás enfadado? —pregunto con cierta incertidumbre.
—¿Por qué iba a estar enfadado? —Se gira hacia mí con los brazos
cruzados.
—Bueno, Catalina es tu ex.
—¿Y? Estoy enamorado de su hermana. Además, Catalina y yo no
estuvimos juntos juntos. No en ese sentido.
—Salisteis juntos.
Levanta un hombro con indiferencia.
—Y la mayor parte de ese tiempo lo pasó viajando por todo el país por
trabajo. Hablábamos todos los días, sí, pero era algo platónico más que
nada.
—Entiendo —afirmo con rotundidad. Él se ríe para sí. Yo le doy unos
cuantos mordiscos más a mi tortita antes de seguir hablando—. ¿Y de veras
no te molestaría si…, no sé, hablara más con ella?
Aiden suelta una carcajada.
—Me juré no decir nunca esto en voz alta.
Ahora me pica la curiosidad. Apoyo los codos en la encimera y me
inclino hacia delante.
—¿El qué?
—Que siempre pensé que haríais mejor pareja vosotros dos.
—¿En serio?
¿Y cuánto tiempo exactamente lleva pensando esto?
—Sí. Es una de las razones por las que rompí con ella, aunque no se lo
dije, claro. Sobre todo porque ella no parecía muy interesada en ti cuando
os conocisteis.
Mierda. Creía que el único motivo por el que Aiden lo había dejado con
Catalina era porque había empezado a gustarle su hermana.
Aiden continúa:
—De vez en cuando tú decías o hacías ciertas cosas que me recordaban a
ella. Supongo que por eso tampoco me costó mucho ser su amigo.
—¿Y cómo te las arreglaste para hacerte amigo suyo? —Puede que ya
me lo haya contado, pero no lo recuerdo.
—Tú mejor que nadie debes de saber que no es el tipo de chica que deja
que nadie se acerque demasiado ni demasiado rápido.
—Ya te digo.
—Me llevó un tiempo conseguir que se abriera, pero es una chica genial
que solo necesita que la gente tenga paciencia para llegar a conocerla.
—Eso empiezo a ver. —Suspiro.
—Debo decir que, a quienquiera que se gane su confianza y su lealtad,
más le vale hacer todo lo que esté en su mano por protegerla o tendrá que
vérselas conmigo.
El último mordisco sabe a chamuscado.
—¿Vas a ser un ex controlador?
—Peor: un cuñado sobreprotector.
—¿De qué manera es eso peor?
—Si alguien le hace daño a Catalina, mi futura esposa se va a cabrear, lo
cual va a hacer que yo me ponga hecho una fiera al instante.
Por el destello que veo en sus ojos, espero que nadie tenga que vérselas
con él.
—Me resulta fascinante verte tan enamorado —comento.
Él me dedica una sonrisa radiante.
—Me muero de ganas de poder decirte lo mismo.
—Yo no he dicho nada de estar enamorándome.
—Eso es lo que decimos todos justo antes de que ocurra. —Parpadeo un
par de veces y él se inclina sobre la encimera para darme una palmadita en
el hombro—. Tranquilo. Ve paso a paso y que sea lo que tenga que ser.
«Ya veremos», dijo el ciego.
7 de
DICIEMBRE
Catalina
—Esperaba pillarte antes de que te marcharas a trabajar —dice mi
hermana, que se asoma a mi cuarto; luego entra y cierra la puerta con
cuidado tras ella.
Me giro.
—¿Qué pasa?
—Quería hablarte de algo que noté el otro día en la fiesta.
—¿El qué? —Me da un vuelco el estómago.
—Es sobre Luke y tú.
—¿Qué pasa?
—Pues que estabais…
—Siendo cordiales —completo la frase demasiado deprisa.
Me dedica una mirada que hace que se me ponga el corazón a mil.
—Cata.
Las piernas amenazan con fallarme, así que me siento en la silla de mi
antiguo escritorio mientras mi hermana se acomoda en el borde de la cama.
—No hay nada entre nosotros.
El ceño fruncido le forma una línea en la frente.
—Vi cómo os mirabais.
—¿Y?
—Estoy preocupada.
—¿Por qué?
Gaby pone los ojos en blanco.
—Venga, vamos. Cualquiera con un mínimo de sentido común puede ver
que os gustáis.
Niego con la cabeza.
—Es atractivo, pero ya.
—No soy tonta.
—Ni yo tampoco. Luke es la última persona con la que debería tener
algo. —Las palabras salen disparadas de mi boca.
—¿Por qué?
—Porque es el mejor amigo de Aiden.
Ella suelta un suspiro de alivio.
—Eso es lo que me preocupa.
Me levanto de la silla y me siento a su lado en la cama.
—No voy a cometer la estupidez de liarme con él ni nada, si eso es lo que
te asusta.
—No, no es eso. —Su respiración fuerte llena el silencio—. Solo es que
no quiero volver a perderte justo ahora que siento que te estoy recuperando
al fin —murmura.
Parpadeo unas cuantas veces.
—¿Cómo? No me has perdido en ningún momento.
—Bueno, esa es la sensación que he tenido los dos últimos años.
La culpa me atenaza con fuerza el corazón.
—Gaby…
—No quiero ni pensar en la posibilidad de que vuelvas a ignorarme, y me
preocupa que, si Luke y tú os liais o algo, encuentres otra razón para
alejarte.
—No voy a ignorarte.
—¿Incluso si pasa algo entre Luke y tú?
Le cojo la mano y le doy un apretón.
—No va a ocurrir, pero sí: pase lo que pase, prometo que seguiré a tu
lado.
Ella esboza una sonrisa leve.
—Siento rayarme tanto. Es solo que noté la conexión entre vosotros, y
los escenarios posibles me asustaban bastante.
«Otra razón más para mantenerme alejada de Luke.»
Gabriela ya tiene bastante de lo que preocuparse sin que yo lo complique
todo enrollándome con el mejor amigo de su futuro marido, así que mejor
tenerlo presente.
Supe que quería ser enfermera de cuidados intensivos neonatales cuando
fuimos a ver a mi tía de Puerto Rico después de que diera a luz a mi primo.
Teníamos planeado un viajecito divertido con ella y nuestra familia, pero
todo cambió por culpa de la terrible cesárea de mi tía y de que tuvieran que
ingresar a mi primo en la UCIN.
Al cabo de unas pocas visitas a la UCIN, nació mi fascinación por todo el
equipo de enfermería que ayudaba a mantener a mi primito con vida, y para
cuando le dieron el alta ya sabía que quería salvar vidas como ellos. Para mí
eran héroes y, a pesar de las partes complicadas del trabajo, no he perdido
esa visión tan idealizada ni en los días duros en que la he podido cuestionar.
La mayoría de la gente da por hecho que, como trabajo con bebés, debo
de ser la enfermera más feliz del mundo, pero eso es porque no son
conscientes de la parte mala del trabajo. Controlar las sondas nasogástricas
y los aparatos de ventilación asistida de los que dependen muchas vidas en
la unidad. Padres y madres desmoronándose delante del bebé al que solo
quieren llevarse a casa, culpando a todo el que pasa, incluidos ellos mismos,
por las complicaciones médicas. Todas las vidas que he visto desvanecerse
antes siquiera de que tuvieran la oportunidad de vivir de verdad. Los
corazones hechos añicos de los padres, que desearían morir con ellos.
Por desgracia, hoy es uno de los peores días. No sé si es que me está
costando más por las fechas que son y estoy especialmente sensible
pensando en todos los bebés que quizá no lleguen a ver las próximas
Navidades, pero necesito tomarme varios descansos para aguantar.
—Tienes que hacer algo. —Debra, una madre a la que conozco desde la
semana pasada, se agarra a mi ropa quirúrgica con motivos navideños—.
Debe de haber algo más que podamos hacer. Si es por dinero,
encontraremos el modo de conseguirlo. O si hace falta llevarla a otro
hospital, podemos organizar el traslado. Estamos dispuestos a hacer lo que
haga falta.
Los ojos se me llenan de lágrimas, lo que delata mis sentimientos.
—Por favor —me pide con la voz rota.
La mujer de Debra intenta apartarla de mí, pero niego con la cabeza y la
envuelvo en un abrazo.
—Lo siento mucho —susurro, acariciándole la espalda.
Tiembla entre mis brazos.
—Es mi niña…
—Y tú eres su maravillosa mamá. —Logro contener las lágrimas, pero
mi corazón llora por las dos madres que tengo delante.
—¿Por qué, Dios mío? ¿Por qué? —Me suelta y se gira hacia su mujer.
Trish, que ha sido el pilar de Debra durante el último mes que su hija ha
pasado en la UCIN, coge a su mujer y la estrecha con fuerza.
—Lo siento, cariño. Lo siento muchísimo.
—No es justo. —Debra se aferra a la camisa de Trish—. No debería
haber pasado esto.
Siento un vacío enorme en el pecho. Como no quiero que me vean
desmoronarme, me doy la vuelta y toqueteo las máquinas a las que está
enchufada su hija antes de que mis ojos se posen en la tarjeta que hay en la
parte delantera de la incubadora.
«Sarah Lynn, 1,47 kg.»
Sus madres habían traído un cartelito para celebrar su primer mes de vida
y lo habían puesto delante de su cunita. Era para hacer un registro
fotográfico de los primeros recuerdos de la familia, pero ahora no es más
que un recordatorio descorazonador de la vida que podrían haber tenido.
Sarah no va a llegar a cumplir dos meses, por mucho que lloren sus
madres y con independencia de las intervenciones que tratemos de llevar a
cabo para ayudarla.
Paso una mano por el cartelito. Se me salta una lágrima a pesar de mis
esfuerzos, y hago un gesto a otra enfermera para que me releve. Ella se
acerca deprisa, me da ánimos al oído y me dice que me tome todo el tiempo
que haga falta.
Con el corazón medio roto, salgo de la UCIN y me dirijo a los ascensores
más cercanos. Me da igual el frío que haga y no llevar chaqueta. Necesito
aire fresco.
Paso por delante de la espantosa máquina de café. Por un segundo, la
presión en mi pecho cede, solo para volver con fuerzas renovadas cuando
pienso en la posibilidad de que Luke me encuentre en este estado.
«Márchate antes de que alguien te vea.»
Le doy al botón de la planta baja y espero. El ascensor siempre tarda un
poco, debido a la cantidad de pacientes a los que hay que meter y sacar en
cada planta, así que sufro en silencio mientras espero.
«Sarah Lynn.»
«Ana Lucía.»
«Luis Fernando.»
La lista de vidas que se han perdido desde que soy enfermera de la UCIN
se sucede en mi mente, junto con los sollozos de Debra. Me prometí hace
mucho que jamás olvidaría a los que no sobrevivieran, y, aunque la lista es
cada vez más larga, no lo he hecho.
No sé cuánto tiempo paso esperando el ascensor, pero, para cuando me
quiero dar cuenta, estoy limpiándome las mejillas húmedas y
maldiciéndome por tener una crisis nerviosa en público.
Se supone que he de ser la fuerte, la persona a la que los padres acuden
en busca de ayuda o apoyo, y, sin embargo, aquí estoy, llorando a mares en
un pasillo donde puedo encontrarme con cualquiera.
Me giro y me alejo del ascensor, porque lo he pensado mejor y he
decidido usar la escalera. Pero, antes de que dé un solo paso hacia la puerta,
el ascensor se abre con un «ding».
—¿Catalina?
Mi cuerpo se queda como petrificado al oír la voz de Luke.
«Mierda, mierda, mierda.»
La luz que indica la salida me tienta mientras me debato entre echar a
correr hacia ella o darme la vuelta para enfrentarme a Luke como una
persona adulta.
Con un suspiro reticente y limpiándome una última vez las mejillas y la
nariz, hago lo segundo. Alza las cejas y su mirada se encuentra con la mía,
lo que empeora el dolor que siento en el pecho.
No me quiero imaginar la pinta que tengo, así que me enderezo y me
coloco una fría máscara de indiferencia mientras me preparo mentalmente
para las preguntas con las que vaya a acribillarme.
Cuando las puertas del ascensor empiezan a cerrarse, alarga un brazo a
toda prisa para detenerlas.
—¿Querías bajar? —La pregunta me sorprende, no solo porque se haya
adelantado a mi próximo movimiento, sino también porque haya decidido
ignorar que yo estuviera llorando.
Asiento, porque no me fío de que no se me rompa la voz.
Él aprieta un botón.
—Tengo una idea mejor. —Como no entro en el ascensor de inmediato,
suelta una exhalación y dice—: Si quieres estar sola, no pasa nada. Lo
entiendo perfectamente.
—No —respondo demasiado deprisa, lo cual me pilla por sorpresa. Por
lo general acostumbro evitar la compañía de los demás hasta que vuelvo a
tener mis emociones bajo control, pero la idea de estar sola ahora mismo
me aterroriza.
«¿Y Luke es tu mejor opción?»
Levanto la vista para mirarle a través de las pestañas mojadas y me
sorprende la expresión preocupada de su rostro. Es agradable que alguien se
preocupe por mí por una vez, en lugar de ser la que está pendiente de los
problemas de todo el mundo, así que lo disfruto, permitiendo que la calidez
de sus ojos aniquile el frío terror que me abrumaba hace unos instantes.
—Pues entra. —Hace un gesto con la cabeza para que me suba al
ascensor.
No hace falta que me lo repita. Ahora mismo cualquier cosa me parece
mejor que estar aquí, así que respiro hondo, entro y cruzo los dedos.
Resulta que la idea de Luke era muchísimo mejor que la mía. La sexta
planta, que consiste en una terraza con un cenicero y una maceta vacía que
sirve de cubo de basura, me da el espacio y la privacidad que necesito para
respirar como Dios manda por primera vez en horas. Tanto la ropa de
trabajo como la piel y el pelo me huelen a antiséptico, pero el aire fresco
procedente del lago me despeja la cabeza embotada.
Me apoyo en la barandilla y cierro los ojos, contando respiraciones para
mantener los pensamientos desagradables alejados de mi mente.
Luke está justo a mi lado, brindándome la calidez que tanto necesitaba a
través del contacto de nuestros cuerpos. Cuando me pregunta si tengo frío,
niego con la cabeza, pero él amusga los ojos al ver la piel de gallina de mis
brazos.
No pienso por nada del mundo confesarle que esa reacción se debe a él,
no a la temperatura, así que continúo en silencio. Él hace lo mismo, para
variar. Ahora que lo pienso, no recuerdo haberlo visto nunca disfrutando
callado, y se lo hago saber.
—No me gusta pasar mucho tiempo en silencio —contesta a mi burdo
comentario.
—¿Y eso?
Tarda un par de segundos en responder:
—Me recuerda a todas las veces que estuve solo de pequeño.
Su sinceridad me resulta encomiable, como un soplo de aire fresco.
—Qué suerte —bromeo para que relaje la tensión de la mandíbula—.
Algunos días solo quería que Gabriela se callase.
Él suelta una risita.
—Ojalá yo hubiera tenido un hermano o hermana a quien incordiar.
—Lo habrías sacado de quicio, sin duda.
—Habría acabado apreciando mis muestras de cariño.
—¿Como si tuviera síndrome de Estocolmo?
—Exacto.
Me sorprendo sonriendo por primera vez desde que ha empezado mi
turno, y eso me despierta multitud de emociones.
—¿Qué pasa? —pregunta con las cejas muy juntas.
Me planteo eludir la pregunta, pero, por alguna razón, elijo ser sincera.
—Me siento culpable.
Él asiente. No me presiona para explicar por qué exactamente me siento
culpable. No me atosiga en busca de respuestas que no estoy preparada para
dar. Se limita a ofrecerme el consuelo de su presencia, sin apartarse de mi
lado mientras contempla el pueblo. Las luces de Navidad que decoran las
tiendas y las casas titilan en la distancia y me llenan de calor y esperanza
después de una noche repleta de horrores.
Luke cambia el peso de pie y hace que devuelva mi atención a él.
Toqueteo mi placa de identificación con forma de muñeco de nieve.
—No quiero hacerte perder tiempo —digo.
—Esta noche se me ha hecho larguísima, así que me estás haciendo un
favor.
Los labios se le curvan un poco hacia arriba.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Odio sentirme inútil.
—Debe de ser tu complejo de salvador haciendo de las suyas.
—¿Me estás diagnosticando? —Se vuelve hacia mí con una sonrisa.
—No osaría hacerlo, doctor Darling.
Su sonrisa se ensancha.
—Repite eso.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Para alimentar tu ego? No, gracias.
El brillo de sus ojos compite con el de las estrellas que nos cubren.
—Por favor. A este paso voy a tener que acabar suplicándote para
conseguir un poco de atención.
—¿A esto lo llamas suplicar? —Lo miro de arriba abajo. Me cuesta más
esfuerzo del que debería fingir desinterés, sobre todo al notar cómo se le
marca el cuerpo contra la ropa quirúrgica—. Me dejas fría.
—Si quieres que me ponga de rodillas, solo tienes que pedírmelo.
Sus palabras tienen un efecto inmediato sobre mí, y en mi cabeza aparece
la imagen de él haciendo lo que acaba de decir, solo que no en la azotea,
sino en el dormitorio, y sus manos buscarían mi…
—No te cortes en compartir lo que estás pensando ahora mismo para
estar mirándome así.
Mis mejillas se encienden. Por suerte, el cielo nocturno se encarga de que
no lo vea… o eso pensaba.
Lleva una mano a mi mejilla caliente y exhalo repentinamente al notar
como mi cuerpo responde a una sola caricia de su pulgar en mi piel.
Esta reacción me asusta, no por sentirme culpable por que se trate del
amigo de Aiden, sino porque no soy capaz de recordar la última ocasión en
la que alguien me hizo sentir tanto en tan poco tiempo.
Quizá nunca.
Sí que he sentido chispas de atracción alguna vez, pero esto es otra cosa.
Es más. No sé describirlo, pero no conozco a mucha gente que me haya
hecho sentir como Luke con solo una mirada y un contacto leve, y me
aterroriza.
No tengo planeado quedarme en Lake Wisteria. Ni voy a buscar tener
nada con alguien que está atado de por vida a mi hermana y a mi futuro
cuñado, y arriesgarme a pasarme el resto de mi existencia en una situación
incómoda si las cosas no funcionan. Después de la conversación de hoy con
mi hermana, ni siquiera siento que tenga la opción de elegir, aunque
quisiera.
A pesar de que lo que deseo es quedarme donde estoy y disfrutar de
cómo me mira Luke, doy un paso bien atrás y me envuelvo el torso con los
brazos.
Él junta las cejas, y se queda con la mano en el aire.
—¿Catalina?
—Gracias por enseñarme este sitio. —Doy otro paso atrás y me acerco a
la escalera que lleva al ascensor.
—¿A dónde vas?
«A cualquier parte, lejos de aquí.»
Me niego a poner en peligro la nueva paz que hay entre mi hermana y yo
siguiendo los caminos de la atracción. Desear a Luke es una cosa, pero lo
que no puedo es llegar más lejos y que todo se enrarezca cuando el lío
pasajero llegue a su fin.
Por mucho que él me tiente a hacer lo contrario.
8 de
DICIEMBRE
Luke
La he cagado. Me queda claro cuando Catalina se aleja de mí en la azotea
y se cierra en banda como nunca antes.
Me prometí que le daría espacio, pero después de verla llorar, y aunque
sé que no debería, le mando un mensaje al acabar mi turno: necesito saber si
está bien. No contesta, como de costumbre, lo cual solo hace que me sienta
aún peor.
No debería haberla tocado así. Fue un movimiento arriesgado, dadas las
circunstancias, pero no fui capaz de resistirme a tratar de consolarla, y mira
cómo he acabado.
No sé muy bien cómo manejar la situación, así que acudo a Aiden en
busca de consejo, y él a su vez involucra a Gaby, que resulta estar en
nuestro apartamento ayudándole a hacer cajas.
—¿Cómo es eso de que te interesa mi hermana? —Gaby me dirige una
mirada mordaz después de que Aiden le resuma la situación.
Aiden me hace un saludo militar desde detrás de su novia. «Buena
suerte», articula con los labios.
«Cabronazo.»
—Me gusta.
—¿Desde cuándo?
—Es algo bastante nuevo.
Mi futuro ex mejor amigo se ríe por la nariz, y siento el impulso de darle
una colleja.
Gaby se planta frente a mí con los brazos en jarras.
—Entonces no es nada serio, ¿no?
—No he dicho eso.
—Como futura esposa de tu mejor amigo, me merezco saber cuáles son
tus intenciones para con mi hermana.
—No sé si es así como funciona.
—¡Luke! —exclama alzando los brazos.
—¿Qué?
—Para de hacerte el misterioso.
—Vale, vale. Sí, me interesa Catalina, y ya lo he hablado con Aiden, así
que no debería haber ningún problema, si eso es lo que te preocupa.
Ella farfulla algo para sí.
—¿Qué pasa? —pregunto mientras se me cae el alma a los pies.
—Deberías haber hablado conmigo también.
—¿Por qué?
Gaby agacha la cabeza.
—Porque acabo de tener una conversación con ella sobre por qué debería
mantenerse alejada de ti.
—¿Por qué has hecho eso? —Un tono de horror tiñe mi voz.
—¡Porque no creía que te gustara de verdad!
—Bueno, gracias por consultármelo antes de darle más razones para
guardar las distancias.
—Lo siento —dice con una mueca—. Aiden no me había contado lo que
habíais hablado, y me asusté después de todo lo de la casita de jengibre.
Siento que acabo de recuperar a mi hermana, y me preocupa que vuelva a
ignorarme si tú y ella…, ya sabes…
—¿Nos juntamos?
—Sí —responde con un gruñido.
—No soy el tipo de persona que tiene líos sin importancia.
Ella me rehúye la mirada.
—Ya, pero Cata no es como tú.
Respiro hondo.
—Entiendo. —No pienso juzgar a Catalina por su pasado, así que da
igual.
—Pero no está del todo en contra de tener una relación —añade Aiden,
como si necesitara un recordatorio de quién fue la última persona con la que
estuvo medio en serio.
Gaby se pellizca el puente de la nariz.
—Menudo desastre.
—Ya te digo. —Me desplomo en el sofá.
Gaby empieza a deambular de un lado a otro de nuestro salón.
—Si hubiera sabido que de verdad te interesaba mi hermana…
—No es que me hayas dado tiempo para contártelo, la verdad.
—Lo siento. —Se deja caer sobre la parte del sofá perpendicular a la mía.
—¿Y ahora qué hago?
Gaby se queda pensando un minuto antes de hablar.
—Creo que tengo una idea. —Le hago un gesto para que continúe—. Mi
hermana requiere un tratamiento especial.
—¿Es un producto o una persona? —Gaby me fulmina con la mirada—.
Vale, vale, te escucho.
—Si te pasas de intenso —dice frotándose la barbilla—, la vas a espantar.
—Un poco tarde —murmura Aiden lo suficientemente alto para que lo
oigamos todos.
Le saco el dedo antes de responder.
—¿Y qué propones?
—Primero dime en qué estabas pensando tú.
—Bueno, antes de la charla esta compré el Puesto de Mando Galáctico de
LEGO y pretendía preguntarle si le apetecía que lo montáramos juntos. —
Los dos se quedan boquiabiertos—. ¿Os parece mala idea?
—¿Has comprado un LEGO de setecientos dólares para una primera cita?
Me froto la nuca.
—Bueno, no pensaba decirle que era una cita. —Aiden y Gabriela
intercambian una mirada—. ¿Qué?
Aiden habla primero.
—Si la invitas a tu piso a montar un LEGO juntos, es una cita.
—¿Crees que lo vería así?
Gaby dirige la vista al techo y pide ayuda a Dios entre dientes.
—Sí —contesta.
—¿Y qué probabilidad hay de que acepte?
—¿Antes de la conversación que hemos tenido? Un veinte por ciento, tal
vez.
—¿Y ahora?
Responde arrugando la cara.
Apoyo la cabeza contra el respaldo del sofá.
—Joder.
—Deja que te ayude —se ofrece Gaby—. ¿Por favor?
Aiden asiente con la cabeza como un loco detrás de ella. «Sí —articula
con los labios—. Di que sí.»
—Claro.
Gaby esboza una sonrisa radiante.
—Genial. Pero primero necesito saber cuándo te llega el LEGO.
Lo compruebo en el móvil.
—Mañana. —Junto con la cafetera que pretendo instalar antes de mi
próximo turno.
—Perfecto.
El modo en que sonríe comienza a preocuparme, pero en cuanto me
cuenta su plan me sorprendo con una expresión similar en el rostro.
—Hablaré con mi hermana para hacer control de daños. Aiden te ayudará
con lo demás. —Gaby se frota las manos como un villano de película.
Me parece que la probabilidad de que Catalina acceda a venir a mi piso
es mucho mayor ahora que Gaby y Aiden están de mi lado. No hay forma
de que pueda resistirse.
9 de
DICIEMBRE
Catalina
Suelto un taco de pura frustración al releer la primera frase de mi
discurso. A este paso no lo voy a tener a tiempo para la boda de Gabriela, y
la única culpable seré yo, por mi incapacidad para expresarme.
El mensaje que me llega de mi hermana no hace sino exacerbar el pánico
que comienzo a sentir en el pecho.
Gabriela: ¡Mira lo que se ha comprado Luke!
Adjunta una foto de la caja del LEGO del Puesto de Mando Galáctico. Me
quedo a cuadros, por decir algo, sobre todo después de la conversación que
tuvimos mientras construíamos la casita de jengibre.
No se lo he dicho, pero llevo queriendo tenerlo desde que anunciaron su
lanzamiento. Cada vez que mi hermana quería regalármelo, le decía que no
me interesaba, pero es una verdad a medias.
No me interesaba porque no tenía a nadie con quien montarlo.
Conociendo a Gabriela, me habría dicho que eso daba igual, que podría
montarlo yo sola. Pero es que ella está en una relación preciosa y no
entiende mis problemas. No es consciente de que un hobby que no me
importaba hacer sola se ha acabado convirtiendo en un recordatorio de que
no tengo a nadie con quien compartirlo, y culpo en parte a las redes sociales
por alimentar ese pensamiento.
No soportaba ver tantos vídeos de personas montando todo tipo de cosas
con LEGO con sus parejas, empecé a asociar mi pasatiempo favorito con una
soledad abismal. Por no hablar de que cada vez que iba a la tienda siempre
había alguien esperando en la cola para comprar un ramo de flores de LEGO,
lo cual no hacía sino empeorar el sentimiento.
El móvil me vibra en la mano.
Gabriela: ¿Qué te parece?
«Pues no sé qué pensar, pero tampoco me apetece abrumarte con mis
sentimientos», me digo antes de escribir una respuesta.
Yo: No me puedo creer que se lo haya comprado de
verdad.
Gabriela: Ni yo, con lo tacaño que es.
Yo: Él prefiere el término «económicamente
moderado».
Gabriela: Qué adorable que quieras defenderlo.
«¿Adorable?» No podría sorprenderme más su elección de palabra
teniendo en cuenta nuestra última conversación. Suelto una exhalación
antes de escribir de nuevo.
Yo: ¿Qué ha pasado con eso de que iba
a esperar hasta que Aiden se mudara?
Los tres puntos aparecen y desaparecen un par de veces antes de que me
llegue el siguiente mensaje.
Gabriela: Han hecho un trato.
Yo: ¿Cuál?
Gabriela: Aiden quiere ayudarlo
a montarlo.
Frunzo el ceño y releo el mensaje.
Yo: Pero si Aiden odia los LEGO.
Siempre me decía que tenía las manos demasiado grandes y demasiada
poca paciencia para un hobby así; ¿qué le ha hecho cambiar de opinión?
Gabriela: No sé, igual quiere pasar tiempo con Luke
antes de mudarse.
Gabriela: Los dos están bastante sensibleros
últimamente.
Mi madre me llama desde la cocina, así que me meto el teléfono en el
bolsillo y camino en dirección a los villancicos que resuenan por el pasillo.
Mi sonrisa se ensancha cuando oigo al cantante hablar de «mi burrito
sabanero» y me llega casi hasta las orejas cuando veo la encimera repleta de
todo lo necesario para hacer la receta de coquito de mi abuela.
Mis padres están a los fuegos, y mi madre le ofrece una cucharada a mi
padre para probar la última remesa. Ella echa un vistazo por encima del
hombro y me ve.
—Ah, bien. Estás despierta.
Mi padre me mira desde el otro lado de la cocina.
—Te has despertado justo a tiempo.
—¿Qué ocurre?
—¿Puedes sujetar las botellas mientras las lleno? —me pide él mientras
mi madre continúa dándole vueltas al coquito que está en la olla.
Se me forma un nudo en la garganta, pero asiento con la cabeza. Hay una
hilera de botellas de vidrio vacías en la encimera, y la más cercana al borde
ya tiene un embudo colocado.
Mamá se inclina para oler la mezcla.
—Está casi listo.
—Huele igual que el que hacía mi madre. —Los ojos de papá brillan y le
da un beso a mi madre en la mejilla.
La música. El coquito. Que mis padres me pidan ayuda con una tarea que
siempre hacen juntos, recordándome lo que yo también podría tener… si
encuentro a la persona indicada, claro.
Las fiestas siempre consiguen hacer que la gente como yo se sienta más
sola que de costumbre, sobre todo por el bombardeo de películas navideñas,
anuncios de televisión y montones de libros que solo hablan de amor, de la
familia y del significado de la Navidad.
«¿En serio pretendes encontrar a alguien especial con todo el tiempo que
te pasas viajando?» Bastante difícil resulta ya crear una rutina diaria, como
para encima enamorarme. Pero, cuando pienso en sentar la cabeza en
alguna parte, me entra el canguelo. Ninguno de los sitios en los que he
trabajado me convencía, pero Lake Wisteria tampoco es una opción si
quiero conocer a alguien. Al fin y al cabo, ya lo intenté con Aiden, y basta
ver cómo salió.
Me acerco a la encimera, cierro los ojos e inspiro hondo. Los olores me
recuerdan a los años que pasé correteando de un lado a otro con Gabriela,
tirando a nuestros padres de la ropa mientras ellos se esforzaban por
preparar todos los coquitos posibles antes de Navidad. Mi abuela llevaba
vendiéndolos desde mucho antes de que naciéramos nosotras, así que mis
padres tienen el negocio bien controlado.
Veo una hoja manuscrita en la encimera y la cojo con la mano
temblorosa. La receta de coquito de la familia Martínez está escrita con la
ilegible letra de mi abuela, acompañada de su famoso consejo «Antes de
probarlo, debes agitarlo», que escribía en la tarjetita de agradecimiento de
cada cliente.
Siento una punzada en el pecho cuando recorro las palabras garabateadas
con el dedo. Mi abuela era una presencia enérgica y constante en nuestra
casa desde que se mudó a Lake Wisteria para vivir con nosotros, y las
fiestas siempre hacen que la eche un poco más de menos que de costumbre.
—¿Cata? —me llama mi madre.
Respiro hondo y suelto todo el aire.
—Dime.
—¿Estás bien?
—Sí. —Dejo el papel bocabajo en la encimera para no volver a mirarlo y
me pongo manos a la obra.
Mi madre debe de darse cuenta de que algo no va bien, pero, por suerte,
no me pregunta al respecto.
«Entonces ¿por qué sientes esta presión en el pecho cada vez que piensas
en que nunca te insiste para asegurarse de que estás bien?»
A veces desearía que mi madre se esforzara un poco más conmigo, pero
siempre se rinde a la primera señal de adversidad. Con Gabriela se parte el
lomo para ser todo lo que mi hermana necesita y más; conmigo, en cambio,
parece haber tirado la toalla hace años, y en muchos sentidos yo también.
—Gracias, hija. —Mi padre me libera por fin de su abrazo de oso y sale
de la cocina, dejándome a solas con mi madre.
Limpio la encimera mientras ella pega la etiqueta en la última botella de
coquito. El silencio no es incómodo, pero a mí me resulta sofocante, y no
veo el momento de huir a mi cuarto.
—¿Cata? —pregunta mi madre.
—¿Sí?
—Gracias por ayudarnos hoy. La madre de tu padre… —Le cuesta
encontrar las palabras—. Habría estado muy orgullosa de verte
ayudándonos. Ya sabes cuánto le gustaba hacer coquito para todo el pueblo.
Mi madre rara vez me dedica elogios, así que se me forma un nudo en la
garganta de la emoción.
—De nada.
Se queda mirando las baldosas del suelo antes de levantar la vista.
—Soy consciente de que la última semana ha sido un poco rara, pero me
alegra que hayas venido a casa a pasar las fiestas.
—¿En serio?
Parece sorprenderle mi propia sorpresa.
—Claro.
—Ah…
Se apoya en la encimera.
—Sé que no siempre vemos las cosas igual, pero sigues siendo mi hija.
—A veces no lo siento así —digo con sinceridad.
—¿Cómo? —pregunta frunciendo el ceño.
—Nada.
—No. Explica a qué te refieres.
—Sé que prefieres a Gabriela —afirmo señalando el espacio entre
nosotras.
Ella abre mucho los ojos.
—¿Por qué dices eso?
—Es evidente que te gustaría que yo fuera de otra forma…
—Jamás he dicho eso.
—No hace falta. Lo noto igual.
Su cuello adquiere una tonalidad roja que le llega al rostro.
—¿En qué?
—Actúas como si te molestara todo lo que hago.
—¿Yo? Soy yo la que siente que siempre te molesta.
Parpadeo un par de veces.
—¿Cómo?
—Llevas un tiempo alejándote poco a poco de mí, y no sé cómo lidiar
con ello. Me hace sentir como si te hubiera fallado de alguna manera. Mi
madre… —echa un vistazo alrededor de la cocina y sus ojos van a parar al
papel con la receta— no era como la de tu padre. No se le daba bien hablar
de sus sentimientos ni darme espacio para que me expresara. —Traga con
dificultad—. Gracias a tu padre, con los años, he aprendido a comunicarme,
pero contigo… no sé cómo hacerlo. —Agacha la cabeza.
Siento como si se me encogiera el corazón.
—Mamá…
Ella levanta la mirada con los ojos húmedos.
—Me juré que no sería como mi madre. No estuvo demasiado presente
en mi vida, así que me prometí que yo no haría lo mismo, y sé que por
momentos puedo resultar…
—Agobiante —apunto con sinceridad.
—Sí —murmura apartando la vista.
—Sobreprotectora.
—Supongo.
—Como si siempre te decepcionara, incluso cuando intento hacerlo lo
mejor posible.
—Ya —dice sorbiéndose la nariz.
—Solo quiero sentir que me ves. Que me aceptas tal y como soy, con mis
diferencias, porque nunca voy a ser como tú y como Gabriela, pero eso no
significa que no me sienta desplazada.
Me coge la mano y me da un apretón.
—Lo siento, cariño… Puedo…, puedo intentarlo. No creo que consiga
hacerlo todo bien a la primera, ni a la segunda, pero espero hacerlo mejor,
porque es lo que te mereces.
Mi madre y yo no solemos estar de acuerdo, pero hoy me siento más
conectada con ella que nunca.
Tardamos unos segundos en recuperar la compostura. Cuando nos
soltamos, busco una de nuestras canciones navideñas favoritas en el móvil.
Terminamos de limpiar la cocina mientras suena la música por el altavoz
portátil y, de pronto, una canción en particular hace que se me ocurra una
idea.
—Hablando de la abuela, ¿sabes qué le habría encantado? —pregunto.
Mi madre para de barrer el suelo para mirarme.
—¿El qué?
—Una parranda.
—¿Cómo va el discurso?
Me sobresalto al oír la voz de mi hermana detrás de mí y cierro el
cuaderno de un manotazo.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Mamá quería ir a ver un par de cosas de la boda, así que me he pasado
después de trabajar.
—Ah… —Giro la silla de oficina para no darle la espalda—. ¿Cómo va?
—Bien, bien —contesta—. También me ha parecido que era un buen
momento para pedir perdón.
—¿A mamá? ¿Por qué?
—No. —Niega con la cabeza—. A ti. —Saca el taburete de debajo del
tocador y se sienta frente a mí.
—Pero no has hecho nada malo.
—Déjame soltarlo, por favor.
—Vale. —Cierro el pico.
—El otro día tuve una reacción exagerada y dejé que me invadieran los
miedos. —Resisto el impulso de interrumpirla—. Cuando ocurrió todo lo de
Aiden, sentí que había ganado un novio, pero a costa de perder una
hermana. —Alargo la mano y ella coloca la suya encima para que
entrelacemos los dedos—. Cuando os vi a Luke y a ti haciendo migas, al
principio me hizo ilusión, porque siempre había querido que os llevarais
bien, pero luego me vino todo y empecé a preocuparme por lo que podría
pasar si hicierais demasiadas migas, no sé si me explico.
—Sí, te explicas, pero soy la última cosa de la que deberías estar
preocupándote ahora.
—No eres una cosa. Eres mi hermana, y me importa tu felicidad, por eso
quiero pedirte perdón.
—Lo valoro, pero…
—Pero nada. Si fuera al revés, tú no querrías que yo fuera infeliz,
¿verdad?
—Claro que no, pero no es la misma…
—Sí lo es —me interrumpe de nuevo—. Tu felicidad es tan importante
como la mía.
—Soy feliz —afirmo.
Me dedica una mirada que deja claro que no se cree mis palabras.
—¿Te hace feliz que Luke se haya comprado el Puesto de Mando
Galáctico solo porque quiere montarlo contigo? —Se me abren mucho los
ojos—. ¿O te hace feliz saber que me ha contado que le gustas? —pregunta
cuando ve que no contesto. Me da un vuelco el corazón—. La cara que
pones deja claro que no deberías mantenerte alejada de Luke, y menos aún
por culpa de mis miedos irracionales.
—No son irracionales. —Especialmente porque yo tengo los mismos.
—Sois dos personas adultas capaces de lidiar con vuestras mierdas, y tú
te mereces darle una oportunidad, ¿no crees? Te lo debes. Aunque no acabe
en nada más que en un silencio incómodo cuando coincidáis en planes con
nosotros.
—¿Estás tratando de convencerme de que le dé una oportunidad o
recordándome por qué debería mantenerme alejada de él?
Gaby se ríe.
—Solo estoy pensando en lo peor confiando en que todo salga bien.
—¿Y qué es salir bien?
Me dedica una sonrisa.
—Eso lo decides tú.
10 de
DICIEMBRE
Luke
Como la primera idea de Gaby de escribir a Catalina contándole lo del
LEGO del Puesto de Mando Galáctico no llevó a resultados prometedores, ya
que Catalina no picó, la prometida de Aiden decidió acelerarlo todo un poco
con una conversación con su hermana e invitándola a cenar en nuestra casa.
Ha usado el arma de lo bien que cocina Aiden, y Catalina ha aceptado,
como esperábamos.
Jamás he conocido a nadie que dijera que no a una comida preparada por
Aiden: es uno de los mejores cocineros que conozco. Después de haber
estado aprovechándome un poco de él para las comidas, cuando se mude
voy a tener que arreglármelas solo en la cocina: uno de los motivos por los
que voy a echar de menos compartir piso con él.
«Piensa en cosas felices», me digo mientras ayudo a Aiden a dar los
últimos toques a la receta de lasaña de su madre.
—Madre mía, huele de maravilla —dice Gaby abriendo mucho los ojos
cuando coloco el recipiente en la mesita redonda de nuestro comedor
improvisado.
El queso tiene un tono dorado perfecto y la salsa borbotea bajo la
superficie. Se me hace la boca agua.
Aiden saca una foto a su obra de arte.
—Mi madre siempre dice que a una mujer se la conquista con la comida.
—Pues menos mal que los dulces se me dan bien, porque si no estoy
jodido —digo, pensando en el desastre que monté cuando me dejó a cargo
de los acompañamientos en Acción de Gracias el mes pasado.
Me echa un vistazo de reojo.
—Quiero decir, no eres el peor cocinero del mundo.
—Gracias, tío. Aprecio la sinceridad.
Se encoge de hombros con una sonrisa.
—Si el tema de Catalina sale bien, igual te puede enseñar un par de
cosas.
—Ay, sí. El mofongo de mi hermana es… divino —dice Gaby con un
suspirito apenas audible por encima de la música navideña que sale del
altavoz portátil que hay en la encimera de la cocina.
Gaby se ha encargado de decorar un poco más nuestro piso: ha puesto
luces de colores por la estantería que ocupa toda la pared, ha sacado de
algún armario el belén que nos regaló su madre hace dos Navidades y le ha
encontrado un hueco en un estante, y ha adornado la mesa con un mantel,
servilletas y cubertería con temática navideña.
Hablando de Catalina, justo suena el timbre, y Aiden aprieta el botón
para dejarla pasar al pequeño rellano de nuestro edificio. El corazón se me
acelera al pensar en Catalina viendo nuestro piso por primera vez. Echo un
vistazo rápido a la habitación para asegurarme de que todo está en orden.
Gaby va corriendo a abrir la puerta, como si no hubiera visto a su
hermana hace apenas unas horas, mientras Aiden y yo nos quedamos atrás.
—Pasa, pasa. —Gaby coge a Catalina de la mano y tira de ella.
Catalina contempla nuestro apartamento y se fija en el montón de cajas
que hay en el recibidor antes de mirar a donde estamos Aiden y yo.
Entrecierra los ojos cuando se cruzan con los míos, y por un instante me
planteo si no habrá sido una idea horrible.
«Vaya horas para pensárselo.» Cambio el peso de pie por los nervios y la
expectación.
—¡Aiden ha preparado tu plato favorito! —Gaby arrastra a Catalina para
que se adentre más en el piso y cierra la puerta tras ella.
—Y yo he ayudado —añado, con lo que me gano otra miradita de reojo
de Catalina.
—Con «ayudar» se refiere a que ha probado la salsa. —La sonrisa de
Aiden se ensancha.
Me encojo de hombros.
—Es una tarea complicada, pero alguien tiene que hacerla.
Catalina pone los ojos en blanco mientras se acerca a Aiden y le saluda
posando la mejilla en la suya antes de venir hacia mí. El leve aroma de su
perfume es lo primero que me llega, inundándome la nariz de la dulce
fragancia a flores mezclada con algo que me imagino que es su olor natural.
Apoya las manos en mis hombros y se pone de puntillas para repetir el
gesto conmigo. Mis padres no son demasiado afectuosos, así que me ha
llevado mi tiempo acostumbrarme a la forma de saludar a amigos y
familiares de los Martínez, con lo que ellos llaman un beso en la mejilla.
Ahora que lo pienso, no recuerdo que Catalina me haya saludado así
antes. Se ha esforzado por evitar todo tipo de contacto físico conmigo, así
que ha debido de rehuir las ocasiones de saludarme de este modo.
—Hola —dice cuando nuestras mejillas se acarician, y una descarga
eléctrica pasa por mi piel y me recorre la columna con el roce de mi barba
corta contra su piel suave.
El contacto no dura más de dos segundos, pero el corazón me late
desbocado en el pecho como si hubiera pasado diez minutos en la cinta de
correr.
«Relájate, anda», me digo mientras se separa.
No suelo ponerme nervioso delante de mujeres, lo que pasa es que la
mayoría de las mujeres quieren pasar tiempo conmigo, ya sea como algo
platónico o como algo más. Catalina, en cambio, parece que quiere librarse
de mí todo el rato, aunque empiezo a darme cuenta de que es más bien un
mecanismo de defensa, no un desaire intencionado. Es así con casi todo el
mundo, y yo no me he esforzado mucho por salir de esa categoría de gente.
Sus ojos me miran de pasada una última vez antes de que su hermana la
arrastre a las estanterías que hay al lado de la tele. Las pusimos hace poco,
cuando Aiden insistió en que compráramos algo para darle un toque
personal a ese espacio tan soso. Él colocó unas cuantas maquetas de aviones
que ha ido coleccionando con los años, y en el resto de los estantes están
todos los LEGO que he montado desde que estaba en la universidad.
De pequeño no era muy de LEGO, ya que mis padres no creían que la
diversión fuera necesaria para educar a los niños, pero en cuanto entré en la
adultez descubrí este hobby tan satisfactorio, y se ha quedado conmigo.
Catalina alarga la mano para tocar un LEGO de edición limitada que monté
el año pasado, pero lo piensa mejor y se la lleva a la espalda.
—Ya te dije que Luke era un friki como tú —dice Gaby lo bastante alto
para que lo oiga.
—No soy un friki —protesto acercándome a ellas.
—¿Cuánto dinero te has gastado en LEGO de segunda mano?
—¿Hay reventa de LEGO? —se interesa Catalina con el ceño fruncido.
—Pregúntale a Luke. Cuando no está trabajando, se dedica a comprar por
internet —contesta Gaby con una sonrisa.
Yo entrecierro los ojos.
—Dejé de hacerlo hace meses.
—¿Por qué? —Catalina se gira hacia mí.
Aiden se ríe a mi espalda y le hago una peineta sin mirar.
—Eso, Luke —dice Gaby con los ojos resplandecientes—. ¿Por qué ya
no compras LEGO de segunda mano?
Los capullos de ellos saben perfectamente por qué, pero me niego a
darles la satisfacción de responder.
Catalina nos mira alternativamente.
—¿Qué pasó?
—Pues que le timaron —informa Aiden voluntarioso.
—¿Cómo? —pregunta Catalina con la sombra de una sonrisa en los
labios.
Resoplo.
—Es una anécdota bastante divertida —dice Aiden, mi futuro ex mejor
amigo, con una sonrisa maliciosa.
—Que la cuente en la cena —propone Gaby mientras se dirige a la mesa
redonda y se sienta en su lugar habitual.
Aiden la sigue y se acomoda en la silla que hay a su lado. Catalina decide
sentarse al lado de su hermana, con lo que a mí solo me queda el asiento
entre Aiden y ella.
A pesar de que Aiden me aseguró que no le importaba que estuviera
interesado en su ex, no puedo evitar dudar de la veracidad de su afirmación
mientras me dejo caer en la silla que hay entre ellos. No porque no esté
interesado en Catalina, sino más bien porque no estoy seguro de que esté
dispuesta a darme una oportunidad, dado su pasado con mi mejor amigo.
«Te estás adelantando a los acontecimientos», me recuerdo.
Nos servimos todos una generosa ración de lasaña y ensalada mientras
Gaby cuenta que ya no se me permite ayudar en la cocina después de que
estuviera a punto de cortarme un dedo picando cebolla.
—No fue nada, como si me hubiera cortado con un papel —replico
cuando Catalina hace una mueca.
—¿Con un papel? —Gaby abre la boca de forma exagerada—. Tuvieron
que darte diez puntos.
—Menos mal que tiene amigos médicos —señala Aiden antes de meterse
en la boca un tenedor a rebosar de ensalada.
Catalina se gira hacia mí y su rodilla roza la mía, haciendo que salten
chispas de mi piel con ese contacto tan leve.
—¿Y cómo es eso de que te timaron con los LEGO? —pregunta.
Y yo que esperaba que se olvidara de ese asunto…
Aiden suelta una carcajada y Gaby una risita.
Suspiro mientras acepto que no voy a poder librarme de esta.
—Me la jugaron.
—¿Cómo?
Aprieto los dientes al ver la sonrisita de Aiden.
«Que le den.»
Como no contesto de inmediato, Gaby lo hace por mí:
—Le colaron uno falso.
Catalina abre mucho los ojos.
—No.
—Sip —contesto con la mandíbula tensa.
—¿Y cómo te diste cuenta de que no era real?
—En las piezas ponía LECO.
Se nota el inmenso esfuerzo que hace por no reírse en cómo sus hombros
se levantan y sus labios se fruncen tanto que se ponen blancos.
Deseo desesperadamente oír ese sonido tan adorable, así que admito algo
que ni siquiera Aiden sabe.
—¿Sabes qué es lo peor?
Ella me mira con ojos risueños y expectantes. Dios, me encanta ser quien
haga que se divierta.
—El tío que me estafó mil dólares… —me detengo para darle un efecto
dramático— no debía de tener más de trece años.
Por fin se le escapa una leve carcajada de entre los labios, mejor aún que
música para mis oídos. Catalina no es de las que se ríen desde el fondo de
su ser y acaban con dolor de barriga, pero jamás había oído un sonido mejor
que el que emite gracias a mí.
11 de
DICIEMBRE
Catalina
Mi hermana y yo ponemos el lavavajillas mientras Aiden y Luke se
relajan en el salón. En algún momento mientras nosotras guardábamos las
sobras y frotábamos el recipiente de cerámica para quitarle las partes
quemadas, Aiden y Luke han sacado la caja del Puesto de Mando Galáctico.
Echo algún que otro vistazo por encima del hombro cuando sacan las
innumerables bolsitas de plástico llenas de piezas. Aiden frunce el ceño
ante el montón de bolsitas y coge el grueso manual de construcción. Me
siento tentada de quitárselo de las manos, pero me contengo porque no
quiero que Aiden y mi hermana se hagan ilusiones con que me vaya a
quedar aquí. No he tardado en darme cuenta de por qué están intentando
juntarme con Luke, y en más de una ocasión les he dicho que no va a servir
de nada. Tengo ojos en la cara para ver que Luke es justo mi tipo, y el LEGO
es el último clavo de mi ataúd.
Aiden hojea el manual.
—Nunca me gustaron estas cosas de pequeño.
—Me han contado que estabas demasiado ocupado jugando a los
médicos con los peluches de tu hermana —replica Luke.
Aprieto los labios para amortiguar el sonido de mi risa, y a mi hermana
parece ocurrirle lo mismo, a juzgar por la mano que se lleva a la boca.
Aiden y Luke bromean mientras van sacando las bolsitas de plástico.
Llevan toda la noche así, picándose como si fueran hermanos, y Gabriela y
yo no podemos evitar reírnos. Me resulta bastante curioso, sobre todo
porque nunca había visto a Luke comportándose con tanta naturalidad.
Se le ve más… imperfecto.
Es evidente que a mi hermana le encanta pasar tiempo con ellos. Al
principio, cuando me invitó a venir a cenar, no entendía muy bien por qué
querría que me uniera a su grupito de tres, pero ahora caigo en que Gabriela
está creando su propia familia con Aiden y quiere que yo forme parte de
ella, aunque eso implique llevarme bien con Luke.
A decir verdad, no es tan complicado como me imaginaba. Luke
consigue de alguna manera hacer que todo el mundo se sienta cómodo. No
me había percatado antes porque me empeñaba en centrarme en lo malo.
¿De trato fácil? No, es una fachada.
¿Educado? Qué va, se hace el majo porque nuestros seres queridos van a
casarse, no porque realmente sea un buen tío que quiere que la gente se
sienta acogida.
¿Simpático? Ni de broma, es imposible que de veras quiera hablar
conmigo. Nadie quiere nunca, así que ¿por qué se esfuerza tanto?
Cuanto más pienso en cómo siempre me he puesto en lo peor con Luke,
más me avergüenzo, porque unos pocos encuentros genuinos me han
bastado para darme cuenta de que realmente es un tío al que le gusta
desvivirse por los demás.
Algunas personas son buenas por naturaleza, y en un mundo como el
nuestro no vendría mal que hubiera más.
—¡Cata! —me llama Aiden desde el salón.
—¿Qué?
—Ven.
—Dame un segundo.
Me dispongo a limpiar el fregadero, pero mi hermana me agarra de la
mano y tira de mí.
—Podemos hacer eso más tarde.
—¿Qué pasa? —pregunto cuando Gabriela se detiene delante de Aiden y
Luke, que están sentados en el suelo al lado de la mesita de centro cubierta
por un montón de bolsitas de plástico con piezas de LEGO.
—Necesitamos tu ayuda —dice Aiden.
—¿Necesitamos? —replica Luke con una ceja arqueada.
—Vale: necesito tu ayuda —se corrige Aiden con un gruñido, y yo me
aguanto la risa. Actúa peor aún que mi hermana, y ya es mucho decir. Si no
me entusiasmara la idea de montar el LEGO, me molestaría el patético
intento de emparejamiento de Aiden.
Me tiemblan los dedos de la emoción, pero cierro las manos en puños
para no lanzarme a ofrecer mi ayuda a la primera de cambio.
«Es una trampa.»
Y, aun así, aquí estoy, planteándome caer en ella de todos modos.
Aiden me mira.
—Cuéntale a Luke lo que pasó aquella vez que le monté una estantería de
IKEA a Gaby.
—¿De qué vez estamos hablando? Porque te llevó tres intentos
conseguirlo, y cuando se compró otra contrataste por internet a una persona
que os la montara.
—Me imaginaba algo así. —Luke le quita a Aiden el manual de
instrucciones de las manos—. Estás oficialmente despedido. Aunque valoro
que te hayas ofrecido a ayudar.
Aiden no parece ni un poco ofendido cuando pregunta:
—¿En serio?
—No puedo poner en peligro la integridad estructural del puesto de
mando.
Se me escapa una risita, y Luke gira la cabeza de inmediato hacia mí.
Aiden también me mira, con una sonrisa creciente.
—¿Te resulta divertido?
—No, no, qué va. —Doy un paso atrás y me choco contra mi hermana.
Aiden se mofa.
—Me están hiriendo en mi orgullo, Cata. Muestra un poco de respeto.
—Oooh. —Gabriela se arrodilla al lado de su prometido y le acaricia el
pecho—. Tranquilo, amor, te compraré unos Duplo para que practiques.
—¿Esos no son los de niños pequeños? —pregunta él.
—Te van como anillo al dedo, teniendo en cuenta cómo te comportas. —
Luke suelta la pulla con una sonrisa, y yo imito su gesto levemente.
Aiden me señala con un dedo acusador.
—No le alientes.
Luke no se molesta en ocultar su sonrisa radiante, como yo.
—No te enfades con ella, no es culpa suya que yo sea tan gracioso.
—Me estoy riendo de ti, no contigo —intervengo.
Luke se encoge de hombros.
—Mientras te rías, lo mismo me da.
Las mejillas me traicionan en ese momento, y su sonrisa se ensancha.
«Mierda.» Hace una semana, tenía diez razones diferentes para odiar su
sonrisa, pero ahora soy un amasijo de emociones mientras trato de lidiar
con esta nueva zona gris de nuestra… ¿amistad? ¿Conexión? ¿Relación? La
tercera suena demasiado seria, y la primera directamente mentira, teniendo
en cuenta que un solo roce de sus dedos sobre mi piel hace que me ponga
colorada.
El caso es que estoy más confundida que nunca sobre lo que está pasando
entre nosotros y no estoy segura de cómo proceder con estos sentimientos
recién descubiertos.
—¿Vais a quedaros mirándoos toda la noche o vamos a construir el trasto
este? —pregunta Aiden mientras alcanza una bolsa de plástico.
Antes de que Luke tenga ocasión de evitar que la rompa, se la arrebato.
—¡No la abras!
—¿Por qué no?
Señalo el número cinco que tiene impreso.
—No es la que toca.
—¿Y me puedes decir cuál es la que toca, entonces?
Me siento en la alfombra entre Luke y él, y rebusco en el montón de
bolsitas hasta que encuentro la correcta debajo de todas. Cuando se la
ofrezco a Aiden, me ignora y tira de Gaby para que se acomode en su
regazo.
Analizo la expresión de Luke, preguntándome qué opina de sus excesivas
muestras de afecto en público, y nuestros ojos se encuentran. Sus iris
marrones parecen más oscuros bajo esta luz tenue, y la barba bien recortada
de sus mejillas, más densa, como si le enmarcara los labios. No sé cuánto
tiempo me paso mirándole la boca, pero el suficiente para que exhiba otra
de esas sonrisas suyas.
—¿Te gusta lo que ves? —dice.
«Tierra, trágame.»
Le paso corriendo la bolsita de piezas de LEGO como si fuera a prender
fuego en cualquier momento.
—¿Quieres que te la abra?
Por cómo lo dice, con los ojos centelleantes de la ilusión, me dan ganas
de contestar que sí. Nada me gustaría más que montar un LEGO con él, pero
vacilo.
«¿No es esto lo que siempre has querido?»
Pienso en todas las veces que he estado en el centro comercial, viendo a
parejas elegir qué LEGO comprar, para volver a mi piso vacío y montar uno
yo sola. Lo que pasa es que, cuando me imaginaba encontrando a alguien a
quien le apeteciera montar un LEGO conmigo, en ningún momento se me
pasó por la cabeza que esa persona pudiera ser Luke.
«Es solo una noche.»
Y, aun así, no me siento preparada para ello, así que hago lo que mejor se
me da y finjo desinterés, en lugar de comunicar lo que siento de verdad.
«Igual mamá no andaba tan desencaminada.»
Mierda. El pensamiento es como una patada en el estómago, y me invade
una tristeza inconmensurable al acordarme de nosotras y nuestros
problemas para expresarnos.
Me decido definitivamente por no tocar ni una pieza del Puesto de
Mando Galáctico, pero entonces Luke se frota la nuca, más nervioso de lo
que lo he visto jamás. Sus mejillas, de costumbre muy pálidas, se ponen de
un tono rosado mientras me pregunta:
—¿Te apetece ayudarnos?
«Ay, madre.» ¿Se ha puesto así por mí?
Estaba tan ensimismada que no me había parado a pensar en cómo se
sentiría él atreviéndose a pedirme ayuda. A juzgar por la pared que tenemos
detrás, no me necesita para nada, así que todo esto solo puede significar una
cosa.
«Quiere pasar más tiempo contigo.»
No me sorprende, ya me había dejado claro su interés el otro día, pero
pensar que ha organizado todo este paripé solo para poder estar un rato
conmigo me hace sentir…
«Mierda.»
Me hace sentir bien. Él me hace sentir bien. Sobre todo ahora que ya no
me siento culpable por que me guste Luke, y mucho menos después de ver
los extremos a los que han llegado mi hermana y Aiden por conseguir que
estemos los cuatro juntos.
«Pero esto no va a ninguna parte.»
«No, pero al menos puedes disfrutarlo mientras estés en el pueblo», se
resiste otra vocecilla en mi cabeza.
Luke no tiene que esforzarse mucho para hacer que me replantee mi
decisión de esta noche. No sé si es la manera en que se ha puesto rojo y me
rehúye la mirada, o cómo deja caer ligeramente los hombros cuando no
respondo de inmediato, lo que hace que me lo cuestione todo.
Solo pensar en rechazarlo hace que me sienta peor con toda la situación,
así que cojo el manual y lo abro por la primera página.
—Os ayudaré con una condición.
—¿Cuál?
—Que me prometáis que no vais a montar nada sin mí. —Los nervios
hacen que me tiemble la voz hacia el final de la frase, pero enderezo la
espalda y trato de transmitir más confianza de la que siento.
Si voy a embarcarme en este proyecto con él, quiero llevarlo a cabo de
principio a fin, aunque eso suponga pasar horas y horas con Luke. No es
que sea una tarea ardua ni nada; empiezo a disfrutar de su compañía.
Luke alarga la mano y yo se la estrecho fingiendo que las mariposas en el
estómago son por la ilusión de montar el LEGO en lugar de por el contacto
con su piel.
—Trato hecho.
12 de
DICIEMBRE
Luke
Ni lo pienso dos veces antes de hacer el trato con Catalina. Compré el
Puesto de Mando Galáctico por ella, así que claro que quiero que lo
montemos entero juntos, aunque no vaya a admitirlo.
Nos pasamos los siguientes treinta minutos dando sorbos de coquito y
construyendo mientras Gaby y Aiden nos miran. En algún momento acaban
marchándose a la habitación de Aiden y nos dejan solos. Esperaba que se
pusiera algo nerviosa cuando se fueran, pero no parece importarle su
ausencia y sigue colocando piezas conmigo.
Estamos una hora más pasándonos piezas, y yo le pido a menudo el
manual a pesar de que no lo necesito, solo porque me gusta demasiado
sentir el roce de sus dedos sobre mi piel. Podría convertirse en una adicción,
eso me queda claro después de esta noche. Eso y que soy absolutamente
incapaz de no aprovechar la más mínima oportunidad para tocarla.
Con el tiempo, nuestros movimientos empiezan a ser más lentos, y
decido a regañadientes dar por finalizada la jornada cuando pillo a Catalina
reprimiendo un bostezo.
—¿Necesitas que te lleve a casa? —pregunto cuando se pone en pie y
estira las piernas.
Ella hace una mueca.
—Gabriela se había ofrecido, pero… —Mira la puerta cerrada del
dormitorio de Aiden. No se oye ningún sonido al otro lado, así que lo más
probable es que se hayan quedado dormidos.
—No me importa llevarte.
Sus cejas se juntan.
—Eh…, no pasa nada. Puedo llamar a un taxi. No hace falta que te
compliques la vida llevándome.
—Es lo mínimo que puedo hacer después de que hayas evitado que
Aiden cometiera un error enorme.
Sus mejillas se sonrosan.
—No te preocupes, en serio. Pido uno a través de la aplicación y te
ahorro las molestias.
En lugar de presionarla, la invito a coger el móvil con un gesto de la
mano.
—Si insistes. —Me recuesto contra el respaldo del sofá y reprimo una
sonrisa.
Catalina entrecierra los ojos al ver mi expresión.
—Gracias, de todos modos. Es… muy amable por tu parte —tartamudea
un poco.
—¿Quieres beber algo mientras esperas?
—¿Beber algo? —Frunce el ceño aún más—. El taxi estará aquí en…
¡¿cuarenta minutos?! —Su voz se vuelve más aguda—. ¿En serio? ¿Y
desde cuándo son tan caros?
—Desde que todos los ricos se mudaron aquí. —Apuro mi coquito antes
de dejar el vaso sobre la mesa de centro.
—Esto es ridículo. —Catalina se guarda el móvil en el bolsillo con cara
de pocos amigos.
—Mi oferta sigue en pie.
Suelta una exhalación.
—Vale, sí. Gracias.
Con una sonrisa, me dirijo a la puerta principal y agarro las llaves
mientras Catalina cancela la reserva del taxi y coge su bolso. Cuando se
gira hacia la puerta, ya le estoy sujetando el abrigo para que se lo ponga.
Me esperaba que me lo quitara de las manos, pero me sorprende gratamente
dándose la vuelta y metiendo los brazos en las mangas.
Le rozo el cuello con los dedos cuando le saco el pelo del abrigo y ella
exhala de repente, lo cual hace que mi sonrisa se ensanche.
Puede que finja que no le afecta mi presencia, pero sus reacciones
cuentan otra historia, una con un final alternativo en el que no opone tanta
resistencia a cada momento, sino que más bien acepta que hay algo…
especial entre nosotros. Algo que merece la pena explorar, por mucho
miedo que le dé.
Se gira sobre los talones para mirarme. Algo me atrae hacia ella y, antes
de que se percate de lo que estoy haciendo, alargo los brazos y comienzo a
abotonarle el abrigo.
Ella se queda ahí de pie, como una estatua, cuando bajo por la hilera de
botones, tomándome mi tiempo mientras su pecho se hincha con cada
respiración entrecortada.
—¿Todo bien?
—Sip.
—¿Seguro?
—Sí.
No me mira a los ojos hasta que abro la puerta y hago un gesto para que
salga antes que yo.
—Gracias —murmura con un hilo de voz que apenas oigo por encima del
ruido de la cremallera de mi abrigo.
—De nada.
Cierro la puerta con llave y la guío hasta mi coche. Es un SUV que
compré el año pasado de segunda mano cuando se escacharró la tartana que
tenía, y le estoy muy agradecido porque con él se aguanta mejor el clima
invernal de Michigan. El anterior no tenía sensores de ángulo muerto ni
tampoco asientos calefactables, así que estoy contento con el cambio.
Cuando me subo al coche, enciendo de inmediato el sistema de
calefacción y me aseguro de que las rejillas de ventilación estén abiertas y
apuntando a Catalina.
Ella me mira con una expresión curiosa que hace que pregunte:
—¿Qué pasa?
—Mi padre siempre hace eso con mi madre —contesta con un tono de
aprensión en la voz, como si fuera a pagar cara la confesión.
He visto a Aiden y a su padre hacer lo mismo un millón de veces con las
mujeres que se sientan a su lado, así que nunca le he dado muchas vueltas
hasta ahora que lo ha mencionado Catalina.
Ella bosteza mientras salgo de mi plaza de parking. El coche tiene
cámara trasera, pero eso no impide que coloque la mano en la parte de atrás
del reposacabezas de Catalina y me gire para mirar atrás. Le acaricio la
nuca sin querer y noto una chispa de electricidad en la punta de los dedos.
Ella se pone rígida.
Me encanta provocar a Catalina, aunque lo único que consigo es tentarme
a mí mismo.
El trayecto hasta la casa de sus padres no es largo, así que decido
aprovecharlo al máximo ahora que está de buen humor.
—¿Cómo vas con el discurso de la boda?
Se vuelve hacia mí en el asiento, robándome la atención durante un
instante antes de agarrar con fuerza el volante y devolver la vista a la
carretera en un intento por calmarme.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque tengo curiosidad por saber cuánto más pretendes posponerlo.
Se queda mirándome unos segundos y parpadea antes de hablar.
—No suelo ser de procrastinar, pero… —Su voz se apaga.
—Pero ¿qué?
—Que no se me da demasiado bien expresar mis sentimientos.
—¿En serio? No lo había notado.
Me da un golpecito en el brazo y se ríe.
—No es fácil —digo—. Me llevó más tiempo del que pretendía escribir
el mío, si te soy sincero.
—Uf, al menos tú ya lo has acabado. Es que solo pensar en abrir mi
corazón…, en tratar de hacer reír a la gente… —Arruga la nariz mientras
habla—. Sobra decir que se me da de pena, así que, sí, estoy posponiéndolo
todo lo humanamente posible.
—¿Sabes qué? No soy muy de alardear… —Catalina se ríe por la nariz.
Yo sonrío—. Pero a mí se me dan bastante bien esas dos cosas.
—Ya, qué sorpresa —murmura en voz baja.
—¿Por qué dices eso?
—A ti se te da bien todo.
—No. Para nada. Pero me halaga que tengas tan buena opinión de mí. —
Me gano un manotazo suave en el hombro seguido de una risita.
Bromear con mi perfeccionismo es un mecanismo de defensa, porque
prefiero dar poca importancia a las cosas que me incomodan a tener que
proporcionar demasiada información sobre por qué actúo de determinada
manera.
Nadie es perfecto, pero yo me he pasado demasiado tiempo sufriendo por
tratar de ser el mejor en todos los sentidos para complacer a mis padres, y
me he dado cuenta demasiado tarde de que lo único que conseguía era
hacerme daño a mí mismo. Me ha costado mucho aceptar que no pasa nada
por hacer las cosas mal de cuando en cuando, y ahora soy un perfeccionista
en rehabilitación.
Catalina suspira.
—Es que mi madre no paraba de poner tu discurso por las nubes, así que
sé que es bueno.
—Podría ayudarte. —Las palabras se escapan de mi boca—. Si quisieras,
claro.
—¿En serio?
—Claro.
—¿Por qué?
Alzo una ceja.
—Porque no te va a dar tiempo de hacerlo.
—Aún tengo dos semanas.
—¿Y cómo te han ido estas últimas sesenta y tres semanas desde que te
enteraste de que serías la dama de honor? —Pone cara de pocos amigos—.
Eso pensaba —digo.
—No te hagas el listillo.
—Es que me resulta adorable ver cómo te sonrojas cuando me porto así.
—Me enseña los dientes en un gesto de desdén—. No me digas que eres tan
orgullosa que no vas a aceptar ninguna ayuda.
—No soy orgullosa, es solo que estoy… nerviosa. —Se muerde el labio
inferior.
—¿Por qué?
—No quiero que me juzgues.
—No te voy a juzgar —asevero, negando con la cabeza.
—Eso dices ahora.
—Y lo diré cada día hasta que me dejes ayudarte.
—Pero se supone que tengo que escribir el discurso yo.
—Igual solo necesitas a alguien con quien compartir tus ideas.
Se me queda mirando.
—¿Y ese alguien eres tú?
—Teniendo en cuenta que tu madre puso por las nubes mi discurso, creo
que sí.
—¿Qué quieres a cambio?
—¿Quién ha dicho que quiera algo?
—Todo el mundo quiere algo. Tú no eres ninguna excepción, Capitán
América.
Las comisuras de mis labios se curvan.
—Empieza a ofenderme ese mote.
Ella trata de ocultar su sonrisa, pero se la veo en el reflejo del parabrisas.
—Venga, ¿qué quieres? —pregunta después de unos segundos.
—No sé si estás preparada para que conteste con sinceridad. —Mi
respuesta parece despertar su interés.
—¿No debería ser yo quien decida eso?
El corazón se me acelera.
—Lo cierto es que me gustaría pasar más tiempo contigo.
—¿Por qué? —Frunce ligeramente los labios.
—¿Cómo que por qué?
—No lo entiendo.
—Pues deja que me explique con claridad una última vez —digo cuando
me detengo en un semáforo en rojo—. Me interesas, así que quiero
conocerte mejor.
Juguetea con un botón suelto de su abrigo.
—No hay mucho que conocer.
—Ya, te las apañas para que la gente piense eso, pero esos trucos me los
sé.
Se muerde la parte interior de las mejillas.
—Solo voy a estar aquí dos semanas más.
—Eso me han dicho.
—Esto no tiene ningún futuro. —Nos señala alternativamente con el
dedo índice.
—¿Por qué no?
—Porque me voy después de la boda.
Es verdad, pero eso no significa que no podamos aprovechar al máximo
el tiempo que está aquí.
—De acuerdo —contesto, y sus cejas se juntan.
¿En serio piensa que me voy a rendir tan fácilmente? De ser así, me
ofende y me motiva a partes iguales para demostrarle que se equivoca.
—Prefiero aprovechar estas dos semanas contigo a pasarme toda la vida
arrepintiéndome de no haberlo hecho.
Suelta un gruñidito.
—Me da a mí que has visto demasiados capítulos de El duque que me
conquistó con Gabriela.
—Bueno, sí, me dijo que tomara nota.
Catalina sacude la cabeza sonriendo, y el gesto me distrae tanto que
ignoro la luz verde del semáforo hasta que me da golpecitos en el brazo.
—Arranca.
Piso el acelerador. Ella sopesa mi propuesta en silencio, así que decido
mantenerme callado para que pueda tomar una decisión por sí misma.
Le lleva unos minutos, pero por fin se gira hacia mí.
—En el caso de que accediera a que me ayudaras… —Sonrío de oreja a
oreja, y ella me fulmina con la mirada—. ¡He dicho «en el caso de que»!
—Vale, vale, sigue.
Catalina levanta los brazos en un gesto de desesperación.
—Dios, ya me estoy arrepintiendo.
—¿De qué exactamente? —la provoco.
—De aceptar tu ayuda.
—¿Me lo pides por favor? —Emite otro sonidito de frustración y yo
suelto una carcajada—. Nada me gustaría más que ayudarte —digo al fin.
—No soporto que pongas esa cara de engreído.
—A mí me encanta tu cara de bochorno.
Agacha la cabeza en un pobre intento de ocultar las mejillas sonrojadas.
Decido terminar con su sufrimiento diciendo:
—No te arrepentirás. Te lo prometo.
Puede que haya ganado esta batalla, pero la guerra contra los muros de
Catalina no ha hecho más que empezar, y me muero de ganas de derruir
cada uno de ellos.
13 de
DICIEMBRE
Catalina
Esta noche, Luke me ha enviado un mensaje para invitarme a ver la
nueva cafetera que ha puesto en la sala de descanso de la primera planta
durante su último turno.
Me siento como una niña impaciente contando los minutos hasta mi
descanso de media hora, y en más de una ocasión tengo que recuperar la
compostura y tratar de mantener la emoción a raya.
«No es más que café», me reprendo en silencio cuando me sorprendo
echando un vistazo al reloj por tercera vez en diez minutos.
A las tres de la mañana, bajo a la primera planta con una ligereza en el
cuerpo que no he sentido en toda la noche, y todo gracias a Luke. La
guardia está siendo difícil. No tan mala como el día en que Luke me pilló
llorando, pero aun así bastante horrible, sobre todo cuando me toca hablar
con las madres de Sarah para terminar todas las gestiones.
Aparco el pensamiento y me centro en cosas más felices…, en la medida
de lo posible, teniendo en cuenta que Luke pretende que nos pongamos con
el discurso ya de ya. Debería darme una pereza enorme la idea, pero lo
cierto es que voy casi trotando a la sala de descanso para no perder ni un
segundo.
Entro en la salita y me encuentro a Luke al lado de la cafetera, mirando el
móvil mientras espera a que la taza de cerámica termine de llenarse. Me
distraigo enseguida con todos los adornos que hay en la estancia.
Lo que le falta de espacio a la sala de descanso le sobra en decoración
navideña. Cada superficie vacía tiene una flor de Pascua encima, y del
techo cuelgan copos de nieve de papel. En una esquina hay una pila de
regalos envueltos para la colecta de juguetes, y el corcho está coronado por
una guirnalda de luces de colores.
—Se lo han currado, ¿eh?
—Sí —digo, girando la cabeza para encontrarme con su mirada.
Luke tiene un efecto sobre mí que debería alarmarme. La manera en que
me acelera el pulso con una sola mirada, con el brillo en sus ojos mientras
me escudriña…, es justo lo que quiero…, salvo porque es precisamente lo
que debo evitar.
Con independencia de cómo me haga sentir Luke, el caso es que me voy
a trabajar a otro sitio en cuanto comience el nuevo año y él se quedará aquí,
construyéndose una vida y desarrollando una carrera profesional.
«Os lo pasáis bien juntos, no es más que eso —me recuerdo cuando se
mete el móvil en el bolsillo y me dedica toda su atención—. Aunque ha
dejado de ser mera diversión para convertirse en algo…, no sé, en algo
más.»
Pierdo el hilo de mis pensamientos cuando sus ojos recorren mi cuerpo,
trazando un camino invisible desde la cara hasta el final de mis pantalones
de trabajo.
—Un reno. —Su sonrisa coqueta hace que me dé un vuelco el estómago.
—¿Qué?
Me señala con la barbilla.
—El uniforme de hoy.
Bajo la vista a mi ropa como si la estuviera viendo por primera vez.
—Ah, sí, un reno.
—Tienes una buena colección, ¿eh?
Se me sonrojan las mejillas.
—¿Por qué lo dices?
—No te he visto repetir uniforme ni una sola vez aún.
Aprieto con fuerza los labios para no preguntarle cómo es que se ha
fijado en eso.
—¿Cuántos tienes? —añade al ver que no contesto.
—Es una pregunta muy personal. —Me pongo a la defensiva y se me
nota en la voz.
—Te cambio la respuesta por una taza de café. —Coge la taza llena de la
máquina, me la ofrece, y yo la miro sorprendida.
—¿Me has hecho un café?
—Técnicamente, lo único que he hecho ha sido meter la cápsula de
avellana en la máquina y apretar un botón; pero sí, claro, es para ti.
Trato de ignorar el hecho de que ha comprado mis cápsulas de café
favoritas, pero fracaso en el intento. Maldito sea, siempre tan adorable y
considerado. Como siga así, no voy a llegar al final de estas dos semanas
sin pillarme por él.
—Gracias —digo con el corazón encogido.
Él responde a mi agradecimiento con un gesto de la cabeza.
—Si no me dices cuántos uniformes tienes, voy a dar por hecho que más
de trescientos.
Abro la boca ofendida.
—¡No te pases!
—¿Cuatrocientos?
—¡No!
—Entonces ¿cuántos?
Nos quedamos mirándonos el uno al otro sin pestañear durante unos
segundos hasta que suelto un suspiro de resignación.
—Así, a ojo, diría que unos sesenta. O quizá setenta… —A sus labios
asoma una media sonrisa—. No sé, dejé de contar a partir de los cincuenta.
Se ríe por lo bajo.
—No es tan grave como pensaba.
Hago un gesto ansioso con las manos para que me dé la taza de café.
Cuando me la pasa, sus dedos me acarician la parte interior de la muñeca, y
reprimo una sonrisa mientras vuelven las archiconocidas mariposas en el
estómago.
No se me escapan las artimañas de Luke para tocarme sutilmente, pero
finjo no enterarme porque en realidad me gusta. Me hace sentir deseada, y
por nada del mundo voy a estropearlo haciendo como que no lo disfruto.
Luke señala con la cabeza la mesa vacía que hay en un rincón de la sala
de descanso. Vamos a ella, y él retira mi silla y espera a que me siente antes
de acomodarse en la de enfrente.
«No caigas en sus redes. No caigas en…»
Interrumpe mi mantra mental con otra pregunta.
—¿Cómo haces para viajar con tanta ropa?
—Llevo una maleta extra llena de ropa de trabajo. Como vengo a casa de
mis padres dos veces al año, voy cambiando los conjuntos.
—Muy inteligente. Entonces ¿tienes para todas las estaciones y fiestas
del año?
—Sip. Pero el año pasado hice una apuesta con Gabriela y ahora solo
puedo comprar un uniforme nuevo cada estación.
—¿Cuatro al año?
—Eso es.
—¿Y por qué?
—Porque las dos tenemos adicciones que queremos superar.
No es culpa mía que mi marca favorita de ropa sanitaria saque
colecciones nuevas cada pocos meses, ¿verdad? Soy una pobre víctima de
la cultura de consumo y el sistema capitalista.
Él se inclina hacia mí con una sonrisa, haciendo que me derrita entera.
—Suena serio.
—Ya te digo. Si rompo el compromiso de no comprar uniformes nuevos,
estoy jodida.
—¿Y eso?
—Cosas nuestras.
Se me queda mirando pensativamente.
—Por la expresión de tu rostro, imagino que es algo muy malo.
—No te equivocas.
—¿Te has planteado buscar ayuda médica para esta supuesta adicción?
—No —contesto reprimiendo una sonrisa.
—Pues menos mal que conoces a algún que otro médico. Estaría más que
dispuesto a ayudar.
Nos señalo alternativamente.
—¿No supondría un conflicto de intereses?
—Depende de lo que tú quieras. —Sus ojos brillan como si hubiera mil
piedras preciosas atrapadas bajo la superficie.
Se me contraen los músculos de todo el cuerpo del deseo, así que respiro
hondo.
—Primero vamos a acabar con el tema de la boda; mi adicción puede
esperar.
Su sonrisa burlona se desvanece.
—Hablando de la boda, ¿has traído un cuaderno o algo?
—Sí. —Me saco un cuadernito del bolsillo delantero y lo tiro sobre la
mesa.
Él alarga el brazo para cogerlo y lo abre por una página en blanco.
—Comencemos por lo básico.
—¿En plan…?
—¿Cuál es tu recuerdo favorito con tu hermana?
—¿Eso es lo básico?
—Me parece un buen lugar por donde empezar.
—Pero… —Supongo que en teoría es una buena idea, así que en lugar de
protestar pienso la respuesta. Rebusco en mi memoria mientras doy sorbos
a mi café—. Pues… A ver, cuando éramos pequeñas nos disfrazábamos de
novios en una boda y jugábamos a las casitas juntas.
Él se reclina sobre el respaldo de su silla y se cruza de brazos, haciendo
que la atención se me vaya a los músculos que se le marcan en la tela de su
uniforme sanitario.
—¿Quién hacía de novia? —pregunta por segunda vez, porque no
contesto la primera.
—La mayoría de las veces, las dos.
—¿Y el resto?
Pongo los ojos en blanco.
—Gabriela me suplicaba que hiciera de novio.
—Y supongo que no podías decir que no.
—¿Estás de broma? Se echaba a llorar cada vez que proponía que nos
cambiáramos los papeles. —Se ríe por lo bajo—. Invitábamos a nuestros
padres y a los peluches a todas nuestras bodas falsas. Sacábamos nuestro
juego de té y hacíamos un banquete antes de pasar a la parte del karaoke.
Madre mía, nos pasábamos horas cantando y bailando sobre los pies de
nuestro padre. Además, mi padre siempre ha tenido una canción especial
para cada una de nosotras, y no sé cómo no se volvía loco escuchando las
dos mismas canciones una y otra vez.
Cuando levanto la cabeza, me encuentro a Luke con la mirada clavada en
mi rostro y un gesto extraño en los labios.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Nada. Es una anécdota muy buena…
—¿Pero…?
—Pero nada. —Aparta la vista.
Abro la boca dramáticamente.
—Luke Darling, ¿será posible que me estés mintiendo?
—No. —Sus mejillas se sonrojan.
—Madre mía. —El hecho de que a Luke se le dé fatal algo como mentir
me hace bastante gracia—. No sé si te lo han dicho antes, pero no mentirías
peor ni queriendo.
Farfulla algo incoherente para sí.
—Es bastante mono —digo.
Mi comentario parece devolverme su atención, porque pregunta:
—¿El qué?
—Que se te dé de pena mentir.
—Calla. —Se pasa una mano por la cara como si con eso pudiera
quitarse el rojo de las mejillas.
—Ay, mírate, todo vergonzoso.
—¿Sabes qué? Puedes arreglártelas con el discurso solita.
Desliza el cuadernito por la mesa en mi dirección y hace el amago de
levantarse. Le cojo del brazo para que no se marche.
—¡No! Me prometiste que me ayudarías.
Amusga los ojos.
—No me esperaba un ambiente de trabajo tan hostil.
—¿Hostil?
—Sí. Debes saber, Catalina Martínez, que eres una abusona.
Le aprieto con fuerza la muñeca que le tengo agarrada.
—¿Perdona?
—Ya me has oído.
«No te rías.»
Me mira y parpadea como si pudiera leerme la mente.
—Voy a añadir esto a la denuncia que estoy escribiendo para recursos
humanos.
—Menuda denuncia más larga.
—A este ritmo voy a acabar escribiendo un libro entero con tus trapos
sucios.
Pongo los ojos en blanco de nuevo.
—No soy tan interesante.
Esboza una sonrisa radiante que me deja atontada.
—En eso te equivocas.
Contengo la respiración.
—A mí me interesa todo de ti. —Me examina el rostro entero y noto que
me arden las mejillas bajo su escrutinio.
Abre la boca, pero lo que sea que fuera a decir se ve interrumpido por un
enfermero que entra en la sala.
—¡Doctor Darling! Esperaba encontrarle aquí. Eileen ha estado
buscándolo por todas partes. El paciente de la 2B al que le han hecho el
lavado gástrico necesita su ayuda.
—¿En qué estado se encuentra el paciente? —Luke se pone de inmediato
en modo médico. Coge el estetoscopio de la mesa y se lo coloca en el
cuello.
No pretendo engañar a nadie: me pone bastante que sea capaz de cambiar
tan rápido entre su versión ligona y su versión profesional y autoritaria.
Puede que no lleve bata blanca, pero la energía que irradia es la de estar al
mando.
El enfermero niega con la cabeza.
—No se preocupe, está bien, es solo que falta una firma suya en los
papeles del alta médica.
Los músculos de los hombros de Luke se relajan.
—¿Por qué no me ha avisado por busca?
—Eileen quería hacerlo, pero he pensado que no era tan urgente para
molestarle en su tiempo de descanso.
—Gracias. —Luke suspira—. Ahora mismo voy.
El enfermero se despide y se va.
Luke se frota la nuca.
—Debería irme. Eileen debe de estar volviéndose loca con el papeleo
incompleto.
—Mucha suerte.
Las comisuras de sus labios se curvan.
—¿Te parece que sigamos con el discurso mañana?
—No trabajo.
—Lo sé. —Su sonrisilla se ensancha.
Quedar fuera del trabajo sin Gabriela ni Aiden es un gran paso. Conlleva
hacer el esfuerzo consciente de pasar tiempo juntos sin la excusa de los
amigos o la familia.
«Solo quiere ayudarte.»
Ya, y acercarse a mí en la medida de lo posible.
Se frota otra vez la nuca: un tic que empiezo a reconocer con facilidad y
que me encanta provocarle. Incluso el tono rosa de sus mejillas vuelve con
fuerzas renovadas, aunque esta vez es de nervios, no porque le haya pillado
soltando una mentirijilla.
Maldito sea por hacerme pensar que su inseguridad es encantadora. Por
cómo soy, debería provocarme rechazo ver a alguien mostrándose
vulnerable, pero la manera en que Luke pasa de parecer seguro y coqueto a
indeciso e inquieto me atrae mucho; sobre todo teniendo en cuenta lo de
antes, la autoridad con la que hablaba con el enfermero.
—¿Dónde quieres quedar? —pregunto.
—¿En el Nightcap?
—¿El bar nuevo del casco antiguo?
Tiene una ambientación años veinte, imitando los bares clandestinos, y
sirven los cócteles en bañeras en miniatura. Se entra por una puerta secreta
y llevo queriendo ir desde que lo abrieron hace unos meses.
—Sí. Mencionaste algo sobre él en la cena de la otra noche.
Alzo las cejas. Lo único que recuerdo haber dicho es que Gabriela me
traicionó porque fue a la fiesta de inauguración cuando yo no estaba, así
que el hecho de que se haya ofrecido a llevarme hace que se me llene la
cabeza de posibilidades que ya no puedo ignorar.
Si tuviera algo de instinto de supervivencia, se me ocurriría una excusa
para decir que no. Lo que hay entre nosotros, sea lo que sea, no puede ir a
ninguna parte, pero Luke parece decidido a intentarlo de todos modos, así
que no es culpa mía si luego acaba hecho polvo cuando me marche.
«Él vale, pero ¿y tú?»
Es imposible que me encariñe con alguien en solo dos semanas. Siempre
he pecado de exceso de cautela y no pienso meterme en un romance fugaz
más propio de un telefilm navideño que de la vida real. La sola idea me
hace que me entre la risa.
—¿Y bien? —Su pregunta se queda suspendida en el aire.
—Pues mira, sí. Llevo un tiempo queriendo ir, y el discurso este no va a
escribirse solo.
—Perfecto. Pues tenemos una cita. —Me guiña el ojo antes de girarse
hacia la puerta.
No le corrijo diciendo que no es una cita.
No le recuerdo que lo que vamos a hacer es escribir un discurso, no pasar
tiempo juntos para conocernos mejor.
No hago nada más que sonreír y despedirme con la mano mientras sale
de la sala de descanso llevándose con él un trocito ínfimo, diminuto, de mi
corazón.
14 de
DICIEMBRE
Luke
He estado en muchas citas, pero no recuerdo que ninguna me hubiera
puesto nunca tan nervioso. Al menos no desde la primera de toda mi vida.
Por tercera vez en diez minutos, entro en mi conversación con Catalina
para asegurarme de que le he dicho bien a qué hora quedábamos en el
Nightcap. Le he ofrecido pasar a recogerla, pero se ha empeñado en pedir
un taxi a través de una aplicación, así que he descartado la idea. Una parte
de mí desea insistir, pero prefiero dejar que lo haga a su manera; no quiero
importunarla ni incomodarla.
Catalina no parece del tipo de chica que reacciona bien al
comportamiento de macho alfa sobreprotector, y por suerte yo no
pertenezco a esa categoría. No sé si eso me hace ser un hombre progresista
o un idiota, porque ya llega más de veinte minutos tarde.
«Igual ha decidido dejarte plantado, por listo.»
No la culparía, teniendo en cuenta que soy yo el que decidió etiquetar
nuestro encuentro fuera del trabajo como «una cita». Si se echa atrás
aduciendo una intoxicación alimentaria o algo por el estilo, me sentiría
decepcionado, pero no me sorprendería.
Me debato entre llamarla o mandarle un mensaje para preguntarle cómo
va, pero, antes de que me dé tiempo a decidir cuál de las dos opciones
parece menos desesperada, se abre la puerta del local. Una fuerte ráfaga de
viento arrolla a las personas que se encuentran cerca de la entrada, haciendo
que se disperse la aglomeración que se había formado. No me cuesta
distinguir a Catalina, con la cara toda roja, un chaquetón color hueso,
vaqueros y un gorrito de punto con dos pompones arriba.
Echa un vistazo a su alrededor hasta que por fin me ve, y el rubor de sus
mejillas se intensifica cuando nuestras miradas se cruzan. Se me acelera el
corazón cuando camina hacia el reservado que he estado guardando.
Me deslizo por el asiento de cuero y me pongo de pie para saludarla.
—Hola —dice mientras se frota los brazos con fuerza—. Siento llegar
tarde —balbucea tiritando.
No sé qué mosca me pica, pero la envuelvo entre mis brazos y la aprieto
contra mí, y de repente pasa de estar mirándome a los ojos a hundir la cara
en mi cuerpo con un suspiro.
—¿Has venido andando o algo? —bromeo.
—Sí —contesta, acurrucándose aún más en mi pecho—. Me han
cancelado el taxi dos veces, así que he tenido que enfrentarme a las
inclemencias del tiempo.
No soy capaz de disfrutar de este contacto con ella porque la rabia se
apodera de mí.
—¿Qué cojones?
Me aparto, pero ella suelta un gruñidito de protesta y tira de mí hacia ella
con un «Todavía no». Espero que no pueda oír cómo me late el corazón de
fuerte por tenerla tan cerca; o, bueno, igual prefiero que sí. Así sabría
cuánto me afecta su presencia.
No soy de ocultar mis sentimientos con señales contradictorias ni de
jugar al gato y al ratón. Si me gusta una mujer, lo dejo claro, y con Catalina
soy tan sutil como un cartel de neón en medio de la noche.
—Deberías haberme llamado para que fuera a buscarte —digo,
conteniéndome de zarandearla.
—Creía que no me vendría mal darme un paseo.
—¿Que no te vendría mal para qué? ¿Para coger una pulmonía?
Su risa se ve amortiguada por la tela de mi jersey, y me calmo un poco.
Tiro de ella para que se siente en mi lado del reservado y le paso un brazo
por el hombro para acercar su cuerpo al mío hasta que no queda ni un poco
de espacio entre nosotros. Catalina encaja a la perfección, como la pieza de
puzle que faltaba, y me pregunto cómo he podido pasarme los dos últimos
años rehuyéndola.
«Porque entonces no eras consciente de lo que te estabas perdiendo.»
Ahora que lo soy, pretendo aprovechar cada oportunidad que se me
presente.
—Será una suerte si no te pones mala —digo cuando por fin deja de
tiritar a mi lado.
—Casi nunca me pongo enferma —repone sorbiéndose la nariz.
—Me sorprendería que ese fuera el caso esta vez. ¿Qué temperatura hace
fuera? ¿Cero grados?
Catalina me mira a la cara con las mejillas aún rojas por el frío.
—Gabriela me va a matar como me ponga mala antes de la boda.
Además, mi madre está organizando una parranda…
—¿Una qué?
—Una parranda. Es ir por las casas de la gente cantando villancicos, y al
final hay una fiesta. —Sonríe, y la expresión de pura felicidad de su rostro
hace que desaparezcan todo el ruido del bar y la preocupación que pueda
sentir por su salud.
—¿Puedo ir? —pregunto sin dudar. Si una parranda hace que Catalina se
ponga así de contenta, quiero participar. Es evidente que es importante para
ella, además.
Se muerde el labio inferior.
—¿No trabajas el sábado?
—¿Te has aprendido mis horarios?
—No. —El rojo de sus mejillas se intensifica aún más.
—No pasaría nada, ¿eh? Me parecería adorable; con un puntito de acoso,
sí, pero adorable.
Suelta una exhalación.
—Puede que Aiden lo haya mencionado.
—¿Y tú te acuerdas? Me halaga que me tengas tanto en cuenta.
Catalina pone los ojos en blanco.
—¿Siempre eres así de exasperante?
—Depende de si estoy en presencia de una mujer preciosa como tú o no.
Baja la vista mientras se pasa un mechón de pelo por detrás de la oreja.
—Entonces… ¿este sábado? —pregunto de nuevo.
—¿No trabajas?
—Puedo cambiarle el turno a alguien.
—Vale. Si insistes…
—Insisto.
Trata de contener una sonrisa, pero fracasa en el intento.
—Te reenviaré toda la información cuando me la mande mi madre.
—Perfecto.
Su cara se contrae y se le escapa un estornudo tan agudo que me hace
reír.
—Uf… —Apoya la cabeza contra el lateral del reservado—. Como me
ponga mala…
—Yo me he ofrecido a recogerte.
«No se lo restriegues por la cara, Luke.»
—Me he puesto cabezota, pero he aprendido la lección por las malas. —
Suspira y se hunde aún más en mi cuerpo.
No tiene sentido hacer que se sienta mal por rechazar mi oferta, ya que el
resultado es que la tengo acurrucada a mi lado, así que decido dejarlo pasar
con una última petición.
—La próxima vez ahórrate la pulmonía y llámame.
Catalina ladea la cabeza y sonríe con picardía.
—¿Quién ha dicho que vaya a haber una próxima vez?
—Uy, no lo he dudado ni un solo segundo.
Entrecierra los ojos.
—Vas un poco de sobrado, ¿no?
—¿Contigo? No se me ocurriría.
Viene el camarero y pedimos las bebidas.
—¿Has avanzado algo con el discurso desde ayer? —pregunto.
—No.
Perfecto. Esperaba que ese fuera el caso; quiero que el proceso de
escritura del discurso se alargue todo lo posible.
Las manos de Catalina tiemblan mientras sacan el cuadernito del bolsillo
interior de su abrigo. Se lo arrebato, lo dejo en la mesa y atrapo sus manos
entre las mías para calentárselas más rápido.
—No paras de buscar excusas para tocarme.
El leve suspiro de satisfacción que suelta se me sube a la cabeza y baja a
otras partes del cuerpo que no pueden permitirse despertar ahora.
—¿Tanto se me nota?
—Creo que no tienes ni una pizca de sutileza.
—No sé si tomármelo como una ofensa o no.
Sus labios se curvan.
—Dejémoslo abierto a interpretación.
Me lleva unos minutos calentarle las manos, y para entonces nuestra
conversación ha vuelto al tema del discurso.
Le suelto las manos a regañadientes para que pueda abrir el cuaderno por
la página en la que nos quedamos.
—¿Prefieres un discurso sensiblero o uno gracioso? —planteo.
—¿El tuyo cómo es?
—Una mezcla de ambos.
—Un momento. ¿Sabes ser gracioso? —pregunta con expresión seria.
La fulmino con la mirada y ella se echa a reír.
«Dios.» Nunca me había afectado tanto oír la felicidad de otra persona, ni
había deseado tanto encontrar formas de provocar la misma reacción de
nuevo.
Me da un golpecito con el hombro.
—Estoy de broma. Creo que quiero una mezcla yo también. Como me
pase de sentimental, la gente se va a quedar a cuadros.
—¿Por qué?
—La mayoría cree que no tengo sentimientos. —La indiferencia con la
que habla de sí misma en esos términos hace que sienta una punzada en el
pecho.
—¿Qué te hace pensar eso?
Ella se queda mirando el cuaderno como si la página estuviera llena de
palabras y no de líneas en blanco.
—¿Catalina?
Su hondo suspiro me golpea el alma con una fuerza abrumadora.
—Sé lo que algunas personas dicen de mí a mis espaldas.
Jamás en mi vida había tenido tantas ganas de darle un puñetazo a algo…
o a alguien.
Ella alza el puño y saca el pulgar.
—Callada. Amargada. —Levanta otro dedo—. Fría y estirada. —Ahora
es el turno del corazón y el anular—. La hermana Martínez menos
simpática. —Menea el meñique.
Le cojo la mano y entrelazo los dedos con los suyos.
—Ya basta.
—¿Qué pasa? —Junta las cejas—. Sabes que es verdad.
Niego con la cabeza.
—Lo que sé es que las opiniones son solo eso: opiniones, no hechos. Y,
sinceramente, quienquiera que piense eso de ti ni siquiera se merece que te
esfuerces por demostrarle lo contrario.
Catalina mantiene la distancia, sí, pero eso no significa que sea insensible
ni amargada, y me odio por haber hecho el más mínimo caso a las
conjeturas incorrectas de esas personas. Sin duda, un reducido grupo del
pueblo dice que es demasiado introvertida y que no parece tener ningún
interés por establecer vínculos con los demás, lo cual no suele ser bien
recibido en una comunidad pequeña, pero empiezo a darme cuenta de que a
Catalina le gusta estar con gente; solo es que no quiere que le guste.
—No sé, ¿eh? No es como que me haya esforzado demasiado por hacer
amigos.
—¿Y por qué no lo has hecho?
Tarda tanto en responder que no creía que fuera a hacerlo, pero me
sorprende diciendo:
—Siempre he sido más tímida que Gabriela. Más vergonzosa. No me sale
juntarme con los demás, y hay a quien le enfada.
Siento el cuello tenso.
—Pues ya tienen dos problemas: enfadarse y desenfadarse.
Se ríe con sarcasmo.
—Bueno, tampoco es que haga nada por cambiar la situación.
—Si hicieran el esfuerzo de conocerte, pero de verdad, seguro que
cambiaban de idea.
Su sonrisa es triste.
—Algunos lo intentan, ¿eh?, pero no soy precisamente fácil de tratar. No
caigo bien.
—Y una mierda. —La aprieto con el brazo con el que la rodeo hasta que
no tengo claro dónde termina mi cuerpo y empieza el suyo—. Tardar en
coger confianza con la gente no te hace difícil de tratar. Al menos yo no lo
veo así.
Salta a la vista que Catalina no es estirada o borde, como algunas
personas piensan por una sola interacción con ella; más bien, es una chica
tímida y precavida a la que le da miedo lo desconocido.
Baja la vista a su regazo.
—Supongo.
—Te lo digo en serio. Y, por si sirve de algo, que sepas que yo estoy muy
contento de que me hayas dado una oportunidad.
Una sonrisita asoma a su boca.
—¿De veras?
—Que no se te suba a la cabeza.
—Uy, no, solo me faltaba tratar de competir con tu ego desmedido.
La fulmino con la mirada y Catalina se ríe suavemente, mi sonido
favorito.
Durante las dos horas siguientes me dedico a coleccionar sonidos
similares mientras trabajamos en su discurso. Nos tomamos un par de copas
e intercambiamos anécdotas sobre la feliz pareja hasta que Catalina se lleva
una mano al estómago aduciendo que le duele de tanto reírse.
Le digo que eso no pasa y que pretendo seguir haciendo que se ría a
carcajadas todas las veces que me sea posible antes de que se marche del
pueblo a su próximo destino de trabajo.
Si es que decide marcharse, claro.
No me he planteado la posibilidad de que Catalina elija no irse. Es muy
poco probable, pero quizá, solo quizá, se plantearía quedarse un poco más si
tuviera una buena razón para hacerlo.
«¿Como cuál? ¿Tú?»
Me resulta ridículo solo pensarlo, pero el caso es que me muero de ganas
de la próxima vez que nos veamos, y además aún no ha terminado la noche,
así que ¿en serio es una idea tan descabellada?
«Haz lo que quieras, mientras no te importe salir escarmentado.»
Aparco la negatividad. Pasar tiempo con Catalina se me hace tan natural
como el respirar, y no quiero despedirme al final de la noche. Hay algo en
ella que hace que siempre quiera volver a por más.
Más tiempo. Más risas. Más de ella.
Por suerte, no conseguimos escribir más que el primer párrafo del
discurso, así que vamos a tener que quedar mañana en algún momento
durante nuestros turnos para seguir con él.
«Qué conveniente.»
No lo pienso dos veces y llevo a Catalina a casa en coche después de que
casi se congelara de camino al Nightcap. Tras pasar las últimas dos horas
juntos, compartiendo anécdotas sobre el trabajo, nuestros amigos y el futuro
matrimonio, no tengo ganas de que nos separemos.
Después de esta primera cita, me siento más conectado con ella que
nunca, y no pienso más que en la próxima. Aparco en el camino de acceso a
su casa y la burbuja en la que flotábamos estalla.
Le pido que espere y rodeo el vehículo para abrirle la puerta. El viento
frío me golpea la cara, pero apenas me doy cuenta porque Catalina sale del
coche con una sonrisa.
—Cada año hace más frío —comenta.
—Qué va, es que estás desacostumbrada. —Cierro la puerta tras ella.
Se vuelve hacia la casa de sus padres. Coloco una mano en la parte baja
de su espalda y la acompaño a la entrada, donde se detiene para rebuscar las
llaves en su bolso.
El corazón me late con fuerza contra el pecho mientras espero.
—Pues… —Dejo la palabra colgando y me froto la nuca.
Sus ojos centellean al ver mi gesto.
—¿Qué?
—Sé que hemos hablado de vernos mañana en el trabajo, pero… —Salta
a la vista que soy incapaz de terminar una frase en este momento.
—¿Sí? —Sus labios se curvan en una sonrisa cómplice.
No va a ponérmelo fácil, está claro, así que decido zanjar esto de una vez
por todas.
—¿Te gustaría quedar conmigo? ¿Para hacer algo aparte de escribir el
discurso?
—¿Como amigos? —dice con una sonrisa maliciosa.
Quiero quitarle esa expresión tan adorable de la cara a besos, y quiero
hacerlo ahora mismo. No nos hemos tirado dos horas juntos bebiendo,
coqueteando y contándonos la vida para que me relegue a la categoría de
amigo.
«A la mierda.»
Catalina contiene el aliento cuando le rodeo la nuca con una mano y la
atraigo hacia mi pecho. Sus ojos bajan a mi boca, y me lo tomo como una
invitación para hacer algo en lo que llevo pensando toda la noche, desde el
momento en el que se ha acurrucado contra mi cuerpo con el pretexto de
buscar calor.
Bajo la cabeza despacio y no cierro los ojos hasta que la veo a ella
hacerlo antes. Sus labios suaves se entreabren ligeramente justo antes de
que presione mi boca contra la suya por primera vez. Se le escapa un
suspiro cuando me agarra del abrigo para acercarme más a ella y que no
haya hueco entre nuestros cuerpos.
El beso es tierno pero electrizante, y se me eriza la piel de ver que ella
está tan emocionada con lo que está pasando como yo. La rodeo con el otro
brazo y la amarro contra mi pecho mientras ella profundiza en el beso,
llenándome la boca de todo su sabor.
Al cabo de unos segundos, me aparto de ella jadeando y con la
entrepierna ardiendo de deseo.
—¿He respondido a tu pregunta?
—Mmm… No sé, creo que igual necesito que me lo expliques un poco
mejor. —Se pone de puntillas y me cierra la boca con otro beso.
Se me atonta el cerebro con cada segundo que pasa, y no sé cuánto
tiempo transcurre mientras nos besamos, pero no me importa, porque el
calor de mis venas me mantiene protegido del frío.
Le paso los dedos por el pelo y ella me envuelve el cuello con los brazos,
acercándome mientras seguimos besándonos.
No tengo la menor idea de cuánto rato nos pasamos a la intemperie, pero
da lo mismo. El calor me recorre el cuerpo entero, abrasándome desde el
pecho hasta la entrepierna, que la pide a gritos.
«Es solo un beso», intento recordarme.
«Entonces ¿por qué me da la sensación de que es mucho más?», contesta
una vocecita al fondo de mi mente.
No debería hacerme ilusiones por una mujer que no tiene intención de
sentar la cabeza, pero, al mismo tiempo, evitarla ya no es una opción, sobre
todo si me hace sentir tanto con un solo beso.
Me da igual salir malparado de esta.
15 de
DICIEMBRE
Catalina
Luke Darling me besa como nunca me habían besado, y no sé qué hacer
con este descubrimiento. Es mucho mejor de lo que me había imaginado, y
siento como si mi cerebro hubiera salido volando de mi cuerpo y me
hubiera dejado tomando decisiones más que cuestionables por mi cuenta.
Acallo mis pensamientos y lo beso con pasión. La necesidad de explorar
su cuerpo con las puntas de mis dedos fríos es innegable, y aprovecho que
parece distraído para deslizar las manos por dentro de su abrigo y
memorizar los contornos y superficies de sus músculos.
Me empuja con las caderas cuando nuestras lenguas se tocan y le chupo
el labio inferior. La muestra evidente de su excitación me vuelve loca, y me
sube el ego por las nubes saber cuánto le afectan mis movimientos.
Estoy borracha de feromonas, y por un instante desearía no estar sobria
nunca más… Hasta que un vecino pasa con el coche por delante de la casa
de mis padres y nos grita:
—¡Meteos dentro antes de que pilléis un resfriado!
La neblina de lujuria desaparece y la realidad se impone de nuevo cuando
miro a Luke a la cara con una mezcla de horror y fascinación.
No solo es que me haya besado: es que me ha arruinado todos los besos
pasados, presentes y futuros, ha puesto el listón demasiado alto y me ha
creado una necesidad que solo puede satisfacer él.
Me resulta aterrador, así que retrocedo un paso, como si crear algo de
espacio fuera a sacar todos los pensamientos sobre él de mi mente. Él no
parece compartir mi recelo, porque vuelve a salvar la distancia entre
nosotros y me coge por la barbilla.
Me acaricia el labio inferior con el pulgar.
—Ha sido… —Está casi sin aliento y me mira la boca con los ojos
entrecerrados.
Me da un escalofrío.
—Joder —suelta negando con la cabeza.
Doy otro paso atrás a pesar de que lo único que quiero es volver a
eliminar el espacio que hay entre nosotros.
—Catalina —dice con la voz áspera, y me palpita la entrepierna del
deseo al oír el tono de pura necesidad de su voz.
—¿Sí? —Trato de parecer impasible.
—¿Quieres volver a tener una cita conmigo?
No sé muy bien qué me esperaba que dijera, pero desde luego esto no.
—¿Quién ha dicho que esto ha sido una cita?
Él hace una mueca.
—¿Sabes? Para ser un Capitán América moreno, te falta desparpajo.
—¿Qué quieres que te diga? Me sacas mi lado tímido.
—¿En serio? —Ya me lo imaginaba, pero oírlo de su boca me embelesa.
Y ahí está, frotándose la nuca de nuevo. Ahora que lo pienso, solo le he
visto hacerlo conmigo… El pecho se me llena de calor y siento un
cosquilleo en el corazón.
Mmm… Quizá es que me gusta ponerlo nervioso y quitarle esa máscara
de seguridad que se pone delante de todo el mundo.
—¿Te lo estás pensando o…? —No termina la frase, otra costumbre que
sospecho que solo ocurre cuando estoy yo cerca.
Podría decir que no. Sería lo más fácil: erigir un muro entre nosotros para
protegerme del inevitable dolor que voy a sentir cuando me vaya y
ahorrarme el posible drama que podría surgir si la cosa se pone más seria.
Pero al mismo tiempo me parece una de las decisiones más difíciles que he
tenido que tomar en muchos años.
Lo cierto es que sí quiero pasar más tiempo con Luke. Aunque no lleve a
ningún sitio, no puedo negar que algo dentro de mí me impulsa a seguir
adelante por muchos motivos que encuentre para no hacerlo.
—¿Qué tienes en mente? —pregunto.
Su sonrisa vuelve con fuerzas renovadas.
—¿Pedir comida a domicilio y seguir montando el Puesto de Mando
Galáctico en mi casa?
Me cruzo de brazos y levanto una ceja.
—¿Es tu manera de decir que quieres llevarme a la cama?
—Mierda. —El color de sus mejillas, ya rojas por el frío, se intensifica.
Se mete las manos en los bolsillos delanteros del abrigo, como tratando de
evitar frotarse la nuca de nuevo—. ¿Prefieres que vayamos a otro sitio? Lo
decía solo porque pensaba que a lo mejor te apetecía montar el… —
balbucea, pero lo interrumpo y le doy un empujoncito en el hombro.
—Te estaba vacilando. Me parece genial.
—¿De verdad?
—Sí. Prefiero hacer eso que ir a un restaurante o algo por el estilo. —He
salido con unos cuantos hombres a lo largo de mi vida, y ninguno de ellos
ha mostrado interés por pasar una noche conmigo haciendo algo tan simple
y al mismo tiempo tan… yo. No pienso desaprovechar la oportunidad.
—Pues… ¿el viernes? ¿Sobre las siete? —Se le ve más seguro de sí
mismo ahora, y eso me hace sonreír.
—Perfecto.
—¿Y mañana nos vemos en la sala de descanso para continuar con el
discurso?
—Solo si me prometes tener un café preparado para mí.
—Hecho. —Me da un beso rápido y me deja un cosquilleo en los labios
mientras se aleja de mí.
Me giro y abro la puerta de casa para entrar sin hacer ruido, conteniendo
la emoción. Lo último que quiero es despertar a mis padres y que me
interroguen sobre con quién he estado fuera hasta tan tarde.
La puerta se cierra con un clic tras de mí y apoyo la espalda en ella. La
mano me tiembla mientras la levanto para tocarme con los dedos los labios
hinchados.
Si un solo beso me deja así de aturdida, no sé qué puede depararme el
futuro. Solo sé que, aunque lo que pase entre Luke Darling y yo sea algo
temporal, esta conexión no es en absoluto pasajera. Y eso me asusta.
Por suerte, no he cogido ni una pulmonía ni una gripe por culpa de mi
estúpida decisión de ir andando al bar, pero sí que sufro de otro tipo de mal:
el mal de amores.
Al menos eso es lo que dicen mis amigas en el chat grupal después de
que les ponga al día de la cita de ayer.
Nancy: Lo que me preocuparía de verdad sería que
no te gustara.
Nancy: O sea, ¿tú lo has visto?
Adjunta una foto que ha sacado de las redes sociales de Luke donde va
disfrazado de elfo y, junto con otro voluntario vestido de Papá Noel, lleva
regalos a los niños del hospital.
Monica: ¿Sabes lo difícil que es que un tío esté guapo
con semejante horterada?
Winny: Paso de Luke. ¿Qué me decís
del madurito vestido de Papá Noel?
Nancy: …
Monica: Nunca sé si estás de broma o no.
Monica: Dime que ahora lo estás.
Yo: Eso espero yo también.
Winny: ¿En serio? Pero si está tremendo.
Monica: Sí, tremendamente cerca de poder
aprovecharse de los descuentos sénior del cine y del
transporte público.
Winny manda el emoji que pone los ojos en blanco.
Yo: ¿Podemos centrarnos en el tema
que nos ocupa?
Monica: ¿Catalina está pidiéndonos por voluntad
propia que hablemos sobre sus sentimientos? Que
alguien llame al doctor Darling, porque creo que me
está dando
un ataque al corazón.
Nancy: Todavía no supero lo del nombre.
Nancy: ¿Te imaginas que acabas siendo
la enfermera Darling?
Yo: No, porque no tengo intención
de casarme después de UNA cita.
Nancy: ¿Eso significa que hay más citas
a la vista?
Yo: Tal vez…
Monica: Vaya, que sí.
Me digo que solo estoy emocionada por montar el Puesto de Mando
Galáctico, pero la manera en que se me acelera el corazón cada vez que
pienso en que voy a ver a Luke después del turno de esta noche es difícil de
ignorar. Solo hemos tenido una cita juntos y ya estoy obsesionada, mirando
el móvil como loca.
Me atraganto de la risa mientras escribo mi respuesta.
Yo: No sé por qué me ha parecido
buena idea pediros ayuda.
Monica: Malísima idea.
Nancy: No le hagas caso. Venga, ya nos ponemos
serias.
Winny: ¿Por qué no erais tan comprensivas conmigo
hace unos minutos?
Nancy: Te quiero lo suficiente para pensar que te
mereces algo mejor.
Winny: ¿Mejor que un Papá Noel buenorro?
Monica: Esas tres palabras no pueden estar juntas en
una misma frase.
Winny: Se nota que tú no has crecido viendo películas
navideñas romanticonas.
Me guardo el móvil en el bolsillo y termino de arreglarme para ir a
trabajar. Hoy me esmero un poco más que de costumbre: me rizo un poco el
pelo, me hago la raya en los ojos y me aplico un poco de iluminador en los
pómulos. Incluso estreno un uniforme sanitario nuevo que me compré para
las fiestas.
¿Me siento un poco ridícula por estar tan alterada por ver a Luke más
tarde? Sí, pero qué le vamos a hacer. Si ponerme guapa y estrenar ropa hace
que me vea bien, pues ya está. No tengo nada que perder.
«¿El corazón, quizá?»
Aparto el pensamiento de mi mente y salgo de la habitación. Los ojos de
mi madre se iluminan cuando se posan en mí y pone en pausa la serie que
está viendo para seguirme a la cocina.
—Qué guapa estás.
—Gracias. —Abro la fiambrera y meto cosas para picar.
—Me gusta el uniforme nuevo.
—Vaya, gracias. —Me aliso una arruga inexistente de la parte de arriba,
un poco cohibida. Es la primera vez que mi madre comenta algo sobre mi
ropa de trabajo, así que me sorprende que se haya fijado en el conjunto
nuevo, por no hablar de que le guste y me lo diga.
—Se te ha quedado un trocito de etiqueta en el pelo.
Antes de que tenga la oportunidad de buscarlo, mi madre se acerca a mí y
saca el incriminatorio papelito de entre mis mechones rizados.
—Ya está.
—Gracias. —Siento una opresión en el pecho.
Me da un apretón en el hombro y me arregla un poco el pelo.
—Estás preciosa.
—¿Porque he decidido maquillarme ligeramente hoy?
Pongo los ojos en blanco sin pensar. Mi madre siempre nos ha insistido
en que no salgamos de casa sin maquillar o sin estar bien peinadas, así que
no me sorprende que me dé el visto bueno ahora.
—No. —Niega con la cabeza, y me quedo a cuadros—. Porque se te ve
feliz.
El corazón, ese órgano traicionero que no parece levantar cabeza
últimamente, se me rompe un poco al oír su frase. Me siento tonta por
habérmelo tomado a pecho. Salta a la vista que tengo mucho trabajo por
delante si quiero que nuestra relación mejore.
«Ella lo está intentando, y tú deberías hacerlo también.»
A pesar del recordatorio mental, no sé bien cómo responder, pero por
suerte no hace falta que lo haga, porque tira de mí y me abraza,
envolviéndome en el aroma floral de su perfume y en el ligero olor a canela
que se le ha quedado en la ropa y el pelo de tanto preparar coquito.
—Sé que las cosas han estado un poco raras entre nosotras, sobre todo en
los últimos tiempos. —«Menudo eufemismo»—. Siento no haberte puesto
las cosas fáciles. He estado pensando bastante en lo que hablamos el otro
día, y lo cierto es que nada me hace más feliz que verte feliz. Si en algún
momento te he hecho pensar lo contrario, lo siento. Me esforzaré por
hacerlo mejor.
—¿De verdad? —La miro y parpadeo deprisa en un intento por contener
las lágrimas.
—De verdad.
Mi madre me da un beso en la mejilla, se marcha de la cocina y me deja
pensando que quizá sí que hay esperanza de que nuestra relación mejore.
Pero, para eso, tengo que aprender a olvidar años enteros de dolor.
Luke no está en la sala de descanso cuando terminan nuestros turnos,
como habíamos quedado, así que preparo un par de cafés y lo espero
sentada a la misma mesa donde estuvimos el último día. El tiempo pasa
insoportablemente lento, y al cabo de diez minutos me planteo escribirle.
No quiero parecer desesperada ni insegura, así que trato de inclinarme por
la posibilidad de que haya surgido una urgencia que lo esté retrasando.
Estoy segura de que Luke no me dejaría plantada sin avisar, sobre todo
después de cómo nos besamos anoche y de que me pidiera otra cita. Así que
reúno valor y le escribo para ver si va todo bien.
Yo: Ey. Se te está enfriando el café.
Le mando una foto de la taza que le he preparado porque quería mantener
la mente ocupada con algo.
«O porque querías tener un detalle con él.» Suelto un gruñidito al
pensarlo. Por fin mi mensaje pasa de «entregado» a «leído», y me quedo
sentada con un nudo en el estómago esperando una respuesta que no llega.
Después de otros diez minutos mirando el móvil como si fuera a explotar
en cualquier momento, tiro el café de Luke y el mío a medio terminar, y me
dirijo al aparcamiento.
Durante el trayecto a casa me pueden los pensamientos negativos y me
pongo en lo peor. Esperaba que Luke contestara antes de que aparcara el
coche delante de casa de mis padres, pero nada.
«¿Le ha entrado el canguelo después de lo de anoche?»
«¿Se ha dado cuenta de que no merece la pena porque de todos modos
me voy a marchar?»
No consigo quitarme de la cabeza las preocupaciones que me rondan, y el
silencio de Luke solo echa más leña al fuego. A estas alturas ya debería
haber dicho algo, pero quizá es que no quiere volver a hablar conmigo.
Se me revuelve el estómago solo de pensarlo y me cuesta relajarme aun
estando en casa. Haga lo que haga, no consigo quitarme la rabia por estar
rayándome tanto por alguien después de una única estúpida cita.
Me repito una y mil veces que voy a marcharme en cuanto llegue enero,
así que lo mejor sería ir a mi bola este tiempo; pero aquí estoy, sufriendo
porque un tío no me escribe.
«Porque le estás cogiendo cariño.»
El pensamiento me cae como un jarro de agua fría, y no sé muy bien qué
hacer con esa información. Con el trabajo que tengo, no puedo permitirme
pillarme de alguien de Lake Wisteria, y menos de alguien que va a formar
parte de mi vida a largo plazo porque es el mejor amigo de mi futuro
cuñado.
«A lo mejor deberías haberlo pensado antes de aceptar una cita.»
Luke tiene algo que me hizo querer intentarlo. Aiden no se esforzó en
ningún momento por atravesar la barrera con la que me protejo, pero a Luke
le bastaron un par de intentos para que me plantee dejar entrar a alguien.
«Craso error.»
Lo de hoy me demuestra que debería haberme ceñido al plan inicial de ir
a lo mío y aguantar el mes hasta que llegara el día de marcharme a
California.
Paso de dar más cancha a los pensamientos pesimistas, así que decido
centrarme en el futuro y buscar piso de alquiler para mi estancia en Los
Ángeles, que, a diferencia de Luke, es algo que va a ocurrir sí o sí.
16 de
DICIEMBRE
Luke
Cada vez que se me muere un paciente, caigo en el patrón
autodestructivo de castigarme por no haber podido ayudarlo. No es sano ni
se ajusta a la verdad, pero no puedo evitarlo. Soy médico, mi cometido es
salvar vidas, así que, cuando pierdo una, siento que le he fallado al paciente
y también a mí mismo.
Perder a pacientes es una parte horrible aunque habitual de la medicina
de urgencias, pero, por mucho que me lo recuerden Aiden u otros
compañeros, cada muerte me deja tocado. Por eso no quiero ver a nadie, a
pesar de que le dije a Catalina que quedaríamos después de nuestros turnos.
No quería que me viera hundido, así que he preferido alejarme. Es mi
perfeccionismo haciendo acto de presencia otra vez, y en lugar de dejar que
vea mi autodesprecio y las expectativas demasiado altas que me impongo,
me guardo de mostrar esa parte de mí.
Leo nuestro chat por tercera vez esta tarde, pero no veo más que el
mensaje que he enviado hace una hora.
Yo: Siento haberte dado plantón. Surgió algo en el
hospital y no he podido escribirte hasta ahora.
Catalina debe de seguir durmiendo, por lo que decido distraerme hasta
que me contesta.
Catalina: No pasa nada, lo entiendo.
Yo: ¿Sigue en pie lo de esta noche?
No responde de inmediato, así que me paso la siguiente media hora
limpiando el apartamento obsesivamente, preparándome para la mejor de
las posibilidades, que es que Catalina venga a casa, mientras me espero lo
peor. «No deberías haberla dejado tirada.» Llevo machacándome con eso la
última hora, pero no puedo volver atrás y cambiar mi decisión.
El móvil suena cuando estoy aspirando. Apago el aparato y consulto los
mensajes.
Catalina: No creo que sea buena idea.
Yo: ¿Por qué no?
Contesto de inmediato, no me hago el difícil.
Catalina: No estoy buscando una relación seria ahora
mismo.
Suelto un gruñido, me paso los dedos por el pelo y me dejo caer en el
sofá para reflexionar sobre el cambio de actitud de Catalina. Desde luego
debería haberle escrito de inmediato en lugar de esperar a estar mejor, pero
es que no quería que me viera en ese estado, y ahora me toca pagar el precio
de mis acciones.
Sabía que iba con pies de plomo con todo esto, y mi decisión no ha hecho
más que empeorar las cosas.
Yo: Nadie ha dicho nada de una relación seria.
«Al menos no en voz alta.» Es cierto que me he planteado si lo nuestro
tenía futuro, pero soy consciente de que en realidad no va a ninguna parte.
Catalina: Las citas suelen llevar a más,
y eso no es una opción en nuestro caso.
Yo: ¿Y ese cambio de opinión repentino?
Catalina: Me voy a Los Ángeles después de la boda.
«Mierda.» Sabía que podía ocurrir, pero esperaba tener más tiempo.
Yo: Vale.
Catalina: Así que estarás de acuerdo
en que esto no va a ninguna parte.
Yo: No he dicho eso.
Catalina: Pues ¿qué estás queriendo decir?
Yo: Que siento lo de ayer.
Ya me encargaré más adelante del tema de que se marcha; primero
necesito entender qué está pasando entre nosotros.
Catalina: No hace falta que te disculpes. No tenemos
nada serio, en eso quedamos.
Ahí está otra vez, haciendo de menos la conexión que se está formando
entre nosotros en un claro intento de protegerse.
No sé qué ha podido cambiar en el tiempo que ha pasado desde que nos
besamos en el porche hasta ahora, quitando el tema de que la dejara
plantada para el café, pero no pienso tirar la toalla solo porque Catalina
vuelva a poner distancia.
Yo: Siento si te molestó que no apareciera anoche.
Contesta al instante.
Catalina: No he dicho nada de eso.
Yo: No, pero, en tu lugar, a mí me habría cabreado y
cortado el rollo. Y si no te ha molestado, sé buena y
finge que sí.
Catalina: ¿Es una movida de ego?
Yo: No. De inseguridad, más bien.
«Más me vale ir de cara y cruzar los dedos.»
Catalina: Vale. Puede que me molestara un poco.
Solo un poco. Y me asustó porque me di cuenta de
que empezaba
a importarme.
Agradezco su sinceridad, porque me demuestra que aún tengo opciones
de compensar lo que sea que la haya asustado tanto para alejarse de nuevo,
así que decido contestar a su franqueza con un poco de mi propia
vulnerabilidad.
Yo: Lo siento. Ayer perdí a un paciente.
Su respuesta llega dos segundos después.
Catalina: Lo siento muchísimo.
Otro mensaje aparece antes de que pueda contestar.
Catalina: He tenido días de esos, y son
lo peor. No hay nadie que pueda decir
o hacer nada para que sea menos duro.
Inspiro hondo y respondo.
Yo: Me ha afectado más de lo que me esperaba. No
estaba muy católico después de que ocurriera, no
pensaba con claridad.
Los tres puntos aparecen y desaparecen un par de veces antes de que
reciba un mensaje nuevo.
Catalina: Cualquiera pensaría que a estas alturas ya
estaríamos curados de espanto, que habríamos
desarrollado una especie de tolerancia emocional o
algo por el estilo, pero siento que con los años solo ha
ido a peor.
Me sorprende que Catalina se abra en canal ante mí, sobre todo después
de decir que esto no iba a ninguna parte.
Yo: Prefiero pasarlo fatal cada vez que muera un
paciente que no sentir nada.
Catalina: Y yo. Qué menos que lamentarnos por la
vida que podrían
haber tenido.
Yo: Sabía que lo entenderías.
Respiro profundamente de nuevo antes de escribir.
Yo: ¿Me perdonas lo de ayer?
Aparecen los puntitos, seguidos de un mensaje nuevo.
Catalina: Sí. Ahora me siento mal por haberme puesto
en lo peor cuando era evidente que había ocurrido
algo.
Se me escapa una sonrisa mientras escribo.
Yo: ¿Tan malo fue?
Catalina: No quieres saberlo.
Yo: Vale. ¿Es buen momento para hablarte de mi
infancia con mis padres?
Catalina: Solo si hay alcohol de por medio.
Yo: Trato hecho. Pediré comida de tu restaurante de
sushi favorito, ya de paso.
Te daré la mitad de mi Aliento de Dragón.
Catalina: Qué masoca.
Yo: Romántico, más bien. Ese plato
siempre me recuerda a ti.
«Buena, Luke. Por si no la has espantado lo suficiente, ahora va a salir
corriendo con ese mensaje.»
Catalina: Decía en serio lo de que no estoy buscando
una relación.
Puede que no la busque, pero la gente cambia de parecer, sobre todo al
ver lo que podrían tener si dejaran a un lado los miedos y se lanzaran a lo
desconocido. Está en mi mano demostrarle que no me voy a rendir solo
porque ella lo espere.
Yo: Solo estoy proponiéndote quedar.
Catalina: A solas.
Yo: ¿Te preocupa no ser capaz de no meterme
mano si no hay carabinas?
Catalina: Más bien que tú no seas capaz de no
meterme mano a mí.
Yo: Prometo no besarte. ¿Vale?
Catalina: ¿En serio?
Yo: Claro.
Porque la próxima vez que nos besemos será por iniciativa de Catalina,
no mía. Darle el poder de mover la siguiente ficha puede ser arriesgado,
pero presiento que valdrá la pena.
Cruzo los dedos.
Catalina
Me juré rehuir a Luke en la medida de lo posible cuando no se presentó
la otra noche, pero me escribió y me explicó la situación. Desde que me
confesó cómo se había sentido al perder a un paciente, ya no puedo
echárselo en cara.
Saca mi lado sensible. Una parte de mí que procuro no explorar por
temor a lo que pueda descubrir.
«Más bien pánico.»
A pesar de mis miedos, decido mantener en pie el plan de ir a casa de
Luke, tirando por la borda mi juramento de no verlo más que en eventos
matrimoniales hasta que me marche. Me digo que lo hago solo por pena,
pero en el fondo sé que es más que eso, aunque me niegue a admitirlo.
Nos pasamos la primera hora escribiendo el discurso mientras cenamos, y
luego seguimos montando el LEGO. Aiden se ha despedido antes de irse a
trabajar y no se ha sorprendido nada de vernos juntos, lo que hace que me
sienta un poco mejor con la situación.
O todo lo bien que me puedo sentir teniendo en cuenta que me gusta un
tío del que pretendo alejarme en un par de semanas.
Me siento muy cómoda con él, aunque es difícil ignorar la creciente
tensión sexual entre nosotros. Se me corta la respiración cada vez que lo
pillo mirándome, y siento un cosquilleo agradable por la columna cuando
nuestras manos se rozan.
Las reacciones son incontrolables, y no debería avergonzarme de ellas,
pero ese no es el problema. El problema es que ya tengo ganas de volver a
quedar con él, aunque solo sea en la sala de descanso del hospital para
tomar un café.
Los ojos de Luke bajan hasta mi boca por tercera vez en los últimos
cinco minutos, y me limpio las comisuras algo avergonzada. Él frunce el
ceño y aparta la vista.
—¿Qué pasa? —pregunto como una tonta.
—Nada.
—¿Seguro?
—Sí. —Tensa la mandíbula.
—No sé yo.
—Te he hecho una promesa —dice en voz baja.
—Ah… —Me quedo boquiabierta.
«Quiere besarte.»
El corazón me golpea con fuerza contra el pecho y se me acelera el pulso
al recordar cómo nos besamos hace dos noches.
—¿Decepcionada? —pregunta.
—No, no. —Miro para otro lado.
Él se inclina y pega la boca a mi oreja.
—Yo he hecho una promesa, pero nada impide que me beses tú a mí.
—No deberíamos —digo estremeciéndome.
Las puntas de sus dedos me acarician la mejilla antes de cogerme del
mentón.
—¿Por qué te resistes tanto? —«Porque tengo miedo.» Nuestras miradas
se encuentran, y es como si me leyera la mente cuando dice—: ¿Hay algo
que pueda hacer para ponértelo más fácil?
—Solo… dame un poco de tiempo —contesto con una exhalación
temblorosa.
Me besa en la coronilla y se aparta.
—Claro. —Suspira—. Aunque igual me muero mientras tanto.
—Menos mal que sé hacer la RCP.
—Eso sí que sería una buena manera de conseguir que me beses.
Nos echamos a reír los dos a la vez y se me quita un peso de encima.
Mientras montamos el LEGO, trato de ignorar el anhelo que crece en mi
interior con cada roce de nuestras manos, tarea harto complicada. Aceptar
que tenemos una conexión física y emocional es una cosa, pero ¿pasar a la
acción? Un error lo mires por donde lo mires.
Mi madre ha reclutado a la coordinadora de eventos del pueblo, Josefina
López, para que la ayude con la parranda. Josefina está muy ilusionada,
pues mi madre lleva sin hacer una desde que falleció mi abuela paterna, que
era la que las organizaba. Como Gabriela no puede echar una mano porque
está a tope con la boda, me toca a mí elegir las canciones; mi madre está
demasiado ocupada preparando todo lo demás con Josefina.
El autobús que hemos alquilado se detiene delante de la casa de mis
padres, y todos los parranderos reunidos en el patio delantero se dirigen a
toda prisa hacia las puertas que se abren. Josefina mete en el bus a su nieto,
Nicolás López, a quien le ha encomendado tocar el cuatro junto con mi
padre.
—¿Estás lista? —me pregunta mi madre con una pandereta en la mano.
—Sí. —Echo un vistazo a la multitud buscando a alguien que me dijo
que vendría.
No veo la silueta alta de Luke por ninguna parte. Gabriela y Aiden están
haciendo cola para montarse en el autobús, pero no lo veo con ellos, así que
igual al final no viene.
Antes le he mandado un mensaje para recordarle la hora y el lugar, y ha
contestado con un «perfecto». Si no nos lo hubiéramos pasado tan bien
anoche con el LEGO, habría pasado el día entero dando vueltas a su escueta
respuesta; quizá debería haberlo hecho.
—¡Cata! —grita mi hermana desde la parte delantera del bus—. ¡Venga,
vamos!
Tras una última ojeada, voy al autobús. Cuando las puertas empiezan a
cerrarse tras de mí, alguien da golpecitos en el cristal.
—Hola.
Las puertas se abren con un zumbido y Luke se sube al autobús. Lleva un
abrigo negro abierto y un jersey verde que le destacan aún más la piel
pálida y esa sonrisa radiante tan contagiosa.
—¡Has venido!
—Te dije que lo haría.
—¡Luke! ¡Vaya horas! —exclama Aiden desde la parte de atrás del bus,
donde Gabriela y él nos han guardado dos asientos.
—¿En serio pensabas que iba a perderme esto? —Coloca la palma de la
mano en la parte baja de mi espalda y me empuja levemente para que
camine por delante de él por el pasillo.
—Como no te he visto fuera, me he imaginado que habría surgido algo.
—Echo un vistazo por encima del hombro y lo veo sonriendo para sí.
—¿Es tu manera de decir que me echabas de menos? —Me mofo de su
comentario—. No cambiaría estar aquí contigo por nada del mundo —me
susurra al oído, y mi corazón se adentra en un terreno peligroso y delirante.
Me juré que tendría más cuidado con Luke y que no me involucraría
demasiado, sobre todo ahora que me espera un trabajo en enero, pero me
resulta difícil cuando no para de decirme cosas tan bonitas y me mira como
si fuera alguien especial. Como si significara algo para él, aunque me haya
empeñado en dejarle claro que yo no siento lo mismo.
Igual se acaba cansando del tira y afloja, o a lo mejor de verdad está
decidido a hacerme ver que dejar entrar a alguien como él en mi vida no
está tan mal, siempre y cuando esté dispuesta a bajar la guardia y darle una
oportunidad real.
17 de
DICIEMBRE
Luke
Cuando Catalina me explicó el concepto de parranda, me lo imaginé
como en una película navideña, con un grupito de gente yendo de puerta en
puerta a cantar villancicos.
La realidad es mucho más emocionante, y me sorprendo disfrutando
desde el momento en el que bajamos del autobús en la primera casa de la
lista de invitados de los Martínez.
—¡Parranderos! —La señora Martínez agita la pandereta en el aire—.
Sacad los instrumentos.
La gente se arremolina alrededor de la señora Martínez y Josefina López,
y se pasan una cesta con maracas, panderetas y otros cachivaches para hacer
ruido. Yo cojo una maraca, que me parece una apuesta segura.
La señora Martínez me da un beso en la mejilla y me susurra:
—Gracias por venir. Mi hija no te lo va a decir, pero está contenta de que
estés aquí.
Una calidez me recorre el cuerpo mientras echo un vistazo al lugar donde
están Catalina, Aiden y Gabriela. Están charlando; bueno, más bien
Gabriela está contándoles algo animadamente haciendo aspavientos con las
manos mientras habla.
Como si sintiera que la estoy mirando, Catalina se gira hacia mí con una
sonrisita tímida que me invita a acercarme.
Josefina me para por el camino y le cojo el papel que me ofrece antes de
ir con mis amigos.
Aiden le pasa un brazo por el hombro a Gabriela y la atrae hacia su
cuerpo. Me encantaría poder hacer lo mismo con Catalina, pero me
contengo. No sé muy bien en qué punto estamos con las muestras de afecto
en público, y prefiero no arruinar los planes de esta noche intentando hacer
algo que pueda incomodarla.
Así que me acerco lo justo para poder oler su perfume mientras
mantengo una distancia aceptable si alguien lo ve desde fuera.
La señora Martínez sube las escaleras de la entrada y pregunta:
—¿Estáis todos listos?
La multitud que se forma justo delante de la casa responde agitando los
instrumentos, y se oyen unas pocas voces que gritan: «¡Sí!».
Catalina cambia el peso de pie por tercera vez desde que he aparecido a
su lado, de modo que inclino la cabeza y pregunto:
—¿Estás bien?
Ella levanta la vista hacia mí.
—Sí. Estaré bien.
«Estaré.»
—¿Qué ocurre?
—Solo es que me pongo un poco nerviosa entre tanta gente, pero se me
pasará.
—¿Puedo hacer algo para que te encuentres mejor antes?
Se coloca un rizo detrás de la oreja y me fijo en los pendientes con
temática navideña que lleva. Son como dos regalos en miniatura.
—No sé… ¿Mantenerte cerca?
—¿Cómo de cerca exactamente? —Meneo las cejas y le arranco una
carcajada.
Con el rabillo del ojo veo a Aiden y Gabriela mirándonos, aunque por
cómo se me eriza la piel de la nuca tengo la sensación de que no son los
únicos, pero los ignoro mientras espero la respuesta de Catalina.
No contesta, pero me coge de la mano y eso me dice todo lo que necesito
saber. Me agarra con fuerza, como si quisiera ocultar que está temblando,
así que hago lo propio.
—Gracias —dice mientras nos acercamos a la entrada.
Durante unos segundos entro en pánico pensando que Gabriela me ha
arruinado la sorpresa que tenía preparada para después.
—Gracias ¿por qué?
—Por estar aquí. Conmigo. —Me mira a los ojos con una sonrisa tan
radiante que eclipsa las luces centelleantes de la fachada de la casa, y me
alucina la intensidad del gesto. Me alucina ella entera.
Me estoy dando cuenta demasiado rápido de que los diez días que nos
quedan no son suficientes, no cuando con solo una sonrisa y un «gracias»
me hace sentir como si estuviera en el séptimo cielo.
Yo tengo bien claro lo que siento, pero Catalina no, y no sé qué pasará
con nosotros cuando llegue la hora de que se vaya a California.
«Céntrate en el presente.»
Lo intento, pero ¿qué puedo hacer si el futuro que quiero depende de esta
mujer que poco a poco se me escapa de las manos?
Recorremos cuatro casas sin incidentes. Nuestro grupo de parranderos se
ha duplicado desde la primera parada. Hago lo que puedo por cantar en
español, pero con poco éxito, así que me gano unas cuantas carcajadas de
Catalina. A pesar de la felicidad que irradian sus ojos, hay momentos en los
que se le nublan de lágrimas, y pronto me doy cuenta de que eso ocurre
cuando Nicolás López toca el cuatro, que por lo visto era de lo que se
encargaba su abuela antes de fallecer.
No puedo hacer mucho más aparte de rodearla con el brazo y atraerla a
mí, la única forma que tengo de ofrecerle apoyo. Parece funcionar, porque
al poco rato es Catalina la que acude a mi lado en busca de consuelo.
Para cuando llegamos a la última casa, estoy nervioso y emocionado al
mismo tiempo.
—¡No puede ser! —Catalina va corriendo a la mesa con comida para
picar cuando los parranderos terminamos de cantar—. ¡Gabriela! ¡Mira
esto!
Gaby me dedica una sonrisa cómplice antes de seguir a su hermana.
—Tembleque. El postre favorito de papá y de la abuela. —Coge uno de
los vasitos de plástico y una cucharita.
—¿Quién lo ha hecho? —pregunta Catalina.
Me froto la nuca sin pensar y me reprendo por delatarme.
—Uy, sí, ¿quién habrá sido? —A Gabriela se le da de pena fingir.
Catalina recorre la estancia con la mirada.
—¿Ha sido mamá?
—No. —Gabriela coge un poco del pudin de coco con la cucharita y lo
prueba—. Uf, está… —Sus cejas se juntan.
«Mierda.» Está malísimo, ¿verdad? Debería haber sabido que Aiden me
estaba mintiendo cuando lo ha probado, pero me ha jurado que estaba
bueno, así que le he creído.
—¿Cómo está? —Catalina agarra una cucharita de la mesa y prueba un
poco del tembleque de su hermana. Sus ojos se abren de golpe, lo cual no
hace sino exacerbar mi ansiedad.
«Maldita sea.» Menos mal que no le he dicho a nadie más que era yo
quien había preparado el postre, porque si no me habría muerto de
vergüenza. Solo he hecho cosas de repostería para Aiden y para mí, ¿cómo
se me ocurre traer un postre a un evento?
Catalina me sorprende robándole otra cucharadita de tembleque a su
hermana, que le da un manotazo en la muñeca.
—Cógete uno para ti —le gruñe Gabriela.
Catalina se mete la cuchara en la boca con una sonrisa.
—Dios, está brutal.
Aiden me mira y articula con los labios: «Te lo dije».
Vaya… Igual tengo futuro en la cocina, siempre y cuando me limite a la
repostería.
—Tienes que probar esto. —Catalina me coge de la mano y tira de mí
hacia la mesa—. Sabe igualito que el que hacía mi abuela.
El corazón se me encoge con sus palabras.
—Eso he oído.
—Ah, ¿sí?
Gabriela asoma la cabeza por detrás de mí.
—Sí. Se lo conté cuando preguntó si podía traer algo para la parranda.
La mirada de Catalina alterna entre la mesa, su hermana y yo.
—¿Lo has…?
Aiden me da una palmadita en el hombro.
—Luke se ha levantado con el sol para que le diera tiempo a prepararlo.
—¿En serio? —dice abriendo mucho los ojos.
Resisto la tentación de acariciarme la nuca, me esfuerzo por ignorar el
cosquilleo.
—Sí.
Incrédula, niega con la cabeza.
—No tenía ni idea de que se te dieran bien los dulces.
—Bueno, hago lo que puedo.
Aiden pone los ojos en blanco.
—Con «hago lo que puedo» se refiere a que repite la misma receta mil
veces hasta que por fin cree que le ha quedado bien.
—Entonces ¿usas báscula y todo?
Suelto un resoplido fingiendo indignación.
—¿Tú qué crees?
Catalina deja el vasito en la mesa, aparta a Aiden y me rodea la cadera
con los brazos.
—Gracias.
La estrecho con fuerza contra mi pecho.
—De nada.
Echa la cabeza para atrás para mirarme a los ojos.
—¿Cuándo empezaste con la repostería?
—La madre de Aiden me sugirió que lo probara para reducir el estrés, y
resulta que funciona.
Suelta una risita.
—Te creo.
—Me alegro de que esté comestible. Es la primera vez que hago esta
receta.
—No está comestible, está increíble. —Se le iluminan los ojos—. A mi
abuela le habría encantado. —Se zafa de mi abrazo demasiado pronto—. Es
un detalle que te hayas molestado en hacerlo.
—Bueno, es que quería impresionar a una chica…
Aiden se ahoga con su risa, y yo le doy un codazo bien fuerte en las
costillas para que pare.
—Me parece que está más que impresionada.
—¿Están tonteando? No lo tengo claro —susurra Gabriela a un volumen
lo bastante alto para que la oiga.
—Empiezo a entender por qué Luke lleva tantos años soltero —contesta
él.
Le saco el dedo y alguien a nuestro alrededor emite un ruidito de
desaprobación.
Catalina me dedica una sonrisa.
—¿Quieres que salgamos a tomar un poco el aire?
—Sí, por favor.
Catalina ignora los comentarios de Aiden y Gabriela, y me coge de la
mano para guiarme entre la muchedumbre. La sigo al exterior de la casa y
luego al autobús vacío, con una temperatura más agradable.
—Sé sincera conmigo. ¿Estaba bueno de verdad o…?
Catalina interrumpe mi pregunta con un beso ardiente que hace que se
me corte la respiración. Me envuelve el cuello con una mano para
mantenerme cerca y lleva la otra a mi pecho, donde el corazón me late
desbocado.
La agarro de las caderas para apretarla contra mí mientras se desata un
torrente de emociones en mi interior. El deseo aumenta cada vez que
nuestras lenguas se rozan, y el bulto de mi entrepierna va creciendo bajo
mis pantalones al sentir su cuerpo contra el mío. Ella gime en mi boca
cuando muevo las caderas hacia delante, y para vengarse me tira del pelo y
me chupa el labio inferior.
Es un tira y afloja, un juego mental en el que no sabemos quién va a caer
primero y llevamos el deseo a otro nivel. No sé cuánto tiempo nos pasamos
así, explorando esta atracción que sentimos el uno por el otro, pero no
quiero parar.
Catalina es la primera que se aparta, pero no sin antes darme un último
beso suave en los labios. Apoyo la frente en su cabeza en un intento por
ocultar mi cara sonrojada.
Aún no estoy preparado para mirar a Catalina. No estoy preparado para
espantarla con las emociones que claramente se me deben de reflejar en el
rostro.
Me pasa una mano por el pecho, alisando la tela de la camisa que ha
arrugado con su puño.
—¿Por qué has hecho el tembleque?
—Porque Gabriela me dijo que te gustaba mucho.
—¿Qué más te dijo?
No sé qué responder.
Catalina traza círculos invisibles alrededor de mi corazón con la yema del
dedo.
—Te late muy deprisa el corazón.
—Porque me pones nervioso.
—¿Nervioso? —Esboza una sonrisa juguetona—. ¿Yo?
—Sí. Tú.
—¿Por qué?
—Porque eres tú.
—¿Y quién soy yo exactamente?
«La chica de la que podría enamorarme aunque ella no tenga intención de
enamorarse de mí.»
—Una persona especial —contesto en su lugar.
—¿Nada más?
—¿Qué esperabas, una confesión de amor eterno después de solo tres
citas?
—Dos —me corrige levantando dos dedos.
Le cojo la mano y le doy un beso en la palma.
—Estoy contando la cita doble con Gabriela y Aiden.
—¿En serio se puede considerar una cita si yo no estaba al corriente de
que lo fuera?
—Creo que no tardaste mucho en atar cabos.
Sus ojos centellean divertidos.
—Sigue sin contar como cita oficial.
—No te iba a pedir salir así sin más de buenas a primeras, ¿no?
—Te habría dicho que no.
—Exacto.
Dibuja un corazón invisible justo en el lugar donde el mío late
desbocado.
—Pero eso no significa que no esté dispuesta a tener otra.
Su confesión me llena de felicidad.
—¿En serio?
Se pone de puntillas y casi me roza la boca con los labios.
—Pero solo una.
«Ya veremos.»
Sella el comentario con un beso. Dios mío, no sé si me voy a cansar
nunca de esta chica. Es un presentimiento, pero se va afianzando con cada
interacción que tenemos.
Cada vez tengo más claro que, aunque el tiempo de Catalina en Lake
Wisteria esté tocando a su fin, el nuestro como pareja solo acaba de
empezar.
18 de
DICIEMBRE
Luke
Catalina y yo entramos en una dinámica durante los siguientes días de
quedar en el trabajo para escribir su discurso, pasar el tiempo libre
montando el LEGO y escribirnos entremedias. Me siento como si volviera a
estar en el instituto, pensando constantemente en la chica que me gusta y
contando las horas hasta verla de nuevo.
No quiero que Catalina se agobie, así que suelo esperar a que me escriba
ella primero, si bien no puedo resistirme a besarla y tocarla todo lo posible
cuando estamos juntos. No hemos pasado de eso, y la espera me está
volviendo loco, pero me niego a ser yo quien sucumba.
Quiero que Catalina me suplique que la toque. Que la folle como un…
—¿En qué estás pensando para sonreír así? —dice Aiden, y da una vuelta
sobre sí mismo. El hombre que le está cogiendo los bajos de los pantalones
del esmoquin comprueba una vez más el largo antes de pedirle que baje de
la plataforma.
—En nada. —Lanzo el móvil al sofá y me subo yo.
—¿En Catalina? —Esboza una sonrisilla pícara.
—Tal vez.
—¿Te ha invitado a celebrar la Nochebuena con nosotros?
—Eh… No.
—Ah.
Sacudo la cabeza para intentar no sentirme inseguro.
—No pasa nada. Tenía pensado pasar la noche viendo pelis antiguas e
irme a la cama pronto, porque al día siguiente trabajo.
Hace unos meses, me ofrecí voluntario a cubrir el turno de Aiden para
que él pudiera pasar el día con su familia y la de Gabriela, y ahora
agradezco la distracción. Las fiestas siempre me resultan duras. Odio que
todo me recuerde lo distinta que es mi relación familiar en comparación con
la de otra gente como Aiden, y, por mucho que intento acercarme a mis
padres, ellos no parecen estar por la labor.
Aiden frunce el ceño.
—¿En serio? ¿Por qué no te vienes a casa de los Martínez conmigo? Mis
padres van a ir también, porque vuelan unos días antes de la boda para estar
ya aquí con tiempo.
Normalmente paso las fiestas con la familia de Aiden, pero, como este
año van a estar con los Martínez, me siento como un intruso más que como
un miembro adoptivo de la familia.
—A ver, es cierto que Catalina y yo hemos quedado unas cuantas veces,
pero eso es un poco más… serio.
Se aguanta la risa.
—¿Qué pasa? —pregunto mosqueado.
—Lamento decirte que, a juzgar por cómo os comportáis el uno con el
otro, creo que las cosas ya han pasado a ser «serias», ¿no te parece?
—No lo sé. —Todavía no le hemos puesto etiqueta a lo nuestro, y hasta
ahora no me importaba, pero Aiden ha tenido que abrir la bocaza y empezar
a hacer preguntas.
—Entonces ¿no te has planteado una relación a distancia?
—No he dicho eso. —Aprieto los dientes con fuerza.
—Lo que me imaginaba.
—No estoy seguro de que vaya a querer.
—No, pero yo tengo bastante claro que le va a parecer bien.
—¿En serio?
—Sí. He visto cómo te mira.
Aprieto los labios para no pedirle que se extienda. Por suerte, Aiden
comparte lo que piensa de todos modos.
—Nunca la he visto mirar a nadie de esa forma, así que, sea lo que sea lo
que estás haciendo, sigue así.
El cumplido hace que me sienta más seguro de mí mismo.
—Quiero dar el siguiente paso, pero no sé cómo va a reaccionar.
Aiden se encoge de hombros.
—Si no lo intentas, nunca lo sabrás.
—¿Y si lo estropeo todo?
—Si hay alguien capaz de arreglarlo eres tú, Capitán América.
Hago un saludo militar con el dedo corazón y le prometo que hablaré con
Catalina del asunto de la Navidad esta noche.
No llego a sacarle el tema a Catalina porque lo hace ella primero.
Irrumpe en la sala de descanso vacía hecha una fiera y viene directa a
nuestra mesa, a la que estoy sentado ahora mismo. Me mira con los brazos
en jarras y los ojos enrojecidos.
—¿En serio piensas pasar la Nochebuena solo?
Menos mal que no hay nadie más, porque si no me daría mucha
vergüenza que alguien se enterara de mi situación familiar.
Me paso una mano por el pelo.
—No exactamente.
—Eso no es lo que me ha dicho Gabriela.
«Mierda.» Aiden no podía mantener el pico cerrado, ha tenido que meter
cizaña porque no se fía de que vaya a inmiscuirme en la vida de la familia
Martínez por mi cuenta. Me molesta su perseverancia y al mismo tiempo
me conmueve importarle tanto como para que quiera pasar las fiestas
conmigo.
Pero sobre todo lo primero, porque Catalina no deja de fulminarme con la
mirada.
—Ya estoy acostumbrado.
—Bueno, pues prepárate para desacostumbrarte, porque no vas a
quedarte en tu apartamento viendo pelis sensibleras tú solo mientras comes
platos precocinados.
Alzo una ceja.
—Para empezar, Aiden me ha prometido prepararme algo de comida, y
además…
Atraviesa el aire con un movimiento de la mano y me corta.
—No.
—¿No? —pregunto con un tono ligeramente divertido.
—Me da igual lo que te haya prometido Aiden. No puedo estar en mi
casa tan tranquila ignorando el hecho de que tú estás solo en la tuya.
Respiro hondo.
—¿Por qué no?
Catalina junta las cejas en una expresión de concentración.
—¿Cómo que por qué no?
—¿Qué más te da si estoy solo o no?
En este momento se percibe en ella una determinación absoluta.
—Me importa porque me gustas.
La tensión en mi pecho se relaja y sonrío.
—¿De verdad?
Pone los ojos en blanco.
—Sí, pero como sigas dando pena puede que cambie de opinión.
Le cojo la mano y le acaricio los nudillos con los labios.
—Ah, ¿sí? —Ella se estremece—. ¿Cómo puedo asegurarme de que no
cambies de opinión?
—Ven a nuestra casa en Nochebuena.
Le doy un apretón en la mano antes de soltársela.
—Quién me iba a decir que eras tan mandona.
—No has visto nada aún. —Su voz suena un poco más ronca que de
costumbre.
—Será un placer descubrirlo. —Me levanto, le doy un beso en la
coronilla y salgo de la sala de descanso, antes de poner a prueba mi
autocontrol y fracasar estrepitosamente.
El día de Nochebuena aparezco en la casa de los Martínez armado con
una botella de vino de precio decente y un montón de galletas con pepitas
de chocolate caseras para compensar que no traigo ningún regalo. Aiden me
ha robado una antes y ha dicho que estaban casi tan buenas como las de la
mejor pastelería del pueblo, Sweets & Treats, así que ya no me siento tan
inseguro por haber elegido no ir con las manos vacías.
Queda claro que mi decisión ha sido la correcta cuando Catalina tira de
mí para que entre en la casa con una sonrisa en la cara.
—¿Has hecho galletas?
—Sí.
—Como sigas así, voy a tener que llevarte conmigo cuando me marche.
—Ojalá —respondo con sinceridad.
Sus ojos relucen mientras me arrastra al interior de la casa. Se me hace la
boca agua al oler el aroma que sale de la cocina, y me dan ganas de ir a ver
qué hay de cena, pero Catalina no para hasta que llegamos al salón, donde
todo el mundo está despatarrado en los sofás, con ropa y accesorios de
temática navideña.
—Luke. —El padre de Aiden me saluda con una palmadita en el hombro
y un abrazo lateral.
—Te hemos echado de menos. —Su mujer viene a mi lado y me planta
un beso en la mejilla, dejándome una marca roja de pintalabios.
Los hermanos de Aiden apartan a sus padres de mí y me abrazan. Me
siento más apreciado en un solo minuto que en todo el año por parte de mis
padres.
Catalina desaparece en la cocina y me deja poniéndome al día con la
familia de Aiden mientras los Martínez y el padre de mi amigo ponen la
mesa. Luego pasamos todos al pequeño comedor, donde han añadido varias
sillas desparejadas a la mesa para que quepamos todos los invitados.
Catalina está muy callada durante la cena, lo cual no es inusual en su
caso, aunque ahora entiendo que ese comportamiento viene de la timidez
más que del desinterés. Mantengo la pierna apoyada en la de Catalina en
todo momento, y poco a poco parece ir soltándose, sobre todo cuando la
conversación deriva hacia temas alegres como la inminente boda de Aiden
y Gabriela.
—¿Cómo llevas el discurso, Catalina? —pregunta la madre de Aiden.
—Bien —contesta, levantando la vista de su plato—. Luke ha estado
ayudándome.
—Ah, ¿sí? —El padre de Aiden se gira hacia mí.
—Sí —digo con un nudo en la garganta.
—Llevan dos semanas ya con el discurso —añade Aiden.
—Me alegra que hayáis encontrado tiempo, con las agendas tan apretadas
que tenéis —comenta su madre con una sonrisilla.
—Me han contado que han estado escribiendo el discurso en los
descansos del trabajo también —dice Gaby con una sonrisa pícara.
—No tenía ni idea de que estuvierais todos tan al tanto de mis horarios
—replica Catalina con las mejillas sonrojadas.
—Ah, tus horarios nos dan igual —contesta la madre de Aiden subiendo
y bajando las cejas.
Catalina se pasa las manos por la cara con un gruñido, y yo me río.
—Espero que la familia Martínez piense dos veces lo de volver a
invitaros a su casa por Navidad, granujas —bromeo para desviar la atención
de Catalina.
—¿Por qué? ¿Los quieres solo para ti el año que viene? —pregunta el
hermano pequeño de Aiden, el muy pillo.
—¡Max! —susurra demasiado alto su madre.
Max se encoge de hombros y se mete en la boca un trozo enorme de
cerdo.
Si vuelven a convidarme el año que viene, me aseguraré de que Max no
esté en la lista de invitados, porque ahora está en mi lista negra. Eso si
Catalina y yo estamos juntos el año que viene. Complicado, lo sé, pero
mantengo la esperanza. Todo depende de si sobrevivimos a la relación a
distancia.
Bueno, más bien depende de si Catalina accede a tener una relación a
distancia en primer lugar.
19 de
DICIEMBRE
Catalina
Cuando la familia de Aiden y la mía se trasladan del comedor al salón
para intercambiar regalos, yo voy a mi habitación y vuelvo a la cocina,
donde Luke está poniendo el lavavajillas.
—Tengo una cosa para ti.
Estoy tan nerviosa que le lanzo el regalo, obligándolo a atraparlo en el
aire en lugar de dárselo en mano como una persona normal. Se queda
mirándolo como si fuera una bomba de relojería.
—¿Me has comprado un regalo?
—Eh…, ¿sí?
Me ha parecido buena idea, así que he ido a buscarlo al centro comercial
más cercano, a media hora en coche. La juguetería parecía salida de una
película postapocalíptica, con montones de estantes vacíos y unos pocos
juguetes por ahí tirados que nadie quería.
He tenido suerte de hacerme con el penúltimo artículo del estante,
aunque he tardado más de veinte minutos en encontrarlo, ya que un niño los
había escondido en el pasillo que no era, posiblemente con la esperanza de
ir a comprar uno más adelante.
—Yo no te he traído nada. —Frunce el ceño y se apoya en la encimera
mirando el paquetito que tiene en las manos.
—Has hecho galletas.
—Eso no es un regalo —dice riéndose por la nariz.
—El mío tampoco sé si puede considerarse un regalo, en realidad, así que
no te sientas mal.
—Pero…
—Ábrelo y verás.
Rasga el papel de regalo con una sonrisa que se ensancha en cuanto ve lo
que hay debajo.
—¿Un llavero?
Me acerco y señalo la bata blanca que lleva puesta el muñequito amarillo
de LEGO.
—Es igualito que tú.
Se lo queda mirando.
No soporto el silencio, así que sigo hablando:
—Ahora podrás tenerlo siempre contigo para recordar que no eres un
impostor.
—Es… —No termina la frase.
Jugueteo nerviosa con mi diadema y suenan las campanitas que hay en
las astas del reno.
—Ya te he dicho que como regalo no vale un duro.
—Gracias.
Luke sonríe, y yo imito su gesto mientras quita la etiqueta al llavero. Se
mete la mano en el bolsillo, saca su juego de llaves y acopla mi regalo en la
anilla de metal. Me hace ilusión verlo usando mi regalo, sobre todo porque
me he pasado unas cuantas horas pensando que le iba a parecer una tontería.
Deja las llaves en la encimera y me envuelve la cintura con los brazos para
acercarme a su pecho.
—Me encanta.
—No es muy…
—Es perfecto.
Me toqueteo un pendiente, un tic nervioso que tengo.
—En serio. Creo que es el regalo de Navidad más bonito que me han
hecho en mucho tiempo.
—Sí, hombre —replico con incredulidad.
—Lo digo en serio. La última vez que pasé las Navidades con mis
padres, me regalaron una enciclopedia.
—¿Les gusta leer?
—Sí, su género favorito es cualquier cosa que pueda matar a alguien de
aburrimiento.
Me río, y se le ilumina la cara.
—Parecen… —«Igual no deberías terminar esa frase».
—Sé perfectamente lo que parecen, y eres demasiado buena para decirlo
en voz alta.
No logro ocultar mi mueca.
—Lo siento.
—No es culpa tuya. —Se encoge de hombros. El gesto debería
tranquilizarme, pero solo hace que me sienta peor al pensar en su familia.
—No, pero eso no significa que no pueda sentirme mal por lo que te ha
pasado. —Llevo una mano a su mejilla.
Él se apoya en mi palma, y le acaricio la barba recortada con el pulgar.
—¿Debería seguir hablando de ellos para darte más pena y conseguir más
puntos?
—No me das ninguna pena —digo clavándole un dedo en el pecho.
—Menos mal, porque te prometo que soy mucho más feliz pasando las
Navidades con vosotros de todos modos.
El corazón me da un vuelco.
—¿En serio?
Luke me besa en la coronilla.
—Pero, sobre todo, me hace feliz poder estar aquí contigo. —Vacila unos
segundos antes de continuar—: Significa mucho para mí que me hayas
invitado esta noche. —Suelta una exhalación temblorosa—. Mis padres…
Yo lo intento, ¿sabes? Pero es bastante unilateral, y lo cierto es que no
conectamos. Tampoco ayuda ser hijo único, porque no tengo hermanos que
hagan que nos mantengamos unidos.
—Teniendo en cuenta que te regalan enciclopedias, no es ninguna
sorpresa que no os llevéis demasiado bien.
Él se ríe, pero es una risa más de agotamiento que de felicidad.
—No se lo echo en cara.
—¿No?
—No. Podrían haber sido peores.
—Buf, menudo halago.
Esta vez su carcajada es más enérgica.
—Me gusta cuando te pones en modo protectora conmigo.
—No es… —Me sonrojo—. No. Es solo que…
Se inclina hasta que nuestras bocas están a un par de centímetros.
—¿Es solo que qué?
Entrecierro los ojos.
—Es solo que me molesta que no te valoren por cómo eres, sino por
cómo querrían ellos que fueras. —No sé muy bien de dónde me ha salido
eso, pero me da un poco de vergüenza cabrearme tanto con unas personas a
las que ni siquiera conozco.
Por suerte, Luke me libra de las dudas y recompensa mi confesión con un
beso que hace que me derrita contra él.
—Bueno, pues a la mierda nuestro plan de engañar a Luke y a Cata para
que se pongan debajo del muérdago —dice mi hermana al volumen
suficiente para que la oiga media casa.
A juzgar por las exclamaciones amortiguadas de la otra estancia, todo el
mundo se ha enterado de lo nuestro.
«Como si no hubieran podido atar cabos antes, con cómo os mirabais y
os acercabais el uno al otro durante la cena.»
Me aparto de Luke, pero él me da un beso tiernísimo en la comisura de
los labios que apacigua un poco mi vergüenza. Apoyo la frente en su pecho.
—¿Cómo vamos a sobrevivir al resto de la semana con ellos?
Su pecho se sacude por su risa silenciosa.
—No tengo ni idea.
—¿Es demasiado tarde para proponer que no vayamos a la boda?
—¡Para ya, Catalina Ana Lucía Martínez Rivera! —me reprende mi
hermana desde el pasillo.
—¡Como me sigas poniendo en evidencia, no lo descarto!
—Te voy a esconder el pasaporte y el carné de conducir ahora mismo. —
Se oye el tintineo de las campanitas de su gorro mientras arrastra los pies
por el pasillo.
Echo la cabeza hacia atrás para mirar a Luke a los ojos.
—¿Y ahora qué?
—Yo te sigo.
Cambio el peso de un pie a otro, nerviosa.
—¿Qué opciones hay?
—Podemos ir al salón y fingir que los últimos cinco minutos no han
existido.
Se me cae el alma a los pies solo de pensarlo.
—¿O…?
—O lo que tú quieras. Estoy abierto a sugerencias.
—¿Van a preguntarnos si estamos saliendo oficialmente?
Me acaricia la mejilla y me rodea la cara con la mano.
—¿Te molestaría?
Solo porque no sé la respuesta. Decir que Luke es mi novio suena…
demasiado serio. Llevamos poco tiempo quedando. Sí, nos hemos pasado
casi todo el día juntos estas dos últimas semanas, pero eso no significa que
esté lista para dar el siguiente paso.
«¿Y cuándo vas a estarlo?»
Después de que Aiden cortara conmigo, elegí con cuidado con qué
hombres liarme. Me limitaba a rollos de una noche que me dejaban más
vacía que satisfecha, porque era lo más fácil. Lo más seguro. No quería
abrirme en canal hasta que no estuviera preparada, y para ello escogía a
personas que no me sacaran de mi zona de confort.
Aunque todavía no me siento preparada al cien por cien, Luke ha
empezado a desmontar mis creencias autolimitantes una por una y ha
conseguido que me plantee escenarios alternativos.
«¿Y si dejo de mortificarme por haber hecho daño a mi hermana y me
permito dar una oportunidad a la felicidad real?»
«¿Y si me quedo algo más de tiempo en Lake Wisteria a ver a dónde
llega lo que tengo con Luke?»
«¿Y si paro de preocuparme por todo lo que podría ir mal si salgo con el
mejor amigo de mi exnovio y abrazo la posibilidad de enamorarme de él?»
Luke interrumpe mis pensamientos con un beso en la frente.
—Vamos a dejarnos llevar, sin más —propone.
Me sonrojo.
—¿Seguro?
—Sí. No le debemos ninguna explicación a nadie.
Respiro hondo y exhalo.
—Tienes razón.
«Solo necesito un poco más de tiempo», me gustaría decirle, pero no lo
hago.
«No tires la toalla todavía, por favor», pienso, pero me lo callo.
«Demuéstrame que merece la pena luchar por lo que sea que tenemos,
aunque yo a veces dude», le suplico sin pronunciar ni una palabra.
En la sonrisa de Luke ya no se ve su chispa de siempre, y sale de la
cocina conmigo mucho menos seguro de sí mismo que antes. Ignoro la
punzada en el pecho y me hago una promesa: no me iré de Lake Wisteria
sin saber exactamente qué es lo que quiero.
20 de
DICIEMBRE
Catalina
Los siguientes días pasan como ya ha empezado a ser costumbre: Luke y
yo intentamos coincidir en el trabajo, continuamos con mi discurso y
avanzamos a buen ritmo con el LEGO. Ojalá pudiera hacer que el tiempo
pasara más despacio, pero los días vienen y se van a toda prisa, y, para
cuando me quiero dar cuenta, ya está aquí el gran día de Gabriela y Aiden.
Si bien estoy contenta por mi hermana, no veo el momento de que se
haya acabado. Como soy la dama de honor, tengo un millón de obligaciones
desde que me despierto: las citas para el maquillaje y la peluquería; estar
atenta a cada oportunidad de foto para el recuerdo que vea, primero con las
batas a juego y luego ya arregladas para la boda; la sesión de fotos de la
primera vez que se ven con el vestido y el traje de novios, que fue adorable
y frustrante a partes iguales, ya que a Aiden se le han saltado las lágrimas y
mi hermana ha tenido que retocarse el maquillaje unos minutos antes de
caminar al altar.
Todavía no he visto a Luke, así que cuando lo encuentro esperándome al
pie de las escaleras me da un vuelco el corazón. Ayer tuvimos el ensayo de
la boda, así que ya hemos hecho lo de salir del pequeño edificio que hay
pegado a la iglesia por la parte de atrás, entrar juntos y recorrer el camino
hacia el altar, pero esta vez es diferente.
He visto a Luke con ropa de trabajo, con vaqueros e incluso con ese
ridículo disfraz de elfo del que sigo tronchándome cada vez que me
acuerdo, pero ¿con esmoquin?
«Dios mío.» Me entran unas ganas locas de besarlo hasta que nos
quedemos sin aliento, y que le den al pintalabios.
—Estás… —Me repasa de arriba abajo con ojos extasiados y me entra un
escalofrío—. Absolutamente impresionante.
Me fallan las rodillas al oír el tono ronco de su voz, y me tambaleo. Me
agarro de la barandilla de la escalera para no perder el equilibrio.
—¿De verdad?
—No voy a poder dejar de mirarte.
Las mejillas se me calientan ante sus ojos hambrientos.
—Tú tampoco estás nada mal.
Se alisa las solapas del traje.
—Hoy parezco más Batman que Capitán América, ¿no?
—A ver, tampoco te pases. —Esbozo una sonrisa.
—Qué bien se te da hacer sentir bien a un hombre.
Me acerco un paso más a él.
—¿Prefieres que diga lo que pienso de verdad?
—Desde luego.
—Estoy pensando en todas las maneras que se me ocurren de conseguir
que te quites el esmoquin.
Su sonrisa pícara alberga una promesa que no puede pronunciarse.
—Ahora ya no me siento tan mal por lo que estaba pensando yo.
Una oleada de calor me recorre de arriba abajo como llamitas invisibles
acariciándome la piel mientras bajo los últimos escalones. Luke me ofrece
el brazo para que se lo coja y guiarme por las puertas dobles que se abren al
sendero que rodea la parte de atrás de la iglesia y termina en la fachada
delantera, justo donde Gabriela comenzará la marcha nupcial.
—Esta noche me va a costar bastante aguantarme las ganas de tocarte.
—¿Quién ha dicho que tengas que hacerlo?
Alza una ceja.
—¿Me das permiso para hacer todo lo que quiera?
Casi se me cae el ramillete de flores que llevo en las manos.
—Tal vez.
—Es una pregunta de sí o no.
—Primero vamos a quitarnos de encima la ceremonia y el banquete —
digo en lugar de contestar.
Él se lleva mi mano a la boca y me da un beso en el dorso.
—Esa no es la respuesta que quería.
Lo miro con una sonrisa.
—Prefiero mantenerte en vilo.
—No hace falta que te esfuerces mucho, si ya me tienes comiendo de tu
mano.
Vuelven a aparecer las mariposas en el estómago, alborotándome por
dentro.
No sé cómo voy a hacer para aguantar las próximas cuatro horas cerca de
Luke cuando me mira como si me estuviera desnudando con los ojos, pero
voy a esforzarme en mantener la compostura por Gabriela. Lo último que
necesita es que su dama de honor haga bomba de humo para enrollarse con
el padrino.
De todos modos, cuento los segundos hasta que llegue el momento.
Cuando me levanto de mi silla en el salón del banquete y me dirijo al
micrófono, estoy hecha un manojo de nervios. El discurso de Luke ha
desatado las risas de todos los invitados, como era de esperar, con los
chascarrillos que tenía preparados para el momento justo y esas frases tan
bien elaboradas, lo cual no hace sino meterme más presión.
Voy andando hacia Luke, que tapa el micrófono con la palma de la mano
y se inclina para acercar la boca a mi oído.
—Lo vas a hacer genial.
—Estoy atacada —digo con una sonrisa tensa.
—Imagíname desnudo. —Me guiña un ojo y me tiende el micro—. Así
no me sentiré tan culpable por estar haciendo lo mismo mientras estás ahí
arriba.
Abro la boca dramáticamente mientras Luke me pone el micrófono en la
mano. Su comentario me altera tanto que se me olvida lo nerviosa que
estoy. Ha funcionado, pero a qué precio.
Tras un último vistazo, se dirige a su asiento, al lado del mío.
Me aclaro la garganta antes de sacar el móvil y abrir la aplicación de las
notas, y miro a mi hermana y a Aiden, que están sentados de cara al resto de
las mesas. Gabriela sonríe y me saluda con la mano, y yo le devuelvo la
sonrisa antes de dirigirme a las mesas repletas de invitados.
—Para los que no me conozcáis, no os preocupéis: probablemente haya
sido culpa mía. Soy Catalina, la hermana antisocial de Gabriela o, para la
familia de Aiden, la exnovia que sigue disfrutando de los deliciosos platos
que cocina a pesar de no haberse casado con él.
Gabriela suelta una carcajada atronadora que hace que la mitad de la sala
nos echemos a reír también, y eso me anima a seguir.
Echo un vistazo a Luke, que se recuesta en la silla con los brazos
cruzados. Me contempla como si fuera la única persona que hubiera en la
estancia, y, madre mía, qué ganas tengo de poder fugarme con él después
del banquete.
Alguien tose y me devuelve a la realidad.
«Tú puedes.»
—No se me dan demasiado bien los discursos largos, ni las reuniones
sociales, para qué engañarnos, así que no me voy a enrollar mucho.
Unas pocas personas aplauden antes de que la multitud les mande
guardar silencio.
—Cuando nuestros padres nos enseñaron que «hay que compartir», creo
que no se referían a los novios. —Más gente se ríe esta vez, y la tensión de
mis hombros se relaja un poco—. Debería haberme imaginado que podía
ocurrir, teniendo en cuenta que Gabriela siempre me robaba los Ken, pero
nuestros padres decían que era una fase y que se le pasaría… Bueno, pues
aquí estamos.
Se oyen unas cuantas carcajadas, y todo el mundo sonríe divertido.
—Cualquiera que conozca a Aiden entenderá a la perfección por qué
Gabriela se ha enamorado de él. De hecho, soy la primera en admitir que
tiene un gusto exquisito. —La miro y le guiño un ojo, y la sonrisa de
Gabriela se ensancha—. Veréis, mi hermana lleva soñando con conocer a su
príncipe azul desde que éramos pequeñas. En esa época, me obligaba a
ponerme un traje de mi padre y me pintaba un bigote con rotulador para que
hiciera de novio en bodas imaginarias. —Un grupo de mujeres al fondo de
la sala se lleva las manos a la boca—. Ya, ya, muy fuerte. Tiene delito que
la gente se piense que es la hermana maja cuando un año salí en las fotos
del colegio con bigote porque se le ocurrió pintármelo con un rotulador
permanente.
—¡No sabía que era permanente! —grita mi hermana.
—Si tú lo dices… —Se oyen unas risitas—. El caso es que Gabriela pasó
por una etapa en la que estaba obsesionada con las bodas. Se ponía una y
otra vez la cinta de vídeo de la boda de mis padres como si fuera su película
favorita, y señalaba emocionada todo lo que le gustaba de la ceremonia: las
flores, el vestido blanco con infinitos volantes, nuestro padre esperando en
el altar a su «princesa», como ella decía…
»Pero poco a poco, a medida que fue haciéndose mayor, su percepción de
las bodas y los maridos cambió. Lo importante ya no era el evento en sí,
sino más bien la persona que se imaginaba esperándola en el altar. El
hombre que estaría a su lado en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la
pobreza, en la salud y en la enfermedad. —Me arden los ojos y me
sorprende haber aguantado sin llorar tanto tiempo. Procuro no mirar a mi
hermana, que se suena los mocos con fuerza detrás de mí, porque sé que
con solo un vistazo de reojo se me van a escapar las lágrimas y ya nadie va
a poder pararme—. Por un lado, estoy contentísima por ella, pero, por el
otro, anhelo desesperadamente un amor como el suyo. Un amor que,
aunque no sea perfecto, aguante el paso de los años y supere los obstáculos
que nos depare la vida.
Miro de reojo a Luke y le veo sonreír con orgullo.
«Sigue así», me dice con los labios, y me insufla confianza para
continuar a pesar de la punzada que siento en el pecho.
Respiro hondo para recomponerme.
—Mi hermana siempre ha sabido lo que quería, y por eso me hizo tanta
ilusión que se diera cuenta de que Aiden era el hombre con el que se veía
compartiendo una vida. —Se oyen tintineos de cubiertos contra copas—.
Los dos son personas increíbles cada una por su lado, pero ¿juntos? Son la
pareja ideal a la que todos querríamos parecernos, están hechos el uno para
el otro. Me hacen creer que el amor nos llega a todos, siempre y cuando
estemos dispuestos a aceptar lo que nos merecemos. —Me vuelvo hacia mi
cuñado—. Aiden, te pareces muchísimo a mi padre en cómo trata a mi
madre, que es justo lo que mi hermana quería y más. Gracias por quererla
tanto como nosotros. Estamos encantados de que formes parte de nuestra
familia, y creo que hablo en nombre de todos los Martínez Rivera aquí
presentes cuando digo que nos morimos de ganas de ver cómo crece vuestra
propia familia, de la mano de vuestro amor. Enhorabuena, chicos. Os quiero
más de lo que puedo expresar con palabras.
Noto las pulsaciones del corazón en los oídos, así que apenas oigo el
sonido de los aplausos hasta que dejo el micrófono en el soporte y me alejo
de él. Se me calienta la cara entera al sentir cientos de ojos mirándome, y
desearía poder escabullirme entre las sombras. El DJ empieza a pinchar y la
música eclipsa el sonido de mis tacones en la pista de baile mientras me
dirijo a mi asiento, al lado del de Luke.
—Sé sincero conmigo: ¿cómo lo he hecho?
Luke arrastra mi silla hacia él hasta que nuestras piernas se tocan.
—De maravilla. —Me pone la copa de vino en una mano temblorosa—.
Ha sido increíble, no te has confundido en nada.
—He oído que la gente se reía.
—Y se sonaba los mocos también.
—Seguro que mi madre me echa la bronca luego por haber hecho llorar a
mi hermana.
—Y a Aiden.
—Sí, hombre. —Le doy un empujón en el hombro y me río.
—¿No lo has visto secándose los ojos con la servilleta? Ha intentado que
no se notara, pero…
—No. Me he esforzado por no mirarlos.
—Si tengo la suerte de que el cámara lo haya grabado, se lo voy a poner
de foto de contacto.
Me aguanto la risa.
—Entonces ¿ha ido bien, tú crees?
Me recoge un mechón de pelo suelto detrás de la oreja.
—Sí, aunque me produce curiosidad la parte nueva que has añadido.
Frunzo el ceño, descolocada.
—¿Qué parte?
—La de que te han hecho creer en el amor.
—Ah, ya, eso. —Miro a todas partes menos a su cara—. Lo he metido a
última hora. —Malísima decisión, a juzgar por cómo me observa.
Asiente con una expresión que yo no soy capaz de interpretar.
—Lo he visto, sí.
—¿Demasiado cursi? —No le dejo contestar antes de añadir—: Sí, un
poco pasteloso. Uf. —Arrugo la nariz—. Debería haberlo consultado
contigo antes de hacer el ridículo ahí arriba…
Interrumpe mi verborrea con un beso apasionado que sin duda consigue
callarme.
—¿Lo decías en serio? —pregunta después de apartarse un poco.
—¿El qué? —Parpadeo mientras lo miro a los ojos, demasiado aturdida
para seguir su proceso mental.
—Lo de que «el amor nos llega a todos, siempre y cuando estemos
dispuestos a aceptar lo que nos merecemos» —cita palabra por palabra la
frase de mi discurso.
Su intensa mirada hace que baje la vista a mi regazo.
—Creo que sí.
He tenido unas cuantas parejas en el pasado, incluyendo a Aiden, pero
después de él dejé de intentar encontrar a alguien lo bastante bueno para
plantearme casarme con él. Me he dicho por activa y por pasiva que solo
tengo líos de una noche con tíos a los que no les interesan las relaciones
serias porque me siento más segura. Sabía lo que había y me evitaba el
peligro de que me hicieran daño o, peor, de hacer daño a otra persona.
Pensándolo bien, igual en realidad escogía esas relaciones porque no
pensaba que me mereciera un amor como el que tienen mi hermana y su
ahora marido. Al fin y al cabo, yo era el motivo por el que no pudieron estar
juntos desde el principio.
Mis pésimas elecciones vitales solo hicieron que mi hermana sufriera y
que tuviera que ocultar sus sentimientos por Aiden, así que decidí que era
ella la que se merecía tener un final feliz con el hombre de sus sueños, y en
cambio yo solo merecía un castigo por haber sido tan egoísta y haber tenido
tan poco en cuenta los sentimientos de los demás. Y ya de paso ignoré mis
propias necesidades, deseos y sueños.
Mi hermana no querría que siguiera fustigándome. Le encantaría verme
feliz a mí también, y es hora de que me plantee qué significa la felicidad
para mí. Cómo quiero que sea mi vida si decido alejarme de este patrón
autodestructivo.
Luke parece leerme la mente, porque pregunta:
—¿Y qué tipo de amor crees que te mereces?
—No estoy segura —contesto sinceramente con un hilo de voz apenas
audible por encima de la música que sale de los altavoces.
Él me coge de la barbilla, me mira a los ojos y dice:
—Pues vamos a averiguarlo. Juntos.
21 de
DICIEMBRE
Luke
Siempre me dicen que soy un hombre paciente, pero mi autocontrol se ha
ido por la borda en el momento en que he visto aparecer hoy a Catalina, con
una sonrisa solo para mí y un vestido de seda que resalta cada curva de ese
cuerpo con el que llevo soñando las últimas semanas.
Durante la boda, no podía quitarle los ojos de encima y la miraba de
reojo en cuanto tenía ocasión. Los mejores amigos del novio no paraban de
burlarse de mí, pero los ignoraba porque sabía que sus mofas venían de la
envidia. ¿Quién en su sano juicio no sentiría envidia del hombre al que
Catalina decide prestar atención?
Joder, hasta yo siento envidia de gente de su propia familia, sobre todo
cuando sus tíos y primos se la llevan para bailar una canción o dos, con lo
que me deja solo en una esquina apurando una cerveza mientras espero que
llegue mi turno de nuevo.
Esta noche ha supuesto un verdadero desafío para mi fuerza de voluntad,
pero lo he superado con creces. El momento más difícil llega cuando
Catalina me arrastra a la pista de baile entre los gritos de emoción de la
familia Martínez Rivera por no sé qué canción latina que empieza a sonar
por los altavoces.
—Tú sígueme. —Me coloca una mano en sus caderas y me coge la otra.
Dejo que ella me dirija y me enseñe a bailar la música que tanto le gusta
a su familia. Todos me dan una palmadita en el hombro y me dedican
palabras de ánimo, y, después de unas cuantas canciones, comienzo a
pillarle el tranquillo.
Por suerte, Catalina tiene paciencia conmigo y no se frustra a pesar de
que le piso los pies en numerosas ocasiones. Me enseña a menear las
caderas y a hacer que gire sobre sí misma hasta que puedo hacerlo por mí
mismo, y se ríe unas cuantas veces cuando pierdo el ritmo sin querer.
Juraría que nunca me he sentido tan feliz, y todo es por la asombrosa
mujer que tengo delante, que está radiante contando como su padre nunca
bailaba en las fiestas hasta que un día su madre apareció en una y se puso a
bailar con todos los hombres salvo él.
Me siento identificado con su padre, porque hasta esta noche me pasaba
todas las fiestas en un rincón dando sorbos a mi bebida mientras los demás
disfrutaban en la pista de baile.
Una cosa más que añadir a la lista de motivos por los que lo que tengo
con Catalina es algo especial.
Seguimos bailando hasta que el DJ anuncia el último baile del
matrimonio. No me entusiasma la idea de dejar ir a Catalina y romper la
magia, así que le cojo la mano y no la suelto en ningún momento durante el
último baile de Aiden y Gaby y la despedida con bengalas.
Solo la libero de mi agarre cuando se sube al taxi que he pedido para que
nos lleve de vuelta al pueblo.
—Voy a decirle al conductor que te deje a ti primero —comento al abrirle
la puerta.
No contesta mientras se desliza por el asiento de atrás, y yo me siento a
su lado y cierro la puerta. Antes de que tenga la oportunidad de buscar su
mano, ya ha cogido la mía y ha entrelazado los dedos. Reprimo una sonrisa.
—O podríamos ir a tu casa. —Mantiene la voz baja mientras echa un
vistazo por el espejo retrovisor.
Me giro en mi asiento.
—Hemos estado bebiendo.
Me dedica una mirada de exasperación.
—No sé a ti, pero a mí se me ha empezado a pasar el pedo hace una hora.
—Sí, a mí también.
—Pero si no quieres… —Se muerde el labio inferior.
«Joder, claro que quiero.» Aplaco sus preocupaciones con un beso y le
comunico al conductor el cambio de planes. El corto trayecto hasta mi
apartamento se me hace eterno, y me paso cada segundo pensando en lo que
quiero hacer con Catalina en cuanto lleguemos.
Igual podría amarrarla para que no se marche a California pasado
mañana.
«Qué buena idea.»
—¿Luke? —me llama Catalina.
—¿Eh? —Salgo de mi ensueño.
—Ya hemos llegado. —Esboza una sonrisa tímida y yo salgo del coche
para poder abrirle la puerta antes de que lo haga el taxista.
A Catalina le cuesta seguir el ritmo de mis zancadas con los tacones, así
que acabo echándomela al hombro para ahorrarle las molestias.
—¡Oye! —Se ríe mientras me da manotazos en la espalda.
—Vas demasiado despacio.
—Bueno, siento no querer torcerme el tobillo antes de llegar siquiera.
—Un riesgo innecesario cuando me tienes a mí.
Deja de golpearme la espalda mientras la subo por las estrechas escaleras
hasta mi apartamento. Busco las llaves en el bolsillo y abro la puerta con la
figurita de LEGO que Catalina me regaló por Navidad dando vueltas, lo que
me saca una sonrisa.
En cuanto cierro la puerta y dejo a Catalina en el suelo, se abalanza sobre
mí. Sus labios se pegan a los míos y sus uñas se clavan en mi abrigo
mientras me empuja contra la puerta.
Todos los pensamientos desaparecen de mi mente salvo uno.
«Hacer a Catalina mía.»
Ella parece tener la misma idea que yo, porque me arranca el abrigo antes
de lanzar el suyo al sofá.
—Joder. —Me estremezco cuando me deja un reguero de besos por el
cuello, y echo la cabeza hacia atrás para darle más espacio. La sensación de
tenerla pegada a mi cuerpo mientras la sujeto por las caderas es
mortificante, porque se contonea para presionar su centro contra mi
erección.
—Me gustan los soniditos que haces —dice contra mi piel entre besos.
Le envuelvo el cuerpo con los brazos, le agarro el culo y la levanto del
suelo. Instintivamente me rodea la cintura con las piernas y sigue
besándome mientras yo me abro paso a tientas en la oscuridad, chocándome
contra cosas aleatorias de camino a mi habitación.
—Dime que esto no es una idea horrible —dice justo antes de soltar un
chillido cuando la dejo sobre la cama.
Catalina rebota una vez antes de volver a caer sobre el colchón, y
aprovecho que está falta de aliento para ponerme sobre ella y sellar su boca
con la mía, agarrándola firmemente de la barbilla mientras mi lengua la
explora.
Ella me devuelve el beso con ardor, y me cuesta Dios y ayuda apartarme.
—¿Te parece horrible esto? —pregunto antes de chuparle el labio inferior
—. ¿O esto? —Le paso la mano por el costado hasta alcanzar su pecho y
masajeárselo.
Ella jadea cuando deshago el lazo de su vestido y acerco la boca a su
pezón, para provocarla hasta que la tengo temblando debajo de mí,
suplicándome que haga algo con el problema que tiene entre las piernas.
—Contesta —le ordeno, y le succiono la piel hasta que empieza a salirle
una marca.
—No.
—No ¿qué?
—No, no es horrible.
—¿Solo eso? —Le robo otro beso, aunque este es casi un castigo, antes
de pasar a su otro pecho, que ha quedado desatendido.
—Luke…
Catalina gime mi nombre cuando muevo las caderas para apretar mi
miembro duro contra ella. Contesta abriendo las piernas, dándome espacio
para venerar su cuerpo como llevo deseando hacer toda la noche. Qué
cojones, toda la semana.
A pesar de mis ansias, me centro en calmarme y tomarme mi tiempo para
familiarizarme con el cuerpo de Catalina, descubrir qué le hace suspirar,
gemir y soltar una maldición al techo de puro placer.
No sé cuánto tiempo me paso besándola, lamiéndola y provocándola
hasta que se retuerce debajo de mí suplicándome para que le dé lo que
quiere, pero no paro de jugar con ella hasta que me tira del pelo tan fuerte
que casi me arranca un mechón.
—Lucas. —Cuando oigo cómo me llama, le doy un lametón despiadado
en el clítoris.
—Di mi nombre bien.
—Primero fóllame, y luego ya veremos.
—Respuesta incorrecta.
Le niego lo que lleva tanto tiempo pidiéndome y en su lugar le meto un
dedo. Me encanta cómo se siente, los sonidos que hace… Me la pone tan
dura que tengo que restregarme contra el colchón para aliviarme un poco.
Ella se revuelve en la cama con un gemido mientras introduzco un
segundo dedo, y suelta un resoplido de frustración cuando le paso el pulgar
por el clítoris.
Arruga el edredón en su puño y los músculos se le tensan mientras se
estremece debajo de mí. Después de unas cuantas acometidas lentas de mis
dedos, me bajo de la cama para poder quitarme la ropa y coger un condón
de la mesita de noche.
Catalina me distrae dándose la vuelta y alargando el brazo hacia mi polla.
La envuelve con la mano y tira un poco para que me acerque al borde de la
cama. Se me nubla la vista cuando me lame la humedad de la punta y
empieza a recorrer mi erección lentamente con la lengua. Siento como si en
cualquier momento fueran a fallarme las piernas cuando se la mete entera
en la boca y tengo que agarrarme a la mesita de noche para no caerme.
—Mierda. —Intento apartarme, pero me agarra del culo y me la chupa de
tal manera que me hace ver fuegos artificiales—. Catalina —gimo su
nombre—. Joder.
Ella cierra los ojos mientras continúa tragándome entero. Como siga así,
voy a correrme antes de tener la oportunidad de estar entre sus piernas, y
solo de pensarlo estoy a punto de llegar al límite.
Me cuesta horrores tomar la decisión de retirarme de su boca, y suelta un
gruñido de protesta cuando me aparto de ella.
Me doy prisa para ponerme el condón y un poco de lubricante, y me
limpio la mano con un pañuelo antes de volver a la cama. Catalina me mira
con los ojos entrecerrados y se abre de piernas en una clara invitación. Cojo
una almohada y se la pongo debajo del culo antes de inclinarme hacia
delante para atrapar sus labios con los míos.
Me rodea la cintura con las piernas, y es ella quien alarga la mano entre
nuestros cuerpos y me guía hacia su abertura.
Apoyo la frente en la suya.
—No hay marcha atrás si hacemos esto.
—¿Ya te estás arrepintiendo?
—No. —«Pero igual tú sí.» Aparto el pensamiento de mi mente junto con
cualquier otra duda que pueda tener sobre lo nuestro.
—Bien —dice con una sonrisa suave mientras me clava los talones en la
columna.
Me tiembla todo el cuerpo cuando me introduzco en ella. La penetro
despacio, provocándola con cada empellón superficial. Ella pierde la
paciencia y, en la siguiente embestida, levanta las caderas con un
movimiento brusco y me clava las uñas en la espalda.
Los dos dejamos escapar un suspiro de satisfacción cuando estoy del todo
dentro de ella, y me tienta la idea de quedarme así hasta que empieza a
contonearse debajo de mí, implorándome que siga.
Le beso la mandíbula, las mejillas, la parte superior de la cabeza y ese
lugar tan sensible del cuello que siempre hace que se le arquee la espalda
mientras muevo las caderas. Al principio voy lento, pero mis movimientos
se intensifican y la penetro cada vez más fuerte, más profundo. En un
momento dado, tiene que apoyar las palmas en el cabecero para mantenerse
en el sitio mientras la follo.
Grita mi nombre, y yo me empapo del sonido de su voz y de todos sus
jadeos. Me araña la espalda. El culo. El pecho, donde se me empiezan a
formar unas perlitas de sudor bajo la fina capa de vello que me cubre los
pectorales.
El tiempo se detiene en nuestra burbuja de pasión, y quiero que dure todo
lo posible. Quiero aprovechar la noche practicando todas las posturas que
podamos antes de correrme.
Cuando siento que estoy a punto después de que ella se corra con un
aullido, la saco, le doy la vuelta, la agarro por las caderas y la embisto por
detrás. Esta postura es el cielo y el infierno a la vez, porque nada que haga
sentir tan bien debería acabarse nunca.
Al oír sus gemidos, me entran ganas de que se corra de nuevo, así que
alargo el brazo y le estimulo el clítoris mientras se deshace en espasmos
alrededor de mi polla otra vez.
La expresión de puro gozo en su rostro, que se debe únicamente a mí, me
lleva al límite, y suelto una maldición al techo cuando llego al orgasmo.
Al volver a la realidad después del subidón, salgo de ella y la pongo de
espaldas sobre el colchón. Ella abre los brazos, así que me tumbo encima y
la abrazo con fuerza, disfrutando del olor de su perfume y del ritmo errático
de su corazón mientras me pasa los dedos por el pelo.
No me apetece nada levantarme a tirar el condón, pero me obligo a salir
de la cama cuando noto que empiezo a quedarme frito.
Cuando regreso del baño, a Catalina le cuesta mantener los ojos abiertos,
así que la ayudo a ponerse una de mis camisetas y la arropo. Yo también me
meto en la cama y me acomodo detrás de ella.
Con el brazo alrededor de su cintura y la pierna enredada entre las suyas,
no tardo en quedarme dormido, sabiendo que cuando llegue mañana todo
será distinto.
22 de
DICIEMBRE
Catalina
Me despierto a la mañana siguiente en una cama que no es la mía, al lado
de un hombre que, hace solo unas horas, estaba sacándome todo el placer
que me cabe en el cuerpo. No sé cuánto tiempo pasamos despiertos anoche,
pero mereció la pena, a pesar de la falta de sueño y del dolor que me
atormenta en cuanto abro los ojos.
Me palpita la entrepierna al recordarlo tumbado debajo de mí,
sujetándome con fuerza las caderas mientras yo le montaba, y aprieto las
piernas para aliviarme un poco.
Luke me agarra y me arrastra hacia su pecho firme y cálido hasta que
noto su erección contra mi culo.
—Buenos días. —Sus labios me rozan la nuca mientras me acaricia el
hueso de la cadera con el pulgar.
—Hola —digo somnolienta, con la voz rasposa de tanto gritar ayer.
—¿Cómo has dormido?
—Demasiado bien.
—¿Eso es posible?
Su risita me desata las mariposas en el estómago.
—Tenemos que salir para el brunch en… ¿Qué hora es? —Busco un reloj
por todo el cuarto, pero no lo encuentro.
Luke sale de la cama con un gruñido en busca de su móvil.
—Las ocho.
—Aún hay tiempo. —Suspiro aliviada.
Se sube a la cama, se pone encima de mí y me sostiene la cara entre las
manos.
—Me gusta cómo piensas.
—Decía para prepararnos —digo dándole un manotazo en el pecho al
tiempo que me río.
Sus ojos relucen mientras me da un ligero empellón con las caderas,
apretando su erección contra mí.
—No te levantes todavía.
—Te estás volviendo un poco dependiente, ¿no crees?
Me da un beso suave en los labios.
—Aún no has visto nada.
—¿Es una amenaza?
—Más bien una promesa de lo que está por venir.
Me cubre de besos que me dejan la piel sensible y con ganas de más.
Luke no tarda en quitarme la camiseta que me puso anoche y la tira al suelo
junto con sus calzoncillos.
Nos pasamos la hora siguiente en la cama, intercambiando besos y
orgasmos hasta que empieza a entrarnos el sueño de nuevo. Hago uso de
toda mi fuerza de voluntad, que no es mucha, para zafarme del abrazo de
Luke y buscar mi vestido.
Cuando lo encuentro, hago una mueca. Está arrugadísimo. Como mis
padres me vean entrar por la puerta vestida así, sabrán lo que he estado
haciendo por la noche.
«Mierda.»
Luke se estira en el colchón.
—Seguro que tu hermana tiene ropa en el cuarto de Aiden.
—Dios mío, ¡eres un genio! —Le doy un beso en la mejilla rasposa y
escribo a mi hermana corriendo para preguntarle si puedo cogerle algo
prestado.
Para mi sorpresa, contesta de inmediato.
Gabriela: ¿Has pasado la noche con él?
Yo: Sí.
Gabriela: Ay, madre. ¡Cuéntamelo todo!
Yo: ¿Puede ser más tarde?
Gabriela: ¿Estás de coña? ¿Sabes cuánto tiempo
llevo esperando esto?
Yo: No suenas nada inquietante.
Gabriela: Ya sabes que soy una romántica.
Yo: Una romanticona empedernida
que se adelanta demasiado.
Releo el mensaje y no parece sincero, pero no quiero que mi hermana se
ilusione por algo que todavía no tengo claro.
Por suerte, Gabriela se limita a contestarme con un emoji con los ojos en
blanco y me dice dónde puedo encontrar su ropa.
Yo: ¡Me salvas la vida!
Gabriela: Espero que me lo cuentes todo cuando nos
arreglemos para Nochevieja.
Ignoro su mensaje, me meto en la ducha para invitados y me lavo con un
jabón que huele a Luke, antes de ponerme un jersey y unos vaqueros de mi
hermana. Sus botas me quedan un poco pequeñas, pero prefiero eso a los
tacones de ayer.
Cuando salgo del baño, me encuentro a Luke desayunando, dando sorbos
a su café mientras consulta el móvil. Levanta la vista y un escalofrío me
recorre la espalda cuando nuestros ojos se encuentran.
—Como sigas mirándome así, voy a tener que llevarte de vuelta a la
cama.
Casi me tropiezo al ir a la mesa y me siento a su lado.
—Gracias por el café —le digo antes de dar un sorbo a la taza que me ha
preparado.
Me besa en la comisura de los labios y me derrito.
Pasamos veinte minutos hablando de la boda mientras tomamos café con
bagels que sobraron del desayuno de ayer. Es como si ya tuviéramos
nuestra rutina. Como si nos despertáramos cada mañana juntos,
contándonos historias y compartiendo risas, aunque sea la primera vez.
Me hace sentir… plena, así que cuando Luke recuerda que tenemos que
ir al brunch, me da cosa salir de nuestra pequeña burbuja.
—Siempre puedes quedarte esta noche también, si te apetece. —Coge mi
abrigo y me ayuda a ponérmelo.
—Igual te tomo la palabra. —Le dedico una sonrisa.
Creía que el sexo lo complicaría todo, pero es más bien al contrario: me
ha despejado las dudas sobre mi mayor preocupación. Luke y yo tenemos
una química innegable y, por mucho que la ignore, no va a desaparecer. Y
además, después de lo de anoche, es lo último que quiero. Eso lo tengo
claro.
Luke y yo estamos sentados en los extremos de la mesa del brunch de
celebración de Gabriela y Aiden, así que no logro hablar con él antes de que
se me requiera para arreglarnos para la juerga de Nochevieja en el Last Call,
un bar del pueblo.
La segunda fiesta que más le gusta a mi hermana es Nochevieja, porque
le encantan los fuegos artificiales y se pone sensiblera con los nuevos
comienzos, así que no me imagino mejor forma de pasar su primer día de
casada que celebrando con familia y amigos.
En cuanto llegamos a la casa que han alquilado Gabriela y Aiden para el
fin de semana de la boda, mi hermana cumple con su promesa y me taladra
a preguntas sobre Luke, mientras las damas de honor atienden como si
estuviéramos en una tertulia de televisión.
—Y entonces… —Gabriela se deja caer a mi lado en el sofá.
—¿Sí?
—Luke y tú. —Casi me clavo el cepillo del rímel en el ojo—. ¿Vais a
probar a tener una relación a distancia?
Me quedo mirándola unos segundos.
—¿Por qué lo preguntas?
—Si no lo hiciera, sería una malísima hermana.
—¿Malísima? ¿O respetuosa con mi privacidad?
Me lanza un cojín a la cabeza, pero lo esquivo y cae al lado de una de las
damas de honor, a la que le da tal susto que se estropea el delineado egipcio.
—¡Lo siento! —Gabriela hace aspavientos y se ríe.
Las esperanzas de que mi hermana se olvide del tema se desvanecen
cuando me hace otra pregunta.
—¿Qué tal fue?
—¿El qué?
—El sexo, claro.
La fulmino con la mirada.
—No pienso hablar de eso contigo.
Se reclina contra el respaldo del sofá con un suspiro.
—Vale, pero al menos cuéntame qué haréis ahora.
—Nop.
—¡Cata!
—No es asunto tuyo.
—Pues yo creo que sí lo es.
—¿Por qué?
—¡Porque me importas y quiero que seas feliz! —Mi expresión hosca se
desmorona al ver su sonrisa—. Y porque soy una cotilla.
Contengo un gruñido de fastidio.
—Ya, no hace falta que lo jures. —Es lo que tiene crecer con una
hermana pequeña, aunque sé que su curiosidad nace del amor.
—Solo contéstame a una cosa.
—Dime —respondo con un suspiro.
—¿Te hace feliz?
No lo pienso dos veces.
—Sí. Mucho. —No me doy cuenta de que estoy sonriendo hasta que mi
hermana me devuelve el gesto.
—Bien. Eso es lo único que necesito saber.
Un nudo en el pecho me constriñe el corazón.
—¿Qué, vas a arreglarte para esta noche? ¿O piensas seguir
atosigándome a preguntas sobre mi vida amorosa?
—¿Eso significa que ahora tienes vida amorosa? —replica meneando las
cejas.
—¡Gabriela!
Mi hermana levanta las manos.
—No es culpa mía que me lo pongas tan a huevo.
—Pues con esto y un bizcocho… —Me levanto y voy al baño, confiando
en que la conversación haya quedado zanjada y mi hermana deje de intentar
sonsacarme.
Todavía no tengo del todo claro qué va a pasar con Luke, debo hablarlo
con él primero. No puedo seguir posponiendo la conversación, porque
mañana me marcho a California por un trabajo que antes me ilusionaba
pero que ahora siento como una losa, y no hay nada que pueda hacer al
respecto.
Luke
Después del brunch, Aiden vuelve a nuestro apartamento para arreglarse
para la fiesta de Nochevieja, y me paso las siguientes horas ayudándolo a
hacer cajas para la mudanza mientras le pregunto cosas sobre la boda.
—Pero ya está bien de hablar de mí —dice al final, y yo suspiro—. ¿Qué
ha pasado con Catalina? —Aiden deja la cinta de embalar en la cama.
—¿Cómo que qué ha pasado?
—Venga, hombre. Sé que se ha quedado a dormir.
—Con eso ya lo sabes todo —digo sonrojado.
—¿Has hablado con ella?
—¿Sobre qué?
—¿Lo de la relación a distancia?
—Eh…, no. —Se me queda mirando con la boca abierta—. ¿Qué? —
pregunto un poco irritado.
—¿No se va mañana?
—Sí.
Aprieto la mandíbula solo de pensarlo. He intentado por todos los medios
olvidar la inminente partida de Catalina, pero me resulta imposible ahora
que se impone la realidad, y después de todas las decisiones que he tomado
las últimas veinticuatro horas.
—¿Y no se te ha ocurrido sacar el tema?
Me siento en el borde de su cama.
—No quería espantarla.
—Ahora no es el momento de preocuparse por eso. —Se pone a
deambular de un lado a otro de la habitación, teniendo cuidado con las
cajas.
—Voy a hacerlo.
—¿Cuándo?
—Esta noche. —Hablo con más seguridad de la que siento. Soy
consciente de que Nochevieja no es el mejor día para tener una
conversación seria, pero no puedo dejar que se vaya mañana sin que sepa
cómo me siento. Aiden se pellizca el puente de la nariz con un suspiro—.
No me queda otra. O hablo con ella esta noche o espero a que se marche a
California, y cuanto más pienso en esta última opción, menos me gusta.
—Estás pilladísimo.
Pues sí, lo estoy. Lo de anoche no hizo sino afianzar lo que siento por
ella, y después de hoy no podría tenerlo más claro. Desde el momento en el
que he empezado a echarla de menos solo media hora después de que se
haya ido con su hermana y las damas de honor sabía que estaba perdido.
No sé cómo voy a aguantar tres meses sin ella, pero pienso utilizar todas
las tácticas habidas y por haber para conseguir que Catalina vuelva a Lake
Wisteria, aunque tenga que jugar sucio.
Me percato de la presencia de Catalina en cuanto pone un pie en el Last
Call. Todo a mi alrededor se difumina cuando entra, preciosa con ese
vestido dorado que realza su tono de piel y sus ojos castaños.
Me pilla mirándola, aunque tampoco es que quisiera ocultarme, se acerca
a mí y me da un beso en la mejilla.
—¿Me echabas de menos? —Su sonrisa es tirando a tímida, así que le
planto un beso en los labios para infundirle seguridad.
—Desde que te has ido.
—Ya, claro. —Pone los ojos en blanco y me fijo en su maquillaje
iridiscente.
—Es verdad. Me da miedo lo que me pueda llegar a pasar cuando te
mudes.
—¿Es esta tu estrategia para conseguir que me quede en Lake Wisteria?
—Depende. ¿Está funcionando?
—No, pero me resulta bastante divertido —dice riéndose.
La rodeo con un brazo y hago un gesto al camarero. Catalina se pide un
vodka-tonic y yo sigo con la cerveza que ya tenía en la mano, decidido a
cumplir con mi intención de no beber mucho esta noche. Si es nuestra
última noche juntos en bastante tiempo, quiero aprovecharla a tope, y
necesito la mente despejada para hacer todo lo que tengo planeado.
—Podría tomarme unos días libres e ir a verte —comento sin más, como
un tonto.
Ella junta las cejas.
—¿Qué?
—Lo siento, estaba pensando en voz alta.
Sonríe mientras sorbe por la pajita.
—¿En venir a verme?
—Sí.
—¿Puedes tomarte tantos días libres?
—Aiden me debe unos cuantos.
Me pasa una mano por la camisa abotonada.
—¿Y gastarías el favor en mí? ¿Por qué?
—Si me estás preguntando eso en serio, tenemos un problema.
Sus ojos resplandecen.
—Ah, ¿sí?
—Sí, porque eso significa que se me ha dado fatal dejar mis intenciones
claras.
—De pena —contesta con una gran sonrisa.
Niego con la cabeza intentando reprimir una sonrisa.
—Salta a la vista que tengo que ser más explícito la próxima vez.
—Desde luego, adelante.
Le acaricio la mejilla con la mano y ella inspira hondo antes de que me
incline para decirle:
—Quiero tenerte de cualquier forma que pueda.
Echa la cabeza hacia atrás para mirarme a los ojos.
—¿Aunque tengamos que lidiar con una relación a distancia?
—Lo que no te mata te hace más fuerte, ¿no?
—Eso no lo hace menos duro. —Entrecierra los ojos.
—Ya, pero tres meses se pasan volando.
—¿Y después qué?
—No te preocupes por eso ahora.
Si las cosas salen como quiero, y me voy a asegurar de que así sea,
Catalina volverá a casa, pero esta vez para quedarse. No veo el momento de
que ocurra.
La gente a nuestro alrededor grita cuando la pantalla del proyector
muestra Times Square y el reloj que está a punto de llegar al último minuto
antes de la medianoche.
—¡Cata! —Gaby se abre paso entre la multitud con Aiden pisándole los
talones.
—¡Aquí! —Catalina agita la mano para que nos encuentren.
Gaby da un abrazo rápido a su hermana y se deja envolver por los brazos
de su marido mientras empieza la cuenta atrás.
—Diez… Nueve…
El corazón me late cada vez más rápido, y me embarga la emoción al
pensar en que voy a celebrar el año nuevo con la mujer que tengo al lado.
Le rodeo la cintura con el brazo y ella me mira con una sonrisa afectuosa.
—Seis… Cinco…
Baja la vista a mis labios mientras dice:
—Cuatro… Tres…
—Dos… —Pongo una mano en su nuca y le acaricio con el pulgar la
zona del cuello donde se le nota el pulso.
—¡Feliz año nuevo!
La gente se vuelve loca, pero no presto atención porque estoy besando a
Catalina. Lo pongo todo en ese beso: todo el anhelo que he sentido por ella,
todas las esperanzas que tengo puestas en el nuevo año. Un año que quiero
pasar a su lado, siempre y cuando ella también lo quiera.
El beso es primero tierno, luego apasionado y después más tranquilo, casi
perezoso, antes de que nos obliguemos a separarnos. No sé si lo habríamos
hecho si no hubiera sido porque Aiden me da palmaditas en la espalda para
que salgamos del bar a Main Street, porque se ha dejado una pasta en
contratar a unos universitarios para que tiren fuegos artificiales para Gaby.
Catalina y yo bebemos champán mientras vemos el cielo iluminarse con
miles de luces de colores. O, más bien, ella contempla el espectáculo
mientras yo la miro a ella.
En ese momento me juro que voy a hacer todo lo que esté en mi mano
por que jamás pierda esa expresión de pura emoción en su rostro. Que me
esforzaré en hacerle ver que lo nuestro puede llegar a ser increíble, aunque
haya que superar algún obstáculo.
No tengo ni un ápice de duda de que podría enamorarme de esta chica.
De hecho, espero que ocurra. Y espero también que mi amor sea
correspondido.
23 de
DICIEMBRE
Catalina
Arrastro las dos maletas como si fueran dos yunques mientras me abro
paso por el aeropuerto de Los Ángeles. Aunque tengo muchas ganas de ver
a Monica, siento como si me pesaran los brazos y las piernas, y me laten las
sienes cada vez que pienso en ir a trabajar a un sitio nuevo mañana. Sé que
es algo temporal, pero noto una opresión en el pecho que me dice que es
solo el comienzo.
Hago todo lo posible por apartar esos pensamientos de mi mente en
cuanto salgo del aeropuerto. El pelo rubio de Monica y su chándal de color
fosforito hacen que sea fácil distinguirla, y voy corriendo hacia ella. Mi
amiga me recibe con los brazos abiertos, y eso alivia un poco la tensión de
mi cuerpo.
—¡Qué ilusión me hace que estés aquí! —Abre el maletero de su coche y
me ayuda a meter el equipaje.
—A mí también. —Intento que el tono de mi voz suene alegre, pero, a
juzgar por cómo me mira, no lo consigo.
—¿Ya estás echando de menos a Luke?
—No —contesto sin convicción.
Sí, claro que lo echo de menos, pero admitirlo en voz alta delante de
Monica es casi tan difícil como aceptarlo yo misma. Parece una tontería
echar de menos a alguien a quien aún estoy conociendo, pero, por otro lado,
Luke se ha asegurado de que nos veamos casi cada día durante las últimas
dos semanas. Sus esfuerzos por hacer que anhele su compañía han dado sus
frutos, y ahora estoy aquí, preguntándome cómo narices voy a aguantar tres
meses lejos de él.
«Eso si consigues encontrar trabajo cerca de Lake Wisteria en doce
semanas.»
Se me forma un nudo en el estómago y la inquietud arraiga en mi
corazón.
—Creo que tengo la solución perfecta para animarte. —La vocecilla
animada de Monica me saca de mis pensamientos.
—¿Cuál?
—¡Hamburguesas y playa!
—¿Qué tal el apartamento? —pregunta Luke.
—Bien. —Regulo el volumen de los auriculares para oírle mejor
mientras voy de un lado a otro colocando mis pocas pertenencias en su
lugar.
—¿Es tan bonito como recuerdas?
Echo un vistazo a mi piso de alquiler. Por la ventana se ve un poquito el
mar a lo lejos, lo cual compensa un poco los muebles viejos y la cocina y el
baño pasados de moda. Me sorprendió mucho ver que justo estaba
disponible el apartamento en el que me había quedado hacía unos años y,
aunque no ha cambiado mucho desde la última vez, no puedo decir lo
mismo de mí.
—Está un poco más cascado.
—¿Al menos las vistas son bonitas?
Me quedo mirando por la ventana.
—Sí.
—Me muero de ganas de verlas.
Su comentario me anima un poco.
—¿Cuándo crees que podrás venir?
Suelta una risita.
—Tengo que cuadrarlo con el hospital y con Aiden, pero espero que a
final de mes.
Mi felicidad se esfuma.
—Ah…
—¿Te da rabia que no pueda ser antes? —pregunta.
Sí, pero no pienso admitirlo en voz alta.
—Voy a estar bastante ocupada las próximas semanas, así que
probablemente sea mejor así.
«Ya. Sigue diciéndote eso a ver si en algún momento te lo acabas
creyendo.»
—El tiempo pasa volando, ya verás —dice él.
Pero no es verdad. Lo cierto es que siento como si estuviera atrapada en
un reloj de arena, contando uno a uno los granos mientras los días
transcurren insoportablemente despacio.
No es la primera vez que siento morriña. Es normal, habiendo crecido en
un pueblo como Lake Wisteria, rodeada de gente que me conoce desde que
nací. Claro que me gusta viajar, pero, cuanto más lo pienso, menos quiero
estar lejos de mi hogar.
Antes no me importaba vivir mudándome de un lugar a otro cubriendo
las bajas de enfermeros y enfermeras de todo Estados Unidos. He explorado
lugares nuevos, me he sacado las castañas del fuego y he conocido a un
montón de gente, cosas que me resultaban muy difíciles antes de elegir este
trabajo.
He crecido y madurado tanto, en tantos sentidos… Pero creo que ha
llegado la hora de cambiar otra vez. Y ese cambio empieza por regresar al
lugar donde dio comienzo mi vida, a los brazos del hombre que vive allí.
Mi doctor Darling.
Me froto los ojos para asegurarme de que no son imaginaciones mías.
—¿Luke?
No me da la oportunidad de procesar que está aquí, en California, porque
su boca conquista la mía de inmediato. Es un beso apasionado, con el que
me reclama como suya dejándome una marca invisible que no desaparece
cuando se aparta, y no paro de revivirlo en mi mente mientras lo invito a
pasar a mi apartamento.
—Sé que no te gustan las sorpresas, pero espero que esta no te moleste.
—Deja su equipaje en la entrada y me abalanzo sobre él.
—¿Estás de broma? —le pregunto entre besos—. Es la mejor sorpresa de
la historia.
Su sonrisita de satisfacción hace que se me contraigan los músculos del
vientre.
—Entonces ¿no te molesta?
—Lo único que me molesta es que lo dudes.
Me da un beso suave en los labios como disculpa silenciosa.
—No sabía si…
Le callo pegando mi boca a la suya.
—Menos hablar y más aprovechar que estamos juntos.
—No hace falta que me lo digas dos veces. —Me pasa los dedos por el
pelo y me rodea la nuca con las manos mientras me demuestra cuánto me
ha echado de menos.
Nos pasamos un par de horas en la cama antes de arrastrarnos al salón
para comer pizza de un sitio del barrio que me gusta y hacernos arrumacos
en el sofá viendo una peli.
Me acurruco en el costado de Luke y suspiro.
—¿Cuánto tiempo te quedas?
Frunce el ceño.
—Vuelo mañana por la noche.
Mi gozo en un pozo.
—Ah…
—Pero puedo volver pronto.
—Y yo también podré ir al menos una vez.
Las arrugas de su frente se alisan.
—¿Tienes pensado a dónde vas a ir cuando se te acabe esto?
Trato de reprimir la sonrisa, pero fracaso en el intento.
—Tengo algunas opciones.
Su inusual entrecejo fruncido vuelve a la carga.
—Ah… Qué bien…
—¿Te parece bien?
Me estrecha con más fuerza contra él.
—Claro. Te encanta tu trabajo.
Le paso el dedo por el pecho, bajando poco a poco, y él respira hondo.
—Sí, es cierto.
—Y está bien pagado.
—No me quejo, la verdad.
—Ya. —Se le marca una vena en el cuello.
—Pero…
Se me queda mirando fijamente a los ojos.
—¿Pero?
—Hay un gran «pero».
—Cuéntame.
—Solo han pasado unas pocas semanas y ya estoy pensando en cuándo
podré volver a Lake Wisteria.
—Bueno, todo se puede arreglar.
Me subo a su regazo y le rodeo la cara con las manos.
—¿En serio?
—He estado echando un ojo a las ofertas de trabajo del hospital.
—Ah, ¿sí? —Sonrío automáticamente.
Me agarra de las caderas para mantenerme en el sitio.
—Aún no ha salido nada, pero tengo esperanzas. Al parecer, una de las
enfermeras de la UCIN va a coger la baja de maternidad en unos tres meses.
El corazón está a punto de estallarme solo de pensar en Luke
buscándome trabajo.
—¿Tanto me echas de menos?
—A niveles preocupantes, la verdad.
—¿Es eso posible siquiera?
—Sí, pero solo porque no tengo ni idea de cuándo podré volver a verte.
Me inclino hacia delante y le beso.
—Pues te alegrará saber que me mudo a Lake Wisteria cuando acabe con
este trabajo.
Se aparta de mí desconcertado.
—¿Qué?
—Lo había decidido antes de que aparecieras.
—¿Y no me has dicho nada hasta ahora?
Me río.
—No me has dado demasiadas oportunidades.
En un abrir y cerrar de ojos, Luke me carga sobre el hombro y me lleva a
la habitación.
—Conque estas tenemos otra vez…
Me da un azote en el culo y yo suelto un quejido entre dientes.
—¿Y eso a qué ha venido?
—Por esperar hasta ahora para decirme que vuelves a casa.
La palabra casa nunca había sonado como en este momento, y el corazón
me da un vuelco de la emoción.
—Estás contento, por lo que veo.
Me lanza a la cama y se tumba a mi lado.
—Me he pasado todo el vuelo urdiendo un elaborado plan para
convencerte de que volvieras para nada.
No puedo evitar sonreír.
—Cuéntame más, por favor.
Él entrecierra los ojos.
—Se te está subiendo demasiado a la cabeza.
—¿No entiendes que una chica quiera oír cuánto la echas de menos?
—Depende de si ella admite que también me ha echado de menos.
Le rodeo el cuello con los brazos y le atraigo hacia mí.
—Te empecé a echar de menos nada más llegar.
—No me lo habías dicho.
—No quería que pensaras que era demasiado pastelosa.
—Eso es imposible.
Pongo los ojos en blanco.
—Ya, claro.
Me coge la barbilla con la mano y me obliga a mirarle.
—Me gusta saber que estás obsesionada conmigo.
Le doy un empujón y me río.
—No estoy obsesionada.
—A mí me parece que sí.
—Yo no tengo la culpa de que no seas capaz de interpretar las pistas
contextuales.
—El problema es que todas las pistas me llevan a la misma conclusión.
—¿Cuál?
—Que te estás enamorando de mí.
—Calla —digo con las mejillas ardiendo.
—No pasa nada. Será nuestro secreto.
—Me parece genial, pero es que no es verdad.
Su sonrisa se ensancha aún más.
—Entonces ¿por qué te estás poniendo como un tomate?
—Porque me estás haciendo pasar vergüenza.
—No hay nada de lo que avergonzarse. Soy una persona de lo más
adorable.
—Como sigas hablando empezaré a dudarlo.
Luke me coge y nos hace rodar por la cama hasta que quedo a horcajadas
encima de él.
—Que conste que estás monísima cuando te pones toda tímida.
—Ya que estamos dejando constancia de lo ocurrido, quiero que sepas
que he odiado cada segundo de esta conversación.
—¿Prefieres que lo hablemos en otro momento?
—Sí —digo entre dientes.
Él asiente con la cabeza.
—Vale, pues tacharé «confesión de amor dramática» de mi lista de
deseos.
Me inclino hacia delante hasta que nuestras caras están a solo unos
centímetros.
—¿Luke?
—¿Sí?
—Deja de hablar y bésame de una vez antes de que cambie de idea sobre
lo de mudarme.
Su sonrisa traviesa hace que me vuelvan las mariposas al estómago.
—Tus deseos son órdenes para mí.
24 de
DICIEMBRE
Epílogo
Catalina
Dos años más tarde
Después de una dura noche en el hospital Lake Aurora, me paso el corto
trayecto de vuelta al apartamento donde vivo con Luke, fantaseando con el
momento en el que mi novio me envuelva entre sus brazos, pero cuando
abro la puerta y entro en nuestro pequeño pero acogedor hogar solo me
encuentro silencio. Luke ha dejado una lamparita encendida para cuando
llegara, pero el sofá donde suele quedarse dormido esperándome está vacío.
—¿Luke?
Lo busco en la cocina, el dormitorio y el baño, pero mi llamada no tiene
respuesta, lo cual aumenta aún más mi decepción.
Es evidente que me he malacostumbrado este último año viviendo con
Luke. En algún punto entre mudarme con él y enamorarme se me olvidó
cómo era estar sola. Ahora que recuerdo ese inquietante sentimiento que me
ha perseguido durante años, me siento aún más agradecida por el amor de
Luke, por su compañía y por la capacidad que tiene de hacer que incluso los
peores días sean soportables.
Antes de meterme en la ducha, le escribo un mensaje para preguntarle
dónde está, pero no me contesta. Luego me distraigo calentando unas sobras
que me ha guardado, comentando las fotos que me ha mandado mi hermana
con ideas que se está planteando para el cuarto del bebé y dejando que mi
cerebro se pudra unos minutos con el contenido de las redes sociales.
Estoy tan abstraída viendo un vídeo de un perro que se reúne con su
dueño después de muchos años que no oigo a Luke abrir la puerta hasta que
se cierra con un portazo tras él.
Asomo la cabeza desde la cocina.
—¿Qué estabas…? —Mi pregunta se interrumpe al ver la gigantesca caja
rectangular que tiene en sus brazos—. Madre mía.
Su sonrisa radiante se ensancha aún más.
—¿Sorpresa?
Voy corriendo hacia él y le rodeo el cuello con los brazos, ignorando la
caja de LEGO que tiene pegada al pecho.
—¿Cómo has hecho para conseguirlo?
Me da un beso en la coronilla.
—He estado más de diez horas haciendo cola y cruzando los dedos.
Parpadeo un par de veces.
—¿Has estado esperando diez horas?
—Sí.
—¿Tú solo? —Le cojo de la mano y lo arrastro al sofá.
—Aiden me ha hecho compañía un rato.
—¿Y por qué te ha dejado tirado?
—¿Por qué será? —Alza una ceja.
Le quito la caja de las manos y la pongo en la mesa antes de sentarme a
horcajadas sobre él. Luke me agarra de las caderas mientras le cubro la cara
de besos.
—¿Entiendo que estás contenta?
—¿En serio me lo estás preguntando? Ni se me pasó por la mente que
pudiéramos conseguirlo. —Señalo con la cabeza la caja del LEGO de edición
limitada de nuestro universo cinemático favorito de ciencia ficción. Según
el apartado de preguntas frecuentes de la página web, solo se han hecho
unos pocos cientos de miles, que parece mucho hasta que tienes en cuenta
lo populares que son las películas.
—Tenía que intentarlo.
Su sonrisa es contagiosa, y no puedo evitar devolvérsela. Es increíble
cómo solo unos minutos con Luke bastan para calmar la tristeza opresiva
que se me había instalado en el pecho al enterarme de que mi paciente no
estaba respondiendo bien al tratamiento.
—¿Estás bien? —Me coge la cara con las manos.
—No he dicho nada.
—No hace falta. —Nos cambia de posición para que pueda acurrucarme
a su lado, arropada por su brazo protector. Me hundo en él con un suspiro
—. ¿Día duro? —pregunta.
—Sí.
—¿Quieres hablar de ello?
—La verdad es que no.
Me estrecha con más fuerza contra él.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Desearía poder hacer algo para que no tuvieras esa cara tan… —Me
escruta el rostro con el ceño ligeramente fruncido.
No me molesto en ocultar mis verdaderos sentimientos con una sonrisa
tranquilizadora para que no se preocupe. Lo cierto es que la muerte es el
lado oscuro de las profesiones biosanitarias. Negar la realidad no hace que
sea más fácil, pero saber que tengo a Luke esperándome en casa…
No podría pedir un amigo mejor, un amante mejor, un compañero de vida
mejor.
—Gracias —suelto de la nada.
Sus cejas se juntan más aún.
—¿Por qué?
Le agarro la barbilla.
—Por ser tú.
—Me das demasiado crédito por hacer lo más básico.
Señalo la caja de LEGO.
—¿Vamos a hacer como si no te hubieras tirado diez horas haciendo cola
por un LEGO?
—Y lo volvería a hacer solo para ver la cara de felicidad que has puesto
al verlo.
El corazón me late con fuerza en el pecho. Finjo que sus palabras no me
han derretido por dentro poniendo los ojos en blanco.
—¿Algún día dejarás de ser tan cursi?
—Depende de cuánto tiempo pretendas seguir queriéndome.
—Ahora que lo dices…
Me hace cosquillas en el lugar entre mis costillas que siempre me hace
reír y patalear como una loca.
—¡Para!
—Me siento atacado por esa pregunta.
—Bueno, siempre has dejado clara la importancia de ser sincer…
Luke nos gira hasta que estoy atrapada debajo de él, con la espalda contra
el sofá.
—La importancia de la sinceridad, ya —farfulla.
—Creo que podría quererte toda mi vida.
—¿Todavía lo dudas? —bromea.
Contengo la risa.
—Aún no lo tengo del todo claro.
—¿Hay algo que pueda hacer para persuadirte?
—Tal vez.
—Se me ocurren unas cuantas ideas. —Coge mi mano izquierda y me da
un beso suave en el dedo anular. Un leve escalofrío me recorre el cuerpo
entero y al hombre al que amo se le pasa por alto, a juzgar por cómo le
brillan los ojos con curiosidad—. Y yo que pensaba que querías esperar un
año más.
—¿Qué? ¿Cuándo he dicho eso? —balbuceo.
Él alza la ceja.
—Entonces ¿sí que quieres casarte?
—Claro.
—¿Conmigo?
—Después de esta conversación empiezo a tener dudas.
Su sonrisa radiante me calienta el corazón.
—Pero has estado pensando en ello.
Le doy un empujón en el pecho con un gruñido de frustración.
—Deja de burlarte de mí.
Me da un beso rápido en la boca.
—Nunca.
—Eres insoportable.
—Y tú eres extrañamente evasiva con una pregunta muy sencilla.
—Porque no pienso admitir la verdad.
—¿Que estás locamente enamorada de mí y que te has estado pintando
las uñas de blanco los últimos meses con la esperanza de que saque el
tema?
Mi mirada asesina no le impide continuar. Me acaricia la mejilla
sonrojada con la yema del pulgar.
—Si te sirve de algo, me parece adorable.
Cierro los ojos con fuerza.
—Por favor, al menos ten la decencia de dejar que me muera de la
vergüenza tranquila.
—Es hartamente improbable que eso ocurra.
—Por desgracia —digo con un suspiro.
Tras unos segundos de silencio, afirma:
—Estaba esperando el momento adecuado.
—¿El momento adecuado? —Me quedo mirándolo confundida.
—Me autoconvencía de no hacerlo y me inventaba motivos por los que
no era el momento ideal.
«Ay, madre mía.»
Sus mejillas se tornan rojas.
—Aiden me decía que era un bobo y, ahora que lo pienso, no le faltaba
razón.
Se me para el corazón, a pesar de que hace solo unos segundos me latía
con violencia.
—¿Cómo?
—Un segundo. —Luke desaparece en nuestro cuarto antes de volver con
una…
Me incorporo y entrecierro los ojos.
—¿Qué es eso?
—Lo he hecho yo. —Se pone de rodillas delante de mí y sostiene frente a
él la cajita oscura hecha de piecitas de LEGO.
—¿Es…? —No puedo ni terminar la frase.
—¿La cajita del anillo?
Me llevo la mano a la boca abierta y asiento.
—Sí —contesta.
—¿La has hecho tú?
Luke asiente con la cabeza y los ojos se me llenan de lágrimas. No sé
muy bien qué dice después de eso, en parte porque el corazón me late con
tanta fuerza que apenas oigo nada de su discurso con el sonido atronador de
la sangre palpitando en mis oídos, pero la expresión de su cara lo dice todo.
—¿Quieres casarte conmigo?
Bajo la mirada al anillo que contiene la cajita que ha hecho
especialmente para mí. Decidir amarlo durante el resto de mi vida es la
decisión más fácil que he tomado nunca; casi tan fácil como decir una
palabrita.
—Sí.
Nota de la autora
Si has llegado hasta aquí, solo quiero darte las gracias por darle una
oportunidad a Mi amor de diciembre.
Sinceramente, no me imaginaba que fuera a escribir nunca una novela
corta, porque ¿has visto el grosor de los lomos de mis libros? Suelo escribir
libros más largos, así que intentar hacer una obra más breve ha sido todo un
reto. Aunque estuvo a punto de convertirse en una novela con todas las de
la ley, de alguna forma me las apañé para que fuera corta y tierna (¡y les
demostré a mis mejores amigos y a mí misma que podía hacerlo!).
El plan original era que no hubiera ninguna escena subida de tono en el
libro, porque quería que mi familia pudiera leerlo también, pero me apetecía
mucho escribir justo esa, así que aquí estamos.
Mi amor de diciembre ha sido una sorpresa muy agradable. Nadie se
esperaba este tipo de historia de mí, con lo cual pude divertirme escribiendo
sin la presión que siempre me pongo a mí misma. No quiero que se me
malinterprete: disfruto de todos mis proyectos, y este no es una excepción,
pero necesitaba una historia como esta después de escribir Love Unwritten.
Salir de mi temática habitual de los multimillonarios también ha sido
muy divertido. Una de las razones por las que quería contar este tipo de
historia es porque escribo sobre muchísimos multimillonarios. Si bien Luke
Darling no tiene cincuenta millones que gastar durante una subasta benéfica
como Declan Kane ni es propietario de medio Lake Wisteria como los
primos López, se pasaría horas haciendo cola para comprarte un LEGO de
edición limitada, así que en mi corazón vale mil millones de dólares.
Siento que hay muchísimas historias más que contar en el universo de
Lake Wisteria, así que dudo que este sea el final. El pueblito junto al lago se
ha convertido en uno de mis lugares ficticios favoritos, y espero que a ti te
haya pasado lo mismo.
Se va a escuchar villancicos hasta que le salgan por las orejas,
LAUREN
Agradecimientos
Kimberly Brower: no estoy segura de que este libro hubiera existido de
no ser por ti, así que gracias por animarme a explorar nuevas oportunidades
y a ponerme retos como escritora. Estoy muy agradecida de que hayas
aparecido en mi vida, porque no podría imaginarme este viaje sin ti.
Aimee y el equipo de Brower Literary: agradezco lo mucho que os
esforzáis por que cada uno de mis libros sea un éxito.
A Nina, Kim y el equipo de VPR: gracias por todo lo que hacéis para
mantenerme con los pies en la tierra con cada publicación.
Mary, también conocida como mi Finneas: gracias por traer tanta
felicidad a mi vida y por ser mi persona vitamina. Es un honor para mí
poder decir que no solo eres la mejor diseñadora gráfica del mundo, sino
también una de mis mejores amigas.
Jos, la futura señora Darling: jamás podré agradecerte lo suficiente todo
lo que haces por mí y la alegría que me aportas cada día. Sé que siempre
vas a estar apoyándome, tranquilizándome y recordándome todas las cosas
buenas que va a traer cada proyecto en el que trabajamos juntas. Tus notas
de voz para infundirme ánimos durante este último se han grabado a fuego
en mi mente y me han dado las fuerzas para decidirme a publicar (de los
selfis llorando mejor no hablamos).
Erica: desde mi primer libro autopublicado hasta este, todos y cada uno
han sido especiales a su manera porque me han dado la oportunidad de
trabajar contigo y de compartir la alegría de embarcarme en algo nuevo. Tu
pasión, tu empatía y tu forma de defender a capa y espada a tus autores hace
que sea un placer trabajar contigo, y estoy muy contenta de que tengamos
muchos más proyectos por delante.
A mi contacto de confianza en Michigan, Katelyn: gracias por contarme
con todo lujo de detalles cómo es la vida en el Medio Oeste y por qué
conducir McLarens durante el invierno es una malísima idea. Cuando fui a
Michigan este año (y os conocí a ti y a tu familia), sentí la magia del lugar,
y en parte fue gracias a ti.
Marietere: llevaba ya un tiempo pensando en escribir un libro navideño
como este, así que me hace muy feliz que hayamos podido trabajar juntas y
que me hayas ayudado a representar de la mejor manera posible a mis
lectores puertorriqueños.
Kendra: con cada proyecto en el que colaboramos más agradecida me
siento de haberte conocido. Tu cuidado y tu amabilidad han sido claves para
mí a la hora de adentrarme en este libro, y espero con ganas el momento en
el que pueda verte de nuevo para darte un abrazo.
Selina: gracias por ayudarme con todas las cuestiones médicas. Tus
comentarios me han calmado mucho, y estoy muy agradecida por todo tu
apoyo.
A mis lectores beta: sois una parte esencial del proceso de escritura y
publicación de mis libros, y de no ser por vosotros no sé si habría tenido la
confianza para dejarlos ver la luz, así que gracias por creer en mí y por
ayudarme a hacer que cada libro sea más especial.
A mi suegra: me gustan tanto tus historias sobre las parrandas que he
tenido que escribir una. Me ha llevado años, pero me alegra haber podido
compartir por fin mi amor por la familia AGDO.
Un amor de diciembre
Lauren Asher
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Queda expresamente prohibida la utilización o reproducción de este libro o de cualquiera de sus
partes con el propósito de entrenar o alimentar sistemas o tecnologías de inteligencia artificial.
Título original: My December Darling
Diseño de la portada, Books and Moods
© de las ilustraciones de la portada, © pikisuperstar Arts ; © Olga Ubirailo y © Valeriia
Myroshnichenko / Istock / Getty Images ; © Rawpixel y © [Link] / Freepik
© de las ilustraciones del interior, Freepik
© 2024. MY DECEMBER DARLING by Lauren Asher
© de la traducción, Ana Robla Vicario, 2025
© Editorial Planeta, S. A., 2025
Ediciones Martínez Roca, un sello editorial de Editorial Planeta, S. A.
Av. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)
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Primera edición en libro electrónico (epub): octubre de 2025
ISBN: 978-84-270-5448-6 (epub)
Conversión a libro electrónico: Carmate Ediciones
La oferta final
Asher, Lauren
9788427053779
592
Cómpralo y empieza a leer (Publicidad)
Última entrega de la trilogía Dreamland, escrita por la autora de
romántica del momento, con más de 2.500.000 de ejemplares
vendidos.
A veces el primer amor solo necesita una segunda oportunidad.
Callahan es el hermano Kane al que todos critican. Para muchos,
Cal es un heredero mimado, un atleta fracasado y un alcohólico
funcional. Quizá por eso siente que nadie lo conoce de verdad salvo
Alana, la chica a la que le rompió el corazón. Después de aquello,
Cal prometió no regresar jamás a Lake Wisteria…, hasta que la
herencia de su abuelo lo ha obligado a volver. El único requisito, y a
priori sencillo, es que debe pasar un verano entero en la casa del
lago de la familia antes de venderla. Sin embargo, todo se tuerce
cuando descubre que Lana no solo vive en la casa, sino que
también asegura ser la dueña.
Alana no debería haberse enamorado nunca de Cal. Él mismo se lo
dijo justo antes de destrozar su corazón y su amistad hace casi seis
veranos, tras lo que prometió marcharse para siempre. Y
seguramente tampoco debería habérselo creído, porque ahora Cal
ha regresado con la intención de vender la casa del lago. Sin
embargo, hay un inconveniente: la casa también está a nombre de
Alana.
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Los Compacuentos 3. Los Compas y el
lobo feroz
Mikecrack, El Trollino y Timba Vk
9788427054042
240
Cómpralo y empieza a leer (Publicidad)
¡Los cuentos clásicos como nunca te los han contado! Ahora
Caperucita Roja y Los tres cerditos al más puro estilo de Los
Compas.
Mike, Timba y Trolli tienen una misión. Pensaban que iba a ser fácil,
solo tenían que:
☑ Ponerse las caperuzas rojas.
☑ Cruzar el bosque.
☑ Despistar al lobo feroz.
☐ Arreglar el tejado de Hortensia.
Pero al llegar… algo no cuadra.
La abuelita está rarísima…
¡Qué ojos tan grandes tiene!
¡Y qué garras tan peludas!
¡Y qué dientes tan... AAAAAH!
¿Cómo lograrán Los Compas salir sanos y salvos de este
cuento tan loco?
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Captive: Moriría por ti
Rivens, Sarah
9788427053274
616
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Descubre la esperada conclusión de la trilogía Captive: Asher y
Ella regresan para resolver su historia de manera inolvidable. El
fenómeno Dark Romance nº1 en librerías que ha conquistado a
más de 1.000.000 de lectores en Francia.
Ha pasado un año desde que Asher alejó a Ella de su vida. Mientras
ella lucha por sanar sus heridas, él no puede olvidar sus ojos azules.
Asher, líder de la red de los Scott, es demasiado orgulloso para
volver a buscarla, pero sus caminos están a punto de cruzarse de
nuevo. La tentación de reavivar los sentimientos de su 'ángel' es
irresistible para Asher...sin prever que también despertará de nuevo
sus propios deseos. Esta vez, Ella no perdonará su año de silencio.
Antes moriría por Asher; ahora, su dulce ángel está dispuesta a
dejar de ser tan buena y a incendiar su mundo, aunque para
ello deba perder alguna pluma de sus alas…
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Cuidado con los deseos imposibles
Choza, María
9788427054547
240
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Una historia llena de aventura, amistad y magia, perfecta para
quienes creen en la Navidad… y en los peligros de un deseo
mal pedido.
Cuidado, ¡los deseos más locos se están cumpliendo!
¿Qué otra cosa si no iba a provocar la aparición de un unicornio
rosa? Pero lo que podía ser maravilloso no lo es tanto. ¡Los deseos
imposibles están destruyendo la ciudad!
Lila y su mejor amigo Dorian, con la ayuda de Frost, un
enigmático aliado, tendrán que enfrentarse a la amenaza y
desentrañar el misterio antes de que no haya vuelta atrás…
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Captive: No juegues conmigo
Rivens, Sarah
9788427052352
608
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El fenómeno Dark Romance que ha conquistado Francia,
seduciendo a más de 800.000 lectoras en tiempo récord.
EL ÁNGEL
Cuando mi madre murió, mi vida cambio por completo. Para ayudar
a mi familia, me he visto envuelta en el oscuro mundo de la mafia. A
pesar de las cosas terribles que he vivido, no estoy dispuesta a
rendirme. Al menos, eso pensaba hasta que me obligaron a trabajar
para Asher Scott. Es el jefe del clan Scott y la persona más horrible
que he conocido...aunque mi corazón no siente lo mismo.
EL DIABLO
Todos piensan que soy la persona más fría que han conocido, pero
no es fácil formar parte del despiadado mundo al que pertenezco.
Desde que me pusieron al frente del negocio familiar, para proteger
al clan Scott, juré que nunca me volvería a fiar de nadie. Y lo estaba
consiguiendo…hasta que mis hermanos me obligaron a aceptar que
Ella Collins trabajara para mí. Estar cerca de ella es peligroso.
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